22, Abr 2021

Lecciones de anatomía

La reflexión sobre el cuerpo está en el origen del ensayo. Montaigne habla de los placeres que le regala el paladar, las manías de los dedos. Habla del dolor que le causaron las piedras en los riñones, de sus tropiezos en el caballo y también de su pene, de dimensiones, al parecer, más bien, modestas. Montaigne se presenta como un discípulo de su propio cuerpo. “Prefiero ser un experto en mí mismo que en Cicerón.” Sé lo que me gusta y lo que me sienta bien. Reconozco cuando me excedo en alcoholes o en embutidos. Sabía que por algo no le caían bien las ensaladas y que debía rehuir todas las frutas, menos el melón. Ese hombre que había hecho proyecto del autoconocimiento despreciaba por eso mismo a los doctores. ¿Qué derecho tiene un médico a decirme a mí lo que es sano? En los doctores veía otra encarnación de los dogmáticos a los que aborrecía. Intuía tal vez, el despotismo sanitario que, con bata blanca, pretende regir nuestra alimentación, ordenar nuestras rutinas, prohibir nuestros placeres y ponernos en absurdo movimiento. Mi antipatía por los doctores, advertía Montaigne, es hereditaria.

En la medicina de su tiempo, Montaigne temía el fin de la sensibilidad humanista. En el teatro de cadáveres que se usaba para el aprendizaje de los matasanos percibía un afán de generalización científica que arrebataba al habitante de un cuerpo la elección de sus experiencias y que, con fanatismo por la longevidad, negaba la lección elemental de la filosofía: hemos de prepararnos para la muerte, no atarnos absurdamente a la respiración. Encuentro en la obra de Francisco González Crussí, sin duda uno de nuestros más grandes ensayistas, la más elocuente réplica a esta antipatía del señor de la montaña. En sus ensayos podemos encontrar una defensa del humanismo médico, de esa sensibilidad artística de quien usa la ciencia, pero no se subordina a ella, de quien interviene en los cuerpos, sin reducirlos a entidad meramente material. Como la filosofía para Montaigne, la medicina para González Crussí ha de ser confrontación con nuestra transitoriedad. Un reconocimiento de que la complejidad de nuestra anatomía no es un engranaje de máquinas grandes y diminutas, un enfrentamiento a veces imperceptible y a veces pestilente de sustancias químicas, sino un objeto cargado de significado simbólico.

Esta semana se ha celebrado la trayectoria literaria de este patólogo extraordinario que ha escrito sobre los enemas y los embalsamamientos; sobre el ojo médico y la obsesión erótica. En los meses recientes han aparecido, uno tras otro, tres libros que son una combinación admirable de erudición, buena pluma, gracia y, sobre todo, sabiduría. Editorial Debate publicó Las folías del sexo. Grano de sal sacó a la luz Más allá del cuerpo y la Academia Mexicana de la Lengua, tras concederle el Premio Pedro Henríquez Ureña, publicó Del cuerpo imponderable.

Cierta inclinación estética lo condujo a patología. Al joven estudiante le parecía que las preparaciones bajo el microscopio eran tan misteriosas y seductoras como el arte abstracto. Su especialidad lo llevó de esa manera al entrenamiento de la vista. A ese adiestramiento de la mirada ha dedicado muchos ensayos y un libro fascinante: Ver. Sobre las cosas vistas, no vistas y mal vistas. (En inglés el título funciona mejor: On seeing. Things Seen, Unseen and Obscene.) El ojo del patólogo descubre que en los órganos hay algo más que tejidos. El cuerpo humano no está retratado completamente en los libros de anatomía. No puede reducirse a esas láminas de venas, huesos y músculos. Al abrir los ojos y ver un cuerpo, vemos más que un compuesto orgánico. “Cada uno de nosotros está como sumergido en una atmósfera etérea de historias, de símbolos, de mitos, de representaciones imaginarias, y también de los sueños, los deseos, los temores y las esperanzas propios de cada persona.”

El patólogo sabe que nuestro cuerpo no es entidad exclusivamente biológica, que entre los órganos se enredan los símbolos, que nuestros relieves y concavidades están envueltos de leyenda y mito, que la historia y la fe han quedado entretejidas con nuestras vísceras.

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21, Abr 2021

El asesor

Arturo Zaldívar decidió ser el asesor jurídico del lopezobradorismo. No lo ha hecho de manera encubierta. Abiertamente ha trabajado para el ejecutivo interviniendo en una función política que la constitución le tiene vedada: promover iniciativas de ley. Al aceptar la invitación del Ejecutivo para diseñar la reforma judicial (una aparente muestra de respeto a los jueces), el presidente del máximo tribunal se convirtió en asesor y cabildero. Zaldívar se prestó, desde el primer momento, a una transgresión que hoy termina siendo grotesca y de la que no puede sacudirse. Lo dijo el presidente López Obrador, cuando presentó la iniciativa de ley: “Como es facultad del Ejecutivo enviar reformas, facultad que no tiene el Poder Judicial, nos presentó el ministro un proyecto de iniciativa que nosotros apoyamos y que vamos a firmar para enviar al Congreso”. Así empezó esta historia: el presidente del tribunal supremo trabajando abiertamente para otro poder, asumiendo funciones que no le corresponden.

El asesor ha fundado su prestigio en una credencial: anticalderonismo. Tuvo, sin duda, el empaque para resistir las presiones del presidente que lo impulsó a la Corte. Ese episodio lo honra. Es cierto también que ha promovido el ensanchamiento de los derechos, que ha buscado la modernización de la ley, que ha procurado esclarecer la compleja labor de los tribunales. Pero su relación con el poder político, tras su digno enfrentamiento con Calderón, ha sido todo, menos ejemplar. Sugiero regresar al artículo que publicó en agosto de 2014 en la revista nexos. El juez era entonces, un promotor de las “reformas estructurales”, se envolvía en la retórica de una modernidad que necesitaba inversión y citaba como fuentes de autoridad los documentos del Banco Mundial. Coincidía en que había que construir “instituciones para el mercado.” El lenguaje de Zaldívar en tiempos del Pacto por México se mimetizaba con el del poder reinante. Pedía comprender la profundidad técnica de esas profundas y ambiciosas reformas. Con inteligencia y referencias académicas ofrecía la colaboración del poder judicial para que las reformas de Peña Nieto se hicieran realidad. Lo importante, decía, es que la función de las instituciones, “debe realizarse teniendo como telón de fondo las finalidades explícitas de las reformas.” Los jueces debían abrir cauce jurídico a los propósitos del gobierno.

Zaldívar ofreció públicamente  sus servicios al lopezobradorismo desde su victoria en el 18. He comentado ya aquí un texto lamentable en donde el ministro pedía a los jueces escuchar el “mensaje de las urnas.” Para el abogado del régimen, el poder judicial debía sintonizar con el ganador, hablar su lenguaje, asumir sus prioridades. Eso era, para él, el “constitucionalismo transformador.” Aceptó el encargo que, transgrediendo las separaciones constitucionales, le otorgó el presidente y lo asumió de modo personal, sin la mínima participación de sus pares. Validó la consulta en la que se empeñaba el presidente López Obrador, ofreciéndole sus servicios como redactor que corrigiera los vicios de la pregunta original. El resultado fue un cantinflismo que se burla del ciudadano para complacer al presidente. Zaldívar ha asistido a eventos de propaganda del gobierno, apartándose del elemental decoro que exige la conducta pública de un juez constitucional. Ha sido vehemente y ágil tuitero que brinca en defensa de personajes del régimen, pero un tímido protector de los jueces, de la ley o de los abogados que han recibido la violenta agresión del presidente. Su silencio de hoy ante la abominación constitucional es atronador. No es la discreción de un juez que solo habla por sus sentencias. Cada minuto que calla se muestra la vacilación del juez frente a sus lealtades y sus ambiciones.

López Obrador le tiene confianza a Zaldívar, no a la Suprema Corte. Por eso se suelta el argumento dictatorial del imprescindible. Nadie puede impulsar la reforma más que el confiable asesor. Con todo, creo que la trampa de los senadores morenistas no prosperará. El intento de prolongar el mandato del lopezobradorista en la Corte es tan ostentosamente aberrante que, aún bajo la furia de devastación institucional de estos tiempos, creo que se detendrá. Pero el golpe al prestigio del tribunal, a su imagen de independencia, a su deber de distancia está dado.

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13, Abr 2021

Hacia junio

No hay elección que se anuncie como rutina. Cada elección se presenta como si fuera, única, excepcional, extraordinaria. Los candidatos y los comentaristas suelen vestirla en cada ocasión como la elección que definirá el destino de las próximas generaciones. En toda campaña escuchamos que se nos dice: “Estas son las elecciones más importantes de los últimos tiempos.” Pero hay elecciones en que eso sí es cierto. Hay ocasiones en que la advertencia no refleja la acostumbrada desmesura de la temporada sino el sentido profundo del voto. Hay elecciones en las que, en efecto, se juega mucho más de lo que formalmente está en disputa. La elección intermedia de este año decidirá, en buena medida, la subsistencia de los equilibrios democráticos.

Se trata de una elección extraordinaria por muchos motivos. Es la elección más grande de la historia. Nunca antes se habían decidido tantos cargos como los que se renovarán en esta elección. Puede terminar siendo la elección más sangrienta de nuestra historia. Antes, incluso de que empezaran formalmente las campañas, el crimen había decidido por los partidos y por los electores. La violencia interviene en las elecciones impidiendo que sean los ciudadanos quienes decidan con libertad, quién ha de representarlos.

Pero más allá de esto, lo más llamativo del proceso de este año es que vuelve a estar en entredicho el orden institucional y la solvencia de los jugadores.

El INE y su antecesor siempre han recibido presiones desde todos lados. Han enfrentado presiones en los medios, intimidaciones de los actores políticos, amenazas de juicios y destituciones. Será la naturaleza del árbitro el recibir la chifliza de quienes son afectados por sus intervenciones. Pero la embestida de hoy es distinta. Nunca el gobierno de la república y sus aliados habían hostigado tan abiertamente a la autoridad electoral. Nunca un partido en el gobierno había amenazado con boicotear una elección si el órgano electoral no se ajusta a sus exigencias. Ese es el ultimátum que abiertamente se lanza ahora: si el INE no restituye la candidatura de Félix Salgado Macedonio, el partido del gobierno impedirá la celebración de las elecciones. En la deslegitimación del órgano electoral se han empeñado el presidente de la república, su secretaria de gobernación, el presidente del partido gubernamental y los aliados empresariales y mediáticos del nuevo régimen. Se trata de un órgano incómodo para quienes creen que la democracia debe ser sintonía de todas las instituciones con el mandato presidencial.

Es cierto que la moneda de las candidaturas está en el aire y que la resolución del tribunal podría generar un espacio para la distensión, pero no tiene precedentes la hostilidad del polo gubernamental a una columna crucial de nuestra arquitectura democrática. Lo que queda en entredicho con este embate, es el compromiso gubernamental con las reglas y con el veredicto de los electores. Afilando sus navajas, el lopezobradorismo saca del baúl a aquella oposición que no reconocía más que la elección que ganaba. Es por ello que los árbitros han vuelto al centro de la atención pública. Pedirle discreción al instituto, mientras el presidente convoca a su linchamiento es algo peor que ingenuo: es desleal. Frente a la agresión del ejecutivo y sus aliados, toca al INE ser hoy, sobre todo, firme.

Esta será la primera elección federal después del terremoto del 2018 que significó la demolición del régimen de partidos de la transición. Lo relevante hace tres años no fue su derrota sino su extravío. Desde el 18 los partidos no saben qué son ni qué suelo pisan. La suerte de esa extraña alianza de las oposiciones es difícil de anticipar. Lo digo no solamente en términos de su capacidad par competir contra la aplanadora oficial, sino para conformar una bancada medianamente coherente para enfrentar a la presidencia impetuosa. No hay tampoco claridad en el polo gobernante. La opción que ganó hace tres años no se ha hecho partido Su nombre mismo revela el orgullo de ser un movimiento y, quizá, la vergüenza de ser una institución. Su caos interior lo exhibe: agitación y desgobierno.

Decía que los equilibrios se deciden en la elección porque pienso en la suerte de las instituciones arbitrales, en la conformación de contrapesos regionales y parlamentarios, en el asentamiento de un nuevo sistema de partidos. Todo eso cuelga de la elección de junio.

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07, Abr 2021

Búsqueda del resplandor

Muere el poeta polaco Adam Zagajewski a los 75 años

En su discurso al recibir el Princesa de Asturias hace unos años el poeta polaco Adam Zagajewski hablaba de las novelas policiacas que están de moda, las biografías de tiranos que están de moda, las series británicas que están de moda; las bicicletas, las patinetas y los maratones que están de moda. Lo que no está de moda es detenerse por unos minutos. No hacer ejercicio, no tener prisa. Nos dicen que la falta de movimiento es mala para la salud. Que tomarse un momentito para la reflexión puede enfermarnos. Esa es la instrucción de nuestro tiempo: hay que correr, escapar de uno mismo.

El poeta que acaba de morir en Cracovia se detenía a recibir los regalos de la musa de la lentitud. Advertía también la dualidad del mundo que se columpia entre la realidad y la imaginación. Durante un tiempo, le contaba a los asistentes de la ceremonia en Oviedo, no sabía si era más importante la realidad de los árboles y el ruido de las calles o el misterio de las cosas escondidas: la pintura de los grandes artistas, la música, las ciudades que han desaparecido. Y necesité muchos años para darme cuenta que hay que considerar ambas caras. “No podemos olvidarnos del mal, de la injusticia, pero tampoco de la felicidad, de las experiencias extáticas que los gruesos manuales de teoría política o de sociología no han llegado a prever.” Dualidad: tal vez Heráclito y Parménides tienen razón, escribe en un poema: lado al lado existen los dos mundos: uno plácido, otro frenético. Una ola que se mueve y se detiene.

En un poema que se publicó en el New Yorker la semana posterior al ataque a las torres gemelas, se advierte precisamente ese contraste que aparece con tanta frecuencia en la poesía de Zagajewski.

Viste a los refugiados con rumbo a ninguna parte,
oíste a verdugos que cantaban con gozo.

Celebra el mundo mutilado,
y la pluma gris que un tordo ha perdido,
y la luz delicada que yerra y desaparece
y regresa.

La poesía de Zagajewski es epifánica, como ha dicho su traductor Xavier Farré. Una ”mística para principiantes”, el polo opuesto a los sermones y a la ideología. Iluminaciones entre el polvo. Pensaba que la imaginación debía luchar contra el dragón del tiempo. Registrar el paso leve de lo extraordinario, la brevedad de lo único. En su poesía, en sus diarios, en sus brillantes ensayos se registra la intimidad que traban lo poético y lo trivial. Lo escribe en un poema admirable. En un museo italiano los guardias piden insistentemente: “¡las fotos sin flash!” pero sucederá, tal vez, que ante un cuadro de Piero della Francesca, se agite el corazón, se haga el silencio y aparezca el chispazo. Siguiendo la pista de ese galería, se miró como un turista distraído que ama la luz. La poesía es “búsqueda de resplandor” en la hora gris, en el camión al lado del viejo cura que dormita. A Czeslaw Milosz le escribió un poema que puede leerse como otro de sus autorretrato:

A veces habla usted con tal tono
que, de verdad, el lector cree
por un instante
que cada día es sagrado.

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07, Abr 2021

Deconstitucionalización

Soy como Napoleón, pero más alto, dijo alguna vez Silvio Berlusconi. Lo que Napoleón hizo por Francia lo hago yo, todos los días, por Italia. El paralelo con el emperador que conquistó media Europa le habrá parecido un tropiezo de modestia, porque unos días después trazó un paralelo más cercano a su megalomanía. “Soy el Jesucristo de la política,” dijo entonces. “Soy una víctima paciente, me sacrifico por el mundo.” Berlusconi, el magnate de los mil escándalos que fue tres veces primer ministro de Italia era un aviso del populismo que inundaría al mundo. Su dominio de la política italiana no era una extravagancia sino un anticipo de lo que vendría por derecha y por izquierda. En su cinismo y su arrogancia, en su habilidad para conectar con la indignación colectiva y para expandir los límites de lo aceptable estaban las notas de ese impulso antiliberal que ha marcado los últimos lustros y que ha puesto en jaque a las democracias más sólidas. Delirio de grandeza que corroe cualquier instrumento de moderación. En la tierra de Maquiavelo no tardaron en aparecer las descripciones de la aberración. Kakistocracia, dijo muy pronto Michelangelo Bovero. Es la peor mezcla imaginable de todos los experimentos: rasgos de tiranía, de oligarquía y de demagogia. Giovanni Sartori lo retrató como un sultán que convirtió al país en harén para sus excesos. Maurizio Viroli coincidió: el berlusconismo es un señorío que transformó la sociedad de ciudadanos en una corte de siervos y aduladores.

El jurista italiano Luigi Ferrajoli examinó su efecto institucional. La devastación que provocaba el demagogo representaba un proceso de “deconstitucionalización” del sistema político italiano. No era simplemente un rechazo de la constitución de 1948 sino un rechazo al principio fundante del constitucionalismo como mecanismo de equilibrios. Era un rechazo al régimen de leyes que coloca los derechos por encima de cualquier coartada del poder. El magnate atacaba el complejo sistema de normas, de separaciones y contrapesos que sostiene a la democracia constitucional. Se escudaba, por supuesto, en la idea de que la mayoría que lo respaldaba era incuestionable y que, por tanto, nada debía obstruir su mando. “Así, advertía el discípulo de Norberto Bobbio, el edificio de la democracia constitucional resulta minado de raíz en su totalidad: porque no se soporta el pluralismo político y constitucional, por la desvalorización de las reglas, por los ataques a la separación de poderes, a las instituciones de garantía, a la oposición parlamentaria, a la crítica y a la prensa libre; en definitiva, por el rechazo del paradigma del estado constitucional de derecho como sistema de vínculos legales impuestos a cualquier poder.”

Ese es el impacto de la transformación lopezobradorista: la deconsitucionalización de la república. Ataque sistemático a las reglas que ponen un límite al poder de la mayoría, una embestida contra los árbitros que cumplen con su deber y a los particulares que defienden su derecho. Cada una de las características que advertía con horror Ferrajoli en el berlusconismo está presente en la política del régimen. No hay ojo para la pluralidad, ni respeto a los órganos que aplican las reglas. Ataque vehemente y constante a quien se aparte de la versión oficial. Se agrede, se somete o se intimida a las instancias de garantía, se ignoran los límites que imponen las reglas. Lo que vemos es una batalla contra el constitucionalismo, ese régimen que instala la prudencia en reglas y que se asienta en baluartes de neutralidad.

El proyecto de la deconstitucionalización tiene en la mira hoy al árbitro electoral. Sin tomarse la molestia de analizar la controversia, el presidente se ha lanzado contra el INE dando pie para que el oportunista que dirige Morena amenace al órgano electoral con el exterminio. Ese es el lenguaje que usa el presidente del partido gubernamental. Como marca el estilo del Palacio, no se trata de debatir sino de insultar y de amenazar. Lo que el oficialismo pide abiertamente es que el INE viole normas constitucionales y legales. Regreso a la advertencia que hacía el prestigiado politólogo polaco Adam Przeworski: la sobrevivencia de la democracia depende de los baluartes del equilibrio. Para el caso mexicano, no le cabía la menor duda de que la autonomía del instituto electoral era la clave. Si la “exterminan” habrá que ser muy pesimistas sobre el futuro de la democracia mexicana, dijo.

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29, Mar 2021

El teatro del poder

La clave es el teatro. Valdría entender que se ejerce el poder como una dramatización del presente y no como una de plataforma de decisiones. Mientras los críticos hacen catálogo de pifias, llevan la contabilidad de las mentiras y advierten el impacto de la irresponsabilidad, el dramaturgo celebra que sus adversarios se suben al escenario para representar justamente el personaje que ha delineado en su libreto. Mientras más acudan los otros a la lógica, más enfatizará esa épica que no se detiene en nimiedades racionales. El paladín está construyendo la Nueva Patria y no va a detenerse por la tabla de multiplicar. En algún sentido, la reacción de sus críticos es la mejor recompensa a su estrategia. Su deseo se cumple, no en la modificación de la realidad, sino en el reflejo de los adversarios que siguen puntualmente las indicaciones que ha trazado para la actuación de su antagonista.

El presidente es el autor del guion, el director de escena y el héroe. El resto del país, afiliándose a los bandos de su invención, cumple puntualmente sus instrucciones. ¿Será que todos nos hemos convertido en títeres de su guiñol? El Palacio virreinal es la escenografía. Del gabinete no hay personajes sino piezas de utilería: ahí están los tapetes extasiados por la pisada del ídolo, los trapos que el superhombre usa, ofende y tira, los jarrones decorativos y, desde luego, sus soldaditos. Las marionetas saben perfectamente que son ignoradas, pero les consuela sentirse en el proscenio, como si efectivamente fueran parte de un luminoso capítulo de la historia. En su teatro no hay espectadores. Quienes aplauden y quienes lanzan tomates repiten el parlamento que les fue asignado. Lo mismo los idólatras que babean y los críticos que gritan cumplen con el papel previsto por el dramaturgo.

En un gobierno sin plomada legal, ni prudencia económica, el colaborador más poderoso es el tramoyista que prepara las funciones diarias. Es claro que las iniciativas de ley que aprueba mecánicamente la mayoría no pasan por ninguna inteligencia jurídica. Es evidente también que no hay filtro de razonabilidad económica en las decisiones de la administración, pero sí que hay instinto escénico. Ese olfato teatral ha sido la clave para seguir sujetando la conversación pública y mantener hermetismo ante la crítica. A pesar de la reiteración de frases, parábolas y evasivas, los pleitos que se representan en el espectáculo presidencial tienen ritmo, los embates del protagonista siguen generando asombro por mantener ese crescendo de hostilidad que todos los días desborda algún límite. Ayer dijo que las feministas eran instrumentos al servicio del extranjero, hoy dijo que los abogados que defienden a sus clientes son traidores a la patria, ¿amenazará mañana al árbitro electoral con una votación para removerlo de su puesto? Cuando pensábamos que el protagonista de la obra había llegado a su límite, nos sorprende y escala otro peldaño.

La teatralidad ha inmunizado al gobierno porque ha creado un relato que se fortalece por sus réplicas. Sus “otros datos” son, en realidad, un cuento hermético y es eso, el cuento, lo que debe confrontarse imaginativamente. Si la ficción que el presidente anima todos los días sigue siendo persuasiva para millones de mexicanos es porque no hay, a la vista, un relato alternativo. La batalla contra el relato oficial será inofensiva hasta que no logre desmontar su ridiculez. Sí: ridiculez que se llame “cuarta transformación” y que se escriba con mayúsculas como si fuera un acontecimiento inscrito con oro en los muros de la Historia. Ridícula su incapacidad para ver lo que tiene frente a la nariz, para reconocer tropiezos, para modificar el rumbo. Ridícula también la cursilería de esas lecciones en las que contrasta la belleza sublime de los héroes impolutos frente a la miseria de los enviados del demonio; ridículo el maniqueísmo infantil de su cuento de hadas. Ridícula la megalomanía presidencial y la nauseabunda indignidad de esos devotos dispuestos a obsequiarle el bulto entero de sus neuronas al Benefactor de la Patria. Teatro bufo. La crítica que hace falta es la más ácida: la burla.

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25, Mar 2021

Puntos suspensivos

Quiso el anonimato. Lograr que su obra se integrara a la ciudad, que se vaciara en ella y que perdiera registro de su autoría. Quiso ser un iluminador románico, un tlacuilo que escribiera pintando en amate. Quiso ser también el gato de Paul Klee. Vicente Rojo lo contaba en su discurso de ingreso al Colegio Nacional. En 1918, al terminar la guerra, Klee regresaba a casa. Para celebrar la paz tomó el violín y junto a su mujer que se sentaba frente al piano, tocaron sonatas de Bach y de Mozart. El auditorio lo formaban Félix Klee, el hijo de la pareja, y el “enorme gato Fritzi.” La escena le servía a Rojo para dejar constancia de su admiración por Klee, de la intimidad entre música y pintura y de la envidia por el pintor que sabía tocar el violín. “¡Qué no hubiera dado yo por ser el gato Fritzi.”

Artista de los signos, Vicente Rojo se identificó también con los puntos suspensivos, esa marca de tres puntos que insinúa, que sugiere, que deja el enunciado sin cierre. Así tituló las escenas de su autorretrato. Puntos suspensivos. Es justo de pronto dejar la oración incompleta; hacer silencio para dejar el sentido en suspenso, para detenerse ante el temor o la vacilación. La vacilación se dirige al futuro, pero también se entierra en el pasado. ¿Será que la emoción imprecisa, la sensación sin nombre anteceda los tres puntos? En el diseño editorial, en la escultura y en el lienzo, esos tres puntos del misterio.

Sus diseños seducían por el brillo de sus evocaciones. Puso la claridad de su trazo al servicio del asombro. Capturó así nuestra imaginación estética con cientos de portadas, con el trazo de diarios y revistas, con carteles y logotipos que integran el paisaje de nuestra memoria más entrañable. Nadie hizo tanto por el diseño gráfico en México como Vicente Rojo. Portadas que son una invitación que no delata. En Cien años de soledad, en Las batallas en el desierto, o en El ogro filantrópico, la puerta de entrada se cuela en todas las letras de la obra.

Pintar para él era transcribir el dictado de las preguntas. Escuchar la interrogación y formularla mil veces. ¿Cuántas tes caben en una misma te? ¿Qué diana encontrará el dardo? ¿Qué advertencias hay en la señal? ¿Qué voz pronuncia la letra imposible? ¿Qué mapas traza el estallido de ese monte de lava? Terca exploración de un vocabulario esencial. Sabio desprendimiento de lo superfluo. Punto, raya, círculo y triángulo conforman un universo contenido e inagotable. La diagonal de las lluvias, el indicio de las flechas, la copa del volcán, la indescifrable tipografía. Las geometrías de Vicente Rojo levitan y se conectan con el centro de la tierra; son abstracción pedregosa, juguete y retablo; tolvanera y pentagrama. Por ahí pueden verse los átomos de Seurat y la metafísica de Malevich, las costras de Dubuffet y los brochazos de Tàpies. Y creo que se insinúa también, entre lava y diluvios, el cuerpo de un país como el que José Emilio Pacheco encontró en tres volcanes suyos:

Dicen que dice la verdad el nuevo mapa:
en la visión del satélite
éste es México sin engaño.

Pero no veo
sino montañas como cicatrices.
México sepultado por sus volcanes y nacido de ellos.

Entre tanta aridez muy pocas manchas de agua.
Entre tanto desierto bosques en llamas.
entre tanta desolación una esperanza:
la victoria de los dos mares.

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22, Mar 2021

La legalidad enemiga

Si no es expresión de su voluntad, la ley es injusticia. Si los intérpretes del derecho se separan de su deseo, son traidores. Los opositores, los críticos y hasta los escépticos son enemigos de una nación que tiene el deber de sentirse entusiasmada por su gobierno. Arrancado de la canción clásica de José Alfredo Jiménez, el título del nuevo libro de Carlos Elizondo lo captura perfectamente. Quien se imagina como el esplendor de la historia mexicana no puede reconocer más ley que la que sale de su boca. La ley no es un tejido complejo y abierto que aloja interpretaciones distintas, sino declaración de voluntad única. Solo será legítima la interpretación que coincide con la propia. La ley no restringe al poder, es el testimonio de sus pretensiones.

La controversia de estos días es reveladora porque muestra la hondura de su convicción autocrática. No lo detienen los límites que marca la ley. No reconoce el presidente al derecho como un marco de restricciones, como el cauce necesario de la acción política, como límite al poder. No acepta que las reglas constriñen la voluntad de cualquier política, así sea la política democrática. El presidente nos ha dejado muy claro que entiende la ley como su instrumento, más aún, como su propiedad. Cualquiera que la usa o la invoque para fines que no sean los del presidente, la usurpa. La ley le pertenece porque él se imagina como la encarnación de la legitimidad y ésta es, a su juicio, un permiso sin restricciones.

Un juez recibe el furioso ataque del jefe del Estado desde Palacio Nacional. Más que pedir la revisión de su fallo, el presidente ataca la integridad del juzgador y lo incorpora de inmediato a una conspiración que pretendería descarrilar su gobierno. La andanada del presidente no es solamente un ataque al juez que examina la constitucionalidad de las leyes. El destinatario del hostigamiento es todo el poder judicial. La agresividad retórica es una intimidación a cualquier integrante de la rama judicial. La violencia verbal del presidente, la facilidad con la que descalifica moralmente a cualquier crítico, la vehemencia con la que suelta acusaciones de corrupción a cualquier entidad pública que actúa con independencia de su dictado obstruye la actuación imparcial y libre de la judicatura. El belicismo del presidente destruye la plataforma de la independencia judicial. Más allá del destino de las controversias, el embate lanza a los jueces a un territorio del que no pueden salir bien librados. Si terminan por avenirse al argumento presidencial, serán vistos como sometidos a su dictado. Si, por el contrario, mantienen la invalidez de las decisiones del régimen, seguirán recibiendo golpes que minan su legitimidad.

La más fresca enemistad del gobernante ingobernable trasciende al estamento judicial. No se trata, en realidad, del ataque a una institución constitucional. Es un ataque al régimen mismo de la legalidad. El rodillo del poder decidido a aplastar cualquier precaución jurídica. El hostigamiento a la judicatura se ha acompañado de un hostigamiento a la profesión jurídica. Los abogados que representen intereses contrarios a los de su gobierno deben ser considerados traidores a la patria. Lo ha dicho así el presidente de la república. Acusar de traición es resorte de autócratas. Elisur Arteaga, quien representó a López Obrador cuando recibía los ataques de Vicente Fox advirtió en un artículo reciente publicado en Proceso que el embate reciente es un atentado al estado de derecho. Tiene razón. El mecanismo completo de la legalidad es el enemigo del nuevo régimen. Sus principios fundamentales, su mecanismo y sus agentes son incompatibles con la política de la fe. Las reglas serán válidas solamente si coinciden con la voluntad presidencial; si desde ahí se les declara “injustas” deberán incumplirse heroicamente. Para el régimen, la profesión jurídica merece el respeto que reciben del presidente su ministra del interior y su “consejero” legal. En el espacio oficial, la abogacía es una profesión superflua y sospechosa. Y el arbitraje judicial, una instancia que debe afiliarse a la transformación. En la mirilla de enemistades, la ley.

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15, Mar 2021

El delirio

No son certeros los términos que hemos usado para describir la obsesión y la fuga. Los llamados a que el hombre recapacite para que examine el efecto real de su actuación parecen absurdos. ¿Alguien podría imaginarlo? Después de una conversación, el inflexible finalmente se sienta a examinar los datos y las advertencias. Hace espacio para la reflexión y concede fundamento a alguna crítica. Al día siguiente corrige. ¿Alguien imagina esa metamorfosis? Por eso me parece ingenuo pensar a estas alturas que la intervención de algún consejero podría abrir la mente del enquistado. Tenemos abundante evidencia de que no tiene oído más que para su propia voz y la de quienes le hacen eco. Las crisis, lejos de espabilarlo, han reforzado su hermetismo, lo han encapsulado en su alcázar de espejos, le han dinamitado el discernimiento elemental. Evadiendo sistemáticamente el presente, su discurso es cada vez más destemplado, más vehemente y más grotesco.

El presidente y los suyos envían señales desde un planeta remoto. El 8 de marzo tuvo a bien organizar un homenaje para sí mismo. Esa le pareció la mejor manera de mostrar su compromiso con la causa feminista. Después de describir a las mujeres que protestan contra la violencia machista como títeres del fascismo, como juguetes al servicio de causas antinacionales, hizo que las mujeres que trabajan para su gobierno lo celebraran y culminaran la ofrenda con una porra. ¡Es un honor estar con el promotor de un violador!, era el sentido implícito de esa penosa animación. El presidente tuvo también la generosidad de brindarnos cátedras sucesivas sobre el derecho y la lealtad. La ley que aprueba nuestra mayoría es expresión de una voluntad incuestionable. No es una norma que deba ajustarse al marco de la constitución y que, por ello, debe pasar la prueba de los tribunales. A su juicio, la ley declara el deseo del poder, no restringe su voluntad. Por eso la osadía de cuestionar sus resoluciones es equivalente a una traición. Traidores a la patria los abogados que defiendan derechos contra la voluntad declarada de la nación. Corruptos los jueces que advierten su incongruencia en la ley de la mayoría.

Si algo reiteran y refuerzan estos reflejos es el cerco de una convicción decidida a ignorar cualquier realidad, por monumental que sea si escapa de su fantasía personal. Si la montaña que todos vemos no aparece en paisaje de su programa, la declarará humo, mentira, engaño. El único mundo que viaja por su nervio óptico es el que reitera y refuerza su manía. El revés, el error, el efecto contraproducente de su propia política son, para decirlo con la fórmula que emplea a diario, “moralmente imposibles.”. Para el presidente, solo el halago es honesto. Es así cómo, en la inteligencia del supremo, la realidad queda moralmente desterrada.

Sería un consuelo pensar que su retórica es inocentemente demagógica. Pero su celebración del “éxito” de la política sanitaria, su insistencia en que el halo de su santidad infinita ha borrado la corrupción, su confianza en que la austeridad es la vía mexicana a la justicia social no son simplemente maneras de presentar los desafíos del gobierno bajo la luz favorable. No son expresiones que cuidan la integridad de un relato, que alientan optimismo, que cuidan simpatías. Son la descripción puntual del mundo en el que vive el hombre más poderoso del país. Puede entenderse que el piloto trasmita a los pasajeros una información que los tranquilice cuando se enfrentan problemas durante el vuelo. Podría calmar a los pasajeros con palabras de aliento, siempre y cuando activara al mismo tiempo los procedimientos de emergencia. Lo grave es que el piloto no mira los instrumentos de la cabina, desestima las chicharras de alarma, mira enamorado el espejo y sugiere a los pasajeros que disfruten del privilegio de volar con él mientras miran llamas en las turbinas. Ese es el mensaje del mexicano más poderoso en muchas décadas. Un político que no tiene oposición y apenas crítica. Quiero decir que el problema más grave no sería que el gobernante engañara a otros, lo alarmante es que se ha engañado a sí mismo. No hay hecho, no hay dato, no hay persona que le permita el reencuentro con el mundo. Todo aquello que expone una razón discordante es señalado de inmediato como cómplice de una conspiración que se opone a la felicidad nacional.

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10, Mar 2021

Lecciones del Covid

No son tiempos para ponerse a contar la historia de la humanidad. En este mundo de especialistas, pocos se atreverían a hilar la historia entera de la humanidad; la historia de la humanidad en todo el planeta. Encontrarle sitio y tiempo a cada ser humano que ha puesto oxígeno en sus pulmones.  Ese fue el propósito de Yuval Harari con su Sapiens, una historia en la que cabría todo lo humano. Los genes, el comercio, la guerra, las bacterias, la agricultura, las fábulas, la guerra, las ciudades y el internet. La exitosísima obra de Harari es un cuento de tres episodios que marcan la vida de ese mamífero joven: el cambio en las neuronas de un simio que empezó a contar cuentos y fábulas; la domesticación de las plantas que fijó la residencia de sus tribus; el experimento que puso a prueba la razón para fundar la ciencia. Como buena telenovela, su historia de la humanidad termina en suspenso. El historiador suelta el relato picando al lector con la curiosidad por el capítulo que sigue. Se aproxima una mutación tan importante como las tres anteriores. La ingeniería genética, la inteligencia artificial nos acerca a una nueva “singularidad”. Todas las ideas que nos permitieron, durante siglos, encontrarle sentido al mundo pronto se volverán irrelevantes. Habrá que empezar a despedirnos de nuestra idea del yo, del tú, del nosotros. Aceptar que nuestro concepto de hombre, de mujer, de familia, de amor y miedo cambiará radicalmente. Todo está a punto de ser otra cosa.

Ese historiador que se piensa cada vez más como filósofo y que ha conectado los mitos del neolítico y los algoritmos de facebook se ha puesto a pensar en las lecciones de la pandemia. Desde el satélite por el que se asoma al presente, encuentra razones para estar optimista. Hace unos días publicó un artículo extenso en el Financial Times donde reflexiona sobre las lecciones de la pandemia. (“Lecciones de un año de Covid”, 25 de febrero de 2021).

Las epidemias ya no son desgracias incontrolables de la naturaleza. La ciencia las ha convertido en desafíos manejables. El virus nos puede provocar la sensación de vulnerabilidad, pero, a diferencia del medioevo, hoy sabemos cuál es la causa de las muertes. Ante la peste negra la humanidad estaba totalmente a oscuras ciegas. No tenía la menor idea de qué provocaba la desaparición de pueblos enteros. Hoy la ciencia nos da herramientas de comprensión y también instrumentos de cuidado. En diciembre del 2019 empezaron a activarse las primeras señales de alarma. En enero del 20 se había secuenciado ya el genoma del virus y se había publicado la información. Un consenso se alcanzó muy pronto sobre las medidas que debían tomarse y antes de un año empezaba la producción en serie de la vacuna. No fue un milagro: fue una hazaña de la ciencia.

La pandemia no solamente mostró el poder de la ciencia, sino la existencia de una ciudad que no se conecta por las calles sino en zoom. Si pudimos confinarnos es porque las actividades productivas requieren cada vez menos humanos, muchos pudieron trabajar o estudiar en casa. Si el turismo se desplomó en el 2020, el comercio marítimo apenas y tuvo un descenso, dice. El virus circula en el mundo físico. El virus no viaja en el mundo virtual.

La tragedia de estos días viene de la política, de su demagogia, de su incoherencia, de su ceguera. El menosprecio de la amenaza sanitaria, la sordera ante la voz de los expertos, la comunicación incoherente y contradictoria de los gobiernos, la negligencia de las administraciones ha costado, en todo el mundo, cientos de miles de vidas. Si ha habido tanta muerte es por malas decisiones politicas. El verdadero peligro no ha sido el virus: lo que nos amenaza son nuestras rivalidades, nuestros odios, nuestra ignorancia.

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08, Mar 2021

Ridiculizar la farsa

La respuesta del presidente a las mujeres de su propio partido que exigen el retiro de la candidatura de Félix Salgado Macedonio sigue el mismo libreto de las descalificaciones. Desoyendo la crítica, el presidente se lanza contra las críticas. Su causa no es auténtica. Si critican al presidente por apoyar a un violento son, objetivamente, instrumentos de la reacción. Personas manipuladas por los enemigos de su gobierno. Conservadoras. Al insulto rutinario, se le agrega un reproche político. La indignación de las mujeres ante la candidatura de un hombre acusado de ser un violador reincidente refleja una desconfianza en el pueblo. La rabia de las feministas es, en el fondo, antidemocrática. Que el pueblo decida, dice reiteradamente el presidente. ¿Por qué temer la decisión de la gente? ¿No son capaces los guerrerenses de evaluar al político?

Con aire diazordacista, el presidente López Obrador acusa a las feministas de haberse intoxicado con ideas extranjeras. No es mexicano el reclamo que hacen las mujeres. No corresponde a nuestras formas, a nuestra herencia, a nuestro lenguaje. Las mujeres que nos convocan a “romper el pacto” hablan como si no fueran de esta tierra. Usan expresiones importadas, dice. Tal vez han leído textos escritos en otro idioma. Quizá se hayan envenenado de discusiones que se celebran en universidades del extranjero, esas escuelas donde aprendieron sus mañas los tecnócratas y ahora copian furia las feministas. Para el hombre que, ante este asunto, se revela en cuerpo entero como un ultraconservador, el vocabulario de la protesta feminista es ajeno a nuestra experiencia y una amenaza a la tradición. No hay aquí tal pacto, dice burlonamente el presidente. Aquí la familia es una institución hermosa y cordial: ¡un ejemplo para el mundo! Aquí las mujeres merecen el cielo. Lo nuestro, lo auténtica y profundamente mexicano es la familia dulce y amorosa, la mujer que cuida tiernamente a los mayores y que se expresa siempre con dulzura. Si acaso hubiera motivos para la protesta, ésta debe ser un reparo recatado y discreto. Para el venerador de las tradiciones, para el protector del alma nacional, las feministas son una amenaza porque su discurso y su práctica siguen una moda que se aparta de lo auténticamente nuestro. Son, en ese sentido, contaminación extranjerizante; infiltradas de una ideología extraña que amenaza con pervertir el alma nacional. Es la paranoia del nacionalista acosado por lo que no entiende.

No hay sacudida que libere al presidente de sus prejuicios. Nadie puede imaginar que la rabia de la protesta de hoy, hará reflexionar al hombre del Palacio. Lo que tendría que provocar es reflexión en sus seguidores: el discurso de la infalibilidad popular en el que se escuda para respaldar al violento es el mismo que se esgrime para curtir toda la política presidencial y huir de las exigencias de la deliberación, desbordar los canales de la ley, para respetar los derechos. El discurso que escuda, en una supuesta voz del pueblo, la postulación de un abominable como Salgado Macedonio es el mismo discurso que se esgrime para el derroche y el capricho, para la militarización del país, para la destrucción de los contrapoderes y el desprecio de la razón técnica. Es el mismo discurso que pretende poner a votación el derecho de las mujeres a terminar voluntariamente un embarazo.

El abismo entre la causa feminista y el conservadurismo presidencial puede ser, en ese sentido, valioso para hacer visible la trampa de esa sacralización del Pueblo empleada para hacer irrefutables los deseos del poder. Las feministas han ridiculizado la farsa en la que se fundamenta la soberbia del régimen. Si son la energía opositora más poderosa es porque no reproducen el antagonismo que, en su beneficio, ha fabricado el gobierno. Su causa representa, sin la megalomanía del Cuartotransformador, la más profunda revolución de nuestro tiempo. Su lección desborda su propia causa. Desmonta, como ningún otro movimiento, la política de fe que practica el gobierno. Escudado en la coartada de la voz sabia del pueblo infalible, no solamente ofrece parapeto a violadores también se santifica el capricho y el derroche, el abuso y la militarización.

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24, Feb 2021

Erótica de la transmisión

Ediciones Siruela

Como la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras, el libro parece un invento insuperable. Lo dijo Umberto Eco y lo suscribe Irene Vallejo en su maravilloso libro sobre la invención de los libros en el mundo antiguo. El libro no se necesita enchufar, no se le acaba la pila, lo podemos llevar con nosotros, no se borra, no nos pide actualizaciones para poderlo leer. Pero el libro no es solamente un admirable dispositivo tecnológico, es también un objeto del deseo.

El infinito en un junco, es la novela de los guardianes. Una narración extraordinaria que relata la hazaña de la preservación de la cultura. Con erudición amistosa, con ritmo y gracia, Vallejo cuenta una de las grandes aventuras de la humanidad. El ensayo ha merecido todos los premios posibles, ha sido un sorprendente éxito de ventas y ha recibido los elogios más entusiastas. Vargas Llosa lo llama, ni más ni menos, una “obra maestra.” Alberto Manguel celebra este conmovedor homenaje al libro que está escrito como una fábula. No hay exageración. El cuento de Vallejo merece toda la aclamación que ha recibido. Es libro admirable por su erudición y su soltura, por la naturalidad y el amor con los que se desplaza por el mundo clásico para conectar con el presente. Son admirables la investigación que hay detrás del libro y la frescura con la que se reconstruye la biografía de un invento.

Más que la historia de la creación literaria, El infinito es la historia de su transmisión y cuidado. Si la especie no se inventa cada día es porque nos cobija la memoria y la imaginación de los siglos; porque ha habido estadistas y piratas, monjas y traductores, artesanos, técnicos y empresarios que han preservado esos artefactos que preservan la llama de la palabra. La invención de los libros, dice la filóloga, “ha sido tal vez el mayor triunfo en nuestra tenaz lucha contra la destrucción. A los juncos, a la piel, a los harapos, a los árboles y a la luz hemos confiado la sabiduría que no estábamos dispuestos a perder.” Gracias a ellos respira la especie humana. Por ellos se preservan las maravillas de su genio y también los horrores de su delirio.

Todo habrá empezado en algún río de Egipto, hace unos cinco mil años. “El primer libro de la historia nació cuando las palabras, apenas aire escrito, encontraron cobijo en la médula de una planta acuática.” Retener ese soplo había sido una ambición de siglos. Detener la evaporación de las palabras y los números para dejarlas fijas, para heredarlas. Se experimentó la escritura en el lodo, en el metal, en la piedra. El gran salto fue el hallazgo de un paño blando. Una tela flexible y viva que podía eternizar los dibujos de la tinta. Frente a sus pesados antecedentes, rígidos e inertes, el rollo de papiro era ligero y flexible: un invento hecho para el viaje y la aventura.

Leemos las inscripciones en la fibra de las plantas o en el cuero de los animales. Escribir sobre nuestra piel. El cuerpo es una hoja en blanco que recibe la marca del tiempo. Las arrugas que cosechamos con los años son la escritura de nuestra vida. Irene Vallejo no registra solamente la épica del libro, ese cuento milenario de ambiciones y conquistas, de incendios, robos y escondites. También identifica la vida de los libros como joyas de intimidad. Hedonismo en estado puro: rozar, oler, acariciar un libro. Deleitarse con el goce sensual de un arte palpable. Erótica de la transmisión.

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24, Feb 2021

La insensibilidad del ideólogo

El ideólogo no es solamente ciego, es también insensible. No reconoce otra fuente de indignación más que la que es combustible de su propio programa. No todo sufrimiento lo conmueve. Si no es llama de su causa, el dolor de los otros es la experiencia más remota, la más ajena. Solo la rabia de los suyos le parece digna. La de los otros es un engaño.

La torpeza del presidente López Obrador frente al feminismo no es pura ceguera intelectual, no es solamente el achaque de un conservador que es incapaz de tomarle el pulso a las causas más hondas y más potentes de la hora. Es, ante todo, un trastorno de la sensibilidad. En su respuesta a las exigencias feministas se revela claramente el perfil de un político obsesivo que deja de ver, pero, sobre todo, la insensibilidad de un hombre que es incapaz abrirse a la experiencia de otros.

López Obrador ignora los datos que no le gustan, desatiende la crítica lanzándose a la descalificación de quien la formula, cierra los ojos al efecto de sus decisiones y se empecina en seguir la ruta que trazó desde un principio. Su respuesta ante el dolor de las víctimas de la violencia machista es la consecuencia emocional de esa cerrazón: indiferencia y aún hostilidad a quien se duele por causas que no aparecen en el listado de agravios por él reconocidos. ¡Ya chole!, dice. Ya basta de hablar de la violencia machista y del respaldo político que le da mi partido. Hablemos de lo que yo quiero hablar y solamente de eso.

El comodín que usa para explicarlo todo no sirve para comprender las demandas feministas. La dicotomía política de liberales contra conservadores que el presidente esgrime cotidianamente es absurda, cuando no contraproducente para su causa. El feminismo, literalmente, lo saca de quicio. Se trata de la irrupción de una agenda que lo desborda, que lo fastidia, lo exaspera. Ninguna oposición logra ese efecto. Ni este periódico, ni los intelectuales, ni las organizaciones de la sociedad civil, ni lo que queda de los partidos, lo enfada como lo hacen las mujeres que exigen lo elemental. El libreto ideológico le funciona para justificar el dispendio disfrazado de austeridad. Machaca eficazmente el relato histórico para atizar sus pleitos y para dispersar las distracciones. Me parecen que todavía son recursos útiles porque magnetizan la polaridad, porque alientan a los suyos y porque provoca a los otros. Son, en efecto, las riendas retóricas de la conversación nacional. Pero los reflejos presidenciales ante el feminismo lo dejan solo, lo exhiben hasta con los suyos como criatura de un tiempo ido, lo confrontan con seguidores que apenas se atreven a balbucear su enfado pero que saben perfectamente bien que las manías del presidente son indefendibles.

Al atropello del arrebato se suma el atropello de la protección política. A la violencia del impulso brutal, la agresión del desprecio desde la cúspide del poder. El presidente López Obrador ha agredido con el peor de los insultos a las mujeres que denuncian la violencia machista. Lo ha hecho reiteradamente. Ha negado que las activistas sean propiamente sujetos. Las describe agresivamente como instrumentos al servicio de las peores causas del país. No actúan por sí, sino al servicio de otros. Sabiéndolo o no, sirven “objetivamente” como juguetes de la reacción.

Si el feminismo ha sido la gran energía opositora en estos años es precisamente porque rompe las categorías que ha impuesto el relato oficial. Oposiciones, medios, organismos empresariales han terminado jugando en una cancha ajena para que el dueño del terreno imponga su dominio. Todas esas voces funcionan, en alguna medida, como resistencias prefiguradas y bienvenidas por el poder. El feminismo es otra cosa. No se alimenta de una nostalgia para restaurar el pasado reciente sino de la causa más radical de nuestra era. Se trata de un radicalismo justiciero que nada tiene que ver con la actuación política del régimen, convencido de que al feminismo se responde con cargos en el gabinete, evasivas y desdén.

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15, Feb 2021

Presunto violador

No debe ser sencilla la vida en la corte. Exige homenaje sin descanso al soberano. No hay reposo para la veneración. Cualquier palabra, cualquier decisión del monarca deber ser elogiada con entusiasmo. Los cortesanos han de esmerarse por estar cerca del rey y no perderlo nunca de vista. Han despertar muy temprano para oírlo y deben dedicar todo el día a descifrar sus mensajes y sus señales. Se dicen, convencidos de que nadie como él conoce el sentido de la historia y el sentir del pueblo. Los cortesanos deben estar cerca, pero, desde luego, no demasiado cerca. Fascinados y deslumbrados por el sol que irradia el gran líder; temerosos también por el efecto fulminante de su juicio. Leía hace unos días los apuntes de Elias Canetti en Masa y poder para entender la dinámica del lopezobradorismo. Una observación suya, al final del libro, es esencial: nada de lo que el rey haga es irrelevante para la corte. Todo encierra sentido. Me importa insistir en lo que veía Canetti: para los cortesanos no hay acto del supremo que carezca de un significado profundo. Si anuncia la hora, hay que proceder, de inmediato a ajustar el reloj de la república para que coincida con su orden. Como no hay pasaje irrelevante de la biblia, no hay gesto intrascendente del líder.

En la conferencia del presidente López Obrador del 8 de enero pasado, la reportera Judith Sánchez Reyes, cuestionó la sensatez de postular como candidato a un hombre sobre el que caen varias acusaciones de delitos sexuales. Denuncias formales de acoso, de violencia, de violaciones, incluyendo la violación de una menor de edad. Si el acusado ha escapado de los tribunales ha sido por sus conexiones políticas. Así lo sostiene el exfiscal de Guerrero, quien declaró que el senador por Morena está libre solamente porque el gobernador del estado frenó las investigaciones. La respuesta del presidente fue un espaldarazo al presunto violador.

Salgado Macedonio será violento, pero nadie puede negar que es devoto del hombre del gran poder. El candidato del presidente le compuso hace unos años una cumbia de rimas deslumbrantes:

En la raza oigo que me dicen Obrador
que me quieren estudiantes y del 132,
que me quieren los de Atenco
y para mí es un honor.

El hombre que López Obrador quiere como candidato en Guerrero ha ejercido también como intimidador a su servicio. Desde el Senado amenazó a los gobernadores que han cuestionado la política presidencial con la desaparición de poderes. A los ministros de la Corte les hizo el mismo amago: si se distancian de las instrucciones del legislativo: “estaremos aquí planeando la desaparición de la Corte.” Ese es el hombre que Morena promueve para gobernar Guerrero.

El presidente desprecia a las mujeres que han tenido el valor de denunciar a Salgado Macedonio. Las acusaciones que vienen de tiempo atrás fueron desechadas de inmediato como politiquería de estación: son denuncias interesadas que pretenden descarrilar a un candidato del pueblo. El presidente, por supuesto, sabe que las acusaciones son antiguas. Sabe que no surgieron ayer, pero los hechos incómodos, para él, son inexistentes. El máximo apoyo es la identificación. Ese fue, ni más ni menos, el respaldo que el presidente dio al político atrabiliario. “Yo fui acusado injustamente porque no querían que mi nombre apareciera en la boleta.” La identificación del presidente con el político violento fue explícita: Félix Salgado Macedonio padece hoy lo que yo padecí en 2005. La orden era clara. Hágase candidato a quien padeció mi misma suerte. Olvídese si violó a una niña porque tiene, más que el respaldo de los guerrerenses, mi solidaridad.

Morena hará campaña por Félix Salgado Macedonio escudándose en una novedosa afección por las formalidades legales. El candidato no ha sido condenado, las denunciantes no son militantes del partido y por eso no podemos escucharlas, han dicho los voceros del partido. La rabia de las morenistas indignadas topa con pared. Las protestas de las mujeres son desoídas. Con la candidatura de Félix Salgado Macedonio, Morena es cómplice, encubridor y propagandista de la violencia contra las mujeres. “¿Por qué elegir a un presunto violador como candidato?” han preguntado un grupo de mujeres indignadas por esa postulación, recordando el desgarrador testimonio de las víctimas. La respuesta es sencilla: porque así lo quiere Andrés Manuel López Obrador.

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10, Feb 2021

La carcajada de Scorsese

Supongamos que Nueva York es una ciudad es el segundo documental que Martin Scorsese hace de su amiga Fran Lebowitz. El primero no le bastó. Lo filmó hace diez años para HBO y, tan pronto lo terminó, quiso continuar la conversación en otra película. A ella le parecía absurdo protagonizar dos documentales sin más asunto que sus opiniones. Por fortuna accedió después de un tiempo. El documental que se proyecta en Netflix es un paseo por los muchos tiempos de Nueva York; una secuencia de juicios devastadores sobre la cultura contemporánea; un repaso de la vida de una escritora que hace años que no escribe. Es, sobre todo, un testimonio maravilloso de amistad.

El retrato son siete lienzos de cariño. No es un homenaje a una figura pública sino la celebración de una amistad. Scorsese muestra a Lebowitz en su elemento: quejándose de la ciudad que ama. Ser neoyorquino, dice, es quejarse de Nueva York. No importa cuánto tiempo hayas vivido aquí, en el momento en que empiezas a protestar porque te quitaron la tintorería de la esquina, ya eres neoyorquino. Ser neoyorquino es lamentar que la ciudad que amaste está desapareciendo. Una dulce nostalgia acompaña estos capítulos sobre las calles, la estación de tren, el arte, los barrios, la fiestas. Lebowitz sonríe con cierta altanería porque siente que es el último habitante de una ciudad que ya no es vista. Nueva York ha quedado desierto a las miradas. No hay ojo que se aparte del iphone para ver la banqueta y el zoológico humano en el metro.

La queja puede ser un arte. Lebowitz ha descubierto que escribir es una lata, un oficio que requiere una concentración y una disciplina que no le da la gana y que, para la sentencia rotunda y devastadora, es mejor la espontaneidad del diálogo en un teatro. En el documental pueden recogerse decenas de perlas contra los turistas, los puritanos, los burócratas y los escritores tan enamorados de la escritura que escriben fatal. Lebowitz muestra las delicias del wit. La palabra la traducimos mal como ingenio. Es eso, pero es mucho más. Es precisión, agilidad, gracia. No es pura creatividad, sino una forma de lucidez filosa y divertida. Esa es la maravilla del documental que se extiende por más de tres horas: captura la chispa de la inteligencia viva.

Decía que la película es también un autorretrato de la amistad. Una historia de complicidad afectiva. No recuerdan cuándo se conocieron. Pero la amistad, algo tan raro como el amor, los ha acompañado durante décadas. Solían recibir el año nuevo en el salón de proyecciones de Scorsese, viendo alguna película vieja. A veces, dos. Una antes de las campanadas y otra después. Este año no pudieron hacerlo. Solo pudieron hablarse por teléfono. La carcajada de Scorsese brinca con un gozo gigantesco cuando su amiga suelta alguno de sus juicios fulminantes. Después de años de convivir con Fran, Marty ríe con la sorpresa de volver a escuchar la inteligencia y la libertad de quien adora.

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