30, ago 2014

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30, ago 2014

La pasión del editor

1409309046_534646_1409309387_noticia_grande (1) Babelia publica hoy una conferencia que Jaume Vallcorba, fundador de Acantilado, pronunció apenas el 1 de julio. De ahí lo que sigue:

Editar (y empecé muy joven, en el colegio, con una revista en ciclostil, y años después continué en una colección con vagos tintes de vanguardia que organicé a los veinte años y de la que es mejor no acordarse), ha sido para mí, desde el principio, proponer a unos amigos que no conocía una lectura que pensaba que les podía gustar, estimular y enriquecer. 

Entiendo la edición como un oficio en el que confluyen el trabajo intelectual y artesanal, en la fabricación del libro, así como un cierto tino empresarial en su publicitación, distribución y venta. Los dos aspectos, lo he dicho ya muchas veces, me parecen sustantivos e igual de importantes en este oficio. Un libro sin ningún atractivo, aún con muchas ventas, se verá fuera del ámbito personal de interés y actuación de un editor tal como yo lo concibo, y lo mismo le sucederá a un libro sustantivo sin visibilidad, puesto que sin visibilidad no hay existencia. Calidad y visibilidad son fundamentales en la edición.

Dar marco, dar forma, es relacionar y propiciar el diálogo. La forma externa del libro es ciertamente muy importante: desde ella nos reconoceremos a primer golpe de vista. Hablaremos también de ella un poco más adelante. Pero imagino que, en su base, lo más importante será el grado de sintonía, la amistad que pueden establecer los libros entre ellos, fruto de esa simpatía espiritual que habrá sabido poner de relieve su editor. Y todo ello es importantísimo para el libro. Que me sea permitido poner un ejemplo elemental: Georges Simenon fue para muchos despistados un autor de quiosco y de best seller, hasta que Gallimard lo incluyó en La Pléiade. Con ello, lo ponía a la altura de Proust, Racine y Chrétien de Troyes. Me aceptarán que, como lectores, todos nosotros adoptamos una actitud vital distinta según nos dispongamos a leer un libro de entretenimiento o un clásico. Y es así como, desde La Pléiade (como hoy desde la Penguin Classics o la New York Review of Classics), Simenon ha ido adquiriendo la calidad de enorme escritor que ya casi todo el mundo no indocumentado le reconoce. Empecé a publicar aStefan Zweig en una aventura editorial que duró relativamente poco, Sirmio se llamaba. Pero Zweig no tomó el vuelo que hoy tiene hasta que no se percibió el testimonio fundamental del siglo XX que nos ofrece en El Mundo de Ayer. Sin embargo, para este fin, el lector tenía que encontrarlo en una compañía que lo hiciera evidente. Al lado de la ficción de quiosco, Balzac puede ser leído como un tebeo. Con los libros pasa como con las personas. Y no es lo mismo encontrar a Zweig por la calle en compañía de cualquiera que en la deJoseph Roth, que fue un amigo cercano en vida, o en la de Chateaubriand, con quien dialoga desde la distancia en el mundo del espíritu. Porque, no lo duden, Joseph Roth charla a menudo con Zweig, y también con Chateaubriand y con Aleksander Wat. Y Leopardi lo hace con Lucrecio, que a su vez lo hace con Montaigne. Y lo hacen porque son amigos. No se trata únicamente de que sean clásicos, sino que pertenecen a aquel grupo humano que ha recibido distintos nombres, el más claro de los cuales quizás sea el de la República de las Letras. Ser un “clásico” no basta. 

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27, ago 2014

Arquitectura rebelde

Un documental de Al Jazeera:

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27, ago 2014

La dificultad de la belleza

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Jed Perl crítico de arte del New Republic publicó hace un par de semanas un artículo interesante sobre un tema viejo: la creación artística entendida como vía estética hacia el bien: un camino cuyo mérito es dirigirnos a lo valioso. La música, la pintura, la poesía como experiencias que valen porque son social o moralmente edificantes. Pensamos en el arte siempre casado y subordinado a la esposa: arte y sociedad; arte y política; arte y economía; arte y justicia. No nos atrevemos a ver al arte así: solo. Lo tratamos como camarada de nuestra visión del mundo.

Perl rechaza la idea de que las convicciones ideológicas del artista deban ser el cristal desde el cual ha de apreciarse el arte. El arte logra escapar de las intenciones de su creador, eludiendo la envoltura de los valores explícitos. Que el compositor haya servido a la tiranía no significa que su cuarteto desafine. Orwell, al que cita el autor de Magos y charlatanes, apreciaba la poesía de Yeats pero no pudo dejar de criticarlo por sus convicciones políticas: “las creencias políticas o religiosas de un autor no son lacras menores de las que podamos reírnos, sino algo que dejará su marca hasta en los más pequeños detalles de la obra.” Ahí está, en nuez, la negación liberal al valor autónomo del arte. Frente a los traductores de la creación, Perl defiende “la dificultad de la belleza.” El racionalismo que padecen los progresistas los lleva a negar el misterio. Hasta el soneto ha de subordinarse a la teoría, la estadística, o a algún propósito de reordenación.

No conozco mejor ejemplo de ese vicio que denuncia Jed Perl que el alegato del arte “tereapéutico” que ha hecho Alain de Botton en un libro reciente. Para este exitoso publicista, el arte es una medicina, un masajito, un gimnasia, un ungüento analgésico, un placentero tratamiento de rehabilitación. “El arte… es un medio terapéutico que puede guiar, alentar o consolar al espectador, permitiéndole ser una mejor versión de sì mismo.” El propósito del arte ese ése y sólo ése: curar nuestra fragilidad. Ayudarnos a recordar, alentar esperanzas, consolar nuestro duelo, equilibrar nuestras emociones, entendernos, crecer y agradecer.

La banalidad de los comentarios estéticos de de  Botton es sorprendente. Recomienda, por ejemplo ir al Museo del Prado para contemplar las Meninas. ¿Para qué? ¿Qué verdurita nos regala Velázquez para alimentar el alma? ¿Qué cremita nos conforta el espíritu? Al ver el cuadro vemos al rey y la reina a la distancia. Las princesas visten ropas elegantes. ¡Se visten distinto a nosotros! No hay mezclilla ni camisetas. Por eso el cuadro expande nuestra comprensión del mundo y … nos hace crecer.

A la superficialidad de sus consejos hay que agregar el absurdo de su receta museográfica. Si el arte es medicinal, los museos han de ser nuestros hospitales. Las obras de arte deben ser expuestas de tal modo que conduzcan a la curación de nuestros males. Cada pieza debe contener la explicación de su carácter balsámico. Los museos deben ser nuestros templos: servir de calmante psicológicamente como antes servía como calmante teológico. La pintura nos enseñará a vivir. La literartura nos hará mejores. El evangelista predica que una dosis cotidiana de arte nos hará virtuosos. La curaduría de de Botton, lejos de elevar el arte, lo aplasta al comprimirlo en pastillitas analgésicas. Le arranca precisamente eso que apreciaba Perl en su nota: misterio.

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26, ago 2014

La luz hierve

Antonio Gamoneda

La luz hierve debajo de mis párpados.

De un ruiseñor absorto en la ceniza, de sus negras entrañas musicales, surge una tempestad. Desciende el llanto a las antiguas celdas, advierto látigos vivientes

y la mirada inmóvil de las bestias, su aguja fría en mi corazón.

Todo es presagio. La luz es médula de sombra: van a morir los insectos en las bijías del amanecer. Así

arden en mí los significados.

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26, ago 2014

Respuesta de José Carreño Carlón (con comentarios al margen)

José Carreño Carlón ha respondido a mi artículo de ayer. Reforma la publica hoy en la página 11. La leo con estas notas al margen. Pronto enviaré al periódico una carta.

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26, ago 2014

Entrevista a Julio Cortázar

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25, ago 2014

Rosa de Jericó

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25, ago 2014

Conversación a modo

Se entiende que el gobierno defienda su gestión, que argumente el sentido de los cambios que ha impulsado, que llame al respaldo. Se aprecia que finalmente haya un esfuerzo de comunicación pública, tras el encierro de las negociaciones palaciegas. Lamentable que, para hacerlo atropelle a una institución de cultura tan importante para México como el Fondo de Cultura Económica. Sin vínculo con la misión de la editorial, la entrevista constituyó, estrictamente, una violación de su Estatuto Orgánico. El Fondo de Cultura Económica no es un órgano periodístico ni merece trato de agencia de relaciones públicas de la Presidencia. Lejos de ser una conversación a fondo, la editorial organizó una conversación a modo. Uno de los momentos más penosos en la historia de esa casa. Una institución pública de cultura convertida en plataforma publicitaria de la Presidencia. La estructura del programa exhibió, en primer lugar, una perversión de nuestra vida pública que no puede considerarse normal. Un funcionario público conduce un programa televisivo para entrevistar… a su jefe. Los temas que se plantean para guiar la conversación son… los que convienen al jefe y se plantean con la elogiosa etiqueta de sus promotores: Las Reformas Estructurales. ¿El crimen, la inseguridad, la falta de crecimiento? Temas fastidiosos que podrían molestar al Señorpresidente que tan generosamente abre las puertas de Palacio Nacional. El tema único son “Las Reformas” y los periodistas invitados para interrogar al jefe coinciden en lo fundamental con ellas. En un lance de atrevimiento, el director del Fondo de Cultura Económica osó plantear lo que él consideró una “provocación”. Si a alguno de ustedes les hubieran dicho que Peña Nieto conseguiría en 20 meses todo lo que se propuso, ¿lo habrían creído? ¿Provocación? No: piropo. Y los piropos al jefe merecen otro nombre: adulación.

Esa es la mancha que deja el evento. El Fondo de Cultura Económica, una institución capital de nuestra cultura, ofreciendo tribuna al servilismo más obsceno, levantando murallas a lo discutible, masticando las superficialidades del columnismo cotidiano.

Algo aportó esa entrevista: una confesión. Para el presidente la corrupción es un molestia menor, un hábito cultural. Es un fenómeno mundial. Está en la misma naturaleza humana, insistió. Luego soltó su convicción profunda y firme: la corrupción es un fenómeno cultural. La corrupción, “es un tema, yo insisto, de orden cultural.” En una intervención muy oportuna y clara, León Krauze discrepó: la corrupción no radica en nuestro modo de ser, sino en un régimen político fincado, como dijo Zaid, en la propiedad privada de las funciones públicas. Ubicar la corrupción en el espacio de las costumbres es abdicar a combatirlo institucionalmente, es confiar en la intervención de los siglos, disculpar los abusos con excusas antropológicas. La confesión presidencial es en extremo preocupante. Que siga pensando a estas alturas que la corrupción es un tema “de orden cultural” significa que la corrupción existe porque “así somos.” Hacer trampa está en nuestra naturaleza histórica. Peña Nieto apuesta a una solución: ¡la reforma educativa! Tenemos que fomentar valores, principios. No será con mecanismos persecutorios que podremos cambiar nuestra cultura. El argumento del presidente será lamentable pero no es incongruente: si se cree que la corrupción es un hábito cultural, habrá que esperar que dentro de dos o tres generaciones empiecen a cambiar los valores de los mexicanos. (más…)

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23, ago 2014

Cécile McLorin Salvant: Poor Butterfly

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23, ago 2014

Impaciencia del paciente

Alfonso Reyes

 

Juega la Medicina sus pares y sus nones,
su águila o sol–su cara o cruz–y su ‘qué sé yo’;
y entre tantos atisbos y rectificaciones,
seguimos en las mismas del buen Rey que rabió.

Jeringas y lancetas, potajes e infusiones,
radiogramas, análisis, baños de H2O
Se hartan de proezas Sangredos y Purgones.
Las técnicas mejoran; pero el paciente, no.

Amenguan los reflejos, los nervios no responden,
las vísceras no cumplen lo que les incumbía.
Los efectos se aprecian y las causas se esconden.

Y es que no basta toda la ciencia de hoy en día
para esas inefables auras que corresponden
al paso de un fantasma por una biología

 

1940

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21, ago 2014

Robert Hughes: la maldición de la Mona Lisa

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21, ago 2014

Las responsabilidades del arte

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Jed Perl, crtítico de arte del New Republic publicó hace unos días un ensayo interesante sobre la politización de la sensibilidad. Responsabilizaba a la izquierda de intentar imponer criterios morales a la creación. Una sociología progresista pretende razonar aquello que es simplemente misterio.

La mente racional, con su apetito de ecuaciones lógicas, se frustra con la idea de un gran artista que sea una mala persona, y preferiría tal vez, que su arte se viera también mal, o por lo menos que quedara manchado por ello. Detrás de ese deseo lógico se encuentra la renuncia de la imaginación liberal a creer que el arte puede apelar a misterios y magias irreductibles.

Perl mencionó como ejemplo  de esta distorsión crítica a Alex Ross, quien trata de esconder su defensa de Putin en el alegato de que su arte no tiene nada que ver con la política. Ross le ha contestado en el Newyorker. “El arte no vive apartado de la realidad; si lo estuviera, no habría vida en él ni luz, ni oscuridad ni poder.”

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20, ago 2014

Leonard Cohen estrena canción: Casi como el blues.

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18, ago 2014

Vida transparente

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Más acá.

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