30, Nov 2020

Demagogia criminal

Hay brutos en todas partes. Necios que creen que un cinturón de seguridad es una imposición tiránica, que la teoría de la evolución es un mensaje del demonio, que las vacunas son ampolletas que nos robarán el alma. En todas partes hay loquitos que gritan en la esquina que ya viene el fin del mundo. Lo que preocupa es que el chiflado invoque a la autoridad para fundar su imprudencia, que siga el ejemplo del gobernante para justificar su irresponsabilidad.

Eso ha pasado aquí. La pedagogía oficial ha rendido frutos. El diputado Fernández Noroña es el alumno ejemplar de la estrategia sanitaria del gobierno federal. Ha aprendido las lecciones del doctor López Gatell y las pone en práctica con enjundia. Hace unos días lo citó en el Consejo General del INE para rechazar el uso del cubrebocas que se había establecido como norma de reunión. No es necesario usarlo, dijo, repitiendo las palabras de quien alguna vez se presentó como técnico: la tela puede crear una falsa idea de seguridad. Más aún, el paño que cubre nariz y boca es, en realidad, un instrumento esclavizante, un dispositivo para someter a la población, un artefacto de silenciamiento. Para este machismo libertario despojarse del cubrebocas y hablar a baba suelta es una señal de valentía, de arrojo, de dignidad. La hombría demostrada en la saliva sin retén. Que el instituto electoral hubiera acordado esa norma para la celebración de su consejo es, para un cuatrotícola leal, irrelevante. Nos lo han dicho de muchas maneras: las leyes que alguien considere injustas deben violarse. Está escrito en alguno de los mandamientos presidenciales: Violarás la ley que te disguste.

Es grave, decía, que la irresponsabilidad encuentre coartada en el discurso oficial. Más grave, tal vez, es que el desplante reciba felicitación del máximo líder del país. Todavía hoy, cuando los contagios alcanzan nuevo pico, cuando la muerte llega a niveles que superan varias veces el cálculo más catastrófico; mientras caminamos hacia un invierno pavoroso, el presidente de la república minimiza otra vez el peligro que enfrentamos y bendice la insensatez como expresión de libertad y una muestra de la infinita sabiduría del pueblo. Todos los días imparte cátedra de irresponsabilidad. Un hombre obsesionado con su propio símbolo aparece siempre con la cara descubierta. Los carteles que vemos en la ciudad lo piden, lo imploran. Por respeto, por valor, por salud, por amor, lleva puesto tu cubrebocas. Por ti, por mí, póntelo. Pero el hombre que vemos hasta en la sopa, se resiste. No le da la gana y con su conducta da consejos de muerte.

La demagogia es criminal. Me detengo en estas cuatro palabras, pero no puedo borrarlas porque son ciertas. Es imposible dulcificar las consecuencias esta irresponsabilidad colosal. La demagogia mata. Puede ser un condimento natural de las campañas políticas. No llega a desaparecer en los gobiernos democráticos, pero suele atemperarse con los golpes de la realidad. No podemos, pues, imaginar el debate público sin las visitas de esa tramposa grandilocuencia que se separa inevitablemente del crudo realismo. Pero en tiempos de crisis, en momentos en donde nos jugamos literalmente la vida, la preocupación por el aplauso, la empalagosa adulación al pueblo sabio, noble y prudente, la megalomanía, la negación de los peligros que se enfrentan multiplican la muerte.

Es frente a ella, la muerte, que se levanta la responsabilidad política, dijo, con toda solemnidad Max Weber, hace un siglo. Son esas muertes que nos persiguen las que exhiben el impacto de la demagogia reinante. Halagos al pueblo y alabanzas del gobierno a sí mismo. Más que guías de cuidado, recibimos de la presidencia, halagos. El pueblo se ha portado muy bien. La gente sabe qué hacer y no necesita vigilantes. La estrategia ha funcionado. Ya mero salimos de la crisis. De ese bombardeo se desprenden mensajes fatales. Cada quien sabrá qué hacer; no necesitamos corregir nada. La demagogia de estos días es la fuga más perversa ante la crisis más cruel. Minimiza el peligro, cierra los ojos a la realidad, abandona a cada quien a su suerte. Las instrucciones vagas, complacientes y contradictorias que escuchamos desde el poder federal responden claramente a las ensoñaciones de este populismo sin sentido de Estado que padecemos.

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25, Nov 2020

Verdad / Mentira

Al pensar en los juegos del artista Stefan Brüggeman con el lenguaje –neones, grafitis, esténciles, entradas de diccionario–, advierto la fisonomía de un lenguaje incomprensible. Despedazamientos de la verdad, mutilaciones del sentido. El desgajamiento de la palabra, las capas sobrepuestas de la voz provocan fascinación, perplejidad, sospecha. Octavio Paz habló en algún momento del lenguaje como un árbol calcinado. Las palabras: puentes, pero también jaulas, pozos. En uno de sus poemas más tempranos miraba ya la palabra como el principio de la exactitud y la confusión:

herida y fuente: espejo;
espejo y resplandor;
resplandor y puñal

Las intervenciones de Brüggemann, arte y crítica en un mismo gesto, llevan ese cuestionamiento a la grafía misma del lenguaje. Palpar el cuerpo deforme de la palabra, ver el centellante brillo de las letras, escarbar en la orografía de los dichos, atrapar apenas el último tramo de un parlamento. Arqueología de voces: la portentosa ruina del lenguaje. Miro en las pinturas doradas de Bruggeman un eco de Mathias Goeritz, pero advierto pronto que la contemplación de esos lienzos perturba: el oro no es revelación, es ocultamiento de un mensaje, no es un dispositivo que conduzca a la elevación sino artilugio que muestra que el sentido ha sido sepultado con brillos. La pátina de oro no es aquí halo de dioses, corona de reyes o diente de fantoches, es humus, tierra, tiempo.

Una hoja se planta con dos caras. Al filo de esa vieja herida sin cicatriz, al borde de nuestro norte y de su sur, por encima del pasadizo secreto que conecta los submundos de México y Estados Unidos, se eleva un manifiesto de dos sílabas. Truth / Lie. Letreros de bienvenida al presente. La verdad le cuida las espaldas a la mentira. El zumbido eléctrico del neón, su brillo intermitente muestra en el letrero gigantesco el fundamento de nuestro quebranto: la incrustación de la una en la otra. No se ha impuesto la mentira, se infiltrado en la verdad. Hemos perdido la malla que permitía apartar los engaños del discurso permisible. Hemos convertido al farsante y al patán en héroes de la autenticidad.

La pieza de Tijuana insinúa movimiento: el observador imagina el giro de los significados porque entiende verdad y mentira como fichas intercambiables. Nuestro trato con la realidad es un volado: ¿caerá la moneda en águila o sol?, ¿será verdad o mentira? ¿Qué más da? ¿A quién le importa? Esa indiferencia ha sido devastadora. Lo más grave no es que las mentiras se impongan sobre la verdad, sino que las fronteras entre una y otra se diluyen.

El espacio de la publicidad proyecta en líneas fluorescentes el mensaje del poder. ¿Es el mercader o el dictador quien nos habla? Campañas para la temporada otoño invierno: Seducir es engañar. El odio nos une. Somos inocentes, sólo aquellos son culpables de todo. El azul, blanco y rojo de las letras enormes captura las coartadas de la tribu. El nacionalismo es indiferencia a la verdad, dijo George Orwell. Para qué perder el tiempo buscando explicaciones a lo que pasa si la verdad tiene un propietario caprichoso. Cedámosle a él el instructivo del juicio. El nacionalismo es el sello que cancela la curiosidad por lo distinto, es proscripción de la duda que puede ser tenida por deslealtad; es orgullo de las farsas si es que son las nuestras. La letra Arial de doble línea que se despliega en el anuncio, tiesa, esquelética, helada es marcial. Será que así se muestra de mejor manera que más que exploraciones, las letras de las dos palabras contienen una orden. El poder, sea de gobierno o de empresa, impone verdad. La realidad no se descubre, se decreta. El doblez del signo es una denuncia, una burla, un juego. Dime desde dónde miras y te diré qué crees.

 

Fragmento del texto para el proyecto público Truth / Lie, de Stefan Brüggemann en Tijuana. El texto completo puede leerse aquí .

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23, Nov 2020

Un éxito preocupante

La liberación del general Cienfuegos es ambas cosas. Un extraordinario triunfo del gobierno federal, sin duda. La diplomacia mexicana fue al rescate del general y logró su cometido. Empleó todos sus instrumentos para revertir la agraviante decisión del vecino. No se quedó cruzada de brazos. No se detuvo la formalidad de un aviso de inconformidad. Emprendió el camino diplomático, usando todos los instrumentos a su alcance para defender su causa. La resolución final del gobierno norteamericano es sorprendente. Desistirse de los cargos contra el militar mexicano y enviarlo sin dilación a nuestro país fue un giro que nadie habría imaginado. ¿Quién habría pensado que el gobierno de los Estados Unidos pudiera recular de esa manera? El triunfo habla de la capacidad de la diplomacia mexicana cuando logra identificar con claridad un objetivo y expone con firmeza sus razones.

El éxito del gobierno federal es, ante todo, del canciller Ebrard. Si el presidente reaccionó con enorme torpeza al arresto de octubre, el canciller registró de inmediato las implicaciones que el proceso contra el general tendría para la colaboración entre los países y también para la alianza del presidente con el ejército. El reflejo de López Obrador fue celebrar la captura de otro representante más del viejo orden y llamar de nuevo a limpiar la casa tras las revelaciones que venían del norte. La inercia de su retórica le impidió advertir los gravísimos efectos de la incriminación. El tiempo le hizo cambiar de parecer, pero la reacción inicial fue muy desafortunada. La respuesta del canciller, por el contrario, daba cuenta de inmediato de todo lo que trastocaba el arranque de la DEA. No solamente recibía el golpe, planteaba una salida y se dispuso construirla. A la nota diplomática sucedieron lo que podemos imaginar como intensas negociaciones con la fiscalía norteamericana y otras agencias de aquel país. Se usaron todos los instrumentos diplomáticos para revertir la decisión del vecino. El gobierno no se quedó congelado ni puso el grito en el cielo. Se puso a trabajar con la discreción necesaria y en el ámbito debido. Al mes de la captura, la cancillería mexicana obtuvo un resultado que se habría considerado impensable hace unos días.

La respuesta mexicana no fue un desplante. El canciller supo mostrar a sus contrapartes la importancia de la colaboración y el deber que tienen ambos países de cuidar la confianza. Sin esconder la cabeza bajo la arena, sin cambiar de tema por resultar incómodo, sin caer en los reduccionismos elementales que tanto complacen a este gobierno, la cancillería comunicó el agravio y dejó en claro las consecuencias que podría tener. Obtuvo así un éxito que nadie podría regatearle.

Al mismo tiempo, debe decirse que la victoria preocupa. El éxito diplomático sirve a la opacidad y la militarización. Por su propia naturaleza, las negociaciones de la cancillería están envueltas en el misterio. ¿A qué se comprometió el gobierno mexicano? ¿Podríamos confiar en que las autoridades mexicanas examinarán las pruebas contra el general con rigor y objetividad? Al reconocer las autoridades norteamericanas que su decisión es abiertamente política, dejan entrever que el costo de la cooperación puede ser la impunidad. Preocupa también esta victoria diplomática porque se inscribe en un inquietante proceso de militarización. En estos dos años de gobierno, el gran aliado del presidente ha sido el ejército, la corporación de la obediencia. Si la administración es para el presidente un elefante flojo, el ejército es la eficacia que le dice sí, señor. Lo que usted ordene. Al ejército se le ha entregado la seguridad pública, y la política migratoria; la construcción de las obras predilectas del presidente y el transporte de la gasolina; el control de las aduanas y la construcción de hospitales. La victoria del canciller es por eso, una victoria más del ejército, el estamento intocable. La eficacia diplomática puesta al servicio de ese militarismo que es, en la fantasía presidencial, impoluto.

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17, Nov 2020

¿Qué será del trumpismo?

Fue la derrota ideal. No lo digo porque hubiera perdido la presidencia por pocos votos ni, mucho menos, porque tenga fundamento la fantasía del fraude. El candidato demócrata ganó con holgura y en enero se convertirá en presidente. Pero la derrota de Trump es buena noticia para el trumpismo porque reafirma el control de un vastísimo territorio, porque muestra que la solidez de sus respaldos ha transformado las identidades tradicionales de la política norteamericana, porque la fabricación de la ilegitimidad embona a la perfección en su relato, porque mantiene control de un partido que tiene secuestrado. El trumpismo, lejos de haber sido derrotado, tomará nuevo impulso desde la oposición y los muchos espacios políticos y mediáticos que conserva.

Trump no se reelegirá, pero cosecha la desconfianza que ha sembrado afanosamente. Su discurso ha tenido efecto. De acuerdo a una encuesta de Politico, el 70% de los republicanos cree que la elección no fue libre ni justa. El 78% se tragó la acusación de que el voto postal era fraudulento y el 72% cree que hubo manipulación de votos. Hay pues, un problema de confianza en el régimen democrático que es claramente benéfico para la causa trumpiana. Las reglas, los procesos, las resoluciones son  vistas como imposición de una de las partes. Es cierto que el descrédito del régimen viene de tiempo atrás. Muchos demócratas hace cuatro años gritaron que Trump no era su presidente y cuestionaron igualmente su legitimidad por la intervención rusa. Hoy la denuncia de la ilegitimidad es más intensa en el campo derrotado porque tiene el impulso del presidente saliente. No son patadas de ahogado. Es una estrategia. Desde hace semanas, el presidente preparó el cuento del fraude. Hasta el momento sigue diciendo que le arrebataron la presidencia e insiste que, al final del día, se impondrá. Su propio Secretario de Estado ha dicho que se prepara la transición a una segunda administración Trump.

Al gritar que le han hecho trampa, el presidente no solamente niega su derrota y esquiva su responsabilidad (perder es inconcebible para los populistas porque el pueblo está siempre de su lado). Rechazar el veredicto coloca a su movimiento y al partido que tiene a su servicio en los márgenes de la institucionalidad. A partir de este mito fresco del fraude, el trumpismo se constituirá como una fuerza “semileal” frente a la legalidad democrática. Usará las reglas si éstas le benefician, pero las denunciará cuando le perjudican. Coqueteará con quienes rompen abiertamente con los principios democráticos si atacan a su enemigo. Los triunfos se retratarán como reflejo de la voluntad auténtica del pueblo y las derrotas serán descritas como trampas de un sistema.

La elección regala al trumpismo la constatación y tal vez la agudización del abismo social. La polarización, que no inventan los populistas, sigue ahí. Los colores del mapa electoral lo muestran de manera clarísima. Ahí puede observarse la separación de dos países. Puede verse ahí, no solamente la diferencia entre el campo y la ciudad, el contraste entre quienes alcanzaron estudios universitarios y quienes no, sino la intensa animosidad entre ellos. Si los populistas no inventan la polarización, son quienes mejor la entienden y mayor provecho le exprimen. Es difícil imaginar que el desenlace electoral apacigüe. En la guerra cultural en la que está envuelto Estados Unidos, el nacionalismo reaccionario, la xenofobia y el repudio a las identidades tiene futuro. Si hoy ha recibido un revés en la elección presidencial, puede reanimarse velozmente tras el repliegue.

Trump transformó profundamente al partido que asaltó. La elección afianzó su dominio. Trump es la figura indispensable, la figura que todos los ambiciosos del partido quieren tener a su lado. El personaje al que nadie está dispuesto a enfrentar. Si la elección fue una buena noticia para el trumpismo es precisamente por eso. A pesar del escándalo permanente, del juicio político, de la catastrófica conducción de la emergencia sanitaria, no puede negarse que el presidente Trump tuvo un meritorio desempeño electoral. Trump fue derrotado, no barrido. Los demócratas se equivocan si retratan al trumpismo como una anomalía, una desviación de la ruta histórica de su país. El trumpismo es el vehículo de la aprensión cultural de millones de norteamericanos que sabed que el futuro ha dejado de ser promesa. Por eso sigue vivo.

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11, Nov 2020

¿En qué pensábamos?

¿En qué andábamos pensando?, se pregunta Carlos Lozada desde el título de su libro más reciente. Se refiere a era Trump que parece que finalmente llega a su fin. ¿Cómo entender estos cuatro años? ¿Qué dice este tiempo de la democracia, de la sociedad, de las emociones públicas, de la ansiedad contemporánea? El crítico del Washington Post tomó la radiografía de una época que pretende encontrar su propio sentido. Más de 150 libros de todas las perspectivas y todos los enfoques. Los estantes de esta “historia de lo inmediato” incluyen crónicas de la pobreza rural, manifiestos de resistencia política, trabajos sobre género e identidad, advertencias de extremismo político, alabanzas del genio empeñado en recuperar la grandeza de los Estados Unidos, profecías sobre el destino democrático, crónicas sobre el manicomio que ha sido la Casa Blanca.

El arco temático e ideológico de este recorrido es extraordinario. Crónica, ensayo, piezas académicas, reportajes, meditaciones filosóficas. Los politólogos discuten sobre la agonía de la democracia liberal. Los críticos literarios se lamentan por el sitio de la verdad en el espacio público. Los filósofos se cuestionan sobre las tensiones entre ciudadanía e identidad. Los sociólogos y los antropólogos retratan el nuevo rostro de la miseria y de la exclusión. Los activistas usan la imprenta para organizar la resistencia. Los reporteros se infiltran en las reuniones del poder para retratar el caos.

Mi preocupación, dice Lozada “no es saber cómo llegamos aquí, sino cómo pensamos ahora.” El ejercicio es valiosísimo. Esa biblioteca urgente conforma un mosaico de perspectivas, enfoques, talantes que son brújula en el presente y serán testimonio de un tiempo para los historiadores del futuro. Para descubrir las pistas del presente, Lozada ha formado una lista de lecturas esenciales. Libros que arrojan luz a un tiempo ardiente y confuso. Quien quiera entender este tramo de la historia de los Estados Unidos y quiera asomarse a la sombra que de ahí se proyectó al mundo, se servirá enormemente de esta valiosísima guía bibliográfica.

Está, por supuesto, el libro Hillbily Elegy, el testimonio de JD Vance sobre el nuevo rostro de la pobreza en Estados Unidos. Está también el panfleto de Timothy Snyder sobre los peligros del populismo autoritario y la mirada de Masha Gessen sobre el peligro de un nuevo régimen totalitario. Un apartado importante es el que se le dedica a los delatores que salieron de la órbita trompeana para denunciar el delirio del comandante en jefe y los reportajes como los de Woodward que logran adentrarse en las reuniones de gabinete y explorar los caprichos presidenciales.

El mapa que dibuja Lozada permitirá identificar la intensidad de las polémicas contemporáneas, la seducción de un personaje a un tiempo abominable y representativo, las distintas fibras de la conversación y el malentendido de nuestros días. El catálogo de novedades de Lozada se convierte en algo más: termómetro de una cultura.

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09, Nov 2020

Y sin embargo, el centro

El centro no resiste, dijo William Butler Yeats en un poema que suele citarse en malos tiempos. El irlandés escribió “La segunda llegada”·hace un siglo, frente a las secuelas de la Primera Guerra y al calor de las tensiones nacionalistas. Es, seguramente, uno de los poemas más mordisqueados del siglo XX. Sus líneas han pasado a la música, al teatro y al cine. Son incontables los textos que han adoptado su frase central como título. Un crítico literario irlandés lo llegó a proponer como un termómetro de nuestro pesimismo: mientras más se cite ese poema, más oscuro vemos el mundo.

todo se deshace; el centro no puede sostenerse;
la bruta anarquía se suelta sobre el mundo.
Se suelta una marea de sangre y, en todos lados
se ahoga la ceremonia de la inocencia;
los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores
están llenos de apasionada intensidad.

En el poema, la oscuridad se precipita sobre el mundo, mientras una bestia mece nuestra cuna con pesadillas. El centro se desploma. Los radicalismos de un rumbo y del opuesto callan a los moderados, arrinconan a los conciliadores tachándolos de cobardes. El ardor sofoca a la virtud. Por atreverse a mirar desde otro lado, los moderados son denunciados como los cómplices tímidos del enemigo. Y sí, como sugiere ese poema, parece que el boleto para la función del día exige definirse por algún extremo. Simplificar fogosamente. Aplastar con hermética convicción al enemigo. Por eso nos dicen los vehementes de hoy que no es tiempo de vacilaciones, sino de “definiciones”. Que el diálogo no es solamente una pérdida de tiempo sino un riesgo de contaminación. Que los remiendos son engaños y que solo la demolición es cambio.

Ahí está la refrescante lección del norte. Ha ganado un aburrido, un blando, un opaco. Un moderado, un discreto, un paciente. La chispa de la política de Joe Biden, si pudiéramos encontrarla, estaría ahí, en su falta de brillo. Resistió la tentación de la estridencia cuando parecía la única ruta de éxito. Tuvo el valor de ofrecer conciliación y diálogo: reparación. Tras el delirio de la era Trump: Biden ofrece la rebelión del sentido común. Lo elemental: respeto por la verdad, decencia, seriedad, empatía. Tras ganar la elección, ha pedido a los suyos escuchar a los otros y ha convocado a todos a escapar del imán de la enemistad. Biden está tan lejos del show de Trump como de la cátedra de Obama. No es el payaso que se da permiso para decir barbaridades, ni el profesor distante que dicta lecciones de patriotismo constitucional. Biden es un político raro porque es un político modesto. Conoce la responsabilidad y conoce también el fracaso. Ha sufrido pérdidas inimaginables. Fue un parlamentario que supo cruzar el pasillo para negociar con quien hiciera falta.

Frente a los antagonismos que definen esta época, Biden se confiesa buen amigo de sus adversarios. He pecado, dijo alguna vez: “me caen bien los republicanos”. En esa simpatía a contracorriente finca su esperanza: no hay forma de hacer algo si no volvemos a hablar el uno con el otro. Por eso, la tediosa moderación que ofrece para los próximos cuatro años parece promisoria: nada tan tóxico para las simplificaciones de la exaltación populista que la propuesta de diálogo y el repudio de la hostilidad. Frente a las trompetas de la guerra, una invitación a conversar. La estrategia política de Biden pudo haber sido frustrante para muchos, pero parece, hoy por hoy, el mejor camino para superar el trumpismo porque desactiva el fundamento de la polaridad. Esa es, por lo menos, su intención: salir del pleito de los polos. Desde luego, no es claro que su bonhomía pueda frenar la inercia de la confrontación, pero si alguien pudiera hacerlo, sería él.

La apuesta de Biden es la apuesta del centro. ¿Existe espacio para esa opción en estos tiempos? ¿Puede reconstruirse el diálogo en esta era furiosa? ¿Podrá reconstituirse ese centro?

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02, Nov 2020

¿Qué fue el trumpismo?

El alarde de la patanería. El trumpismo representa la demolición de la decencia más elemental. Más que indiferencia o insensibilidad, un desprecio activo y vehemente. Política de la burla, del insulto, de la vejación. Al adversario, al débil, al vulnerable, palabra y trato de cosa. Hacer del otro, el recipiente de los escupitajos. El trumpismo es agente de una profunda degradación moral. Hacer alarde del abuso sexual, burlarse públicamente de la apariencia física de las personas, glorificar la violencia. El peor legado del trumpismo habrá sido convertir lo indefendible en medalla de autenticidad. ¡Con cuánta honestidad expresa su odio el fascista! Votemos por él.

Melancolía por los tiempos de una exclusión sin complejos. El trumpismo fue, desde el primer momento, un llamado a regresar a la gloria de un país dominado por hombres un solo color. Pánico al cromatismo del futuro y a quienes osan trasgredir la posición que el destino fijó para ellos. También síntoma de las ansiedades de nuestro tiempo. Frente al terremoto cultural, frente al desafío tecnológico, frente al culto del globalismo, el trumpismo significó el intento por detener el reloj o, más bien, de regresar el calendario a tiempos más comedidos y tranquilos. La búsqueda de certidumbre en un pasado que se idealiza. Producto perfecto del encono, las angustias y el cinismo de nuestro tiempo. La respuesta al desprecio de los mandarines que miran por debajo de los hombros a los “deplorables”.

Un populismo oligárquico. En nombre del verdadero pueblo, de la “América” profunda, el trumpismo fue promotor de los intereses de los más ricos. Hablar de los olvidados para mimar a los encumbrados. El trumpismo siguió puntualmente el libreto populista: cultivar las enemistades, deslegitimar al adversario, corroer las instituciones. Pero su retórica y su práctica no pretenden la incorporación sino la repulsa. El molde populista es el mismo: compactar cualquier asunto complejo a las dicotomías elementales del patriotismo contra la traición. Despreciar la ciencia, el dato, los hechos. Pasar por encima de las reglas, colonizar las instancias de la neutralidad. Pervertir el lenguaje, hacer imposible la conversación. Y poner todo ese arsenal al servicio de los ganadores.

Un espectáculo sofocante. El trumpismo no es una derivación política del mundo de los negocios sino del mundo del espectáculo. Un reality show desde el que se ejerce el máximo poder en el mundo. La política convertida en morboso entretenimiento. Imposible apartar la mirada o cambiar la conversación. El despliegue diario del insulto, la incompetencia, la ignorancia, la mentira se convierte en adicción pública. El megalómano no puede vivir sin la atención permanente de su público, mientras el auditorio exige su dosis diaria de distracciones. El efecto que este circo ha tenido en la imaginación ha sido terrible, dijo Michelle Goldberg en un artículo publicado hace unos días por el New York Times: hemos estado hablando tanto de Trump que no concebimos una charla sin su presencia. Lo vemos tanto que nos dejamos de ver y dejamos de ver lo que tenemos frente a la nariz. El fantoche convertido en obsesión y, por ello, en ceguera.

La desvergüenza de la mentira y la ilegalidad. El trumpismo no inventó, por supuesto, la mentira. Lo que hizo fue despojarla de su culpa. Bajo el trumpismo no hay, siquiera, la pretensión de disfrazar las falsedades. Si el demagogo dice algo que contradice la fotografía que todos vemos, es la fotografía la que miente. La acusación de que el otro pertenece a los medios enemigos es suficiente para desprenderse del deber de dar razones. Se trata de una mentira de otra naturaleza, sugiere Masha Gessen: mentira cuyo propósito, más que engañar, es demostrar quién tiene el poder y quién puede, en consecuencia, crear otra realidad. En efecto: el trumpismo es un asomo totalitario. La mentira oficial se convierte prueba de lealtad: ¿queda entre los fieles quien se disponga a juzgar la realidad con sus propios ojos o estará dispuesto a renunciar a su juicio?

El título de este apunte es un deseo. Espero el castigo fulminante a la indecencia. Pero sé que, sea cual sea el resultado electoral de mañana, los demonios que convocó Donald Trump seguirán presentes en la política de Estados Unidos y de otras latitudes.

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28, Oct 2020

La chispa de las lluvias

megustaleer - El origen eléctrico de todas las lluvias - Alejandro García Abreu

“Ningún escritor sensato cree en las entrevistas,” escribió Enrique Vila-Matas, en un artículo sobre el género que publicó hace casi diez años en El país. Como las preguntas que hacen los periodistas son casi siempre las mismas, la única manera que tiene el escritor para no morir de aburrición en los interrogatorios es inventar siempre una respuesta distinta a la misma pregunta. Por eso pedía que no se tomara muy en serio el género. Citaba a John Updike quien advertía ahí un fraude inevitable: en una entrevista uno dice algo de más o algo de menos a lo que quiere decir. Sugería algo más: el escritor que se deja entrevistar traiciona su propio oficio. Deja su terreno, que es el de la escritura, y se convierte en un charlatán cualquiera. Lo que el escritor dice está en sus novelas, en sus relatos, en sus poemas. De esa desconfianza viene aquella admirable carta-poema de José Emilio Pacheco a George B. Moore para negarle una entrevista: “importa el texto y no el autor del texto”, le dice. Nada tengo que agregar a lo que escribo:

Si le gustaron mis versos
¿qué más da que sean míos / de otros / de nadie?
En realidad los poemas que leyó son de usted:
Usted, su autor, que los inventa al leerlos.

Y sin embargo, la entrevista, cuando escapa de la trivialidad periodística, es un admirable género literario. La obra de Borges, por ejemplo, no está completa sin esos diálogos que capturan la chispa de sus reflejos, su humor, su erudición perfectamente metabolizada. Como bien dice Alejandro García Abreu, para ser literatura, la entrevista  debe encontrar “un equilibrio de perspicacia e imaginación entre las partes, un gesto de complicidad, a la vez que deviene en un reto. Cuando el entrevistador sobrepasa los estándares del mero periodismo logra que el entrevistado ensaye oralmente, que elabore un texto inmediato.” Esa literatura que ha ido cultivando García Abreu durante años es recogida en su libro más reciente: El origen eléctrico de todas las lluvias. El libro publicado por Taurus salió de la imprenta en los días más severos del encierro. Quizá por ello no tuvo la recepción que merecía en las librerías ni en la crítica. Se trata de una colección de entrevistas que el crítico ha hecho durante una década con escritores, pensadores y artistas como Roberto Calasso, Jorge Edwards, Emmanuel Carrére, Claudio Magris, Norman Manea, Charles Simic o Monika Zgustova.

Salvador Pániker, el brillante dietarista catalán que publicó un par de libros de conversaciones, formuló una tesis que se conoce como el “teorema de Pániker”: “Todo entrevistado acaba reducido a los límites mentales del entrevistador”. Algo así dice Claudio Magris en el prólogo de la compilación: quien cuenta en la entrevista es el que plantea las preguntas. Frente a una pregunta insignificante, no hay quien pueda dar respuesta con sentido.

En las entrevistas de García Abreu se trazan líneas de una crítica instantánea y una autobiografía intelectual. La compenetración del crítico con la obra del interlocutor le permite adentrarse a la médula, estimulando en el creador una reflexión fresca y muchas veces aguda, sobre el brote de la intuición creativa, las diálogos ocultos, el vínculo íntimo entre una obra y la siguiente. La admiración del crítico le permite detectar la pasión esencial del creador. No encontraremos aquí una charla informal, espontánea, azarosa sino el despliegue de una estrategia sesudamente preparada por el cazador. El libro celebra la fricción de las inteligencias en la conversación. De ahí el título que proviene de una línea de Vila-Matas en Marienbad eléctrico: conjugar la serenidad y rayo repentino: viajar “al origen eléctrico de todas las lluvias.”

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26, Oct 2020

Pluralismo y barbarie


Pluralismo y barbarie han sido los procesos clave del siglo XXI mexicano. El fin de la hegemonía y el desbocamiento del crimen. Un país que se abre a la competencia y se ahoga en sangre. Al lado de la aritmética cívica, la macabra: acostumbrarse a contar votos y muertos.

No resulta fácil comprender la relación entre el país que daba sus primeros pasos en el territorio de la democracia y el que empezó a descubrir, bajo la tierra, cadáveres sin sepultura. Nos ha tentado la explicación sencilla, cómoda y confortante que sostiene que el disparo de la violencia se debe a una decisión catastrófica. Es atractivo pensar que la “guerra de Calderón” terminó con la paz y nos lanzó a una espiral de sangre de la que aún no podemos escapar. Esa tesis que apunta a un único causante puede ser la más popular y la más eficaz políticamente. Es insostenible. La violencia que hemos padecido estos lustros tiene raíces más profundas y causas más complejas. La violencia no puede desprenderse del proceso de democratización y aún puede decirse que es resultado del tipo de transición que desmontó el predominio de un solo partido. Lo muestra así un brillante trabajo que arroja luz sobre la imbricación profunda entre estos dos cambios.

Me refiero al libro que han escrito Guillermo Trejo y Sandra Ley sobre la lógica política de nuestras guerras, uno de los documentos más valiosos para entender la selva que hemos creado. Votos, drogas y violencia es el título de este trabajo publicado recientemente por Cambridge University Press, una de las más prestigiosas editoriales académicas del mundo. La portada captura una escena tristemente común en el México de nuestro tiempo: la estampa de un crimen tiene como escenografía la propaganda electoral. Un coche chamuscado en medio de una avenida de Ciudad Juárez y las enormes fotografías de candidatos que sonríen. En la imagen, cintas de policía y emblemas de partido. Ahí está el argumento de esta admirable investigación: nuestro camino a la democracia nos condujo a la barbarie. El otro fruto de la transición fue la violencia.

El trabajo de Trejo y Ley es ejemplar: conceptualmente claro, abierto a todas las disciplinas y enfoques, riguroso y al mismo tiempo fresco e intelectualmente atrevido. Empleando recursos de la economía y de la teoría política, de la sociología del crimen y la competencia entre partidos, construye una tesis que abre caminos para la comprensión del orden criminal en democracias huecas. Centrado en el caso mexicano será, sin duda, una pieza crucial para comprender procesos semejantes en otras partes del mundo.

Quien quiera entender nuestra barbarie debe remontarse al viejo régimen, a ese orden autoritario que estableció vínculos con el crimen. Es desde entonces el Estado y el delito conviven en eso que los autores llaman una “zona gris” en la que policías y delincuentes colaboran. Ese ecosistema criminal se mantuvo estable durante décadas. El factor que alteró el ecosistema fue la competencia. El pluralismo modificó los términos de la relación entre el crimen organizado y los “especialistas en la violencia estatal.” La incertidumbre democrática trastocó sustancialmente los términos de la interacción entre el Estado y la delincuencia, generando incentivos a las guerras criminales. La declaratoria calderonista no habrá iniciado esta crisis, pero no hay duda de que la magnificó de manera monstruosa. Los datos son incontrovertibles. Lo que exponen los autores también de manera clara es que, bajo el antagonismo de aquellos años, los instrumentos del Estado se emplearon de modo faccioso. El conflicto del gobierno federal con los gobiernos locales, particularmente los de izquierda, agravó la violencia en esos espacios. El federalismo sin unidad de Estado resulta el territorio ideal para la expansión del crimen.

La transición democrática de México se detuvo en la dimensión electoral y no se hizo cargo de las herencias del régimen. Se tragó con ello una ilegalidad sistémica que hizo metástasis en el pluralismo. Los criminales formaron milicias, las elecciones pusieron en venta a los protectores, el negocio empezó a ser el control del territorio y no el simple paso de hierbas prohibidas. Se han ido formando así, a lo largo del territorio, circuitos de gobierno criminal. El libro de Trejo y Ley nos hace ver esta tragedia.

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14, Oct 2020

La venganza de las circunstancias

En “El jardín”, un poema que podría ser sobre la primera pareja, Louise Glück mira a un hombre y a una mujer plantando chícharos como nadie lo había hecho antes. Después de soltar las semillas, ella lo acaricia en la hierba delgada con los dedos humedecidos por la lluvia. Y en ese instante, el anticipo:

incluso aquí, incluso al principio del amor
la mano de ella, al abandonar su cara
traza una imagen de despedida

y ambos se sienten
libres de ignorar
esa tristeza.

Para Louise Glück, la poeta norteamericana que ha recibido el nuevo Nobel de literatura, escribir es buscarle sentido al dolor, una manera de darle forma a la devastación.

“¿Por qué amar lo que has de perder?”, pregunta en un poema extenso. “Porque no hay nada más que amar,” responde directamente. Ninguna experiencia debe malgastarse. Algo debe salir de ella. Por eso ha dicho que es una venganza contra las circunstancias. Venganza contra el dolor, la pérdida, el infortunio. Si le encuentras sentido al dolor, te habrás impuesto un poco a él. Vivimos una cultura que se debate entre el culto fascista al optimismo y la pornografía del sufrimiento. Su poesía rechaza esas dos fugas: la pérdida se rinde ante el arte. El poema nos rescata de una oscuridad sin forma: una puerta, detrás del sufrimiento.

No conoció a su hermana. Nació después de su muerte, pero su ausencia la marcó desde el primer día. Sufrió lo que ella misma ha descrito como la “tragedia de la anorexia”. Se ofreció al hambre para quitarse a su madre de encima y convertirse en un alma pura. Empeñada en deshacerse de la carne, estuvo al borde de la muerte. Lo describe en “Dedicación al hambre”, un poema lacerante. En el sacrificio de la estorbosa carne se busca la misma pureza a la que aspira quien acomoda palabras entendiendo que la muerte es, estrictamente, la secuela.

El psicoanálisis, ha contado, le enseñó a pensar, a ejercitar la duda, a examinar el reflejo de sus palabras, sus evasiones. Ese fue su verdadero taller literario. Esos años de inmersión, le permitieron “transformar la parálisis, esa forma extrema de duda, en visión.” En su poema más reciente, “Noche virtuosa, noche fiel,” que ha traducido admirablemente Pura López Colomé, describe esa luz entre la niebla:

Memorias sueltas
partes de una memoria más amplia.
Puntos de claridad entre la bruma,
intermitentes,
como un faro cuya única tarea
fuera emitir una señal.
Pero en realidad, ¿qué sentido tiene un faro?
Éste es el norte, dice.
No:  soy tu puerto de abrigo.

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12, Oct 2020

El impulso sectario

Sorprende la renuencia a reformar. No se concibe reformista un gobierno que rechaza la negociación como cobardía de moderados. Las urgencias de este gobierno no están para el trabajo laborioso y preciso del diagnóstico y la elaboración de una propuesta técnicamente viable. El empeño, claro, consistente y eficaz, es destruir todo lo anterior y no perder ni un segundo en analizar si algo que viene de antes tiene algún mérito. El diagnóstico es ideológico y la receta, una demolición. El atractivo de la intervención política es la simpleza. Para desaparecer los fideicomisos basta una aplanadora. Para revisar su funcionamiento, para apretar las tuercas que sean necesarias, para castigar los abusos que hubieran existido es necesario algo más que la furia simplificadora. El recurso se ha usado en varios expedientes: desaparecer antes de examinar. Gobernar con dinamita y sin planos. Demoler los edificios malditos sin detenerse a examinar su solidez, sin siquiera calcular sus aportes. Tirarlos al piso sin advertir dónde caerán las paredes derruidas.

La fruición de destruir expresa el sectarismo hecho gobierno. En llamas, todo lo que los impuros apreciaban. En ruinas, los templos de los infieles. Sus gritos, sus protestas nos alientan. Se rechazan de ese modo las complejidades, los ritmos, las fricciones, las imperfecciones de la negociación buscando la pureza de un proyecto al que no distrae la realidad. Vuelvo aquí a la reflexión del filósofo israelí Avishai Margalit sobre el sectarismo porque el gobierno parece comportarse, con todo y su mayoría, de ese modo. El teórico propone dos imágenes contrastantes de la política. Una es la de la política como economía y la otra es la de la política como religión. Tianguis o templo. La primera imagen pinta todo como mercancía; la segunda, al aferrarse a una idea de lo sagrado, lo convierte todo en intocable, innegociable. Lo que se considera sagrado será, para quienes tienen esta visión religiosa de la política, indivisible. No puede transigirse en algún fragmento del libro sagrado, un pedacito de la imagen venerada. Quien no defiende todo no está en realidad con la causa. Mientras la estampa económica puede resultar aburrida, un supermercado en el que se intercambian tiliches, el cuadro religioso dramatiza el presente. Querría Margalit que pudiéramos acercarnos a la política usando los dos ojos: reconocer la importancia de las ceremonias y ser capaces de defender los principios innegociables y, al mismo tiempo, procurar el acuerdo razonable entre posiciones contrarias. Saber pues, qué puede negociarse y qué no.

El sectarismo es el extremo al que nos lleva la idea de que la política es solamente religión. Eso no significa, nos advierte en su ensayo sobre los acuerdos podridos, que los sectarios sean necesariamente religiosos. El sectarismo del que él habla es un modo de entender la política, un estado mental que sacraliza a tal punto su propio proyecto que lo vuelve innegociable. Más aún: siendo sagrada la materia de la política, se desprende del deber de justificarse racionalmente. Los argumentos del sectarismo oficial son cada vez más explícitamente de posturas de fe: Los seguidores del presidente han de confiar en un liderazgo moral y en el sentido de su proyecto.

Las decisiones recientes parecen retos de lealtad. Absurdas, dispendiosas, muchas de ellas aberrantes, sin fundamento técnico prueban la fe de los creyentes. Los aliados han de taparse los oídos para no escuchar la tentación del argumento. Traicionarán su palabra para sujetarse a la instrucción superior. No quebrantarán la orden de la lealtad ciega y respaldarán lo que el guía ordene. Es aquí donde opera con mayor claridad la mecánica sectaria: la intensidad de las adhesiones es, en ese universo, mucho más importante que su extensión. El sectario no busca convencer a nadie fuera de su órbita. Está convencido de que lo rodea la hostilidad y el crimen. Por eso necesita el ardor irreflexivo, la llama del incondicional para enfrentar a los desleales. Si las decisiones implican que se pierde el apoyo de unos cuantos razonadores, ayudará a consolidar la fe de los auténticos. La hoguera en la que se deleita la administración ha causado horror en muchos que antes la respaldaban. Pero los ardientes están ya a prueba de cualquier pudor.

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05, Oct 2020

Sumisa Corte

Las instituciones ayudan a preservar la decencia democrática, dice Timothy Snyder en el lúcido panfleto contra la tiranía que publicó tras la victoria de Donald Trump. Pero esas estructuras no suelen cuidarse a sí mismas. No debemos confiar que quienes hablan en su nombre sean custodios de sus valores y de sus principios. Habría, más bien, que sospechar de ellos en momentos críticos. Pueden ser torpes para apreciar la amenaza de los autócratas populares; tienden a acomodarse al régimen que los intimida creyendo que la sumisión estratégica puede salvarlas; son miopes, se tragan los anzuelos que les ofrece el déspota y muchas veces, simplemente cobardes para encarar al enemigo de los equilibrios.

La discusión sobre la constitucionalidad de la consulta popular para enjuiciar a los expresidentes puso a prueba la independencia, la lucidez y el decoro de la Suprema Corte de Justicia. No salió airosa de ninguna de ellas. Tres fracasos de un tribunal que se muestra sumiso, enredado e indigno. Teniendo frente a sí, un proyecto tan popular como aberrante, la Corte decidió faltar a su responsabilidad y congraciarse con el Ejecutivo. Lo dijo con admirable claridad el ministro Luis María Aguilar quien describió la propuesta como un “concierto de inconstitucionalidades.” Eso era. Ruptura de los principios elementales de un régimen de leyes.

La argumentación del ministro Zaldívar fue una lúcida defensa de la subordinación. La inteligencia puesta al servicio de la obsecuencia. El juez concibe a la Corte como un acompañante del proyecto del presidente López Obrador. Lo dijo con todas sus letras poco después de la elección del 18: los jueces debemos escuchar el mensaje de las urnas. Lo defendió el jueves pasado con su voto. El juez caminando tras la pista del gobernante. Que las formalidades de la ley no estorben la marcha de la Justicia. La Corte debe ser otro agente político y no un mero defensor de la constitucionalidad. Los argumentos del ministro aplican un ligero barniz jurídico a la retórica lopezobradorista. Escuchar ese mimetismo es una desgracia de la república. El ministro presidente actuaría bien si fuera Secretario de Justicia, si fuera ese consejero legal que el presidente no tiene. Escuchar al presidente de la Suprema Corte de Justicia actuar como defensor de las limpias intenciones del Ejecutivo es un espectáculo bochornoso. Cuando el juez constitucional habla con la misma voz que usan los políticos, cuando permite que su lenguaje sea secuestrado por la retórica del palacio y de la plaza, cuando es incapaz de aportar la palabra del derecho, su intervención más que trivial, es nociva. Esa me parece la gran tragedia de la Corte de Arturo Zaldívar.

Para respaldar al Ejecutivo, la mayoría de los ministros decidió servir de intérprete, no de la Constitución, sino de la intención del presidente. ¿Qué habrá querido proponer López Obrador? ¿Cómo podremos servir a su deseo? Transgrediendo abiertamente sus facultades, la Corte propuso una pregunta que no tiene ya nada que ver con lo que recibió del Senado. No es una mejora. No veo habilidad política ni mucho menos inteligencia en la salida política de los jueces. Cuando los jueces hacen grilla, cuando hacen cálculos de simpatías y ventajas producen adefesios como los que nos entregó el máximo tribunal el jueves pasado. «¿Estas de acuerdo o no en que se lleven a cabo las acciones pertinentes, con apego al marco Constitucional y legal, para emprender un proceso de esclarecimiento de las decisiones políticas tomadas en los años pasados por los actores políticos, encaminado a garantizar la justicia y los derechos de las posibles víctimas?»

La pregunta coloca a Cantinflas como teórico del “constitucionalismo transformador” del que habla el lopezobradorista. La pregunta que se sacaron de la manga los jueces (y que, insisto, transgrede su competencia) no solamente es ridícula, es un engaño. Si la pregunta que atienden los votantes no es clara, si la consecuencia de su intervención no es obvia para quien responde, la consulta es una farsa. La consulta es decisión o no es nada. Gracias a la marometa de la Sumisa Corte, el instrumento nacerá como un engaño. Con tal de darle un obsequio al presidente, el tribunal nos convoca a una farsa.

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05, Oct 2020

El arpón de la mirada

Ver / Sobre las cosas vistas, no vistas y mal vistas, de Francisco González  Crussí | Letras Libres

En uno de sus ensayos sobre la ciencia y el arte de ver, el patólogo Francisco González Crussí comenta la existencia de un templo en Mesopotamia dedicado al ojo. En lo que hoy es el noreste de Siria, se levantó, hace miles de años, un santuario de la mirada. A los pies de una construcción de la que quedan sólo ruinas, fueron descubiertas miles de estatuillas que registran el poder de la vista. Las pequeñas esculturas son abstracciones del cuerpo humano que tienen ojos por cabeza. Torsos que culminan en dos elipses vigilantes. Sobre el cuello, dos ojos bien despiertos. Estos mirones no tienen nariz ni boca. No tienen brazos ni orejas ni cachetes. Les bastan los ojos que nos ven. ¿Dioses de la visión? ¿Amuletos para la agudeza? ¿Ofrendas a una deidad que nos regala las formas y los colores?

Lo que resguardan los párpados no son receptores inocentes del paisaje exterior. Así imaginamos, seguramente, a nuestros ojos: la más confiable ventana a la realidad, los órganos puros de la percepción: pantallas que recogen el baño de la luz.

El artículo completo puede leerse en nexos de octubre.

 

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30, Sep 2020

Wagnerismo

Hace un poco más de diez años Alex Ross, crítico del New Yorker, publicó una historia sonora del siglo XX. El ruido eterno escuchaba las reverberaciones culturales y políticas de la música que por alguna razón seguimos llamando clásica. Ahora acaba de publicar otro trabajo monumental que aún no tiene traducción al español. Se trata de Wagnerismo. Arte y política a la sombra de la música.

Ross ha integrado una verdadera enciclopedia del universo de Richard Wagner. Más que un análisis de sus composiciones y de sus manifiestos, el libro sigue la pista de su influjo: un libro sobre la influencia de un músico en quienes no lo son. No la música, su eco. Ross advierte que el ascendiente musical de Wagner es importante, pero no extraordinario. No fue mayor al de Monteverdi, Bach o Beethoven. Pero el impacto que tuvo la obra y el personaje en las artes vecinas, el peso que tuvo en la cultura y en la política no tiene comparación. No hay tal cosa como bachismo. Ross sugiere que ningún artista en la historia ha tenido el embrujo de Wagner. Nadie ha hechizado como él la poesía, la arquitectura, la novela, la filosofía, la política.

El embrujo del que habla Ross es, ante todo, ambiguo. El monstruo, sugiere, susurra un secreto distinto al oído de cada oyente. Es cierto que Wagner no solamente escribió para el pentagrama y que quiso construir también una filosofía musical, para dejar en claro su utopía artística. Pero, como bien se detalla en este trabajo colosal, su pauta seduce las causas más contradictorias. La contradicción estaba, tal vez, dentro del mismo personaje. ¿Un genio despreciable? Así lo pensaba Auden. Creía que era el artista más grande que ha vivido jamás, y al mismo tiempo, una mierda absoluta.

Alex Ross recorre meticulosa y casi obsesivamente las huellas que dejó Wagner en la literatura y en el pensamiento; en edificios y en la historia misma. Wagner parece la presencia inescapable: de la poesía de los simbolistas a los helicópteros de Francis Ford Coppola en Apocalipsis. Del belicismo teutón a los monitos de Walt Disney. Ross no se queda con el impacto que su mitología tuvo en Adolfo Hitler, su admirador más siniestro, pinta el vastísimo universo de su seducción. Baudelaire le escribió alguna vez al compositor que su música lo reintegraba. “Me has devuelto a mí mismo,” le dijo en una carta. Tal vez esa inmersión la provocó en muchas audiencias, en muchas culturas: identificación personal y fantasía colectiva. Leyenda medieval para algunos, frontera del mundo para otros; origen y destino, patria y alma.

Nietzsche dijo que no había escapatoria. Uno tiene que ser wagneriano. Sugería que la fuerza del compositor nos llevaba irremediablemente a lo más profundo, lo más temible, lo más íntimo. Woody Allen advertía, quizá por eso mismo, que había que tener mucho cuidado. Cuando él oía Wagner más de lo prudente sentía la urgencia de invadir Polonia. Lo cierto es que la imaginación que enciende su música puede ser melodía de los ideales más contradictorios: la fraternidad y el genocidio; el racismo y el abrazo a los desamparados. Ross identifica así al Wagner comunista y al Wagner nazi, al Wagner feminista y al Wagner gay.

El libro de Alex Ross es, a fin de cuentas, una celebración de la manumisión del arte. La creación que adquiere vida propia. Una criatura que no obedece instrucciones. La música de Wagner no está atada a Wagner. La creación de un racista furioso puede alentar la causa de los derechos civiles y el orgullo negro. Existe, en efecto, lo que Ross identifica como “afrowagnerismo.” Por esa misma insumisión del arte, Theodor Herzl, el padre del sionismo moderno, pudo encontrar inspiración en el arte de un antisemita. El único descanso que tomaba el padre espiritual del estado de Israel, mientras escribía El estado judío, era para ir a la ópera a ver Tannhäuser. Al escucharla avivaba su fe. Sólo en las tardes en que no había función, cayó en la duda.

*

 

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28, Sep 2020

El otro insulto

La profesión quejumbrosa ha salido en defensa de los suyos. Ante el embate del presidente ha empleado todos sus recursos: artículos, desplegados, declaraciones, programas de radio y de televisión. Es entendible: cada día el presidente agrede, descalifica, cuelga etiquetas. Habla siempre de su compromiso con la libertad de expresión, pero niega legitimidad a quienes considera golpistas. El gremio agredido pasa por alto el otro blanco de los insultos presidenciales: su propio gobierno. La agresión cotidiana del presidente a sus colaboradores, a los profesionales que todavía quedan en el gobierno es brutal. ¡Y pensar que no tienen siquiera el desahogo de una carta pública!

Detengámonos en el discurso del presidente ante la Asamblea General de la ONU. Su participación fue vergonzosa. Un disparate desde la primera hasta la última palabra. Las divagaciones y obsesiones de un hombre que no tiene la menor idea del auditorio y el valor de la ocasión. Lo de siempre: sus infantiles clases de historia, su fantasía de la cuarta invención, el orgullo que le provocan sus geniales ocurrencias, la grandeza de un prócer que dio nombre al fascista. Lamentable. El presidente no lee un discurso, no tiene unas tarjetas en la mesa que le permitan ordenar sus ideas, ni tiene siquiera frente a sí, el dibujo de un mensaje medianamente coherente. Si los profesionales le prepararon una propuesta para dirigirse con propiedad al foro, la tiró a la basura. Un discurso tan indecoroso no es reflejo solamente de su desinterés por los asuntos que salen del vecindario, sino un acto de desprecio por el trabajo de sus colaboradores. El trato es francamente agraviante. Es un desdén que no parece compatible a mediano plazo con la elemental dignidad profesional. Si no es grato sentir la agresión del presidente, siendo su crítico, no puedo imaginarme lo que debe implicar ese desprecio siendo su colaborador. Para los diplomáticos mexicanos, para los funcionarios de la cancillería, para quienes trabajan en la representación de Naciones Unidas el discurso proferido hace unos días es un insulto. Al jefe de la diplomacia mexicana le tiene sin cuidado lo que hacen los diplomáticos mexicanos. No escucha lo que proponen para promover las causas de México fuera de su territorio. Y así, el presidente de México utilizó la tribuna de la asamblea general de la ONU para decirle al mundo que había un avión que existe todavía, pero ya está en venta; que lo rifamos y lo vamos a vender.

No me atrevo a decir que México se haya convertido en el país de un solo hombre. Pero el presidente sofoca las voces de su propia administración. Ha dicho ya que la lealtad que exige para su proyecto no tiene por qué abrir los ojos. Lo que hace falta es lealtad ciega al proyecto, dijo esta semana. Sí: lealtad ciega. ¿Hay espacio para la colaboración digna dentro de un gobierno que exige ceguera? Las renuncias de la administración son elocuentes. Quienes han dejado el barco han dicho que el presidente no atiende razones, no valora la capacidad técnica, no sigue las reglas y no tiene interés en escuchar. Todo indica que los políticos que están dispuestos a permanecer son fanáticos, indignos o cínicos. Fanáticos son quienes creen que vivimos tiempos maravillosos. Que la violencia que continúa, la catástrofe sanitaria, la devastación institucional y la ruina económica son inventos de los neoliberales que en nada empañan los días gloriosos que vivimos gracias al patriotismo de Andrés Manuel López Obrador. Los indignos saben que las cosas van mal, pero están dispuestos a callar para preservar sus asientos en el gobierno. Reciben del jefe agresiones cotidianas, son ninguneados y desautorizados constantemente, pero ahí siguen, posando para el retrato. No les importa ser objetos decorativos, perder el prestigio de una vida. Son tapetes que se imaginan protagonistas. Finalmente, están los cínicos. Políticos realistas, estos ambiciosos saben que el gobierno pierde contacto con la realidad y promueve políticas ruinosas. Reconocen también que no hay posibilidad de convencer al devoto de sí mismo. Pero, a diferencia de los indignos que aguantan y de los fanáticos que babean, los cínicos perciben oportunidad en la chifladura. Saben que el jefe quiere escuchar una tonada y se la cantan. Le entregan lo que pide y esperan su turno.

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