18, Feb 2019

La lista

A principios de la semana pasada, en el Palacio Nacional, el presidente de la república da cuenta de una lista de traidores. Funcionarios que conspiraron para destruir la industria eléctrica del país. Significativamente, se sirve de un hombre desvergonzado y sin prestigio para dar lectura al nombre de los infames. “Le voy a pedir al licenciado Bartlett que les dé a conocer los nombres de los funcionarios que han trabajado y trabajan para las empresas particulares.” Su subordinado reitera que la difusión de la lista es una orden del jefe del Estado mexicano: me encarga el presidente que recordemos el nombre de quiénes han destruido a la CFE. Así empieza a leer la lista de los villanos. No se toma la molestia de verificar cargos y responsabilidades. Se equivoca en los tiempos en los que ocuparon puestos, confunde fechas y oficinas, pero aún así procede a leer la lista de la infamia.

Desde el centro del poder nacional, ante todos los medios de comunicación del país, el hombre más poderoso de México da la instrucción para destrozar la reputación de un grupo de mexicanos. Adelante, dijo: lea usted los nombres. Son los traidores. Son los inmorales. Son quienes cometieron faltas imperdonables. Vulneraron el interés de la patria. Colocaron su ambición por encima del deber. Que los conozca el mundo para que dé la espalda a los miserables. Para que les escupa y se les destierre. Ningún otro propósito tiene la publicidad de esa nómina. Se trataba de arruinar el prestigio de un grupo de mexicanos. Marcar su rostro y su cuerpo con una seña de deshonra. Mancharlos, estigmatizarlos. Todo el poder de la presidencia en contra de un grupo de ciudadanos que no puede defenderse de la agresión. ¿Qué defensa puede esgrimir un particular en contra de una embestida presidencial de esta dimensión? ¿Quién tiene una tribuna semejante a la que ocupa el presidente cotidianamente? ¿Quién cuenta con los poderes que ejerce el presidente más poderoso de la historia reciente del país? Una acusación del presidente López Obrador es una denuncia, un veredicto y una condena. Un monstruoso abuso de poder.

¿Y de qué se les acusa? De haberse apartado del código moral del Amado Líder. Eso. Ninguno de ellos recibe una acusación legal. Nadie enfrenta un proceso jurídico, nadie tiene oportunidad de defenderse en tribunales para limpiar su imagen. El jurado y el verdugo son el propio presidente de la república. Es sólo él quien ha inventado la infracción moral. Los acusados no han cometido delito alguno. Cumplieron, hasta donde puede saberse, con sus obligaciones legales. Acataron las reglas del derecho que son las únicas cuyo cumplimiento puede exigir el poder público a los ciudadanos. ¡Pero pecaron! Todos esos funcionarios fueron tentados por el mal y cayeron en el vicio. El puritano los llama pecadores, inmorales. Ese lenguaje de inquisidor implacable ha vuelto al discurso público: quienes aparecen en la lista de la deshonra no cometieron delito pero, a juicio del inquisidor, actuaron “inmoralmente.” Por eso lanza a los pecadores a la jauría. Incapaz de construir un argumento legal en su contra, los mancha para provocar su deshonra.

Al inquisidor le tiene sin cuidado el marco de lo jurídico, ese trazo que todos conocemos y que delimita con razonable precisión los límites de lo lícito. Su engreimiento moral lo faculta para lanzar acusaciones que no tienen más fundamento que su prejuicio. Así aparece cotidianamente en la plaza pública para fustigar al traidor que no se ajusta a su código personal. Nuevo ataque al orden cívico: despreciar la ley acordada para invocar la moralidad del caudillo.

Lo que sucedió la semana pasada en la conferencia de prensa del presidente de la república es gravísimo. El presidente empleando su gigantesco poder para aniquilar moralmente a sus adversarios. La tribuna presidencial empleada para promover una cultura de linchamiento. Esta es la lista de los miserables: que el pueblo noble, sabio y bueno actúe como crea conveniente. Cuando el presidente habla no habla un ciudadano cualquiera que expresa su punto de vista. La palabra presidencial tiene un impacto directo en la vida de las personas que nombra. La voz del poder no puede ser la voz de la inquina personal y del odio.

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13, Feb 2019

Sublime misantropía

“El pico del loro, que éste se limpia, aunque esté limpio”. Resortes cubiertos de plumas. Una ruidosa máquina que repite movimientos sin activar reflexión alguna. Ese el juicio de Blas Pascal sobre los animales. Encuentra máquinas en el pájaro y en el resto de los animales; autómatas que gozan su inconsciencia. Repiten día a día los mismos movimientos sin curiosidad alguna, sin la menor angustia el sentido de su existencia o por su destino. La del loro y la de pez son vidas sin drama porque desconocen su miseria. El hombre es otra cosa. Se hace preguntas y por ello sufre. Su existencia nada de animal tiene y, si hay grandeza en él, es solamente porque es capaz de conocer la hondura de su desgracia. Tan frágiles somos que cualquier cosa puede terminar con nuestra vida. Una gota de agua, un vapor, el piquete de un mosquito pueden matarnos. Pero, a diferencia del mosquito, nosotros nos sabemos mortales. Nuestra dignidad radica solamente en la consciencia de nuestra miseria.

Sin orden ni programa los Pensamientos de Pascal son notas sueltas, aforismos, sentencias inconexas. La filosofía aparece en esas páginas como reflejo espontáneo de la vida. Celebraba Pascal esa naturalidad en el estilo. Quien lee a un auténtico escritor se sorprende: espera a un autor y descubre a un hombre. Sus Pensamientos son lo contrario de las ideas, decía Unamuno, porque son sustancia fluida, líquida, libre. A diferencia de las ideas que aspiran a fijar su sentido, el pensamiento no deja de deslizarse. Se transforma constantemente al entrar en contacto con la vida, al avivarse en la experiencia, al chocar con el prejuicio, al incitar nuevos pensamientos. El filósofo vasco sugería en La agonía del cristianismo que la idea petrificaba en dogma: el cadáver de un pensamiento. Pascal sabía que para filosofar era necesario saber burlarse de la filosofía.

El artículo completo puede leerse en nexos de febrero.

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11, Feb 2019

Antidemócratas

El liberalismo predominante se obsesionó a tal punto con el populismo que llegó a ignorar el peligro que lo acechaba desde el extremo contrario: la antidemocracia. Se fue asociando de este modo a una doctrina que buscaba domesticar al poder político, al tiempo que imaginaba a los poderes económicos como adalides de libertad que debían permanecer salvajes. Que los beneficios se concentraran en una cúspide cada vez más estrecha era obra de la naturaleza. Sólo los ignorantes podían oponerse a la inclemente mecánica de la realidad. Frente a la desigualdad, resignación. El discurso liberal se mutiló, renunciando a la riqueza de su propia tradición. La doctrina de la sospecha se convirtió en el alegato de la élite en defensa de sí misma. El liberalismo dejó de ser un cuerpo de ideas punzantes para ser ideología. Una versión de la ciencia económica se convirtió en la única fórmula razonable de comprender lo social. En su pizarrón podían resolverse todos los enigmas. De ahí habrían de surgir todas las órdenes. Solo quedaba aplicar las recetas y esperar el beneficio de los siglos. No debe extrañarnos que, tras estas perversiones, el liberalismo oficial se haya convertido en el manual de modales de la oligarquía mexicana.

Me he topado en estos días con un argumento que captura ejemplarmente esa perspectiva antidemocrática. Son las líneas de un hombre que hasta hace poco tiempo era un destacado funcionario gubernamental y que, desde que dejó las responsabilidades administrativas, ha participado con entusiasmo en el debate público. Me refiero a un hilo de comentarios de Aristóteles Núñez en tuiter. Si me detengo en esta cadena de apuntes no es por su elaboración intelectual sino precisamente por lo contrario: por la cándida naturalidad con la que expresa una persuasión política. No tengo dudas de muchos coincidirán con sus palabras. Por eso vale detenerse en ellas.

Llegué a su diatriba antidemocrática por la enorme difusión que tuvo en el vecindario de esa red social la carta que Núñez dirigió al presidente López Obrador. La carta es un documento pertinente. Llama con buen tono a la prudencia y a la moderación. Critica decisiones que le parecen impulsivas y que de poco sirven a los propósitos del gobierno. Sin estridencia, pide estudio y mesura para orientar las decisiones de la administración. La carta es acompañada de una serie de mensajes testamentarios: Núñez se despide de tuiter y deja a sus seguidores un paquete de reflexiones finales. Son esas líneas las que exigen un comentario.

El exfuncionario encuentra a México detenido, incapaz de prosperar, presa de demagogos y farsantes. Quiere un país “exitoso” y advierte las muchas conspiraciones que lo impiden. Expone así una crítica al régimen democrático que es, simplemente, una denuncia del sufragio universal. Sí: a este Aristóteles también le resulta absurdo el principio de un ciudadano, un voto. Que no voten los ignorantes o que su voto pese menos que el de los mexicanos “exitosos”. Así lo plantea: “En el modelo democrático que nos rige, el voto del ignorante, del flojo o del subvencionado vale lo mismo que (el) del empresario o intelectual más exitoso del país. Por lo tanto, si la sociedad es ignorante, ganará la ignorancia, si la sociedad es apática, ganará el impulsivo.” Una perla. Pocos se atreverían a decirlo tan claramente. En pleno siglo XXI, un destacado miembro del grupo político recientemente desplazado se lanza en contra de la igualdad del voto. Así. Sin más. Que el voto dependa de los ingresos o de los diplomas y que, por favor, esos flojos no voten.

Desde luego, el interés público se ofrece como justificación. Se entiende que liberar a los vagos de la carga del voto terminará siendo en su beneficio. A juicio de Núñez, quienes no han conocido el éxito, los ignorantes y los mantenidos son incapaces de razón: el sentimiento y la emoción son los únicos resortes de su vida. Piadoso, sentencia: “Donde no hay comida, oportunidad, empleo o satisfacción, no cabe la racionalidad.” La disyuntiva no puede ser más clara: nosotros pensamos, ellos gimen. Nosotros conocemos, ellos viven enjaulados en la ignorancia. Como el populista quiere deshacerse del liberalismo, los tecnócratas pretenden liberarnos del fastidio de la democracia. Quieren nuestro bien.

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06, Feb 2019

De libros y humillaciones

Al hablar en la entrega del Premio Villaurrutia a Juan Villoro, Hugo Hiriart se preguntaba si los cuentos servían para algo. ¿Podrá la literatura proporcionarnos algún conocimiento? Sí, contestaba, de inmediato: sólo la narración puede capturar la variedad de la experiencia humana. Inventaba entonces un cuento para explicar el valor de los cuentos: supongamos que un subsecretario de Gobernación sube con prisa la escalera del palacio y se encuentra de pronto a una mujer trapeando. Seguramente no la ve. Va con prisa a una reunión y no registra su presencia. “La gente humilde tiene la peculiaridad de ser invisible.” Entonces el subsecretario, tan atareado con sus altísimas responsabilidades escucha una voz que le dice: “Esa mujer es, a los ojos de Dios, más importante que tú, puerco.” Desconcertado por esa voz, el subsecretario se pregunta. ¿quién es ella?, ¿cómo será su vida? “Para eso sirven los cuentos, concluye Hiriart, para ver por dentro existencias ajenas.”

Daniel Goldin recordaba esa escena del funcionario en la escalera y la voz que lo alerta de su ceguera, en una alguna conferencia. Le ayudaba a ilustrar el valor de la lectura. En una novela nadie es número. En los cuentos no somos datos: somos vida y toda vida es única, valiosa, sugestiva. Lo entendió muy pronto porque en su casa había dos bibliotecarios. Padre y madre eran guardianes de libros. Antes de que pudiera descifrar su sentido, los libros ocupaban todos los espacios de la casa. Ladrillos con los que uno tropezaba. Objetos raros y, en alguna medida, amenazantes: esos bloques de papel robaban la atención de su padre. Lo cuenta Goldin en un magnífico ensayo publicado hace años por Fractal donde hace la autobiografía de su pasión: “Me es difícil imaginar un placer más completo que la lectura.” Las estaciones de su vida aparecen como un rollo que se despliega. La primera lectura del gozo. El encuentro con una enciclopedia seductora. La ceremonia familiar de la lectura. Ese momento en que los hermanos guardan silencio para escuchar la voz de su padre, leyendo. Más que la trama, las novelas que leía de niño se le revelaban como estampas, como personajes o lugares, como una atmósfera. Descubrir el ensayo para encarar ese misterio que es la realidad. Y luego la poesía: tiempo que no fluye. Abrir el poemario, descubrir un poema… y cerrar el libro. La emoción de los libros que pronto se vuelve, ante todo, el gozo de compartirlos.

Tal vez, dice Daniel Goldin, los libros no sean más que ”una plaza donde negociamos sentido.” Los libros son el lugar en el que nos encontramos vivos y muertos, condes y granjeros, celosos y holgazanes. Son el sitio que nos permite pactar lo posible, ese paseo que nos hace ver lo que tenemos frente a la nariz. La ventana para conocer el mundo, para celebrarlo y para ayudar a transformarlo. Quien fuera hasta hace unos días director de la Biblioteca Vasconcelos ha dedicado su vida a contagiar la emoción de los libros, la pasión de las letras, el entusiasmo de la literatura. Armó la mejor colección de libros para niños que se ha hecho en nuestra lengua. Convirtió un edificio en una feria de conversación y celebraciones. Logró hacer de una biblioteca el corazón de un vecindario. Lo acaban de echar porque sí. Porque el poder más brutal se expresa como escarmiento del talento. Porque el poder más rudimentario hace trofeo de la vejación. No fue simplemente relevado de su puesto: fue defenestrado. Y no es que sorprenden los relevos de un nuevo gobierno. Lo que alarma es que esos cambios supongan la defenestración de los antiguos. Cuando el poder se deleita en la humillación, la barbarie acecha.

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04, Feb 2019

Filosofía del mecansogansismo

No estamos frente a la erosión de las instituciones. Hablamos de erosión cuando contemplamos un desgaste lento de las piedras o de la tierra. Es la constancia del viento o la terquedad del agua lo que, a lo largo de los años y los siglos, va carcomiendo poco a poco rocas y suelos. Eso es la erosión. Lo que hemos vivido en estos dos meses es un daño veloz y profundo al régimen institucional. En unas cuantas semanas se han debilitado de manera importante los órganos de la neutralidad y las cápsulas técnicas. La acumulación revela que el desmantelamiento de esas instancias es parte fundamental del proyecto político de este gobierno. Si las instituciones son un estorbo, hay que pasar por encima de ellas. Si los procedimientos obstaculizan las acciones de un gobierno con prisa, habrá que ignorarlos. Si los técnicos de antes lo hicieron tan mal, la preparación, el conocimiento es irrelevante. Lo único que importa es la fidelidad al proyecto. La lealtad es el nuevo mérito.

No idealizo el pasado. Sé muy bien que muchas de esas instituciones fueron capturadas, que se sometieron a la lógica de las cuotas, que se situaron en una condición de privilegio. Pero eran el germen de una administración profesional, el semillero de cuadros técnicos de gran competencia. Mucho invirtió (en todos sentidos) el Estado mexicano en esta ruta de profesionalización que prefiguraba un diálogo útil y prudente. Llegó a formar, sin lugar a dudas, un patrimonio público invaluable. Pero para la nueva administración estos cuadros son un fastidio. En su democracia no hay lugar para intermediarios, no hay posibilidad de conformar neutralidades, ni es en realidad, valiosa la técnica.

La aplanadora del hiperpresidencialismo no solamente atropella el pluralismo institucional. También arrasa con la deliberación. Lo que importa es la voluntad del señor presidente: sus compromisos de campaña, sus anhelos. Nada que vaya en contra de los deseos del presidente tiene valor. Ningún estudio técnico que se aparte del dictado presidencial merece ser tomado en cuenta. Si alguien osa insinuar la inviabilidad de los caprichos del jefe, tendrá los días contados. Regresamos a la presidencia axiomática: todo deseo del presidente es incontrovertible. Si lo desea el presidente no requiere demostración. No hay razón que pueda estar por encima de la razón presidencial. No hay argumento que pueda rebatir los deseos del presidente. No hay órgano que pueda ponerle freno. Lo ha expuesto el propio López Obrador con todas sus letras. Sus proyectos más queridos “van porque van.”

Va porque va. ¿Qué lógica revela una afirmación tan categórica? Que la voluntad del presidente basta para determinar el futuro. Que sus deseos, por el hecho de ser suyos, no pueden enfrentar obstáculo alguno. Que es insensato y hasta ilegítimo pretender oponerse. Que todo aquel que pretendiera resistírsele, está condenado al fracaso. La expresión, desde luego, revela también los delirios de la omnipotencia: si lo quiero sucederá. Se cancela con ello, cualquier duda razonada sobre los méritos de la decisión, sobre sus costos y ventajas, sobre las alternativas disponibles. Va porque va: la arrogancia de un mando que no discute.

Contemplamos, como no lo habíamos visto en mucho tiempo, la soberanía del capricho presidencial. Nada ni nadie por encima de los antojos del amado líder. Si quiere hacer de un compadre el gerente de la empresa más importante del país, no importa que carezca de experiencia y preparación; si ha decidido destruir un proyecto de infraestructura, da igual lo que cueste y lo que adviertan las instancias técnicas internacionales; si ya soñó con regalarle una refinería a su estado, habrá que ignorar todas las advertencias en contrario. Esto es el despotismo de la ocurrencia. Un despotismo que hace cómplices a los pusilánimes que ha designado como colaboradores. Pánico sentiría cualquiera de ellos al contradecir al caprichoso del gran poder. Puede tener un nombre esta filosofía de gobierno. Escuchando el inagotable ingenio de su expresión, podría llamarse la filosofía del mecansogansismo. Mis caprichos, aunque perezca el mundo. Mis antojos, al costo que sea. Y a la basura, cualquier palabra que me los escatime.

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28, Ene 2019

Homilías matinales

El presidente da la cara. Está presente todos los días en los medios. Desde la primera hora enfrenta a los periodistas. Mientras peleamos contra las sábanas, el presidente habla de sus iniciativas; cuando nosotros salimos del baño, el presidente anuncia un nuevo programa de gobierno. Escucha las preguntas de los reporteros. Responde algunas y evade otras. Sobrevuela los temas, no penetra en los detalles, rara vez se presenta datos precisos. Pero diariamente, como nadie en el mundo, dialoga, se deja ver, atiende peticiones de información. Por supuesto, como bien ha dicho Daniel Moreno, esta ceremonia cotidiana es todo menos una estrategia para la transparencia. Ese no es el objetivo de las homilías matinales. Las conferencias del presidente son una buena demostración de su política. Una extraordinaria sensibilidad y una preocupante improvisación.

La crisis de la democracia de la que tantos hablan en estos tiempos es producto, en buena medida, del abismo que existe entre el poder y la gente. Si se habla de los achaques de la democracia liberal o, incluso, de su agonía, es porque el poder democrático que, en principio debe estar atado al voto, se fuga a otro mundo. Podemos imaginar que en algún tiempo la lejanía de los gobernantes pudo haber cultivado el ascendiente del misterio. Asumir que la política es, a fin de cuentas, un arcano. Un sitio recóndito, reservado a unos cuantos. Era, tal vez, la autoridad de lo impenetrable. Hoy no quedan ya permisos para el distanciamiento. Toda distancia enfurece. Ofende también la coraza que protege al poder. Irrita el boato, la fastuosidad, el despilfarro. Todo esto lo entiende el presidente López Obrador. Se ha dedicado a pintar otro cuadro de la política.

No puede negarse que la suya es una forma distinta de mostrar y ejercer el poder. O, tal vez, de ejercer el poder, mostrándolo. Un poder cuya función principal es esa: mostrarse. Después de todo, el voluntarismo mágico de su fe depende de la propagación de un mensaje. Véanme y serán transformados. Escúchenme y encontrarán otra razón para vivir, lejos de la codicia y de los bajos placeres. De todo pueden tratar estos sermones, pero lo cierto es que muestran una autoridad cercana, hacen alarde de acción y de una ambición descomunal. El poder presidencial no es solamente visible, parece palpable. Tan al alcance de la mano está que corre riesgos indebidos. Su poder no encarna particularmente una reflexión meticulosa ni una estrategia sesuda, sino, ante todo, reflejo, acción impetuosa. Y se muestra también como un poder que se imagina como la palanca de una nueva etapa de la historia mexicana. Mucho puede decirse y criticarse del invento del autodidacta que desmañana reporteros, pero deberíamos aquilatar la importancia del triple mensaje que se repite con ejemplar consistencia: cercanía, acción, ambición. Un poder que no se aleja ni se oculta, un poder que no se queda dormido y que se atreve a desear lo extraordinario.

¿Desea lo extraordinario? Por supuesto. ¿Seduce su propósito? Sin duda. Ahí sigue en las nubes, con altísima popularidad. ¿Se está construyendo lo extraordinario? Nada hay que lo sugiera. Lo que se ha construido efectivamente es esa fuerza presidencial que se celebra todas las mañanas como encarnación del Cuarto Nacimiento. Es un poder que no solamente se beneficia de la debilidad de los contrapesos y la nulidad de los adversarios, sino que también se ha empeñado en erosionar las autonomías.

En las ceremonias matinales se trasluce también un mecanismo de decisión que resulta preocupante. Lo es, en primer lugar, porque se nos han presentado a las figuras que acompañan al presidente. Ya no nos imaginamos la voz del director de Pemex. ¡Lo hemos oído! Pocos funcionarios que acompañan al presidente han demostrado que merecen estar en su cargo. Ninguno parece capaz de llenar los importantes huecos en la formación del presidente. Nadie parece tener el aplomo para detener los arrebatos, las ligerezas o los desatinos del jefe. Y prevalece en esas ceremonias una idea de política basada casi en exclusiva en la intención. Si los deseos son tan nobles, si nosotros somos tan honestos, ¿qué podría salir mal?

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23, Ene 2019

Una defensa de la Cartilla

El presidente sugiere que leamos la Cartilla moral de Alfonso Reyes. Me parece buena idea. Aunque en estos días se hablen pestes de ese ensayito, es una sugerencia que aplaudo. Por supuesto que es un texto que ha envejecido mal. Es posible que sea el peor texto de Reyes pero, aún si lo es, es infinitamente mejor que los textos con los que nos atragantamos cotidianamente. Nunca será mal momento para encontrarse con Reyes, así sea a través de la lectura de su lista del mandado.

Para promover el encuentro con este manual, el gobierno ha dispuesto su publicación con un tiraje extraordinario. La edición gubernamental no podría ser más fea y, sobre todo, más contraria al espíritu del texto y de su autor. Nada tan distante a la suave prosa de Reyes que la estética postiza del heroísmo. Fieles a la iconografía del oficialismo, los diseñadores de la edición ilustran las lecciones del regiomontano con estampitas de héroes. Sor Juana aparece, pero se le representa como una efigie marcial, un soldado que, desde Nepantla, intuía y anhelaba la cuarta y definitiva transformación de la patria.

Sería absurdo pensar que esas cuartillas puedan ser hoy una guía práctica de conducta. Mucho más absurdo, aún ridículo, el creer que pueda servir de base para algo tan aberrante como la “Constitución moral” del nuevo régimen. Muchos han hablado, y con buenas razones, de su arcaísmo, de su ñoñez, de sus prejuicios y de sus vacíos. Hay ejemplos de todo eso en ese texto que ha corrido con la peor de las suertes editoriales. Javier Garciadiego ha mostrado puntualmente esas desventuras en el prólogo a la Cartilla que pronto publicará El Colegio Nacional. Hay quien lo ve mocho, hay quienes lo encuentran machista y pudibundo. Yo creo que, a pesar de todas estas manchas y todos esos huecos, puede leerse con provecho como una invitación a pensar el bien, la dignidad, la convivencia y el aprecio del entorno. Para ello, habría que darle la bienvenida, antes que nada, a su tono. Es Reyes el autor de estas lecciones: ahí está su cordialidad, esa erudición sin alardes que hace suyos todos los siglos y todas las tradiciones.

Si el régimen quiere politizar este texto como insumo para uno de sus proyectos más insensatos, lo cierto es que Reyes es una vacuna contra el odio y sus simplismos, contra la idea de la política como perpetuación de la guerra. Ya decía el autor de la Visión de Anáhuac en una conmovedora carta a Martín Luis Guzmán que odiaba de la política esa tendencia a insistir en un solo aspecto de la realidad, fingiendo ignorar todo lo demás. Reyes, nuestro Montaigne, mira el pecho y la espalda de las cosas. “Tomar partido, decía en algún momento, es lo peor que podemos hacer.” Con todas sus telarañas, la cartilla es contemporánea porque defiende eso que pedía el historiador Tony Judt en sus últimos escritos: recuperar la dignidad del vocabulario moral. Sí: habrá que sumar y restar, habrá que examinar eficiencias y economías. Pero este mundo no puede cerrar los ojos al bien, la justicia, la equidad o la belleza.

Quien lea esta cartilla encontrará una defensa de la alegría y una burla de la solemnidad. Comprenderá que la tradición es vitalidad y no servidumbre a lo antiguo. Aprenderá también a distinguir la emoción patriótica de la manipulación nacionalista. Sabrá que hay que ser modestos frente a las sorpresas del azar para no caer en la soberbia. No es un viejo regañón el que advierte que el mal se asoma cuando enturbiamos un depósito de agua, cuando arrancamos la rama de un árbol, cuando lastimamos a un animal, cuando rompemos una piedra por la emoción que nos causa el poder de destruir.  No es un nostálgico de los tiempos idos quien nos invita a conocer el nombre de las plantas para poder celebrarlas. El cuidado del entorno no es más que cariño por la casa que todos compartimos. La Cartilla nos recuerda que las ideas pueden ir y venir, lo que importa es la conversación.

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22, Ene 2019

La lectura vehemente

No quiero hablar del librito aquí. Me interesa hablar de su lectura. En un libro, un ensayo, un artículo está el autor y su tiempo. En la lectura estamos nosotros, nuestros reflejos, la atmósfera que respiramos. Ahí están nuestros prejuicios y nuestros reflejos. En toda lectura se ponen en evidencia las trampas en las que caemos cotidianamente. ¿Qué pasamos por alto en un párrafo? ¿Qué nos llama la atención? ¿Qué nos irrita? ¿Qué nos sorprende? ¿Qué nos resulta trivial? Sean antiguos o recientes, los libros nos plantan un espejo. Nos mostramos en nuestra reacción a los textos, sean los de hoy o los de hace un siglo. El lector revela sus entusiasmos y sus cegueras, su tolerancia o su cerrazón. En otro momento valdría la pena detenerse en la curiosa cartilla de Alfonso Reyes que ha suscitado tan intensa polémica. Hoy quisiera detenerme en otra cosa: en el ruido que ha provocado ese texto, después de setenta y cinco años de haber sido escrito. Tal vez diga algo sobre nosotros, sobre nuestro tiempo. Sobre nuestra conversación y nuestra política.

Es ella, la política, la que ha tomado las riendas de la lectura. Con su torpe espíritu binario, tan simple como intenso, ha sometido a muchos lectores que, lejos de disponerse a desentrañar las complejidades de un texto, se apresuran a sentenciarlo y a compartir por todos los aires su veredicto. Se trata siempre de una sentencia rotunda y fulminante; tal libro es una basura, aquel es una antigualla que ya no nos dice nada, este es una joya, y el que acabo de leer, un clásico “imperdible”. Es una forma de lectura vehemente que solo se expresa con exclamaciones: la indignación o el deslumbramiento. Se lee así para alimentar el prejuicio, para intensificar convicciones, para petrificar creencias. Una mancha en el texto sirve para descartarlo de plano. Una discrepancia basta para decretarlo como pernicioso. Las palabras aparecen como munición de la guerra y no como lo que pueden ser: armisticio. La posibilidad de suspender hostilidades, de lograr entendimiento, de abrir un paréntesis a los simplismos que nos estrangulan. Apreciar un elemento del texto sin que eso suponga asentimiento de todo. La discrepancia puede coincidir con la admiración. En los libros hay una oportunidad de diálogo, una posibilidad de ver el mundo con otros ojos. Pero la lectura vehemente no se atreve a imaginar la razón de los otros, el tiempo de los otros, la verdad de los otros. No muestra disposición alguna a reconocer mérito en el adversario intelectual. Y se cuela así al mundo de los libros, de las letras, del argumento esa abominable expresión que manda al enemigo al basurero de la historia. Hay libros, nos dicen, que deben tirarse, con las cáscaras de huevo, las latas vacías y los trastos inservibles, a la basura.

El lector vehemente se acerca aun texto con una sola misión: encontrar la referencia que ubique el texto en el casillero adecuado. Lectura de aduanero. No se trata de emprender la lectura para disponerse a la sorpresa. No se trata tampoco de buscar el aprendizaje o el disfrute. Sordo al tono, sordo a la voz, quien lee de ese modo se apresura a detectar la filiación del texto para sellarlo. Sellarlo con una etiqueta y así cerrarlo. Estas letras son enemigas. Este libro es de los nuestros. Se renuncia de este modo al diálogo. No es este tosco afán de etiquetar los libros una expresión de la crítica sino la abdicación a ese ejercicio de la ponderación. Este lector se acerca a los libros como si fueran sustancias químicas a las que hubiera que catalogar como tóxicas o medicinales. En sus juicios se desliza una advertencia. ¡Cuidado! Este libro, este texto puede ser nocivo para la salud. Libro reaccionario, colonialista, misógino, populista, tiránico. Mántengase alejado de sus párrafos y maldiga al miserable que lo escribió y a los incautos que lo leen.

Toda convicción es una vanidosa parcialidad. Una autorización al prejuicio. Una interesada ceguera. Blas Pascal, uno de los más grandes sabios en la historia occidental, uno de los matemáticos más brillantes de todos los tiempos supo contraponer la sutileza al juicio tajante de la geometría. Sutileza es lo que nos hace falta para leer y para participar en la vida pública.

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18, Ene 2019

Escribir dibujando

Mi oficio no tiene nombre, dijo alguna vez Abel Quezada. “No puedo decir que soy ‘caricaturista’ porque no sé hacer caricaturas propiamente dichas. No puedo decir que soy ‘cartonista’ porque esta palabra —bastante fea— viene del inglés cartoon y —otra vez— no indica exactamente lo que hago. Yo hago textos ilustrados. La gente les llama ‘cartones’, pero para definir mi profesión a mí me gusta decir que soy dibujante”.

Si pudiera volver a nacer, dijo, volvería a ser dibujante, pero un mejor dibujante de lo que soy. Dibujar es un placer que pocos conocen, insistía. Una herramienta para hacerse entender, otro idioma. Un tic. “Comencé a dibujar desde que era niño y lo he seguido haciendo durante todos los días —casi todas las horas de mi vida. Dibujo cuando estoy solo y cuando estoy acompañado. Dibujo cuando hablo por teléfono y dibujo cuando en los restaurantes converso con una persona”. Sus textos ilustrados ejercen el derecho a la mentira. Los hombres verdes, esos raros dotados del placer del dibujo, tienen ese privilegio: “La mentira es el arte. La verdad puede dejarse para los contadores. Las grandes obras de arte son enormes, bellas mentiras. La verdad es sólo una de las materias primas con que se hace una mentira”.

El artículo completo puede leerse en nexos de enero.

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14, Ene 2019

Los límites del arrojo

Hay batallas que merecen ser libradas. No hay forma de construir un régimen de derecho sin enfrentar a los beneficiarios de la ilegalidad. El combate a la corrupción exige pleitos. No será con prédicas ni en armonía que lograremos levantar una sociedad de reglas para dejar atrás el régimen del favor y la extorsión. Por eso hay que librar esas batallas… pero librarlas bien. Hace falta decisión y estrategia. La una necesita de la otra. Voluntad y valentía para enfrentar enemigos poderosos. Inteligencia, cálculo y estrategia para ser capaz de derrotarlos y cambiar realmente las cosas. Sin voluntad de correr riesgos, no hay acción política que merezca ese nombre. Sin pericia, el éxito es imposible.

No hay sustituto para la determinación. En el arrojo de este gobierno hay, sin duda, un impulso valiosísimo para romper una compleja red criminal. Es de celebrarse que el gobierno de López Obrador haya decidido enfrentar a quienes roban y comercian ilegalmente con la gasolina. No se exagera cuando se denuncia como un crimen contra la nación, como un delito que financia muchos otros delitos, como una transgresión de la que se alimenta un anchísimo territorio de ilegalidad. Sin osadía, poco se podría hacer contra ese mundo de complicidades arraigadas, de poderosos intereses que viven de ese desfalco. Había que actuar, asumiendo los riesgos de la acción, dispuesto a pagar los costos de un enfrentamiento necesario. En asuntos como éste la ambición histórica puede ser de enorme utilidad. Ese llamado de la historia impulsa al gobierno federal a romper esa complicidad de la parsimonia que sentenciaba que era preferible no hacer nada a correr el mínimo riesgo.

Pero la determinación puede ser estéril o, más probablemente, resultará perjudicial si no se acompaña de un diagnóstico claro de la realidad, si no domina los instrumentos de acción, si no parte de un anticipo realista de las consecuencias previsibles de la intervención. El ajedrecista de Palacio Nacional no imagina la segunda jugada de la partida. En el arrojo del primer movimiento se lo juega todo. Esa parece ser la marca de la administración: nadie podría dudar de su determinación, pero es difícil encontrar buenas razones para confiar en su juicio. Lo que hemos visto en estos días se insinuaba desde antes. La política de López Obrador, al hacerle ascos a la técnica, con su activo desprecio de los especialistas, con su fascinación por lo simbólico, renuncia a la intervención razonada en el mundo. El episodio del combustible es buena prueba de ello. El gobierno decide enfrentar el contrabando de gasolina, pero no elabora una racionalidad estratégica. Los aplausos que recibe hasta el momento son sólo respaldos a la valentía. Se reconoce la intervención, pero no se advierte el plan. El poder hace sentir su presencia, pero no deja ver su inteligencia.

La política del desplante imagina que, tras la osadía y la catequesis, todo se acomodará a los deseos del voluntarioso. Política de lances y sermones. Ya hicimos algo. ¿Qué? No importa: dimos muestra de que actuamos. Por eso ya nadie va a robar. Ya no hay razones para dedicarse a eso. Se trata de una exhibición de poder decidido, tenaz, valiente. También del despliegue de una retórica moralizante. No el testimonio de un poder estratégico que enlace la previsión al arrojo.

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador empieza a cultivar su propia sombra. Si su antecesor sembró con su conducta y su ceguera una imagen indeleble de corrupción, el gobierno actual nos da razones para asociarlo, desde ahora, con la ineptitud. No digo, de ninguna manera, que el destino del gobierno esté sellado. Advierto solamente que ser el sexenio de la ineptitud es el mayor riesgo de esta administración. Esa es una posibilidad que incuba en el equipo que acompaña al presidente, en una administración pública depreciada, en una impetuosa maquinaria de decisión. Más allá de la grandilocuencia de sus propósitos, más allá del arrojo que pueda encontrarse en sus decisiones, el gobierno federal habrá de ser evaluado por su capacidad para transformar la realidad. No será evaluado por lo que quiere hacer sino por lo que provocan sus decisiones. No creo que la amenaza más seria de su éxito esté afuera. La ineptitud es su verdadero enemigo.

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09, Ene 2019

Migajas 2018

“La tarea del ojo derecho es mirar al telescopio, mientras que el ojo izquierdo mira en el microscopio.” Leonora Carrington ubicaba en ese estrabismo el genio de su imaginación. Lo diminuto y lo remoto se transfiguran en esa hechicería donde la luna es el ombligo de nuestras rotaciones y el cielo el imán que seduce a todos los cuerpos. De ahí también su fantástica zoología. La extraordinaria exposición que celebraba los cien años de la artista que ahora puede verse en Monterrey, capturaba todas las expresiones de su creatividad. Los lienzos, las máscaras, los títeres, los murales, los bocetos, los relatos, las cartas. A Tere Arcq y Stefan van Raay debemos la curaduría de este acontecimiento. En uno de los muros de la exposición podía leerse una doble revelación de sus ensueños: “Si hay dioses, no los creo de forma humana, prefiero pensar los dioses en forma de cebras, gatos, pájaros. Un prejuicio mío. Pero si se mueve alguna divinidad adentro del animal humano, es el amor.”

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 De Ida Vitale:

No respiran los pájaros:
por su canto respira el mundo.

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Las ilustraciones de Paul Sahre para el artículo publicado por el semanario del New York Times eran perfectas. Una botella con una etiqueta que anunciaba su vacío: Este frasco no contiene nada. Aplíquese diariamente hasta que los síntomas desaparezcan. Otro retrataba una medicina imaginaria: Placeborol. Refrigérese (o no). Las estampas acompañaban un artículo de Gary Greenberg sobre los placebos. ¿Y si el efecto placebo no es una farsa? El texto invita a tomar los chochos con seriedad. Sí: una pastilla de azúcar puede curar. O, por lo menos, ayudar a curar. Los descubrimientos recientes son una cachetada a los prejuicios de la modernidad: si un paciente se toma un vaso de agua con tres gotas de agua por prescripción de un médico al que respeta, tenderá a mejorar. Importa poco la sustancia. Cuenta la autoridad y la atención. Y si a una medicina se le cuelga un nombre rimbombante, tendrá un impacto mayor que si recibe un nombre ordinario.

Tal vez, sugiere, Greenberg, las tabletas inocuas activan una respuesta biológica al cuidado del otro; el celebro se enciende con la preocupación y el esmero de quien prescribe una pócima, desatando con ello una estela de reacciones fisiológicas. Si la mente es persuadida, el cuerpo sigue su pista. La mismísima escuela de medicina de Harvard ha creado un programa de estudios sobre los placebos. Su director sostiene que la curación de las enfermedades humanas no puede seguir siendo entendida como el uso mecánico de ciertas herramientas o el ciego suministro de sustancias. La relación entre el paciente y el médico (o el curandero, o el brujo) es determinante. Lo entendió bien Paul Valéry, un poeta, hace tiempo: los médicos usarán la ciencia pero no son científicos.

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Lo mejor que vi en pantalla en el 18 (además  de Roma, por supuesto, que se cuece aparte) fueron series documentales destinadas a la televisión más que a las grandeas salas. La primera, Wild, Wild Country, registra la aventura del gurú Bhagwan Shree Rajneesh (a quien se le conoció después como OSHO) en un diminuto pueblo de Oregon para fundar una comunidad utópica. La historia no solamente confronta a los seguidores del gurú con los pobladores originarios. También muestra las fricciones interiores, los delirios de los fieles, la ilusión sincera y los terribles permisos que toda secta se concede. Pocos personajes tan fascinantes, tan magnéticos como los que aparecen en esta serie de los hermanos Maclain y Chapman Way producida por Netflix. También ahí puede verse la serie monumental de Ken Burns sobre la guerra de Vietnam. Un lamento en diez episodios y dieciocho horas que recoge testimonios de los dos extremos del conflicto: delirios del poder y lágrimas. Locura, autoengaño, mentira y duelo.

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A cincuenta años del año que cambiara la vida de Octavio Paz, aparece un sitio en internet que aspira a recoger todas las cosas pacianas. En zonaoctaviopaz.com pueden encontrarse cartas, fotos, poemas, ensayos, conversaciones, entrevistas. Lecturas del poeta: lo que él leyó y lo que en él se ha leído. Ahí podrá encontrarse una nota, por ejemplo, de Jorge Cuesta hablando de un joven de veinte años. Y su presagio: “Octavio Paz tiene un porvenir.”

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07, Ene 2019

Épica

Empieza ya a notarse una disonancia crucial en la marcha de la política mexicana. El presidente, incansable y omnipresente, imagina su gobierno en clave épica. Piensa que todos los días se logra una hazaña. Todas las mañanas celebra la epopeya que es su gobierno. Que nadie piense que ésta es una administración ordinaria. Es, ni más ni menos que la cuarta ocasión en que el pueblo mexicano toma el control de su destino. A su juicio, vivimos jornadas que, dentro de algunos siglos, serán estudiadas por los niños. Esa es la dimensión de la megalomanía. Antes de inaugurado, se celebraba ya este gobierno como el Cuarto Nacimiento de la Patria. Al mismo tiempo se escucha otra tonada. Es el rumor de las persistencias, esa realidad que no se transforma de la noche a la mañana. Es la complejidad que se resiste a ser comprimida en el mundo en blanco y negro de la retórica oficial. Es la voz de las instituciones que habla otro lenguaje, que tiene otros tiempos. Es imposible hacer rutina con la épica. La felicidad nacional no puede nacer todos los jueves. A esa imposibilidad se enfrenta el gobierno de López Obrador.

El presidente entiende de ese modo la política. Es sincero en su convicción. No hay cálculo ni fingimiento en su oferta del nuevo amanecer. En eso cree. Por eso no es sensato pensar que puede dejar atrás ese discurso, como si hubiera sido una camiseta de campaña. López Obrador está convencido de que la política, cuando es auténtica, cuando alcanza altura permite saltos en el tiempo. Lo detecta bien Enrique Krauze en su lectura del presidente historiador . Por eso los reformistas no le resultan atractivos. En toda reforma hay una negociación que juzga indecorosa, un acomodo que le parece sucio. La gloria—esa palabra tan importante para Maquiavelo, se ha hecho presente en su vocabulario—no está en la mejora, el remiendo, el adelanto. Está en una transformación que no es simple política ni mera economía: es conquistar el “bienestar del alma.“ Los políticos a los que admira son los que rompen con tradiciones, aquellos que, incluso con el sacrificio, se apartaron radicalmente del pasado para fundar una nueva era. En numerosas ocasiones ha hecho escarnio de los moderados, esos cobardes que sirven involuntariamente a los conservadores.

El problema con la épica es que se lleva mal con el pluralismo democrático. Imagina una batalla histórica y la representa obsesivamente. Se vuelve, así, esclavo de su propio cuento. La política épica es incapaz de sacudirse la imposición de un libreto que termina siendo muy bobo. Se trata de identificar al villano y de aclamar al héroe. La visión épica del mundo puede ser persuasiva y ha demostrado su eficacia electoral, pero no es una perspectiva saludable para gobernar en un entorno democrático porque ciega a quien ha de tomar decisiones complejas. Lo que importa en esa dimensión es identificar al monstruo y blandir con energía la espada. La muy tonta reacción del Secretario de Comunicaciones ante la crítica de José Antonio Meade a la cancelación del aeropuerto es un perfecto ejemplo de ese síndrome: no escucho lo que dices porque eres quien eres. Ese es el tic del maniqueísmo épico: la descalificación moral de quien discrepa se basa en la convicción de que la historia es un templo para los héroes y el basurero de malvados.

Ante la invitación de un dirigente de Podemos a reencender la épica en la política española, Javier Cercas respondió de inmediato que en la democracia no hay espacio para la épica y que, en realidad, el principal deber de las instituciones democráticas es desterrar esa lógica. “La política democrática no se parece a la épica arrebatada de Juego de tronos, donde héroes y monstruos pelean a muerte por el poder en dos continentes ficticios en medio de guerras, torturas, violaciones, secuestros de niños y asesinatos en masa; la política democrática se parece a la prosa serena y razonable de Borgen, donde hombres y mujeres comunes y corrientes, dotados de sueños, pasiones, deseos y debilidades mediocres de perfectos antihéroes, se esfuerzan por mejorar la vida de sus conciudadanos en una Dinamarca real, o por lo menos verosímil.”

Lo cierto es que no hay López Obrador sin épica. Sospecho que los límites de su política estarán determinados por la leyenda que imagina.

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31, Dic 2018

Nueces del 2018

El Pueblo contra la democracia, el trabajo de Yascha Mounk sobre el populismo, es seguramente el libro de teoría política más importante del año. El más comentado, el más discutido. Recientemente Paidós lo ha traducido al español. El profesor de Harvard identifica en el texto los orígenes del populismo y las razones de su seducción. Advierte igualmente los peligros que encierra esa pretensión de ejercer el monopolio moral de la representación política al encarnar a un pueblo siempre unido, bueno y sabio. Podría decirse, que el trabajo se queda, sin embargo, en las nubes de la teoría. En un artículo reciente publicado en el Atlantic que ha firmado junto a Jordan Kyle, Mounk intenta analizar objetivamente el desempeño de los gobiernos populistas contemporáneos. ¿Son eficaces? ¿Consiguen lo que prometen?

La pregunta es importante. Después de todo, las cuatro democracias más pobladas del mundo son gobernadas hoy por populistas: Modi en la India; Trump en Estados Unidos, Widodo en Indonesia y Bolsonaro en Brasil. ¿Cuál es en realidad el desempeño de los liderazgos y movimientos populistas en el mundo? ¿De qué manera puede contrastarse con políticas que no lo son? Mounk y Kyle identificaron cuarenta y seis dirigentes populistas en el mundo en treinta y tres países democráticos de 1990 hasta ahora. El primer resultado es claro. Los populistas son eficaces para conservar el poder. Los gobiernos populistas duran en el gobierno más del doble de tiempo que sus rivales. Su permanencia puede ser prueba de su respaldo. Sin embargo, los estudiosos advierten que solo una minoría de esos líderes deja el poder tras el castigo de los votos y que muchos prolongan su mandato tras alterar las reglas de la competencia. Lo más relevante, sin duda, es qué es lo que los populistas hacen con el poder. ¿Provocan efectivamente un deterioro institucional? ¿Aportan legitimidad? ¿Refrescan el pacto entre sociedad y gobierno? Las conclusiones de Mounk y Kyle no son alentadoras. Cerca de la mitad de los gobiernos populistas reescriben las reglas para debilitar los contrapesos y restringir el disenso. Tampoco son particularmente exitosos los gobiernos populistas en la lucha contra la corrupción. Si ofrecen sacar a sus países del pantano de la corrupción, suelen enlodarlo aún más.

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Pregunta John Gray: ¿Por qué será que los liberales siguen leyendo tan mal el presente?

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Los entuertos del presidente Trump atizan la ilusión de que su ascenso es un paréntesis en la historia. Tan sorprendente fue su victoria que se abriga la esperanza de que su presidencia terminará antes de tiempo. Se cerrará así la excepción y volverán las cosas a su sitio. El centro se recompondrá, los partidos recuperarán sus tradiciones y se pondrá fin a la caótica política del mitómano. No parece ser así. El terremoto ha cambiado a tal grado los puntos de referencia que no hay vuelta posible. Lo escribió hace poco el búlgaro Ivan Krastev, uno de los politólogos más lúcidos de nuestro tiempo. El impacto de Trump en la política mundial permanecerá mucho tiempo después de que deje la Casa Blanca. La marca que dejará en la historia será mayor que el que hayan dejado Bush u  Obama. “El mundo post-Trump no será el mundo pre-Trump.”

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Amos Oz recomendaba La vida de Brian en su brillante ensayo contra el fanatismo. En la película de Monty Python, el protagonista le dice a sus discípulos: “Todos ustedes son individuos.” La multitud responde: ¡Todos somos individuos!” Uno disiente. Tímidamente dice: “Yo no.” El montón lo calla de inmediato. La urgencia de pertenecer, la vocación de uniformarse suele ser el primer paso del fanatismo. Muy pronto se transforma en culto a los seductores.

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Tuiter, más que una plataforma de comunicación, es un reality show, escribió el historiador holandés Ian Buruma. El medio perfecto para un farsante narcisista como Donald Trump. “Normalmente no tenemos oportunidad de ver u oír sin filtro los pensamientos de otros (salvo, tal vez, en un bar). Antes los diarios pasaban las cartas al editor por un cuidadoso escrutinio para no dar publicidad a fanáticos y maniáticos; lo privado era privado. Pero con Internet eso cambió: ahora cualquiera puede airear sus pensamientos sin importar lo repelentes o absurdos que sean.” Es el reino de la ocurrencia y el prejuicio.

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24, Dic 2018

De música

Esta noche es Noche Buena y me doy permiso para escribir de música en estas páginas. No tiene mucho sentido hablar hoy de presupuestos y de congresos, del presidente locuaz y de sus fieles, de polémicas leyes o decretos. Para eso hemos tenido todo el año. Las fiestas piden apartarse de las rutinas y cambiar la conversación. Hablar, por ejemplo, de música.

Hablar de música no es hablar de un pasatiempo sino de un lenguaje que, al escapar de las tenazas de la lógica, nos permite interrogar y celebrar la existencia. Lo decía con admirable elocuencia Nikolaus Harnoncourt al recibir el Premio Erasmo en reconocimiento a su contribución a la cultura europea. El violinista y director austriaco hablaba de la música como uno de los pilares fundamentales de la cultura occidental, una columna que ahora se trata como simple entretenimiento, como un pasatiempo, una compañía tan constante como trivial. Nunca hemos estado tan llenos de música como ahora. La música nos envuelve, nos persigue y, tal vez por eso mismo, no ha sido nunca tan irrelevante. Música en el elevador, en el camión, en la calle, en la casa, en el baño, en el mercado. En la palma de la mano podemos escoger de entre millones de canciones, sin detenernos un segundo a festejar su misterio. La música puede ser hermosa, posee al cuerpo, se convierte en una adicción. Pero ahí no está lo importante, dice Harnoncourt. Más allá de la belleza de sus armonías y de lo pegajoso de sus ritmos, es la puerta de lo inefable. Hechizo inquietante, conmovedor, misterioso.

Lo más humano y lo más divino a lo que tenemos acceso. Cantar, ha dicho ese gran melómano que es George Steiner, es “la más carnal y la más espiritual de las realidades. Acopla alma y diafragma.” Idioma intraducible, a fin de cuentas, indescifrable. El oído acoge con deleite el “no se qué,” aquello que no puede ser nombrado, aquello que no se entiende y, sin embargo, otorga sentido. Entre los silencios, el paréntesis de la música. “Una duración encantada, dice el filósofo Vladimir Jankélévitch, una efímera aventura y un breve encuentro que se aísla dentro de la inmensidad del no ser”. Octavio Paz escribe en un poema:

Así como del fondo de la música
brota una nota
que mientras vibra crece y se adelgaza
hasta que en otra música enmudece,
brota del fondo del silencio
otro silencio, aguda torre, espada,
y sube y crece y nos suspende
y mientras sube caen
recuerdos, esperanzas,
las pequeñas mentiras y las grandes,
y queremos gritar y en la garganta
se desvanece el grito:
desembocamos al silencio
en donde los silencios enmudecen.

Todo ser humano, decía Harnoncourt, tiene el derecho a entrar en contacto con el lenguaje de la pintura y de la poesía. Ser capaz de comprender el vocabulario y la gramática de la música. Negarle a un niño este trato con las artes sería tan abusivo como bloquearle el acceso a las letras, los números o la historia. Formarnos en el arte es abrirnos a la posibilidad de ser transformados por el genio de la fantasía, la imaginación. “¿Qué habría pensado Albert Einstein, preguntaba, qué habría descubierto, si no hubiera tocado el violín? ¿No son las hipótesis atrevidas, las más fantasiosas, las que sólo alcanza el espíritu imaginativo—para que luego puedan ser demostradas por el pensador lógico?”

La gran pasión de Einstein fue la música. Era incapaz de pensar sin música. No viajaba sin Lina, su violín preferido. El mayor placer que me ha dado la vida ha venido de sus cuerdas, decía. De Mozart dijo algo interesante: más que creador de su música, fue el descubridor de una armonía universal. Fue el maestro que captó el sonido eterno del universo. El genio de la música escucha el universo, el genio de la física lo deduce. No es que la música fuera para él un pasatiempo, era parte esencial de su proceso intelectual. Lo notaba Elsa, su segunda esposa quien advertía el vaivén de su pensamiento: del escritorio donde trabajaba en sus teorías a la sala donde tocaba el violín, y de regreso. Su hijo Hans Albert coincidía: cada vez que en su trabajo topaba con pared, escapaba a la música. Tarde o temprano, el violín sugería la solución. Pudo haber coincidido con John Keats: la belleza es verdad, la verdad, belleza.

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17, Dic 2018

De autonomías

La democracia se alimenta de la sospecha. También se nutre de esperanzas, por supuesto, pero en el recelo encuentra su equilibrio. Las instituciones que desentonan de la voluntad mayoritaria son tan importantes como aquellas que pretenden expresarla. La democracia está en el voto que constituye gobierno y en las muchas instituciones y prácticas que lo restringen y vigilan. El brillante politólogo francés Pierre Rosanvallon ha propuesto un término para nombrar esa política de desconfianza. “Contrademocracia” llama, no a lo contrario a la democracia, sino al complejo de resistencias que se configuran en un régimen pluralista en contra del poder de los elegidos. Instituciones de vigilancia y de denuncia, instancias arbitrales, medios que develan los secretos, órganos técnicos diseñados para actuar con independencia de la presión popular. La democracia, a pesar de lo que dicen los demagogos, no supone, en modo alguno, confianza en la infalibilidad del pueblo o de institución alguna. En democracia se cree y se duda, se afirma y se refuta.

Arremeter contra los órganos de la desconfianza es debilitar equilibrios esenciales.  Resulta preocupante el embate de la nueva política a esos órganos de la suspicacia. El cambio electoral de julio sería, a juicio de la nueva clase política, una instrucción a todos los órganos del poder para seguir la guía del presidente de la república y para abrazar su proyecto. ¿No se han dado cuenta de que el país ya cambió políticamente?, preguntan insistentemente. Insinúan que todos deben alinearse. Esta visión unitaria de la política desconoce el aporte de quienes no siguen instrucciones del votante. La máquina democrática exige que las piezas estén enfrentadas persiguiendo propósitos distintos, defendiendo intereses contradictorios. No lo entienden así los nuevos jerarcas. Para el presidente, los órganos autónomos no son más que burocracias privilegiadas, estorbos a la clara voluntad del pueblo. Gastos inútiles. A su juicio, estaríamos mejor sin ellos. Tiene razón, sin duda, cuando advierte excesos en salarios y prestaciones de sus titulares. Acierta al denunciar el gigantismo de algunos. Seguramente se pueden encontrar formas para adelgazarlas y hacer más eficiente su actuación. Pero se trata de órganos indispensables que nos proveen de información valiosa, que pueden activar alarmas necesarias, que pueden denunciar desviaciones peligrosas, que pueden corregir errores. Debilitar estos órganos que han aparecido en la última generación es perder reflejos para actuar, es arrancarnos ojos, amputarnos brazos. Insisto: hay espacio para la reforma, para la compactación de instituciones que crecieron desmedidamente. Pero no podemos darnos el lujo de vivir sin ellas.

La primera víctima de esa fobia contra las autonomías será, al parecer, el instituto de evaluación educativa. La propuesta de reforma, diseñada ostensiblemente para congraciarse con los sindicatos, entrega a los dueños de la representación otro obsequio: el cadáver de un órgano que, con independencia de la administración y del gremio, podía presentar reportes oficiales sobre los resultados de la política educativa. Si la funesta iniciativa de reforma constitucional propuesta es aprobada, habremos perdido, además de los mecanismos de mérito para la selección y promoción de los maestros, una instancia oficial confiable que nos permitía medirle el pulso a la educación. La oficina que se creará en sustitución de ese órgano estará supeditada a los cálculos y los intereses del poder. El feo nombre que se propone para designarla anticipa el sentido de sus trabajos: se trata de presentar estudios que ayuden a mejorar la autoestima de los trabajadores y a promover su imagen pública. Se entiende que nada que los ofenda merece salir a la luz. “Jamás otra campaña de desprestigio contra los maestros,” ha dicho enfáticamente el presidente. La instrucción con la que nace el instituto para la revalorización el magisterio es clara, ningún reporte, ningún estudio, ningún registro que vaya en contra de su prestigio. Y si aparece alguna información políticamente contraproducente, habrá, por supuesto, que callarla. Si se descubre una información amarga, a dulcificarla para no incomodar a nadie. Nada que lastime la sensibilidad de los maestros. Perdimos un instituto autónomo. Se nos ofrece, en remplazo, una agencia de publicidad de los sindicatos.

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