15, ene 2018

La candidatura atada

El candidato del PRI es ya dueño de su campaña. Es responsable del equipo que lo acompaña, del mensaje que proyecta, de las respuestas que ofrece. Al ser designado se presentó insistentemente como el ciudadano apartidista al que respaldaba un partido en busca de renovación. Quiso convencernos de que el PRI era el único partido que se abría a “los ciudadanos” y que con su postulación daba muestras de cambio. El argumento era insostenible desde el principio. La nominación de José Antonio Meade no fue otra cosa que la reafirmación del poder absoluto que el presidente ejerce sobre su partido. Si se eliminaron las antiguas restricciones fue para dejar el camino abierto al dedo presidencial. El antidemocrático ritual priista resultó irrelevante pues ninguno de los partidos pudo ofrecer contraste. Ni siquiera el PAN, que había sido una organización ejemplarmente abierta a la competencia interior, se atrevió a ventilar sus opciones.

La gran ventaja de Meade era curiosamente que pocos electores lo conocían. Con una larga trayectoria en el sector financiero y en distintas oficinas de la administración, había permanecido lejos del escenario propiamente político. Precisamente por eso podía presentarse ante el país, darse a conocer a los millones de electores que no reconocían su apellido ni su rostro. Es mucho lo que tiene todavía que hacer el candidato para ser conocido pero ya ha deshecho la carta “ciudadana” que en un principio blandió como su bandera distintiva. Es imposible distinguir su discurso del discurso del priismo tradicional; es imposible advertir acentos propios en su lenguaje, estilos diferentes. Ha roto incluso con la línea de la tecnocracia priista en la que era perceptible un acento crítico a la tradición de su partido. La falta de credencial priista ha hecho del candidato aún más dependiente de sus complicidades. Por eso, más que dirigir al PRI hacia el cambio, más que proponerle una ruta distinta, ha sucumbido a él. En uno de sus primeros actos públicos pidió que el priismo y, particularmente lo más arcaico de ese partido, lo “hiciera suyo.” Desistimiento del liderazgo: un candidato que lejos de sugerirse como catapulta de transformación, implora su propia absorción.

Un candidato necesitado de hacerse oír ha desperdiciado cada oportunidad que tiene un micrófono cerca. Nadie podría recordar una línea, una idea, una propuesta. Mientras nos dedicamos a reaccionar ante cualquier ocurrencia de López Obrador, somos incapaces de identificar una idea innovadora del candidato del PRI. Si no tiene buenos reflejos, tampoco tiene imaginación. No hay en sus palabras el bosquejo de un futuro deseable. Nos ha dicho que le ilusiona que México sea una potencia pero ese propósito ve a México desde fuera. Pensar a un país como una potencia es delinear alguna superioridad frente a otros países. Nada dice esa fórmula de lo que es el país para sí mismo. Ha dicho también que hay que recortar la distancia entre el México real y el México que soñamos. Pero, ¿con qué país sueña él? Con ninguno que resulte seductor.

A la defensiva desde el primer momento, el candidato priista no oculta reflejos abiertamente autoritarios. A la denuncia del gobernador de Chihuahua respondió con infundios y acusaciones grotescas. Quien denuncia la corrupción priista es, en realidad, un delincuente, un torturador. Para Meade el primer gobernador de la historia reciente que miente es quien ha emprendido una campaña contra la corrupción priista. A animalpolitico, un prestigiado medio de comunicación, un espacio informativo al que el país debe mucho en los últimos años, el candidato del PRI amenazó abiertamente, por medio de su vocero, con una denuncia ante los jueces.

La malhadada campaña de Meade nos deja, quizá, una lección inmediata. Lejos de lo que se cree normalmente, el servicio público es mala escuela de la política. Es, por lo menos, una escuela insuficiente. Lo veía con claridad Max Weber en su ensayo sobre la responsabilidad política. Si la democracia era valiosa era, sobre todo, porque podía mantener a raya el poder de los burócratas.

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10, ene 2018

Ética del pedaleo

OtraModernidad

Ante el “estancamiento de la imaginación política” de nuestro tiempo, Humberto Beck ha rescatado la profética inactualidad de Ivan Ilich en su libro más reciente. Otra modernidad es posible. El pensamiento de Ivan Ilich (Malpaso, 2017) es una de las piezas más sugerentes de reflexión crítica que se hayan publicado recientemente. Tal y como lo muestra Beck, en el pensamiento de Ilich hay una pista de modernidad que hemos cancelado desde hace siglos. Una modernidad que no se subordina a las herramientas, que no se somete a la prisa, que no atiza enemistades, que no se ahoga en la incomunicación. Esa modernidad que embona con las ilusiones liberales o socialistas. Más que a la utopía de la libertad individual o de la igualdad, los trazos de Ilich dibujan una utopía de la convivencia.

La presencia de la amistad es la célula madre de esa sociedad convivencial. “Para Ilich no había mayor don existencial que la presencia de un amigo,” dice Beck. Estaba convencido de que los vínculos mecánicos y las rutinas de la organización institucional imposibilitaban esos milagros del encuentro. Para Illich, más que desandar siglos, hay que volver a pensar el sentido de la convivencia, las posibilidades del afecto, el servicio de los instrumentos, el impacto de las instituciones, el efecto de nuestros deseos. El pasado no es el lugar al que hay que regresar. Es, más bien, un espejo que desafía nuestras certidumbres.

El enemigo del coche, de la escuela y del hospital estaba convencido de que hemos sido secuestrados por las herramientas. Poco a poco los instrumentos que fabricamos se convierten en fines y nosotros en títeres del artefacto. Rendimos culto a los utensilios que nos exclavizan. El camino, lejos de acercanos a la meta, nos aleja de ella. La medicina institucionalizada se ha convertido en la peor amenaza para la salud. A medida que diseñamos coches más veloces y hacemos más amplias las autopistas, entregamos más tiempo al traslado. Compramos un coche imaginando que el vehículo ampliará nuestra libertad cuando, en realidad, nos apriosiona. Nos hace trabajar para comprarlo y para alimentarlo cotidianamente con combustible. Nos encierra durante horas para trasladarnos de un lado a otro de la ciudad. Y la escuela, lejos de alentar el conocimiento, la curiosidad, el entendimiento, es un expendio de títulos que legitiman la exclusión. Un aberrante monopolio. ¿por qué consentimos que la escuela sea, en términos prácticos, requisito de pertenencia moral a la sociedad?

Javier Sicilia lo llamó con razón un “profeta de la desgracia.” Supo ver antes que nadie que nuestras instituciones son jaulas y que nuestros ideales engaños. En los expertos hemos depositado una fe incompatible con una sociedad abierta y fraterna. Nuestro tiempo, dice Ilich es del de las profesiones inhabilitantes. Nosotros tenemos problemas mientras los expertos dispensan las soluciones. A los técnicos corresponde decidir lo que es conveniente y a nosotros toca dar las gracias. A un abanico de técnicos hemos entregado cuidados que no deben transferirse nunca. La cultura no es propiedad de nadie.

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08, ene 2018

Cállate y teje

En buen momento se han publicado las dos conferencias de Mary Beard sobre la voz pública de las mujeres. La estudiosa del mundo clásico ha reunido dos charlas en un elocuente manifiesto (Women & Power, Liveright Publishing Corporation, 2017). Con su fresca erudición rastrea el origen y los alcances de nuestra misoginia. En La Odisea hay un pasaje que captura nítidamente la cancelación de la voz femenina. En el primer libro, Penélope desciende de su habitación para encontrar una multitud de pretendientes. Un hombre canta a la tristeza de la guerra y ella le pide, frente a todos, que cante algo más alegre. Telémaco, su hijo, interviene para callar a su madre. “Vete a tu habitación y dedícate a lo tuyo, al telar y a la rueca. Ordena que las esclavas de ocupen de lo propio. La palabra es cosa de hombres, de todos, pero aquí es sobre todo mía, porque es mío el poder de este palacio.” Un adolescente calla a su madre. Ella cumple la orden y en silencio se retira. Mary Beard se detiene en la expresión que usa Telémaco para silenciar a su madre. Al decir que la palabra es asunto masculino emplea el término muthos. Lo que describe el término es un tipo de expresión pública cargada de autoridad. Un discurso sobre los asuntos comunes que merece ser escuchado por otros. Al tapar la boca de su madre, Telémaco cancela la voz pública de las mujeres. Si ellas pueden hilar oraciones ha de ser para la vida íntima, para la familia. Podrán pronunciar palabras para arrullar a un niño, podrán hablar para enamorar a un hombre, podrán chismear pero nunca intervenir en el ágora.

La propia historiadora ha contado que pasó muchas veces por el pasaje del muchacho callando groseramente a su madre, sin reparar en el significado de esa intervención. Más de veinte años leyendo el libro si percatarse del simbolismo de esa terrible orden. Al preparar sus cursos, releía La Odisea sin hacer pausa en el fragmento. Para ella misma la anulación había sido imperceptible. Finalmente se detuvo en el episodio y se dio cuenta de que se trataba, ni más ni menos que de un momento fundacional para Occidente. Es en esa pieza seminal de nuestra literatura que se declara como masculino el discurso público y se decreta el silencio de la mitad del género humano. Ahí mismo se define como un deber del hombre el cuidar que las mujeres no invadan esa esfera. Para ser hombre, callar a la mujer.

La primera conferencia de Mary Beard fue traducida en 2014 por Letras libres. Ahí puede conocerse la fantasía de un orador romano que en el segundo siglo después de Cristo llamaba a sus oyentes a imaginar una epidemia que sojuzgara de pronto a todo un pueblo. Los hombres y aun los niños súbitamente perderían el vigor de la voz y hablarían como mujeres. Ingobernable sería esa ciudad de timbre agudo. ¿Habría plaga más terrible que esa?, preguntaba a sus oyentes. Sin duda correrían todos los hombres a buscar el auxilio de los dioses y estarían dispuestos a cualquier sacrificio con tal de recuperar el tono de su voz. No bromeaba, concluye Beard. Su alegoría repetía el temor que provoca la otra voz. No son escasos los testimonios de la literatura clásica que asocian la autoridad con la gravedad de la voz masculina. Durante milenios hemos cultivado en nuestro oído una perversa sensibilidad: escuchar el rugido del león como portador de sabiduría y valor. Descartar la voz aguda como timbre de cobardía, demencia, fragilidad. Llevamos un par de milenios, sugiere Beard, escuchando en la voz de las mujeres una frecuencia peligrosa para la salud del Estado. Una voz que no merece oído.

En su acercamiento al mundo clásico, Mary Beard no ha prestado atención particular a la condición de la mujer. Difícilmente podría decirse que es una historiadora feminista. Más que el enfoque de género, lo que ha caracterizado su lectura de la historia es la condición de los comunes: ¿qué hacía reír a los romanos?, ¿quienes colocaban las sillas y llevaban los refrescos al circo? ¿cuáles eran los hábitos de higiene en Pompeya? Al intervenir en la conversación pública a través de los medios, fue percatándose de la violencia con la que eran recibidas sus reflexiones. Sus críticos no argumentaban discrepancias sino daban rienda suelta al prejuicio y al odio. Al burlarse de su apariencia, al amenazarla de la manera más grotesca, le gritan como Telémaco a su madre: cállate la boca y dedícate a tejer. Ella no ha cerrado la boca. Lejos de tomar el estambre, habla, argumenta, discute y exhibe sus odiadores. Sugiere, además, que la mujer debe rehusarse a impostar la voz para transformar la idea misma del poder. Si la mujer ha sido excluida del poder, le corresponde, más que conquistarlo, rehacerlo.

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04, ene 2018

La conspiración de la fealdad

La sorpresa, más que el plan, define el futuro. Por eso sólo con preguntas podemos abordarlo, sabiendo que cualquier respuesta preludia el desengaño.

Es de la ciudad de la que me atrevo a hablar. De esa “madre que nos engendra y nos devora, que nos inventa y nos olvida”. Ahí está el enigma del futuro mexicano. En el enjambre de autobuses, teatros, callejones y plazas están los otros y está también, como escribió Octavio Paz en su poema, “un yo a la deriva”. Aquí, en la ciudad, la abstracción de lo político y los fantasmas de la historia se hacen palpables: es el mercado y el parque; es el reposo y el tráfico, el encuentro y el refugio.

Para imaginar la ciudad de poco sirven las coordenadas habituales. Tengo la impresión de que los dilemas políticos nos engañan en este ámbito. Nos presentan disyuntivas que conducen al mismo embotellamiento y subrayan diferencias que poco cuentan en la banqueta. Imaginamos lo que viene dependiendo de una votación. Creemos que en las disyuntivas electorales, en las opciones ideológicas, en el contraste de las personalidades está la clave del mañana. Unos confían en la perseverancia, otros anhelan el tijeretazo con el pasado. Unos describen al adversario como populista, otros ven la calamidad en la tecnocracia. Con eso nos tienta la temporada: dramatizar el peso del voto para imaginar que la felicidad o la miseria cuelgan de una suma o de eso que llaman, con grandilocuencia, “proyecto de nación”.

Yo encuentro, al salir a la calle, una disputa por la ciudad que en poco se corresponde con ese cuento de las ideologías en pugna. Un valor discreto y esencial, pensado habitualmente como apolítico, está en el núcleo de esa batalla. Se le tildará de melancólico y aún de aristocrático pero es un valor republicano esencial. Más que económico o político es un valor estético. Ahí es donde encuentro pregunta pertinente al futuro mexicano. ¿Seguirá expandiéndose el dominio de la fealdad? ¿Continuará avanzando lo horripilante de la mano de la corrupción y el desprecio a lo común? ¿Seguirán aliadas la codicia y la demagogia para corroer decididamente la tela de la ciudad? Esa es, sin duda alguna, una marca de nuestro pasado reciente: el avance generalizado e irresistible de lo feo. Obra pública que agrede y que nos arrincona; construcciones privadas que ofenden, la terca extorsión de lo indómito.

 

El artículo completo puede leerse en la edición de aniversario de nexos.

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01, ene 2018

Nueces de 2017

El 16 de octubre renunció el Procurador General de la República. En su discurso, Raúl Cervantes dijo lo siguiente: “La PGR ha concluido las investigaciones sobre uno de los mayores esquemas de corrupción internacional que en América Latina y en México se hayan visto. El complejo esquema para corromper funcionarios, obtener contratos públicos de manera indebida y luego tratar de esconder el dinero mal habido en paraísos fiscales, puso a prueba nuestra determinación y a nuestras instituciones. (…) En los siguientes días se harán las imputaciones correspondientes ante el poder judicial federal.’’

Llegó el 17 de octubre y el 31. Llegó y se fue noviembre. Terminó el 2017. No pasó nada. Es importante recordarlo en el primer día de 2018: a la fecha no se ha presentado ningún cargo relacionado con esa complejísima maquinación corruptora. Ninguno. Con la investigación concluida, la procuraduría mexicana guarda silencio apostando, nuevamente, al olvido. Gobiernos, presidencias, ministerios caen en toda la región. En México no pasa nada.

*

2017 fue el año de la bestia. La masculinidad enferma estuvo en el centro de la atención mundial, desde que asumió el poder como presidente de los Estados Unidos un hombre que festinaba su abuso sexual. Las mujeres son incapaces de resistir el poder de un famoso, decía entre carcajadas. Unos meses después, el abusador ganaba las elecciones. A lo largo del año hemos escuchado revelaciones de abuso en el mundo de la política y del cine, del periodismo y de la comedia, de las salas de concierto y de los estudios de televisión. Las historias que han salido a flote son antiguas pero en estos meses se han hecho públicas retratando un abominable código depredador. Hombres de poder que han usado su condición para humillar sexualmente a sus víctimas. El sexo convertido en vehículo del odio y del desprecio. Lo dijo Salma Hayek mejor que nadie al denunciar al monstruo que intentó someterla: “Para él yo no era una artista; ni siquiera era una persona. Era una cosa: una nadie, solo un cuerpo.”

La catarata de las denuncias muestra el poder del ejemplo. El valor de una víctima que se atreve a denunciar es aliento para otras. Que esas historias hayan roto el sello de silencio en Estados Unidos y que hayan tenido consecuencias es muestra de que las cosas pueden cambiar. Que pueden terminar con lo que Rosa Montero llamó normalidades aberrantes. A golpe de denuncias dejaremos de aceptar la supuesta normalidad de lo abyecto.

México espera esos escándalos. ¿Cuántos abusos sexuales siguen escondidos en el Congreso, en los juzgados, en la diplomacia, en el periodismo, en el mundo del espectáculo? No conocer esos testimonios es prueba de que la abyección sigue siendo norma.

*

No hay opción, dijo el tecnócrata.
No hay restricción, respondió el populista.

*

No, el tema de hoy no es la economía. No votamos por lo que tenemos (o por lo que carecemos) sino por aquello que creemos ser. La nostalgia de una comunidad que se siente amenazada parece ser el impulso que mueve la política en todo el mundo. “Es la cultura, estúpido,” parafraseaba Timothy Garton Ash, el brillante historiador del presente. La lengua, la raza, los recuerdos comunes, la fe mueven la política de nuestros días. Para el antropólogo indio Arjun Appadurai, el fenómeno no es ninguna sorpresa. Hace una década escribía que la nación-Estado “ha sido reducida a la fantasía de que su identidad étnica es el único recurso cultural sobre el que puede ejercer un control absoluto.” Impotente para tantas cosas, la política parece ofrecernos solamente la ilusión de una identidad amurallada. La cultura: el consuelo de una política agotada.

*

“–¡Qué  gran monarca! No parece monarca
–¡Qué gran general! No parece militar.
–¡Qué gran sacerdote! No parece eclesiástico.
Mal síntoma cuando los oficios comienzan a elogiarse por la negativa.”

El síntoma de apreciar a quien negaba la leyenda de su oficio lo detectaba hace muchos años Alfonso Reyes. Enorgullecerse de una incoherencia. ¿No deberíamos decir lo mismo del espectáculo del día:

–Es un buen político porque no parece político.
–Es de izquierda pero, ¡qué conservador es!
–Es priista pero ni lo parece.

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27, dic 2017

Migajas de 2017

El acontecimiento editorial del año fue el rescate de los inventarios de José Emilio Pacheco. Las legendarias columnas de Proceso firmadas por jep, finalmente reunidas. Tres volúmenes publicados por Era en donde puede recordarse uno de los genios del poeta: hacer la crónica del presente a partir de lo remoto, entender los hechos con los instrumentos de la imaginación, comprender la circunstancia escapando de ella. En la estupenda selección de Héctor Manjarrez, Eduardo Antonio Parra, José Ramón Ruisánchez y Paloma Villegas podrá encontrar el lector de hoy la mejor vacuna a esa cárcel de inmediatez que nos oprime. No hay pasado ajeno. Tampoco extranjería. Todos los tiempos, en este instante y en cada ser humano la circunferencia completa de las emociones.

*

Dunkerque, la extraordinaria película de Christopher Nolan, retrata un inusual evento histórico: “una derrota militar con final feliz”. Así describe el historiador Michael Korda la huida del ejército británico de las costas francesas. La intensidad de la película no puede separarse del tiempo que corre. A la luz de Brexit, Dunkerque es una cinta que hace la épica de una nación que huye de Europa. Si algo destaca en la cinta es la ausencia del otro. Los alemanes acechan desde el primer instante pero no se ven. Se escuchan sus bombarderos pero no sus voces; se ven sus torpedos y aviones pero nunca sus rostros. Tampoco aparecen indios, que contribuyeron singificativamente al rescate. Max Hasting, al ver la cinta describió la actualidad política de la película: Dunkerque glorifica la soledad de la nación.

*

De Poesía reunida de Ida Vitale que Tusquets publicó estre año:

Celebrar este árbol,
avizorar el hueco
que va a suplirlo pronto.

*

No es infrecuente que las revistas tengan épocas, que vivan relevos, que cambien de piel. Lo raro es que renazcan. Eso puede decirse de la Revista de la Universidad de México. Bajo la conducción de Guadalupe Nettel, la revista es otra y vuelve a ser lo mejor que ha sido. A distinguirse de quienes no ven a su alrededor o de quienes lo hacen con indiferencia, convocaba la editora en la presentación del nuevo ciclo. Cada número propone un asunto para la conversación y lo aborda desde todas las disciplinas. El arte, la ciencia, la literatura explorando la identidades, la sobrevivencia, las rupturas y las pertenencias. En su nueva época, la RUM rescata voces que nos siguen hablando y ofrece un rico diálogo de percepciones. Lo mejor es que ha logrado desentonar con el coro de nuestra endogamia.

*

Después de su poderosísima cinta, Fuerza Mayor, el sueco Ruben Östlund dirigió The Square. Un extraordinario talento tiene el director para provocar la incomodidad de su auditorio. Su cine coloca al espectador bajo la pinza de un experimento. Östlund nos llama a identificarnos con lo vergonzoso. The Square ganó este año la Palma de Oro de Cannes. Teniendo como escenario el arte contemporáneo, es mucho más que eso: una exploración de la insensibilidad de nuestro tiempo. El arte secuestrado por la retórica es buena metáfora de la hipocresía que marca nuestra era. Egos inflados con palabrería, vanidades de nobles intenciones, sumisiones de manada disfrazadas de genialidad artística.

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18, dic 2017

El faro de la moralidad

No tenemos derecho a sorprendernos con Andrés Manuel López Obrador. El político más visto es tan tenaz como predecible. Sea cual sea la ocasión, sea cual sea el auditorio repetirá las cuatro o cinco frases que pronuncia con la convicción de estar descubriendo una hondísima verdad que sólo a él le ha sido comunicada. Reaccionará con la misma intolerancia si alguien osa hacerle una pregunta incómoda. Hablará de la autoridad moral y de la mafia del poder; del cambio verdadero y de las maravillas que producirá su ejemplo cuando él pueda sentarse, finalmente, en la silla presidencial. Verlo ahora flanqueado por la ultraizquierda y la ultraderecha es la perfecta representación de su coherencia. Sí: López Obrador es coherente al presentar como sus aliados a los partidos más antagónicos de nuestro escenario porque está convencido de que en él (y sólo él) encarna una virtud que todo lo concilia.

Para el antiguo priista no importa que a un lado suyo esté un admirador de la dictadura norcorerana y del otro lado tenga a quienes pretenden aniquilar al Estado laico. Si respaldan a López Obrador son, ya, apóstoles de la regeneración. Las ideologías son irrelevantes; los programas partidistas no cuentan. Lo que en verdad importa para el fundador de MORENA es la fuente de la política. Si una iniciativa viene del limpio manantial de López Obrador será una propuesta digna, íntegra y ejemplar. Pero si viene de otro lado—de cualquier lado que no sea él mismo, será una iniciativa sucia, indecente, perversa. Podríamos hablar de propuesta idénticas para subrayar el contraste de perspectivas. La calca de una propuesta es, no lo mismo sino lo opuesto, si la defiende el adversario. Si lo propongo yo es patriotismo; si lo pides tú es traición.

No debe ser sencillo imaginarse como el faro de la moral nacional. La gran ventaja de verse en ese espejo es que permite cualquier incoherencia. Lo bueno existe en función de la lealtad al caudillo. Y si el caudillo cambia de parecer, la brújula moral lo sigue fielmente. Es la cercanía a López Obrador lo que valida o condena. Quien no se suma a su causa es cómplice de la mafia del poder. Si la candidata indígena no le jura lealtad y se incorpora a su campaña no hace más que hacerle juego a los mafiosos. Y si un mafioso lo respalda, ha vuelto a nacer. Lo ha dicho abiertamente y de muchas maneras. Lo ha demostrado también en repetidas ocasiones. Cuando un político llega a la costa de MORENA es inmediatamente absuelto de todos sus pecados. Criticar su pasado es servir al sistema. Todos los días conocemos un nuevo caso: el tesorero, el administrador, el representante de un gobernador preso o en fuga, es recibido en MORENA como un demócrata sin pecado concebido. Ahí está el origen de su mesianismo: quien me siga será purificado. López Obrador, en realidad, no se considera el guía sino el camino.

Desde sus inicios, el político tabasqueño ha hecho causa en la lucha contra la corrupción. Si hoy tiene buenas probabilidades de ganar la presidencia es precisamente porque ha sido un crítico tenaz de la ostentación y de las pillerías de la clase política y porque, en lo personal, se ha mantenido al margen de los escándalos que han ensuciado a tantos. Y sin embargo, valdría advertir que a López Obrador le irrita mucho la corrupción de sus adversarios pero le tiene sin cuidado la corrupción de sus aliados. Si hay indicios de fraude en sus filas, saltará de inmediato a advertir que las pesquisas son una agresión de la mafia del poder. Intensa pero selectiva es la indignación moral de López Obrador.

Quienes se sorprenden de la alianza de MORENA con el PES es porque optaron por desoír el rancio conservadurismo de un político que sugiere poner a voto la vigencia universal de los derechos. Quien se dice juarista ha hecho pacto con quienes explícitamente buscan tirar a la basura la herencia liberal. A su lado busca el “bienestar del alma”, declaró López Obrador para justificar lo injustificable. Puede ser muy irritante el pacto de MORENA con la ultraderecha del PES pero la alianza con el PT es igualmente repulsiva. Lo digo no solamente por su demencial defensa de la peor tiranía del planeta, sino también por sus demostrables corruptelas. Si hay pragmatismo en ese pacto que sirva por lo menos para abandonar la cantaleta de la autoridad moral.

Eso sí: la coherencia del político no está en duda. Quien encarna la moral pública sólo puede ser cuestionado por los inmorales.

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13, dic 2017

Chávez y el cultivo de la humildad

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En su nueva colección Opúsculos, El Colegio Nacional ha rescatado un viejo discurso de Ignacio Chávez ante el Congreso Mundial de Cardiología. Hace casi sesenta años, el médico reflexionaba sobre las promesas y los peligros de la especialización médica. Su mensaje es uno de los mejores argumentos por la conciliación de las culturas. El educador buscaba el acercamiento de esos dominios que nuestro tiempo se ha empeñado en enemistar: la ciencia y la filosofía, la técnica y la poesía, la medicina y las humanidades.

Chávez, por supuesto, reconocía los beneficios de la especialización. Sabía que adentrarse en los vericuetos de un órgano aceleraba la ciencia y daba más herramientas para la atención del enfermo. También advertía los costos. Hay en la especialización una “enorme fuerza expansiva de progreso”. Gracias a ella contemplamos el avance espectacular de nuestra disciplina. Al mismo tiempo la especialización era “fragmentación, visión parcial, limitación de nuestro horizonte. Lo que se gana en hondura se pierde en extensión. Para dominar un campo del conocimiento, se tiene que abandonar el resto; el hombre se confina así en un punto y sacrifica la visión integral de su ciencia y la visión universal de su mundo. Sufre con ello su cultura general, que se ve obligado a soltar, como se suelta un lastre; sufre después su formación científica, porque deja de mirar la ciencia como un todo, para quedarse con una pobre pequeña rama entre las manos; sufre, por último, su mundo moral, porque el sacrificio de la cultura constituye un sacrificio de los valores que debieran fijar las normas de su vida. Y en este drama del hombre de ciencia se perfila un riesgo inminente: la deshumanización de la medicina y la deshumanización del médico.”

Como Alfonso Reyes, pedía el latín para las izquierdas, toda la literatura del mundo para México, su cardiólogo invitaba a sus colegas pasear por los jardines atenienses. El argumento de Reyes era que esa cultura no nos era ajena, que no podríamos pensar que sólo lo endógeno nos era propio. Nuestro es todo el caudal de la cultura de Occidente. En ese mismo sentido, sugería Chávez que no había mayor mutilación parea el médico que la amputación de la cultura humanística. Lo decía porque sabía bien que el humanismo no era un lujo: “Humanismo quiere decir cultura, comprensión del hombre en sus aspiraciones y miserias; valoración de lo que es bueno, lo que es bello y lo que es justo en la vida; fijación de las normas que rigen nuestro mundo interior; afán de superación que nos lleva, como en la frase del filósofo, a ‘igualar con la vida el pensamiento’. Ésa es la acción del humanismo, al hacernos cultos. La ciencia es otra cosa, nos hace fuertes, pero no mejores. Por eso el médico, mientras más sabio debe ser más culto.”

Cuidaba Chávez, ni más ni menos, que la autoridad de su disciplina. Cuidaba el ascendiente del médico que no es simple superioridad de información técnica. En cada diagnóstico hay algo más que comprensión: simpatía. “El médico no es un mecánico que deba arreglar un organismo enfermo como se arregla una máquina descompuesta. Es un hombre que se asoma sobre otro hombre, en un afán de ayuda, ofreciendo lo que tiene, un poco de ciencia y un mucho de comprensión y simpatía. ¿Por qué hemos de dejar perder ese aspecto fundamental, humano, que no viene de nuestra ciencia sino de raíces más hondas, de nuestra cultura que nos fija un deber y de nuestra sensibilidad que traduce, parafraseando a Peguy, un impulso del alma hacia el bien.” Al decir esto, al pasearse por los jardines de la Academia, Chávez imaginaba la sonrisa escéptica de sus colegas: ¿para qué me sirven esas cosas, si con mi técnica y mi ciencia, con mis herramientas y mis pócimas puedo dominar la ciencia de la cardiología.

Hacía entonces otro intento por persuadir a los miembros de la Sociedad Internacional de Cardiólogos: ciencia y cultura son hermanas. No pelean: se complementan armoniosamente. En la filosofía y en la literatura, en la historia y en la poesía habría de alimentarse la humildad. No cabe la medicina entera en el matraz de la ciencia. Imposible de medir el sufrimiento irrepetible, el reflejo ante el dolor, la angustia. El humanismo, dice Chávez, le permitirá al médico “inclinarse con humildad ante la inmensidad de lo que ignora.”

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11, dic 2017

Lamento por el PAN

Habrá Frente. Confieso que no creí que el esfuerzo culminaría en una candidatura común. Creí que, después de los desplegados de feliz coincidencia, la alianza terminaría rompiéndose. Se impuso la astucia y la ambición del expresidente del PAN, dispuesto a aniquilar a su partido para quedarse con la candidatura presidencial.

Es de lamentar la desaparición de Acción Nacional del escenario electoral. Si Anaya no ha matado definitivamente al partido que lo hizo su dirigente, ha anulado por esta temporada electoral a una de las instituciones democráticas más longevas y más importantes en la vida de la república. La crisis de Acción Nacional es más profunda que la de 1976, cuando decidió no postular a un candidato presidencial. Aquella decisión fue, finalmente, producto de un intenso y complejo debate público. La decisión—desde luego, polémica—era congruente con su historia y era fiel a sus valores. Significaba la denuncia de un régimen al que no se pretendía legitimar con la falsedad de la competencia. Quienes creían que participar en las elecciones era hacerle el juego al régimen expusieron públicamente sus razones y se enfrentaron a quienes defendían con terquedad la participación. La discusión se verificó públicamente y el partido tomó la decisión de abstenerse. La decisión de un partido democrático. Hoy los panistas han visto, por primera vez en su vida, la autoproclamación de su candidato a la presidencia. El dirigente de Acción Nacional se hizo del control absoluto de la estructura. Supo aprovechar los resentimientos que ahí había generado la camarilla de Felipe Calderón y canceló cualquier posibilidad de debate interno. Apoyado en sus aliados externos, suspendió los derechos de los militantes, proscribió la competencia interna, arrinconó a los adversarios, se hizo a sí mismo, candidato. Acción Nacional sucumbió a una dictadura. Eso fue la administración de Anaya: un régimen de excepción que concentró todo el poder en una persona negando los derechos ordinarios de los militantes panistas.

Anaya y sus promotores se llenan la boca con la palabra democracia pero no se atreven a practicarla. Nunca estuvieron dispuestos a correr el riesgo de perder. Es decir, nunca creyeron en la vía democrática. ¿Alguien podría señalar una diferencia entre el destape de Meade y la autoproclamación de Anaya? ¿Hay alguna diferencia entre la apropiación que Anaya hizo del PAN y lo que hace el dueño de MORENA con su criatura? ¿Se atreverían los frentistas a denunciar la antidemocracia del PRI después del espectáculo de estas semanas en donde los caciques de los partidos se reparten posiciones exhibiendo el más grotesco patrimonialismo? Por fortuna han renunciado a la farsa de llamarse frente “ciudadano.”

Lo que ha pasado en Acción Nacional es una desgracia histórica. No es solamente una desgracia para los panistas sino para el país. En ella tienen sin lugar a duda una cuota importante de responsabilidad los críticos del astuto y truculento dirigente que no estuvieron dispuestos a dar una pelea por su partido, por sus reglas, por sus ideas, por su tradición. Abandonaron con facilidad el barco y dejaron al ambicioso el campo libre. Algunos ya se han trepado a otro bote—o, más bien, han regresado al de su origen. Con su torpeza y su arrogancia permitieron que el país perdiera una referencia liberal importantísima.

Cuando hablo del PAN como referente liberal no me refiero, por supuesto, a sus ideas. Hubo muy poco liberalismo en su origen. Nació contra el cardenismo como una opción entre el comunismo y el liberalismo, que frecuentemente identificaba como perversiones gemelas. El discurso histórico panista tiene un intenso componente antiliberal que sigue presente en su retórica y en sus reflejos. Si digo que fue un referente liberal fue por su apuesta institucional, por su defensa práctica de los derechos, por su denuncia jurídica del autoritarismo, por el esmero con el que construyó su propia estructura, por el debate que siempre mantuvo a su interior. Fue una brújula liberal, sobre todo, por su anticaudillismo. Antes del secuestro de Anaya, el PAN era uno de los pocos territorios del debate intenso, público y, en general razonado. Ese partido murió ayer.

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08, dic 2017

Los mejores libros del año para The Guardian

o, más bien, para sus colaboradores:

 

La lista completa puede verse aquí y aquí.

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04, dic 2017

Los mejores libros de arte del 2017

(según Peter Conrad en The Guardian)

        

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04, dic 2017

El candidato de los satisfechos

La apuesta del elector priista fue sensata. Era razonable designar como candidato del PRI a quien menos priista parece. Asegurados los votos de los leales, José Antonio Meade es el candidato que de mejor manera puede ampliar la convocatoria. No será fácil superar el estigma del envase pero, si alguien dentro de la baraja del PRI podría hacerlo, es el financiero convertido en candidato. Ser un desconocido es, seguramente, una ventaja. Perteneciente a la camarilla más poderosa del país, esa que ejerce el poder apelando a la razón técnica, Meade pretenderá presentarse como el técnico sin militancia, un funcionario competente al margen de la politiquería de los partidos. El cuento de la pureza del tecnócrata es, sin embargo, poco persuasivo. Su carrera no ha flotado, limpísima, por encima de los pantanos del poder. Imposible disociarlo del ímpetu castrense del calderonisimo y de los hedores de Atlacomulco. Una prolongación de ambos nos ofrece ya en su campaña.

Quizá la mejor carta del candidato priista sea la serenidad. En un país cansado de la estridencia, el candidato del PRI muestra tranquilidad, conocimiento (de los temas que conoce), experiencia. Un hombre afable, un amigo de todos que no le niega abrazo ni a los pillos. Su probidad ha sido, por decirlo de algún modo, pasiva. No se le conoce una sola batalla contra la corrupción y bien puede advertirse en él disposición al encubrimiento. Lejos de rehuir la identificación conservadora, el PRI la abraza con su candidato. El extravío del PAN ha abierto un espacio que el PRI pretende llenar cuanto antes. Mientras el dirigente del PAN sigue cortejando al PRD, el candidato del PRI extiende la mano a los panistas. Meade aspira a construir un nuevo polo de la derecha mexicana que se plante con clara identidad frente a López Obrador. Por ello repetirá mil veces que la disyuntiva es la preservación o el abismo. Habrá que esperar pronunciamientos específicos en las polémicas del día pero su oferta inicial es inequívocamente conservadora: continuidad, ley y orden, prosperidad sin polarización.

Su propuesta es perseverar. Meade nos convoca a una epopeya histórica: que los mismos sigan haciendo lo mismo. Si lo hacemos con la misma visión de México y con apego a los mismos programas, podríamos llegar, algún día, a obtener los mismos resultados. Ese es el encanto de su campaña. ¿Quién podría resistir a este llamado? Lo que más sorprende en su discurso es la ausencia de cualquier chicote de inconformidad. Un político al que le complace plenamente la realidad. Lo llaman optimista. Yo lo encuentro, más bien, indolente. Meade celebra el presente de México como si fuera el mejor de los posibles. Si no lo es todavía es porque falta tiempo para persistir en lo que hemos hecho durante treinta años. El candidato del PRI festeja al país que ha recibido las bendiciones del reformismo. La crítica, dijo hace algún tiempo, era fruto no del juicio sino del mal humor. Quien no celebre lo que tenemos es porque está enojado y no acepta la realidad. Hay que sentirnos afortunados por tener como presidente a Enrique Peña Nieto, decía en uno de los más penosos episodios de la zalamería priista. A sus ojos, nuestra política es un espacio generoso y constructivo. ¿La corrupción? Un problema menor, un pendientito, quizá.

Ha presumido sus oficinas como una sala de trofeos pero habría que preguntar por el impacto de sus decisiones. ¿Hemos de brincar de júbilo con el desempeño económico de la última década? ¿Hay algo que reconocerle de su paso por la cancillería? ¿No es preocupante el interés que mostró en Sedesol para cambiar las mediciones de la pobreza para cambiar súbitamente la percepción de la realidad? Quien presume patrimonio curricular deberá mostrar resultados. Por lo pronto, destaca tanto como su fluidez en el lenguaje económico, su trastabilleo, su ignorancia y su incoherencia en dos temas centrales para el país: inseguridad y corrupción.

La campaña apenas empieza. El perfil del candidato de Peña Nieto irá puliéndose en los próximos meses. Por lo pronto, vale decir que José Antonio Meade es el candidato de los satisfechos. Quien crea que el último cuarto de siglo del país ha sido maravilloso, tiene un gran candidato.

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03, dic 2017

Poesía por otros medios

La prosa es la continuación de la poesía por otros medios. Lo decía Joseph Brodsky pensando en los ensayos de Marina Tsvietáieva pero no se quedaba en su ejemplo. La prosa es, históricamente, derivación del canto poético. En el principio fue la poesía. La maestra, la fuente de todas las literaturas. Habría que advertir que, en asuntos de arte, el disidente ruso no era un demócrata. Miraba los otros géneros por debajo del hombro. En el trono de las letras se sentaba, sin competencia alguna, el poeta. Debajo de él, los novelistas, los dramaturgos, los cuentistas. La poesía no es un entretenimiento, dijo alguna vez. No es siquiera un arte. “La poesía es nuestra finalidad como especie. Si lo que nos distingue del resto del reino animal es el habla, entonces la poesía como la forma superior del habla es nuestra diferencia genética”. No había forma de equiparar el genio de la poesía con los prosaicos oficios de la novela. Y, sin embargo, bien sabía Brodsky que cuando el poeta incursionaba en la prosa podía elevarla hasta sus alturas.

¿Qué le enseña la poesía al ensayo?, preguntaba Brodsky. El poeta tiene una báscula que nadie más tiene. Sólo él sabe que cada palabra tiene un peso único, que cada sílaba tiene una voz irrepetible. El poeta le ordena también al prosista omitir lo obvio y cuidarse de los peligros de la grandilocuencia. Lo invita siempre a rendir tributo a la música. El oído es el órgano de la escritura. Brodsky tenía claro que el trato no era recíproco. La prosa muy poco tiene que enseñarle a los poetas. Tal vez un buen novelista puede invitarnos a prestar atención al lenguaje común, a registrar las palabras de la calle. Pero en realidad la lección auténtica está en otro lado. Un poeta puede sacar más provecho escuchando un cuarteto de Haydn que leyendo Dostoievski.

El artículo completo en nexos de diciembre.

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01, dic 2017

Los mejores libros del 2017, según el NYT

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27, nov 2017

Dialéctica del tapado y el destapador

Pronto, muy pronto al parecer, se acelerará el tiempo de la política mexicana. Terminará la espera en el partido gobernante y se pondrá en movimiento frenético la campaña por la presidencia. Se cumplirá la arcaica liturgia y súbitamente todos los priistas estarán milagrosamente de acuerdo. Contemplaremos el bochornoso carnaval de la adulación. Todos los priistas, con excepción de quien será pronto catalogado como lunático, coincidirán: el candidato ungido es el mejor hombre para conducir el país por los siguientes seis años. Solo él podrá salvarnos de la desagracia populista. Patriota, servidor público ejemplar, exitosísimo funcionario, gran bailarín y cocinero de fantásticos chilaquiles. Una buena parte de los medios hará eco al unánime entusiasmo de esa tribu. Nos mostrarán durante varios días retratos del candidato cuando era niño, se rescatarán sus boletas de primaria, se le describirá no solamente como un gran político sino también como un atleta y como un artista consumado. Por supuesto: gran padre de familia, cariñosísimo esposo, compadre leal.

El presidente Peña Nieto disfruta ese ámbito del poder donde sigue siendo, sin disputa alguna, soberano. Su dedo índice no enfrenta contrapeso alguno. No necesita negociar con nadie. Es él y solo él quien decide. La del presidente no es la última voz: es la única. Supremacía es soledad. Su partido es, en efecto, suyo y de nadie más. Las corporaciones y las clientelas, la diversidad regional, la complejísima mezcolanza de intereses del PRI desaparecen cuando se trata de la herencia. El partido gobernante tiene dueño. El patrimonialismo que en otros ámbitos da señas de vergüenza, pierde disfraz en el PRI. Ahí no hay intento siquiera de simular deliberación y competencia. Un partido nacional cuelga del capricho de un hombre. Ese hombre, cuando se anima a hablar del tapado, se desdobla y habla como vocero de la historia. Cuando, hace unos días, el presidente nos llamó despistados, subrayó que el misterio de su decisión solo lo conoce él. El presidente asume que por su voz habla una sabiduría tradicional. El partido sabe, el partido conoce, el partido valora… Cuando da esas señales, el presidente Peña Nieto comparte con el país sus hábitos digestivos.

La cobertura mediática tenderá a normalizar lo que es aberrante. Se irá con el señuelo de la novedad ignorando la restauración del mecanismo. Y tal vez pierda de vista que la reposición del tapadismo no es exhumación de un lindo folklore. La liturgia que tanto aprecian los priistas, el ritual que fascina a tanto opinador es un culto de lealtad y, en el fondo, un dispositivo para la prolongación de las complicidades. El tapado acepta una deuda con el destapador. Desde luego, el candidato del PRI no tiene asegurada hoy la presidencia. Pero la reposición del tapadismo inserta en el proceso la marca de connivencia. El presidente habrá meditado durante mucho tiempo sobre una decisión que imagina testamentaria. No puede ser ésta una decisión desinteresada precisamente porque es personal. Imposible pensar que en ese decreto no estén enredados también los temores y las ambiciones de quien trasmite la estafeta. Si, como dicen los priistas, el tapadismo es un ritual, saben bien que no es una ceremonia de sacrificio. Al heredar, el primer interés que se cuida es el de quien hereda.

La confianza con la que los priistas encaran el proceso se funda en la centralización y en la disciplina. Una decisión incuestionable que adquiere automáticamente apoyo de la organización. El presidente tiene que ver al futuro pero no puede desprenderse de su interés. Pensará en la campaña e imaginará un posible gobierno. No los podrá ver más que con sus anteojos, conociendo bien su vulnerabilidad, anticipando con angustia las probables mortificaciones futuras. Para el presidente el futuro es una amenaza. Una presidencia marcada por el escándalo no puede mirar lo que viene con indiferencia. Ahí se finca la perversidad del mecanismo. La voz que decide es la voz más cuestionada. Dentro del PRI, el valor principal es la lealtad al destapador. Para el destapado el imperativo será la traición. Puede verse la historia política del priismo hegemónico como variantes de esa tensión irresoluble. La dialéctica del tapado y el destapador.

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