12, sep 2014

Vehículos de Wes Anderson

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11, sep 2014

Goteado

(Una animación sobre Jackson Pollock)

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11, sep 2014

Carreño y la peste de los críticos

En su espacio en El universal, el director del Fondo de Cultura Económica ha continuado la discusión iniciada hace unas semanas. Hay elementos que parecen francamente inquietantes. No creo que deban ser pasados por alto.

El 27 de agosto, José Carreño Carlón publicó un artículo llamado “El ‘trending topic’ y la ilusión del consenso“. El director del FCE describe las redes sociales como mecanismos que pueden servir para la circulación de bajezas. Escudado en fuentes académicas concluye que estos espacios producen un “pensamiento grupal” que aniquila la lógica. ¿Ejemplos de ese crimen contra el pensamiento? Las reacciones en las redes sociales a la exitosa entrevista organizada por el FCE con el presidente Peña Nieto. Eso dice José Carreño. Y va más allá. El virus se extiende, dice, “a la prensa formal” e, incluso, ¡a “comunicadores ilustrados”! Se refiere explícitamente a Héctor de Mauleón, quien publicó un texto impecable donde se atrevió a preguntar por qué una editorial pública celebraba su cumpleaños con el presidente sin mencionar ni una sola vez la palabra “libro.” Frente al atrevimiento, el director del Fondo diagnostica que el cronista es víctima de ese “pensamiento grupal”, que se trata de un hombre afectado en su “capacidad mental”. El articulista aniquila la lógica porque hizo una horrible pregunta: ¿por qué se olvidaron de la cultura cuando celebraban las ocho décadas del Fondo? A la pregunta certera, una descalificación grotesca. El director del Fondo remata su artículo advirtiendo la gravedad de la amenaza: ese pensamiento grupal puede provocar un desastre para la gestión pública. El argumento, a pesar del fárrago de su expresión, tiene un aire intimidatorio: los críticos, víctimas de una infección de pensamiento, ponen en peligro la gestión gubernamental. Con las arcaicas fórmulas  del pluralismo otorgado, Carreño habla de respeto a la diversidad pero apunta que los críticos son, en realidad, amenaza.

El día de ayer, José Carreño Carlón intentó un balance de las conmemoraciones de los 80 años del Fondo. Celebra que una discusión haya “desplazado” la controversia sobre la participación del FCE como organizador de una entrevista con el presidente. Lo importante para el comunicólogo es, al parecer, el ruido que hacen los debates, no su sustancia. En su balance, que imagina frío y ponderado, descifra el origen de las críticas que recibió. Resulta que sus críticos no quieren al Fondo, quieren apoderarse de él. Se arropa en “académicos memoriosos de la UNAM y de El Colegio de México” para encontrar la conjura que lo explica todo: quieren transferir el catálogo a manos privadas; quieren cambiar al director para beneficiar a sus clientelas. Esa es la conclusión del funcionario peñista. Los críticos, a los que vuelve a tildar de histéricos, son, en realidad, rentistas.

¿No es esto preocupante? ¿Exagero?

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08, sep 2014

Eficacia, cuento y símbolo

Hay tres novedades importantes en el gobierno de Enrique Peña Nieto. Son su orgullo pero dejan entrever, al mismo tiempo, su reto central; muestran su capacidad de distanciarse del pasado inmediato, afirman un claro perfil de capacidad política pero también sus rasgos más inquietantes. En menos de dos años, el gobierno ha logrado tres cosas: entenderse con el Congreso para producir reformas relevantes, contar un buen cuento de sí mismo y producir un emblema de su visión. Triángulo notable: las reformas que fincan un prestigio de eficacia; la narración que explica su sentido y el símbolo que lo hace visible.

Empecemos con las reformas. Peña Nieto supo mover al Congreso. Formó las coaliciones necesarias para transformar lo que parecía intocable. Forjó una llave que (por torpeza del Ejecutivo o cerrazón de las oposiciones) se le negó a Zedillo (en su segunda tramo), a Fox y a Calderón. Imposible negar el mérito de tejer con discreción y paciencia los acuerdos—sí, palaciegos—que hicieron posibles tan importantes reformas normativas. El gobierno estuvo dispuesto a aceptar la coautoría de sus reformas; no acudió a la negociación con textos cerrados ni ha renegado de la aportación de sus interlocutores. Y lo que logró es, sin duda, notable. Para empezar, un nueva plataforma para la educación, las telecomunicaciones y la energía. Eficacia es la palabra que se repite una y otra vez: conseguir lo propuesto.

En la aclamación de la eficacia hay, sin embargo, un curioso entendimiento de la política: una fe en la norma que no deja de ser llamativa. Como si cambiar las leyes fuera cambiar las cosas; como si el estreno de la plataforma constitucional o legal implicara, en sí misma la obtención del resultado. Poner las reformas “en acción”, como repite tercamente el presidente no es sacar la paleta de la bolsa y empezar a saborearla. Algo sabemos ya del abismo que separa la ley de la realidad. El diseño del cambio recibe naturalmente críticas de los enterados pero, independientemente de la calidad de las reformas, el asunto crucial es su realización—no su concepción. Por supuesto que el trazo importa pero, aún imaginando que los cambios jurídicos hubieran sido perfectos, queda tiempo para que transformen realidad. Lo que viene es seguramente más complejo que lo que pasó. No ha tenido el Estado mexicano un reto institucional tan complejo como el que la reforma energética le pone enfrente. El desenlace de esta reforma está lejos de ser claro. Pongamos el elogio a la eficacia en el sitio que ahora le corresponde: eficacia legislativa. (más…)

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05, sep 2014

¿Cuánto pesa su edificio, Sr. Foster?

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04, sep 2014

Advertencia al lector

Nicanor Parra

El autor no responde de las molestias que puedan ocasionar sus escritos:
Aunque le pese.
El lector tendrá que darse siempre por satisfecho. 
Sabelius, que además de teólogo fue un humorista consumado,
Después de haber reducido a polvo el dogma de la Santísima Trinidad
¿Respondió acaso de su herejía?
Y si llegó a responder, ¡cómo lo hizo! 
¡En qué forma descabellada! 
¡Basándose en qué cúmulo de contradicciones!

Según los doctores de la ley este libro no debiera publicarse:
La palabra arco iris no aparece en él en ninguna parte, 
Menos aún la palabra dolor,
La palabra torcuato.
Sillas y mesas sí que figuran a granel, 
¡Ataúdes!, ¡útiles de escritorio! 
Lo que me llena de orgullo
Porque, a mi modo de ver, el cielo se está cayendo a pedazos.

Los mortales que hayan leído el Tractatus de Wittgenstein 
Pueden darse con una piedra en el pecho
Porque es una obra difícil de conseguir:
Pero el Círculo de Viena se disolvió hace años, 
Sus miembros se dispersaron sin dejar huella 
Y yo he decidido declarar la guerra a los cavalieri della luna.

Mi poesía puede perfectamente no conducir a ninguna parte:
“¡Las risas de este libro son falsas!”, argumentarán mis detractores
“Sus lágrimas, ¡artificiales!”
“En vez de suspirar, en estas páginas se bosteza”
“Se patalea como un niño de pecho”
“El autor se da a entender a estornudos” 
Conforme: os invito a quemar vuestras naves, 
Como los fenicios pretendo formarme mi propio alfabeto.
“¿A qué molestar al público entonces?”, se preguntarán los amigos lectores:
“Si el propio autor empieza por desprestigiar sus escritos, 
¡Qué podrá esperarse de ellos!”
Cuidado, yo no desprestigio nada
O, mejor dicho, yo exalto mi punto de vista,
Me vanaglorio de mis limitaciones
Pongo por las nubes mis creaciones.

Los pájaros de Aristófanes
Enterraban en sus propias cabezas
Los cadáveres de sus padres.
(Cada pájaro era un verdadero cementerio volante)
A mi modo de ver
Ha llegado la hora de modernizar esta ceremonia
¡Y yo entierro mis plumas en la cabeza de los señores lectores!

*

Aquí se puede escuchar el  poema, leído por Parra.

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04, sep 2014

Macro reino

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03, sep 2014

Autorretrato de Ulises Carrión

a5.0

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03, sep 2014

De Ulises Carrión

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03, sep 2014

Los moscos

Manuel Gutiérrez Nájera

Hizo Dios al león, al tigre hosco,
Y a la hiena voraz: el diablo, al mosco!

Y Arihman, encarándose blasfemo
Con el creador supremo,
Murmuró estas palabras: —“Tu obra admiro!
Tú creaste la garra, araña horrible
El encorvado pico, el diente agudo,
El pulpo, mareando en lo invisible,
La hiena: boca. La culebra: nudo.
El rojo tigre, un Hércules de Angola,
El colmillo, el tentáculo, la uña;
Ese Bismarck del tiburón, la cola;
Y ese dos de diciembre, la pezuña!”

“Pero tu obra es la maldad infolio
El elefante es casi un capitolio;
La trompa es una encina que se mueve;
El oso blanco, un Ararath de nieve
Los búfalos, los toros, los chacales
Y el mariscal Von Moltke son iguales;
Todo eso es rudo, material y tosco,
Yo ni garras ni dientes necesito,
Tomo una sola gota de infinito
Le infundo mi maldad, y te hago el mosco!”

¿Qué es el mosco en verdad? Es lo invisible
Lo formidable, lo brutal, lo innúmero;
El león tiene la garra, araña horrible!;
Pero el mosco le vence, tiene el número!
En la atmósfera azul se multiplica;
Es un átomo de aire que nos pica;
No sabemos si es rojo, negro o verde,
Es una idea de Veuillot que muerde
Le matamos y a poco resucita,
Se oculta, porque el mosco es un jesuita,
Pero luego zumbando se revela:
Es un microbio prófugo que vuela.
Obsesión! ananké! Lo interminable
Zumbando eternamente en lo insondable!
Ser bebido! oh terror! ser como fuente
En que el mosco voraz su sed abreva
Y sentir que la sangre se nos lleva
Y que es vuestro pariente!
¿Qué congoja, qué angustia habrá más honda
Para el poeta que sentirse fonda?

No hay moscos en el cielo, el mal impera
En la proscrita humanidad sombría;
No hay moscos más allá, si los hubiera
Júpiter inmortal se rascaría!

Tomado de Material de lectura.

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03, sep 2014

Instrucciones para comer sushi

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03, sep 2014

Respuesta de Leo Zuckermann (y la mía)

El día de hoy Leo Zuckermann contesta mi crítica reciente. Me llama caricaturista, lo cual agradezco sinceramente. Insinúa, por su parte, una viñeta pero desafortunadamente hace el gesto de borrarla.

Yo no tendría problema que existiera el FCE siempre y cuando dejara de recibir subsidios del Estado. No me parece correcto que se utilice dinero público para beneficiar a las clases medias y ricas del país que son las que, por desgracia, más leen en México, según las encuestas de lectura. En el caso del FCE son 238 millones de pesos al año. A eso habría que sumar los subsidios de todas las publicaciones que hace el Estado a través del Conaculta, las universidades públicas y los centros del investigación. ¿Se justifican? No lo creo. Y no por eso le ando prendiendo incienso al mercado.

Silva-Herzog no acaba de creer que las nuevas tecnologías han abierto espacios que antes estaban cerrados para los autores. No da razones de por qué. Antes, las decisiones de qué se publicaba las tomaban los editores. Hoy, gracias al internet, un autor puede autopublicarse. Por eso no entiendo por qué dice que en la actualidad nadie publicaría a  Kafka cuando Kafka podría publicarse, hoy, a él mismo. Eso es un hecho indubitable.

Creo que el argumento de Leo es claro y es, por supuesto, coherente. Me sigue pareciendo ideológico y candoroso. Parte de la confianza de que no puede haber sensata inversión pública en cultura, sino dispendio en beneficio de los privilegiados. Subsidio dice y repite Zuckermann para enfatizar su carácter pecaminoso. No cuestiona la política editorial del Fondo de Cultura Económica (y de otras instituciones públicas)–lo cual, desde luego es indispensable–sino su existencia misma. Siendo una empresa pública tiene un pecado de origen. Así es la política y así será, nos dice para no hacernos ilusiones: si es una institución gubernamental será irremediablemente servil. Discrepo. El Fondo tiene una tradición de dignidad que muestra lo contrario. No es una tradición impoluta, pero es respetable.

Curiosa lista de éxitos del mercado, la que difunde Zuckermann para sostener su convicción: el espectáculo de la Feria de Guadalajara, el fenómeno de Harry Potter y la autopublicación de amazon. En ese feliz mundo digital de bestsellers y circos multitudinarios, supongo, ya no serán necesarias las editoriales, ni los críticos. En realidad, mi desacuerdo con Leo no es solamente sobre el sitio del Estado en el mundo editorial sino sobre la naturaleza de la conversación cultural. El editor, como primer crítico, importa. La historia del FCE es demostración precisamente de ese lugar culturalmente relevante que corresponde a las grandes editoras. Por eso creo que en el ecosistema editorial mexicano, la presencia de una editorial pública fuerte es importantísima–si es fiel a su misión.

El argumento de Leo Zuckermann, desde luego, trasciende el mundo de los libros. Su dogmática lectura del liberalismo lo conduce a una penosa demagogia populista: como los pobres no leen, que el Estado no desperdicie ni un centavo en libros. Habría que ir un pasito más adelante: si no van a leer, ¿para qué malgastar el dinero de nuestros impuestos enseñándoles el alfabeto? Siguiendo la lógica estricta de Leo Zuckermann, valdría preguntar: ¿se justifica la existencia de Bellas Artes si la mayoría de los mexicanos no conoce el Museo de Arte Moderno? ¿Debe recibir subsidio la Sinfónica Nacional si los pobres no van a sus conciertos? ¿Deben usarse nuestros impuestos para subsidiar la exposición de José María Velasco que se acaba de inaugurar?  Yo creo que sí. Será porque quiero defender, como los integrantes de la Sección 22 de la CNTE, mis “prebendas”.

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02, sep 2014

La segunda vida de Jules Winnfield (Pulp Fiction)

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02, sep 2014

Zaid: Imprenta y vida pública

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02, sep 2014

Salvador Novo sobre el primer libro publicado por el Fondo

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En 80 años: las batallas culturales del Fondo, el libro de Gerardo Ochoa Sandy (que puede descargarse aquí) puede encontrarse este recuerdo de Salvador Novo, traductor de El dólar plata, primer libro publicado por la octogenaria:

Cuando empezó el Fondo, yo me hallaba sin trabajo ni ruta definida. Acababa de salir de Relaciones, último lugar en que trabajé con el doctor Puig, y no había aún encontrado un camino de trabajo independiente y personal. Eduardo (Villaseñor) y Daniel Cosío me encargaron algunas traducciones de libros económicos para el Fondo. Recuerdo una, El dólar plata, y un tratado muy divertido sobre la moneda. No tengo ni un ejemplar de esos libros, ni recuerdo absolutamente de qué trataban.

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