13, dic 2017

Chávez y el cultivo de la humildad

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En su nueva colección Opúsculos, El Colegio Nacional ha rescatado un viejo discurso de Ignacio Chávez ante el Congreso Mundial de Cardiología. Hace casi sesenta años, el médico reflexionaba sobre las promesas y los peligros de la especialización médica. Su mensaje es uno de los mejores argumentos por la conciliación de las culturas. El educador buscaba el acercamiento de esos dominios que nuestro tiempo se ha empeñado en enemistar: la ciencia y la filosofía, la técnica y la poesía, la medicina y las humanidades.

Chávez, por supuesto, reconocía los beneficios de la especialización. Sabía que adentrarse en los vericuetos de un órgano aceleraba la ciencia y daba más herramientas para la atención del enfermo. También advertía los costos. Hay en la especialización una “enorme fuerza expansiva de progreso”. Gracias a ella contemplamos el avance espectacular de nuestra disciplina. Al mismo tiempo la especialización era “fragmentación, visión parcial, limitación de nuestro horizonte. Lo que se gana en hondura se pierde en extensión. Para dominar un campo del conocimiento, se tiene que abandonar el resto; el hombre se confina así en un punto y sacrifica la visión integral de su ciencia y la visión universal de su mundo. Sufre con ello su cultura general, que se ve obligado a soltar, como se suelta un lastre; sufre después su formación científica, porque deja de mirar la ciencia como un todo, para quedarse con una pobre pequeña rama entre las manos; sufre, por último, su mundo moral, porque el sacrificio de la cultura constituye un sacrificio de los valores que debieran fijar las normas de su vida. Y en este drama del hombre de ciencia se perfila un riesgo inminente: la deshumanización de la medicina y la deshumanización del médico.”

Como Alfonso Reyes, pedía el latín para las izquierdas, toda la literatura del mundo para México, su cardiólogo invitaba a sus colegas pasear por los jardines atenienses. El argumento de Reyes era que esa cultura no nos era ajena, que no podríamos pensar que sólo lo endógeno nos era propio. Nuestro es todo el caudal de la cultura de Occidente. En ese mismo sentido, sugería Chávez que no había mayor mutilación parea el médico que la amputación de la cultura humanística. Lo decía porque sabía bien que el humanismo no era un lujo: “Humanismo quiere decir cultura, comprensión del hombre en sus aspiraciones y miserias; valoración de lo que es bueno, lo que es bello y lo que es justo en la vida; fijación de las normas que rigen nuestro mundo interior; afán de superación que nos lleva, como en la frase del filósofo, a ‘igualar con la vida el pensamiento’. Ésa es la acción del humanismo, al hacernos cultos. La ciencia es otra cosa, nos hace fuertes, pero no mejores. Por eso el médico, mientras más sabio debe ser más culto.”

Cuidaba Chávez, ni más ni menos, que la autoridad de su disciplina. Cuidaba el ascendiente del médico que no es simple superioridad de información técnica. En cada diagnóstico hay algo más que comprensión: simpatía. “El médico no es un mecánico que deba arreglar un organismo enfermo como se arregla una máquina descompuesta. Es un hombre que se asoma sobre otro hombre, en un afán de ayuda, ofreciendo lo que tiene, un poco de ciencia y un mucho de comprensión y simpatía. ¿Por qué hemos de dejar perder ese aspecto fundamental, humano, que no viene de nuestra ciencia sino de raíces más hondas, de nuestra cultura que nos fija un deber y de nuestra sensibilidad que traduce, parafraseando a Peguy, un impulso del alma hacia el bien.” Al decir esto, al pasearse por los jardines de la Academia, Chávez imaginaba la sonrisa escéptica de sus colegas: ¿para qué me sirven esas cosas, si con mi técnica y mi ciencia, con mis herramientas y mis pócimas puedo dominar la ciencia de la cardiología.

Hacía entonces otro intento por persuadir a los miembros de la Sociedad Internacional de Cardiólogos: ciencia y cultura son hermanas. No pelean: se complementan armoniosamente. En la filosofía y en la literatura, en la historia y en la poesía habría de alimentarse la humildad. No cabe la medicina entera en el matraz de la ciencia. Imposible de medir el sufrimiento irrepetible, el reflejo ante el dolor, la angustia. El humanismo, dice Chávez, le permitirá al médico “inclinarse con humildad ante la inmensidad de lo que ignora.”

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11, dic 2017

Lamento por el PAN

Habrá Frente. Confieso que no creí que el esfuerzo culminaría en una candidatura común. Creí que, después de los desplegados de feliz coincidencia, la alianza terminaría rompiéndose. Se impuso la astucia y la ambición del expresidente del PAN, dispuesto a aniquilar a su partido para quedarse con la candidatura presidencial.

Es de lamentar la desaparición de Acción Nacional del escenario electoral. Si Anaya no ha matado definitivamente al partido que lo hizo su dirigente, ha anulado por esta temporada electoral a una de las instituciones democráticas más longevas y más importantes en la vida de la república. La crisis de Acción Nacional es más profunda que la de 1976, cuando decidió no postular a un candidato presidencial. Aquella decisión fue, finalmente, producto de un intenso y complejo debate público. La decisión—desde luego, polémica—era congruente con su historia y era fiel a sus valores. Significaba la denuncia de un régimen al que no se pretendía legitimar con la falsedad de la competencia. Quienes creían que participar en las elecciones era hacerle el juego al régimen expusieron públicamente sus razones y se enfrentaron a quienes defendían con terquedad la participación. La discusión se verificó públicamente y el partido tomó la decisión de abstenerse. La decisión de un partido democrático. Hoy los panistas han visto, por primera vez en su vida, la autoproclamación de su candidato a la presidencia. El dirigente de Acción Nacional se hizo del control absoluto de la estructura. Supo aprovechar los resentimientos que ahí había generado la camarilla de Felipe Calderón y canceló cualquier posibilidad de debate interno. Apoyado en sus aliados externos, suspendió los derechos de los militantes, proscribió la competencia interna, arrinconó a los adversarios, se hizo a sí mismo, candidato. Acción Nacional sucumbió a una dictadura. Eso fue la administración de Anaya: un régimen de excepción que concentró todo el poder en una persona negando los derechos ordinarios de los militantes panistas.

Anaya y sus promotores se llenan la boca con la palabra democracia pero no se atreven a practicarla. Nunca estuvieron dispuestos a correr el riesgo de perder. Es decir, nunca creyeron en la vía democrática. ¿Alguien podría señalar una diferencia entre el destape de Meade y la autoproclamación de Anaya? ¿Hay alguna diferencia entre la apropiación que Anaya hizo del PAN y lo que hace el dueño de MORENA con su criatura? ¿Se atreverían los frentistas a denunciar la antidemocracia del PRI después del espectáculo de estas semanas en donde los caciques de los partidos se reparten posiciones exhibiendo el más grotesco patrimonialismo? Por fortuna han renunciado a la farsa de llamarse frente “ciudadano.”

Lo que ha pasado en Acción Nacional es una desgracia histórica. No es solamente una desgracia para los panistas sino para el país. En ella tienen sin lugar a duda una cuota importante de responsabilidad los críticos del astuto y truculento dirigente que no estuvieron dispuestos a dar una pelea por su partido, por sus reglas, por sus ideas, por su tradición. Abandonaron con facilidad el barco y dejaron al ambicioso el campo libre. Algunos ya se han trepado a otro bote—o, más bien, han regresado al de su origen. Con su torpeza y su arrogancia permitieron que el país perdiera una referencia liberal importantísima.

Cuando hablo del PAN como referente liberal no me refiero, por supuesto, a sus ideas. Hubo muy poco liberalismo en su origen. Nació contra el cardenismo como una opción entre el comunismo y el liberalismo, que frecuentemente identificaba como perversiones gemelas. El discurso histórico panista tiene un intenso componente antiliberal que sigue presente en su retórica y en sus reflejos. Si digo que fue un referente liberal fue por su apuesta institucional, por su defensa práctica de los derechos, por su denuncia jurídica del autoritarismo, por el esmero con el que construyó su propia estructura, por el debate que siempre mantuvo a su interior. Fue una brújula liberal, sobre todo, por su anticaudillismo. Antes del secuestro de Anaya, el PAN era uno de los pocos territorios del debate intenso, público y, en general razonado. Ese partido murió ayer.

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08, dic 2017

Los mejores libros del año para The Guardian

o, más bien, para sus colaboradores:

 

La lista completa puede verse aquí y aquí.

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04, dic 2017

Los mejores libros de arte del 2017

(según Peter Conrad en The Guardian)

        

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04, dic 2017

El candidato de los satisfechos

La apuesta del elector priista fue sensata. Era razonable designar como candidato del PRI a quien menos priista parece. Asegurados los votos de los leales, José Antonio Meade es el candidato que de mejor manera puede ampliar la convocatoria. No será fácil superar el estigma del envase pero, si alguien dentro de la baraja del PRI podría hacerlo, es el financiero convertido en candidato. Ser un desconocido es, seguramente, una ventaja. Perteneciente a la camarilla más poderosa del país, esa que ejerce el poder apelando a la razón técnica, Meade pretenderá presentarse como el técnico sin militancia, un funcionario competente al margen de la politiquería de los partidos. El cuento de la pureza del tecnócrata es, sin embargo, poco persuasivo. Su carrera no ha flotado, limpísima, por encima de los pantanos del poder. Imposible disociarlo del ímpetu castrense del calderonisimo y de los hedores de Atlacomulco. Una prolongación de ambos nos ofrece ya en su campaña.

Quizá la mejor carta del candidato priista sea la serenidad. En un país cansado de la estridencia, el candidato del PRI muestra tranquilidad, conocimiento (de los temas que conoce), experiencia. Un hombre afable, un amigo de todos que no le niega abrazo ni a los pillos. Su probidad ha sido, por decirlo de algún modo, pasiva. No se le conoce una sola batalla contra la corrupción y bien puede advertirse en él disposición al encubrimiento. Lejos de rehuir la identificación conservadora, el PRI la abraza con su candidato. El extravío del PAN ha abierto un espacio que el PRI pretende llenar cuanto antes. Mientras el dirigente del PAN sigue cortejando al PRD, el candidato del PRI extiende la mano a los panistas. Meade aspira a construir un nuevo polo de la derecha mexicana que se plante con clara identidad frente a López Obrador. Por ello repetirá mil veces que la disyuntiva es la preservación o el abismo. Habrá que esperar pronunciamientos específicos en las polémicas del día pero su oferta inicial es inequívocamente conservadora: continuidad, ley y orden, prosperidad sin polarización.

Su propuesta es perseverar. Meade nos convoca a una epopeya histórica: que los mismos sigan haciendo lo mismo. Si lo hacemos con la misma visión de México y con apego a los mismos programas, podríamos llegar, algún día, a obtener los mismos resultados. Ese es el encanto de su campaña. ¿Quién podría resistir a este llamado? Lo que más sorprende en su discurso es la ausencia de cualquier chicote de inconformidad. Un político al que le complace plenamente la realidad. Lo llaman optimista. Yo lo encuentro, más bien, indolente. Meade celebra el presente de México como si fuera el mejor de los posibles. Si no lo es todavía es porque falta tiempo para persistir en lo que hemos hecho durante treinta años. El candidato del PRI festeja al país que ha recibido las bendiciones del reformismo. La crítica, dijo hace algún tiempo, era fruto no del juicio sino del mal humor. Quien no celebre lo que tenemos es porque está enojado y no acepta la realidad. Hay que sentirnos afortunados por tener como presidente a Enrique Peña Nieto, decía en uno de los más penosos episodios de la zalamería priista. A sus ojos, nuestra política es un espacio generoso y constructivo. ¿La corrupción? Un problema menor, un pendientito, quizá.

Ha presumido sus oficinas como una sala de trofeos pero habría que preguntar por el impacto de sus decisiones. ¿Hemos de brincar de júbilo con el desempeño económico de la última década? ¿Hay algo que reconocerle de su paso por la cancillería? ¿No es preocupante el interés que mostró en Sedesol para cambiar las mediciones de la pobreza para cambiar súbitamente la percepción de la realidad? Quien presume patrimonio curricular deberá mostrar resultados. Por lo pronto, destaca tanto como su fluidez en el lenguaje económico, su trastabilleo, su ignorancia y su incoherencia en dos temas centrales para el país: inseguridad y corrupción.

La campaña apenas empieza. El perfil del candidato de Peña Nieto irá puliéndose en los próximos meses. Por lo pronto, vale decir que José Antonio Meade es el candidato de los satisfechos. Quien crea que el último cuarto de siglo del país ha sido maravilloso, tiene un gran candidato.

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03, dic 2017

Poesía por otros medios

La prosa es la continuación de la poesía por otros medios. Lo decía Joseph Brodsky pensando en los ensayos de Marina Tsvietáieva pero no se quedaba en su ejemplo. La prosa es, históricamente, derivación del canto poético. En el principio fue la poesía. La maestra, la fuente de todas las literaturas. Habría que advertir que, en asuntos de arte, el disidente ruso no era un demócrata. Miraba los otros géneros por debajo del hombro. En el trono de las letras se sentaba, sin competencia alguna, el poeta. Debajo de él, los novelistas, los dramaturgos, los cuentistas. La poesía no es un entretenimiento, dijo alguna vez. No es siquiera un arte. “La poesía es nuestra finalidad como especie. Si lo que nos distingue del resto del reino animal es el habla, entonces la poesía como la forma superior del habla es nuestra diferencia genética”. No había forma de equiparar el genio de la poesía con los prosaicos oficios de la novela. Y, sin embargo, bien sabía Brodsky que cuando el poeta incursionaba en la prosa podía elevarla hasta sus alturas.

¿Qué le enseña la poesía al ensayo?, preguntaba Brodsky. El poeta tiene una báscula que nadie más tiene. Sólo él sabe que cada palabra tiene un peso único, que cada sílaba tiene una voz irrepetible. El poeta le ordena también al prosista omitir lo obvio y cuidarse de los peligros de la grandilocuencia. Lo invita siempre a rendir tributo a la música. El oído es el órgano de la escritura. Brodsky tenía claro que el trato no era recíproco. La prosa muy poco tiene que enseñarle a los poetas. Tal vez un buen novelista puede invitarnos a prestar atención al lenguaje común, a registrar las palabras de la calle. Pero en realidad la lección auténtica está en otro lado. Un poeta puede sacar más provecho escuchando un cuarteto de Haydn que leyendo Dostoievski.

El artículo completo en nexos de diciembre.

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01, dic 2017

Los mejores libros del 2017, según el NYT

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27, nov 2017

Dialéctica del tapado y el destapador

Pronto, muy pronto al parecer, se acelerará el tiempo de la política mexicana. Terminará la espera en el partido gobernante y se pondrá en movimiento frenético la campaña por la presidencia. Se cumplirá la arcaica liturgia y súbitamente todos los priistas estarán milagrosamente de acuerdo. Contemplaremos el bochornoso carnaval de la adulación. Todos los priistas, con excepción de quien será pronto catalogado como lunático, coincidirán: el candidato ungido es el mejor hombre para conducir el país por los siguientes seis años. Solo él podrá salvarnos de la desagracia populista. Patriota, servidor público ejemplar, exitosísimo funcionario, gran bailarín y cocinero de fantásticos chilaquiles. Una buena parte de los medios hará eco al unánime entusiasmo de esa tribu. Nos mostrarán durante varios días retratos del candidato cuando era niño, se rescatarán sus boletas de primaria, se le describirá no solamente como un gran político sino también como un atleta y como un artista consumado. Por supuesto: gran padre de familia, cariñosísimo esposo, compadre leal.

El presidente Peña Nieto disfruta ese ámbito del poder donde sigue siendo, sin disputa alguna, soberano. Su dedo índice no enfrenta contrapeso alguno. No necesita negociar con nadie. Es él y solo él quien decide. La del presidente no es la última voz: es la única. Supremacía es soledad. Su partido es, en efecto, suyo y de nadie más. Las corporaciones y las clientelas, la diversidad regional, la complejísima mezcolanza de intereses del PRI desaparecen cuando se trata de la herencia. El partido gobernante tiene dueño. El patrimonialismo que en otros ámbitos da señas de vergüenza, pierde disfraz en el PRI. Ahí no hay intento siquiera de simular deliberación y competencia. Un partido nacional cuelga del capricho de un hombre. Ese hombre, cuando se anima a hablar del tapado, se desdobla y habla como vocero de la historia. Cuando, hace unos días, el presidente nos llamó despistados, subrayó que el misterio de su decisión solo lo conoce él. El presidente asume que por su voz habla una sabiduría tradicional. El partido sabe, el partido conoce, el partido valora… Cuando da esas señales, el presidente Peña Nieto comparte con el país sus hábitos digestivos.

La cobertura mediática tenderá a normalizar lo que es aberrante. Se irá con el señuelo de la novedad ignorando la restauración del mecanismo. Y tal vez pierda de vista que la reposición del tapadismo no es exhumación de un lindo folklore. La liturgia que tanto aprecian los priistas, el ritual que fascina a tanto opinador es un culto de lealtad y, en el fondo, un dispositivo para la prolongación de las complicidades. El tapado acepta una deuda con el destapador. Desde luego, el candidato del PRI no tiene asegurada hoy la presidencia. Pero la reposición del tapadismo inserta en el proceso la marca de connivencia. El presidente habrá meditado durante mucho tiempo sobre una decisión que imagina testamentaria. No puede ser ésta una decisión desinteresada precisamente porque es personal. Imposible pensar que en ese decreto no estén enredados también los temores y las ambiciones de quien trasmite la estafeta. Si, como dicen los priistas, el tapadismo es un ritual, saben bien que no es una ceremonia de sacrificio. Al heredar, el primer interés que se cuida es el de quien hereda.

La confianza con la que los priistas encaran el proceso se funda en la centralización y en la disciplina. Una decisión incuestionable que adquiere automáticamente apoyo de la organización. El presidente tiene que ver al futuro pero no puede desprenderse de su interés. Pensará en la campaña e imaginará un posible gobierno. No los podrá ver más que con sus anteojos, conociendo bien su vulnerabilidad, anticipando con angustia las probables mortificaciones futuras. Para el presidente el futuro es una amenaza. Una presidencia marcada por el escándalo no puede mirar lo que viene con indiferencia. Ahí se finca la perversidad del mecanismo. La voz que decide es la voz más cuestionada. Dentro del PRI, el valor principal es la lealtad al destapador. Para el destapado el imperativo será la traición. Puede verse la historia política del priismo hegemónico como variantes de esa tensión irresoluble. La dialéctica del tapado y el destapador.

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22, nov 2017

El liberalismo que fue y el que será

En la introducción al volumen que preparó sobre la teoría política francesa contemporánea, Mark Lilla denunciaba el provincianismo intelectual de los estadounidenses. El mundo anglófono había insertado un abismo para separarse del “continente”. El profesor sospechaba que la razón de este nacionalismo filosófico era una especie de encierro liberal. En aquel prólogo que Letras Libres publicó en noviembre del 2000, Lilla se abría, por una parte, a la diversidad de las tradiciones liberales y pedía, por la otra, confrontar las razones del antiliberalismo. Quería terminar con lo que describió como una guerra fría en la filosofía política. En los ensayos que ha escrito desde entonces se ha dedicado precisamente a eso. Siguiendo la ruta trazada por Isaiah Berlin, ha pensado en las seducciones del antiliberalismo usando con frecuencia el retrato biográfico para ilustrarlas. En Pensadores temerarios abordó el magnetismo que el poder absoluto ha ejercido sobre los intelectuales. En El Dios que no nació defiende la provechosa oscuridad de la política moderna: esa decisión de Occidente de mantener su política a salvo de la revelación. Si el experimento funciona tendrá que basarse solamente en nuestra lucidez. En La mente naufragada examina los atractivos del radicalismo reaccionario. Cápsulas biográficas que permiten a Lilla polemizar con Foucault y con Schmitt; con Leo Strauss y con Derrida. Estampas que restituyen el sentido y el poder de las ideas. Vidas con ideas; ideas vivas.

En su ensayo más reciente puede leerse al mismo polemista liberal dispuesto a encarar al adversario. En el libro que podría traducirse como El liberalismo que fue y el que será: después de la política de la identidad, publicado este año por Harper se percibe, sin embargo, un tono distinto. Lilla no habla ya de la historia de las ideas políticas y su remoto influjo, sino del discurso público de hoy, de la estrategia intelectual de los partidos, de las tácticas de comunicación de los políticos. Desde luego, en todas sus contribuciones se advierte la persuasión de que las ideas cuentan, de que la imagen que nos formamos de la historia y del conflicto, de la ley y de la justicia importa para configurar la experiencia política. Pero en este alegato hay un sentido de urgencia que no aparece en sus bosquejos biográficos. También, habría que decirlo, cierta torpeza en abordar las complejidades de lo inmediato.

El artículo completo puede leerse en Letras libres de noviembre.

 

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15, nov 2017

Habitada de ausencias

Todo se desmorona, el centro no puede sostenerse
La bruta anarquía se ha desatado sobre el mundo
suelta está la marea de la sangre, y por doquier
se asfixia el ritual de la inocencia;
los mejores carecen de convicción y los peores
están inflados de apasionada intensidad.

Hace casi cien años William Butler Yeats escribió ese poema. De pronto apareció por todos lados como una especie de profecía de nuestros tiempos. Una descripción de la irracionalidad adueñándose de la historia. Otra lectura parece darle a la primera línea el documental que se titula precisamente “El centro no puede sostenerse.” No es la razón, sino la vida misma la que se desmigaja en este retrato de la escritora Joan Didion, que dentro de unas semanas cumplirá 83 años.

Netflix trasmite este documental dirigido cariñosamente por su sobrino, Griffin Dunne. Al evocar la primera línea del poema de Yeats hace un guiño a Didion quien había tomado la última frase del mismo poema para el título de uno de sus libros de ensayo. Más que una biografía, el documental nos ofrece estampas de una personalidad de acero y de hilo. Frágil y fuertísima. El relato de la cinta no es particularmente claro. La narración es fragmentaria, a veces críptica. Los conocedores de su obra sienten cierta frustración con el documental porque no captura su genio literario. Quien, como yo, no esté familiarizado con sus trabajos, recibirá una irresitible invitación a sus textos. Pero el retrato no cuenta la sociología del reportaje, no el registro del periodismo que toma el pulso a una era. Lo que importa es el retrato del duelo. El modo en que la escritura se convierte en salvavidas. “Nos contamos historias para vivir.” Nos las contamos para sobrevivir. Lo puso con estas palabras en El año del pensamiento mágico:

“He sido escritora toda mi vida. Como escritora, incluso de niña, mucho antes de que empezara a publicar lo que escribía, siempre tuve la sensación de que el significado radicaba en el ritmo de las palabras, las frases, los párrafos, una técnica para contener lo pensaba o creía tras un refinamiento cada vez más impenetrable. Soy o he llegado a ser la forma en la que escribo.”

En unos meses, Joan Didion perdió a su marido y a su hija. El centro de la cinta son esas pérdidas. No lo que se conquista en la vida sino lo que la vida arrebata. Ser habitado por la ausencia. Los cientos de reportajes que publicó Didion, sus novelas, sus crónicas más polémicas parecen ser el preparativo para el dolor más hondo. Escribir para tocar la desolación y para escapar de ella. Filtrar el duelo con un paño de palabras. Didion escribió de su pérdida con la atención y la distancia de un reportero de guerra. Los ojos cubiertos frecuentemente por lentes negros, el foco de la cinta son las manos de la escritora. Con el esqueto ya visible esculpe las palabras antes de pronunciarlas.

Al final de la cinta, puede observarse la ceremonia en la que el Presidente Obama le entrega la medalla de las artes. Un segundo después la vemos de espaldas en su departamento, leyendo de su cuaderno de notas: ve lo suficiente y escríbelo, se dice. Y una instrucción: “Recuerda lo que significa ser yo. De eso se trata siempre.”

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06, nov 2017

Ignacio Padilla: ensayísta cuéntico

Ignacio Padilla no ocultó en ningún momento sus predilecciones literarias. Se describió muchas veces como un contador de cuentos. En el estrecho territorio del relato breve se sintió a sus anchas. El cuento era para él, la madre de toda su literatura. De pronto el cuento se desbordaba para convertirse en novela; a veces los personajes volaban como ideas y aparecía un ensayo, a veces la voz pedía telón y nacía una obra de teatro.

En la ceñidura del cuento, Ignacio Padilla sentía “la neurosis del artista, el afán de perfección”. Un taller que se afana inútilmente en la pieza perfecta.

En el cuento, todavía, rebusco un arrecife para descansar mi escrúpulo y mis últimos despojos de fe en lo perfecto imposible. En el cuento el niño que soy juega a que tiene un mapa en la mano, tierra firme bajo los pies, el cuerpo ceñido por una camisa de fuerza que podría mantenerme salvo de mis propios arañazos. Acudo todavía al cuento porque me acobarda a veces el abismo de la novela, ese vértigo que en el fondo me atrae, porque después de todo es el abismo del mundo descascarado que me tocó en suerte o en desgracia habitar. Con el cuento me refugio, me regalo una caja que imagino suficiente para no dejar de creer en una utopía de perfección que no es ni ha sido nunca viable; con el cuento me doy un contenedor para que mi materia no se desparrame y pueda yo pulirla hasta el cansancio, ingenuo, quijotesco otra vez, ignorante de que el diamante demasiado pulido no será más luminoso sino cada vez más pequeño, hasta quedar reducido a un grano de arena en el que nada consigue reflejarse, como no sea otro grano de arena: un invisible átomo de silencio que no puede ya decir nada de los hombres ni del tiempo que habitan.

El cuento, seguía explorando(se) Padilla, sobrevive en nuestro siglo como un “rey viejo, fantasmal y providente” que se aparece de vez en vez para que el hijo no se olvide de él y para vengar a quienes quisieron su muerte. Lo coronó en varias ocasiones como el rey secreto de la narrativa. Se identificaba con los respiros literarios de los que hablaba Ricardo Piglia: entre la escritura de un cuento y otro, descanso escribiendo alguna novela. Entre cuento y cuento, Ignacio Padilla fue dejando una notable colección de ensayos que merecen, como sus relatos breves, celebración.

El artículo completo puede leerse en el número de noviembre Este país.

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02, nov 2017

De la soledad a la soledad

George Orwell no era todavía George Orwell y ya se sabía escritor. Tendría cinco años, era un niño solitario y tenía claro que quería dedicarse a escribir libros. Se inventaba historias, conversaba con personajes imaginarios. Durante algunos años trató de negar el impulso pero no podía negar que en la escritura estaba su naturaleza. Dejar de escribir era un atentado contra sí mismo.

No era popular en el colegio. Casi no conocía a su padre y vivía en una prisión a la que llamaban escuela. Su crónica de aquellos días es un cuento de horror al que puso, con impecable tino irónico, el título de “Qué alegrías aquellas”. La reclusión del niño parece anticipo del totalitarismo que describiría en su novela clásica: crueldad, humillación, aislamientos prolongados, castigos terribles. Eric Blair se hacía pipí en la cama. El pecado merecía el azote de los mayores. Por las noches, antes de dormir, el niño de ocho años imploraba a Dios que le ayudara a no mojar la cama. A veces amanecía seco, pero a veces, al despertar, descubría las sabanas empapadas. Los tutores lo tundían a palos y lo exhibían públicamente: este muchachito, decía la directora a los visitantes, se orina todas las noches en la cama. Alguna vez los azotes partieron en dos la fusta con la que lo disciplinaban. Entre el dolor y la vergüenza el recluso pensaba que hacerse pipí en la cama estaba mal pero él no podía hacer nada. Cometo pecados sin desearlo; cometo pecados que más que cometer, me suceden. Esa fue la gran lección de la infancia de George Orwell: vivimos en un mundo en el que es imposible ser bueno.

El artículo completo puede leerse en nexos de noviembre.

 

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01, nov 2017

1917: acatamiento y burla

“El comunismo se propuso la insensatez de transformar al hombre ‘antiguo’, al viejo Adán. Y lo consiguió. Tal vez fuera su único logro. En setenta y pocos años, el laboratorio del marxismo-leninismo creó un singular tipo de hombre: el Homo sovieticus. Algunos consideran que se trata de un personaje trágico; otros lo llaman sencillamente sovok (pobre soviet anticuado). Tengo la impresión de conocer bien a ese género de hombre. Hemos pasado muchos años viviendo juntos, codo con codo. Ese hombre soy yo. Ese hombre son mis conocidos, mis amigos, mis padres.”

De esta manera Svetlana Alexsiévich presenta su réquiem del imperio soviético. El fin del homo sovieticus (Acantilado, 2015) es una memoria polifónica que puede leerse como la mejor medicina contra el populismo. El pueblo no habla con una voz ni mira en una dirección; no hay un enemigo ni una perversa conspiración. Muchos acentos, emociones, recuerdos. Imposible comprimir la experiencia en un veredicto, absurdo imaginar una vivencia única y coherente. La historia del experimento que comenzó hace un siglo es un mosaico que capta la contradicción irresoluble.

En su último trabajo, François Furet hablaba con razón del “embrujo universal de octubre.” El gran historiador de la Revolución Francesa se acercaba en El pasado de una ilusión (Fondo de cultura Económica, 1995), al terremoto ruso para desmenuzar los paralelos. En 1917 hay una ambición universal que se asemeja a la de 1789: ser anticipo de lo inevitable; el faro de la humanidad. Quizá en ese embrujo cuente la trenza de su contradicción. Por una parte, se levanta como acatamiento de un dictado histórico; por otra, como emancipación de esa orden.

Comprender la historia como dictado termina todo recato: no es el deseo del hombre sino el imperio de una mecánica imbatible lo que gobierna el mundo. La violencia se despoja así de significado moral. La dictadura es la inocente correa del tiempo, un deber, no un capricho. Una pedagogía, no una emergencia.

La Revolución será justificada como una consecuencia de la historia científicamente descifrada pero, al mismo tiempo, es una liberación de su imperio. ¿Por qué es tan fascinante la revolución rusa?, pregunta Furet. Porque “es la afirmación de la voluntad en la historia, la invención del hombre por sí mismo, figura por excelencia de la autonomía del individuo democrático. En esta reapropiación de sí mismo, tras tantos siglos de dependencia, los héroes habían sido los franceses de finales del siglo xviii; los bolcheviques entran al relevo.” La revolución se ofrece como consecuencia de una ley histórica. Y, sin embargo, la irrupción rusa es la más ostentosa negación de ese libreto. La Revolución Rusa: puesta en escena de un libreto y el escarnio de ese guión. Invocar la historia, burlándose de ella.

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18, oct 2017

Job con faldas

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En una de las primeras anotaciones en su diario, Marina Tsvietáieva describe su día. Escribe desde una buhardilla moscovita y cree que es el 10 de noviembre de 1919. No lo sabe bien. “Desde que todos viven según el nuevo estilo, nunca sé qué fecha es.” La poeta pierde el registro del calendario pero lleva contabilidad de su desgracia y también de las alegrías inesperadas. La revolución que un día imaginaba como la esperanza de vida la ha sumido en la pobreza más terrible. Su penuria, sin embargo, no tiene color político. Quizá lo más sorprendente de sus Diarios de la Revolución de 1917 es el modo en que aborda el cataclismo histórico. El miedo, el hambre, la persecución, la muerte aparecen como señales trágicas de lo humano, no como impuestos de una tiranía. Cortando leña, buscando el pan, cuidando el fuego Tsvietáieva permanece al margen de los ejércitos. En 1920 escribe:

De izquierdas como de derechas
Surcos ensangrentados
Y cada herida:
¡Mamá!
Y yo, enajenada,
Sólo oigo eso,
Tripas—en las tripas:
¡Mamá!
Todos tendidos juntos—
Nadie podría separarlos.

Mirad: un soldado.
¿Dónde está el nuestro? ¿Dónde el suyo?
Era blanco—es rojo:
La sangre lo ha enrojecido
Era rojo—es blanco:
La muerte lo ha emblanquecido.

La poeta escapa de la dictadura de la política al tocar lo esencialmente humano. Aún en los momentos en que la política impone con mayor fiereza su imperio, toca un dolor que es indiferente a la historia. Admirable lección en el siglo de los fanáticos: el sufrimiento no tiene patria, ni idea, ni causa; no sirve a utopía alguna, no redime. En la poesía no hay denuncia, hay testimonio.

Mi desgracia, dijo la poeta de la tragedia, es que no hay nada en el mundo que me resulte exterior: “todo es corazón y destino.” Por eso todo en su poesía es ruptura, abismo, fin. Ruptura: un muro de siete letras y tras de él, el vacío. El “Poema del fin,” captura el acontecimiento del desamor.

El beso de corcho en los labios,
mudo,
como quien besa la mano
a una dama anciana o a un muerto.

Aprieta el puño—un pez muerto—
el pañuelo. –¿Nos vamos?
–¿A dónde? Elige: precipicio, bala, veneno…
La muerte—en claro.

La tragedia es mujer, recuerda Brodksy, en el sobrecogedor recuerdo de Tsvietáieva, donde la encumbra como la cima poética del siglo XX. Nada menos. Su literatura captura la experiencia de un dolor específicamente femenino. Un Job con faldas, la llama. Por eso Tsvietáieva llegó a dictarle una orden al supremo: “Dios, no juzgues. Tú nunca fuiste mujer en esta tierra.”

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10, oct 2017

El caldo y la cazuela. Apunte sobre la posverdad

En 1996, el filósofo Xavier Rubert de Ventós ensayaba con una ética de mínimos. Publicaba aquel año un manifiesto que buscaba afilar la moral hasta limpiarla de todos sus sobrantes. Argumentaba que las doctrinas éticas solían fallar por exceso. Por eso se proponía talar sus excedentes. El ensayista catalán comprimía la virtud hasta dejarla en los huesos. No es que propusiera una ética débil, acomodaticia. Por el contrario, depurándola hasta lo esencial, llamaba a la única vida que vale la pena vivir: la vida inauténtica.

Aquella Ética sin atributos (Anagrama) desembocaba en una propuesta práctica: una política sin atributos. Pensando en el ámbito público, llamaba igualmente al abandono de las fantasías morales. Convocaba a desprender de la democracia cualquier pretensión de sublimidad. Cultivar una política sin amor, sin Estado, sin revolución… y sin verdad. Sin verdad porque a su entender la raíz de toda política democrática es la convención. La democracia nace del atrevimiento de imaginar y convenir un orden artificial. No nace de la verdad sino de la conciliación de propósitos diversos. La certeza que importa es la del compromiso, no la de los hechos. La democracia es representación, es teatro—a fin de cuentas: ficción. Eso que Rubert de Ventós celebra era lo que tanto aborrecía Rousseau del voto y los parlamentos: la mentira de la voluntad transferida, la farsa del parlamento como encarnación de la voluntad popular.

La ficción democrática, sin embargo, reclama asideros. ¿Podríamos habitar realmente esa política sin verdad?

El artículo completo puede leerse en el número de octubre de la Revista de la Universidad de México.

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