21, Sep 2020

Política del desprecio

¡Ahí están las masacres!
Je je je je je

Andrés Manuel López Obrador,
28 de septiembre de 2020

 

¿Cómo puede provocarle risa la noticia de la muerte? ¿Por qué se activa en él el resorte automático de la burla cuando lee el titular de Reforma que da cuenta de asesinatos que se apilan en México? ¿Qué hay en esa insensibilidad, en ese desprecio tan grotesco de la vida humana? ¿Cómo puede la animadversión apropiarse a tal punto de la cordura de un hombre para llevarlo a reírse de la muerte? Eso hemos visto: un gobernante que se mofa de las matanzas. No ofrece información que contradiga la nota, no pide contexto para el titular, no discute con el medio. El presidente ríe al leer la información de las masacres. Se burla del medio y al hacerlo se burla de los muertos. El caso es relevante porque muestra el lugar a donde puede llevarnos la polarización que se practica como doctrina política. La separación del país en bandos irreconciliables nos lleva a esto. A negarle razón, voz y dignidad a los otros. A abdicar del entendimiento, a cerrarse a la experiencia de quien se fustiga como contrario. Si lo dice Reforma será risible. Si lo dice cualquiera de nuestros enemigos, será ridículo. Si lo padece el otro, será un engaño.

A decir verdad, el reflejo presidencial no sorprende. Durante su larga carrera política ha sabido usar la emoción colectiva, manipular la rabia, aprovechar como nadie la indignación. Toda esa furia que se fue acumulando en los gobiernos de la transición era valiosa para él porque la ponía a su servicio. Por eso no puede decirse que sea un político de la empatía. Si no lo fue en la oposición, no lo es ahora. El megalómano mira el mundo desde el espejo. Por eso no ha sido capaz de entender el reclamo de las mujeres, ni el dolor de las víctimas, ni la penuria de los enfermos, ni el duelo de los sobrevivientes. Cuando aparece una expresión de su sufrimiento, el reflejo inmediato es el desprecio, la agresión, la burla. Nos lo recuerda Javier Sicilia en la carta que le ha dirigido al presidente que no piensa rebajarse y escuchar a los dolientes. A ellos les ha dicho le dan flojera, que no piensa perder el tiempo oyéndolos, que no les permitirá que monten un espectáculo. Sería indigno de un presidente reunirme con ustedes. Tiene razón el poeta: el desprecio es el sello de la presidencia de Andrés Manuel López Obrador. Desprecio por la verdad y los datos. Desprecio por la técnica y la experiencia. Desprecio por el diálogo auténtico. Desprecio por el mundo y los avisos del futuro. Desprecio por el sufrimiento de los otros. Y en la base de todo ese desprecio, la soberbia.

El egócrata, ese hombre que se siente reinventor de México, piensa que solo su sufrimiento cuenta. Todo gira alrededor de él, el perseguido de siempre. A su juicio hay sufrimientos históricamente triviales. La violencia que sufren las mujeres es una anécdota que no alcanza la dignidad de su épica. El único sufrimiento que tiene auténtica relevancia histórica es el suyo: el pobre presidente acosado por los medios conservadores de aquí y del extranjero; el presidente atacado por los representantes del viejo régimen; el presidente criticado por una prensa indigna que cuenta muertos, que hace sumas y preguntas. Después de Madero, el mártir, soy el presidente más perseguido de la historia, ha dicho muchas veces.

La política de la polarización termina siendo una política del desprecio. No merece la mirada del poder aquello que no sirve a su trama. Ni un centavo a lo que no contribuya a la vanidad del patriarca. Ni un segundo a lo que distraiga del camino previsto. Si alguien fuera del cuento quiere abrirse paso para defender sus derechos recibirá el ataque fulminante de quien no admite distracciones malintencionadas. Son extranjeros, son traidores, son pillos. La obsesiva invocación del pueblo es, en realidad, un aviso de exclusiones. Cuando se le nombra constantemente es para descartar a quienes no pertenecen en realidad a él. Es para jactarse de ser su único vocero.

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16, Sep 2020

Nuestra enfermedad

 Tony Judt murió con la tristeza de saber que logramos el propósito en el que nos empeñamos tercamente: desentendernos el pasado reciente. Nos decidimos olvidar las lecciones del siglo XX. Así empezamos el XXI, como si la historia reciente fuera un estorbo. Una de sus últimas empresas intelectuales fue conversar con su colega Timothy Snyder y repasar justamente esa centuria. Judt, quien ya no podía escribir por la parálisis que lo inmobilizaba progresivamente, podía todavía comunicarse con su joven colega y hablar de las guerras y las persecuciones, las disputas intelectuales, las desgarraduras, las grandes alianzas, las conquistas de la convivencia. Desde esa conversación he visto a Snyder como el continuador de la obra de Judt. Su panfleto antitrumpiano es precisamente un rescate de las lecciones de ese siglo olvidado. Para enfrentar a los fascistas había que cuidar las reglas, defender la verdad, involucrarse en política, cuidar la palabra. En aquel librito de Snyder no solamente se escuchaba a Judt sino también el eco de sus influencias más profundas: Arendt, Orwell, Camus, Kolakowski.

Snyder ha publicado en estos días un libro tan breve y tan potente como el anterior. No es solamente un manifiesto, sino también un diario personal, la crónica personalísima de un hombre que se acerca a la muerte. A finales del año, mientras daba alguna conferencia sobre la acechanza de los tiranos en el mundo, cayó enfermo. Durante semanas fue de una ambulancia a otra, de la sala de emergencias a terapia intensiva, del coma a la convalecencia. Pudo haber muerto y de esa experiencia ha escrito un libro valiosísimo sobre la tragedia sanitaria de nuestra era. Nuestra enfermedad: lecciones sobre la libertad desde un diario de hospital, sería la traducción del libro que acaba de publicar.

Si su panfleto contra la tiranía abordaba las amenazas políticas a la libertad: la corrupción de las instituciones, la perversión del debate público, la muerte de la verdad, en este texto aborda las amenazas sanitarias a la democracia: la desigualdad en el acceso y en el trato, la mercantilización de los tratamientos, los engaños. La enfermedad nos resta libertad; la falta de libertad nos enferma. La inmersión en los hospitales, dice Snyder, me ha permitido pensar de manera más profunda sobre los desafíos de la libertad en nuestro tiempo.

Aunque enfatiza que su manifiesto es una denuncia dirigida al desastre sanitario de los Estados Unidos, no podemos dejar de sentirnos identificados con lo que describe. Siguiendo la pista de Judt sobre la gran hazaña de bienestar que emergió de la posguerra, el historiador de Yale advierte, contra el dogmatismo libertario, que “los derechos individuales requieren un esfuerzo colectivo.” El historiador de las peores atrocidades del siglo, el hombre que ha recabado miles de testimonios del holocausto y ha documentado los horrores del gulag, no dejaba de ver sombras de esa inhumanidad en el mercado de la salud. Si no hay un proyecto de exterminio, hay una losa de indiferencia que nos exhibe moralmente enfermos y que, al tiempo que salva a unos, condena a la muerte a muchos otros.

Si la libertad es individualidad, necesita solidaridad. “Ninguno de nosotros es libre sin ayuda.”

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14, Sep 2020

La pedagogía

Hace unos días, Soledad Loaeza describía el pesar que le provocaba la degeneración del lenguaje oficial y el aire de persecución que sopla desde el poder. “Jamás imaginé que llegaría un tiempo en que alguien creyera que podía decirle a otro mexicano que se fuera de México.” A esas hemos llegado en la veloz degeneración del discurso público bajo el gobierno de López Obrador. No es cualquier persona quien sugiere el destierro. Es un funcionario cultural quien invita a los críticos a abandonar el país como si México le perteneciera solamente a los devotos del presidente. Pero en ese país estamos. Es el México en el que un funcionario gubernamental puede decir públicamente que los críticos del gobierno deben callar o largarse del país, y después de decirlo, mantenerse en su puesto. Es el México en el que el mismo comisario niega patriotismo y aún ciudadanía al disidente. Ellos no son mexicanos, dice. Sólo nosotros tenemos patria. Para el perseguidor solo son patriotas los que están con su caudillo. Los otros son traidores que deben ser tirados por la borda. Quien hoy llama al exilio de los críticos entendía la victoria del 18 como una la oportunidad de vejar al otro. El voto por López Obrador era para él un permiso para vejar: “se las metimos doblada,” dijo mientras festejaba que en el México de la revolución lopezobradorista las reglas no tenían por qué entorpecer el capricho presidencial. La procacidad, el machismo estúpido de aquel dicho en la Feria del Libro es lo de menos. Lo abominable de aquel desplante es el entendimiento del triunfo electoral como permiso para ultrajar a los derrotados.

El llamado al destierro lleva al extremo la intolerancia presidencial, es decir, expone su verdadera naturaleza. El director del Fondo de Cultura Económica dice, con todas sus letras, lo que el presidente insinúa. Los dichos repulsivos de Paco Ignacio Taibo II pueden ser un poco más brutales y más pedestres que lo que dice a diario el presidente, pero no se desvían de la ruta que López Obrador ha trazado para definir la batalla de su gobierno. Nos ha dicho de mil formas que los adversarios de su proyecto no son mexicanos con ideas equivocadas o propuestas inconvenientes. Son traidores. Por eso permanece al frente de una gran institución de cultura quien pide el destierro de los críticos.

El asedio presidencial es cada día más alarmante. La tribuna pública se usa cotidianamente para el escarnio, para la calumnia, para la estigmatización de las voces independientes. Por dar cuenta de la corrupción asociada al partido en el gobierno y a la familia política del presidente, Reforma fue descrita hace unos días como un “pasquín inmundo.” El presidente arremetió contra el diario, aunque la información fuera confirmada. Ese es el lenguaje que emplea el presidente de la república para referirse a los medios críticos. Las voces independientes le provocan asco. Decir esto desde el Palacio Nacional no es la expresión de un ciudadano que expresa sus ideas, sino un abuso de poder. Lo es porque invita a la agresión de otros, porque es un mensaje que dificulta las labores profesionales del medio, porque acorrala a socios y anunciantes. Si esto no es censura directa, es una brutal embestida contra las libertades.

Digo que el acoso presidencial es preocupante no solamente por las consecuencias que su agresividad tiene en el clima de la prensa y la actividad de las organizaciones cívicas, sino también porque representa una fuga de sus responsabilidades elementales. Sin palabra para las crisis que enfrentamos, sin otra receta que la terquedad y la fe para encarar el cataclismo económico, obsesionado con proyectos que son cada vez más visiblemente absurdos y costosos, el presidente se aferra a sus antipatías. No sale de ellas y en ellas parece encontrar consuelo. Es ahí, en su pleito con medios e intelectuales, con medios y organizaciones sociales donde encuentra impulso, es ahí donde ha ubicado el sentido de su administración.

No tengo propuestas, nos dice diariamente el presidente, les ofrezco pleitos con historiadores, revistas y periódicos. Pedagogía política, le llama.¨

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07, Sep 2020

¿Por qué murieron los partidos políticos?

Vuelvo a una conversación de Julio Scherer con Octavio Paz en 1977. El periodista invitaba al poeta a reconstruir su itinerario político. Caminaban juntos todas las estaciones de su vida. Al llegar al presente, Paz no encontraba muchos motivos para el optimismo. “No veo el porvenir de México”, decía. La derecha era una clase “acomodaticia y oportunista.“ Y la izquierda, “murmuradora y retobona” pensaba poco y discutía mucho. Paz se hacía entonces una pregunta que no se hacían los politólogos: “¿por qué no hay partidos políticos en México?” Si hubiera partidos en el país, decía, Reyes Heroles no habría tenido necesidad de inventar la reforma política.

Hoy deberíamos hacernos otras preguntas: ¿Por qué desaparecieron los partidos? ¿Por qué tuvieron tan corta vida? ¿Por qué no echaron raíces? ¿Por qué reaparece en el siglo XXI I el personalismo como criterio de identidad política y se esfuman las brújulas de partido? ¿Cómo se atreve la nueva mayoría a ofrecer la lealtad a un caudillo como único criterio de orientación? En el fracaso de nuestros partidos se resume el fracaso de la democracia mexicana.

Hablo del fracaso de los partidos porque registro que una existieron y dieron vida al régimen de la transición. Fueron abrigados por las leyes y mimados con el presupuesto. Ocuparon el espacio de las instituciones, se instalaron en los congresos, se relevaron en las oficinas gubernamentales. Y en la elección del 2018 fueron borrados del mapa. El hecho crucial de la política mexicana es ése: la desaparición de los partidos políticos. La destrucción del régimen de partidos es el dato crucial de nuestra vida democrática. No hay asunto tan relevante para la política mexicana contemporánea como ese: perdimos las brújulas, los contrapesos, las reglas, los cauces y correctivos, las advertencias que se alojan en esas instituciones tan antipáticas. Frente al motor caprichoso y trastornado de la presidencia de la república no hay nada. No hay un partido en el gobierno que construya una nueva institucionalidad, que cultive una identidad fresca, que promueva participación, sino una organización dedicada a un culto de personalidad. A descifrar la infinita sabiduría del “obradorismo”, a recitar su padrenuestro se dedican ahora quienes quieren dirigir esa organización: ¿quién será el más devoto entre todos los candidatos, quién el más fiel, quién el más reverente? Esa parece ser la naturaleza de la contienda en Morena.

En el escenario no hay tampoco oposiciones que vigilen con atención la marcha del gobierno y denuncien sus desvaríos. No hay quien prepare el terreno para las elecciones intermedias ni las que siguen. Y no hablo solamente del debilitamiento numérico de los partidos tradicionales, de su pequeñez en el legislativo, de la pérdida de sus votos. Hablo, sobre todo, de su desorientación, de su incapacidad para entender la sacudida del 18. Acción Nacional no levanta cara porque, desde el triste momento en que ganó la presidencia, no sabe qué quiere. Fue víctima de su victoria y desde el 2000 no encuentra sitio en la política mexicana. Primero fue ignorado por Fox, luego humillado por Calderón. Se subió después al carro del peñismo y quedó tiznado por aquella alianza. Su apuesta del 18 terminó por borrar lo que quedaba de su identidad ideológica. Dudo que alguien que lea este artículo conozca el nombre de su dirigente nacional, que conozca sus posturas sobre la marcha del gobierno o que imagine lo que desea el viejo partido anticardenista. El PAN, ese partido que habría de ejercer naturalmente la oposición, no es nada. El PRI no es siquiera una oposición confundida y callada. Actúa, más bien, como un colaborador del gobierno que pretende disminuir los costos de sus escándalos recientes. Un partido irrelevante en busca de impunidad. Del PRD no creo que valga decir ni esta palabra.

La crisis de los partidos no es de anoche. Ninguno de los partidos del tripié de la transición entendió su responsabilidad en la construcción del pluralismo democrático. Ninguno de ellos asumió su deber desde el gobierno ni desde la oposición. Los partidos no se tomaron en serio como instituciones, no cuidaron sus reglas, no alentaron el debate interior, no cultivaron liderazgos públicos. Fueron presa de las camarillas y los caciques; se dedicaron a la trampa. Y nos hacen falta.

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02, Sep 2020

La orquesta sin batuta

A lo largo de este año desquiciado han surgido un buen número de expresiones culturales. Desde el encierro, teatro en casa, recitales por vía remota, lecturas y presentaciones trasmitidas por facebook, una catarata de diarios, diálogos a distancia. Está, por ejemplo, esa serie de cortos de netflix que se llama “Hecho en casa”, que es francamente menor. Tiene gracia, si acaso, el corto de Sorrentino en el que juega con figuritas del papa y de la reina de Inglaterra y es brillante el corto del chileno Pablo Larraín. Pero la serie es notable porque revela la precariedad de las condiciones y las limitaciones de la imaginación. Por el momento, nada memorable.

Tal vez por eso resalta la Orquesta imposible de Alondra de la Parra que se dio a conocer hace una semana. No es un concierto caserito proyectado por los mosaicos de zoom, sino una producción impecable. La orquesta que toca el Danzón número 2 de Arturo Márquez no se escuda en la bondad de las intenciones y las incomodidades del confinamiento para esconder improvisación y esas fallas de señal con las que nos hemos acostumbrado a vivir. Se trata de un producto redondo en concepción, convocatoria y realización. Una versión nueva y fresca de la pieza, un desfile de talentos de la interpretación, una coreografía asombrosa, brillante fotografía y edición.

Es interesante la elección de la pieza de Márquez. El danzón, que Alondra de la Parra conoce íntimamente, es seguramente una de las piezas del repertorio mexicano contemporáneo más reconocibles. Una pieza que tal vez empieza a correr riesgos de sobreexposición. Pero en la interpretación de esta orquesta quimérica encuentra nuevo cuerpo. Nace del piano de la propia directora que da a los primeros acordes un acento particularmente melancólico. Una voz solitaria que pronto entra en diálogo con el saxofón de Paquito de Rivera para alcanzar una sensualidad única. No el clarinete de la versión original, sino un saxofón que le imprime otra energía: un aire jazzístico que lo acerca a Gershwin, y lo aleja de Moncayo. La notable fotografía, la edición perfecta dan a este encuentro de músicos, coreógrafos, diseñadores y técnicos una intimidad extraordinaria.

La Orquesta imposible solo habría sido posible en el 2020. Solo este año demencial liberó las agendas de los creadores, les dio tiempo para reunirse a distancia y artefactos para hacer bailar la música desde los rincones más apartados del planeta. Escucho la pieza que Alondra de la Parra dirigió sin batuta y percibo en él la otra cuerda del año. 2020 no debe ser solamente el año del virus. Por lo menos para los mexicanos tiene que ser también el año de las mujeres. Nos lo recuerda el danzón con sutileza y elegancia. El vestido de la bailarina Elisa Carrillo es una flor de jacaranda que recuerda las protestas de las mujeres en marzo. El grito de un domingo y el silencio de aquel lunes. La artista no necesita decir nada más. La cadencia del danzón envuelve y abraza. La melodía solitaria y melancólica de los compases iniciales encuentra pronto el jolgorio.

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31, Ago 2020

Macartismo

Hay ya mesas en los parques que piden apoyo para encarcelar expresidentes. Se convoca en esos términos: ¿quieres que Salinas, Peña y Calderón vayan a la cárcel? Esa es la pregunta que se hace desde el partido en el gobierno. No se trata, por supuesto, de unos cuantos espontáneos. Siguen todos ellos la insistente invitación del presidente de la república. En algunos otros lugares del país donde se recogen firmas se simula que se pide un juicio, pero nadie duda de que buscan lo mismo: apoyo para una condena. ¿Quieres la hoguera para quienes odias? El espectáculo de estas mesas me parece monstruoso. No porque los expresidentes estén por encima de la ley, sino precisamente porque han de ser tratados de acuerdo a la ley. Ni más ni menos.

Se pone a los expresidentes en el mismo costal como si judicialmente pudiera tratárseles en paquete; no se identifica un delito concreto que motive el juicio; no hay, por supuesto, una prueba que pudiera aquilatar el firmante ni mucho menos posibilidad de que los incriminados en la plaza pública levanten la voz en su defensa. Se pretende esclavizar a una fiscalía que debería estrenar autonomía; se politiza de la manera más pedestre lo que debe ser rigurosamente técnico; se conculcan los derechos más elementales. Esto no es una fiesta democrática. Esto no tiene nada que ver con la democracia participativa. Esto es una escena de la barbarie, la perversión más grotesca del voto: hacer de la impopularidad razón suficiente para la inquisición. Organizar, desde el poder, el linchamiento de los vencidos.

Poner a votación popular el inicio de un proceso judicial es una barbaridad desde donde quiera verse. Si los expresidentes cometieron delitos, no hay obstáculo alguno para que se les procese. No se necesita, para el juicio, permiso de nadie. Es más: solo habrá juicio auténtico si la fiscalía y los jueces miran y ponderan las pruebas, escuchan la defensa y cierran los ojos a las demandas de la plaza y las insinuaciones del palacio. Lo más alarmante es, quizá, que el absurdo haya avanzado hasta este punto sin que haya retenes de racionalidad en el gobierno federal. Nada ha hecho, por lo menos públicamente, la antigua ministra que formalmente encabeza la Secretaría de Gobernación. Ante el delirio, el silencio. Podría confiarse en que la Suprema Corte de Justicia parará este despropósito monumental si el caso llega a sus manos, pero aún si la bóveda resiste la demagogia, el daño será inmenso y muy benéfico para la causa de la polarización y la desinstitucionalización populista.

“No quiero parecer verdugo,” dijo el presidente en aquella lamentable conferencia. ¿Será necesario subrayar la palabra “parecer”?

Votar no es sinónimo de democracia. Una votación que pretenda arrebatar derechos no es más que el encubrimiento popular de la autocracia. La calumnia tampoco es ejercicio de transparencia, como dice el presidente. Hace unos cuantos días volvió a la carga para descalificar al Gobernador del Banco de México con información equivocada y a cuestionar a sus críticos llamándoles desleales. No rebatió sus cuestionamientos. Se lanzó, como acostumbra, a golpear su honorabilidad. ¡Quienes cuestionan mis proyectos reciben dinero de fuera! Lo que escuchamos fue una denuncia de actividades antimexicanas. No se acusaba a ninguna organización de cometer un delito, de violar reglas o de engañar a la gente. Se acusaba a entidades de la sociedad civil de ser agentes extranjeros con la perversidad de quien insinúa sin comprometerse con una denuncia. El presidente, difundiendo un documento que misteriosamente había llegado a sus manos, no señala ninguna ilegalidad, pero atiza la sospecha… y se deleita.

Esto tiene un nombre: es macartismo. Acusar en la plaza pública sin mayor prueba que el rumor, insinuar traiciones a la nación, regocijarse con los soplones, imaginar la conspiración en todas partes. En eso ha caído la hábil manipulación lopezobradorista de la rabia colectiva. Macartismo. El presidente no siente necesidad de probar nada de lo que dice. Quien nada debe, nada teme, dice para rehuir la responsabilidad de sus palabras. Lanza acusaciones y cultiva los efectos. El temible senador McCarthy fue un tirador de bombas, dijo el crítico Louis Menand. Tal vez fue lo único que fue.

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31, Ago 2020

El arte de la huida

El ensayo corto es una expresión de cortesía. Rechaza la vanidad de decir la última palabra. Ahuyenta la tentación de exprimir un tema como si uno pudiera beber completa toda la savia de un asunto. Respeta el tiempo del otro. El guiño de sus puntos suspensivos invita a la imaginación de quien lee. Nadie lo entendió tan claramente entre nosotros como Julio Torri. Ahí radica su arte: el desinterés en el esclarecimiento detallado resalta los aromas de la levedad, afina la silueta de las impresiones fugaces. El esbozo que queda sin desarrollo hormiguea en la inteligencia del lector, como jamás lo lograría el orden de los sistemáticos. “Mientras menos acentuada sea la pauta que se impone a la corriente loca de nuestros pensamientos, más rica y de más vivos colores será la visión que urdan nuestras facultades imaginativas”.

Torri prefiere el salto al puente. Al soporífero profesor no le tienta el desarrollo que lleva al alumno de la a a la zeta. La condescendencia del didactista es, para él, una forma del desprecio. Torri elige el brinco, como lo hace en un aforismo, de una emoción a un tinte. “La melancolía es el color complementario de la ironía”. Torri da la marometa insospechada y saca el conejo del sombrero.

El artículo completo puede leerse aquí.

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24, Ago 2020

La política del estigma

El estigma, no el castigo, es lo que busca el presidente López Obrador. Lo ha dicho muchas veces y no cabe duda de que es congruente en su actuar. Promueve la repulsa, aunque obstruya con ello el camino de las instituciones de justicia. Lo que al presidente indigna en realidad no es la impunidad, es el aplauso que recibe el tramposo, la envidia que genera su botín. La anécdota la cuenta tres o cuatro veces a la semana: antes de su feliz triunfo, los pillos eran visto popularmente como astutos ejemplares. Se paseaban sin encarar el rechazo de la gente. Por eso cree que, para terminar con la corrupción lo que importa en realidad no es llevar a los delincuentes a la cárcel, sino que los cubra la mala fama, que los persiga por siempre el desprecio público. Ese castigo, popular y difuso, es lo que busca activamente el presidente. Piensa en una sanción fulminante que no necesita seguir el engorro de esos procedimientos que suelen controlar los abogados. A cualquier imagen incriminatoria, a cualquier acusación que involucre a sus adversarios da inmediatamente la máxima publicidad para que la opinión aplique sus castigos.

La política del estigma, impropia de un jefe de Estado, aleja la verdad y dinamita el proceso legal. No dudo que, en el corto plazo, esta urgencia de exhibir resulte rentable: tal vez ayude a fortalecer la imagen de un presidente que combate a los corruptos y puede aniquilar a las oposiciones que están ya en condición agónica. Pero, tarde o temprano, esta estrategia atenta contra el propósito declarado de combatir la corrupción. La exhibición de estos materiales, la condena desde el púlpito presidencial pone en riesgo la viabilidad del proceso. Al usar la tribuna de ese modo, el presidente obstruye al tribunal. Lo han advertido muchos abogados en estos días. Si desde la máxima figura del gobierno se viola la presunción de inocencia puede contaminarse irreversiblemente el juicio. La verdad y no solamente la justicia se nos escapa también con este mal periodismo que es peor política. Cuando el presidente acoge como confiables y difunde dichos de un delincuente confeso que no aporta prueba alguna de sus dichos, glorifica el chisme que mezcla verdades con inventos y con ello aleja la esperanza de conocer.

El conocimiento de las trapacerías de los gobiernos anteriores es vital para el país. Castigar a quienes han usado los cargos públicos para beneficio personal es igualmente indispensable. Me temo, sin embargo, que el afán de estigmatización y el desprecio por los rigores de la ley nos conduce al rumbo contrario: impunidad y confusión. Con esta política de la estigmatización se alentará la indignación y la frustración. Las consecuencias de esta estrategia pueden verse a la vuelta de la esquina: rabia y desconfianza. Irritación por los escándalos y decepción por la incapacidad para aplicar con ejemplaridad la ley. Los pillos se reirán de nosotros y seguramente algunos inocentes quedarán tiznados.

La justicia ha de estar por encima de la ley, repite con frecuencia el presidente López Obrador. Lo decía en la oposición y lo sigue diciendo desde Palacio Nacional. Ser la cabeza del Estado mexicano no ha modificado su convicción de que puede alcanzarse la justicia por caminos distintos a los del derecho. Habrá entonces preciosas transgresiones a la ley. La convicción justiciera que se desentiende del respeto por las formas y los procedimientos legales, que ignora derechos y desborda competencias legitima el capricho del más fuerte, quien definirá como justicia su propio interés. No es raro ver, entonces, que el presidente sólo advierta injusticia y delito en la conducta de sus adversarios. Los delitos que cometen los suyos resultan admirables aportaciones a una causa heroica. La causa es justificación plena. El santo se siente tan lejos de las tentaciones mortales que confiesa conductas delictivas públicamente sin el mayor asomo de culpa. Sus pecados son actos de sublime patriotismo.

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19, Ago 2020

Biden y Arendt

El 25 de mayo de 1975, Tom Wicker, columnista del New York Times publicó un artículo que tituló “La mentira y la imagen”. Era una reflexión sobre el bicentenario de los Estados Unidos a partir de una ponencia de Hannah Arendt en Boston. La ponencia a la que se refería Wicker sería publicada unas semanas después en The New York Review of Books. Sería una de las últimas publicaciones de Arendt quien moriría a fines de ese año. La ubico porque en estos días en que el Partido Demócrata escoge a su candidato a la presidencia, ha salido a la luz pública que Joe Biden, al leer el artículo de Wicker, envió una carta a la profesora de la New School for Social Research, pidiéndole el texto que leyó en Boston. He leído que su ponencia fue extraordinaria. Como miembro del comité de Relaciones Exteriores del Senado, le suplico me mande una copia.

Es entendible el interés del joven senador de Delaware. Wicker advertía que era imposible ser justo con el ensayo de Arendt. La profesora miraba las urgencias del día con la inteligencia de los siglos. El macartismo, la derrota en Vietnam, Nixon, las mentiras del poder vistas a la luz del humanismo civico. Arendt, a los ojos del columnista, urgía verdad. Cuando los hechos llegan a casa, lo menos que podemos hacer es recibirlos y darles la bienvenida. “La grandeza de esta república decía Arendt, fue reconocer lo mejor y lo peor en los seres humanos en aras de la libertad.”

No sé si Hannah Arendt haya respondido a la petición del político. Tampoco hay evidencia de que Biden haya leído la conferencia. Lo que resulta fascinante es la anticipación del texto que Biden quería leer. Arendt no celebraba el bicentenario como si pudiera ser una fiesta de congruencia nacional. Por el contrario, advertía una traición y un peligro. Lo que la teórica del totalitarismo había padecido en Alemania y que había estudiado en Rusia estaba más cerca de lo imaginado. La mentira en la que se basaba el despotismo se imponía, por otra vía, en Estados Unidos. Arendt se adentraba en la mentira imperante. Una república bicentenaria se entregaba a la imagen para desentenderse de la realidad. La más profunda observadora del totalitarismo encontraba afinidad entre el estalinismo y el presente. Estados Unidos no era la república inmune. Por el contrario, parece compartir destino trágico con las sociedades que han sido presa del despotismo totalitario. No se aterroriza en la mentira oficial, pero impone una farsa. Los intelectuales, lejos de buscar la verdad, se aferran a una teoría. No van en busca de los hechos porque se ha impuesto el desprecio por la realidad. El totalitarismo está mucho más cerca de lo que imaginamos. No es la tragedia distante sino la amenaza inminente.

En ese texto que sería después recogido en Responsabilidad y juicio, un libro que en español publicó Paidós, se atreve a la comparación. Estados Unidos no es la excepción. En la tierra de Jefferson bien puede imponerse el totalitarismo tras la máscara del mercado. No imaginaba campos de concentración. No eran necesarios. Como Tocqueville, sabía que el individualismo democrático era buen terreno para la anulación de la ciudadanía. El texto que interesaba a Biden habrá sido una de la últimas apariciones públicas de Arendt. Es una profecía brutal, no solamente porque anticipa el declive histórico de los Estados Unidos, sino también porque ubica la mentira como el núcleo de la nueva vida pública. Evadir la realidad, maquillar los hechos inconvenientes, fabricar fantasías convincentes se ha convertido en una forma de vida. Esa mentira que imaginábamos constitutiva del orden totalitario, se ha instaurado como principio rector de nuestra vida pública. La opinión pública, lejos de ser muralla de decencia, será cómplice de las atrocidades más abominables.

Tal vez lo que aquel Biden buscaba en la pieza de Hannah Arendt era un aviso de lo que vemos hoy: que no es necesario el terror para imponer la mentira como el principio de la vida pública, que no hacen falta campos de concentración para corroer el nervio cívico y que el encierro de las imágenes puede destrozar la vida pública. Ojalá Biden lea hoy la conferencia que buscó hace casi medio siglo.

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17, Ago 2020

Esto no es una distracción

Muchos críticos del presidente quieren pintar los juicios a los personajes encumbrados del pasado reciente como un circo que desvía la atención de los verdaderos problemas del país. Dicen que se trata de un espectáculo mediático, una distracción que pretende ocultar los dramas de la economía, la salud, la seguridad. Que los juicios sirvan al relato de la administración no significa que sean maquinaciones para encubrir las desgracias del presente. Se trata de procesos cruciales para la vida pública. Caminos para conocer la verdad y aplicar la ley. Conocer y castigar.

Los dos personajes que se encaminan a juicio son piezas cruciales de las administraciones recientes. Uno está preso en una cárcel de Estados Unidos. El otro recibe trato privilegiado administrando el proceso desde su casa. Las acusaciones que cada uno enfrenta tocan el corazón de aquellos gobiernos. El encargado de la lucha contra la delincuencia en el gobierno de Felipe Calderón, al servicio de una organización criminal. El director de la empresa pública más importante del país, una bisagra de sobornos. Cada uno representa, a su modo, el corazón de los gobiernos a los que sirvieron. El combate a la delincuencia que inauguró la guerra que nos sigue matando y la política energética que simbolizó las llamadas “reformas estructurales” del Pacto por México. ¿Quién puede ignorar la gravedad de las acusaciones contra estos favoritos? ¿Quién desearía que esos juicios se esfumaran de la atención pública? Se trata de dos asuntos fundamentales para la salud pública.

Por el papel que desempeñaron y por la naturaleza de las acusaciones que enfrentan, los casos de García Luna y de Lozoya son juicios a las dos herencias más perniciosas de los gobiernos recientes: la violencia y la corrupción. La barbarie y el cinismo son, en efecto, el legado más perverso de los gobiernos que prepararon la llegada de Andrés Manuel López Obrador. La violencia que se disparó con Calderón y el obsceno desfalco del peñismo. A los jueces, por supuesto, no corresponde la ponderación histórica o la evaluación política de estas administraciones. Solo, y de manera estricta, les toca la evaluación jurídica de los delitos que pudieron haberse cometido desde el poder. Pero en el camino judicial, entre pruebas, alegatos y testimonios, el país podrá confrontar una parte esencial de su pasado reciente.

El ascendiente del lopezobradorismo tiene dos puntales. El primero es la emoción antioligárquica y el segundo es la rabia contra la corrupción. El disco presidencial gira alrededor de esos motivos. Dos indignaciones legítimas y poderosas. Es por ello que las acusaciones a los cercanísmos colaboradores presidenciales caen–aquí sí–como anillo al dedo del relato oficial. Sirven como demostración de que las prioridades de las administraciones previas, la recuperación del orden y la modernización pactada, fueron en el fondo, pantallas de corrupción. El país necesita conocer la verdad que puede surgir de los juicios. Debe exigirse, por supuesto, lo elemental: imparcialidad en el proceso, transparencia, respeto pleno a los derechos de los acusados.

El futuro cercano no es atractivo para el país. No lo es tampoco para el presidente. Más allá de su propensión al autoengaño, debe saber que la promesa de prosperidad equitativa se ha desmoronado. El virus y la demagogia han logrado borrar cualquier posibilidad de crecimiento. Si el presidente retiene en algún rincón íntimo de su cerebro un gramo de sensatez, debe reconocer que en los años que vienen prosperará solamente la fábrica de pobreza. Tampoco parece fácil ser optimista en cuanto a las perspectivas de la pacificación. Por ello el optimismo del gobierno no puede más que refugiarse en el pasado. Lo único que puede ofrecer esta administración como prueba de su novedad es el castigo. No habría que menospreciar el impacto que los encarcelamientos ejemplares pueden tener en la opinión pública y en la imagen presidencial. El combustible del escarmiento no es menor. No lo es porque pone contra la pared a las oposiciones que siguen sin dar pie con bola, y porque corrobora la línea básica del relato oficial. El único complemento concreto a la saliva presidencial pueden ser las rejas.

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10, Ago 2020

La comedia del populismo

Hace unos días el presidente Trump concedió una entrevista al reportero australiano de Axios, Jonathan Swan. Es un retrato invaluable no solamente del patán que ocupa la Casa Blanca, sino de ese estilo argumentativo del populismo que se convierte, involuntariamente, en material cómico. Algunos videos han agregado tonaditas de comedia para subrayar lo risible, pero, a decir verdad, es innecesario. No hay que agregarle nada para registrar el valor cómico de su actuación.

El presidente Trump insistía, contra toda evidencia, que su país ha manejado admirablemente bien la crisis sanitaria y para ello sacó del guante un papelito que pretendió usar como prueba irrefutable. La gráfica que mostraba contrastaba casos y muertes, pero se desentendía de lo crucial: la proporción de muertes que toma en consideración la población. El orgullo de Trump es, por supuesto, absurdo. La clave para valorar la política sanitaria de un país es, en efecto, la cantidad de muertos por habitantes. Pero Trump se aferra al dato insignificante, como si pudiera salirse con la suya. Su cinismo es desorientación extrema. La máxima eficacia cómica aparece cuando el embustero se aferra a la mentira que nadie cree, cuando se desprende de todo estorbo de decencia para insultar al admirable y cuando se glorifica sin pudor alguno.

La entrevista parece, en efecto, entresacada de un programa cómico. El personaje es un sujeto sin ningún respeto por la verdad, un hombre de limitadísimo vocabulario que repite una y otra vez elogios a sí mismo y que miente con la naturalidad con que respira, exhibiendo reiteradamente su incapacidad para procesar la realidad palpable. Se describe como el hombre más valioso del universo, como el mejor jefe del mundo, al tiempo que revela su incompetencia, su ignorancia, su insensibilidad y su vanidad. Las afirmaciones de Trump no son, como las de tantos políticos, maniobras retóricas para encontrar el perfil más ventajoso. No son apuestas al olvido ni promesas que puedan llegar a incumplirse en un futuro próximo. Son mentiras grotescas y rotundas. Al momento que se emiten, son ya insostenibles. Son mentiras de un nuevo tipo, dice Masha Gessen, cuyo libro más reciente comenté hace poco. Son las mentiras que no tienen como propósito esconder o maquillar. Lo que buscan es demostrar que el poder lo tiene él y que por ello puede decir cualquier cosa. Decir, por ejemplo, que Estados Unidos lo ha hecho bien en la lucha contra el contagio, cuando es el país con mayor número de muertes en el mundo.

Digo que la entrevista parece acto de comediante, porque la disonancia entre las expectativas que tenemos de quien dirige un país y lo que expresa ese hombre no podría ser mayor. Negación flagrante de la realidad, utilización de datos absurdos para hilvanar argumentos insostenibles; un brutal desprendimiento afectivo que se aferra a sus limitadas fórmulas verbales. Ante la muerte de un admirado héroe de la lucha por los derechos civiles, el comediante tiene el atrevimiento de decir: ese fulano no vino a mi fiesta.

Las marcas de esa comedia trumpiana son, tal vez, señales del involuntario humorismo populista. Hay ahí riquísimos materiales para la comedia: apelar a una realidad alternativa que nadie más registra; invocar el mismo cuento sea cual sea la circunstancia; aferrarse al extravío denunciando que el resto del mundo está perdido y conspira contra la justicia; emplear un discurso de identidad que se desprende de cualquier consideración lógica; venerar la estatua del caudillo que encarna al Pueblo, la Historia y la Moral. Nuestro standup matinal sigue una pista parecida. La función cotidiana del egocentrismo es el espectáculo de un hombre perdido que no se da cuenta que está perdido. Un hombre que ha dejado de saber qué suelo pisa y que repite, como si fueran hallazgos de su creatividad genial diez frases y cuatro cuentos. En cada función, el protagonista reclama para sí el sitio de la inmortalidad, al tiempo que muestra su inhabilidad para formar un equipo y administrar un presupuesto. Y así pregunta el comediante supremo: ¿de qué se quejan los burócratas si no tienen una computadora? ¿Protestaba Benito Juárez por la calidad del internet? (Las risas que se escuchan no son grabadas porque las aportan sus patiños.)

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05, Ago 2020

La resurrección de los ecos

Se ha hablado mucho en estos días de la antigua catedral bizantina de Estambul. El templo se construyó en 537 y durante casi mil años fue la iglesia cristiana más grande mundo. En 1453, cuando la ciudad fue ocupada por el imperio otomano, se convirtió en mezquita. Entonces se levantaron los minaretes que enmarcan la estructura. Y se ocultaron los símbolos cristianos de las cúpulas y paredes. Permaneció como mezquita hasta 1934, año en que Kemal Ataturk, el fundador de la Turquía moderna, decidió convertirlo en museo. Los mosaicos ortodoxos reaparecieron al lado de la caligrafía musulmana en símbolo de una nacionalidad abierta que recoge todas las capas de su propio pasado.

Hace unos días, el gobierno de Erdogan decidió clausurar el museo para convertir nuevamente al templo de la sagrada sabiduría en mezquita. La controversia ha sido intensa. Para el novelista turco Orhan Pamuk, la decisión del gobierno representa un atentado a la república secular fundada por Ataturk. Un golpe simbólico pero mortal al basamento laico de la democracia. Ece Temelkuran, la periodista que publicó hace un año su instructivo de siete lecciones para perder un país, reaccionó con la misma indignación: la medida es una forma extrema de rehacer el paisaje de la historia, de la ciudad, de la república para servir al relato de la identidad. Por lo pronto, puede decirse que la reapertura de la mezquita ha logrado la ansiada polarización. Los simpatizantes del presidente turco la entienden como una recuperación de la dignidad; sus críticos como una especie de expulsión del espacio público.

Ha sido a propósito de esta polémica que el New York Times dio a conocer hace unos días un proyecto científico y artístico que me parece fascinante. Basserra Pentcheva, profesora de estudios clásicos de la Universidad de Stanford, se ha dedicado desde hace años al estudio de Hagia Sophia y ha explorado, sobre todo, las dimensiones sensoriales que estimulaba ese templo. La joya de la arquitectura bizantina es una imagen de lo divino que se vivía a través de la luz y las sombras; del canto y sus ecos. La iglesia puede escucharse como un gigantesco instrumento por donde se advierte la presencia de Dios. El coro, dice la clasicista, llenaba el interior acuáticamente: ondas que se propagan, rebotan y disipan entre domos, columnas y paredes. El gran tesoro de Santa Sofía, su sabiduría más profunda, sugiere Pentcheva es ser vasija de una sonoridad mística.

Con un grupo de ingenieros y programadores, la historiadora se ha esmerado en reconstruir la arqueología acústica del lugar. Más que acomodar las piedras de un templo milenario, restituir los temblores del sonido, rescatar el timbre de las voces en juego con el templo. Para recuperar esos ecos, los técnicos poncharon un globo en el lugar en donde habría estado el coro y midieron con precisión los rumores que desencadenó el estallido. De esa manera, el equipo técnico pudo capturar la vivacidad sonora de ese gigantesco cántaro de mármol y oro y levantar una réplica de esa arquitectura que se escucha. Haciendo uso de ese modelo acústico, el grupo vocal Capella Romana que se especializa en los cantos bizantinos grabó un disco de las voces perdidas de Hagia Sophia, a miles de kilómetros de Estambul. El resultado es sobrecogedor. La “aurealización” sumerge al cuerpo de quien escucha en un mar de reverberaciones. Es esa la experiencia de la divinidad que surge de Santa Sofía, dice Pentcheva: voz que resuena y que envuelve, como agua.

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03, Ago 2020

Sobrevivir la autocracia


Hace casi cuatro años, el New York Times pidió a una serie de periodistas extranjeros una reflexión sobre la elección de Donald Trump. ¿Cómo se veía ese acontecimiento desde fuera? Una de las miradas que el diario convocaba entonces era la de Masha Gessen. Gessen había vivido entre Rusia y los Estados Unidos, había publicado una biografía de Putin y participado en las luchas de la comunidad LGBT en ambos países. Bajo la amenaza de perder la custodia de su hijo por la legislación homófoba del autócrata ruso, se instaló definitivamente en los Estados Unidos. Pero su refugio pronto empezó a parecerse a su lugar de origen. Con horror vio el ascenso del millonario neoyorquino y anticipó que tendría altas probabilidades de ganar la presidencia. Veía en Trump a un remedo de lo que vio y padeció en Rusia. Trump no era simplemente un demagogo. Un patán oportunista, sin el menor sentido de la decencia. Era el primer hombre que se había postulado abiertamente para ejercer de dictador de los Estados Unidos.

Gessen, quien se define como persona no binaria, escribió el artículo que le había solicitado el New York Times, advirtiendo precisamente eso: Trump es un autócrata y representa un peligro serio para la democracia de los Estados Unidos. El diario consideró que el texto era alarmista y que la mera consideración de que la sacrosanta democracia norteamericana fuera mortal, resultaba indigna de aparecer en las páginas de opinión del diario. Por ello, el periódico dio las gracias a Gessen y rechazó el texto. Lo publicó poco tiempo después el New York Review of Books y se convirtió en uno de los ensayos más leídos de su historia. Millones escucharon en línea su grito de alarma. Se trataba de un instructivo para sobrevivir la autocracia. De su experiencia en Rusia, Gessen extraía deberes cívicos elementales. Había que creerle, en primer lugar, al autócrata. Hay que tomarse en serio sus palabras. Cuando dice que tiene la intención de poner a sus opositores tras las rejas, cuando habla de golpear a los críticos en sus manifestaciones, cuando inventa sus propios datos, hay que escucharlo. Quien no respeta la dignidad de los demás, quien entiende el poder como despliegue de fuerza es un autócrata, aunque use las plataformas de la democracia. Por eso no hay que normalizar el trato con el autócrata y mantener viva la flama de la indignación.

Aquel artículo se ha convertido en un libro crucial para entender nuestra era. Sobreviviendo la autocracia, es el título. El candidato a dictador se exhibe cada día con mayor claridad. Todo autócrata sueña con la crisis que le permita desentenderse de las reglas, los hábitos y los procedimientos democráticos. Una urgencia, un enemigo que permita poner fin a los miramientos liberales. La crisis llegó como una emergencia sanitaria y, al tiempo que ha exhibido la ineptitud del gobierno norteamericano, ha revelado también sus reflejos autoritarios y abiertamente fascistas. En México lo vio muy pronto Letras libres. Temiendo el resultado de la elección inminente, dedicó su edición de octubre de 2016 al “fascista americano.”

La reacción del presidente Trump ante las protestas antirracistas que hace un par de meses recorrieron las ciudades de los Estados Unidos desde fines de mayo fue una “escenificación del fascismo” dijo Gessen. El teatro presidencial se ajusta a la retórica y a la estética fascista. Ver el poder como la fuerza de un ejército que impone orden a golpes y que atemoriza a los manifestantes con el sobrevuelo de los helicópteros militares. Y el jefe del gobierno caminando con un grupo de leales a las puertas de una iglesia para levantar la mano derecha y enseñar una biblia.

En días recientes han sonado desde la Casa Blanca dos amenazas gravísimas. Primero le advirtió a un periodista de la cadena Fox que no puede comprometerse a reconocer los resultados de la elección de noviembre si estos le son desfavorables. El presidente grita todos los días que el correo que usarán millones para votar no merece confianza y amenaza con desconocer los resultados de la elección de noviembre. Esta semana ha dado un paso más sugiriendo que la fecha de las elecciones podría aplazarse. No hay precedente de esas dos amenazas: desconocer los resultados de la elección o posponerla hasta la fecha que al autócrata le convenga.

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28, Jul 2020

La tarea de la Fiscalía

La fiscalía federal tiene una responsabilidad enorme en la conducción del proceso contra el exdirector de Petróleos Mexicanos. Las acusaciones tocan el núcleo del viejo poder. La manera de competir en elecciones; el uso de los recursos públicos y el modo de lidiar con las oposiciones. Dinero ilegal para financiar una campaña; recursos públicos para beneficio privado y, de acuerdo a la revelación reciente, compra de votos en el Congreso. Corrupción electoral, administrativa y política. Sucio el acceso al poder, sucia la gestión pública, sucio el trato con los legisladores. No es fácil encontrar un caso semejante en la historia reciente. No solamente por la gravedad de los cargos y la vastedad de su impacto, sino también por la disposición del acusado para colaborar con la fiscalía y aportar elementos que muestren la red de corrupción del gobierno de Enrique Peña Nieto. La oportunidad es extraordinaria. Los riesgos también son enormes: la investigación puede pervertirse políticamente, puede ensuciarse con revelaciones indebidas, puede usarse más para el estigma genérico del pasado que para la severa aplicación de la ley. El país merece una investigación y un proceso ejemplares.

La lucha contra la corrupción, bandera fundamental del gobierno de López Obrador, tiene en este caso su prueba definitiva. Esa política no puede quedar en la prédica cotidiana del presidente ni en sus invitaciones a portarnos bien. La lucha contra la corrupción no avanza con parábolas y sermones. No camina con soplos y filtraciones a conveniencia del poder. La lucha contra la corrupción necesita verdad y castigos. ¿Marcará el caso del antiguo director de PEMEX un cambio histórico?

Me parece promisorio, por una parte, que el caso de Lozoya permita terminar con las purgas que se convirtieron casi en un rito de inauguración presidencial. Cazar a una figura relevante para mostrar determinación política, pero detenerse en el símbolo sin abordar el complejo arraigo de la corrupción. El caso que tenemos en frente anuncia otra cosa. Mi cliente no se mandaba solo, decía el abogado que lo representó hasta hace poco. No es absurdo anticipar por ello que las acusaciones desemboquen tarde o temprano en el expresidente de la república y alguno de sus colaboradores más cercanos. Lo importante del caso es que puede ser el hilo que descubre y prueba la intrincada madeja de corrupción. Romper el tabú de la presidencia intocable, terminar el cuento del pillo solitario sería, sin duda, un cambio histórico para México. A la Fiscalía le corresponde fundar una acusación sólida que explore todas las conexiones y complicidades del caso.

Por otra parte, hay también elementos inquietantes en la manera en que se ha conducido el proceso. Poca transparencia, filtraciones, comentarios indebidos del presidente de la república. Las filtraciones que han trascendido parecen la redacción de un libreto por encargo. Un golpe dirigido a los enemigos del anfitrión que recibe generosamente a un invitado. Habrá que ver si aparecen efectivamente pruebas de las acusaciones que se han hecho públicas, pero hasta el momento, resultan, por decir lo menos, extrañas. Me llama la atención, por ejemplo, que los legisladores del partido “verde”, esos cínicos que han bailado siempre al compás del ganador y que ahora son aliados del gobierno, no son acusados por el delator de ninguna conducta impropia en las negociaciones del pacto por México y que el golpe de las filtraciones se dirija casi en exclusiva a los enemigos sobrevivientes: el PAN de ayer y de antier.

La captura de un funcionario no es justicia Tampoco lo son la nube de acusaciones y filtraciones que hemos conocidos en las últimas horas. Todo eso puede ser buena munición política. Para el gobierno es una bolsa de oxígeno ante la catástrofe sanitaria, económica y de seguridad que enfrentamos. Un arsenal invaluable para la batalla electoral que está a la vuelta de la esquina. Para las oposiciones, si es que todavía puede hablarse de que existen, es un nuevo golpe a su imagen pública. Pero más allá del uso político del caso, es necesario exigir un proceso irreprochable que llegue al fondo de la cuestión: que nos acerque a la verdad y que castigue a los abusivos. No se necesita ninguna consulta para exigir que la ley se aplique a todos por igual.

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22, Jul 2020

Nox

Acostado es una caja, pero si se levanta parece una lápida. Así lo describe la propia creadora: una lápida. Nox, el cuaderno que Anne Carson hizo a la muerte de su hermano es un epitafio en forma de libro. Un abanico hecho de poemas, citas, fotografías, papeles manchados, timbres postales, garabatos, párrafos tijereteados. Este libro puede ser una de las mejores puertas de entrada al universo poético de Carson, quien hace unas semanas ganó el Premio Princesa de Asturias. El mundo de la poeta canadiense es una recámara de imágenes, voces antiguas, brillos y ecos. Papeles del día, recibos, fotos, flores que van secándose. Ensayos y divagaciones, exploraciones filológicas, lecturas. Una arqueología de lo más íntimo que se ilumina con destellos de poesía. Una vasija rota envuelta en hiedra. Nox es más que escritura: piezas que unaa doliente recaba para sujetar de algún modo lo que se ha ido.

Cuando Michael murió en Copenhagen, la noticia tardó semanas en llegar a su hermana. Su viuda no tenía su número telefónico. Hacía veinte años que los hermanos no se veían. Habrían hablado por teléfono, si acaso, unas seis veces en todo ese tiempo. Michael había huido de casa en 1978, al parecer, para evitar la cárcel. Su paradero era un misterio. Usaba pasaportes falsos, se inventaba nombres. Vivió en la calle. De repente llegaba a casa de la familia una postal sin dirección de remitente y con un sello de la India o de Francia. Y con separación de años, una llamada breve y absurda.

La primera inscripción del abanico es un poema de Cátulo a su hermano muerto. Vengo a “hablar inútilmente a tu muda ceniza.” El poema en latín mecanografiado por Carson aparece pegado a la hoja. Se perciben en el facsímil las arrugas de un papel delgado y un color amarillento que le viene de una noche sumergido en una taza de té. Las páginas que se despliegan a la izquierda componen un diccionario personal que recoge el vocabulario de la pérdida. Tocar la pérdida es dialogar con el poeta romano, reescribir sus letras. El libro-lápida es, en algún sentido, una versión, un diálogo, una ampliación de la elegía de Cátulo. Después de trabajar durante años en ese poema, dice ella, llegué a la idea de que la traducción es buscar el interruptor en un cuarto oscuro.

Hubiera querido llenar esta elegía con luces de todo tipo. Pero la muerte nos vuelve avaros. No perdamos más tiempo en ello, él está muerto. El amor nada puede cambiar. Las palabras nada pueden añadir.

La poesía de Carson recurre más la yuxtaposición que a la imagen. Costura de muchos paños: la tinta de la carta y la cátedra de la erudita; la voz de un subsuelo milenario y el sonsonete de las pantallas de esta mañana. La elegía a su hermano es la invocación de un desconocido. Doble irrealidad: el vacío de la muerte y la incógnita de la vida. Megan O’Rourke, en su reseña del Newyorker, dice bien que el acordeón de esta elegía explora el significado de no entender.

Anne Carson escribió también un poema al que tituló “Epitafio”. Esta es la versión de Jordi Doce:

Para obtener el sonido toma cuanto no sea el sonido déjalo caer
Por un pozo, escucha.
Luego deja caer el sonido. Escucha la diferencia
Estallar.

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