17, Jun 2019

De caricaturas

Hace un par de meses, la edición internacional del New York Times publicó un cartón del caricaturista portugués Antonio Moreira Antunes sobre la relación entre Donald Trump y Benjamin Netanyahu. El primer ministro de Israel aparecía como un perro guía, al que le colgaba un collar con la estrella de David. Seguía sus pasos el presidente de Estados Unidos, un ciego con kipá. El dibujo, que había sido publicado antes en el Expresso de Portugal, generó indignación entre los lectores del periódico. Muchos lo consideraron una inaceptable burla antisemita. Los editores del diario neoyorquino le dieron la razón a los ofendidos y se disculparon de inmediato. La caricatura es indefendible, dijeron. Cometimos un error al publicarla. Pero no se detuvieron en esa rectificación. Para evitar problemas futuros, decidieron eliminar definitivamente la publicación de caricaturas políticas en su versión internacional.

Resulta revelador que la caricatura haya ocupado el centro de tantas polémicas contemporáneas. Han sido dibujos los que han provocado algunas de las controversias más apasionadas y más violentas de estos tiempos. Algo tienen los monos que provocan la ira de los fanáticos y prestan justificación a los censores. Será su veneno, la imposibilidad de rebatirlas con palabras, la verdad que encierra su simpleza. Lo cierto es que en la caricatura se vive la disputa sobre lo permisible y lo democráticamente indispensable. En las burlas del lápiz se debaten los contornos de la tolerancia, las mesuras de la convivencia, la naturaleza del desacuerdo, el tono del debate.

Toda caricatura es ofensiva. Si no es hiriente es una ilustración. Tras aquella polémica de los cartones de Mahoma, el caricaturista Michael Shaw, escribió en su entrega del New Yorker un aviso a sus lectores: “Disfruta esta caricatura cultural, étnica, religiosa y políticamente correcta con responsabilidad. Gracias.” El cartón era un cuadro en blanco.

 

El caricaturista encuentra una deformidad y la explota a placer. Su trabajo es desfigurar a sus personajes, pero, al hacerlo, descubre una facción más profunda que la aparente. En la exageración del perfil se descubre el distintivo único, la personalidad auténtica del sujeto. Su arte es, por ello, el de la desmesura. Y más que ser para él un recurso, esta exageración plástica es una ética porque nos recuerda que todos—empezando por los que se imaginan nuestros salvadores—somos incongruentes, fachosos, ridículos.

¿Qué tipo de debate público puede haber si suprimimos el permiso de la burla? ¿Qué discusión podríamos tener si renunciamos a la claridad del humor? Patrick Chappatte, uno de los cartonistas que publicaba regularmente en la versión internacional del New York Times, escribió en su página personal un lamento que vale la pena atender. Eliminar la sátira gráfica de nuestros diarios dice mucho del rumbo del periodismo contemporáneo. Con el pretexto de la sensibilidad y la prudencia, estamos rehuyendo el debate franco e intenso. Las redes sociales han impuestos el reino de un moralismo intimidante. Muchos editores están dispuestos a ceder ante la amenaza de los furiosos que, muchas veces, tienen el respaldo de los patrocinadores. De esa manera, la indignación más vehemente define el tono de nuestra conversación y proscribe las voces que incomodan. Si las caricaturas son ahora el blanco del ataque es porque son atajos visuales de la crítica, opiniones condensadas que hacen reír. Ahí está su fuerza y ahí también su debilidad. “En este tiempo demencial, concluía el caricaturista, el arte del comentario visual es más necesario que nunca. Y también el humor.”

Ian Buruma, el gran ensayista holandés ha escrito sobre el progresivo encogimiento del debate público. El autor de Asesinato en Amsterdam, admirable crónica y reflexión sobre los límites de la tolerancia, fue obligado a renunciar a la dirección del New York Review of Books por publicar el testimonio de un hombre acusado de cometer abusos sexuales. Buruma reconoce que la pieza era polémica y que había buenas razones para no publicarlo. Y, sin embargo, considera que el deber de un editor es ser riguroso y asumir riesgos. Su propósito no es la conformidad, sino colocar en la conversación pública asuntos incómodos que estimulen el debate.

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12, Jun 2019

Chernóbil, la serie

No es ciencia ficción. Cada uno de los cinco capítulos de la serie se vive como una película de terror. Es una historia apocalíptica que se ubica en un pasado que algunos podríamos reconocer como propio. Hace poco más de treinta años, el 26 de abril de 1986, ocurrió el peor desastre nuclear de la historia. HBO ha trasmitido la historia de la catástrofe de Chernóbil que es menos una falla de la ingeniería que una consecuencia del despotismo. La serie no es una condena de la arrogancia científica, de esa transgresión que supone el juego de las partículas. Es, más bien, la denuncia de un régimen basado en el ocultamiento y en la supresión de la crítica. El totalitarismo no es solamente la abolición de la libertad, es también una tecnología del desastre. El uranio puede ser domesticado. Pero cuando el miedo y la mentira se filtran al cerebro de un rector nuclear, se cocina una tragedia.

La serie es desigual. Por una parte, es admirable en su retrato de los horrores que provoca esa bomba desbocada que nadie sabe cómo calmar. Sus imágenes capturan el veneno mortal e imperceptible que esparce la muerte como si fuera una nevada apacible y, al mismo tiempo, nos muestra la ferocidad de esas radiaciones que despellejan. La serie escrita por Craig Mazin y dirigida por Johan Renck es eficaz para trasmitir el pánico ante una hecatombe que perfora la piel. Muerte a dos ritmos: la instantánea calcinación y la paciente degeneración celular.

La conmovedora fotografía y la estrujante cinta musical contrasta con la torpeza de un libreto que rinde homenaje a todos los lugares comunes. Se entiende que una representación necesita tomarse sus licencias, pero en el caso de esta serie, los permisos atentan, no solamente contra con la verosimilitud del relato, sino contra el mensaje mismo que se pretende trasmitir. Chernóbil está repleta de escenas y diálogos que hemos visto mil veces. La heroína que vence el miedo para desafiar al poder. El paladín que vence mil obstáculos para colocarse en el epicentro de la historia. El científico que ama la verdad y lo arriesga todo por defenderla. El jurado que escucha sorprendido la valentía de quien rompe todos los instructivos de la conveniencia. El suicida que trasmite su mensaje después de la muerte. Un evento único en la historia de la humanidad se convierte en un relato trillado.

La mejor lectura que he visto sobre la serie es la de Masha Gessen, en el New Yorker.  Gessen reconoce la recreación de la “cultura material” de la Unión Soviética en la producción de HBO. La ropa, los teléfonos, la decoración de hoteles y apartamentos viene directamente de esos tiempos. El problema es que los personajes y sus diálogos no corresponden al régimen en el que actúan. Incapaz de retratar la cultura de la sumisión y de la lealtad, el libretista de ¿Qué pasó ayer? Partes 2 y 3, sigue las pistas de una película de desastre: un puñado de héroes sabios y valientes salvan al mundo de la perversidad de unos cuantos ambiciosos. La película sucumbe ante el lugar común porque no encuentra la imagen ni el estatuto verbal de un régimen que impone culto a la mentira, premia al dócil y extirpa cualquier resorte de individualidad.

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10, Jun 2019

Sobre el convenio

Habríamos despertado en condición crítica. De haberse impuesto la amenaza del presidente Trump, el país estaría cayendo por la cascada del pánico. A las malas decisiones internas y a los preocupantes reportes que han llegado de todos lados, se habrían agregado esta mañana las hostilidades comerciales. Se habría activado un descrédito feroz e ingobernable. El escenario de lo inmediato habría cambiado de color. Lo cautelosos no tendrían más remedio que volverse pesimistas, los pesimistas, se volverían catastróficos. Por supuesto, los dogmáticos de ambos extremos, seguirían fijos, cómodamente, en sus expectativas. Por eso puede decirse que se evitó el mal mayor. En condiciones en extremo complejas, se logró un acuerdo.

Vale reconocer el asomo en este capítulo de un presidente pragmático y disciplinado. López Obrador lo fue, sin duda, en esta negociación. No se salió del libreto que se impuso, dio espacio amplísimo a los negociadores, no antagonizó con bravatas. Frente a Estados Unidos ha sido un presidente moderado, dispuesto a escuchar y empeñado en conjurar cualquier conflicto. Sabe lo que importa la relación y la maneja con delicadeza extrema. Se deja entrever, así, un presidente que, al reconocer los límites de su propia voluntad, podría cultivar un nuevo sentido de responsabilidad. Independientemente de los méritos del acuerdo obtenido, me parece importante registrar ese brote de cautela y orden porque puede ser una enseñanza para encarar las crisis que se avecinan.

El acuerdo firmado en Washington es caro para México. Es la proclamación oficial del patio trasero. México será la sala de espera de quienes buscan asilo en Estados Unidos. Quienes lo intenten serán retornados a México “sin demora.” Y aquí deberán esperar. Frente a este compromiso, lo que México gana es blablá. Logramos insertar una alusión a la “fraternidad universal” en el texto del convenio. Estados Unidos dice cooperará para que México y Centroamérica sean zonas de prosperidad, pero, desde luego, no se obliga ni a un centavo. Algunos dirán que no solamente es un acuerdo caro sino indigno, un convenio que convierte al país en el muro de Trump, que pone al Estado mexicano al servicio de la política migratoria de Estados Unidos. Así lo promoverá seguramente el candidato Trump, festinando su victoria sobre los mexicanos. Otros dirán que el realismo y la responsabilidad obligaban a pagar cualquier precio. Dirán que, ante la amenaza de una guerra comercial, no hay lugar para pudores nacionalistas o decoros humanitarios.

El mayor problema del acuerdo es que es incumplible. Si hoy sirve al gobierno mexicano para celebrar la operación diplomática que evitó el apocalipsis, mañana será convertido por Trump en látigo para la intimidación mañanera. El convenio es, en realidad, un dulce para la retórica trumpiana. Un documento tan impreciso que permitirá en cualquier momento reanimar la amenaza. Sin definiciones, sin compromisos concretos, sin instrumentos de medición no puede ser considerada como una herramienta confiable de cooperación. El documento que firmó el canciller Ebrard es, sin duda, un respiro. También es un instrumento que prolonga la extorsión y que, tal vez, haga más caro el siguiente episodio. ¿Qué significa incrementar “significativamente” un esfuerzo de aplicación de nuestra ley migratoria? A eso se ató México. Para decirlo técnicamente, nos comprometimos formalmente a echarle ganas. La interpretación del convenio cuelga de los humores del presidente Trump, ese hombre al que López Obrador ha llamado “visionario”. Y aunque el pueblo norteamericano como decía el presidente en algún sermón reciente, sea noble por haber sido fundado sobre valores cristianos, dudo que alguien pueda creer en la buena fe del demagogo de la Casa Blanca. Cuando le dé la gana, el candidato Trump, gritará traición. Cuando sirva a sus intereses, cuando le permita distraer la atención de la opinión pública acusará a México de burlarse de ellos. La amenaza sigue aquí. No ha pasado una semana y el Secretario del Tesoro ya lanzó la advertencia: si México no se porta bien, impondremos aranceles. La pregunta no es si se denunciará el incumplimiento de México, sino cuándo hará Trump esa denuncia. Y qué estaremos dispuestos a darle.

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07, Jun 2019

Contra la tersura

La tragedia, dice la poeta Anne Carson, evoca ese olor a tocino caliente que hay en la contradicción pura. Desde siempre, la nariz de la filosofía le ha hecho ascos a ese aroma quemado. Su tragedia fue, precisamente, el rehuir la experiencia de lo trágico. Desde su primer monumento ha pretendido enviar al exilio la experiencia del dolor y del lamento. Desde aquella república, la filosofía se comprometió con el ideal de la tersura. Conquistar la armonía, pulir la existencia hasta liberarla de cualquier astilla, amaestrar las emociones; venerar la verdad única y entregarse a ella.

La tragedia es una invitación para entendernos de otra manera. Una propuesta para albergar con sabiduría la viva fricción de lo contradictorio. No es una la verdad, no es una la justicia. Nunca es claro el recuerdo y siempre habrá algo de indómito en nosotros. A defender la tragedia frente a su censora ha dedicado Simon Critchley un buen número de cursos, conferencias, seminarios, y su libro más reciente. La tragedia, los griegos y nosotros es el título del libro que apareció este año bajo el sello de Pantheon Books. No es del infortunio de lo que hablamos cuando hablamos de tragedia. No es trágico un huracán que arrasa una ciudad. Lo trágico no proviene de una agresión de la naturaleza, sino de una conspiración en la que activamente nos coludimos para obrar nuestra propia ruina. La tragedia, dice el filósofo inglés, exige de nosotros cierta complicidad. Una inconsciente colaboración con la catástrofe. En esa involuntaria colaboración despunta una advertencia: porque alojamos a los fantasmas de nuestra desgracia no seremos nunca los amos de nuestra existencia. Absurda es la ilusión de nuestro señorío psicológico. Más que agentes autónomos, somos juguetes, tuercas, trapos.

El artículo completo, aquí.
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03, Jun 2019

La devastación institucional

Escribo para hacer eco del artículo de José Antonio Aguilar Rivera publicado en la revista nexos de este mes. Es una denuncia, más triste que rabiosa, de la agresión que sufre una ejemplar institución pública de educación superior. El Centro de Investigación y Docencia Económicas ha sido, sin duda, uno de los espacios académicos en ciencias sociales más valiosos del país. Una escuela que ha formado generaciones brillantes de politólogos, internacionalistas, economistas y abogados. Una institución que ha tenido el tino de atraer a los mejores académicos en estas ramas. Un centro universitario que se ha convertido en un foro de discusiones rigurosas y socialmente pertinentes. Un espacio público discreto que ha hecho enormes aportaciones a la comprensión de nuestra realidad, sin dejar de ofrecer alternativas para el cambio. Bajo ningún concepto puede decirse que es una institución monocolor. Sería absurdo tildarla de neoliberal. Su planta de profesores, sus publicaciones, sus actividades académicas dan cuenta de la diversidad de enfoques, perspectivas y orientaciones. Ideológicamente diverso, lo que lo ha cohesionado es su rigor académico. Una escuela exigente con sus alumnos y sus profesores que, al mismo tiempo, ha sido innovadora en sus criterios de inclusión. Un ejemplo para las instituciones de educación superior en el país.

Era también una muestra exitosa de la vieja y admirable vocación cultural del Estado mexicano. No un órgano del adoctrinamiento, sino escuela con vocación de contemporaneidad que apuesta para México por una educación rigurosa, abierta a la pluralidad y decida a la inclusión. “Por años, dice Aguilar Rivera, (el CIDE) había sido la envidia de propios y extraños, que veían en él una muestra de lo que una institución pública podía ser si contaba con la voluntad del Estado. Es un inusual caso de éxito de lo público.” Su facultad, sus egresados, sus publicaciones, sus foros son muestra de ello. El hostigamiento presupuestario puede ser el golpe de muerte de esta valiosa institución educativa. No podrán emprenderse los proyectos que, en estos últimos años, lo colocaron en el centro del debate público. No podrá ofrecer una educación de calidad a los jóvenes que, de todas partes del país, llegan ahí para tener una oportunidad que difícilmente podrían encontrar en otro lado. Será incapaz de atraer a los profesores con ideas frescas que se forman en las mejores instituciones del mundo. Dejará escapar a sus investigadores, perderá el talento que lo ha hecho brillar.

La agonía del CIDE no es, por supuesto, un caso aislado. Es muestra de una amplia devastación institucional que está golpeando con especial severidad a la ciencia, a los servicios médicos y a la cultura. Más de tres mil investigadores de los Centros Públicos de Investigación han advertido las consecuencias de las crueles y absurdas medidas de austeridad del gobierno federal. Un investigador necesitará la autorización ¡del presidente de la república! para asistir a un congreso académico que se celebre en el extranjero. De acuerdo a una orden del CONACYT, estará prohibido cargar los celulares en los centros de trabajo y usar cafeteras eléctricas. Desde luego, nada de aire acondicionado, aunque se trabaje en Veracruz. Según se advierte en la carta de los científicos de las más diversas especialidades, antes del fin de año pueden colapsarse un número importante de estos centros de investigación dedicados al estudio de enfermedades, a la mitigación de los efectos del cambio climático, a la generación de energías limpias. El impacto no se ha hecho esperar. El doctor José Sarukhán decía en una entrevista radiofónica reciente que la CONABIO, la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad, reportaba los incendios en el país desde 1998, pero hace un mes llegaron los recortes. La CONABIO perdió el internet de alta velocidad. Estamos perdiendo ojos.

Regreso al texto de Aguilar Rivera de nexos. Lo que el país pierde con el abandono y el hostigamiento de las instituciones académicas y científicas es enorme. Las secuelas serán terribles y duraderas. “Las instituciones públicas son frágiles. Son árboles sujetos a los azares de los incendios y las sequías, a los vaivenes e inconstancias de la política. Un árbol centenario puede ser talado en minutos.”

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29, May 2019

¿Apariencia desnuda?

El museo Jumex explora las conexiones entre la obra de Marcel Duchamp y la de Jeff Koons. Llega en buen momento. El casabolsero volvió a imponerse en las subastas como el artista vivo más caro de la historia. Un conejo de acero hecho en los talleres de Koons fue vendido en más de 91 millones de dólares. Esa debería ser la información de las fichas: más que saber cuándo se hizo la pieza, de qué material está hecho o qué museo la tiene, decir cuánto se ha pagado por ella.

Porque la presencia de Duchamp es mínima, puede decirse que es una muestra mayoritariamente repulsiva. Nada hay en el trabajo de Koons que provoque asombro, que interrogue, que aguije una emoción. Nada que maraville por la idea a la que da forma, nada que sorprenda por el prodigio de su realización. Porcelanas acarameladas, carteles publicitarios carentes de cualquier ironía, esculturas torpes y mal pintadas, bobería religiosa, erotismo de chicle, espejitos.

Un inflable gigantesco y empalagoso nos da la bienvenida a la plaza del museo. Es una inmensa bailarina de lladró que se mantiene sentada gracias a una máquina de aire. Ahí está ya el tono de su obra: el brillo de lo vacuo. Habrá muchos, por supuesto, encantados con los globitos, los reflejos y la ñoñería pornográfica. Muchos obtendrán de la visita el ansiado trofeo de la selfie. Lo que resulta irritante es la pretensión de la muestra: sugerir que los absurdamente caros productos de Koons están a la altura de la obra de Duchamp; que existe entre ellos una afinidad artística e intelectual; que hay motivos que los hermanan; que el espíritu de uno sobrevive en la creación del otro. Esa es la fallida propuesta curatorial. Al recorrer las galerías de Jumex cada pieza de Duchamp grita al objeto vecino: ¡impostor! Lejos de servir para registrar un supuesto “régimen de coincidencias,” la muestra permite constatar el abismo entre uno y otro.

Es una banalidad decir que Koons aprendió de Duchamp. Por supuesto: Duchamp es el precedente decisivo, como lo fue de todo el arte de los últimos cien años. Es cierto que en Koons podemos ver el ready made, la transformación del sentido, el desafío a la convención. Pero Koons no sigue ni profundiza la enseñanza, la  pervierte. La obsesión de Koons es el abrillantamiento de las mercancías. Pulir los juguetes que nos entretienen hasta vernos reflejados en ellos. A Koons le parece una idea profunda y ha logrado convencer al mundo del arte de que se trata de un descubrimiento genial. Contemplar a un Michael Jackson dorado sentado sobre una cama de flores doradas sosteniendo a su chango, también dorado, debe ser vivido como una experiencia espiritual. Una Pietá para nuestros tiempos.

Que los organizadores de la exposición se hayan atrevido a bautizar la violencia de este emparejamiento con el título del ensayo de Octavio Paz agrega afrenta. “Apariencia desnuda: el deseo y el objeto en la obra de Marcel Duchamp y Jeff Koons.”  Si alguien pudo anticipar los peligros del arte después de Duchamp fue precisamente Paz. El poeta sabía que sería casi imposible seguir ese camino: “no es fácil jugar con cuchillos,” dijo. Lo que Paz admiraba en Duchamp, la mina de ideas, el desinterés, la búsqueda, la ironía, el humor, la inteligencia crítica, la sutileza erótica es precisamente lo que está ausente en Koons.  Ni pensamiento, ni deseo. Repeticiones estériles. La tragedia del arte devorado por la estupidez del dinero.

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27, May 2019

Llamado a la responsabilidad

En su escrito de renuncia al gabinete de Juan Álvarez, Melchor Ocampo confesaba una sola ambición: ser útil. Habrá quien quiera ser sabio, quien quiera dinero, poder, habilidades o valentía. Yo quería contribuir al destino del país, escribe. Quise influir “directamente en la política interior, y no reducirme a ser un duplicado del ministerio de hacienda (pero sin tesoro).” Reconociendo su inutilidad, anunciaba su salida de la Secretaría de Relaciones Exteriores. “Mis quince días de ministro”, la despedida pública de Ocampo firmada el 18 de noviembre de 1855 es, seguramente la renuncia más célebre de nuestra historia. El documento parte de una convicción: quienes ejercen responsabilidades públicas deben exponer los motivos de su actuar. Si esa práctica se generalizara, la opinión pública extraviaría menos su juicio sobre los hombres y las cosas. Ocampo renunciaba por discrepar de un gobierno que, a su juicio, tomaba el camino de las transacciones. El gobierno que había brotado de un proyecto radical encallaba en el “simulacro” de la moderación. Lo que se promovía como equilibrio de tendencias era, para el puro, una condena de inmovilidad. Así, apenas a un par de semanas de asumir la cartera, tenía ya claro que en el gabinete coexistían métodos irreconciliables. En la administración, abundaba, “los medios son el todo, una vez que se ha conocido y fijado el fin.”

Un eco de aquella renuncia puede escucharse en la carta en la que Germán Martínez hace públicos los motivos de su renuncia al Instituto Mexicano del Seguro Social. Permanecer en un puesto público puede ser connivencia con un simulacro. En ciertos momentos es debido saltar del barco para sonar las alarmas. A pesar de que el presidente siga volando en las nubes del triunfalismo, se acumulan señales preocupantes. El llamado de alerta viene de un aliado, de un destacado integrante del equipo de gobierno. El aviso no es el estribillo de los malquerientes. Es el testimonio de un colaborador que advierte que el proyecto hace agua. La conclusión que puede extraerse de la renuncia es que los medios de la administración no conducen a los fines del gobierno. El instrumento contraviene al propósito. La política de austeridad está estrangulando al Estado para alimentar a las clientelas del presidente. Los recortes presupuestales han ido más allá de lo razonable. No solamente han terminado con los lujos y los abusos, sino que amenazan las tareas esenciales del gobierno. Una austeridad tosca, severa y brutal vacía la ambición distributiva del gobierno. El cuestionamiento no podría ser más serio: la retórica justiciera desconoce los instrumentos elementales de la justicia. El proyecto de la igualdad está hueco.

Discrepo, por supuesto, del blanco de la crítica de Martínez. El renunciante se monta en la consigna ideológica para salvar al dirigente supremo. Los neoliberales, que como todos sabemos son vampiros inhumanos, controlan la Secretaria de Hacienda y amenazan la integridad de un proyecto igualitario. La acusación es insostenible. Es claro que la necedad viene de lo más alto. Es la arbitrariedad patrimonialista la que explica el capricho y la severidad de los recortes. Hacienda hace la voluntad de un presidente convencido de que los recursos deben ir a sus programas, sea cual sea el costo de esa prioridad. La presidencialización del presupuesto es el núcleo de la denuncia.

Por primera vez en la administración lopezobradorista se afronta la responsabilidad del presente. Ese es el mérito de la carta. El expediente de la catástrofe heredada se gasta. Sí… sabemos que los de antes dejaron un cochinero. El nuevo gobierno fue electo para limpiarlo, no para recordarnos a cada instante el mugrero que entregaron. Al gobierno le corresponde asumir la consecuencia de sus decisiones. Germán Martínez no ataca a los gobiernos pasados porque sabe que el primero de diciembre se trasmitió el lazo de responsabilidad. Tampoco sopla burbujas de jabón como las que nos receta a diario el presidente. No: el presupuesto no se vuelve infinito cuando gobiernan los buenos. Tampoco tenemos la felicidad garantizada por la nobleza de un pueblo rico en valores morales, culturales y espirituales. Un gobierno habla con sus decisiones. A hacerse ya responsable de ellas, a poner orden en la administración invita con su renuncia, Germán Martínez.

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20, May 2019

1994


La historia no crece como el pasto. Hay momentos en que el tiempo se acelera, horas que precipitan cambios colosales, instantes que revientan lo que, por décadas o siglos permanecía firme. Entender la historia es aproximarse a sus dos ritmos. Al lento flujo de los días, a las persistencias, a la discreta sedimentación de los cambios y también a los acelerones y a las rupturas súbitas. Ese fue uno de los lentes del historiador húngaro John Lukacs: la historia “microcósmica.” Se refería al análisis de las coyunturas decisivas. En su trabajo como historiador fue poco a poco comprimiendo el tiempo. Si en su primer libro sobre la Segunda Guerra analizó los dos años más intensos del conflicto y en el segundo examinó el duelo entre Hitler y Churchill narrando ochenta días de 1940, su tercer libro sobre la guerra exprime lo sucedido en menos de una semana. Cinco días en Londres es el título del libro. Sus amigos bromeaban que el siguiente trabajo abordaría los quince minutos más dramáticos de la guerra.

1994, el documental de Diego Enrique Osorno producido por Vice que puede verse en Netflix es un ejemplo de esta perspectiva microcósmica. En unos meses se revelan las tensiones enterradas de México, desaparecen los cuentos con los que nos arrulló la retórica oficial, queda hecha polvo la ilusión de cierto futuro. Fue entonces que, a golpe de rebeliones y conspiraciones palaciegas, se descarriló el proyecto más ambicioso de modernidad. Y la sangre, desde entonces, en el centro. 1994 es el año en que todo se rompe en México. Lo vemos en los vertiginosos capítulos del documental. El relevo presidencial se sale del libreto de la disciplina priista. El mito de la paz se rompe con el estallido zapatista. La violencia vuelve a la política e irrumpe también, con enorme fuerza de seducción, la palabra sublevada. Los enredos sucesorios producen una crisis económica brutal. Por supuesto, aquel año no terminó el 1º de enero de 1995. Dormimos en buena medida en las réplicas de aquellos terremotos. La paz rota, el entendimiento imposible.

La historia mexicana se tuerce en 1994. No por un evento supremo que lo hubiera alterado todo, sino por una sucesión de infortunios, azares y tragedias. Si recordamos 1968 fue por el movimiento estudiantil. Si recordamos el 2000 será por la alternancia. 1994 no puede quedar cifrado en un acontecimiento porque fue un torbellino de catástrofes. Osorno no coquetea en ningún momento con la maniobra perversa y todopoderosa que mueve todos los hilos. Esa suele ser la tentación del documentalismo elemental. Revelar el cuartel de las conspiraciones. El periodismo de Osorno, por el contrario, nos permite advertir lo contrario, es decir, la dimensión del caos. Muestra por eso las contradicciones, las incoherencias y los misterios de aquellos días que siguen vivos. Lo que vemos gracias al admirable uso de los archivos y las entrevistas puntuales es que aquellos terremotos en la cúspide y en la base destruyeron las columnas del sentido. ¿Qué demonios pasa en México? No hemos podido dejar de hacer esa pregunta desde entonces. Es la angustia de una política fuera de curso. La vivencia de un momento trágico: el tiempo fuera de quicio.

Quien recuerde aquel año dialogará, discrepará con el documental de Osorno. A ratos, el documental parece el testimonio de Carlos Salinas sobre aquellos días. La versión del presidente impera sobre el resto de las voces. Aparece como un estratega brillante, un estadista imperturbable que es también un amigo sensible. Luis Donaldo Colosio es retratado como un santo al que no permitieron obrar la conversión democrática del régimen. Podemos ver los ejercicios militares de los zapatistas y escuchar la voz de un subcomandante Marcos panzón, pero me parece que no se logra recrear el impacto que sus mensajes tuvieron entonces. México estuvo, en 1994, hipnotizado por unas cartas que venían de la selva.  Y de la incubación de la terrible crisis económica del 95 apenas tenemos algún indicio. Críticas menores. 1994 es un documental ejemplar. Valioso, sobre todo, porque permite encarar esa historia reciente que es historia presente.

Un acontecimiento se le escapa al documental. En 1994 se estrenó Pulp Fiction.

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15, May 2019

Las pestes de Quevedo

Virtud militante contra las cuatro pestes del mundo es el título del discurso que Francisco de Quevedo escribió en 1634 y que fue publicado, tras la muerte del poeta, hasta 1651. Es una descripción de las cuatro perdiciones del hombre: la envidia, la ingratitud, la soberbia y la avaricia. El moralista no se presenta como doctor que ofrece la cura a las calamidades, sino como el enfermo que relata sus propias afecciones. En un diálogo con Séneca, contestaba. Si digo que estoy enfermo digo en realidad que estoy hombre. “Escribo de las cuatro pestes del mundo no como médico, sino como enfermo.” Más ayuda el conocer del malo lo peligroso que es el mal, que del curandero lo confiables que resultan los alivios.

He usado algunas líneas de ese discurso para ilustrar un argumento en un artículo reciente. Apenas tuve espacio ahí para invitar a la lectura de esos discursos del genio madrileño. Por eso me gustaría exprimir la naranja un poco más. No me interesa comentar el texto. Prefiero llenar esta nota de comillas porque en el modo de decir de Quevedo radica su delicia. El genio de la sátira, el procaz sublime no solamente dominó todos los géneros sino que encargó todos los temperamentos. Colérico y burlón, también fue meditador sereno y sentencioso. En contra de lo que dijo Gracián, las hojas de Quevedo no son sólo para reír sino también para aprovechar.

De la “invidia” dice que le sucede lo que al perro flaco que rabia: “no hay cosa buena en que no hinque sus dientes, y ninguna cosa buena le entra de los dientes adentro.” Perro que ladra y no traga. Pero hay fácil remedio a este vicio de la envidia: “Si estás contento con las felicidades de los otros, las haces tuyas; esto logro es. Si las envidias, haces malaventuradas tus dichas; lo que es miseria. Si miserable te alegras de la calamidad ajena, añades al ser miserable, el merecerlo ser por delincuente. Si te apiadas, te acompañas, que es género de consuelo.”

La avaricia es idolatría y disparate. Venerar cacharros y esclavizarse a ellos. Mientras todos quieren cosas para gozarlas, el avaro las quiere para no gozarlas. “Al avaro tanto le falta lo que tiene como lo que no tiene.” Absurda tacañería: buscar el oro para ser pobre. El avaro “no vive para sí ni para nadie. Guarda lo que tiene, tanto de sí como de todos. Junta en sus tesoros deseos de su muerte, no socorros de su vida.”

De la soberbia advierte que sube como el cohete con gran ruido y aplauso, pero desciende muy pronto hecho humo y ceniza. “Y ninguno de los que le aplauden viéndole subir, ignora lo poco que ha de durar y lo breve en que ha de caer; así que ninguna cosa retrata tan vivamente la presunción de los soberbios como las bufonerías del fuego. Solamente la pólvora, invención infernal, pudo ser retrato de tan endiablado vicio.” La soberbia resulta el pecado más perezoso, dice Quevedo. Lo es porque se encuentra ”tullido en el ocio infame del amor propio, de donde no se mueve hacia el prójimo y se olvida de Dios, siempre rellanada en la propia estimación.” El estoico advierte que la soberbia es vicio airado e injurioso, que es embriaguez y una especie de locura. Y que es, ante todo, ignorancia de lo impotente que es cualquier mortal. Dice el soberbio que nadie es como él, que él solo lo es todo. Que es todopoderoso, que es rico y fuerte. Y la muerte le responde al soberbio que es, como todos, un gusano.

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13, May 2019

El soberbio

Se hará su voluntad. La refinería se construirá y no habrá argumento, estudio, advertencia que cuente. Se hará en el lugar que el presidente escogió personalmente. Son incontables las voces que han advertido la insensatez del proyecto. Nada valen frente al capricho presidencial. Las empresas que el propio presidente describió como las mejores del mundo aseguran que el proyecto no puede concluirse satisfactoriamente en los plazos y con las condiciones definidas por el gobierno. Aún así, el presidente sigue con su proyecto y, para que no haya duda, lo hará él mismo.

No hay argumento que valga frente a la obcecación. Los límites legales le son indiferentes. Ya nos ha dicho que la justicia es más importante que la ley y es él, sólo él, quien puede definir el sentido de la justicia. El experto que discrepa de él deja de ser, en ese instante, experto. Será un sujeto sin autoridad moral, un desvergonzado que no merece atención alguna. Lo mismo habría que decir de las instituciones de aquí o de fuera que se atrevan a cuestionar el deseo del líder supremo. Lo único que dice respetar son los mandamientos. Ser honesto para poder ir a la iglesia el domingo, para entrar al templo. Más que los delitos, muchos de los cuales sugiere olvidar, le preocupan los pecados. Quien se dice admirador de Juárez ha usado la tribuna presidencial para amenazar a los pecadores con no ser admitidos en el templo. Quien viola los mandamientos, dijo el presidente de una república laica, comete pecado y por ello no podrá entrar a la iglesia el domingo.

Pues bien, siguiendo la pista del devoto, habría que hablar de pecados y, en específico de uno de ellos, la soberbia para evaluar la política presidencial. Es soberbia y no otra cosa lo que despliega el presidente al desconocer cualquier límite a sus pulsiones. Es soberbia su menosprecio de aquello que merece atención. El soberbio está convencido de su superioridad. Un humano que no se pertenece ya a sí mismo y que, por deberse al pueblo, se lo puede permitir todo. No es extraño que Fernando Savater describa este pecado como el “valor antidemocrático por excelencia.” Ese engreimiento anula, en efecto, la posibilidad del diálogo, cancela las precauciones y da permiso para romper cualquier regla. Andrés Manuel López Obrador no admite palabra a la altura de la propia. Por eso carece de consejeros y se ha rodeado de aduladores que guardan silencio frente al torrente de sus caprichos.

Francisco de Quevedo escribió líneas memorables sobre este pecado en un discurso sobre las cuatro pestes del mundo. En esos párrafos advertía que el soberbio jamás se reconoce. Teniéndose como superior, se imagina como el más humilde de todos. Se encuentra por eso más fuera de sí mismo que un loco. Airado e injurioso, el soberbio queda embriagado con el amor que siente por sí mismo. Ruin arquitecto es la soberbia, escribía Quevedo: “los cimientos pone en lo alto y las tejas en los cimientos.” ¿Qué ingeniero que discrepara de él merecería sus respetos? Si él decide construir su palacio en el agua, es porque ahí debe levantarse, aunque rezonguen los enterados. El augurio es claro: “nada consigue la soberbia menos que lo que pretende.”

El hombre que se imagina como el cuarto padre de la nación, no duda de sí mismo. Dueño de la verdad, del bien y del futuro. No duda de sus proyectos, de sus ideas, de su instinto. Con esa fe se imagina no solamente como el escultor del alma mexicana, sino también como el amo del subsuelo que a fuerza de determinación y honestidad mostrará que todos en el mundo están equivocados. Sólo él tiene razón. Él sabe más que cualquier experto. Él logrará lo que ninguna empresa en el mundo. ¡Y ay de aquél que se atreva a dudar de la hermosura de sus intenciones!

No es grandeza, es una hinchazón lo que vemos en el soberbio, decía San Agustín. “Y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano.” Será por eso que en todo soberbio se esconde el ridículo. Repitiendo siempre las mismas frases como si fueran sublimes hallazgos de sabiduría, vanagloriándose constantemente de su teatral humildad, sermoneando diario a la república sobre el camino de la santa virtud y la verdadera felicidad, insistiendo en que en su voluntad radica un poder mágico que cambiará la historia de la patria, fustigando a los demonios y a los pecadores, el presidente empieza a convertirse en una figura tan cautivadora como un tele-evangelista. 

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06, May 2019

Épicos y apocalípticos

La primera víctima del actual gobierno ha sido el sentido de proporción. Parece imposible medir, en su correcta dimensión, lo que acontece. Cada decisión, cada iniciativa, cada palabra, cada gesto se dispara de inmediato para adquirir proporciones absurdas. Épicos contra apocalípticos. Ese es el espectáculo que contemplamos. Por una parte, el cuento de un heroísmo que está dando vida a una nueva república. Por la otra, el lamento de quienes advierten el aniquilamiento de toda respetabilidad. Difícil aquilatar acciones y discursos. Hasta el silencio adquiere en esta hora dimensiones grandiosas. Si el presidente se tarda unos minutos en escribir un tuit se confirma que su verdadero deseo es dirigirnos al barranco. Si calla ante las provocaciones de Trump es muestra de su altura como estadista responsable. Hasta lo no dicho se sale de proporción.

Los extremos no pueden ver la misma imagen. Un hecho es dos. Por lo menos, dos. De ahí la destemplanza de nuestra polémica. Ahí la fuente de la orgullosa incomprensión que nos envuelve. Y sin embargo, los extremos coinciden en un convencimiento. La historia se acaba de romper. Todo cambió. Promotores y críticos del gobierno están de acuerdo en eso: en diciembre cambió todo. Tras las elecciones y la llegada del nuevo gobierno, el país rompió con sus herencias y empezó un camino radicalmente nuevo. Cuando el presidente dice que se acabó un periodo histórico y que está comenzando un nuevo día para México, sus mayores críticos le dan la razón. Se han tragado entero el cuento de la ruptura. México está a punto de convertirse en un paraíso de fraternidad o de volverse Mexizuela. El amanecer de la república auténtica o de la nueva dictadura. El sentido del cambio puede ser apreciado de manera radicalmente distinta. Lo curioso es que casi todos coinciden en ese juicio: el país rompió definitivamente sus herencias y empezó un camino radicalmente nuevo.

Dominados por esa persuasión común, los antagonistas cierran los ojos a las persistencias. Es mucho lo que se preserva del pasado inmediato. Si hiciéramos caso a la retórica presidencial, México ya cambió. Ya es otro. Nada quedaría del perverso modelo económico, ni un ladrillo de su régimen oligárquico quedaría en pie. La historia, sin embargo, no suele ser piadosa con los arranques de voluntad. No se pliega al deseo de reinvención y se burla de quienes se imaginan adanes.

No minimizo lo que ha pasado en los últimos meses. Murió el sistema de partidos, ha surgido un presidencialismo imponente, las oposiciones han desaparecido. No ignoro tampoco las secuelas de una serie de decisiones concretas: el nuevo impulso al clientelismo, el capricho como motivación irrebatible de la política pública, la sordera ante las advertencias que empiezan a amontonarse, el hostigamiento a la crítica. Todos estos cambios son profundos y serán duraderos. Al mismo tiempo, no podemos ignorar el cauce de las continuidades. López Obrador habrá querido arrancar de tajo la herencia política y económica del neoliberalismo, pero las persistencias son tan relevantes como las discontinuidades. Épicos y apocalípticos cierran los ojos a esas continuidades porque no embonan en el dramatismo de sus relatos, pero una evaluación ponderada de lo que acontece debería hacer recuento no solamente de las rupturas, sino también de las continuidades. En la relación comercial con Norteamérica, en el conservadurismo fiscal, en el respeto al banco central hemos visto a un neoliberal ortodoxo. En el trato con el presidente Trump hemos visto una indignidad pragmática que rinde homenaje a Videgaray y a Peña Nieto. En su pacto con el sindicalismo magisterial y en su apuesta por la opción militar para encarar el drama de la inseguridad vemos una nueva versión del calderonismo.

López Obrador no es solamente un ideólogo vehemente. Es también un político pragmático. Es necesario advertir en su liderazgo la activación de esos dos resortes. El populista hinchado de fe en sí mismo que desoye cualquier advertencia, que desprecia cualquier razón contraria, que ignora cualquier discrepancia y que vive para el conflicto. El político pragmático que advierte en ciertos ámbitos (la relación con Estados Unidos, la lucha contra el crimen, el Banco de México) límites que no tiene más remedio que respetar. La historia no se enfrenta nunca a la hoja en blanco.

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01, May 2019

Restablecer memorias

El 12 de mayo de 2008, a las 2:28 de la tarde, un terremoto golpeó la provincia china de Sichuan. Fue un terremoto de 8 grados que mató a más de 80,000 personas. El movimiento de la tierra sacudió también la carrera de Ai Weiwei. El artista que publicaba constantemente sus apuntes sobre la sociedad, la cultura y la política china en un blog, dejó de postear. Había perdido las palabras que pudieran describir la catástrofe. Ante la magnitud de la tragedia, el gobierno chino reaccionó con el reflejo de todos los regímenes autocráticos: censurar y mentir. Era imposible conocer la dimensión de la tragedia. El poder se empeñaba en ocultar y en silenciar. Un hecho, sin embargo, afloró muy pronto. Los niños y los estudiantes habían muerto en proporciones extraordinarias. Estudiaban en cientos de escuelas mal construidas. Centros de educación levantados sin el mínimo cuidado que se vinieron abajo con el sismo. Los estudiantes muertos no fueron víctimas de una naturaleza desalmada. Murieron por la corrupción gubernamental.

Fue entonces que Ai Weiwei reanudó su blog, transformándolo en un centro de investigación ciudadana. Convocó desde ahí a llenar los vacíos de la información. Lo importante era contrarrestar el silencio y las mentiras del poder. ¿Quiénes eran los estudiantes? ¿Cómo se llamaban? ¿cuándo era su cumpleaños? ¿Qué estudiaban? ¿Dónde vivían? ¿Quiénes formaban su familia? Se formó entonces un equipo que se desplazó a la zona del desastre para entrevistar a las familias de las víctimas y recoger, en sus libretas, los datos. Muchos ayudantes de Ai Weiwei fueron arrestados, muchos archivos destruidos. Sin embargo, esa intervención alumbró verdad, dio nombre y rostro a las víctimas. En una exposición en Munich que hizo poco después, colocó 90,000 mochilas sobre la fachada del museo. En chino podía leerse la frase de una madre que perdió a su hija: “Lo único que quiero es pedirle al mundo que recuerde que ella vivió feliz por siete años.”

No es extraño que la tragedia de México toque tan profundamente al artista chino. Aquí ha encontrado otra expresión de la barbarie de este siglo. La más cruel de las violencias, la más extendida corrupción. Miles de seres humanos que desaparecen. Cadáveres sin nombre. Tumbas clandestinas. Y el olvido como amenaza. El Museo Universitario Arte Contemporáneo aloja en estos días una exposición que nos habla a la cara. “Restablecer memorias” no es un depósito temporal de obras que circulan por el mundo, sino una pieza que toca la herida mexicana. Como lo hizo en su país, Ai Weiwei fue al encuentro de las víctimas para registrar el dolor y la impotencia. Si su intervención no logra alimentar una esperanza, cultiva, por lo menos, el empeño de la memoria. En su conversación con Ai Weiwei, Cuauhtémoc Medina recuerda lo que el artista advirtió a los familiares de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. “Necesitan mantenerse unidos y fuertes, porque estamos hechos de carne, nos cansamos, pero luchamos contra una máquina y las máquinas no se cansan.” El estado es una máquina infatigable. Su apuesta es la desmemoria de aquellos a quienes oprime.

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29, Abr 2019

Una sutil bomba

Es un grueso ladrillo blanco. La investigación que ha puesto en jaque al presidente de los Estados Unidos, en 448 páginas se ha publicado. Finalmente puede leerse el informe del fiscal especial Robert Mueller. Es cierto que no podemos leer la totalidad del escrito. Sus hojas están atravesadas por una infinidad de marcas que ocultan aquello que no puede ser revelado en estos momentos. No podremos leer información relacionada con juicios en curso, con revelaciones privadas, o material que se considera clasificado. El New York Times ha desplegado las hojas del documento para ver las cuartillas a vuelo de pájaro. Casi cada cuartilla está salpicada de manchas negras. Sobre todo el primer volumen del reporte, el referido a la intervención rusa en las elecciones presidenciales, parece un forcejeo entre el blanco de la información y el negro de la censura.

A pesar de los manchones, el informe es un documento extraordinariamente valioso. Sobresale, ante todo, por la solidez de su relato. En tiempo de noticias falsas, es una plomada de información dura, pensada para resistir la prueba de los tribunales y para salir airosa de la reyerta partidista. En tiempo de ardiente opinionismo es un objetivo recuento hechos. En tiempo de vehemencia ideológica representa el más estricto acatamiento de la ley. No es poca cosa el que, en esta era de soplones, los trabajos de la fiscalía permanecieran ocultos durante todo el tiempo de su investigación. Ninguna filtración salió de esa oficina. Los trabajos avanzaron sin que se colara a la opinión pública una gota de información que vulnerara el debido sigilo que debe guardar una comisión de este tipo. Los resultados de las investigaciones son presentados con ese rigor y esa sobriedad.

El informe es devastador para Trump. No es que presente a la opinión pública y al Congreso información sorprendente, sino que la expone de manera inobjetable. No se trata de una versión parcial e interesada sino de un informe frío y ecuánime que hace catálogo de serias transgresiones legales. La conducta de Trump como candidato y aún más como presidente está marcada por un profundo desprecio por la ley. No hay ninguna duda de que intentó activamente descarrilar los trabajos de la comisión investigadora y que ordenó mentir a su equipo. Si algo lo salva es precisamente el desacato de los subordinados que se negaron a seguir sus instrucciones. Gracias al documento de la comisión Mueller, la causa de la destitución presidencial cuenta con fundamento sólido. Lo que el jefe del Departamento de Justicia dijo apresuradamente después de recibir el informe de Mueller está muy lejos de la verdad. William Barr sostuvo que el fiscal autónomo no formuló acusación alguna de obstrucción de justicia y que exoneró definitivamente al presidente de los Estados Unidos. La verdad es otra. Hay abundantes pruebas de que el candidato y el presidente violaron reiteradamente la ley. Puede reconocerse en su conducta un auténtico patrón de ilegalidad. Lo que se dice en el quirúrgico lenguaje del informe es que, a pesar de haber encontrado pruebas convincentes de que Trump intentó obstruir la justicia, no considera tener las facultades legales para formular una acusación directa contra el presidente. En el informe están los hechos, solamente al Congreso corresponderá evaluar su significado legal y político. Sólo al legislativo correspondería proceder formalmente contra del Ejecutivo.

Al leer el informe del fiscal especial podemos claramente advertir que la argumentación jurídica es un arte de sutileza. El reporte de Mueller es un relato cuidadoso, un argumento bien anudado, una fina lectura de la ley. Pero es una bomba. ¿Qué deben hacer los demócratas con la verdad? Hay quienes creen los atropellos son tan graves y tan reiterados que deben proceder cuanto antes a activar los mecanismos de la destitución. Hay otros que consideran que, más que improcedente, sería inconveniente iniciar un proceso contra el presidente de los Estados Unidos que al final del día se estrellaría contra el muro republicano en el Senado. Creo que estos últimos tienen razón. En un clima de tan intensa polarización como el que se vive aquel país, la remoción de un presidente que para millones encarna la victoria sobre la clase política tradicional, sería vista como un golpe de las élites. Una confrontación constitucional alimentaría ese resentimiento que es el más potente combustible del populismo.

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22, Abr 2019

Mentira e ilegalidad

El país empieza a salir del libreto del presidente. Si durante años, el discurso del opositor parecía la más certera denuncia de la realidad, hoy se escucha como retórica escapista: mis números me elogian, los males provienen de otro tiempo, los conspiradores se empeñan en negar nuestros logros. Lo cierto es que el presidente ya no pasea triunfalmente. A pesar de la cortesanía de su entorno, no puede ignorar la multiplicación de la crítica. Sus rituales matutinos se descomponen. La política del chasquido estalla en todas partes con algo que sigue sin aparecer en su imagen de México: la complejidad.

Desde que se anticipaba su triunfo electoral rondaba una pregunta: ¿cómo reaccionará López Obrador ante una crisis? Tarde o temprano aparecería el infortunio, la crisis, el contratiempo que termina definiendo a una administración. Los reflejos de un presidente pueden ser más importantes que sus proyectos. Más que las ambiciones trazadas desde un inicio, cuentan los reflejos ante lo indeseado. La respuesta puede marcar la diferencia entre una crisis que se supera y una crisis que se ahonda. El presidente puede seguir invocando la herencia podrida, la fuerza de su triunfo electoral, el respaldo de sus medidas simbólicas, su innegable popularidad, pero tarde o temprano todo eso se irá desvaneciendo. ¿Qué sucederá cuando la inconformidad se extienda? ¿Cómo lidiará con los obstáculos? ¿Qué hará con la inevitable frustración? La inquietud empieza a aclararse. Y la respuesta que se dibuja no es alentadora. En estos días hemos tenido probaditas de crisis. Si hemos de juzgar por los reflejos ante los desafíos recientes, hay buenos motivos para la preocupación. Andrés Manuel López Obrador no tiene la disposición anímica, la prudencia institucional ni la humildad intelectual para sortear con agilidad una crisis.

Más que aferrarse a una ideología, el presidente se engancha a ese sustituto de pensamiento que son sus frases. Ante cualquier cuestionamiento, ante cualquier percance, ante cualquier sorpresa fastidiosa, acude a la boca del presidente un viejo acervo de frases hechas. Cualquier crítica es tachada como un ataque interesado de sus adversarios que son en realidad conservadores que son en realidad hipócritas. Los otros no tienen autoridad moral porque callaron, porque fueron cómplices, porque pertenecen a una mafia. La moral la encarna él porque no es como los otros. Valdría la pena llevar el conteo de esas frases selladas que el presidente repite mil veces para no atender crítica alguna, para evadir preguntas incómodas, para cerrar los ojos a lo incómodo. George Orwell entendía el significado de esas palabras petrificadas. Las frases hechas exhibían una cabeza que ha dejado de pensar. Un cerebro repite fórmulas secas porque no se aventura a contrastar su prejuicio con la realidad.

Hermética, sorda a las valiosas interpelaciones de la crítica, altanera y displicente, la palabrería presidencial termina celebrando la mentira y la ilegalidad. El presidente tendrá otros números, aunque los fastidiosos datos provengan de su propia administración. Quien ha hecho juramento de verdad, miente cotidianamente. Con desparpajo trumpiano ignora los reportes oficiales, inventa datos, falsea tendencias, engaña. No solamente la verdad es víctima de esa impetuosa palabrería. La ley también sucumbe a la cerrazón. A desconocer la ley vigente, a dejar de cumplir la constitución ha ordenado el presidente López Obrador. Lo ha hecho públicamente con un documento infame, un auténtico decreto por la ilegalidad. El razonamiento presidencial será aberrante pero no es oscuro: la ley ha de incumplirse si es injusta y quien descubre la injusticia de una ley es, por supuesto, el presidente. No me gusta esta ley: ignórese.

Es importante registrar que la secretaria de gobernación, antigua ministra de la Suprema Corte de Justicia, ha guardado silencio después del ignominioso bando. Nada ha dicho y se mantiene, hasta el momento, en su puesto. ¿Significa ese silencio que acatará la instrucción presidencial? Qué penoso sería que esa fuera la coronación de una trayectoria pública. Las lealtades y las intimidaciones de la política suelen poner a prueba la dignidad.

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15, Abr 2019

Engaños del éxito

Andrés Manuel López Obrador conoce su Maquiavelo. Lo conoce, pero no es claro que lo entienda. Lo invoca, pero no puede decirse que haya aprendido lo que es verdaderamente central en su obra: la política como un arte de audacia y de prudencia. A pesar de que el presidente se describe como el moralista empeñado en derrotar al cinismo de la burda ambición, las ideas o, más bien, las expresiones del renacentista maldito aparecen reiteradamente en su discurso. Lo ha mencionado directamente en alguna de sus conferencias de prensa. Celebrando hace poco que la suerte le favorecía, defendió, con el autor de El príncipe, la relevancia del azar. “Decía Maquiavelo que se necesitaba virtud y fortuna para la política.” Es imposible pensar una política a salvo de lo impredecible. No es el político un territorio de regularidad que pueda eliminar la sorpresa. Por eso el conspiratismo que el propio presidente alimenta sea, de tan coherente, absurdo. López Obrador ha invocado también al florentino cuando ha trazado como emblema de su ambición histórica nada menos que la “gloria”. Como lo pensaba Maquiavelo, la política no consiste en la administración del poder, sino en su utilización para refundar la nacionalidad, para rehacer la historia. Nada menos. También puede escucharse un eco maquiavélico cuando se escucha al presidente advertir que en el gobierno hay que elegir entre inconvenientes. No suele presentársele al gobernante el dilema entre un bien nítido y un mal ostentoso. Las fronteras entre ellos son confusas y, en ocasiones, la única posibilidad es evitar el mal mayor. Entender que hay que elegir entre inconvenientes es una buena advertencia al propio López Obrador quien habita el mundo del simplismo moral. El presidente no suele hacerse cargo de esa invitación a la madurez moral que hay en el humanismo maquiaveliano.

López Obrador parece tropezar con una de las piedras más peligrosas en la política: el éxito. Quien ha conquistado el poder llega a la persuasión de que debe continuar el camino que emprendió para lograrlo. Cree que lo que funcionó antes, funcionará después. Tiene lógica y parecería absurdo recomendar otra cosa. Si una estrategia ha funcionado, lo más sensato sería insistir. ¿Por qué habría de ensayarse algo distinto si lo que se ha hecho anteriormente ha funcionado? Quien ha derrotado enemigos poderosos, quien ha remontado mil adversidades, quien ha trepado hasta la cima del poder, pensará que debe ser fiel a su estilo y a su actuar. Si así pudo vencer a los enemigos de antes, vencerá a los de ahora.

El problema es que las circunstancias cambian, que los desafíos se transforman constantemente, que la historia es más azar que rutina. Por eso advierte Maquiavelo que lo que ayer encumbró al ambicioso, mañana arruina al poderoso. Esa es, tal vez, la mayor dificultad que enfrenta el gobernante: ser capaz de soltar los emblemas de su triunfo, desprenderse de las medallas de su orgullo. El político suele esclavizarse a sus prácticas y a sus rutinas. Se convence de que la reiteración es la única política digna y eficaz. Empieza a actuar mecánicamente sin prestar atención al flujo de los acontecimientos y al impacto de sus decisiones. Cree que tarde o temprano la realidad cederá a sus deseos. Se ata a sus manías como si fueran el mármol de su identidad pública. Detenido en los logros de su pasado, cree que la repetición es la única forma de ser auténtico. Quien fuera osado se niega entonces al riesgo de la innovación. El opositor tenaz se convierte en un gobernante obsesionado con sus pleitos de antes, sus diagnósticos de antes, sus recetas de antes. Cualquier intento de repensar la estrategia es sentido como una traición. Remembrar los éxitos del pasado es una forma de cerrar los ojos a los frescos desafíos del presente. Es el engaño del éxito.

El terco es enemigo del ágil. Quien, como Andres Manuel López Obrador, conquistó el poder gracias a una tenacidad extraordinaria corre el riesgo de quedar congelado en un éxito pretérito. Al comenzar su sexenio, su política parece ya entumecida y miope. Una política decidida a repetir sus cantaletas, pero indispuesta a dialogar con las circunstancias.

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