16, Oct 2018

Esto no es populismo

Cuando en abril del 2016 se votó en el Congreso brasileño por la destitución de la presidenta Dilma Roussef, el diputado Jair Bolsonaro dedicó su voto al coronel que la torturó cuando tenía 19 años. En esa hora solemne, el militar convertido en político quiso dejar en claro la fuente su inspiración. El coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, muerto en 2015, fue responsabilizado de la tortura, desaparición y muerte de cientos de disidentes en tiempos de la dictadura. Con su voto, el legislador le rendía un homenaje. Esa devoción por el torturador es reveladora. El ideal de quien se convertirá muy probablemente en presidente de Brasil no es la democratización de la democracia, no es la inclusión popular, no es la lucha contra las élites, es la militarización de la sociedad.

La prensa insiste en describirlo como un populista de derecha. No lo es, es un fascista y es importante hacer el distingo. Populistas y fascistas coinciden en su rechazo al dispositivo liberal pero, mientras el populista propone medidas y símbolos de inclusión popular para corregir los vicios del elitismo, el fascista propone la violencia como mecanismo para terminar con la cobardía liberal y su siniestra tolerancia. La violencia ocupa el núcleo del discurso de Bolsonaro. Para evitar la homosexualidad, hay que golpear a los hijos que muestran esas peligrosas tendencias. Hay que aplicar ejemplarmente la pena de muerte. Y revivir el edificante espectáculo del fusilamiento. Bolsonaro lo ha dicho: hay que fusilar a los opositores del Partido del Trabajo, hay que fusilar a los delincuentes, hay que fusilar a los inmorales. Los héroes matan, ha declarado su compañero de fórmula, El matadero es la fantasía política del fascismo.

Bolsonaro se ha percatado que en nuestro tiempo no hay nada más eficaz que la defensa enfática de lo aberrante. Decir con soltura las peores barbaridades garantiza atención de los medios, sean viejos o nuevos. Conlleva además una extraña bendición: el patán presume que es el único auténtico entre la legión de los hipócritas. Dice las cosas tal cual, expresa sus puntos de vista sin hacer concesiones a lo políticamente correcto. El discurso del brasileño es sorprendentemente agresivo, incluso para los niveles de violencia retórica de nuestros tiempos. La agresión es para él la expresión natural de una masculinidad resuelta. Con su voz grita el orgullo del macho. Padre de cuatro hijos y una hija, declaró hace poco en un evento en Río de Janeiro que engendró a la niña en un penoso momento de debilidad. Por eso no puede decirse que su antifeminismo o que su homofobia sean rasgos secundarios de su personalidad. El fascismo tiene un fuerte componente sexual. Transfiere la voluntad de poder a los dominios de la sexualidad, como dijo Umberto Eco en un viejo artículo sobre el fascismo eterno. El fascismo expresa una masculinidad predadora.

Bolsonaro busca una revolución del orden. El ejército ha de ejercer el poder nuevamente como símbolo de jerarquía, eficacia y patriotismo. “El periodo militar fue un tiempo de gloria para Brasil, declaró Bolsonaro. Los criminales eran criminales; el que trabajaba era recompensado y, hasta en el futbol pasábamos menos vergüenzas.” Pero la dictadura en la que sueña el fascista brasileño es una dictadura más enérgica, más decidida, más letal. Una dictadura que no tenga los miedos de la previa: que no solo torture sino que también mate. No hay aquí la ilusión de un gobierno del hombre común que se hace cargo de su destino, como pregonan los populistas. Lo que hay aquí es el mito de la mano dura. El mito de la eficacia militar… y tecnocrática. La restauración que imagina Bolsonario pretende restablecer el antiguo matrimonio entre la dictadura y los economistas ultraliberales.

La crisis de las democracias liberales ha alimentado a sus adversarios. Mal haríamos colocando a todos en el mismo saco. Siendo complejo el reto que nos lanza el populismo, debemos reconocer que es muy distinto el que provoca el nuevo fascismo: un polo que propone la militarización, el rechazo a los derechos humanos y la politización del machismo. El modelo político de Bolsonaro no es la política corrosiva de Trump o Berlusconi, dos populistas de derecha. Su modelo es la política criminal de Duterte.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
08, Oct 2018

Discreción y austeridad

El moralismo de la nueva administración apuesta al recato, no al castigo. El presidente electo lo ha dicho en muchas ocasiones: no tiene la menor intención de examinar el pasado ni deseo de aplicar la fuerza de la ley contra quienes hayan cometido tropelías. Por algún extraño reflejo asocia el castigo con la venganza. Encarcelar corruptos y violentos es visto como un desahogo contraproducente. Por eso rechaza esa vía. Imagina la asunción del poder como una navaja que cortará el tiempo. El amanecer del 1º de diciembre será el primer segundo de la Cuarta Invención de México. Terminará un modelo económico, un arreglo político y la indecencia.

Esta última terminará con la austeridad gubernamental y la discreción de los funcionarios públicos. El compromiso es terminar con el derroche y la ostentación. Dispendios que en nada ayudan a la gente; alardes que ofenden. La promesa de cambio no se detiene en el escrupuloso manejo de los recursos públicos. Exige también un tipo de conducta en la órbita de lo privado. Si algo nos ha ofrecido el nuevo gobierno es que se conducirá con sensibilidad, prudencia y modestia. Un cercano asesor del presidente electo ha fallado precisamente por eso. Todos tenemos el derecho de usar nuestro dinero como nos plazca. Pero quien se dispone a asumir una responsabilidad pública debe ser congruente con la promesa que simboliza.

En la crítica al desplante del colaborador—más a la publicidad de la boda que a su fastuosidad—se muestran las divisiones de México. Por una parte, la crítica es un reflejo saludable que pudo percibirse en amplios sectores de la opinión pública, incluso en simpatizantes cercanos del movimiento lopezobradorista. Es la simple exigencia de que se cumpla con lo prometido. El reclamo de mantener el sentido del cambio. Es decepción frente a una temprana separación del compromiso. Los críticos entienden bien que la boda es un acto privado y que no se usaron recursos públicos para los adornos o el menú. Pero se trató de un alarde que imaginábamos propio de la política rechazada por los electores. Por otra parte, en la crítica a este escandalillo se ha revelado otra pulsión. No una exigencia de modestia, sino la rabia por el ascenso de los otros. El elitismo más pedestre se dio permiso en estos días para mostrar su indignación ante los arribistas. Salvador Camarena lo apuntó certeramente en el artículo que publicó en El financiero el pasado 5 de octubre. Su lectura es indispensable: A nosotros y a nadie más nos pertenecen las portadas rosas. Las hemos heredado. Nosotros merecemos esas páginas en donde mostramos nuestros viajes y nuestros trapos, nuestros brindis y nuestros postres. Ustedes habrán ganado el poder, pero sepan bien que no tienen derecho al lujo. Ése es solo nuestro.

La austeridad es un deber, pero puede ser también una trampa. La discreción es un compromiso, pero puede alimentar la demagogia. No tengo duda de que cuidar los recursos públicos, afanarse para que no se pierdan en lo inútil, que no se desvíen de su propósito, que se administren escrupulosamente es el principal deber del servidor público. Pero, en todo caso, debe encontrarse el punto de equilibro entre la austeridad y la eficiencia. Es fiel al compromiso de austeridad el que la renacida Secretaría de Seguridad Pública no reciba un aumento en el presupuesto destinado a esas tareas. ¿Es sensato? Segar la burocracia con machete significará, desde luego, un ahorro: ¿nos dará una buena administración?

Y también hemos de cuidar que la discreción pública no alimente la vanidad de la modestia. La circunspección de Andrés Manuel López Obrador es la roca de su prestigio. Hoy, que se dispone a ocupar las dos jefaturas, debe pensarse en las condiciones que le permitan cumplir de mejor manera su responsabilidad y, sobre todo, en las medidas que se requieren para garantizar su seguridad. La tranquilidad del país depende de ella. Cuidar al presidente no es fantochería y lo es menos en las condiciones del país. Decir que el pueblo bueno lo cuida no es una simple inocentada demagógica. Es una irresponsabilidad gigantesca.

Que haya austeridad y discreción, sí. Pero que también haya eficacia y seguridad.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
05, Oct 2018

Música a la vida

En una de las páginas de su Cuaderno amarillo Salvador Pániker, el meditador hindocatalán muerto hace poco más de un año, hace la crónica de las celebraciones por los 25 años de la editorial Anagrama. Brindis, fotos, encuentros con escritores famosos. Abrazos, saludos a Enzensberger, conversación con el alcalde, intercambio de cortesías con los colegas. Pániker, entonces de 67 años, describe lo guapa que está NV, lo sexy que encuentra a MJV. Ha bebido algunas copas de cava y “tiende a la verdad”. Hacia el final de la noche, Carmen Ros le sonríe y le dice: “Sin discusión eres el más guapo de la fiesta”. Pániker responde: “Caray, Carmen, si sólo soy un anciano que conserva el falo en buen estado”.

La anécdota capta la sustancia de la que están hechos sus admirables dietarios: una crónica que es alarde y también confesión. Una mezcla de relato de sociales, meditación filosófica y desfile de seducciones. Sus diarios están muy lejos de ser anotaciones de una agenda. Son, como bien dice José Antonio Marina, una “novela con cláusula de verdad”. Así deben leerse: como la cautivadora historia de un hombre culto que envejece y sujeta el presente con todas las pinzas de su vitalidad. Autonovela de un filósofo coqueto y vanidoso intrigado por los misterios de la trascendencia y del cuerpo. “¿La próstata? La próstata bien, gracias”. Lo mejor de la obra de Pániker no está en sus ensayos retroprogresivos sino en esas páginas salpicadas de trivialidad y sabiduría. La complejidad de Edgar Morin expone de manera más clara el proyecto obsesivo de Pániker por conciliarlo todo: ciencia y filosofía, Oriente y Occidente, tú y yo. Es en el registro del día a día, en la lectura del diario, en el encuentro amoroso, en los distanciamientos y nostalgias, en los achaques, en los sabores de la comida de hoy, en las sorpresas y repeticiones de la política donde aparece la lucidez filosófica. Lucidez que puede venir de la vela de Montaigne: un vivir sin miedo, a la intemperie. Pero, sobre todo, una claridad que abreva de la experiencia. “Días de sexo y comunicación, mucho sexo y mucha comunicación, clarificación de equívocos, querer la verdad, decir la verdad, asomarse a los confines del placer, el indispensable toque romántico sobre un fondo no menos indispensable de realismo. Ella está mucho más guapa, tostada por el sol del sur, abierta y desinhibida”.

El artículo completo puede leerse en nexos…

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
03, Oct 2018

Nuestro tiempo

Carlos Reygadas ha saltado al ruedo de la actuación acompañado de su familia. Su esposa y sus dos hijos pequeños actúan como su esposa y sus hijos en la cinta que él escribió y dirigió. El protagonista de “Nuestro tiempo” es un creador que deja la ciudad para irse al campo. Todas estas coincidencias han llevado a muchos a imaginar más conexiones entre la cinta y la vida de Reygadas. Los componentes autobiográficos de esta película que acaba de estrenarse en México, son lo de menos. Lo que importa, dice él, es la materia fílmica, no el parentesco de los actores.

Reygadas es nuestro cineasta más incómodo, ha dicho Fernanda Solórzano. El más arriesgado, el más polémico. Tiene razón. Hace unos años una película suya fue recibida entre abucheos y premios. Sus películas están escritas en un lenguaje que escapa de las convenciones narrativas. El director no siente el deber de justificar cada escena, de explicar cada evento, de redondear psicológicamente a sus personajes. El mundo de Reygadas es como el otro: enigmático y borroso. Hasta en lo más familiar hay misterio. Y lo íntimo será quizá lo más incomprensible. La tarea del cineasta parece ser no la explicación sino la contemplación; no el entendimiento sino el asombro. No el cuento: el lienzo. Ir al cine para ver a una vaca, para ver las olas del mar, una caricia, una mirada, el cielo, la rabia, una sonrisa, las nubes. No tengo intenciones específicas, le dijo a Ernesto Diezmartínez. “Me basta con compartir presentando. Como los árboles que se presentan nada más, sin decirte cuándo reír o tener miedo. Hago continentes y dejo espacio al espectador par depositar en ellos su propio contenido. Dejarlos vacíos, incluso, si prefieren.”

El matrimonio que se deshace en “Nuestro tiempo” es apenas el hilo perceptible de la cinta. Un hilo que muestra los juegos del poder que se cuelan en las relaciones amorosas, las trampas del hábito, el estrangulamiento con palabras, la imposibilidad de sujetar la primera llama. Pero debajo de la espiral de separación, se asoma todo. En los largos planos de Reygadas está la ambición de abrazar el horizonte. Toda la experiencia de estar vivo, de existir bajo la lluvia, entre perros y tazas de café. Las divagaciones son tan importantes como la línea central de la película. El amor de un padre y sus muchas vanidades. El abismo que separa al patrón del ranchero. La pulsión que anhela apropiarse de lo amado. Y el abrazo del mundo, de la naturaleza.

Como en todas sus cintas, el quinto largometraje de Reygadas se pasma ante el inmenso poder del escenario. Es dudoso que los protagonistas sean, en realidad, los humanos que se enamoran y se pelean. Diminutos parecen siempre estos muñecos, frente a la inmensidad de lo sobrehumano. El cineasta nos invita a ver de otro modo el planeta que habitamos. Seguir sin prisa el trote de los animales, el meneo de los árboles, el goteo de la lluvia, la corpulencia de los cerros. Las secuencias que los admiran no son bisagras entre escenas. No son pestañeos que permiten cambiar de tiempo. Reygadas ha dicho que, en su retrato de montes y animales, en el registro sonoro de truenos y ladridos no hay pretensión alegórica. Me parece imposible dejar de pensarlas como pistas o, tal vez, como un argumento involuntario. En esas escenas se capta, creo yo, el supremo imperio de las pasiones, el inescapable ciclo de la vida. ¨

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
01, Oct 2018

Mayoría enmarañada

La responsabilidad de ser mayoría es gobernar, pero también es gobernarse. Podría decirse que lo segundo es requisito de lo primero. Imposible conducir una administración reformista, imposible realizar los cambios históricos que se pretenden si no se logra una coordinación eficaz del polo gobernante. Ese es uno de los retos más complejos de la nueva mayoría. Poner en sintonía las muchas fibras de una alianza tan heterogénea como la que consiguió la victoria no será cosa sencilla. Ya hemos visto muestras de esa dificultad. Las señales que se han emitido tras la elección han sido confusas y contradictorias. Las tensiones en el equipo del presidente electo son más que visibles. La desorganización en el espacio parlamentario resulta preocupante.

Los electores votaron decididamente para constituir una nueva mayoría. Quisieron una presidencia respaldada por una fuerza afín en el Congreso. Un triunfo formidable de Morena. Millones de votos para su candidato, amplísima victoria sobre sus competidores, triunfos en todos los rincones del país, mayoría en las cámaras. El poder de hacer la ley sin la obligación de negociar con las oposiciones. La reforma constitucional al alcance de la mano. Se ha dicho muchas veces, pero no debemos olvidarlo: el 1º de julio fuimos testigos de la victoria más clara desde que las elecciones cuentan. Pero hay que tenerlo claro: no se despejaron con esa orden electoral las incógnitas sobre la capacidad del futuro gobierno.

En julio ganó, por supuesto, Andrés Manuel López Obrador. Pero ganó también un partido que, a pesar de su descomunal victoria, no ha terminado de cuajar. Morena sigue siendo una incógnita. Un portentoso movimiento político, una intensa emoción pública y, apenas, una institución. Nació de uno de los saltos más intrépidos de la historia política reciente. Cuando López Obrador rompió con el PRD parecía brincar al vacío. Al final del día, su audacia enviaría al abismo a los tres partidos tradicionales. Morena nació también del pragmatismo más atrevido o, tal vez, del más cínico. Todos los ambiciosos tendrían un espacio ahí. Todas las agendas serían incorporadas. Derecha e izquierda; probidad y pillería bienvenidas. Si se atienden sus documentos básicos, no es fácil ubicarlo en las coordenadas de las ideologías tradicionales. Morena se describe como un partido de izquierda que sueña con la refundación nacional y, al mismo tiempo, es una organización nostálgica que anhela el retorno a los bellos tiempos del preneoliberalismo. Pero, más que en sus declaraciones, el enigma de Morena está en el abanico de sus respaldos. ¿Qué pueden tener en común los dirigentes que han trepado a ese barco en los últimos meses? Hace poco estaban en el PRI, en el PAN, en el PRD. Hoy se llenan la boca con la épica de la Cuarta Transformación. Ahí se encuentran ahora quienes se formaron con Calderón y con Salinas; quienes apostaron por Fox y quienes lo hicieron por Cárdenas. Algunos celebraban hace muy poco el Pacto por México, otros lo denunciaban como la gran traición. Unos provienen del conservadurismo más rancio, otros se formaron en lo peor del autoritarismo priista. Muchos son fieles a una izquierda nacionalista, otros son, simplemente, los decepcionados de la transición. Hay ahí quienes apuestan a la ruptura y al nuevo comienzo, otros desean simplemente decencia en el gobierno.

Absurdo pensar en la intrascendencia de tanto oportunismo. Es cierto que Morena se convirtió en la plataforma de las reconciliaciones políticas. Como tal, fue una coalición electoral exitosísima. No hay duda de ello, pero, ¿lo será como coalición gobernante? Esa es una de las incógnitas del futuro inmediato. Por lo pronto, en el plano legislativo, Morena ha dado sus primeros pasos como una mayoría enmarañada. En la Cámara de Diputados hemos visto a una mayoría torpe, impulsiva, descoordinada. Una mayoría errática que no logra los entendimientos elementales y que no se vincula eficazmente con el equipo del presidente electo. Lo cierto es que Morena no actúa como una organización de ciega disciplina. La complejísima heterogeneidad de ese movimiento irrumpe con arrebatos, sin encontrar mecanismos eficaces de actuación. La mayoría ha de gobernar. ¿Podrá gobernarse?

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
19, Sep 2018

Adiós a casi todo

Salvador Pániker no logró ver su último diario publicado. Había escogido la fotografía que llevaría la portada: un atardecer en el Ampurdán: un ciprés solitario, una parvada y un camino de tierra. Murió un par de días después de que los ejemplares salían de la imprenta. Adiós a casi todo (Random House, 2018) es el quinto dietario del pensador hindocatalán. Nació en 1927 y se dedicó durante toda su vida a reconciliar civilizaciones y sensibilidades. Buscó darle sentido a un misticismo ateo, una perspectiva de vida abierta a la razón y al misterio. Fue un elocuente defensor de la muerte elegida. La última libertad, la que desdramatiza la muerte

En sus dietarios debe estar lo mejor de su obra. Más que en sus ensayos filosóficos, el registro cotidiano de sus días contiene su sabiduría. La serie está formada por el Cuaderno amarillo, Variaciones 95, Diario de otoño y Diario del anciano averiado.  Cada uno es el capítulo admirable de una vida. Un registro del arte de vivir y, en las últimas entregas, del arte de ir muriendo. La escritura se entrevera con la vida, el pensamiento se inserta en la experiencia, las lecturas se enroscan con las vivencias. Escribir es como respirar, dice Pániker. ¿Escribir para respirar? Si no escribo, insiste, se resiente mi metabolismo. Si no verbalizo mis achaques resultan más siniestros. “La escritura le da ventilación a la jaula de mi vivir disminuido.”

Acercándose a los noventa años, intuía que ese diario podía ser el último. En una nota preliminar advierte a sus lectores: “Ignoro si éste va a ser el último diario que publico. En el momento de entregar estas líneas a la imprenta mi edad es muy avanzada. Así que ya veremos. O no veremos.” Adiós es eso: una despedida. Un desprendimiento de placeres, de vigores, de afectos. Murió de repente. Murió en su casa. Murió sin sufrir. Murió dando un grito terrible. Murió sin miedo. Murió tras el ataque. Dejó de respirar. Murió mi amigo. El registro de los días como un largo y doloroso obituario. Compañeros, parientes, amigos, amantes, colegas que van desapareciendo. Entre flemas, catarros, insomnios y convalecencias, la muerte del entorno como anticipo de la muerte propia.

En esta libreta se consigna la muerte de su hermano Raimon, sacerdote católico que también buscó (aunque por caminos muy distintos) el encuentro de tradiciones religiosas, pero con quien tuvo una relación difícil, en muchos momentos tirante. Discreparon hasta en el modo de escribir su apellido. Salvador Pániker, Raimon Panikkar. En todas sus libretas Salvador se muestra atento a lo que escribe su hermano, a lo que responde en entrevistas, a lo que dicen de él. Una observación me parece especialmente lúcida. Advierte en su hermano el pecado del intelectual: identificarse con sus ideas. Creer que en lo pensado está su propia identidad. Por eso, dice en la libreta previa, mi hermano no dialoga: polemiza. Esa es una de las enseñanzas de sus diarios. Es necesario reventar el hermetismo de las certezas para aventurarse al diálogo. Tomarse menos en serio lo que se piensa. ¨

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
18, Sep 2018

La pista y las agujetas

Los aprietos de la decisión han dejado de estar en el puente entre los poderes. Ahí ya no habrá obstáculos. Los votantes decidieron poner la legislatura al servicio del presidente. Intuyo que su coalición será menos dócil de lo que algunos suponen, pero, al final del día, trabajará para el proyecto del presidente. Así lo quisieron los electores. Los aprietos de la política presidencial estarán en otra parte.

En primer lugar, en la forma misma en que el presidente electo analiza la información y toma decisiones. Es cierto que el tono del presidente electo es muy distinto al del candidato en campaña. Naturalmente, en esta nueva etapa, se le escucha conciliador, prudente. Pero sigue siendo quien es: un hombre que cree en su instinto por encima de cualquier otra cosa. Una inversión importante puede anunciarse sin contar con los estudios técnicos que la justifiquen. El símbolo de la obra basta. La reorganización administrativa más radical de la historia de México (dispersar el gobierno federal a lo largo de todo el territorio nacional) puede lanzarse al aire sin analizar seriamente sus consecuencias o sus costos, y sin considerar las lecciones de experiencias semejantes. En el reflejo del candidato había una capacidad para conectar con las emociones del electorado. Confiar ciegamente en los instintos del presidente puede ser una ruta al desastre.

El hombre que venera su olfato desprecia el trabajo de las instituciones independientes, de los órganos constitucionales autónomos, de eso que llama con desprecio la “llamada sociedad civil.” Su reacción ante las acusaciones a Rosario Robles es reveladora. Que medios y entidades sociales que considera adversas a su causa hayan hecho público el presunto desvío de la secretaria lo lleva a descalificar de plano la denuncia como un circo, una simulación. El presidente electo parece no percatarse que las denuncias se fundamentan en reportes oficiales de la Auditoría Superior de la Federación y que, con su declaración, obstruye a las propias dependencias a su cargo. Habrá que acostumbrarse, es cierto, a un presidente dispuesto a la polémica. No me preocupa que discrepe públicamente de sus críticos. Pero, ¿queremos un presidente que siga estigmatizando a las instituciones constitucionales que mantienen autonomía y que realizan un trabajo profesional? No creo que sea saludable para la democracia ni útil a su gobierno.

Las complicaciones del futuro gobierno estarán, sobre todo, en la órbita administrativa. La épica de la reinvención nacional confrontará un reto que poco tiene que ver con su grandilocuencia retórica: la gestión pública. Si efectivamente se abre un nuevo capítulo en la historia de México tendrá que superar esa prueba. El peligro, decía Claudio Lomnitz en un artículo del mes pasado en nexos, es que el gobierno de López Obrador gaste su enorme bono de legitimidad en infiernitos. En lugar de concentrarse en lo esencial, perder foco. Si una dependencia debe coordinar una mudanza titánica, difícilmente podrá dedicarse a lo suyo. De distracciones administrativas puede morir la Cuarta Transformación.

¿Es el equipo que ha nombrado el presidente electo, el equipo idóneo para el logro de los objetivos que el propio presidente electo ha trazado? Lo dudo. En primer lugar, la misma oficina presidencial ha quedado marcada por un ostentoso conflicto de interés. La presencia del Alfonso Romo en la oficina del presidente—que el propio empresario reconocía como inviable por el amplísimo abanico de sus negocios—mancha a una administración que pretende ser ejemplo de rectitud. El resto del equipo responde claramente a la orden de cambio. No podían integrarse al nuevo gobierno, los mismos que han ocupado las oficinas públicas en los últimos veinte años. Será el relevo más radical en el gobierno del que tengamos memoria. Se asoman, por ello mismo, serios problemas de coordinación y un empinado proceso de aprendizaje. Es entendible. Lo preocupante es que, bajo el rechazo a la arrogancia tecnocrática subyace un desprecio a la técnica, a la experiencia, a la preparación y a la contemporaneidad.

Que los partidos se hayan convertido en espectadores no despeja el camino de la futuro administración. Las dificultades estarán dentro. El corredor tiene la pista libre pero las agujetas desamarradas.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
11, Sep 2018

Arte del tacto

A finales de enero de 1801 Charles Lamb le escribía una carta a William Wordsworth. Rechazaba una invitación a pasar una temporada en el campo con él. Lo mío es la ciudad sucia y ruidosa. Prefiero las calles polvorientas de Londres, las sorpresas y amenazas de la noche, la sordidez de algunos barrios a esa naturaleza repetitiva, silenciosa, muerta a la que dedicas tantos poemas. Mis únicos amantes son mi silla, la mesa en la que como y el librero que me sigue como un perro fiel (pero un poco más inteligente). También discrepa del tono que domina su literatura. En la carta le agradece el envío de sus baladas líricas y las elogia. Pero tras el piropo suelta las razones de una discrepancia esencial. En tus poemas encuentro una falla: hablan imperativamente. Tu voz instruye, como si estuviera dictando cátedra. Tus ideas no se resbalan en el oído, se imponen. “Un lector inteligente —dice Lamb— sentiría como un insulto que le digan qué pensar”. ¿Escribir con la ambición de que el lector piense como uno? ¡Qué indigno!

Lamb defendía la evasiva. Escondía su propia pluma. Los dos volúmenes que publicó en vida son atribuidos a un autor imaginario. En los Ensayos de Elia Lamb escribe de las brujas y de la galantería moderna; de las orejas y del préstamo de libros; del cerdo rostizado y de sus borracheras. Habrá cedido la autoría de sus divagaciones a Elia, pero como bien dijo con admiración Tito Monterroso, “es probable que después de Montaigne nadie se haya desnudado ante el público en otro libro de tan buena fe”. Lamb no se maquillaba. En el estreno de una obra suya se unió a la rechifla. Llegó a la conclusión de que era malísima. Así lo retrató Monterroso: “Charles Lamb era un hombre bajito, tímido y sarcástico, cosas que, si uno se fija, tienden siempre a juntarse; y es el autor de los Ensayos de Elia, a través de los cuales dejó un testimonio de cómo, pase lo que pase, después de todo el mundo puede ser visto con una sonrisa”.

El artículo completo puede leerse en nexos de este mes.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
05, Sep 2018

Leonora Carrington y el 68

José de la Colina cuenta una anécdota maravillosa de Leonora Carrington. Un día recibe una visita en su casa. Quien llega es un crítico de arte, un defensor del realismo socialista. Imaginándola aleccionable, le habla del compromiso social del arte, de la deuda que el creador ha de pagar al pueblo. La invita entonces a dejar las tonterías del surrealismo para entregarse a la causa socialista. La pintora no le responde pero, acariciando la mano de visitante, le pregunta si ha cenado. Al saber que no, le ofrece un “sandwich carringtoniano”. El crítico acepta de inmediato, curioso por la delicia gastronómica que descubrirá muy pronto. Leonora va a la cocina. Luego va al cuarto de su hijo pequeño. Vuelve a la cocina y entrega después el sandwich al grandilocuente promotor del arte comprometido. El sandwich carringtoniano era un sandwich de jamón con caca de bebé en lugar de mostaza. El crítico saborea el plato y hace algún comentario sobre el toque exótico de sus sabores. Un sabor intenso… pero exquisito, le dice agradecido.

Ahí está, en una cápsula, la idea que Leonora Carrington tenía del arte político. ¿Usted me pide arte comprometido? Yo le preparo un sandwichito. La rebeldía de su imaginación no tocaba las coordenadas de la ideología. Quien contemplaba las maravillas de los astros y las moléculas, quien injertaba plantas en los venados, quien rompía la tiranía de la gravitación, la cuidadora e inventora de mitos habitaba otra historia. La política no tenía sitio en sus lienzos. Su rebeldía, esa marca de todas sus artes, se expresaba de otro modo.

La admirable muestra que el Museo de Arte Moderno ha organizado para celebrar sus 101 años es el mejor registro de su creatividad inabarcable. La curaduría de Tere Arcq y Stefan van Raay logra capturar ese infinito que fue su imaginación. La exposición “Cuentos mágicos” tiene el gran acierto de rescatar no solamente la obra plástica, sino también su incursión en el teatro y el cine, sus maravillosas cartas, esas admirables piezas literarias que son sus cuentos y sus memorias. Su arte, escribió Carlos Fuentes, “es una batalla alegre, diabólica y persistente, contra la ortodoxia.” Subversión de cuerpos y de reinos; revuelta contra la razón y la fe. Apuesta por la magia, lealtad al mito. Una burla y también una denuncia. Esto último adopta, excepcionalmente, forma francamente política. En la muestra que todavía puede visitarse se asoma un cuadro que llama la atención de inmediato. No solamente resalta por abordar políticamente la coyuntura sino porque parece realizado en un arranque, de prisa, bajo el influjo de otros demonios. No se encuentra ahí la sutileza sobre la tela. Es un cuadro con trazos toscos sobre un comprimido de madera. La firma resalta la fecha: 13 de agosto de 1968. Es la contribución artística de Carrington al movimiento estudiantil. Con dos hijos universitarios involucrados en la protesta, Leonora no podía permanecer indiferente. La represión se dejaba sentir. La hechicera sentía el deber de apoyar al movimiento y donaba un cuadro a los jóvenes para que lo subastaran y obtuvieron dinero para comprar mantas, comida, papel. El cuadro que regaló muestra a un tigre con cabeza de ave y jirafa que sostiene figuras adorando a una mariposa y a una espora gigante. En ambos lados, textos manuscritos. El cuadro pinta, en realidad, lo que no es. En una columna a la izquierda, puede leerse: “No es el retrato de un político, no tampoco de un granadero, no está en el ejército. No maltrata ni asesina a nadie. Es un dibujo libre, quiero guardar mi libertad.” Y a la derecha, un poema de John Donne.

A decir verdad, no puede ser apolítico el arte de esta “feminista natural”, como la llama Tere Arcq. Nunca dejó de pintar libertad. Nunca dejó de picar nuestra imaginación. Se rompe por doquier el catálogo de las especies. Humanos y animales se fecundan y mestizan. El universo, una fraternidad en el misterio. ¨

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
22, Ago 2018

Las sillas de Hagerman

Seguramente estás sentado mientras lees esto. No sé si estés en tu casa, en el trabajo o yendo de un lado a otro, pero lo más probable es que estés sentado. A un observador que descubriera de pronto a nuestra especie jamás se le ocurriría decir que somos animales verticales. Somos criaturas sedentes. Nuestro trazo es una hache minúscula. Si alguna vez fuimos homo erectus, nos hemos convertido en homo sedens. Animales que viven sentados en objetos que fabricamos. Comemos sentados, conversamos sentados, nos desplazamos sentados de un lugar a otro, en nuestro trabajo pasamos horas sentados. Ir a la escuela es ir a sentarse, acudir al teatro o al cine es disponerse a pasar un par de horas sentados. Y gobernar, decía Ortega es asunto de asentaderas: para mandar hay que sentarse. Nuestras rutinas son la peregrinación de una silla a un asiento, de una butaca a un banco y de un banco a un sofá. ¿Qué mueble, qué objeto puede ser tan valioso, tan entrañable, tan complejo, tan cargado de símbolos?

La complejidad del diseño proviene tal vez del hecho de que la cultura sedente es hostil a nuestra anatomía. Una agresión a los huesos, a los músculos, al corazón. No resulta fácil por ello permanecer cómodo mucho tiempo sentado. Lograr una silla amigable es una hazaña. No es fácil diseñar una silla, decía Mies Van der Rohe. Casi es más fácil diseñar un rascacielos silla. Witold Rybcynski publicó hace un par de años una historia natural de esa herramienta para sentarse. Sugiere que en la silla hay una casa en miniatura y algo más: la insinuación de una ciudad. Las sillas configuran cómo nos situamos frente a otros, qué actitud tenemos frente a los demás, qué idea de la jerarquía y de la igualdad ponemos en práctica. Con las sillas se esculpe una sociedad tanto como con las plazas, las avenidas, los parques.

Es palpable ese sentido cívico de la silla cuando se visita la exposición de Óscar Hagerman en la galería Kurimanzutto. Sus asientos son un prodigio de la ergonomía, el resultado de años de estudio, observación. Piezas impecables de ingeniería. Expresan también el poder estético de lo primordial. Ese largo viaje que debe emprenderse hasta alcanzar lo elemental. Pero en esa solidez, en esa elegancia hay también una invitación. El arquitecto no busca la originalidad. Bebe de la tradición comunitaria para proponer espacios y objetos que puedan incorporarse a esa misma tradición. La riqueza del diseño “está en crear un universo que le pertenezca a la gente y lograr que ellos mismos lo sientan propio.” La silla Arrullo que diseñó hace medio siglo se inspira en la tradicional silla de palo. Hoy, con alteraciones de artesanos michoacanos, tiene otra forma… y es la misma.

“La arquitectura, ha dicho Hagerman, debe ser un canto a la vida, el canto de los que la habitan, porque lo más hermoso es que el proyecto salga de la gente.” Nada más ajeno a la vanidad del monumento que estas piezas ejemplares de la arquitectura mexicana. Aprendizajes que son lecciones que son aprendizajes. El arquitecto se despoja de la suntuosa autoridad. Es sabio porque nada inventa. La arquitectura se vuelve una celebración de lo que nos envuelve: la naturaleza y la historia. Una fiesta de lo que somos. “Si tu casa no tiene que ver contigo es nada. En la escuela debería haber una materia que nos enseñara cómo relacionarnos, cómo comprender lo que la gente necesita, y para eso hay que aprender a escuchar.” Las sillas expuestas en Kurimanzutto nos invitan a sentarnos, pero sobre todo, a escucharnos.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
20, Ago 2018

La felicidad del PAN

Es difícil exagerar el desastre electoral del PAN en la elección reciente. En una jornada retrocedió décadas. El peor resultado desde que hay elecciones competidas en el país. El candidato del PAN logró el segundo lugar, pero quedó treinta puntos debajo de López Obrador. Lo peor no fue lo que le sucedió en esa pista sino en las legislativas. La voz del PAN quedó severamente debilitada. En el Congreso tendrá una representación mínima. En la Cámara de Diputados, Acción Nacional tendrá menos representantes que los que tuvo en 86, cuando creció la cámara para incluir a 200 legisladores plurinominales. En el Senado, tendrá menor presencia que la que tuvo tras la elección del 97. Aún podría decirse que esas dos derrotas palidecen frente a la tercera, la más profunda, la más compleja. Acción Nacional perdió en estas elecciones su identidad. Un partido molido por los votos y extraviado.

La derrota panista es, en un sentido, más penosa que la del PRI. El PRI no tenía posibilidades de competir en esta elección. Hizo lo que pudo. Su desprestigio lo anulaba irremediablemente. En cambio, la batalla del PAN no estaba perdida de antemano. Acción Nacional carga hoy el peso de haberse marginado de una elección en la que pudo haber participado con éxito o, por lo menos, con dignidad. Ocupaba el lugar ideal para enfrentarse al partido en el gobierno. Llegó a tener una candidata situada por encima del dirigente de MORENA. Cínicamente, los dirigentes del PAN usan la goliza que recibieron como excusa. Nadie habría podido evitar la debacle. Esto era inevitable, dicen. MORENA era imparable. Nada podíamos hacer. El argumento es inaceptable. No puede pensarse la responsabilidad política sin imaginar lo que pudo haber sido. Si Acción Nacional hubiera resuelto democráticamente sus diferencias internas, si hubiera sido capaz de construir una candidatura creíble en una competencia abierta, si la izquierda hubiera presentado más de un candidato, el cuento de la elección del 2018 habría sido muy distinto. Y aún en el caso de que López Obrador se hubiera impuesto finalmente, habríamos tenido un partido entero en la oposición. Los estrategas de la derrota deben asumir su responsabilidad.

La derrota del PAN estuvo en el olvido del PAN. No creo, por supuesto, que ese extravío sea reciente. La crisis panista es tan vieja como la victoria del 2000. Desde entonces, el PAN no sabe qué lugar ocupar en el escenario nacional: ¿oposición a su gobierno, como lo fue con Fox?, ¿instrumento del presidente, como fue con Calderón?, ¿aliado del PRI, como lo fue con Peña Nieto? En cada ocasión, un partido subordinado, sin ideas propias, sin liderazgos auténticos.

Frente a la crisis que desata la catástrofe de julio, se pensaría que las alarmas del principal partido de oposición se habrían activado de inmediato. Se pensaría que, por elemental sentido de responsabilidad, los dirigentes que condujeron al desastre se hicieran a un lado para facilitar la renovación. Uno se imaginaría en ese espacio tan importante de la política mexicana un debate franco que analizara las razones del fracaso y que ofreciera pistas para el cambio. Nada de eso. Su reunión reciente parecía un festejo. El peor resultado de la historia reciente y el panismo oficial feliz. El antiguo candidato recibido como héroe. Porras, aplausos y apapachos. Sobre la elección reciente, apenas se escucharon críticas superficiales en las que nadie asume responsabilidad alguna. El anuncio de una comisión y algo más que no merece recordarse. Roberto Gil, panista que ha decidido ver las cosas en su partido desde una butaca distante, describía la actitud de sus compañeros como “negación psicótica”: una incapacidad para captar la realidad. Un trastorno psicótico colectivo, una actitud casi demencial de negar la verdad incómoda. Nada pasó el 1º de julio. Perdimos una elección, hay que seguir haciendo lo mismo… y con los mismos.

La pregunta que queda es si el PAN podrá sobrevivir con este panismo.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
15, Ago 2018

Sobre los delegados

Con súbita arrogancia, el presubsecretario de hacienda respondía a las críticas que ha recibido la propuesta de formar 32 superdelegados en las entidades federativas. Los críticos son ignorantes. No tiene sentido perder el tiempo con ellos. Pónganse a estudiar… y luego hablamos.

Muy distinto y muy apreciable es el texto que Gibrán Ramírez Reyes escribe en defensa de la propuesta. Su artículo es una aportación valiosa no solamente al debate sobre la controvertida figura de los delegados sino también a la reflexión sobre la naturaleza política del proyecto triunfante y el sentido del cambio que viene. GRR defiende la propuesta como una decisión propiamente política. Lejos de quienes pretenden dorar la decisión como una inocente medida de austeridad, lo entiende como parte necesaria del “mandato” electoral. Asumir el poder para crear una nueva hegemonía. Una ocupación , aunque el término le parezca impreciso. Le resulta por eso natural que el criterio para el reclutamiento de los delegados sea la lealtad a un partido político. Ganamos y ejerceremos el poder. Le parece ingenuo—o hipócrita—activar alarmas frente a la entrega de estas posiciones a dirigentes locales de Morena. Se agradece la franqueza. Creo que eso es precisamente lo que está en el centro de la controversia. A su juicio, la victoria es una orden para edificar un nuevo régimen. Qué lástima que a algunos les moleste, pero eso es la democracia. Para GRR la instrucción de los electores es, en consecuencia, ocupar el Estado para consolidar una base electoral. El voto de julio como instrucción de reconstituir un partido de Estado. Un partido bueno, por supuesto.

Lo que él celebra como arrojo histórico es precisamente lo que me resulta ominoso como restauración. Son atendibles las críticas que hace al vocabulario que hemos empleados los críticos de la medida. Usamos el lenguaje por aproximación, empleamos metáforas que, al colorear una cara del fenómeno, pueden oscurecer otra. Pero más allá de los términos, la iniciativa de López Obrador parece una mala solución a un problema real. Tiene razón Ramírez Reyes cuando nos exige observar el federalismo realmente existente y dejar atrás las entelequias, pero advertir los peligros de lo que se propone no es nostalgia. Él está convencido de que lo que viene es mejor que lo que tenemos. Yo lo dudo. Lo que GRR aplaude como la necesaria tracción de grandes reformas lo veo yo como una amenazante rehabilitación autoritaria. Seguramente, como él sugiere, no logro advertir la profundidad del cambio histórico. Sólo insisto en que el esfuerzo por comprender no supone asentimiento con las razones y los proyectos de la nueva mayoría.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
13, Ago 2018

32 maximatos

El terremoto de julio zarandeó todas las relaciones políticas que imaginábamos firmes. Tan enfático fue el deseo de cambio de los electores que muy poco de lo anterior queda en pie. Emerge una nueva presidencia, un nuevo sistema de partidos, una nueva dinámica legislativa. Novedades en las que, sin duda, aparecen sombras del pasado y atisbos de lo inédito. La política regional no podría mantenerse al margen de esa orden de cambio.

Se prepara una ocupación federal como no habíamos visto en décadas. Se ha resuelto la creación de jefaturas políticas en cada uno de los estados que pondrá en jaque el poder de los gobernadores. Más que embajadores serán procónsules: delegados del poder central que ejercerán tanto o más poder que quienes formalmente gobiernan. Por decisión del presidente electo se habrá formado en cada una de las entidades federativas una diarquía: dos poderes en un solo territorio. Uno tendrá el respaldo económico y político de un presidente de fuerza inusitada. Será el embudo por el que pasarán todos los apoyos del gobierno federal, dispensará todas las ayudas, será el único trasmisor de las peticiones locales. La atención pública del estado se desplazará naturalmente del palacio del ejecutivo local a la oficina del Jefe Político. El gobernador quedará, de inmediato, eclipsado por la aparición de este superdelegado presidencial. Conservará, naturalmente sus facultades y permanecerá en la misma oficina pero muy pronto será ridiculizado por la prensa. Los eventos del gobernador no despertarán interés. Los actores políticos harán fila para ser recibidos por el Jefe Político. Muy pronto aparecerá la burla. Será gobernador entre comillas. El personaje del poder verdadero mandará en frente.

Andrés Manuel López Obrador ha diseñado 32 maximatos. Lo ha hecho introduciendo una lógica particularmente perversa. Todos los procónsules que ha convocado son miembros de su partido. Todos son militantes destacados de Morena. Esa es la credencial que ha contado para convertirse en Delegado del Gran Poder. No ha importado la vocación económica del estado para escoger al representante idóneo, no se ha buscado empatar la experiencia profesional con los desafíos peculiares de la entidad. Lo que importa es la militancia. La ambición electoral en cada uno de ellos es obvia, inocultable. Se dedicarán a cultivar lealtades y a formar partido. ¿Es aceptable ese criterio como lógica de reclutamiento administrativo? ¿No conocemos bien cuáles son los capítulos siguientes de ese cuento?

Con el sometimiento de los poderes locales, el presidente López Obrador no solamente fortalecerá su poder, sino que habrá instaurado un principio de confusión y de irresponsabilidad muy peligroso para la marcha de la gestión pública. ¿Quién rendirá cuentas cuando las cosas vayan mal? Habrá dado también un golpe severísimo al sistema federal al someter a las autoridades electas al imperio de un delegado que solamente responde al presidente de la república. Ya hicimos el experimento. Durante este sexenio se ocuparon las instituciones de Michoacán a través de un comisionado federal con amplios poderes y abundantes recursos. Fue un desastre. Hoy se busca repetir ese experimento en todos y cada uno de los estados. Si el anuncio de López Obrador no ha causado un escándalo es porque no hay defensores del federalismo. No puede haberlos. ¿Quién asomaría la cara para defender la satrapía de nuestros gobernadores? Solamente el gobernador electo de Jalisco ha alzado la voz para denunciar la amenaza. Los grandes escándalos de los últimos años han incubado ahí, en la licencia de las autonomías. No hay duda: urge modificar el arreglo federal pero no parece que la opción lopezobradorista vaya en el camino correcto.

Es importante denunciar también la reacción de quienes en los gobiernos locales se resisten a aceptar la derrota. Imponen nombramientos transexenales que pretenden mantenerlos a salvo de cualquier rendición de cuentas. Debilitan, como en Sonora, a la legislatura y congelan el texto de la constitución para que la nueva mayoría no ejerza a plenitud sus responsabilidades constitucionales. Los perdedores tienen también una responsabilidad. Aceptar que los votantes decidieron el castigo, gobernar desde la minoría.¨

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
08, Ago 2018

Semillas de inconformismo

Somos lo que la educación hace de nosotros. Lo dijo Immanuel Kant en un ensayo sobre la pedagogía que publicó en 1803. “El hombre sólo puede ser hombre por la educación. No es nada más que lo que la educación hace de él.” La idea la rescata Emilio Lledó en su libro más reciente. Sobre la educación. La necesidad de la literatura y la vigencia de la filosofía (Taurus, 2018) es una especie de autobiografía en clave pedagógica. Más que como filósofo, el sevillano se ha descrito como un profesor de filosofía. Profesor no por trasmitir conocimiento sino por guiar en la curiosidad, por alentar la imaginación, por cultivar en otros las posibilidades que se extinguen si no se inquietan. “Un maestro no es aquel que explica, con mayor o menor claridad, conceptos estereotipados que siempre se podrán conocer mejor en un buen manual, sino aquel que trasmite en la disciplina que profesa algo de sí mismo, de su personalidad intelectual, de su concepción del mundo y de la ciencia, escribe Lledó en este libro. Ser maestro quiere decir abrir caminos, señalar rutas que el estudiante ha de caminar ya solo con su trabajo personal, animar proyectos, evitar pasos inútiles y, sobre todo, contagiar entusiasmo intelectual.”

Educar es provocar inteligencia. Por ello es necesariamente trasmisión de inconformismo. La rebelión empieza con las palabras: “Si nos acostumbramos a ser inconformistas con las palabras, acabaremos siendo inconformistas con los hechos. Ambas actitudes son, sin embargo, formas de libertad. Y la libertad no admite conformismo alguno.” De ahí viene la necesidad de la literatura como incubadora de indocilidad. La vida es sucesión de hábitos, rutinas, sumisiones. Aceptamos las palabras heredadas, preservamos los ritos, seguimos al rebaño. En cada adhesión hay un sacrificio, un abandono de uno mismo: “conformarse es perder, en parte, la forma propia, para sumirse, liquidarse en la ajena.” La educación se convierte así, en una forma de resistencia contra las máquinas de alienación que pretenden aniquilar el vigor del pensamiento individual, la chispa misma de la libertad.

Lledó encuentra en los libros el “más asombroso principio de libertad y fraternidad.” Quien toma un libro escapa de inmediato de su tiempo y su sitio. Lee un párrafo y piensa otra cosa, vive otra vida, ve otro paisaje. Y en el diálogo con la letra impresa, el lector se descubre a sí mismo. Reconoce su emoción, da nombre a sus pasiones, aclara sus ideas. Sin lectura no podría verse. La perpetua distracción de nuestro tiempo, los juguetes que nos esclavizan, las ambiciones que nos han sido implantadas oscurecen nuestra conciencia. Todo conspira para alimentar el miedo, la rivalidad, el prejuicio, la obsesión. La lectura es luz que permite ver lo que somos, lo que podríamos ser.

Enemigo de lo que llama educación “asignaturesca”, esa que está obsesionada con la memorización de las lecciones y el examen, Lledó entiende que la educación es entrenar para la creatividad. ¿No decía Alfonso Reyes que educar era preparar improvisadores? Por eso Lledó defiende también ese saber inútil de la filosofía. Más que las respuestas, nos suministra interrogantes. Preguntas preferibles a la más enfática de las respuestas. Es precisamente lo insatisfactorio de las respuestas filosóficas lo que hace indispensable a la filosofía. Esas preguntas sin respuesta enriquecen nuestra imaginación, burlándose de la estúpida satisfacción de los dogmáticos. ¨

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
08, Ago 2018

Arrogancia en la victoria

La contundencia de la victoria de Andrés Manuel López Obrador no lo coloca por encima del cuestionamiento. La legitimidad es un título para ejercer el poder, no un certificado de infalibilidad. Mucho menos una orden de aquiescencia. La crítica a quienes se preparan para asumir el poder no se alimenta necesariamente de la nostalgia ni es un alegato para la preservación de las cosas. Quienes nos critican no han entendido el veredicto de las urnas. No han aceptado la derrota dicen, como si fuera nuestro deber callarnos la boca y celebrar todo lo que provenga de los ganadores. Siempre habrá más de un camino para el cambio. Advertir incongruencias, anticipar costos o percibir retrocesos en los anuncios del presidente electo no significa, en modo alguno, respaldar lo que se ha hecho recientemente. La crítica de López Obrador no es elogio a Peña Nieto. Criticar a los futuros funcionarios no es celebrar a los que hoy tenemos.

El voto confiere poder pero no otorga razón. La discusión pública no termina con el voto. ¿Se ha vuelto una buena idea la redacción de una “constitución moral” por el hecho de que Andrés Manuel López Obrador ganó la elección? La idea de un constituyente que perfile una guía para la plenitud me parece no solamente absurda sino amenazante y creo inaceptable que en un Estado laico se pretenda codificar la moral abriendo el espacio para que líderes religiosos decreten el bien con el respaldo de las instituciones públicas. La política debe mantenerse al margen de cualquier tipo de cruzada espiritual. La suerte del alma no es asunto para la política. Quienes se preocupen por ella deben buscar consejo en otra parte. Que millones de mexicanos hayan votado por Morena no modifica ni en un ápice mi convicción. ¿Debemos suponer que las propuestas del candidato se han convertido en irrebatibles por el caudal de votos que recibió? De ninguna manera. El voto es un permiso, no una comprobación.

Quiero decir que no es antidemocrático criticar al poder democrático. Decirlo parecería innecesario pero es urgente expresarlo hoy cuando se escuchan tantas voces que sugieren que la discrepancia es una forma de deslealtad; que oponerse a las iniciativas del futuro gobierno es casi como oponerse a la victoria que le dieron los votos. Muchas y contradictorias habrán sido las razones de quienes votaron por López Obrador. Muchas y contradictorias fueron las propuestas del propio López Obrador. De la elección no deriva la obligación de implementar un programa concreto. La única instrucción que surge del voto es que a él le corresponde ocupar la presidencia de la república y ejercer las facultades que corresponden al encargo. Las elecciones no revelan el sentido correcto de la historia.

Uno de los peligros que encierra una victoria tan contundente como la de julio es el fomentar la arrogancia de los triunfadores. Tratar con infinito desdén a esos críticos que, a su juicio, fueron vapuleados por los electores. Creer que la votación implica respaldo a cualquier cosa que diga o proponga el nuevo grupo gobernante. Suponer que los votos son una celebración de todas las propuestas de campaña. Confiar en que la gente mantendrá su respaldo.

Hay muchas señales inquietantes y deben ser señaladas. Apunto una que es muy grave y ostensible. Proviene de una arrogancia que se cree inmune a la crítica. López Obrador parece entender el conflicto de interés tan mal como lo hizo Peña Nieto. Piensa que, si él no se beneficia directamente, puede invitar a quien quiera a colaborar con él, sin tomar en cuenta que con ello altera el juego de las inversiones y las ganancias. El presidente electo ha anunciado que un empresario prominente será su jefe de gabinete. Como si fuera un acto inocente, en estos días, el presidente electo visitó una empresa de su futuro colaborador anunciando una asociación para la siembra de miles de árboles. La nobleza de la causa no puede esconder la aberración. Lo notable es que el futuro presidente ni siquiera se percataba del escándalo de su anuncio. A unos días de recibir la constancia de su triunfo, el presidente electo publicitaba la empresa de un colaborador y anticipaba proyectos con su gobierno. ¿Así piensa separar el poder político del poder económico?

Compartir en Twitter Compartir en Facebook