29, jun 2016

El espejo y el intestino

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Como un guiño a la institución que la hospeda, la exposición de Anish Kapoor en el Museo Universitario Arte Contemporáneo hace alusión a dos escuelas: la de arqueología y la de biología. Es una advertencia de las antinomias esenciales del escultor. Resulta difícil conciliar los dos universos se confrontan en el trabajo de Kapoor. La pureza cósmica y el caos visceral. La luz que refleja todos los brillos y una luz extinta. El espejo y el intestino.

Dos fugas: enterrarnos en nuestro cuerpo, escapar de él. Destazar el cuerpo, congelar su imagen. La obra de Kapoor es el juego de la proyección. El espacio como pasadizo a otro sitio. La materia se lanza hacia el infinito, hacia lo recóndito, hasta el origen. Siempre hay algo más allá del espacio, ha dicho. Esa es precisamente la sensación del espectador ante sus piezas. Esculturas que sojuzgan o aligeran al espectador. Ser devorado por la oquedad de sus negros infinitos, perder contorno en sus reflejos, abismarse en su carnicería. Miedo, gozo, asco, alegría, embeleso.

Una pieza de 2013 en Versalles conversaba con el cielo. Con un enorme plato le regresaba su imagen a las nubes. También ha puesto de cabeza a los museos y le ha regalado a las ciudades frijoles para retratarse. “Nuestra misión como artistas es tener la intuición de lo cósmico, ha dicho.” En una de las salas de la exposición puede verse su laboratorio para otro universo. Un cubo de acrílico que capta el nacimiento de lo que puede ser el primer átomo, la primera galaxia o la primera bateria. Por esa intuición se rinde ante la seducción del espejo y del bisturí. Reflejo y fisura del cuerpo. La membrana que envuelve nuestras tripas traza la frontera esencial de nuestra vida: los intestinos y el mundo. “La piel, continúa diciéndole a Julia Kristeva, es una membrana de unión, es permeable y transparente. Contiene y constituye un vehículo de identidad entre el adentro y el afuera. Lo que está adentro es profundamente misterioso como lo que está en el cosmos y en muchos aspectos le es idéntico. El cuerpo, el espíritu y el cosmos son todos ellos poéticamente poderosos e interdependientes.” Esa misteriosa correspondencia del cuerpo y el universo puede advertirse en la exposición del MUAC. Los infinitos de la entraña y el cosmos.

Fascinantes paralelos: el hígado y el cristal. El polvo y la nada. El monolito y el arenero. Lo delicado y lo grotesco. Explosiones y contracciones. El huevo y el útero. El horizonte y el drenaje. Gotas, granos, destellos. La luz perfecta reflejada en las formas más puras. Negritud absoluta que nos succiona. El caos de las tripas y el tiempo que lo pudre todo. Una piedra le abre una cavidad al infinito. El color se espolvorea liberándose de su forma. Fluye el pigmento. El observador se multiplica en las piezas de Anish Kapoor. También se pierde en ellas. Misterios de la luz y de la oscuridad.

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15, jun 2016

Ceremonia del entusiasmo

El Colegio Nacional celebró el viernes pasado los noventa años de Teodoro González de León. Reunió a colegas suyos, a admiradores de su obra que hablaron de su trabajo a lo largo de las décadas. En dos mesas se escucharon elogios al lenguaje de sus edificios, a las ideas detrás de sus plazas, a su noción de la ciudad, a su exploración de materiales y de formas. Al tomar la palabra al final del evento, el patriarca de nuestra arquitectura agradeció el pastel y compartió sus entusiasmos. No discurrió, como podría imaginarse en una ocasión como esa, sobre la filosofía de su arquitectura, sus grandes logros, sus piezas más entrañables. No desarrolló sus propuestas para la ciudad, no trató de hacer síntesis de su trayecto artístico. No dirigió un mensaje grandilocuente a los jóvenes arquitectos. Habló del gozo de su viaje más reciente. Compartió su la emoción de reencontrarse con su maestro y de redescubrir una ciudad que no había entendido del todo. Una bellísima ceremonia del entusiasmo.

Gracias a Miquel Adriá, quien prepara un documental sobre él, volvió hace unos días a París y a Marsella para reencontrarse con las obras en la que trabajó muy joven con Le Corbusier. González de León volvió al departamento de su maestro para reconocer el lugar donde colocaba los libros, revivir las tardes en las que comían en una mesa de mármol. Vio de nuevo la cama donde dormía Le Corbusier. Una cama, recuerda, incómodamente alta. Había que esforzarse para treparla. Era, sin embargo, la posición exacta asomarse por la ventana y ver el bosque al despertar.

Evocó entonces su viaje a San Petersburgo donde lo encontró su cumpleaños. Ahí pasó siete días esplendorosos que le permitieron reconsiderar sus primeras impresiones de la ciudad. Quienes lo oímos en el antiguo convento de la Esperanza tuvimos el privilegio de escuchar una cátedra viva sobre la historia de la ciudad y sus creadores, sobre sus edificios antiguos y construcciones recientes, sobre el hormiguero de su industria naval, sobre las líneas de su croquis. La soberbia complejidad de su manufactura urbana. Escuchamos, sobre todo, un conmovedor homenaje a Carlo Rossi, el arquitecto al que San Petersburgo debe sus espacios más admirables.

Teodoro González de León no solamente piensa formas; piensa en formas. La arquitectura no es su lenguaje, es su inteligencia. Sabiduría del trazo y los volúmenes. Al hablar esculpe con las manos las formas que recuerda o imagina. Extiende con los dedos una avenida, traza un pasillo con el índice, alarga con las mano el tallo de una torre, envuelve como a una pelota las plazas, acaricia las curvas, pellizca los detalles. El hombre del cumpleaños colocó en el centro de su festejo a su maestro Le Corbusier y a Rossi, urbanista de perfección neoclásica. Recién desempacado del viaje, González de León seguía deslumbrado por la capacidad del arquitecto ruso para integrar el río a la ciudad, su habilidad para reordenar lo existente, su visión para levantar edificios impecables. En ninguna parte del mundo un arquitecto ha dejado un legado tan importante en su ciudad como Rossi la dejó en San Petersburgo. No es el creador de la ciudad porque las ciudades no son nunca, no pueden ser, dictados de una sola voluntad. Lo ha dicho González de León: el azar es el gran constructor y destructor de las ciudades. Pero Rossi, advierte el creador de tantísimos faros en la ciudad de México, es es padre de los mejores espacios de San Petersburgo. Se hace ciudad, se salva ciudad a pedazos.

El hombre que festejaba sus noventa dijo entonces: aquí se me acabó. Eso es lo que quería decir. Mi nuevo viaje me cambió totalmente la visión que tenía de San Petersburgo. Ahora entiendo lo que antes no había registrado bien. “Vi unas cosas que había visto mal. Lo tengo que corregir.” El arquitecto celebra la vida festejando el hallazgo de su error. Y la tarea que tiene por delante…

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14, jun 2016

Un intercambio sobre la desigualdad

El 28 de marzo publiqué un artículo en Reforma sobre la desigualdad, titulado “El nuevo segregacionismo“. Era en alguna medida (aunque no exclusivamente) un comentario a lo que había sugerido Luis Rubio poco antes en el mismo diario: “la desigualdad no es el problema,” argumentaba desde el título. Un par de semanas después, Rubio siguió con el tema en una nueva colaboración en Reforma: “Pobreza y desigualdad“. Álvaro Rodríguez Tirado ha participado en el intercambio con un comentario que ha publicado la revista Este país. Le respondo ahí mismo. El libro que mencionamos los tres es On Inequality, de Harry Frankfurt.

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03, jun 2016

El ensayista como cartero

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George Steiner presenta su nuevo libro como una serie de fragmentos “un poco carbonizados.” Líneas rescatadas de un viejo incendio, cuyo sentido pretende descifrar. Un breve cuento aparece como epígrafe. Habla el crítico de una vieja biblioteca privada que fue desenterrada hace poco en una villa italiana. Poco queda legible de ese archivo en ruinas. Apenas unos trozos de pergamino que adquieren, gracias al tiempo y al fuego, gravedad de aforismo. “La evidencia lingüística y su tenor de discusión indican que proviene del siglo II D.C. Algunos académicos sugieren que el autor es Epicarno de Agra. Sin embargo, casi nada sabemos de este moralista y elocuente orador (si es que eso fue). Por otro lado, la condición del papiro y su tono de disertación hacen que, en varias partes, la tarea de descifrarlo se apoye en conjeturas.”

El lector que, ante todo, es Steiner, se siente llamado a inventar escombros de bibliotecas y a leer libros que no existen para ponerse a pensar. El crítico fantasea con las ruinas de un pensamiento primigenio para darse a la tarea de encontrarles sentido. Dos palabras de un personaje imaginario pueden ser suficientes para desenrollar la inteligencia: “Amiga Muerte”. ¿A dónde apunta, de dónde viene esta inscripción? ¿Cuál es la exigencia de este misterio? A partir de esa decena de letras, el erudito reflexiona sobre la vejez y la última libertad, la que supone decidir el fin. El imperio de nuestros científicos ha sido capaz de prolongar la vida pero apenas ha conseguido simular las “repugnantes” miserias de la vejez. “La vista y el oído se debilitan. La orina chorrea. Las extremidades se vuelven rígidas y duelen. Las dentaduras se tambalean en bocas malolientes y salivantes. Incluso con la lamentable seguridad de un bastón o de un andador, las escaleras se convierten en el enemigo. Las noches se vuelven huecas por la incontinencia y por las vejigas estériles. Pero las debilidades del cuerpo no son nada comparadas con la devastación de la mente.” ¿Cómo puede pensarse que ante este cuadro la muerte sea amenaza? Entregarse a ella parece la única esperanza sensata. ¿Qué le sugiere aquella pareja de palabras sobre la amistosa muerte? Que en la elección de la muerta se juega más que nuestra dignidad. Ser persona es ser libre de vivir y de morir. Amiga muerte: aquel par de palabras es el manantial del pensamiento.

El artículo completo puede leerse aquí…

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01, jun 2016

La inteligencia de la sonrisa

Me he topado con un artículo en el Atlantic sobre los complejos significados de la sonrisa. Lo sabemos bien: las culturas asignan distintinto significado a los movimientos del cuerpo. Un meneo de la cabeza es sí en ciertos países, en otros no. Ver al otro a los ojos puede ser señal de cercanía e interés o una falta de respeto. Mover los brazos puede ser signo de libertad o de insolencia. El cuerpo también se aferra a su diccionario. Lo mismo aplica para esa expresión que podríamos considerar la primera forma del contacto afectivo: la sonrisa.

El artículo que firma la periodista Olga Khazan, recuerda a sus padres rusos cuando posaban para el clic de una fotografía. Mientras ella y sus amigos norteamericanos sonreían para el retrato, sus padres se ponían serios como un ladrillo. Esa es la constante en las fotografías de viajes, de bodas, de graduación de sus parientes rusos: siempre adustos, serios, duros. No es, por supuesto, que estuvieran tristes en el viaje familiar o fueran infelices en el bautizo del niño. Es que la risa está asociada en su memoria a la superficialidad, a la tontería.” Un proverbio ruso lo resume así: “reír sin razón es signo de estupidez.” Hay culturas que ven en el sonriente, más que a un tonto, a un tramposo. Ni franqueza, ni soltura, ni inteligencia: estafa. Khazan refiere a un estudio académico árido y pesado que no vale mencionar aquí. Mejor aprovechar la sugerencia para recordar una nota preciosa de Alfonso Reyes sobre la sonrisa, que puede leerse en el tercer tomo de sus Obras completas.

Reyes contrasta el reir y el sonreir. Mientras la risa es un acto social, la sonrisa es solitaria. “La risa acusa su pretexto o motivo externo, como señalándolo con el dedo. La sonrisa es más interior; tiene más espontaneidad que la risa; es menos solicitada desde fuera.” La fuente de la sonrisa es espiritual. Por eso es “filosóficamente, más permanente que la risa.” Viene de más hondo. De ahí que discrepe de Rabelais: lo propio del hombre no es la risa sino la sonrisa. ¿No hay changos que se carcajean? “La sonrisa es, en todo caso, el signo de la inteligencia que se libra de los inferiores estímulos; el hombre burdo ríe sobre todo; el hombre cultivado sonríe.”

Pero, ¿por qué sonríe? Porque entiende las insinuaciones del mundo… y las adora. Porque se percata de vivir en un planeta que no es simple agregado de rocas, plantas y animales, sino un espacio donde la imaginación imprime el verdadero sentido a las cosas. Esa papilla no es alimento: es placer. Esa caricia no es roce, es amor. En esos colores que se mueven está la belleza. “La sonrisa es la pimera opinión del espíritu sobre la materia.” agrega el ensayista. “Cuando el niño comienza a despertar del sueño de su animalidad, sorda y laboriosa, sonríe: es porque le ha nacido el dios.” Aún sin palabras encuentra que hay otro mundo tras el mundo, que la realidad que observa, que escucha y que toca no es encierro de materialidad, sino un jardín de afectos y gozos. La sonrisa es el primer gesto del idealista. La vida no es la seriedad del universo físico, es más bien, un juguete: “la Gran Sonaja”. Ese niño que responde con un sonrisa al gesto de su madre, ha aprendido ya la lección primordial: hay que vivir en la ironía.

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23, may 2016

Tenacidad del explorador. Las maquetas de Teodoro González de León

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La ciudad es el verdadero museo de la arquitectura. Es ahí donde se muestra a plenitud, donde luce como narración y como signo, como cuento y exclamación. ¿Qué se exhibe cuando se presenta una muestra de arquitectura hecha de planos, dibujos, maquetas? La idea, el juego, la búsqueda del volumen. El pensamiento en gestación de su forma.

El Museo de la Ciudad de México presenta en estos días una exposición de maquetas de Teodoro González de León que es una buena manera de acercarse a una de las grandes mentes de nuestra cultura. Un paseo por “Teodorópolis”, dice Miquel Adrià en un texto que acompaña la muestra. Chinampas que levitan en un patio. Cuadras flotantes que contienen las ideas que han poblado la Ciudad de México y otros espacios. Las islas invitan al recorrido. La escala, por supuesto, no permite que el espectador sea envuelto por la enormidad de los edificios ni que reciba el impacto de sus materiales pero convoca al movimiento, esa experiencia del tiempo que complementa las tres dimensiones quietas. El edificio –y su modelo– se despliegan. A crear “paseos arquitectónicos” invitaba Le Corbusier, su maestro. La magnífica ciudad de un arquitecto, el riquísimo trayecto de su creación intelectual y plástica, los íconos arquitectónicos de nuestro tiempo abiertos al paseo alrededor de un patio.

La muestra es apenas una pizca del prolífico trabajo de González de León. Se incluyen obras representativas de su trayecto creativo, es decir, de su búsqueda. Estaciones de un recorrido artístico: unas cincuenta maquetas que dan muestra de casi setenta años de incesante producción. No todas las esculturas que ahí flotan son, por cierto, edificaciones logradas. Un buen número de modelos representan edificios que, por un motivo u otro, no llegaron a la cimentación. Su inclusión queda justificada plenamente en este paisaje a escala porque ilustra (tanto como las realizaciones) la fascinante indagación de las formas y volúmenes.

El artículo completo puede leerse aquí…

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18, may 2016

El mural de Noguchi

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El museo Tamayo ha inaugurado recientemente una exposición con juegos diseñados por Isamu Noguchi. Maquetas de parques, bocetos, columpios, resbaladillas. Una colección de propuestas para esculpirle juguetes a la ciudad. La muestra es un buen pretexto para recordar la temporada que el escultor vivió entre nosotros, trabajando en un mural para el mercado Abelardo Rodríguez, en el centro de la Ciudad de México.

Noguchi llego a México a mediados de 1935. Manejó desde California, invitado por la pintora norteamericana Marion Greenwood, quien ya vivía aquí, entusiasmada con el muralismo. Bajo la distante supervisión de Diego Rivera, trabajaba en la conversión del antiguo convento de San Pedro y San Pablo en mercado. Gracias a las gestiones de Greenwood, Noguchi fue comisionado para intervenir una pared en el segundo piso del mercado. Durante los ocho meses que estuvo en México trabajando en su mural, Noguchi esculpió un busto de José Clemente Orozco, se enamoró de Fida Kahlo y fue amenazado de muerte por Diego Rivera. Salió de México casi quebrado: con su bolsillo financió los materiales de la obra, el gobierno le pagó una fracción de lo que le había prometido.

El mural de Noguchi está prácticamente abandonado. El “mural del japonés,” como lo conocen los locatarios, pasa desapercibido para la mayoría de los comerciantes y compradores. Está arriba de los puestos, a lado de un centro de integración juvenil. Es, sin embargo, una pieza fascinante en la trayectoria artística de Noguchi y un implante exótico y fresco en el dogmatismo de aquella militancia artística, tan llena de lugares comunes.

En México, Noguchi encontró la posibilidad de un arte público, un arte que saliera de las galerías y de las mansiones para involucrarse en la vida de la ciudad. Lo había intentado en Nueva York, con sus primeros proyectos de parques infantiles pero los burócratas de la alcaldía habían repudiado la audacia de sus diseños. El mural mexicano es, sin duda, su pieza más política, pero no deja de ser una exploración de las formas primordiales. Ahí están sus aros y sus hendiduras, la voluptuosidad de sus piedras, sus huesos, sus cuerdas y sus curvas. Siguiendo el instructivo del momento, Noguchi ofrece una lección de la historia mexicana y rinde tributo a los símbolos venerados. La narración es elemental: de derecha a izquierda puede leerse un cuento que describe el movimiento de la oscuridad a la luz. La superstición de la Iglesia y la violencia del fascismo representadas por la lejanía de una cruz y la frialdad de las bayonetas. Cuerpos tendidos bajo una nube de detonaciones. Un enorme puño rojo en el centro del fresco condensa la promesa del futuro: la industria eleva sus torres, el campo traza surcos, la ciencia transforma las sustancias, el arte juega con las formas. Un pequeño parque de Noguchi se deja ver en el mural de Noguchi. En el extremo izquierdo, un niño contempla su herencia con la confianza de conocer la llave de su destino. Pero no es Marx proclamando la lucha de clases sino Einstein esclareciendo la trama de la materia y la energía. Noguchi no transcribe los cantos del Manifiesto (que, por cierto, abundan en el mural de enfrente, pintado por Greenwood) sino la fórmula E= MC2. Al verla, un hombre que pasaba por el mercado captó el significado profundo de la ecuación: Estado = Muchos Cabrones. El observador pasó por alto que debe ser al cuadrado.

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04, may 2016

Hacia la luz de Rothko

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Jack Kufeld, viejo amigo de Mark Rothko, sintetizó la búsqueda del pintor en unas cuantas palabras. Lo conoció como pocos. Tras la separación de su primera esposa, Rothko vivió una temporada con él, en un departamento en Nueva York. Tiempo después recordaría largas conversaciones nocturnas sobre el arte y su política. Rothko siempre llegaba al mismo punto. De lo que se trataba era de encontrar “la esencia de lo esencial.” Esa aspiración de absoluto puede darle, en efecto, sentido a su exploración artística.

Annie Cohen-Solal recorre las distintas estaciones de esa búsqueda en una nueva biografía. Mark Rothko. Hacia la luz en la capilla, es el título del retrato que publicó el año pasado. Es, desde luego, una reconstrucción de sus experimentos con el pincel y el lienzo; con las formas, los símbolos y los enigmas. Su figuratismo fantasmal, sus incursiones en el surrealismo y la mitología, su descubrimiento de, más bien, su conversión a la abstracción. Ir de las cosas a las sensaciones y de la emoción al idea. Es también un examen de las muchas capas de su identidad: el migrante judío, el intelectual de izquierda, el crítico del mundo cultural, el activista. La también biógrafa de Sartre y de Leo Castelli sigue con atención el itinerario de un pensador que aspira a restituir al arte la dignidad que le corresponde, lejos del mercado y fuera de la moda.

Lo tuvo claro desde muy joven. Odió la Universidad de Yale y la abandonó tan pronto pudo. En un artículo estudiantil convocaba a una revolución mental que se destrozara los ídolos y se atreviera a dudar. El arte era para él una forma de acción social. En un libro que jamás publicó en vida expuso su idea del artista como héroe: el creador que derrota a la historia. A lo largo del tiempo, la autoridad decreta las reglas y el pintor las adorna. El verdadero artista las rechaza. “La historia del arte es la historia de esos hombres que prefieron el hambre a la conformidad.” Nada podía irritarle tanto como la degradación decorativa del arte.

Fue tal vez la tentación (imposible rehuir el vocabulario religioso) lo que le mostró la luz que encontraría al final de su vida. Existoso ya en los años 50, recibió el encargo más lucrativo que hubiera recibido cualquier artista de su generación. Se trataba de pintar los murales del restorán del Four Seasons en Nueva York. Rothko alquiló un taller más grande para trabajar en los inmensos lienzos que adornarían el comedero más caro de la isla. Trabajó durante ocho meses en el proyecto pero la idea de prestarse a la decoración le revolvió el estómago. Sentía que se trataba de la peor traición: adornar la fatuidad de los ricos. Le parecía insoportable que su arte fuera telón decorativo. Después de mucho pensarlo, llamó a los empresarios que lo habían contratado, regresó el anticipo que había recibido y envió los enormes lienzos como regalo a Londres. Tardaron más de una década en llegar a su destino final. La mañana en que la Tate recibió los cuadros, Rothko se suicidaba.

La fallida comisión le mostró a Rothko, curiosamente, una posibilidad para su arte: pintura que se integra en el espacio para envolver al espectador y sumergirlo plenamente en su quietud. Huyendo de la corrupción decorativa se entregó al último proyecto de su vida: la capilla donde irradia su oscura y honda luz.

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03, may 2016

Morton Feldman: Triadic Memories

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02, may 2016

Kertész, el ojo que se ve

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Cuando Imre Kertész preparaba notas para su discurso en Estocolmo recibió una carta del director del memorial de Buchenwald, el campo de concentración donde lo encerraron de adolescente. Le enviaba, naturalmente, felicitaciones por haber ganado el Premio Nobel y le adjuntaba un documento. Era el reporte de los presos del 18 de febrero de 1945. En la columna de los “decrementos”, es decir, de las muertes, aparece el registro del prisionero número 64,921, Imre Kertész, obrero nacido en 1927. Dos datos falsos: el año de su nacimiento y el oficio. Cuando llegó a Buchenwald se agregó dos años para no ser clasificado como niño y se describió como obrero para parecerle útil a sus captores. Había, desde luego, otro dato falso: su muerte. Tal vez esas mentiras sean la razón de mi vida, dijo: morí para vivir, y tal vez aquella muerte sea mi verdadera historia.

Técnicas de la sobrevivencia: inventarse otra vida y otra muerte. Si la cinta de Spielberg sobre Schindler le resultaba una cursilería insoportable, La vida es bella, la película de Benigni, le parecía impecable. No por la ambientación sino por captar el espíritu de una tragedia que se esconde en chistes de bufón. Aquel encierro sólo podía sobrepasarse con la fuga de la imaginación. Incomprensible como realidad, el campo de concentración sólo puede entenderse (y vivirse) como literatura. El protagonista de Sin destino adivina una forma de evadir la prisión y la locura. “Es un hecho demostrado que nuestra imaginación permanece libre incluso en condiciones de privación de libertad. […] Lo había oído decir, y ahora también puedo dar fe de ello: es verdad que las paredes de la cárcel no pueden poner límites a nuestra imaginación”.

 

El artículo completo puede leerse aquí

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24, abr 2016

Metinides: coleccionista de horrores

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Le decían el Niño porque empezó a trabajar cuando cursaba todavía la primaria. Su padre, un comerciante de origen griego, le había regalado una cámara alemana. No la estrenó retratando a su mascota o fijando la imagen de su familia o de sus juguetes. Lo que atrapó el ojo de Enrique Metinides desde el primer momento fueron las tragedias de la ciudad. Choques automovilísticos, incendios, crímenes. Sus fotos eran el remedo de las películas de gángsters que veía en el cine. No le atraían los superhéroes ni los vaqueros sino los ladrones, los mafiosos, los heridos, los policías. Iba a la escuela en el turno de la tarde y podía dedicar la mañana a buscar la desgracia de la noche anterior. Cuando un periodista gráfico lo vio tomando fotos de un coche destrozado, le ofreció trabajo. Publicaron su primera fotografía cuando tenía doce años. Era un decapitado. Durante medio siglo fue el amo de la nota roja. Por décadas, portada y contraportada de La Prensa fueron, cotidianamente, suyas.

Imposible cerrar los ojos ante lo siniestro. Decía William Hazlitt en su famoso ensayo sobre los placeres del odio que las desgracias públicas eran bienes públicos. Notaba desde entonces que no había sección más jugosa en un periódico que la de los crímenes y accidentes. Todo el pueblo corre para ver un incendio. Y no es que huya para salvarse, sino que se apresura para admirar la furia de las llamas. Cuando el fuego se extingue, no es fácil que la gente oculte la frustración que siente por el fin del espectáculo. Lo único intolerable, decía, es el tedio. La intensidad de la tragedia nos enciende.

 

El artículo completo puede leerse aquí…

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20, abr 2016

Chronic

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Los atajos que nos suelen desviar de lo importante presentan a Chronic como un alegato por la muerte digna. No es un manifiesto ni la eutanasia es su tema principal. La película de Michel Franco que aquí se exhibe bajo el nombre de El último paciente, es una cinta que escapa el argumento para pintar el ocaso de la vida. Los cuerpos que cuelgan como trapo, el ánimo que sucumbe, la intimidad que se pierde. Y la extraordinaria complicidad que pueden trabar enfermo y enfermero. Una película sobre la vulnerabilidad de los últimos días, sobre la cruel dependencia del enfermo, sobre la generosidad de los desconocidos, sobre la soledad y la tristeza.

Se muestra aquí la epopeya del aseo diario de quien no tiene ya la fuerza para hacerlo. La tensión que provoca en la familia un invasor convertido en confidente final. La corrosión de la vejez. El guión de Franco que fue reconocido en Cannes es notable por escuálido. La comunicación toca los huesos. Silencios interrumpidos apenas por unas cuantas palabras. Conversaciones que juegan siempre con lo implícito, con los entendidos de cualquier relación. Alusiones, sugerencias, ambigüedades. Los personajes que han compartido una vida no necesitan decirnos lo que ellos ya saben, lo que han descubierto juntos. De esas conversaciones rituales de las que hablaba Ibargüengoitia está repleto el mal cine, la mala televisión: conversaciones donde los personajes que viven juntos hacen declaraciones sobre sí mismos. Parlamentos tan absurdos y tan comunes como la del marido que le cuenta a su esposa que hace 25 años fue atropellado por un tren y que perdió dos piernas pero que siguió luchando hasta ganar su primer maratón. El libreto de Chronic no desprecia de ese modo la inteligencia del espectador. Es contenido y preciso. Somos nosotros, los fisgones de la sala de cine que irrumpimos en el baño del agonizante, los que hemos de dar sentido a las palabras.

David, el enfermero al que da vida Tim roth, ofrece el conmovedor retrato de un oficio primordial. Puede ser cierto que el enfermo no cura pero hace algo tan importante como lo que hace el médico: acompaña. No salva la vida con el bisturí pero cobija, escucha. Es verdad lo que se dice: es más fácil imaginar un hospital sin doctores que pensarlo sin enfermeros. Lo han dicho algunos críticos ya: ésta puede ser una de las mejores actuaciones de uno de los mejores actores de nuestro tiempo. Tim Roth conoció el trabajo de Michel Franco como jurado en Cannes. Le entregó el premio de la sección “con una cierta mirada.” Después de Lucía le pareció una obra maestra. Harto ya de los papeles que le ofrece la industria tradicional, le expresó su interés por trabajar con él. Conoció entonces su proyecto sobre una enfermera y acordó con el director mexicano que el protagonista podría convertirse en enfermero y que la historia podría desplazarse de la ciudad de México a alguna ciudad de Estados Unidos. El libreto terminó de cocinarse pensando en los talentos de inglés. Extraordinaria la actuación de Roth porque permite apreciar el esmero de su personaje y, al mismo tiempo, tocar la fractura que lo habita. El enfermero, atento y parco, firme y a la vez roto, muestra la intensidad de los momentos límite.

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07, abr 2016

Vita activa. Un nuevo documental sobre Hannah Arendt

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07, abr 2016

La trampa del ensayo

¿Será el ensayo siempre una trampa? ¿Una manera de bordear el mundo sin acceder a él? ¿Una elocuente evasión? El ensayista se entrega a las orillas: no intenta demostrar nada, apenas mostrar. El ensayo es la fuga de la tangente: rozar el globo y huir. El entendimiento es un reconocer los límites, dice Montaigne en su ensayo sobre Demócrito y Heráclito. El paseante no se empeña en sujetar el mundo. Su mirada se detiene en el fragmento. “Escojo al azar el primer argumento con que doy, porque todos los considero buenos por igual y nunca me propongo seguirlos enteros, ya que no veo el conjunto de nada. Entre las cien partes y caras de cada cosa, me atengo a una, ya para rozarla, ya para rascarla un tanto, ya para penetrarla hasta los huesos”. El ensayista juega al argumento, lo adopta por azar y sin firmar contrato con él. Tan pronto encuentra motivos para soltarlo, lo abandona. El ensayo roza y rasca. Punza también, pero su aguja penetra solamente un milímetro del cuerpo.

Bien conocida es la descripción del ensayo como un centauro. Alfonso Reyes lo vio así, como el hijo mestizo del arte y de la ciencia. Un estilo y una inteligencia que forman parte de nuestra cultura moderna, “más múltiple que armónica”. Todo cabe en su jarrito, sabiéndolo desacomodar. La divagación, es decir, el desorden, adopta pose de método. Meneo: brinco, retroceso, giro. Sin itinerario, el ensayista sigue el capricho de sus antojos. Un centauro fue también el padre del ensayo. La inteligencia de Montaigne fluía en el trote de su caballo. Su sueño era vivir montando: “mejor pasaría yo la existencia con el trasero en la montura”. El jinete sale de su escondite en la torre para pasear: sabe bien de lo que huye pero no tiene idea de lo que busca.

En otra criatura pensaba Chesterton cuando pensaba en el ensayo. No venía de la mitología pero estaba cargada de símbolo. El ensayo, dijo, es una víbora. Su desplazamiento es líquido: ondulante, ágil, peligroso. “El ensayo es como la serpiente, sutil, graciosa y de movimiento fácil, al tiempo que ondulante y errabundo”. El enorme católico advertía, por puesto, otro elemento de la serpiente: ser el animal de la tentación. Ensayar es probar, sugerir, tentar. La serpiente atrae a su víctima. Para engullirla ha de seducirla primero. Chesterton pinta con esa imagen al ensayo como el engañoso arte de la irresponsabilidad. La víbora, desprovista de garras y de tenazas parece un hilo de aire que juega inocentemente en la arena. Es, en realidad, una bestia mortífera que puede devorarnos de cuerpo entero. El ensayo: arte de la evasión, estafa.

 

El artículo completo puede leerse aquí

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06, abr 2016

Camus: la locura de la sinceridad

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