13, Ene 2021

Biografía de una amistad

En Sombras en el campus, Malva Flores escrie que “el ensayo es una de las formas más depuradas de la pasión escrita”. En su alegato contra las inquisiciones de la academia defiende, por supuesto, la solidez del argumento y la confiabilidad de las fuentes, pero abraza antes que cualquier otra cosa, la emoción personal, esa combinación de simpatías y antipatías con las que tocamos el mundo. En las palabras del ensayo debe haber un elemento íntimo, una revelación personal, una confesión: “solo si en el tubo de ensayo incluimos la sal y la pimienta de nuestras aversiones, deseos o admiraciones, podremos de allí obtener un elemento cuyo único propósito será compartir una charla por escrito y hacernos pensar.” Esa sal y esa pimienta, ese sazón íntimo es saboreable en la admirable biografía que Malva Flores ha hecho de una amistad crucial en la cultura mexicana del siglo XX.

Estrella de dos puntas, Octavio Paz y Carlos Fuentes: crónica de una amistad, el libro que Malva Flores publicó a fines del año pasado es, por supuesto, una investigación meticulosa en los meandros de la relación entre Octavio Paz y Carlos Fuentes. Flores ha exprimido todas los archivos, las cartas, la referencias veladas que existen en las páginas de ambos, los intercambios con los amigos comunes y ha registrado la admiración mutua, la cercanía, el cariño, la desconfianza, los reencuentros, la ruptura. En el intenso epistolario entre los amigos puede verse una comunicación tan intensa en su furor comunicativo como en el frío de sus largos silencios.

Complejísima relación, la de Paz y Fuentes. Fascinante también. Dos gigantes de las letras mexicanas; dos hombres rodeados de admiración. Dos ambiciones, dos vanidades, dos capillas. Lo reconocía el propio Paz en una de las últimas cartas que le escribió a Fuentes: “La amistad es como las plantas: hay que regarla a diario. A veces, también, hay que podarla: demasiado frondosa deja de dar flores y frutos. Y mucho sol–un acuerdo total–la marchita. Las diferencias–si se dicen–son un agua milagrosa. Por fortuna tú y yo no coincidimos en muchas cosas, aunque sí, creo, en lo esencial.” La relación no se rompió súbitamente con el artículo de Enrique Krauze contra el novelista. Desde el primer momento, fue una amistad compleja.

Durante medio siglo (se conocieron cuando Paz tenía 36 años y Fuentes 21), el poeta y el novelista estuvieron el uno frente al otro. Seguían asociados de alguna manera, aunque la confianza y el afecto se hubiera perdido. Los rompió la política, es cierto. Pero después de leer la crónica de esta amistad fracasada, puede verse que lo que fue abriendo una brecha cada vez más grande entre ellos fue su idea de la literatura y su compromiso con la creación. Son visibles sus diferencias sobre la naturaleza del echeverrismo, por ejemplo, o sobre la revolución sandinista. Pero detrás de esa controversia pública, es la concepción artística lo que en realidad los distancia. La política, en particular el entusiasmo del 68, los acercó. Después esa misma energía los enemistaría hasta la muerte. El arte nunca los llegó a hermanar.

Advierte Flores desde las primeras páginas que esta biografía de amistad no es un trabajo académico de crítica literaria. Es “la lectura de una o varias pasiones, perseguidas con los ojos de mi propia pasión.” No se trata de una crónica imparcial, ni mucho menos distante de esos dos hombres. Flores no pretende oficiar de mediadora para forzar un equilibrio entre los amigos que han terminado en pleito. Sus cercanías no solamente son claras: están bien fundadas.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
12, Ene 2021

Mentiras e intimidaciones

Desde su fundación, Estados Unidos se ha imaginó como una excepción. Un país que guiaría al planeta en la senda de la libertad, un modelo que nadie podría superar. A este pueblo le ha sido reservado el decidir si las sociedades humanas pueden establecer un gobierno basado en la razón, dijo Hamilton en una de las primeras entregas de El federalista. Estados Unidos sería el primer país en el mundo que podría escapar la imposición de los ancestros o la de los violentos. Ni la brutalidad de la fuerza ni los absurdos de la tradición: un gobierno diseñado a través de la razón y sostenido con la voluntad libre de los ciudadanos.

De esa fantasía proviene la idea de que la norteamericana es una política incomparable. Aún en el espacio académico se sigue alimentando ese cuento del excepcionalismo. Para entender sus mecanismos y sus procesos basta su propia historia y sus propias fuentes. El provincianismo de su inteligencia impidió apreciar la amenaza que tuvieron frente a la nariz. Aún los medios más liberales tendían a restarle importancia a la victoria electoral de Trump. Su retórica era estridente, pero, en el fondo, no representaba un peligro serio para la vida democrática de los Estados Unidos. Los partidos, los medios, las instituciones serían lo suficientemente fuertes para domar a la bestia.

Los denunciantes más lúcidos de la amenaza trumpiana salían de la miopía nacionalista que domina la discusión norteamericana. Por su origen o sus curiosidades intelectuales, pudieron ver en Trump un remedo de otros autócratas y, en la circunstancia norteamericana, la reedición de quiebras democráticas en el mundo. Pienso, por ejemplo, en la perspectiva de Masha Gessen advirtiendo de inmediato los paralelos con el déspota de Rusia. Pienso también en el grito de alarma de un historiador como Timothy Snyder, quien vio la sombra del fascismo en el ascenso del patán. Pocos en Estados Unidos se atrevieron a ponerlo tan claro como lo puso Letras Libres en aquella portada memorable: fascista americano.

Fue precisamente Snyder quien advirtió que la postverdad es prefascismo. Abandonar la plataforma de la verdad es cancelar la posibilidad de la ciudadanía, ahogar el espacio del entendimiento, matar la ley. Lo que ocupa el lugar de la verdad en ese contexto es el espectáculo de lo que nos entretiene–mientras nos envenena. Las redes sociales pueden ser un intenso y constante estímulo emocional, pero, insiste el historiador que ha explorado los peores horrores del siglo XX, suelen recrudecer el prejuicio y llevarnos a olvidar la distinción entre lo que nos halaga y lo que es cierto. Las redes sociales podrán ser un extraordinario estímulo emocional, podrán entretenernos las 24 horas del día, pero suelen provocar que confundamos lo que nos halaga con lo que es cierto. La aventura política de Trump no fue solamente un espectáculo de mentiras, sino también un desplante de intimidaciones. La violencia, la demostración de fuerza física fueron su marca indeleble. En sus últimas horas como presidente, esta combinación de farsa y machismo fue más explícita y más dañina que nunca. Fue esa combinación la que condujo al asalto del Capitolio. Por extraordinaria que haya sido la toma del congreso, no puede decirse que haya sido una sorpresa. Desde el 4 de noviembre el presidente Trump empezó a colgarse de las conspiraciones más absurdas para sostener que había habido fraude y que él, no solamente había ganado, sino que había arrasado. Convocó así a los seguidores que estuvieron dispuestos a seguirlo en su patraña a manifestarse con fuerza frente al capitolio para demostrar los arrestos de su movimiento. No seremos unos debiluchos ante el robo, dijo.

Donald Trump habrá reventado en esas horas el liderazgo que aún mantenía en el Partido Republicano. Después de la elección, conservaba un ascendiente crucial en el partido. Tras el asalto, es rentable ya distanciarse de sus locuras. Pero lo que nació ese día no se apagó por la noche. El veneno de mentiras e intimidaciones, desprecio y odio que regó durante años ha cultivado una extrema derecha que seguirá viva durante mucho tiempo. Los hijos de Trump, esos millones de habitantes de la realidad alternativa, esos fanáticos de las conspiraciones que están armados hasta los dientes y que ven con angustia el futuro serán la gran amenaza a la democracia norteamericana.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
04, Ene 2021

Nueces 2020

El 2020 debe ser el año de la humildad, sugiere John Gray en un artículo publicado en The New Statesman. El año nos recordó que habitamos un mundo que nunca podremos entender del todo y que jamás llegaremos a controlar. De la escuela al comercio, de la intimidad a la gran política: todo ha sido alterado por partículas que no podemos ni ver. La lección parece clara, dice el filósofo que acaba de publicar un ensayo sobre filosofía felina. La pandemia, más que un evento históricamente extraordinario, es recordatorio de nuestra fragilidad. El gran impacto de la pandemia es (debería ser, agrego yo con menos confianza de que seamos capaces de aprendizaje) haber pinchado la burbuja de la pretendida supremacía humana.

La vacuna nos puede engañar con la idea de que¿ la humanidad recupera el dominio de la naturaleza. Si el planeta tiene dueño son los microbios.

*

Cuando no quede ninguno de nosotros vivo, sospecho que el 2020 apenas será recordado por las muertes o el encierro. La mutación geopolítica de este tiempo será, seguramente, más relevante que la tragedia. El historiador que dentro de unas décadas se asome a este año cruel lo registrará probablemente como el año en que inició el siglo XXI, el año que disparó simbólicamente el ascenso de China y mostró la irreversible decadencia de Estados Unidos. La cuna del virus resultó una de las grandes ganadoras del año. Después del encubrimiento, el gobierno chino fue capaz de contener el contagio y retomar, en buena medida, la normalidad. Frente a ello, Estados Unidos se mostró, en palabras del novelista Dave Eggers como una “mezcla terrorífica de reality show televisivo, república bananera y Estado fallido.”

*

En el video de El país que muestra a los caricaturistas del oficialismo (ellos mismos se presentan como orgullosos portadores de la etiqueta) hay un momento extraordinario. Rafael Barajas, “El Fisgón”, no solamente caricaturista de enorme talento, sino también gran historiador del cartonismo mexicano, reflexiona sobre sus reacciones ante lo que dice el presidente. Durante un tiempo sentía el chicote automático de la crítica. Seguramente le incomodaría la mojigatería o la superstición del gobernante. Tal vez la defensa del militarismo que hace constantemente desde Palacio Nacional le provocaría tirria, pero ya ha aprendido a contener esa vanidad de pensar por sí mismo. “Con Andrés Manuel me pasa con mucha frecuencia que no estoy de acuerdo con cosas que dice. Pero ahora, mi reflejo es preguntarme: “¿Qué es lo que no estoy entendiendo?” La confesión es asombrosa: si se asoma una diferencia con el presidente es que yo estoy equivocado. Es una de las más valientes defensas de la renuncia al pensamiento que he escuchado. Que nadie dude de lealtades. Andrés Manuel: te doy mis ojos.

*

2020: lo predecible era impensable.

*

La pandemia reveló la vacuidad del poder vertical. Lo que dijo el reportero Joshua Yaffa sobre el fracaso de Putin para encarar la crisis sanitaria en Rusia es aplicable a muchos otros regímenes que apuestan al imperio de una máquina de jerarquías. El teatro de la pirámide puede dar apariencia de poder pero ahuyenta el debate auténtico, desatiende la voz de los expertos y convierte a los científicos y a los funcionarios públicos en aduladores. La ilusión de omnipotencia conduce directamente a la ineptitud.

*

El populismo, escribió el politólogo búlgaro Ivan Krastev, no se alimenta del miedo sino de la ansiedad. En ¿Ya es mañana?, un librito que escribió durante su encierro en el campo, propone esa distinción. La ansiedad es inquietud ante un peligro difuso y disperso. El miedo es algo más concreto, más inmediato, más punzante. Tengo miedo de morir por covid; siento ansiedad de que mi cultura sea arrasada por los migrantes. El temor abstracto del ansioso puede encontrar eco en la demagogia del antagonismo que lanza la culpa al otro. La cercanía de la muerte pide otra cosa: claridad, coherencia, confiabilidad.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
31, Dic 2020

Migajas 2020

Emily Dickinson describió la silenciosa complicidad entre quien escribe y quien lee:

¡No soy nadie!
¿Quién eres tú?
¿Tampoco eres nadie?
Ya somos dos –¡Pero no lo digas!

A explorar esa secreta intimidad dedicó Louis Glück su conferencia del Nobel. Desde muy niña sentí que Dickinson me había elegido a mí, que me reconocía de alguna manera. Ella y yo formábamos una especie de cofradía: compañeras en la invisibilidad. “En el mundo éramos nadie.” Ese parece el único plural que admite la poesía: la pareja de invisibles que se reconoce en la tinta de una página. Para la poesía, dice Glück, el juicio de lo colectivo es peligroso. ¡Qué distinto sería si aquel poema hablara en plural! No somos nadie. ¿Quién eres tú?

La voz que me llama, dijo Glück en una ceremonia que no pudo celebrarse en Estocolmo, es la voz de la soledad, esa que encuentra forma en el lamento o la añoranza. “Poetas en cuya obra desempeñaba yo, como oyente elegido, un papel crucial. Íntimo, seductor, muchas veces furtivo o clandestino. No poetas de estadio. No poetas hablando consigo mismos.”

*

En el festival de este año del New Yorker Emmanuel Ax y Yo-Yo Ma tocaron una pieza para cello y piano de Beethoven. La elección no fue casual, ni un simple tributo de aniversario. En conversación con Alex Ross, quien acababa de publicar su trabajo monumental sobre el wagnerismo, los intérpretes reflexionaron sobre el valor y la pertinencia de la pieza para estos tiempos oscuros. La sonata número 3 está llena de optimismo y belleza, dice el pianista. Es una obra abierta, jovial, esperanzada. Pero Ax advierte que, en el manuscrito de la partitura, el compositor anotó cuatro palabras como dedicatoria al mecenas que había comisionado la pieza. “Entre lágrimas y dolor.” Esa pieza rebosante de alegría deja entreoír la tristeza de la que surge.


*

En El reino de lo no lineal, de Elisa Díaz Castelo, Premio Bellas Artes de poesía Aguascalientes, 2020, la escritora roza la muerte, toca la desolación y regresa a este mundo con una sonrisa. Sus poemas entretejen múltiples voces, relatos, refranes, mitos, hallazgos científicos para abordar los límites de la existencia. La extinción de la vida y de la razón encuentran contrapunto en el caldo de lo orgánico: venimos de una lluvia roja, somos el impacto de un meteorito. Tal vez eso, dice: una cicatriz:

“Vida: el reino de lo no lineal: Prigogine: de la autonomía del tiempo: también: la banqueta rota por las raíces de una acacia: la sintáxis inútil del desorden: el agua a contraluz: canto para sobrellevar la espera: Dickinson: teoría de los principios simples: enzimas: esporas: ribozomas: el amor desmedido de Dios por los escarabajos.”

*

A cultivar la herencia se ha dedicado Adolfo Castañón, merecedor del Premio de Artes de este año. No escribir libros: leerlos. Escribirlos, si acaso, para pulir lecturas. En su “Epitafio del lector” se advierte aquella intimidad de la que hablaba en Glück en su conferencia Nobel: “Leo un texto que alguien ha escrito para mí. No es diferente de los demás. Todos, en cierto modo, han sido escritos para mí. Esa voz tiene un libro entre manos; ese libro soy yo. En esta página veo reflejado mi rostro como un espejo. Estas líneas, ¿no son mi fisonomía? ¿quién me observa si lo son? ¿Acaso las letras pueden mirar? La voz se hace letra y me habla, mira.”

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
28, Dic 2020

Estantería del año

Retomo aquí algunos apuntes de los libros de este año que han reflexionado sobre la naturaleza de nuestros desafíos políticos.

Se han publicado muchos ensayos que sobre la crisis de la democracia liberal en el mundo. Textos teóricos, apuntes sociológicos, crónicas y denuncias. Uno de los apuntes más interesantes que he leído es el libro que publicó Anne Applebaum. Su reflexión se distingue del resto porque apunta al impacto personal de la polarización. La intensificación del conflicto rompe amistades y familias. De eso habla en El crepúsculo de la democracia. La periodista, ganadora de un premio Pulitzer, recuerda el optimismo con el que se recibió el siglo y la animosidad que prevalece hoy. La enemistad no solamente impide el acuerdo entre políticos, rompe familias. ¿Es posible la amistad en esta atmósfera? se pregunta la periodista.

Escapando de Putin, Masha Gessen entendió como nadie a Donald Trump. Cuando éste ganó la elección, advirtió el peligro que significaba el demagogo. Sonó la alarma de inmediato para gritar que Trump ponía en riesgo a la democracia y para pedir que la amenaza se tomara en serio. El artículo que envió al New York Times le pareció desmesurado a la mesa de redacción. No se publicó ahí sino en el New York Review of Books, donde encontró millones de lectores. Trump había ganado no como candidato a presidente sino como candidato a dictador, decía. A finales de su gobierno, un poco antes de la elección, publicó como libro su diagnóstico del fenómeno Trump. Lo ha traducido la editorial Turner al español. Ahí aborda una marca de la comunicación del autócrata: la mentira del poder. Se trata dice Gessen de una mentira que no es ocultamiento ni maquillaje. Es la palabra que se utiliza para demostrar quién manda. Es una afirmación que negando lo ostensible, planta un reto a los aliados y es una amenaza al resto: ¿te atreves a confiar en tus ojos o demuestras lealtad a la palabra del Supremo?

Dos textos importantes sobre el populismo se tradujeron al español este año. El primero es Yo, el pueblo, de Nadia Urbinati, el segundo es El siglo del populismo, de Pierre Rosanvallon. Ambos pretenden esclarecer un fenómeno crucial de nuestra era que sigue escurriéndose al concepto. En Urbinati se advertirá el carácter irremediablemente faccioso del discurso y la práctica populistas y en la Rosanvallon la importancia de ese régimen de pasiones y emociones que no puede seguir siendo menospreciado como irracionalidad.

La pandemia no es solamente un reto epidemiológico, sino un epistemológico, escribió Daniel Innerarity en su Pandemocracia, el librito que aparece como una especie de postfacio a su Democracia compleja. No resulta fácil comprenderlo políticamente; el reflejo de la política tradicional nos empuja a definirlo, por su gravedad, como una guerra. Esto es una guerra contra el enemigo invisible, se dice por todas partes. Será otra cosa muy distinta porque lejos de una política de combate se requiere de una política del cuidado. En esa política reaparece la necesidad de contar con capacidades estatales y la disposición a confiar en los expertos que se conducen con verdad.

El economista francés Thomas Piketty exploró en su nuevo tabique los regímenes de la desigualdad. Capital e ideologia, más que el libro de un economista, es el libro de un historiador de la cultura que desentraña las justificaciones de la desigualdad a lo largo del tiempo. La base de la desigualdad, sostiene, es más ideológica y política que propiamente económica. ¿Qué cuentos nos hemos contado para legitimar la disparidad de cargas y beneficios? El más reciente es seguramente el mérito: quien goza de ventajas se las merece. Por su esfuerzo, por su creatividad, por su talento, se ha ganado lo que disfruta. A derribar ese mito se dedica La tiranía del mérito, de Michael Sandel. La idea de la meritocracia suena bien: el lugar que ocupo es el que me he ganado con el sudor de mi frente. Pero eso que llamamos meritocracia no suele ser recompensa al esfuerzo personal sino, más bien, reflejo de azares, ventajas iniciales y aportaciones colectivas. Es contra la santa autonomía liberal que se planta Sandel. Nadie es el arquitecto solitario de su destino.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
14, Dic 2020

Alianza de espectros

El sistema de partidos recibió dos golpes mortales. El primero fue el Pacto por México. El segundo la elección del 18. Tras esos dos golpes, los tres órganos de la competencia electoral quedaron hechos trizas, sin que hubieran aparecido alternativas. No tenemos partidos porque los tradicionales perdieron hasta el sentido de sí mismos y el que recibió la mayoría está lejos de ser, propiamente, partido.

Vale regresar a los primeros días del gobierno peñista para aquilatar el golpe que recibió entonces la estructura de competencia. El acuerdo evenenó a los tres partidos. Como palanca reformista fue, sin duda, eficaz. Puso en movimiento una máquina que estaba detenida, pero el costo de esas reformas efímeras fue gigantesco. La corrupción del peñismo embarró a todos los firmantes, destruyó su identidad, resquebrajó su cohesión, los convirtió en cómplices de una administración aborrecible. Aquel pacto no fue un acuerdo de Estado, sino una alianza de resentimientos. Para la dirigencia del PAN fue la oportunidad de sacudirse el maltrato del presidente Calderón. Para los perredistas fue el instrumento para marcar distancia de López Obrador.

El pacto por México formalizó lo que un politólogo alemán ha llamado “cartelización” de los partidos políticos. Peter Mair se refiere al entendimiento entre organizaciones que, en lugar de recrear la competencia, se asocian para repartirse las rentas del Estado. Los antagonismos desaparecen, las alarmas se apagan, los desacuerdos no abordan lo crucial. Bajo este esquema, los partidos pueden ser adversarios en el momento electoral, pero después de la elección trabajan por el interés común: su beneficio La democracia pierde sentido cuando los partidos dejan de animar los desacuerdos. Ese fue el impacto de la coalición peñista. Destruyó en la ciudadanía las brújulas de la crítica. Por eso fue imposible para Acción Nacional y para el PRD presentarse como opción confiable.

La elección del 2018 fue el segundo golpe de muerte. Si el primero fue resultado de negociaciones cupulares, el segundo fue una paliza de votos. El rechazo a los partidos tradicionales fue contundente. El apoyo electoral a quien representaba el polo opuesto a esa componenda fue igualmente claro. Pero a la derrota no vino en los partidos una revisión crítica del pasado reciente, una reagrupación para organizar la oposición, no aparecieron liderazgos frescos, no se libraron batallas parlamentarias, no se ocuparon espacios en los medios. Tras la derrota, la nulidad. Lo más grave para las oposiciones no fue la pérdida de asientos, sino la ofuscación. Las oposiciones no tienen, hasta el momento, idea de qué son, dónde están, ni qué quieren.

Producto de esa confusión existencial es la alianza que han anunciado en días recientes. Los partidos que no han sabido cómo plantar cara al gobierno se asocian ahora para competir contra su partido. Han tomado dos años de vacaciones y ahora nos anuncian que han regresado para asociarse. Es cierto que no hay buenas opciones para esas organizaciones y podría parecer una decisión de entendible pragmatismo pactar para colocarse en una plataforma competitiva. Lo dudo. Ya sabemos que las coaliciones no suman los votos de los coaligados, que los pactos desalientan a los simpatizantes y confunden a los votantes. Esta alianza no atrae a nadie porque no fue precedida de la depuración que habría sido de esperar tras una derrota tan severa. Porque no ha sido defendida públicamente con argumentos persuasivos. Porque no tiene figuras confiables. Sin renovación, ésta es una coalición de los peores. La corrupción del peñismo, más los destrozos del panismo, más la arrogancia de los oligarcas. La coalición antimorena enfatiza los peligros de un gobierno tan incompetente y tan voraz como el que padecemos, pero lo hace desde una añoranza que no puede ir muy lejos. La esperanza de este pacto es que el reciclaje de lo que fue derrotado hace tres años avance impulsada por la ineptitud del gobierno actual.

Los arquitectos de esta alianza imaginan la formación de un bloque parlamentario que haga muralla a las ocurrencias presidenciales. Es improbable que eso ocurra. La alianza electoral, si llegara a tener éxito, no será el fundamento de un bloque opositor en el Congreso. El PRI seguirá siendo, como hasta ahora, un partido al servicio del presidente. La alianza no es solamente alimento para la retórica de la polarización. Puede terminar siendo apoyo de la coalición oficialista.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
09, Dic 2020

Loa a la tierra

De pronto, Byung Chul-Han, el filósofo alemán de origen coreano, se convirtió en el filósofo omnipresente. De un día para otro aparecían referencias a su trabajo por todos lados para explicar la coyuntura. Podían leerse en la prensa sus artículos sobre la pandemia y sobre el eros, mientras su libritos compactos, claros y profundos llegaban a las mesas de novedades. El deseo, el poder, el entretenimiento, las redes, la masa, la ansiedad de nuestros días eran esclarecidos a través de esos ensayos que se columpiaban entre el rigor académico y la introspección más íntima. De la vida de Han se sabe poco. Rehúye las cámaras y los micrófonos. Se sabe que nació en Seúl y que, en su país natal, estudió metalurgia. A los 26 años dejó Corea y la ingeniería para establecerse en Alemania y estudiar literatura y teología. Escribió su tesis sobre Heidegger sin contaminarse de ilegibilidad.

Hace un par de años, Han publicó Loa a la tierra, un ensayo sobre el jardín que tradujo, como buena parte de su obra, la editorial Herder. Tras los larguísimos meses del encierro, el librito refresca su sentido. Sostiene el filósofo que el jardín no es solamente un espacio de contemplación, sino una labor, una meditación, un gozo, un descanso, una devoción. Si hubo creación de algún dios, leo entre las letras de Han, fue para que hubiera juego: felicidad inútil, suspensión de las urgencias, sorpresa que alegra.

El trabajo de la jardinería ha sido una meditación para mí, dice Han. Una forma de escapar de esa tiranía de urgencias y réditos, el encuentro con otro tiempo, con otros tiempos. El giro y la vuelta del mundo se viven ahí de manera distinta. Cada hoja sigue su propio minutero. Quien cultiva sabe escuchar el tiempo de su semilla. “El tiempo del jardín es un tiempo de lo distinto.” Es un tiempo que observamos, pero del que no podemos disponer. En cada planta hay una conciencia propia del tiempo. De ahí la lección de humildad: nadie puede acelerar las estaciones.

La mano del jardinero es una mano amorosa, dice Han. Una mano paciente que toca “lo que todavía no existe.” El jardín es un espacio metafísico, el lugar del esplendor y de la muerte. Será, tal vez, el sitio palpable de la resurrección. De esa rama seca brotará en unos meses, una suave rama verde. Y de ahí la raíz, las hojas, las flores. Nada de eso nos es, a nosotros, posible. Nuestro curso es irreversible. Nuestro camino a la muerte no tiene vuelta. Cada día estamos más cerca de la nada. Pero las orquídeas saben lo que es derrotar a la muerte. El jardín es, por eso, un lugar de milagros cotidianos.

El jardín es también al reino de los elementos. Un regreso a la sensatez elemental: nos rigen la luz y el cielo; el sol, la humedad y la tierra. Necesitamos del cuidado. El jardinero percibe el curso del año con su cuerpo. Nota la luz que se adelgaza en invierno y anticipa con la nariz los brotes de primavera. Frente a los abismos de las teclas y las pantallas, el jardín es intimidad de lodo y hierba. El jardín, dice el filósofo, “me devuelve la realidad, incluso la corporalidad, que hoy cada vez se pierde más en el mundo digital bien temperado.” En este mundo del zoom y del uatsap no hay olor, no hay fricción. No hay cuerpo. El jardín es la sensualidad, la materialidad viva.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
07, Dic 2020

El efecto y el encanto

Los encuestados por Reforma no leen Reforma. Esa podría ser la primera conclusión que se extrae de la encuesta publicada la semana pasada por nuestro diario. El cuadro que, en noticias y comentarios, ofrecemos todos los días a los lectores sobre la catástrofe del gobierno de López Obrador no es compartido por la población. El estudio que ha coordinado Lorena Becerra exige reflexión. La percepción de la mayoría no penetra el reportaje ni la crítica. Por eso valdría la pena tomarse unos minutos para examinar el sentido y proporción del respaldo que el presidente mantiene.

La popularidad del presidente repunta. De agosto a diciembre ha ganado cinco puntos. El 61% de los encuestados aprueba al presidente, pero también toma distancia de sus políticas. Difícilmente puede decirse que se le perciba como un presidente eficaz. El 51% de los encuestados piensa, de hecho, que el país se le sale de las manos. Un presidente con buenas notas y un gobierno reprobado. Se reprueba su estrategia de seguridad; se rechaza su conducción económica y se desconfía, incluso, de su política contra la corrupción. La ciudadanía no recoge las críticas que hacemos con mayor insistencia: solamente el 34% lo considera un gobernante autoritario. Si decimos todo el tiempo que su discurso y su política son polarizantes, los encuestados ven otra cosa. El 47% cree que une al país y el 40% piensa que lo divide.

Estos datos no son solamente una prueba del divorcio entre la opinión pública y la publicada, sino pista de una política que nos escurre de la comprensión. El presidente López Obrador no entrega buenas cuentas en materia económica, sanitaria o de seguridad pública. Cualquier registro objetivo lo documenta claramente. Más allá de las intenciones y del discurso, el país no ha caminado a la tranquilidad, no ha cuidado la salud de su gente y no ha alentado la prosperidad económica. Pero los encuestados, al aprobar la gestión presidencial están haciendo una evaluación distinta a la que solemos hacer. Más que calificar los efectos de la política respaldan su fuente. Se ve al presidente como un hombre que se preocupa por los que menos tienen. Así lo afirma el 65% de quienes respondieron al cuestionario de Reforma. La forma en que se plantea la pregunta es relevante: los medidores registran una inclinación, un afecto. No un resultado, un apego. Tengo la impresión de que ahí está la clave de esta popularidad que, hasta el momento, parece a prueba de incompetencia. Una cosa es el efecto de la política, otra su encanto.

El presidente es uno de los nuestros, responden los encuestados. Más que un juicio sobre la administración, expresan una identificación. Sabemos que las cosas no marchan bien, que el presidente no ha dado resultados, pero a fin de cuentas estamos de este lado. Estamos con López Obrador porque no estamos con quienes mandaban antes y no sentimos cerca a quienes lo critican hoy. No tengo duda de que el contraste sigue siendo el basamento de su apoyo. Si el 61% está con él es porque no extraña a Peña Nieto, ni a Calderón, ni a Fox. Si ese porcentaje lo respalda es porque no tiene oídos para sus opositores. Por eso resulta tan significativo el que no sea visto como un agente de división, sino de unidad.

Nos ha salido caro el plomero y no ha reparado las goteras del lavabo. Lo contratamos para arreglar una tubería que terminó destrozando y no asume ninguna responsabilidad por los estropicios. Y sin embargo, es nuestro plomero. Así entiendo la contradicción en el juicio de los encuestados que reprueban al gobierno apoyando al gobernante. La política no es solo un instrumento de poder. Es también símbolo, ceremonia, emoción. Se impuso entre muchos de nosotros una fórmula utilitaria para entender el mecanismo democrático. El gobierno procesa intereses en conflicto y produce decisiones cuyos efectos son evaluados racionalmente por los ciudadanos. De ahí surgen los premios y los castigos. Pero la política no se agota ahí. No solamente es qué obtengo del poder, es cómo me siento frente a él. Entender eso que Pierre Ronsanvallon llama el “régimen de las emociones” es fundamental en nuestro tiempo.

Tarde o temprano caerá la popularidad de un gobierno incompetente dicen los ilusos que no advierten que en este gobierno se ve, más que una máquina, un espejo.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
30, Nov 2020

Demagogia criminal

Hay brutos en todas partes. Necios que creen que un cinturón de seguridad es una imposición tiránica, que la teoría de la evolución es un mensaje del demonio, que las vacunas son ampolletas que nos robarán el alma. En todas partes hay loquitos que gritan en la esquina que ya viene el fin del mundo. Lo que preocupa es que el chiflado invoque a la autoridad para fundar su imprudencia, que siga el ejemplo del gobernante para justificar su irresponsabilidad.

Eso ha pasado aquí. La pedagogía oficial ha rendido frutos. El diputado Fernández Noroña es el alumno ejemplar de la estrategia sanitaria del gobierno federal. Ha aprendido las lecciones del doctor López Gatell y las pone en práctica con enjundia. Hace unos días lo citó en el Consejo General del INE para rechazar el uso del cubrebocas que se había establecido como norma de reunión. No es necesario usarlo, dijo, repitiendo las palabras de quien alguna vez se presentó como técnico: la tela puede crear una falsa idea de seguridad. Más aún, el paño que cubre nariz y boca es, en realidad, un instrumento esclavizante, un dispositivo para someter a la población, un artefacto de silenciamiento. Para este machismo libertario despojarse del cubrebocas y hablar a baba suelta es una señal de valentía, de arrojo, de dignidad. La hombría demostrada en la saliva sin retén. Que el instituto electoral hubiera acordado esa norma para la celebración de su consejo es, para un cuatrotícola leal, irrelevante. Nos lo han dicho de muchas maneras: las leyes que alguien considere injustas deben violarse. Está escrito en alguno de los mandamientos presidenciales: Violarás la ley que te disguste.

Es grave, decía, que la irresponsabilidad encuentre coartada en el discurso oficial. Más grave, tal vez, es que el desplante reciba felicitación del máximo líder del país. Todavía hoy, cuando los contagios alcanzan nuevo pico, cuando la muerte llega a niveles que superan varias veces el cálculo más catastrófico; mientras caminamos hacia un invierno pavoroso, el presidente de la república minimiza otra vez el peligro que enfrentamos y bendice la insensatez como expresión de libertad y una muestra de la infinita sabiduría del pueblo. Todos los días imparte cátedra de irresponsabilidad. Un hombre obsesionado con su propio símbolo aparece siempre con la cara descubierta. Los carteles que vemos en la ciudad lo piden, lo imploran. Por respeto, por valor, por salud, por amor, lleva puesto tu cubrebocas. Por ti, por mí, póntelo. Pero el hombre que vemos hasta en la sopa, se resiste. No le da la gana y con su conducta da consejos de muerte.

La demagogia es criminal. Me detengo en estas cuatro palabras, pero no puedo borrarlas porque son ciertas. Es imposible dulcificar las consecuencias esta irresponsabilidad colosal. La demagogia mata. Puede ser un condimento natural de las campañas políticas. No llega a desaparecer en los gobiernos democráticos, pero suele atemperarse con los golpes de la realidad. No podemos, pues, imaginar el debate público sin las visitas de esa tramposa grandilocuencia que se separa inevitablemente del crudo realismo. Pero en tiempos de crisis, en momentos en donde nos jugamos literalmente la vida, la preocupación por el aplauso, la empalagosa adulación al pueblo sabio, noble y prudente, la megalomanía, la negación de los peligros que se enfrentan multiplican la muerte.

Es frente a ella, la muerte, que se levanta la responsabilidad política, dijo, con toda solemnidad Max Weber, hace un siglo. Son esas muertes que nos persiguen las que exhiben el impacto de la demagogia reinante. Halagos al pueblo y alabanzas del gobierno a sí mismo. Más que guías de cuidado, recibimos de la presidencia, halagos. El pueblo se ha portado muy bien. La gente sabe qué hacer y no necesita vigilantes. La estrategia ha funcionado. Ya mero salimos de la crisis. De ese bombardeo se desprenden mensajes fatales. Cada quien sabrá qué hacer; no necesitamos corregir nada. La demagogia de estos días es la fuga más perversa ante la crisis más cruel. Minimiza el peligro, cierra los ojos a la realidad, abandona a cada quien a su suerte. Las instrucciones vagas, complacientes y contradictorias que escuchamos desde el poder federal responden claramente a las ensoñaciones de este populismo sin sentido de Estado que padecemos.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
25, Nov 2020

Verdad / Mentira

Al pensar en los juegos del artista Stefan Brüggeman con el lenguaje –neones, grafitis, esténciles, entradas de diccionario–, advierto la fisonomía de un lenguaje incomprensible. Despedazamientos de la verdad, mutilaciones del sentido. El desgajamiento de la palabra, las capas sobrepuestas de la voz provocan fascinación, perplejidad, sospecha. Octavio Paz habló en algún momento del lenguaje como un árbol calcinado. Las palabras: puentes, pero también jaulas, pozos. En uno de sus poemas más tempranos miraba ya la palabra como el principio de la exactitud y la confusión:

herida y fuente: espejo;
espejo y resplandor;
resplandor y puñal

Las intervenciones de Brüggemann, arte y crítica en un mismo gesto, llevan ese cuestionamiento a la grafía misma del lenguaje. Palpar el cuerpo deforme de la palabra, ver el centellante brillo de las letras, escarbar en la orografía de los dichos, atrapar apenas el último tramo de un parlamento. Arqueología de voces: la portentosa ruina del lenguaje. Miro en las pinturas doradas de Bruggeman un eco de Mathias Goeritz, pero advierto pronto que la contemplación de esos lienzos perturba: el oro no es revelación, es ocultamiento de un mensaje, no es un dispositivo que conduzca a la elevación sino artilugio que muestra que el sentido ha sido sepultado con brillos. La pátina de oro no es aquí halo de dioses, corona de reyes o diente de fantoches, es humus, tierra, tiempo.

Una hoja se planta con dos caras. Al filo de esa vieja herida sin cicatriz, al borde de nuestro norte y de su sur, por encima del pasadizo secreto que conecta los submundos de México y Estados Unidos, se eleva un manifiesto de dos sílabas. Truth / Lie. Letreros de bienvenida al presente. La verdad le cuida las espaldas a la mentira. El zumbido eléctrico del neón, su brillo intermitente muestra en el letrero gigantesco el fundamento de nuestro quebranto: la incrustación de la una en la otra. No se ha impuesto la mentira, se infiltrado en la verdad. Hemos perdido la malla que permitía apartar los engaños del discurso permisible. Hemos convertido al farsante y al patán en héroes de la autenticidad.

La pieza de Tijuana insinúa movimiento: el observador imagina el giro de los significados porque entiende verdad y mentira como fichas intercambiables. Nuestro trato con la realidad es un volado: ¿caerá la moneda en águila o sol?, ¿será verdad o mentira? ¿Qué más da? ¿A quién le importa? Esa indiferencia ha sido devastadora. Lo más grave no es que las mentiras se impongan sobre la verdad, sino que las fronteras entre una y otra se diluyen.

El espacio de la publicidad proyecta en líneas fluorescentes el mensaje del poder. ¿Es el mercader o el dictador quien nos habla? Campañas para la temporada otoño invierno: Seducir es engañar. El odio nos une. Somos inocentes, sólo aquellos son culpables de todo. El azul, blanco y rojo de las letras enormes captura las coartadas de la tribu. El nacionalismo es indiferencia a la verdad, dijo George Orwell. Para qué perder el tiempo buscando explicaciones a lo que pasa si la verdad tiene un propietario caprichoso. Cedámosle a él el instructivo del juicio. El nacionalismo es el sello que cancela la curiosidad por lo distinto, es proscripción de la duda que puede ser tenida por deslealtad; es orgullo de las farsas si es que son las nuestras. La letra Arial de doble línea que se despliega en el anuncio, tiesa, esquelética, helada es marcial. Será que así se muestra de mejor manera que más que exploraciones, las letras de las dos palabras contienen una orden. El poder, sea de gobierno o de empresa, impone verdad. La realidad no se descubre, se decreta. El doblez del signo es una denuncia, una burla, un juego. Dime desde dónde miras y te diré qué crees.

 

Fragmento del texto para el proyecto público Truth / Lie, de Stefan Brüggemann en Tijuana. El texto completo puede leerse aquí .

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
23, Nov 2020

Un éxito preocupante

La liberación del general Cienfuegos es ambas cosas. Un extraordinario triunfo del gobierno federal, sin duda. La diplomacia mexicana fue al rescate del general y logró su cometido. Empleó todos sus instrumentos para revertir la agraviante decisión del vecino. No se quedó cruzada de brazos. No se detuvo la formalidad de un aviso de inconformidad. Emprendió el camino diplomático, usando todos los instrumentos a su alcance para defender su causa. La resolución final del gobierno norteamericano es sorprendente. Desistirse de los cargos contra el militar mexicano y enviarlo sin dilación a nuestro país fue un giro que nadie habría imaginado. ¿Quién habría pensado que el gobierno de los Estados Unidos pudiera recular de esa manera? El triunfo habla de la capacidad de la diplomacia mexicana cuando logra identificar con claridad un objetivo y expone con firmeza sus razones.

El éxito del gobierno federal es, ante todo, del canciller Ebrard. Si el presidente reaccionó con enorme torpeza al arresto de octubre, el canciller registró de inmediato las implicaciones que el proceso contra el general tendría para la colaboración entre los países y también para la alianza del presidente con el ejército. El reflejo de López Obrador fue celebrar la captura de otro representante más del viejo orden y llamar de nuevo a limpiar la casa tras las revelaciones que venían del norte. La inercia de su retórica le impidió advertir los gravísimos efectos de la incriminación. El tiempo le hizo cambiar de parecer, pero la reacción inicial fue muy desafortunada. La respuesta del canciller, por el contrario, daba cuenta de inmediato de todo lo que trastocaba el arranque de la DEA. No solamente recibía el golpe, planteaba una salida y se dispuso construirla. A la nota diplomática sucedieron lo que podemos imaginar como intensas negociaciones con la fiscalía norteamericana y otras agencias de aquel país. Se usaron todos los instrumentos diplomáticos para revertir la decisión del vecino. El gobierno no se quedó congelado ni puso el grito en el cielo. Se puso a trabajar con la discreción necesaria y en el ámbito debido. Al mes de la captura, la cancillería mexicana obtuvo un resultado que se habría considerado impensable hace unos días.

La respuesta mexicana no fue un desplante. El canciller supo mostrar a sus contrapartes la importancia de la colaboración y el deber que tienen ambos países de cuidar la confianza. Sin esconder la cabeza bajo la arena, sin cambiar de tema por resultar incómodo, sin caer en los reduccionismos elementales que tanto complacen a este gobierno, la cancillería comunicó el agravio y dejó en claro las consecuencias que podría tener. Obtuvo así un éxito que nadie podría regatearle.

Al mismo tiempo, debe decirse que la victoria preocupa. El éxito diplomático sirve a la opacidad y la militarización. Por su propia naturaleza, las negociaciones de la cancillería están envueltas en el misterio. ¿A qué se comprometió el gobierno mexicano? ¿Podríamos confiar en que las autoridades mexicanas examinarán las pruebas contra el general con rigor y objetividad? Al reconocer las autoridades norteamericanas que su decisión es abiertamente política, dejan entrever que el costo de la cooperación puede ser la impunidad. Preocupa también esta victoria diplomática porque se inscribe en un inquietante proceso de militarización. En estos dos años de gobierno, el gran aliado del presidente ha sido el ejército, la corporación de la obediencia. Si la administración es para el presidente un elefante flojo, el ejército es la eficacia que le dice sí, señor. Lo que usted ordene. Al ejército se le ha entregado la seguridad pública, y la política migratoria; la construcción de las obras predilectas del presidente y el transporte de la gasolina; el control de las aduanas y la construcción de hospitales. La victoria del canciller es por eso, una victoria más del ejército, el estamento intocable. La eficacia diplomática puesta al servicio de ese militarismo que es, en la fantasía presidencial, impoluto.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
17, Nov 2020

¿Qué será del trumpismo?

Fue la derrota ideal. No lo digo porque hubiera perdido la presidencia por pocos votos ni, mucho menos, porque tenga fundamento la fantasía del fraude. El candidato demócrata ganó con holgura y en enero se convertirá en presidente. Pero la derrota de Trump es buena noticia para el trumpismo porque reafirma el control de un vastísimo territorio, porque muestra que la solidez de sus respaldos ha transformado las identidades tradicionales de la política norteamericana, porque la fabricación de la ilegitimidad embona a la perfección en su relato, porque mantiene control de un partido que tiene secuestrado. El trumpismo, lejos de haber sido derrotado, tomará nuevo impulso desde la oposición y los muchos espacios políticos y mediáticos que conserva.

Trump no se reelegirá, pero cosecha la desconfianza que ha sembrado afanosamente. Su discurso ha tenido efecto. De acuerdo a una encuesta de Politico, el 70% de los republicanos cree que la elección no fue libre ni justa. El 78% se tragó la acusación de que el voto postal era fraudulento y el 72% cree que hubo manipulación de votos. Hay pues, un problema de confianza en el régimen democrático que es claramente benéfico para la causa trumpiana. Las reglas, los procesos, las resoluciones son  vistas como imposición de una de las partes. Es cierto que el descrédito del régimen viene de tiempo atrás. Muchos demócratas hace cuatro años gritaron que Trump no era su presidente y cuestionaron igualmente su legitimidad por la intervención rusa. Hoy la denuncia de la ilegitimidad es más intensa en el campo derrotado porque tiene el impulso del presidente saliente. No son patadas de ahogado. Es una estrategia. Desde hace semanas, el presidente preparó el cuento del fraude. Hasta el momento sigue diciendo que le arrebataron la presidencia e insiste que, al final del día, se impondrá. Su propio Secretario de Estado ha dicho que se prepara la transición a una segunda administración Trump.

Al gritar que le han hecho trampa, el presidente no solamente niega su derrota y esquiva su responsabilidad (perder es inconcebible para los populistas porque el pueblo está siempre de su lado). Rechazar el veredicto coloca a su movimiento y al partido que tiene a su servicio en los márgenes de la institucionalidad. A partir de este mito fresco del fraude, el trumpismo se constituirá como una fuerza “semileal” frente a la legalidad democrática. Usará las reglas si éstas le benefician, pero las denunciará cuando le perjudican. Coqueteará con quienes rompen abiertamente con los principios democráticos si atacan a su enemigo. Los triunfos se retratarán como reflejo de la voluntad auténtica del pueblo y las derrotas serán descritas como trampas de un sistema.

La elección regala al trumpismo la constatación y tal vez la agudización del abismo social. La polarización, que no inventan los populistas, sigue ahí. Los colores del mapa electoral lo muestran de manera clarísima. Ahí puede observarse la separación de dos países. Puede verse ahí, no solamente la diferencia entre el campo y la ciudad, el contraste entre quienes alcanzaron estudios universitarios y quienes no, sino la intensa animosidad entre ellos. Si los populistas no inventan la polarización, son quienes mejor la entienden y mayor provecho le exprimen. Es difícil imaginar que el desenlace electoral apacigüe. En la guerra cultural en la que está envuelto Estados Unidos, el nacionalismo reaccionario, la xenofobia y el repudio a las identidades tiene futuro. Si hoy ha recibido un revés en la elección presidencial, puede reanimarse velozmente tras el repliegue.

Trump transformó profundamente al partido que asaltó. La elección afianzó su dominio. Trump es la figura indispensable, la figura que todos los ambiciosos del partido quieren tener a su lado. El personaje al que nadie está dispuesto a enfrentar. Si la elección fue una buena noticia para el trumpismo es precisamente por eso. A pesar del escándalo permanente, del juicio político, de la catastrófica conducción de la emergencia sanitaria, no puede negarse que el presidente Trump tuvo un meritorio desempeño electoral. Trump fue derrotado, no barrido. Los demócratas se equivocan si retratan al trumpismo como una anomalía, una desviación de la ruta histórica de su país. El trumpismo es el vehículo de la aprensión cultural de millones de norteamericanos que sabed que el futuro ha dejado de ser promesa. Por eso sigue vivo.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
11, Nov 2020

¿En qué pensábamos?

¿En qué andábamos pensando?, se pregunta Carlos Lozada desde el título de su libro más reciente. Se refiere a era Trump que parece que finalmente llega a su fin. ¿Cómo entender estos cuatro años? ¿Qué dice este tiempo de la democracia, de la sociedad, de las emociones públicas, de la ansiedad contemporánea? El crítico del Washington Post tomó la radiografía de una época que pretende encontrar su propio sentido. Más de 150 libros de todas las perspectivas y todos los enfoques. Los estantes de esta “historia de lo inmediato” incluyen crónicas de la pobreza rural, manifiestos de resistencia política, trabajos sobre género e identidad, advertencias de extremismo político, alabanzas del genio empeñado en recuperar la grandeza de los Estados Unidos, profecías sobre el destino democrático, crónicas sobre el manicomio que ha sido la Casa Blanca.

El arco temático e ideológico de este recorrido es extraordinario. Crónica, ensayo, piezas académicas, reportajes, meditaciones filosóficas. Los politólogos discuten sobre la agonía de la democracia liberal. Los críticos literarios se lamentan por el sitio de la verdad en el espacio público. Los filósofos se cuestionan sobre las tensiones entre ciudadanía e identidad. Los sociólogos y los antropólogos retratan el nuevo rostro de la miseria y de la exclusión. Los activistas usan la imprenta para organizar la resistencia. Los reporteros se infiltran en las reuniones del poder para retratar el caos.

Mi preocupación, dice Lozada “no es saber cómo llegamos aquí, sino cómo pensamos ahora.” El ejercicio es valiosísimo. Esa biblioteca urgente conforma un mosaico de perspectivas, enfoques, talantes que son brújula en el presente y serán testimonio de un tiempo para los historiadores del futuro. Para descubrir las pistas del presente, Lozada ha formado una lista de lecturas esenciales. Libros que arrojan luz a un tiempo ardiente y confuso. Quien quiera entender este tramo de la historia de los Estados Unidos y quiera asomarse a la sombra que de ahí se proyectó al mundo, se servirá enormemente de esta valiosísima guía bibliográfica.

Está, por supuesto, el libro Hillbily Elegy, el testimonio de JD Vance sobre el nuevo rostro de la pobreza en Estados Unidos. Está también el panfleto de Timothy Snyder sobre los peligros del populismo autoritario y la mirada de Masha Gessen sobre el peligro de un nuevo régimen totalitario. Un apartado importante es el que se le dedica a los delatores que salieron de la órbita trompeana para denunciar el delirio del comandante en jefe y los reportajes como los de Woodward que logran adentrarse en las reuniones de gabinete y explorar los caprichos presidenciales.

El mapa que dibuja Lozada permitirá identificar la intensidad de las polémicas contemporáneas, la seducción de un personaje a un tiempo abominable y representativo, las distintas fibras de la conversación y el malentendido de nuestros días. El catálogo de novedades de Lozada se convierte en algo más: termómetro de una cultura.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
09, Nov 2020

Y sin embargo, el centro

El centro no resiste, dijo William Butler Yeats en un poema que suele citarse en malos tiempos. El irlandés escribió “La segunda llegada”·hace un siglo, frente a las secuelas de la Primera Guerra y al calor de las tensiones nacionalistas. Es, seguramente, uno de los poemas más mordisqueados del siglo XX. Sus líneas han pasado a la música, al teatro y al cine. Son incontables los textos que han adoptado su frase central como título. Un crítico literario irlandés lo llegó a proponer como un termómetro de nuestro pesimismo: mientras más se cite ese poema, más oscuro vemos el mundo.

todo se deshace; el centro no puede sostenerse;
la bruta anarquía se suelta sobre el mundo.
Se suelta una marea de sangre y, en todos lados
se ahoga la ceremonia de la inocencia;
los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores
están llenos de apasionada intensidad.

En el poema, la oscuridad se precipita sobre el mundo, mientras una bestia mece nuestra cuna con pesadillas. El centro se desploma. Los radicalismos de un rumbo y del opuesto callan a los moderados, arrinconan a los conciliadores tachándolos de cobardes. El ardor sofoca a la virtud. Por atreverse a mirar desde otro lado, los moderados son denunciados como los cómplices tímidos del enemigo. Y sí, como sugiere ese poema, parece que el boleto para la función del día exige definirse por algún extremo. Simplificar fogosamente. Aplastar con hermética convicción al enemigo. Por eso nos dicen los vehementes de hoy que no es tiempo de vacilaciones, sino de “definiciones”. Que el diálogo no es solamente una pérdida de tiempo sino un riesgo de contaminación. Que los remiendos son engaños y que solo la demolición es cambio.

Ahí está la refrescante lección del norte. Ha ganado un aburrido, un blando, un opaco. Un moderado, un discreto, un paciente. La chispa de la política de Joe Biden, si pudiéramos encontrarla, estaría ahí, en su falta de brillo. Resistió la tentación de la estridencia cuando parecía la única ruta de éxito. Tuvo el valor de ofrecer conciliación y diálogo: reparación. Tras el delirio de la era Trump: Biden ofrece la rebelión del sentido común. Lo elemental: respeto por la verdad, decencia, seriedad, empatía. Tras ganar la elección, ha pedido a los suyos escuchar a los otros y ha convocado a todos a escapar del imán de la enemistad. Biden está tan lejos del show de Trump como de la cátedra de Obama. No es el payaso que se da permiso para decir barbaridades, ni el profesor distante que dicta lecciones de patriotismo constitucional. Biden es un político raro porque es un político modesto. Conoce la responsabilidad y conoce también el fracaso. Ha sufrido pérdidas inimaginables. Fue un parlamentario que supo cruzar el pasillo para negociar con quien hiciera falta.

Frente a los antagonismos que definen esta época, Biden se confiesa buen amigo de sus adversarios. He pecado, dijo alguna vez: “me caen bien los republicanos”. En esa simpatía a contracorriente finca su esperanza: no hay forma de hacer algo si no volvemos a hablar el uno con el otro. Por eso, la tediosa moderación que ofrece para los próximos cuatro años parece promisoria: nada tan tóxico para las simplificaciones de la exaltación populista que la propuesta de diálogo y el repudio de la hostilidad. Frente a las trompetas de la guerra, una invitación a conversar. La estrategia política de Biden pudo haber sido frustrante para muchos, pero parece, hoy por hoy, el mejor camino para superar el trumpismo porque desactiva el fundamento de la polaridad. Esa es, por lo menos, su intención: salir del pleito de los polos. Desde luego, no es claro que su bonhomía pueda frenar la inercia de la confrontación, pero si alguien pudiera hacerlo, sería él.

La apuesta de Biden es la apuesta del centro. ¿Existe espacio para esa opción en estos tiempos? ¿Puede reconstruirse el diálogo en esta era furiosa? ¿Podrá reconstituirse ese centro?

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
02, Nov 2020

¿Qué fue el trumpismo?

El alarde de la patanería. El trumpismo representa la demolición de la decencia más elemental. Más que indiferencia o insensibilidad, un desprecio activo y vehemente. Política de la burla, del insulto, de la vejación. Al adversario, al débil, al vulnerable, palabra y trato de cosa. Hacer del otro, el recipiente de los escupitajos. El trumpismo es agente de una profunda degradación moral. Hacer alarde del abuso sexual, burlarse públicamente de la apariencia física de las personas, glorificar la violencia. El peor legado del trumpismo habrá sido convertir lo indefendible en medalla de autenticidad. ¡Con cuánta honestidad expresa su odio el fascista! Votemos por él.

Melancolía por los tiempos de una exclusión sin complejos. El trumpismo fue, desde el primer momento, un llamado a regresar a la gloria de un país dominado por hombres un solo color. Pánico al cromatismo del futuro y a quienes osan trasgredir la posición que el destino fijó para ellos. También síntoma de las ansiedades de nuestro tiempo. Frente al terremoto cultural, frente al desafío tecnológico, frente al culto del globalismo, el trumpismo significó el intento por detener el reloj o, más bien, de regresar el calendario a tiempos más comedidos y tranquilos. La búsqueda de certidumbre en un pasado que se idealiza. Producto perfecto del encono, las angustias y el cinismo de nuestro tiempo. La respuesta al desprecio de los mandarines que miran por debajo de los hombros a los “deplorables”.

Un populismo oligárquico. En nombre del verdadero pueblo, de la “América” profunda, el trumpismo fue promotor de los intereses de los más ricos. Hablar de los olvidados para mimar a los encumbrados. El trumpismo siguió puntualmente el libreto populista: cultivar las enemistades, deslegitimar al adversario, corroer las instituciones. Pero su retórica y su práctica no pretenden la incorporación sino la repulsa. El molde populista es el mismo: compactar cualquier asunto complejo a las dicotomías elementales del patriotismo contra la traición. Despreciar la ciencia, el dato, los hechos. Pasar por encima de las reglas, colonizar las instancias de la neutralidad. Pervertir el lenguaje, hacer imposible la conversación. Y poner todo ese arsenal al servicio de los ganadores.

Un espectáculo sofocante. El trumpismo no es una derivación política del mundo de los negocios sino del mundo del espectáculo. Un reality show desde el que se ejerce el máximo poder en el mundo. La política convertida en morboso entretenimiento. Imposible apartar la mirada o cambiar la conversación. El despliegue diario del insulto, la incompetencia, la ignorancia, la mentira se convierte en adicción pública. El megalómano no puede vivir sin la atención permanente de su público, mientras el auditorio exige su dosis diaria de distracciones. El efecto que este circo ha tenido en la imaginación ha sido terrible, dijo Michelle Goldberg en un artículo publicado hace unos días por el New York Times: hemos estado hablando tanto de Trump que no concebimos una charla sin su presencia. Lo vemos tanto que nos dejamos de ver y dejamos de ver lo que tenemos frente a la nariz. El fantoche convertido en obsesión y, por ello, en ceguera.

La desvergüenza de la mentira y la ilegalidad. El trumpismo no inventó, por supuesto, la mentira. Lo que hizo fue despojarla de su culpa. Bajo el trumpismo no hay, siquiera, la pretensión de disfrazar las falsedades. Si el demagogo dice algo que contradice la fotografía que todos vemos, es la fotografía la que miente. La acusación de que el otro pertenece a los medios enemigos es suficiente para desprenderse del deber de dar razones. Se trata de una mentira de otra naturaleza, sugiere Masha Gessen: mentira cuyo propósito, más que engañar, es demostrar quién tiene el poder y quién puede, en consecuencia, crear otra realidad. En efecto: el trumpismo es un asomo totalitario. La mentira oficial se convierte prueba de lealtad: ¿queda entre los fieles quien se disponga a juzgar la realidad con sus propios ojos o estará dispuesto a renunciar a su juicio?

El título de este apunte es un deseo. Espero el castigo fulminante a la indecencia. Pero sé que, sea cual sea el resultado electoral de mañana, los demonios que convocó Donald Trump seguirán presentes en la política de Estados Unidos y de otras latitudes.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook