01, Jun 2020

El romanticismo reaccionario de AMLO

La emergencia sanitaria ha acelerado la radicalización. Nada queda del pragmático alcalde de la capital. Nada queda del candidato que hizo campaña como un reformista moderado. El presidente no tiene ya interés en mantener diálogo con grupos independientes. Sin haber llegado al segundo año de gobierno, han quedado en ruinas los puentes del diálogo. La pandemia ha persuadido al presidente de que no los necesita y que hablar con ellos es una pérdida de tiempo. Le basta la fantasía que ha construido para evitar el fastidioso trato con la realidad y el aliento de los aduladores que lo envuelven.

Su desprecio del reformismo es antiguo. La historia a la que alude constantemente se escribe con fuego: grandes conflagraciones, batallas memorables de las que brota, luminoso, el futuro. Por eso ha creído el presidente desde siempre que en todo negociador se esconde un traidor y que todo moderado es un cobarde, un tibio que colabora para mantener en movimiento la rueca de la opresión. Durante algún tiempo, el político equilibraba ese radicalismo con gestos de inteligencia práctica. Ya no. El aliento revolucionario es cada vez más nítido y más enfático. Los más cercanos en su corte de halagadores lo celebran. Creo que hay tomar en serio este vuelco al radicalismo, aunque su inspiración sea profundamente reaccionaria. Y no lo digo simplemente porque su política sea, en términos mecánicos, una reacción al tiempo neoliberal, sino porque expresa un impulso antimoderno. Lo que el presidente imagina como el cuarto nacimiento de la patria encuentra fuente en el romanticismo reaccionario.

Quien quiera entender el perfil intelectual de este proyecto, debería leer los textos de Isaiah Berlin sobre el romanticismo político, antes que los cuadernos de la cárcel de Gramsci. El discurso oficial tiene, sin duda, tinte igualitario. Pero el horizonte imaginario de esa política es arcaico. Mucha nostalgia y poca imaginación.  Pensemos, por ejemplo, en lo que Berlin llama la “apoteosis de la voluntad.” El temperamento romántico es precisamente la afirmación de un deseo sin restricciones que enaltece al héroe. La política romántica es la epopeya de los grandes hombres que han roto las ataduras de la tradición y de las reglas y que así  inventan naciones cobijados por el amor de su pueblo. Todo lo pueden porque lo quieren de veras, porque no se desvían de la ruta que trazaron, porque son auténticos. No necesitan programa, ni estrategia: tarde o temprano, en esta vida o la siguiente, el mundo se rendirá a su deseo. En el indómito imperio de la voluntad política, reinan las intenciones. Para qué perder el tiempo midiendo el impacto de una política, para qué asomarse a las experiencias de fuera, por qué leer la ley, si mis intenciones son hermosas. Quien dude de ellas, es un traidor.

Identifica también Isaiah Berlin una economía romántica que rechaza cualquier idea de ley objetiva del intercambio por encima del control humano. Si el comercio y la producción tienen algún sentido no es la satisfacción de necesidades sino la elevación espiritual. Bajo la probidad, los panes se multiplican al infinito y es por ello innecesario, contar. Cuando hay recato, cuando se rechaza el lujo, todo alcanza para todos. La economía moral es eso: la evaporación de la economía.

El presidente elogia la estrechez del monasterio como vía de elevación moral de los ciudadanos. ¿Para qué tener más de un par de zapatos? En el interés está ya un impulso podrido que hay que rechazar en nombre de la felicidad del corazón. Y no deja pasar oportunidad para mostrar su desprecio al mundo profesional. Para el político romántico, la ignorancia es una recomendación y todo conocimiento sospechoso. Para ser de veras valiosos, el arte y la ciencia han de demostrar compromiso.

Esta semana, el embate del presidente llegó a extremos tan ridículos como alarmantes. A los científicos que han protestado por el sectarismo de su política científica y los brutales recortes thatcherianos, los acusó de porfiristas. El argumento es, en verdad, risible. Que a los abogados y financieros de aquel régimen les hayan puesto el mote de científicos, no significa que lo hayan sido. Pero en la fantasía conspiratoria del presidente, los matraces y las cápsulas de petri son arsenal para los golpistas.

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27, May 2020

De museos

“El museo puede ser una casa, un templo o una fábrica en quiebra,” escribe Sergio Raúl Arroyo en Un lugar bajo el sol, el libro que recoge sus apuntes sobre arte y espacio público. El museo también puede ser un parque de juegos, un salón de clase, un teatro, un laboratorio, el sillón de una terapia, una bodega de recuerdos, un espacio para el consuelo o la perturbación. Un altar, un jarrón que rompe en mil pedazos, el relato de la vanidad estatal y la intimidad de obsesiones personales. Es sitio para la contemplación y la agitación. Una caja de curiosidades que despierta asociaciones, un espacio que fija y disuelve sentido.

En estos tiempos en que viven, a juicio de Cuauhtémoc Medina, una especie de coma inducido, los museos de todo el mundo abren sus galerías a los clics de internet, proponen recorridos virtuales, van a la caza de materiales que documenten para el futuro la experiencia del confinamiento planetario. Pero nada puede remplazar la presencia de los visitantes cotidianos. Y el panorama que contemplan para el futuro cercano no es nada tranquilizador. El pasado 18 de mayo, fecha en que se celebra el Día internacional de los museos, la Unesco dio a conocer un estudio que advertía que cerca un 13% de los museos que han tenido que suspender sus actividades normales durante la pandemia, no volverán a abrir sus puertas. Es necesario echarle una mano a estas instituciones que promueven el acceso a la cultura, ha dicho el Director general de ese organismo internacional. Muy pocos museos en el mundo podrán sobrevivir por sí mismos.

La crisis en México es especialmente grave. Nuestro extraordinario abanico de museos no solamente enfrenta la ausencia de sus visitantes cotidianos sino la enfática desatención gubernamental. Más allá de los proyectos predilectos que llevan el sello de la administración, no hay consideración alguna por la suerte de esos espacios. Por eso resulta tan oportuno y atendible el llamado del Frente Promuseos. Es urgente, como han planteado estos profesionales en una carta al presidente López Obrador, un programa de rescate y apoyo a los museos del país. El riesgo que corremos con el olvido (si no es que la hostilidad) gubernamental es inmenso. El país puede perder en esta crisis un patrimonio valiosísimo que ha construido a lo largo de muchas generaciones y que nutre la memoria y la imaginación del país. Lo que pide Promuseos es un plan de emergencia cultural. Si se impone la inflexibilidad del nuevo dogma franciscano veremos en pocos meses el angostamiento de nuestra sensibilidad, de nuestra memoria, de nuestra imaginación. También en este terreno es tiempo de abandonar los caprichos y concentrarse en lo vital. Es mucho lo que el país puede perder sin consentimos la extinción de nuestros gabinetes de curiosidad.

Cuidar a los museos es ayudar a tejer y a destejer comunidad; a celebrar la creación y estimular su crítica. El país se mira en sus museos y ahí también se desconoce. Alimenta su orgullo y también su rabia. Al recorrer sus galerías, el visitante puede deleitarse en la belleza y también confrontar el horror. Cuánta falta hace esa pólvora contra la indiferencia.

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25, May 2020

La ceguera de la impaciencia

La pandemia nos ha inundado con profetas. Los vaticinios llegan de todos lados. Los adivinos, al parecer, desayunan con el futuro y nos cuentan con gran soltura como será el mundo dentro de unos años. Nos adelantan el perfil de la nueva escuela y el color de la política del futuro. Saben quién ganará las elecciones y cómo se transformará el cortejo. Anticipan con plena certeza los entretenimientos y los rituales del mañana. Con buen juicio, Mark Lilla, el polémico crítico liberal, ha levantado la voz contra esos tecnólogos, políticos o chateadores que nos propinan futurismo. Tal vez habría que aprender a guardar silencio. Si todos saben cómo será el mundo después de la pandemia, hay que atreverse a ignorar. Cuando a mí me preguntan cómo serán las cosas cuando reabra el mundo, dice Lilla, yo respondo que no tengo la menor idea.

A los periodistas que van a la caza de una declaración enfática que quepa en un titular, les resulta terriblemente decepcionante la negativa del profesor de Columbia. Pensaban recoger una declaración fulminante de un intelectual connotado y quedan con las manos vacías. Creían que podrían pescar una frase contundente. Algo así como: “la desconfianza biológica estrangulará a la democracia.” O “el capitalismo sanitario inaugurará un fascismo antipolítico.” Algo digno de un hashtag. A ello se resiste Lilla. No sabe cómo será el futuro, porque eso no existe. Tiene sentido expresar cómo nos gustaría que fuera ese tiempo, pero no anticipar cómo será. El. futuro no es un tiempo del que provienen órdenes. La respuesta del autor de un brillante ensayo sobre la religión y la política en Occidente es un rechazo a la racionalidad profética que, en tiempos de confusión, reemerge. Como no sabemos qué pasa, nos consolamos con la ilusión de saber qué sucederá. Si el futuro está en manos de Dios, habrá que atender las revelaciones de los oráculos. Hagamos lo que hagamos, el destino ha sido nombrado por ellos. Esa es la tentación del momento. Nos entretenemos con los vaticinios de los científicos o de los filósofos para imaginar que el futuro existe y que hay alguien que es capaz de conocerlo. Si nuestro destino ha sido revelado ya por los signos de un dios, por los cálculos algún economista o por las meditaciones de un filósofo, nos corresponde aceptar el dictado del futuro. No nos vendría mal un poco de humildad, dice Lilla. Aceptar que vivimos bajo la incertidumbre radical.

Lilla hace otra advertencia sugerente. No nos basta apuntar al mañana, es necesario acelerar su llegada. “La historia de la humanidad es la historia de la impaciencia.” La fórmula me parece un acierto. Porque la impaciencia, como energía histórica se desdobla en dos posibilidades: puede ser el principio de la audacia y de la alucinación. La primera invitación de la impaciencia es la acción. Porque no se acepta que la justicia llegue dentro de cien años, porque lo que se quiere se quiere hoy, se interviene en política. La impaciencia es el origen de la indocilidad, de la insumisión. Pero la impaciencia puede ser también ceguera, temeridad, irresponsabilidad. Lo pienso cuando escucho en México el llamado a acceder, lo más pronto posible, a la “nueva normalidad.”

¿Estamos caminando hacia allá con los ojos abiertos? No parece. Los datos oficiales han sido cuestionados seriamente por los expertos mexicanos. La prensa de aquí y la de fuera ha expresado las razones de esta desconfianza. Especialmente grave me parece lo que plantean Antonio Lazcano y José Ramón Cossío en un artículo publicado en el mismo diario: “El modelo por el que optó la Secretaría de Salud no fue sometido desde un principio a un proceso de discusión y crítica abierta a la comunidad científica del país, lo que impidió una evaluación experta–e independiente–de las premisas científicas que lo sustentan.”

Democracia y ciencia encuentran paralelo en la transparencia y el cuestionamiento. A pesar de la omnipresencia del vocero de Salud, a pesar de su menguada elocuencia, la estrategia gubernamental es tan opaca como dogmática. Cerrada a la discusión con la comunidad científica y obsesionada con la receta del primer día. Así nos encaminamos a una reapertura a ciegas, escuchando todavía recomendaciones que han sido desacreditadas, sin las pruebas indispensables y con datos que ni las autoridades consideran confiables.

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19, May 2020

Por la tangente

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19, May 2020

El reloj y la diosa

La política moderna ha estado cautivada por la imagen del reloj. Desde el primer texto que traza su ambición, ha querido fijar, con un laberinto de resortes y tornillos, la exactitud que ha de gobernar al mundo. La compleja selva de apetitos encontraría modelo en esa admirable máquina de precisión. Implacable jerarquía de horas y de segundos que impone regularidad al día. El orden de la repetición circular. Como un reloj, el Estado pretende ser invento que destierra caprichos y azares. Las manecillas recorren su órbita como espadas insobornables. No se desvían, no se pasman, no se desbocan. Ciegas, insensibles, prosiguen su disciplinada revolución.

Armemos al poder como embonamos las piezas de un reloj. Juntemos una a una todas las partes y echemos a andar el mecanismo que decreta el tiempo. Ésa es la apuesta hobbesiana. El monstruo de su libro puede verse, no solamente como un gigante hecho de miles de hombres o como un diccionario imperativo, sino también como un despiadado reloj. No hay discusión posible frente al dictado de las horas. Acatar la voluntad del poder como se reconocen las pautas del tiempo. Someterse al soberano equivaldría a aceptar el atardecer. Son las 6 y media de la tarde. Ésta es la ley y eres culpable. Quiero decir que ese proyecto de racionalidad radical que marca la era moderna pretende escapar de lo contingente, someterlo a su engranaje hasta volverlo nada. Ocupar todos los confines de lo posible. Someter a la voluntad del supremo o a la última regla todo lo imaginable para no dejar resquicio alguno a la sorpresa.

El artículo completo puede leerse en nexos de mayo.

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18, May 2020

Hablemos de Merkel

En su mensaje público semanal, la canciller alemana salió a la defensa de sus críticos. La química sabe que el discrepante de la voz establecida es, a un tiempo, acicate del avance científico y oxígeno de la democracia. Un dirigente democrático no debe abstenerse simplemente de la tentación de la censura. Debe alentar el respeto a quienes indagan la realidad con independencia del poder. «Los periodistas deben poder confrontar a un gobierno y a todos los actores políticos con una perspectiva crítica». Frente a los gobernantes que hostigan a la prensa cotidianamente describiéndola como enemiga del pueblo o cómplice de los criminales, la canciller, de modo inequívoco, aprecia la contribución de quienes han de ser profesionalmente impertinentes. Necesitamos que los datos y la información que ofrece una fuente sea contrastada con otras perspectivas. Es vital que se ventilen las polémicas en una democracia. Pensar que el patriotismo sea solo lealtad al poder es una aberración común de los autócratas.

Si el liderazgo de Angela Merkel en esta crisis ha sido ejemplar es, en buena medida porque el razonamiento de sus decisiones es propio de una persona de ciencia. En busca de la respuesta pertinente no ha perdido el tiempo en fanfarronerías y desplantes. Admite sin problema alguno el espacio de su ignorancia, busca el consejo de los expertos, sin entregar toda su confianza a una sola fuente de información. Coteja datos, analiza informes, contrasta perspectivas. No está casada con una línea de acción predeterminada. Sus decisiones son firmes y se comunican con claridad a todos. No da nombre de Ciencia a un prejuicio o a un dogma para pedir un respaldo ciego. Sabe que el conocimiento está siempre abierto a la refutación y por eso no solamente “tolera” sino alienta el cuestionamiento. Desde muy temprano fue enfática para mostrar la gravedad de la crisis sanitaria. Nunca ha minimizado ese peligro que considera el más complejo desde la Segunda Guerra Mundial. Acompaña las peticiones a la ciudadanía con el ejemplo propio. La información que difunde el gobierno y su equipo científico suscita confianza pública.

La crisis planetaria ha puesto a prueba a todos los dirigentes en el mundo. El caso de Merkel será uno de los ejemplos más claros de responsabilidad pública. No es improbable que sus tres excentricidades hayan sido cruciales en esta hora. Una mujer, una científica, una representante del Este. En efecto, la canciller ha roto tres barreras para convertirse en la política más exitosa de Europa y un ejemplo para todo el mundo. La política en Alemania había sido, hasta la llegada de Merkel, un juego de hombres, entrenados en las ciencias del poder y surgidos de Occidente. Desde hace quince años gira alrededor de ella.

Un retrato de George Packer que el New Yorker publicó hace casi seis años resalta el proceso intelectual que alimenta su política. Un editor de Die Zeit la ha descrito como una “máquina de aprender.” No una política que ya lo sabe todo y que nos alecciona, repitiendo la misma historia siempre, sino una mujer que muestra el recorrido de sus aprendizajes. No es de muchas palabras. No es grandilocuente y puede ser una oradora soporífera, pero sabe que gobernar es más cuestión de oído que de saliva. Los hombres suelen hablar de más. En el laboratorio, recuerda de sus días como investigadora, suelen apretar todos los botones al mismo tiempo y terminan rompiendo el equipo. Mejor la discreción… y los resultados.  Si hay algo que le irrita es la cortesanía, la legión de adoradores que se ríen a carcajadas con la ocurrencia del jefe. Cuenta Packer que alguna vez la canciller se refirió a su ministro de economía como la persona que la vigila constantemente. Esta es la persona que se asegura que no haga yo estupideces. Y es tan competente, remataba ella, que a veces, lo logra. Merkel lo tiene claro: rodearse de aplaudidores es una vanidad de timoratos. ¿De qué sirve un equipo de gobierno si no es capaz de advertirle al jefe que camina al precipicio? ¿Qué compromiso muestran en realidad esos colaboradores que solo entregan al testarudo silencio y alabanza?

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13, May 2020

Joan Margarit

La ceremonia del Premio Cervantes de este año se canceló por la razón que todos padecemos. El poeta catalán Joan Margarit debía recogerlo en la Universidad de Alcalá de Henares el pasado 23 de abril. No hay fecha aún para la ceremonia. No tenemos que esperar a la fiesta para hablar de él y su escritura. El año pasado, al recibir el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana dijo algo que parece pensado para esta hora: “La poesía y la música son quizá las principales herramientas de consuelo de las que el ser humano dispone en su soledad.” Y enseguida, hermanaba sus dos oficios, arquitectura y poesía, como espacios de socorro: “La seguridad de la casa no está tan lejos de la seguridad del alma.”

El estructurista compara la exactitud de esas labores de lo esencial. Al edificio no puede faltarle un solo ladrillo, una viga. Si la quitáramos, se vendría abajo. Lo mismo puede decirse del poema: si se elimina una sola palabra y no pasa nada, es que no era un poema. El poema existe cuando resulta imposible arrancarle una sola de sus piezas. Pero no es solo la exactitud lo que acerca al poeta con el arquitecto. Es el levantar o nombrar nuestra residencia. Eso resulta su poesía: el espacio que nos guarece o, más bien, que nos consuela.

En su elegía para el arquitecto Roderch de Sentmenat registraba los deberes de la arquitectura: placentera al huésped de paso, nunca estorbosa. “La casa debe ser virtuosa y humilde. Ni independiente ni vana. Ni original ni suntuosa.” Un juego de humildad y osadía. Osadía al escribir, humildad antes y después de hacerlo. Dos artes que han de cuidarse de los antifaces de la belleza. En su poema a Venecia nos previene:

¿Sientes cómo anida, detrás de las fachadas
de los palacios, la vulgaridad?
No seamos, amor, supervivientes.
Que no nos duerma el sueño de los mármoles
y los ladrillos rosa que aparecen
bajo lienzos de estuco desplomado.
Que no vuelva a engañarnos la belleza:
esa raya de moho parece haber salido
del pincel de Bellini al perfilar,
con densos verde oliva, canales estancados
como si fuesen venas de un dios muerto.
Los palacios son máscaras que dicen:
¿Qué son, sin los desastres, la vida y los poemas?

En uno de los terribles retratos de su padre, recuerda que le repetía con desprecio que los poemas no sirven para nada, que sólo el dinero protege del frío de la edad,

Pero en cambio ignoraba
que lo que nos protege es el poema,
que se debe buscar la poesía
por hospitales y juzgados.
Que más tarde
ya acabará también por hablar de la amada.

Poesía solitaria, poesía de pérdidas. El amor que retrata es aquel que ha perdido el mañana. Soy un caracol en concha extraña, dice en algún lugar. La coraza que le resulta ajena es, quizá, el presente. Joan Margarit es por eso un poeta de lo irrecuperable. En su dolorosísimo poemario a la muerte de su hija Joana escribe que lo más parecido a una certeza es que no volverá a verla. “El abismo que nos separa es el abismo del nunca más.” El esfuerzo de la poesía, sostiene en el epílogo de Cálculo de estructuras, es poder vivir con la máxima verdad que podemos soportar: “una línea defensiva contra el terror del mundo.” Es la piel del agua y el rugido de la bestia.

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11, May 2020

La erosión de la autoridad

La crisis sanitaria lanzó al ruedo a un personaje que habló durante un buen tiempo, con autoridad. Se presentó como la voz de la Ciencia instruyendo al Poder. Era un médico con buena preparación académica, un especialista entrenado en emergencias. Profesoral y paciente explicó, con notable elocuencia los rasgos de la amenaza y los cuidados que habría que procurar. En un tiempo y bajo un régimen que aborrecen la arrogancia tecnocrática, representó una curiosa reaparición del experto. Ante la amenaza, el gobierno recurrió al expediente condenado. Serían los “científicos”, quienes estarían al frente de la estrategia. Aparecía otra carta de legitimidad política: el conocimiento técnico, ése que, por definición es inaccesible a millones, habría de ser la fuente de la razón pública.

El epicentro del conflicto político se ha desplazado, por ello, a la actuación del Subsecretario de Salud. Ante la emergencia, es él quien da la cara y traza rumbo. El presidente parece haberse retirado como pontífice de trivialidades y antagonismos. Redacta los primeros capítulos de su libro de epidemiología moral. Planta un árbol y canta al paraíso de la familia mexicana, convencido de que ese amoroso remanso, libre de toda violencia, es nuestra aportación al mundo. Y en la misma crisis, el presidente aprovecha cualquier oportunidad para lanzarse contra el diario Reforma, los neoliberales y esos miserables mercaderes que son los médicos. Eso. Ahora. En el momento en que arriesgan su vida por curar a los enfermos, el presidente de México ataca con el activismo de su desprecio. Los médicos mexicanos no solamente son enviados sin provisiones a la guerra. Enfrentan también la hostilidad de sus vecinos y la agresión de su propio presidente. ¿No debería llamar a reflexión la catarata de cartas, desplegados y comunicaciones que han hecho colegios y asociaciones médicas protestando por el insulto presidencial? Pediatras, neumólogos, urólogos, anestesiólogos, cirujanos, ortopedistas se ponen de acuerdo para exigirle a la mitad de la peor crisis sanitaria de nuestra historia una disculpa pública del presidente de México.

El presidente, quiero decir, se encuentra confinado en la residencia de sus obsesiones y antipatías; contempla y espera. Más que dirigir la respuesta, es espectador de lo que deciden un subsecretario y un canciller. Quisiera regresar a la figura del subsecretario que es, sin duda, el personaje del momento. Puede decirse que no es ya, lamentablemente, el vértice de la confianza. La polarización mexicana libra su combate más reciente alrededor de la figura del epidemiólogo. No es necesario adscribirse a ninguno de los extremos para tomar nota de esa mezcla de devoción y descrédito que despierta su actuación. Por un lado, se cuestionan con vehemencia sus datos y su estrategia. Por el otro, se defiende fogosamente su competencia técnica y su rectitud profesional. La desmesura de la polémica exhibe el delirio de nuestra conversación imposible. Unos le rezan, otros lo comparan con el científico de Hitler. ¿Por qué nos empeñamos en pervertir la discusión de esta manera? ¿Podríamos dejar de retratar la coyuntura como si estuviéramos debatiéndonos entre genocidas y beatos? Exijamos, no santidad sino responsabilidad; denunciemos, no el totalitarismo que nos asfixiará, sino la incompetencia que puede asolarnos.

No es la imagen pública del subsecretario López Gatell lo que me inquieta. Lo que me parece revelador es la manera en que se ha desfondado su autoridad. Un funcionario con tanto poder no podía mantenerse en las nubes de un saber incuestionable. Quizá era inevitable en nuestro contexto: la técnica ha encallado en la política. Fue breve (o tal vez ilusorio) el paréntesis de la tecnocracia sanitaria. Un régimen que buscaba re-politizar el mundo, un proyecto político que aspiraba a recuperar para la gente común el poder de quienes lo habían secuestrado con el argumento del saber, terminó politizando al experto. Será seguramente la regla del orbe populista: todo se subordina al imperio de la parcialidad. Este es nuestro experto. Estos son nuestros datos. Esta es nuestra ciencia.

Al subsecretario corresponde responsabilidad por la fractura de su ascendiente profesional. Las dudas que genera su ábaco no son parte de una conspiración, sino expresión de una inquietud legítima que es cada vez más extendida. Expertos en varios campos han razonado sus reservas ante la contabilidad oficial; los medios más importantes del mundo lo han documentado en distintos reportajes. El número de muertos en la capital mexicana es muy bajo, dijo recientemente la alcaldesa de Bogotá, porque “sabemos que no están midiendo.” ¿También conspira la política colombiana?

A decir verdad, las respuestas del subsecretario ensanchan la desconfianza. Lejos de responder a la crítica, recurre a la fantasía conspiratoria y a la descalificación de quien cuestiona. Causa desconfianza también el uso de su manto. Presenta la ciencia como si fuera un conocimiento fijo e incuestionable; desoye los cuestionamientos de quienes deberían ser considerados como sus pares; hace un uso selectivo y tramposo de las investigaciones científicas disponibles; se envuelve en la protección de Conacyt, institución que se ha convertido explícita y orgullosamente en capilla ideológica del régimen. Si el presidente nos pide fe, es porque quiere que, como él, cerremos los ojos.

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07, May 2020

Lo que fue sólido

Volverse humo es el destino de lo sólido. Algo así dijo Marx. Nada bueno le esperaba tampoco a las santidades de una época. Todo lo que era duro como una piedra se disolvería en el aire. Todos los ídolos que fueron adorados con devoción terminarán profanados. No es difícil encontrar en nuestra era indicios de ese anticipo del Manifiesto. La pandemia no hace más que reforzar la vastedad de la crisis. Lo que parecía inmutable e irreversible se desploma, mientras las viejas guías del pensamiento están norteadas repitiendo las consignas de un tiempo ido. Las dos décadas de este siglo se han ensañado contra todas las certezas e ilusiones de su origen. Hemos vivido una sucesión de sacudidas dramáticamente elocuentes. Un atentado terrorista inauguró una nueva inseguridad. En el miedo se justificaron poderes despóticos que aún permanecen. La crisis financiera del 2008 mató el consenso del fin de siglo a favor de la liberalización económica y financiera, desatando una estela de terremotos políticos. Los votos del último lustro han destrozado a los partidos tradicionales por todo el mundo. Poco queda de las antiguas pistas de representación parlamentaria. Y entre todos estos azotes, la crisis de la hora es, seguramente, la más profunda y de efectos más duraderos. La pandemia habrá sido anticipada por algunos científicos y estaba muy presente en nuestros entretenimientos cinematográficos, pero no aparecía realmente en el horizonte de nuestra cultura como posibilidad. Nos pavoneábamos con la idea de que la ciencia y el jabón nos habían independizado por fin de las epidemias devastadoras. Había pasado un siglo de la “influenza española” pero pensábamos que esas tragedias eran propias de la Edad Media. Podrían aparecen los contagios en una zona o en otra, ser más o menos extendidos y graves, pero no serían ya determinantes de nuestra historia. Y en esas estamos: puestos a pensar qué normalidad será posible tras la pandemia.

Será una nueva normalidad porque no podrá ser retorno al capítulo previo. No digo que estemos en labor de parto de la nueva humanidad. La muerte no es el abono de la historia. Dudo que después de esto seamos mejores o más sabios. La generosidad y la mezquindad ocuparán sus espacios habituales. Nuestra pasta seguirá siendo la misma. Pero el impacto de esta larga suspensión de la vida en público marcará las décadas que vienen. Nadie sabe, aunque lo grite, cuál es el rasgo del futuro. Creo que, más que anticipar el desenlace, valdría registrar los espacios donde se construirá.

Para las democracias, el reto más complejo es quizá, el cultivo de la confianza en los nuevos tiempos. La desigualdad, la polarización ideológica, el encapsulamiento que provocan las redes sociales, la estridencia de las antipatías corroen ese vínculo fundamental. No vivimos tiempos de prudente escepticismo, sino tiempos de fe: creencias intensas, herméticas y belicosas. Creo que tiene razón Francis Fukuyama, el polémico politólogo de la Universidad de Stanford, al apuntar que el fundamento de la eficacia en el combate a la epidemia ha sido la confianza. Las sociedades en las que existe ese tejido común han logrado atender con mayor agilidad la emergencia, mientras que aquellas sociedades marcadas por la política de la polarización han sido torpes en la respuesta. Pero, ¿cómo puede tejerse la confianza pública en sociedades democráticas que son, a la vez, abismalmente dispares? No basta un nuevo discurso, es necesaria otra política. Tal vez no seamos más sabios después de esta crisis, pero, ¿podríamos ser más prudentes? ¿Seremos capaces de aprender? ¿Podremos cambiar? La vulnerabilidad común puede ser una insinuación de solidaridad. Si el contagio hermana en la muerte, la política ha de hermanar en lo cívico. Y para ello debe atreverse a pensar en lo elemental. Acceso a la salud, por ejemplo. No en la demagogia de la ley, ni la floritura de la retórica. Si estamos en verdad en el mismo barco, debemos admitir que en la cohesión está la sobrevivencia.

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29, Abr 2020

La trastienda de Montaigne

La peste marcó la vida de Michel de Montaigne. Se llevó a su amigo Éttiene de la Boétie, asoló a su pueblo. Lo arrancó definitivamente de la política cuando, siendo alcalde la ciudad de Burdeos, mató casi a la mitad de la población. Estaba a punto de concluir su segundo periodo cuando la peste empezó a cobrarse las primeras víctimas. El regente que se había empeñado en dictar medidas preventivas de sanidad, no encaró la emergencia y adelantó la conclusión de su encargo por unas semanas. Entre la muerte y el pillaje, huyó de la ciudad que debía gobernar. No le perdonaron la cobardía. La peste terminó de vacunarlo contra la política.

En las epidemias, apunta en su ensayo sobre la fisonomía, puede distinguirse al principio entre el cuerpo de los sanos del de los enfermos. Pero, cuando se prolongan, la enfermedad se difunde por el aire y lo penetra todo. Entrenó su olfato para volverlo un detector de pestilencias. Reconocía en su nariz una inteligencia protectora que los médicos debían recuperar. Se sentía en eso, cerca de Sócrates quien sobrevivió las pestes atenienses gracias a su olfato. Porque sabemos oler, somos poco proclives a las epidemias que se contraen con el trato.

La ronda de la enfermedad y de la guerra, del fanatismo y el odio son el sustrato de la prudencia de Montaigne. Hay que emplear los tiempos tranquilos como preparación de la adversidad. Sobre todo, hay que abastecer el ánimo para los años oscuros, para los tiempos enfermos. Más que el acopio de alimentos para el encierro o la fortificación de un refugio a salvo del pillaje, Montaigne sugiere anticipar la inevitabilidad de las pérdidas. Hay que prepararnos para el quebranto. La clave de esta prevención se encuentra en su ensayo sobre la soledad.

A vivir sin ataduras nos invita: “Es preciso tener mujer, hijos, bienes, y sobre todo salud, si se puede, pero sin atarse hasta el extremo que nuestra felicidad dependa de todo ello. Debemos reservarnos una trastienda del todo nuestra, del todo libre, donde fijar nuestra verdadera libertad y nuestro principal retiro y soledad. En ella debemos mantener nuestra habitual conversación con nosotros mismos, y tan privada que no tenga cabida ninguna relación o comunicación con cosa ajena; discurrir y reír como si no tuviésemos mujer, hijos ni bienes, ni séquito ni criados, para que cuando llegue la hora de perderlos, no nos resulte nuevo arreglárnoslas sin ellos.”

Gozar de lo que amamos sin la ansiedad de perderlo. Cada quien puede ser fiesta para sí mismo. Para ponernos a salvo hay que aprender a ocultarnos, a replegarnos en nosotros mismos. Aprender a vivir sin necesidad de ser vistos y abrazar la compañía de la soledad. No aspiraba al ascetismo; necesitaba pausas de silencio, espacios para la reclusión. Le parecía indispensable tomar distancia Levantarle un muro a los ruidos y a las miradas; huir de toda tentación de hazaña. En esa trastienda íntima podemos sumergirnos en las dichas del ocio. La pereza es buena amiga de la libertad. Cuenta Montaigne, citando a Séneca, que hubo un viajero que regresó tan tonto de su viaje como había salido. Claro, le creo, “se había llevado consigo.”

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29, Abr 2020

Dos fracasos de la palabra

La pandemia ha convertido al mundo en un laboratorio. No uno, miles: por todos lados se ponen a prueba teorías y se disparan hipótesis sobre el significado de la emergencia. No solamente se trata de entender el comportamiento del bicho mortífero y producir cuanto antes la vacuna o el remedio, sino también de aventurar conjeturas sobre el futuro y someterlas a prueba. Intuimos que la normalidad no será lo que fue, que este paréntesis en la marcha del mundo dejará una marca profunda.

Lo inesperado confabula con lo precedente. Toda crisis es revelación: la excepción muestra de pronto y de manera brutal lo que habitualmente se esconde. Entre nosotros, la emergencia incuba en un caldo de desconfianza y polarización. Nos espera, seguramente, una política aún más renuente al entendimiento. Cada quien tiene su mundo, sus números y, de acuerdo al gobierno, cada quien su ciencia. Ustedes tendrán la suya, nosotros defendemos la nuestra. Lo que hemos escuchado en voz de la directora del consejo de ciencia del gobierno federal es una perorata fascistoide. No puede llamársele de otra manera. Hablar de una ciencia degenerada de los neoliberales y contrastarla con la promesa de una purificación científica evoca los tiempos más siniestros del siglo XX. Maldita ciencia de los judíos, maldita ciencia de los burgueses, maldita ciencia de los neoliberales. Arriba la ciencia aria, la ciencia proletaria, la ciencia nacional. Todos esos delirios ideológicos fueron anuncios de persecuciones e imposturas. Ya han comenzado en México. La batalla de la ciencia y de la cultura anuncia algo más: ante la ubicuidad de la guerra no hay armisticio intelectual posible.

Lo que me temo es que la epidemia, lejos de alentar coincidencias para encarar al enemigo, ahondará el abismo del entendimiento. Si el diálogo ha sido difícil, se volverá imposible. El discurso del régimen se radicaliza y se fomenta el reflejo de secta. Ya no se trata ya de convencer a nadie más, no se busca atraer nuevos conversos. Se trata de intensificar las convicciones de los adeptos. Por eso la crisis cae como anillo al dedo a los sectarios: la fe se pone a prueba. Aunque resulte indefendible, hay que defender lo propio hasta el absurdo. No se trata ya de convencer a nadie, se trata de amurallarse en defensa de lo propio. Ante el desafío, lo que cuenta es la demostración de lealtad. Para dejarlo en claro, el presidente entrega medallitas a sus fieles, mientras fustiga obsesivamente a sus críticos de la prensa, como si esa fuera la urgencia del momento. Los puentes que existían entre empresa y gobierno han ido cayendo uno tras otro y crece la impresión en cada bando de que hablar con el otro es una pérdida de tiempo. La brecha es aún más preocupante porque la oposición carece de voces institucionales. No hay partidos y el Congreso está prácticamente muerto.

Preocupa también el abandono de la ley. Se publicó esta semana un decreto que imprime sello oficial al capricho. La obcecación continúa. La única medicina que el presidente conoce es la austeridad. Ante cualquier enfermedad: la amputación. No hay que hacer muchas preguntas al paciente: hay que pasarlo por la navaja de inmediato. Con furor thatcheriano, López Obrador vuelve a lo mismo: cortar brazos y piernas de la administración, desprenderse de oficinas, bajar salarios. Lo hace ahora con un documento de antología. No es fácil encontrar una aberración parecida que haya llegado a las páginas del Diario oficial de la Federación. Soflama de vaguedades y consignas ideológicas, ilegalidades flagrantes, promesas ridículas convertidos en orden presidencial. Hágase mi voluntad, aunque la constitución me lo prohíba y la lógica suelte la carcajada. Suprimo derechos laborales mediante este decreto. Ordeno que por obra de mi deseo sean creados dos millones de empleos. Elimino diez oficinas, pero no sé cuáles. El dictado presidencial no encuentra filtro a su capricho. Nueva muestra de que la Secretaría de Gobernación permanece vacante.

Algunos han recordado en estos días a Tucídides, el historiador ateniense que describió los horrores de la peste. La epidemia, dijo en su crónica, no solamente carcomía los cuerpos, también degradaba las palabras. El contagio arruina el lenguaje. Tal vez el coronavirus ha dado en México el último golpe a la palabra. No es puente ni es orden. No permite el entendimiento ni ofrece claridad de mando.

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20, Abr 2020

Polémicas por venir

Es tiempo de pensar lo impensable, decía Emmanuel Macron en una entrevista reciente con el Financial Times. Más aún: “todos estamos embarcados en lo impensable.” Las tradicionales coordenadas ideológicas ya bastante borrosas a estas alturas, terminarán siendo irrelevantes.

Las categorías políticas del populismo que definieron el debate público en el mundo tras la crisis financiera del 2008 enfrentan una nueva realidad. De muchas maneras simplificaron la disyuntiva como la alternativa entre nosotros, el pueblo, y ellos, la élite de los expertos. El país profundo y verdadero contra la globalización que lo ensucia y desnaturaliza todo. La voluntad auténtica de la gente contra el distante juego de las instituciones. Planteado en esos términos, el populismo llevó la voz cantante. Ese relato captó el descontento y la imaginación. Fue extraordinariamente eficaz, pero, tras la pandemia, ¿lo seguirá siendo? ¿De qué manera el miedo planetario reelaborará el debate público? Su feroz antipatía por los expertos choca con la urgencia de contar con técnicos confiables. Su frontera de buenos y malos, de Pueblo y Antipueblo, difícilmente puede ordenar la polémica por venir. La ola de vulnerabilidad cambiará las coordenadas del debate público. Ojalá asiente la responsabilidad por lo complejo.

El desenlace, por supuesto, no está cantado. Las preguntas de hoy se irán respondiendo en las décadas por venir. La naturaleza de la globalización es, quizá la más evidente. Un ciclo concluye y está por abrirse uno nuevo. ¿Qué carácter tendrá?

Chocan desde ya los reflejos nacionalistas con los llamados de una cooperación más efectiva. ¿Es esta crisis resultado del demasiado mundo? ¿La ferocidad y la rapidez del contagio son producto de un “exceso” de globalización? Así lo creen quienes llaman a reforzar nuestras fortificaciones y evitar así los contagios que vienen de fuera. Pero el discurso localista encuentra nuevos asideros. No es solamente el temor por lo extraño, sino también en una sensata valoración de las cercanías. El llamado de la desglobalización encontrará, seguramente, nuevos argumentos y no serán necesariamente xenófobos. La salud y el medio ambiente nos invitan a repensar la teología globalizadora. Al mismo tiempo, nunca como ahora se ha percibido la mutua dependencia y, por lo tanto, la necesidad de cooperar. La globalización–recurro nuevamente al sociólogo Ulrich Beck–debe ser entendida como una “sociedad mundial del riesgo.” Lo es porque vivimos en un tiempo que ha disuelto los refugios. No hay rincón que esté a salvo. Para el virus no hay lugar remoto. Las fallas del sistema de salud en un país son, por lo tanto, amenazas a todos. Los secretos en un rincón del planeta nos tapan los ojos a todos. Al tiempo que se piden murallas y el regreso a lo local, urgen instituciones globales eficaces.

En el combate al contagio se pone a prueba también el modelo político interno. No me refiero al golpe que seguramente recibirán muchos gobiernos y partidos por su gestión de la crisis. Me refiero al desafío de las democracias frente a la seducción autocrática. El discurso antiliberal ha querido presentar la respuesta autocrática como ejemplar. A diferencia de los regímenes vacilantes de Occidente, la determinación política china supo poner orden en casa y ahora envía ayudas a todo el mundo como propaganda de su éxito. No me trago ese discurso, pero es innegable que, bajo un clima de incertidumbre extrema y miedo intenso, la autocracia resulta atractiva. Las democracias más sólidas han activado resortes dictatoriales: poderes de excepción y restricción de derechos. ¿Qué rastros dejará en las democracias este súbito régimen sanitario? ¿Cuántos sacrificios momentáneos se harán permanentes? ¿Cuántos derechos estaremos dispuestos a ceder? ¿Cómo se alterará el espacio de la privacía si se prolonga la vigilancia de los protectores?

El paternalismo sanitario es un desafío serio y complejo para las democracias liberales. No puede ignorarse la razón que la causa ni la amenaza que implica. En todo caso, debe entenderse que la emergencia no debe conducir a un extravío irreparable. La restricción a los derechos debe ser el último recurso, limitada a la atención de la emergencia, basada en criterios técnicos que hayan mostrado eficacia y abierta a la crítica pública y a la revisión cuando pase la emergencia. La eficacia democrática se pone a prueba en tiempos de crisis.

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15, Abr 2020

Auden y los virus

W. H. Auden | Poetry Foundation

En un ensayo de 1969, W. H. Auden describe el poema como una sociedad verbal. Aquello que tiene solo un vínculo aritmético se transforma en una sociedad o, más bien, en una comunidad. A la poesía animaría una noción agustiniana del mundo: lo que el poeta intenta es transformar el agregado de elementos que conforman la experiencia en un organismo vivo, en una ciudad que aspira a la trascendencia. Ahí mismo, en ese ensayo sobre la libertad y la necesidad en la poesía, apunta que el interés del poeta es la persona en lo que tiene de irrepetible. El registro de lo único. Ese único que se mira en el espejo es un ecosistema, un planeta que alberga millones de huéspedes invisibles. Anfitrión de incontables virus, bacterias, hongos y demás bichos.

El artista aprendía de su padre, un médico que sabía que lo importante no era la enfermedad sino el enfermo. Un doctor, como cualquier persona que ha de tratar con seres humanos no puede ser un científico. Será un artesano si usa el bisturí, será un artista si prescribe la justa receta. Y advertía: los médicos que más insisten en recordarnos que son “científicos” son los que menos dispuestos están para considerar los nuevos descubrimientos de la ciencia.

Auden, el neoyorquino que empezaba su lectura del New York Times en la página de los obituarios, estaba suscrito a dos revistas únicamente. Eran Nature y Scientific American. En alguna edición de esta última, se maravilló al descubrir en un artículo de Mary J. Marples la convivencia de especies dentro de nuestro propio cuerpo. Escribió entonces, como respuesta, un poema. La piel humana era un bosque de larvas, plantas, hongos, bacterias. Les concede a todos ellos libre tránsito: instálense ustedes donde mejor se acomoden. Pueden bañarse en las lagunas de mis poros, pueden encontrar refugio en la selva de mi entrepierna, o asolearse en los desiertos de mi antebrazo. Porque no les desea tristeza alguna, los invita a formar colonias y ciudades, pero implora comprensión: compórtense. No me provoquen acné ni piel de atleta.

Ese complejísimo ecosistema de microscópica fauna y flora es abrazado por Auden. Se trata de un entorno rico y a la vez frágil. El simple hábito de vestirse y desvestirse acarreaba la devastación de millones de bacterias. El jabón era una inclemente bomba química. Lo aprendía de aquel artículo del Scientific American. Rascarse provocaba una hecatombe. Por eso se lamentaba que no era el paraíso de esos Adanes y esas Evas. Sé que mis juegos son catástrofes para ustedes. Un regaderazo inunda sus ciudades y extingue seguramente a millones de inocentes. Y se pregunta el poeta: ¿qué mitos explicarán en su mundo mis huracanes? ¿qué parábolas usarán sus predicadores para darle sentido a estos diluvios? Mi muerte, les advierte, anunciará también su juicio. La sábana de mi piel se enfriará y se volverá demasiado rancia para su paladar. Me volveré apetecible para predadores menos generosos.

El poema de Auden fue publicado la edición de mayo de 1969 en el Scientific American y convertida en, diciembre de ese año, en su postal de año nuevo.

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13, Abr 2020

Fracaso de la imaginación

Algunos dirigentes en el mundo se han montado en la crisis sanitaria para impulsar la autocratización. Hacerse en esta emergencia de poderes extraordinarios para asumir un mando sin restricciones. La crisis es el parque de los autócratas. Cuando la normalidad se rompe, los poderosos asumen el permiso de hacer cualquier cosa con tal de salvarnos. Se imaginan capitanes de un barco a la deriva que deciden echar por la borda a quien estorba. Recibir trofeos por sacrificar a algunos. Las restricciones que serían inimaginables en tiempos normales son aceptadas y aún agradecidas en tiempos de temor. La amenaza, la incertidumbre, el miedo llaman a un poder decidido y enérgico que no pierda el tiempo en discusiones, que no se tiente el corazón con los pudores habituales y que intervenga con arrojo para derrotar al enemigo. Al crítico que es irrelevante tiempos ordinarios se le ve ahora con sospecha y al opositor se le cataloga abiertamente como un traidor. El primer ministro de Hungría es, quizá el más adelantado en este impulso autocratizador. Viktor Orbán ha conseguido el permiso de su parlamento para gobernar por decreto. Cualquier ley que le estorbe podrá ser anulada de inmediato. Él primer ministro podrá legislar sin intervención parlamentaria. Los procesos electorales quedan suspendidos y se podrá castigar con cárcel a los periodistas que se alejen de su versión de la verdad. Hay que agregar que la dictadura recién fundada en Hungría no tiene plazo límite. El proyecto del populista húngaro de abanderar una democracia iliberal ha recibido del virus el impulso definitivo.

No veo, ante la crisis de salud, ese impulso en México. El gobierno federal ha insistido en que la emergencia sanitaria no supone una suspensión de garantías. No ha asumido el Ejecutivo facultades extraordinarias, ni se percibe la crisis como una oportunidad para instalar una dictadura salvadora. La mayoría congresional que respalda al presidente no ha sido convocada para entregarle permisos adicionales. De hecho, lo que ha sorprendido a muchos es precisamente lo contrario: no un ansia de poder en la emergencia sino una renuencia a la decisión.

Si la crisis sanitaria ha tenido un efecto político en México, éste se ha dejado sentir en otra órbita. No en la autocratización, sino en la ideologización del gobierno. Más que liberarse de los límites, el gobierno se desentiende del diálogo con la realidad y se aferra a sus prejuicios. El virus ha precipitado al gobierno de López Obrador a una intensificación de su visión ideológica del mundo, a una radicalización de su hostilidad discursiva, a una endurecida clausura intelectual. Por eso ve el desafío de salud como una prueba de fe, como una ocasión para verificar lealtades y desechar la tentación de reconsiderar. Más que a un autócrata, tenemos en frente a un ideócrata, al esclavo de un manojo de frases.

Se trata de un fenómeno extraordinariamente preocupante: el fracaso de la imaginación. La falta de realismo político, eso que Isaiah Berlin llamaba “sentido de realidad” es, aunque parezca extraño, resultado de una imaginación seca. El ideócrata o, para ser más precisos en el caso del mexicano, el fraseócrata es incapaz de pensar algo que contradiga su preconcepción. Si durante años ha repetido el mismo cuento, no puede imaginar un relato que se separe del mural. Si ha pintado el mundo con los mismos colores elementales, es incapaz de aceptar que haya otros pigmentos, otros tonos, algún claroscuro. Si ha enviado al infierno a unos y si a otros los ha elevado al paraíso, no puede admitir en ningún momento que los condenados sorprendan con alguna virtud o que los santos tropiecen. El prejuicio sofoca la imaginación y por eso cancela el trato saludable con la realidad. Un permiso le está vedado al ideólogo: dudar del credo. La fidelidad ideológica, el hermetismo de las convicciones cancela como impensables todos los hechos, todos los datos, todos los argumentos y las voces que se han descartado previamente. No puede verse lo que se tiene delante de la nariz porque el cerebro ya ha condenado a una parte de la realidad a la categoría de lo impensable.

La imaginación es la perdición del ideólogo porque lo tienta a dudar.¨

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10, Abr 2020

La tortura del genio

Cuando Victoria Ocampo recibió en París un ejemplar de Una habitación propia, el gran ensayo de Virginia Woolf sobre la mujer y la escritura, quedó deslumbrada. Ahí estaba lo que ella quería decir sobre las dificultades de la expresión en un mundo masculino. Era 1929, muy poco tiempo después de haber sido publicadas las conferencias de las que proviene el libro. De inmediato, Ocampo busca a la novelista, le escribe cartas, le regala orquídeas, le envía cajas repletas de mariposas, la visita en su casa en Londres. Woolf se siente acosada por la adinerada sudamericana de “ojos de huevo de bacalao fosforescente”, pero permite que un argentino traduzca, para SurLa habitación y también Orlando. Se llamaba Jorge Luis Borges.

Muchos años después, Borges confesó a Osvaldo Ferrari que, en realidad, había sido su madre la verdadera traductora del ensayo y que él solamente hizo la revisión. Tomaba distancia porque no le parecía un ensayo de gran valor. Lo veía como un alegato elemental por el feminismo y como tal, innecesario. “No necesito alegatos para convencerme del feminismo”, le dijo al entrevistador. Virginia Woolf aparece ahí como misionera y como comparto su propósito, me resulta prescindible. El poeta ponía la novela por encima del ensayo. Admiración por el arte, desprecio de la idea.

El artículo completo puede leerse en nexos de abril.

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