18, Jun 2018

Sobre un volcán

El  27 de enero de 1848 el diputado Alexis de Tocqueville tomó la tribuna de la Asamblea para dirigir un mensaje urgente a Francia. Veía una profundísima crisis moral que terminaría por cambiar la historia. Lo que temía desde su viaje a Estados Unidos se volvía una amenaza palpable. Sentía la formación de una energía popular en condiciones de desbordar el baluarte de los derechos. Reconocía la legitimidad de la indignación pero temía las consecuencias del encono. No olfateaba una revolución política sino una auténtica revolución social. Advertía que la democracia liberal, ese compuesto tan delicado, esa frágil mezcla que estudió en el nuevo continente, se escindía. Esto no es un simple cambio de gobierno, se aproxima un sacudimiento telúrico. Hablaba un observador convertido en político. Hablaba también un político que no dejaba de meditar sobre la “fisonomía indecisa” del presente. Se detenía en los orígenes del furor y no dudaba en identificar la causa histórica. Más allá de las personalidades en pugna y de las dificultades del momento, había una causa que hermanaba esta revolución naciente con todas las previas. Era más política que económica y más moral que política. “Cuando trato de ver, en los diferentes tiempos, en las diferentes épocas, en los diferentes pueblos, cuál ha sido la causa eficiente que ha provocado la ruina de las clases que gobernaban, veo perfectamente tal acontecimiento, tal hombre, tal causa accidental o superficial, pero podéis creer que la causa real, la causa eficiente que hace que los hombres pierdan el poder es que se han hecho indignos de ejercerlo”. Los cambios abruptos de la política, los grandes saltos de la historia no se originan en la miserias sino en el agravio. Las revoluciones no son súbitos estallidos justicieros, son efecto del poder vuelto indecencia.

Si la monarquía cayó, dice el moralista, fue porque, al aparecer la rebelión, estaba ya podrida. Nadie puede dudar de que conservaba fuerza y riqueza. Nadie ha negado el apoyo que tenía en las costumbres y en las creencias más antiguas. Era imponente… y se convirtió en polvo. ¿Por qué? Para responder su pregunta, Tocqueville no busca en las tablas de impuestos y de gastos del Estado. No trata de identificar el genio del revolucionario que rehizo la historia a su medida, ni se empeña en ubicar el error catastrófico. Es la corrupción lo que hace insostenible cualquier arreglo de gobierno. La corrupción carcome lo elemental. “Por su indiferencia, por su egoísmo, por sus vicios, la clase que entonces gobernaba se volvió indigna e incapaz de gobernar”.

El artículo completo puede leerse en nexos de junio…

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18, Jun 2018

Corrupción y lealtad

Andrés Manuel López Obrador está convencido de que México padece un solo problema. Un problema del que surgen todos. Los más antiguos y los más complejos comparten raíz. La corrupción es causa de la desigualdad, de la falta de crecimiento, de la delincuencia, de la contaminación, de la baja calidad educativa, de lo que sea… Resolver la corrupción es solucionarlo todo. El primer lopezobradorista de la nación no tenía que escuchar las preguntas que se le formulaban en el último debate porque tenía la misma respuesta para hablar de cualquier reto del país. Terminar con la corrupción es la medicina que lo cura todo. Lo curioso es que la medicina de Andrés Manuel López Obrador para combatir la corrupción es Andrés Manuel López Obrador. Si soy presidente acabará la corrupción. La frase no ha sido un desliz de vanidad. La ha repetido muchas veces y seguramente se la cree. Si el presidente es honesto todos serán honestos: los secretarios, subsecretarios y directores; los gobernadores, los alcaldes, los policías y los inspectores. La omnipotencia del aura.

La voluntad política, el ejemplo público son, desde luego, valiosos en la lucha contra la corrupción. Pero creer que el hálito de santidad basta para terminar con la corrupción es un engaño. El gobierno de López Obrador en la capital no fue ajeno a los escándalos de corrupción. Tampoco dan mucha confianza muchos de los conversos a su causa. Que se engañen quienes quieran dejarse engañar. Que se tapen los ojos quienes quieran ignorar las evidencias de la corrupción que también rodea a quien será seguramente presidente de México.

En buen momento se ha hecho público el uso que la senadora Layda Sansores daba a la partida destinada a apoyar su labor legislativa. El reportaje de Denise Maerker de hace unos días, exhibió que la candidata de MORENA a la alcaldía de Álvaro Obregón empleó esos recursos para comprar, entre otras cosas, maquillaje y tintes de pelo; bacalao noruego y jamón serrano, joyas y juguetes de precio exorbitante. Nada que tenga, ni remotamente, relación con sus gestiones legislativas. Lo advertía bien Maerker en el reportaje: el problema no es solamente el abuso de la campechana que emplea esos recursos como le da la gana sino de la institución que avala esas prácticas. ¿Hay algún oficio que pidiera a la senadora justificar el vínculo entre la muñeca de $4,940.00 y sus actividades parlamentarias?

Decía que llega en buen momento el reportaje de Televisa porque anticipa una tentación en el futuro gobierno: creer que la lucha contra la corrupción es una lucha contra sus adversarios de siempre; negar que tendría que ser, también, una lucha contra muchos de sus aliados. Lo exhibido no deja lugar a dudas. Nadie puede negar que se trata de un abuso grotesco. Así tenga la complicidad de la administración, así sea práctica habitual en el Senado se trata de un acto elemental de corrupción: emplear recursos que tienen un propósito público para beneficio privado. Ridícula ha sido la defensa que intentó la candidata en un comunicado en el que disfrazaba su abuso como un acto de beneficencia y en el que se retrata como víctima de los malos. Si de algo soy culpable es de ser una mujer generosa, escribía, con otras palabras.

Nadie puede ser elocuente cuando lo pillan con las manos en la masa. Era imposible que la candidata Sansores expusiera un alegato atendible. Sus aliados, en cambio, tenían la oportunidad de mostrar su compromiso con la probidad y con la ley. Todos, o casi todos, fallaron. Andrés Manuel López Obrador reaccionó como lo hace habitualmente: descalificando la crítica. Es parte de la guerra sucia, dijo el candidato presidencial. La candidata al gobierno de la Ciudad de México siguió la misma pauta. Para Sheinbaum los documentos (cuya autenticidad no ha sido cuestionada por nadie) eran calumnias. Lo más preocupante es lo dicho por Irma Eréndira Sandoval porque ha sido propuesta por López Obrador para ocupar la Secretaría de la Función Pública. Las revelaciones exigían a su juicio cerrar filas contra los enemigos: “Mi solidaridad y apoyo con (sic) nuestra senadora y próxima alcaldesa en Álvaro Obregón, Layda Sansores.” ¿Puede una mujer que reacciona de esa manera ocupar una posición clave en la lucha contra la corrupción?

Lo que retratan los reflejos de López Obrador, Sheinbaum y Sandoval es que en su lucha contra la corrupción importa más la lealtad que la probidad. Serán pillos pero son nuestros pillos.

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13, Jun 2018

Anthony Bourdain

Mucha razón tenía James Boswell al rechazar las definiciones habituales del hombre. Ni especialmente racional, ni tan dotado para la palabra y, desde luego, poco urbano. El hombre es, en realidad, un animal que cocina. Eso somos: animales empeñados en el aderezo de lo que comemos. Otros animales se comunican a su modo, muchos son gregarios, algunos fabrican instrumentos. Sólo el hombre dedica tiempo al condimento. En la cocina la imaginación transforma la necesidad en ceremonia. El alimento deja de ser subsistencia para convertirse en placer.

Anthony Bourdain era un cronista admirable de nuestro tiempo porque entendía precisamente el significado de los manjares. Conocer la comida de un lugar es entender a su gente. Cuando Anthony Bourdain recorría las ciudades del mundo en busca de cocinas, restoranes y comederos se zambullía en la cultura, en la política, en la historia. Gozosa antropología: el cocinero se aventura en los sabores, participa en los ritos del fuego, advierte los ritmos y las secuencias de lo platos, se adentra en la vitalidad de las tradiciones, escucha la leyenda de las recetas. No es la curiosidad por lo extraño, no es el morbo por lo extravagante, no es la fascinación con lo exquisito lo que lo movía sino lo contrario: la certeza de un paladar que nos hermana. Necesitaremos traductor de palabras pero no hace falta diccionario para compartir los placeres de la boca. La comida es lo que somos: nuestra tribu, nuestra biografía, nuestra fe, nuestras ilusiones, nuestra abuela.

El lavaplatos se convirtió en cocinero, el cocinero se convirtió en escritor y el escritor se convirtió en personaje de televisión. Después del éxito de su primer libro hizo de su fantasía irrealizable una propuesta televisiva. Quería  comer por el mundo y quiso que alguien financiara su sueño. Para su sorpresa, el boleto llegó con un contrato para su primer programa. Habría de brincar el resto de su vida de continente en continente retratando a esa curiosa especie que se deleita con el olor y el sabor de los alimentos. Descubrió muy pronto que la forma para acceder a la intimidad era preguntarles lo elemental: ¿qué comida te hace feliz?, ¿cómo es tu vida? ¿qué te gusta comer? ¿qué disfrutas cocinar? Cuando alguien te sirve una sopa te está contando su historia, te está hablando de su mamá, de su infancia, de sus amores.

Odió la fama y quizá la suya terminó perdiéndolo. Odiaba la pedantería gastronómica, el frívolo culto a las estrellas del espectáculo culinario. Su genio para la televisión nacía seguramente de su desprecio por la televisión. Hizo lo que le dio la gana. No buscó el plato perfecto, la cocción exacta, el aroma sublime. Era un aventurero, no un esteta. Su fascinación era la autenticidad, la plenitud que aparece alrededor de las viandas, las puertas que se abren con la excitación de las papilas. No hizo catálogo de restoranes exquisitos sino de loncherías, puestos de mercado, locales en la calle, fondas pequeñas que logran culto. Lo que tocan sus programas es, sencillamente, la experiencia de vivir. Al primer aroma se activa un mundo de recuerdos y de vivencias. Genial narrador y retratista. Admirable guía por lo desconocido, el más eficaz embajador de todas las cocinas del planeta. Honesto, un segundo después de una carcajada absoluta, daba pistas de su fractura. La maravilla de de su personaje televisivo no eran los platos deliciosos que provocan saliva de inmediato sino esa combinación de osadía y entusiasmo; de humildad y gratitud; de alegría e inteligencia, de apertura y fraternidad.

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11, Jun 2018

Votar con sangre

Hace unas semanas Eduardo Guerrero anunciaba en su artículo de El financiero al seguro ganador de las elecciones del 2018. No hacía proyecciones con los datos que arrojan las encuestas. No se refería a la elección presidencial. Hablaba de las organizaciones criminales que, sin aparecer formalmente en la boleta, están decidiendo la elección. Podemos estar seguros de que ganarán los criminales, adelantaba el experto en seguridad. Ganarán porque están eliminando a sus enemigos y porque han sometido a quienes ocuparán puestos en las alcaldías que son vitales para sus intereses.
Los homicidios políticos se han convertido en la noticia habitual de esta temporada. Algo tan común que apenas nos distrae de las frivolidades de las campañas. Hace un par de días el candidato a diputado federal por el PRI, Fernando Purón fue asesinado momentos después de participar en un debate con sus adversarios a la diputación del Primer Distrito de Coahuila. La noticia pasó casi desapercibida. Una muerte entre muchas. Más de un centenar de políticos han sido asesinados desde que empezaron las precampañas y nosotros seguimos hablando de las ocurrencias de los candidatos. Hemos hablado más de los apodos de los candidatos que del asedio que viven quienes hacen campaña en los territorios de la violencia. Es necesario subrayar la magnitud de la intimidación. Más de cien candidatos o aspirantes a candidatos han perdido la vida mientras buscaban el voto y faltan aún veinte días de campaña. Cada uno de estos actos de violencia irreparable es un gravísimo atentado a la convivencia democrática y nosotros volteamos la mirada. Para un país en paz, el mínimo asomo de la violencia contra quienes aspiran a la representación popular provocaría una conmoción nacional. Aquí nadie se desvía de su camino al enterarse del enésimo atentado. Una noticia veloz en el informativo, una nota en la esquina del diario, condenas de rutina, declaraciones de ensayada indignación. A la impunidad hay que agregar la indiferencia. Los crímenes no encuentran castigo y ya casi ni encuentran registro. El morbo de hace unos años se ha vuelto hastío. No hay interés por encarar lo abominable. Cambiamos de tema, cerramos los ojos, volteamos la cara. Por eso los candidatos pueden hacer como si esa tragedia no existiera, como si esa desgracia no fuera la amenaza más terrible a la convivencia, como si no fuera el problema que tendría que unirnos a todos. Así, entre la indiferencia de autoridades, medios y ciudadanía, se multiplican los atentados que dejan sin sentido el proceso democrático en amplias zonas del país.
La violencia nos recuerda lo elemental: en ausencia de ley, sin Estado la democracia, que es un modo de convivencia, es imposible. En julio se votará por miles de cargos a lo largo del país pero… ¿en cuántos de ellos debemos advertir que no habrá propiamente una elección libre? ¿En cuántos distritos, en cuántos municipios han faltado las condiciones elementales de competencia? ¿Cuántos votantes acudirán con miedo a votar? ¿Cuántos candidatos están al servicio del crimen? ¿Cuántos han desistido de participar para no enfrentar a los delincuentes? Lo que está sucediendo en las zonas violentas del país es la negación misma del proceso democrático. No puede haber una competencia abierta por el voto cuando antes de la aritmética electoral se imponen las balas. Si la violencia selecciona a quienes pueden competir, si el crimen ejerce su veto sanguinario no podemos hablar de un proceso representativo. Digo lo obvio: nuestra caída en la barbarie es incompatible con la civilidad de la democracia.
Durante décadas hablamos de condiciones de la competencia electoral. Hablamos del acceso a los medios, de las reglas del juego, del dinero y de los árbitros. Hoy debemos dar diez pasos atrás para hablar de las precondiciones de la competencia, es decir, de la paz, de la tolerancia, del respeto a la vida, de la renuncia a la violencia para defender el interés propio.
Hoy en México no se accede al poder mediante las armas pero se define el acceso al poder mediante las armas. No hablo, por supuesto de la política nacional sino de los territorios dominados por el crimen organizado. No son islas diminutas de violencia sino un vasto archipiélago de barbarie. Las mafias no tienen necesidad de asaltar directamente el palacio. No buscan ejercer directamente el poder. Quieren un poder a su servicio y para asegurarlo envían sus mensajes de muerte.

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06, Jun 2018

Una campaña, dos abortos

Las encuestas siguen registrando una enorme ventaja de López Obrador. Sus adversarios siguen mirándolo desde lejos, sin formar una alternativa desafiante. No me parece muy convincente el cuento de que la elección todavía está en el aire y que en las semanas que quedan, las cosas pueden cambiar.

Habremos de analizar durante mucho tiempo el juego de astucias y torpezas de esta elección. Registrar, por supuesto, la imposible campaña del PRI. Con la popularidad presidencial en los suelos, con el desprestigio del partido gobernante en mínimos históricos, nada pudo haber hecho el candidato presidencial de ese partido para ganar la presidencia de la república. El político más talentoso que pudiéramos fabricar con la imaginación habría fracasado. La candidatura de José Antonio Meade fue por eso una opción comprensible—por vergonzante. El PRI postulaba a quien presumía no tener una credencial del PRI. La apuesta fue fallida no solamente porque el candidato cargaba con un peso que ningún ser humano habría sido capaz de soportar sino porque el servidor público no se convirtió en político.

Sin embargo, la campaña del PRI ha sido superior a la del Frente. Reitero: carga con el estigma del gobierno y con las torpezas de quien brinca a la cancha sin tener la menor idea del deporte que tiene de jugar. Pero tengo la impresión de que en la campaña del priista hay, por lo menos, una consistencia en el discurso y, sobre todo, una ruta de aprendizaje. Meade ha aprendido en estas semanas intensas y, para él, ingratas. Incluso en la asunción de posiciones abiertamente impopulares, puede encontrarse dignidad. Meade no ha prestado oído a quienes lo llaman a romper con su propio pasado. Tal vez ha sido una equivocación política porque defender al presidente o exponer la lógica de sus decisiones es electoralmente perjudicial, pero no puede negarse que es una postura decorosa y, desde luego, respetable. Que no haya cedido a la tentación de la denuncia oportunista habla, a mi juicio, bien de José Antonio Meade, el político que nunca será.

En contraste a la adversidad que enfrentaba el candidato del PRI, el candidato panista tenía un escenario promisorio cuando asumió la presidencia de su partido. Acción Nacional no era un partido en crisis, era un partido con tensiones internas, por supuesto, pero era una organización fuerte. La gran ventaja del PAN era su ubicación en el sistema de partidos. Con un partido gubernamental impopular y una izquierda entonces dividida, el PAN era la alternativa natural para aplicar el castigo de las urnas. Morena era una apenas un brote y su líder parecía un dirigente fatigoso, con más pasado que futuro. La derecha panista era la opción más lógica para reprender al gobierno de Peña Nieto. El tormentoso liderazgo del queretano renunció a esa posición de. Esa es la escala de su responsabilidad histórica.

El Frente ha sido el peor error estratégico del PAN en muchas décadas. Sus efectos perversos serán duraderos. Acción Nacional perdió color, identidad, su orgullo; perdió, sobre todo, su sitio en el cuadrante de la política. Movido por su propia ambición, Anaya mordió un anzuelo que todavía le coge el cachete. No era difícil imaginarlo: una alianza de dirigentes no es una fusión de electorados. La suma restó. Los jerarcas de los partidos podían abrazarse pero los militantes no se conciliaban. Una alianza perniciosa y contraproducente.

El Frente no produjo un mensaje claro. Su candidato repite en toda oportunidad el mismo powerpoint pero no hay tenacidad sino brincoteo en su discurso público. Dos temas cruciales aparecieron para borrarse de inmediato. Hablo de dos asuntos nodales: ingreso básico universal y revisión del pasado inmediato. El Frente propone un cambio de régimen pero la propuesta no tiene ningún encanto. Hacerse acompañar por los representantes del foxismo y los burócratas de la partidocracia anula cualquier perspectiva de renovación. ¿Cambio de régimen con ellos? Charro políglota, niño prodigio que toca mil instrumentos, guionista de diálogos inverosímiles con sus hijos, polemista disciplinado y elocuente, Ricardo Anaya no logró mostrar que tiene talento para gobernar a un país.

Si López Obrador sigue creciendo es, en buena medida, porque sus oposiciones no nacieron. En 2018, una campaña y dos abortos.

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30, May 2018

Una novela criminal

El epígrafe es la clave. Las líneas no son volutas decorativas. Son la llave que permite descifrar un texto. De los cuadernos de Paul Valéry viene el epígrafe de la nueva novela de Jorge Volpi: “La mezcla de lo verdadero y lo falso es mucho más tóxica que lo puramente falso.” No hay ficción en Una novela criminal, advierte Volpi por la sencilla razón de que las mentiras las aporta el poder. El novelista recuenta la historia de Florence Cassez e Israel Vallarta sin imaginar escenas ni diálogos, sin condimentar los expendientes del juzgado y sin volar en especulaciones. Los hechos bastan. La complejidad de los personajes reales es suficiente para hilar una historia que es una cápsula del México que habitamos. Una historia de violencia y crimen, una historia que describe la batalla contra la deshumanización. Una historia que también muestra la pequeñez de esos poderosos que pueden aplastarnos.

El novelista no imagina, registra. Es la policía, al servicio de una cruzada política,  la que inventa narraciones inverosímiles. Entrenado escrutador de lo verosímil, el novelista se percata de inmediato de los absurdos que se ofrecen como coartada. El escritor apenas aparece como personaje secundario de la historia para dejar constancia de su perspectiva. Cuando necesita tomar cierta distancia de lo comprobable, lo apunta rigurosamente: esto imagino. Se trata de una valiosa aportación ética: honrar la verdad es advertir cuando se plantea una hipótesis, cuando se baraja una presunción. Masha Gessen, la brillante crítica de los gemelos que gobiernan en Moscú y en Washington, lo advertía al leer la diatriba de Michael Wolf contra Trump: el chismorreo que es incapaz de distinguir el hecho de la fabulación contribuye a la degeneración del diálogo. Cuando trozos de la verdad son coloreados con inventos, se degrada nuestro sentido de la realidad. Por eso puede decirse que el primer aporte de esta novela es ético: los instrumentos de la literatura le permiten al novelista documentar una causa criminal y explorar los enredos de un desencuentro diplomático pero lo hace bien ceñido a los hechos, a los instrumentos del proceso judicial, a los testimonios de los involucrados. Cuando se atreve a la conjetura, lo advierte; cuando imagina, lo previene. La posverdad, dijo Timothy Snyder en el panfleto que publicó hace unos años es prefascismo.

Novela que es crónica que es periodismo que sociología que es crítica legal que es denuncia política. Mirada que es, de principio a fin, literatura. Las tenazas del sistema de justicia no son la barbarie de Orient Express, dice al autor en alguna página de la novela. La opresión es propia de El proceso de Kafka. Los complejos y vivos personajes que aparecen a lo largo del libro pertenecen efectivamente a ese laberinto de caprichos que convierte una mentira en verdad. Esa es la tesis que asoma: en un mundo sin Estado y sin ley, las instituciones se alojan en un mundo paralelo, ajeno del todo a la realidad. Inermes, los ciudadanos no son solamente víctimas de la injusticia sino de una torpeza narrativa. El cuento más absurdo rompe vidas. La realidad no importa. Solo es real el poder de quien puede de dictar la realidad. Nada tan tóxico como la mentira enredada con verdades, advertía Valéry. ¿Y cuando la mentira se hace enreda con un poder irrefutable?

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28, May 2018

La ambición hegemónica

No hay aduana en Morena. Los ambiciosos pueden venir del PAN o del PRI y alojarse de inmediato en Morena. Pueden haber servido al sindicalismo más corrupto o haber trabajado para las satrapías más siniestras. Para acampar en Morena no se necesita dar explicación. Olga Sánchez Cordero, propuesta por Andrés Manuel López Obrador para ocupar la Secretaría de Gobernación, piensa que esa política muestra el carácter incluyente del partido. Más aún: cree que afiliar sin pedir el mínimo requisito pone en práctica el principio constitucional de no discriminación. Aquí no discriminamos a nadie, parece decir con orgullo. En realidad, esa carencia revela que Morena no se concibe como un partido, sino que tiene la ilusión de encarnar todo el mundo político. ¿Es casualidad que Morena rechace la pe de partido en su nombre?

Un partido es un ángulo no la totalidad del aro. En la tradición democrática, todo partido se reconoce como fragmento, como una porción organizada de la sociedad unida por ideas y proyectos comunes. Desea, por supuesto, la expansión. Quiere crecer, propagar su proyecto, multiplicar su influencia. No puede ser una asociación hermética, pero pierde sentido cuando arrolla los contornos indispensables. Como órganos del pluralismo, los partidos necesitan membranas que los separen de sus adversarios, que den sentido a la pertenencia y que sirvan de orientación a los votantes. La fervorosa convicción antipluralista del fundador de Morena ha sellado a la criatura. En la campaña del 2018, impulsado también por la enorme cargada de oportunistas, Morena pretende presentarse como la síntesis política de México. La voz de la legitimidad histórica.

Temo que la coalición que se ha formado en esta temporada trascienda la estrategia electoral. No se trata solamente de ampliar la base de votantes sino de rehacer el mapa y la dinámica de la política. El partido más joven del escenario nacional se perfila a ganar la presidencia de la república. Pero eso, tal vez, sea lo de menos. Lo que viene no es una simple alternancia como la del 2000. Estamos por presenciar la sacudida más profunda al sistema de partidos que hayamos vivido en nuestra historia moderna. No dedico tiempo a examinar la crisis de sus adversarios. Simplemente digo que bien podemos anticipar que el PRI quedará reducido a la irrelevancia y que el PAN se sumirá en una profunda crisis interior que le dificultará plantar cara a la nueva hegemonía.

Eso es lo que imagino: no una nueva mayoría, sino una nueva hegemonía. No un nuevo partido mayoritario sino un avasallador bloque político. Será un bloque amplio, popular, legítimo. Representará una esperanza de oxigenación. Presumirá mandato. En el tercer intento de López Obrador está puesta la mesa para una sacudida histórica. El profundo desprestigio del proyecto de modernización, la barbarie de la violencia cotidiana, la obscenidad de la corrupción preparan una mudanza sin precedentes. Es de esperarse que el terremoto de julio será acompañado por réplicas sucesivas. Tras el voto, seguirán seguramente las migraciones hacia el campo de los ganadores. La nueva hegemonía, recuerdo de la previa, tendrá satélites. Los ultras serán de gran utilidad para ese proyecto que busca cubrir todo el arco de las posibilidades públicas. La nueva hegemonía podrá definir la ley e irá ocupando poco a poco los órganos del Estado. Y a diferencia de la hegemonía postrevolucionaria, tendrá un carácter marcadamente personal. Una hegemonía al servicio de la Cuarta Estatua.

Aún antes del voto, podemos decir que la vieja brújula está rota. Muy pronto tendremos otro cuadrante y una nueva cartografía. Si cambiará la mecánica del poder no será solamente porque las piezas se reacomodarán, sino porque las ambiciones son de otra naturaleza: el relato de la Cuarta Transformación debe ser tomado en serio. El cuento importa porque, más allá de su dirección, significa un rechazo a las cadencias del reformismo y, sobre todo, a sus exigencias de moderación. El argumento histórico de López Obrador es precisamente que el reformismo es una trampa, una farsa. El cambio auténtico supone abandonar esa ruta de negociaciones que, a su entender, es el camino de las traiciones.

Todos estaremos a prueba.

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21, May 2018

La bomba de la confesión

El individuo es un invento cristiano, sostiene Larry Siedentop en un libro publicado hace unos años. La semilla del liberalismo no está en las especulaciones del estado de naturaleza ni en el inventario de los derechos. Se encuentra en la idea de la igualdad moral de todos los seres humanos, en la hermandad del mensaje cristiano. La naturaleza del mundo antiguo impone jerarquías por todos lados. Estrellas e insectos; amos y esclavos. La desigualdad es tan natural como el aire. Los rangos gobiernan la casa, la vida pública, el conocimiento. La razón, la libertad, el mando eran concebidos como lujos. El gran terremoto moral de la historia, sugiere Siedentop, es el mensaje cristiano, en particular, la concepción de Pablo. En cada ser humano está la vía de la salvación. La dignidad humana no depende del género ni de la condición política, ni de la nacionalidad.

Ese terremoto moral tiene una réplica literaria: la confesión. María Zambrano dedicó al género un ensayo admirable. En la confesión de San Agustín nace el sujeto, el yo que se contempla. La memoria del dolor. Quien se confiesa no observa el mundo ni inventa vidas. No es un fabulador ni filósofo. Es un solitario que se abraza. “La confesión es el lenguaje de alguien que no ha borrado su condición de sujeto; es el lenguaje del sujeto en cuanto tal. No son sus sentimientos, ni sus anhelos siquiera, ni aun sus esperanzas; son sencillamente sus connatos de ser. Es un acto en el que el sujeto se revela a sí mismo, por horror de su ser a medias y en confusión”.

El artículo completo, en nexos de este mes…

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21, May 2018

Nota al debate

Muy positivo fue que el segundo debate presidencial de esta temporada haya permitido la participación del auditorio. La intervención de los asistentes al foro organizado por el INE permitió una discusión más libre, más fresca y más auténtica. Es un avance. El evento de anoche volvió a presentarnos la naturaleza de las alternativas.

La palabra central en el discurso de Andrés Manuel López Obrador es la palabra autoridad. Anoche pronunció la palabra en varias ocasiones. Autoridad moral, dice, es la clave para recuperar el rumbo del país y para dialogar con el mundo. Esta noción es clave para entender su noción de liderazgo y para comprender su inserción en la conversación pública. La autoridad, como primacía en la virtud no tiene razón para debatir. En realidad, no puede decir que ofrezca razones. Expone su verdad con la certeza que es, por sí misma, guía de la acción. La figura de autoridad pretende encarnar un valor que no puede ser cuestionado. La autoridad es un emisario de lo incuestionable. Por eso la voz de la autoridad no tiene el mismo valor que la voz de la nuestra que, a menos de que coincida con aquella, es una voz que ha sido manipulada, que ha sido capturada por la mafia. ¿De dónde viene la torpeza de López Obrador para el debate? De ahí precisamente. Quien está convencido de tener el monopolio de la verdad, quien se considera el único faro de la moral no siente urgencia de debatir. El debate supone una actitud abierta al conocimiento, una disposición a reconocer el error propio, la aceptación de que, en toda controversia, hay valores en conflicto. Sus tres mandamientos, —¿son más?—son su único recurso ante cualquier cuestionamiento. Si algún día fueron ideas ya son frases secas. No hay sutileza alguna en su discurso, no hay detalle en sus propuestas, no hay interés alguno en los pormenores de la gestión pública. Todo es sencillo: basta su voluntad para que un nuevo México nazca. Si su discurso es una maraña de contradicciones es porque se desentiende de la aplicación concreta de sus propuestas. Fue una mala noche para López Obrador. Dudo que afecte su carrera a la presidencia pero se le vio nuevamente torpe, incapaz de escuchar a los otros, incapaz de responder preguntas concretas y de reaccionar con mínima agilidad.

La voz de José Antonio Meade es la del experto. Por eso la palabra central en su discurso es experiencia. Entiende la política como el último peldaño del servicio público. Por eso supone natural su ascenso a la presidencia. Sabe identificar con claridad retos concreto, las herramientas jurídicas que pueden emplearse y reconoce las restricciones presupuestarias. El multisecretario puede exponer un plan detallado para resolver cada problema incorporando en su diseño las mejores prácticas internacionales. Pero ahí se atranca su discurso. El candidato del PRI no alcanza a distinguir la oposición entre el político y el funcionario. Weber lo vio muy claro: nada hay tan distinto a un buen político que un buen funcionario. Los talentos del burócrata son las torpezas del político. No se encontrará en el discurso de Meade esa capacidad que es central en un hombre de Estado: apreciar la naturaleza de la circunstancia, advertir las insinuaciones del presente y pintar las promesas deseables. Meade tuvo anoche un mejor desempeño en el debate. Fue más fresco, más enfático, más persuasivo.

Me parece que quien mejor se desenvuelve en espacios como el de anoche es Ricardo Anaya. Tiene la disposición a escuchar preguntas, a recibir críticas y está atento a lo que sucede en el foro. Tiene un perfecto control de su dicción, no tropieza con la boca, está libre de muletillas. Se muestra preparado y con disciplina. Sabe improvisar. Puede desplazarse de la anécdota que comunica emociones, al dato que refuerza un argumento y al ataque certero. Es el único de los participantes que parece disfrutar del debate, que se crece con el cuestionamiento. Anoche pudo distribuir ataques a sus dos adversarios. En su talento, sin embargo, hay un histrionismo que parece hueco. La suya es una teatralización eficaz pero insustancial. Ninguna idea queda de su participación de anoche. Por eso es poco duradero el impacto de las palabras de Anaya. Lo             que admiramos en su desempeño es la impecable preparación de un locutor de infomercial.

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14, May 2018

Educación: dos mensajes

Este gobierno ha hecho del narcisismo, su principal política pública. Los recursos públicos sirven para celebrarse. El Estado Narciso se adora y pretende que todos nos unamos en el amor a su espejo. Lo triste es que ese cuento romántico no acaba bien: pocos aman a quien tanto ha invertido en su amor propio. La revelación reciente del diario Reforma vuelve a retratar a una administración con prioridades extraviadas. La SEP gasta más en promoverse que en capacitar a los maestros. Si alguien quiere una cápsula de las aberraciones morales de este gobierno puede quedarse con los datos que se han hecho públicos.

Hacer mal lo bueno es peor que hacer lo malo. Lo dijo, de mejor manera, Gómez Morin pero no encuentro su línea para ponerla entre comillas. Tenía razón: la incompetencia, la vanidad, la corrupción pueden contaminar el proyecto más encomiable. Ese es, seguramente, la peor herencia de la actual administración: desprestigiar una agenda razonable de apertura, manchar una sensata apuesta de contemporaneidad. En la manera en que el gobierno ejerce su gasto se exhiben sus verdaderas prioridades. Ahí se advierte igualmente su escasísimo respeto por las normas, su opacidad y las torpezas de su ambición. Los gastos en la SEP ensucian una reforma que, a mi entender, sigue mereciendo defensa. Dime en dónde gastas y te diré qué es lo que te importa. Se nos ha dicho hasta la saciedad que la reforma educativa de esta administración implicaba el poner el interés de los niños y de los jóvenes por encima de las ambiciones de los políticos pero al titular de la SEP le importó menos la capacitación de los profesores que su imagen. El narcisismo de la clase política debilitó la reforma que promovía y contribuyó a su desprestigio. ¿Puede negarse que las prioridades de la Secretaría de Educación Pública siguen estando de cabeza? ¿Puede negarse que el interés de los niños y los profesores sigue estando por debajo de las vanidades de los políticos?

Si el reportaje de Reforma sobre los gastos en la SEP permite identificar la manera en que gobernaron los priistas de la nueva generación, la controversia dentro de Morena sobre la política educativa puede adelantar los problemas que tendría una probable administración de López Obrador. El populista, dice el especialista Jan-Werner Müller vive en un mundo de fantasía: se imagina una oposición radical entre las élites corruptas y un pueblo homogéneo y moralmente puro. (¿Qué es el populismo?, México, Grano de sal, 2017.) La fábula puede tener sentido desde la oposición pero… ¿qué pasa si se conquista el poder? ¿Cómo puede conciliarse la responsabilidad de gobierno con la obsesión conspirativa?

Aún accediendo al poder, el populista necesita de la polarización. La confrontación con los enemigos es un combustible insustituible. Por eso habrá de escenificar espectáculos de proximidad popular, ocupar con los suyos todos los espacios del poder, acusar a los adversarios de ser agentes del antipueblo. Un barranco de ineficacia se abre de inmediato: mientras la gestión gubernativa exige atención al detalle, comprensión de la complejidad y diálogo con los actores relevantes, el liderazgo populista se obstina con la fisura maniquea para calentar el debate con notas bélicas.

Lo advierte el populistólogo Müller: Los populistas en el poder tienden luchar contra las organizaciones de la sociedad civil porque amenazan su aspiración de representar moralmente y en exclusiva al pueblo. Por eso sostienen que la sociedad civil no es realmente la sociedad civil y que cualquier oposición es contraria a la verdadera voluntad del Pueblo. Lo que ha sucedido esta semana en el campo de Morena me parece revelador. Mientras sus asesores formales en materia educativa responden a un requerimiento de organizaciones cívicas para exponer las líneas de su concepción educativa reconociendo algunas virtudes de los cambios recientes, el caudillo reitera su intención de tirar al caño la reforma educativa, se lanza contra los fifís que no entienden al pueblo y coquetea con los líderes de los sindicatos magisteriales. Así ha sido en todas las órbitas durante la campaña: un líder que antagoniza y un equipo que constantemente pretende atemperar la provocación. No es probable que esta tensión desaparezca en el gobierno. Su equipo será, seguramente, su primera víctima.

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08, May 2018

Avisos del capricho

Los panistas se reconcilian en Morena. Mientras Ricardo Anaya celebra el cumpleaños de un PRD moribundo e insignificante, Andrés Manuel López Obrador se hace acompañar de dos expresidentes del PAN. Los oficios del tabasqueño han servido para que la derecha y la ultraderecha se reencuentren en el partido que le pertenece. En la incorporación ayudan tanto el cálculo como el resentimiento. Treparse a ese tren en estos momentos no parece asunto de convicciones ni mucho menos de riesgo. Aliarse a Morena hoy es ponerse la camiseta del equipo que está por ganar el campeonato. Debe resultar también una satisfacción tras el agravio, una manera de reparar una lastimadura personal, disfrazar con la nobleza de una causa, la miseria del resentimiento.

Los expresidentes panistas que han abrazado el lopezobradorismo recibieron premios de inmediato. No tuvieron que hacer ninguna fila. No tuvieron que esperar ni un minuto para obtener la recompensa. Su conversión y las penosas palabras devocionales que han dirigido al Amado Líder han bastado para recibir de Él, inmediatas muestras de su afecto. Uno habló del admirable temple moral del dirigente que cambiará la historia de México. Otro escribió que brincar al bando de los ganadores debería considerarse, en realidad, como ¡un acto de rebeldía! La pirueta les ha sido, sin duda, rentable. Uno será senador. El otro coordinará las relaciones del partido con la sospechosa sociedad civil. El foxista y el calderonista, el yunquista y el libertario adelantaron de inmediato a los fundadores de Morena que, silenciosamente debieron aceptar la resolución del Fundador. Al parecer, nadie disfruta en ese partido de tantos privilegios como los advenedizos.

No condeno el transfuguismo. Cambiar de barco es un ejercicio de libertad. Si el cambio de lealtad merece respeto dependerá de las circunstancias y de los argumentos esgrimidos. Del Elogio de la traición, aquel librito de Denis Jeambar e Yves Roucaute, aprendí que cierta dosis de traición es necesaria en democracia. Lo es porque la lealtad debe justificarse siempre y no entregarse como si fuera compromiso vitalicio. Cambiar los apegos permite el cambio, suaviza el conflicto, oxigena. No se entiende la historia de la política mexicana reciente sin las traiciones que en buen día rompieron aquel partido hegemónico. Bienvenidos los traidores que cambian de casa con buena razón. Lo que me inquieta no es el oportunismo o los rencores de los conversos al lopezobradorismo. Lo que me interesa es el mensaje que el dirigente envía cuando celebra la genuflexión de los conversos, al tiempo que doblega a los suyos. Creo que es una señal preocupante.

López Obrador no oculta su satisfacción al contemplar la indignidad de ese enemigo que ahora se pliega a su poder. Los premios de bienvenida pueden verse como un gesto de apertura. Con un simple acto de reverencia, el partido te gratifica. El agasajo a los advenedizos es, sobre todo, un mensaje a los suyos. Morena tiene dueño y sólo a él corresponde definir los premios y los castigos. Si López Obrador decide integrar a su campaña al priista más corrupto, al evangélico más intolerante, al delincuente más cruel, lo podrá hacer. Solo los fieles más atrevidos dirán que no les gusta el nuevo aliado pero dirán inmediatamente que se trata de un signo de tolerancia en pro de la reconciliación. El resto permanecerá callado.

Las amabilidades son advertencia a quienes creyeron que formaban con él un movimiento político y una institución democrática. Toda la energía de esa organización depende del dedo índice de López Obrador. Germán Martínez pudo haber dicho hace poco tiempo que Lázaro Cárdenas era un cadáver apestoso pero, si el caudillo le concede perdón, lo hará por su voluntad única e infalible, senador de la república. Manuel Espino podrá ser un homófobo cavernario, el representante de la derecha más pedestre pero, si se le antoja al dueño, será el puente de Morena con quien se le ocurra. Las cortesías son provocaciones a los suyos: pruebas de lealtad. Me da la gana hacer esto. Quien se oponga que dé un paso adelante.

López Obrador ha dado prueba de que puede hacer con su partido lo que le da la gana. Se cree también con el derecho de declarar al enemigo. Aquel es un periódico reaccionario, este un periodista burgués, aquel un empresario pernicioso. Cada declaratoria deja en suspenso la siguiente: ¿quién entrará mañana a la lista de los odios?

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02, May 2018

La mujer lila

Joy-Laville-2

Todo es brisa. No viento: brisa, soplo casi imperceptible, caricia de aire. Hay brisa en su mar y en su arena, en sus floreros, en el pelo de sus mujeres y hasta en los muros que aparecen de pronto. Soplan los colores en los cuadros de Joy Laville. Rosas, lilas, mentas, azules, lilas. Los colores contenidos dialogan con la vastedad. Juego de contemplaciones: el mar observa atentamente a la palmera, la colina se arrulla con la costa, la arena y el paseante se admiran en silencio.

Revelación de lo elemental: una mujer en la playa, las flores en su vaso, un avión suspendido en el aire. No hay ciudades ni ruido; no hay artefacto más complejo que un sillón, no hay ingeniería superior a la de un florero. Sobran los zapatos y las telas. Los paisajes de Joy Laville son declaraciones de la simpleza más entrañable: cada quien ante el mundo. No hay misterio en el mar, en la silueta de las colinas, en la copa despeinada de las palmeras. Solo hay belleza. No son paisajes de un intrincado misterio porque la artista no pinta un enigma que el espectador ha de esforzarse en resolver. Sus telas no inquieren, alegran. En el precioso apunte que Jorge Ibargüengoitia hizo de su mujer habla de la ligera melancolía de sus cuadros. Algo hay, desde luego, de ese anhelo por recuperar lo que desvaneció en el tiempo, algo hay de esa dulce añoranza que compone una mitología sosegada. En cada cuadro amanece el mundo. Mañanas limpias, oceanos niños. Todos son la inocencia antes del tiempo. Su pintura, decía Ibargüengoitia capta “el mundo interior de una artista que está en buenas relaciones con la naturaleza.” La de sus cuadros es una naturaleza sin trueno, sin espina y sin colmillo. La placidez.

Sencilla, generosa, elemental, la naturaleza en sus cuadros no es exuberante, no amenaza. Nadie tiene frío, el sol no pica, el viento no tumba a nadie.  Este no es un mundo que deba de ser domesticado pero tampoco, a decir verdad, un mundo para la veneración. Joy Laville nos invita a mirar a un hombre que mira el mar y a un avión a lo lejos. Mirar a alguien que mira. A eso nos invita: a mirar la mirada. A disolvernos en la mirada del arte. El hombre se inserta en el mundo solo con su cuerpo. Es tan majestuoso como un árbol, tan sereno como una piedra, tan sinuoso como una montaña. En un cuadro de 2001 titulado “Cinco personajes caminando en playa de árboles muertos” puede verse eso: los caminantes en la arena, apenas distinguibles de los troncos secos. El oleaje, las dunas de arena, el cielo y las nubes son la casa por la que pasean esos cinco personajes. El horizonte marca el territorio de lo íntimo. Por efecto de la escala y de la desnudez de los cuerpos se proyecta el mundo como una habitación de libertad. Por la gama de sus colores, la naturaleza es un abrazo. Todas las olas de ese mar tranquilo, toda la espuma que se despierta, la sábana extendida de la playa son el paraíso, el hogar imperturbable.

Todas las mujeres de Joy Laville parecen la misma. ¿Es ella? Es ella y todas las mujeres del mundo. No hay, en realidad, facciones claras o señas únicas en sus figuras porque no hay ahí asomo de retrato. Será que el retratista excluye a la humanidad para pintar solamente a un individuo. Lo que le importa a Laville es otra cosa: la silueta común que nos hermana. En esas ventanas de armonía que pintó cada mañana de su vida adulta, todos somos esa mujer, esa palmera, ese avión y ese mar. Seres contemplativos bebiendo apaciblemente la luz del mundo.

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01, May 2018

Aceptabilidad de la derrota

A los demócratas se les conoce por su capacidad para aceptar la derrota. Hemos escuchado la expresión hasta el cansancio. En los últimos años se ha repetido una y otra vez. Si la democracia es incertidumbre, se puede ganar y se puede perder. Competir es arriesgarse y admitir que el desenlace puede sernos desfavorable. Participar en el juego electoral es aventurarse en un territorio comprometido. Si vale recordar aquella frase es porque vuelve a estar en entredicho el compromiso de los jugadores. ¿A qué está dispuesto el grupo gobernante para impedir la victoria de Andrés Manuel López Obrador?

Quedan ya menos de dos meses de campaña. El 27 de junio los candidatos terminarán sus actividades públicas y empezará el periodo de “reflexión.” Es cierto que nos faltan semanas cruciales y un par debates pero el panorama es bastante claro para quien quiera abrir los ojos. El candidato que comenzó como puntero no ha descendido, sus adversarios han sido incapaces de construir una plataforma alternativa. Sus gestos muestran más desesperación que estrategia. Quien lleva ventaja parece dueño de las circunstancias. No puede negarse que hay emoción pública tras él, entusiasmo, esperanza. Si bien se maneja con torpeza en algunos ambientes, domina la conversación pública, se ha convertido en el gran imán las ambiciones, entiende el clima del momento. No veo el camino de la derrota de López Obrador. Si el debate de la semana pasada habrá pintado para algo habrá sido para definir con mayor claridad el segundo lugar. Poco más. El primer sitio sigue reservado para el tabasqueño.

Por supuesto, debemos ser cautos cuando intentamos prever. Si algo se ha repetido en todos los rincones del mundo en los últimos años es la sorpresa. La autoridad de las encuestas ha quedado en entredicho, el juicio de los “expertos” es rebatido una y otra vez por los hechos. El futuro no está escrito pero es importante prepararnos para lo que muy probablemente pasará. En la incredulidad de algunos grupos de poder se muestra más que un deseo, su indisposición a aceptar lo probable. Se trata de un reflejo antidemocrático, un impulso para evitar—¿a todo costa?—un resultado temido. Porque vivimos la agonía de un arreglo político y económico, se percibe la tentación autoritaria de preservarlo. Es algo más que un deseo, algo más que la ilusión de controlar el proceso electoral. La exploración de la vía autoritaria ha empezado. El uso de la Procuraduría General de la República, las resoluciones del Tribunal Electoral son signos en verdad ominosos. Jugar con el proceso electoral es arriesgar el incendio del país.

El reciente coqueteo del Frente con el PRI no solamente destroza las escasísimas credenciales de renovación que podía ofrecer esa opción partidocrática, sino que sugiere también que, en defensa de su poder, el bloque gobernante está dispuesto a cualquier pirueta—así sea la más aberrante—con tal de impedir la victoria de López Obrador. No veo el acercamiento de Anaya como un escarceo inocente y estratégicamente legítimo sino como un asomo de obscenidad. Quien hace poco llamaba al procesamiento del presidente, ahora sueña con entrevistarse con él y pactar el operativo del voto útil. Estar dispuesto a ese pacto es estar dispuesto a cualquier cosa. ¿Qué permisos se piensan otorgar Anaya y los suyos para remontar la desventaja?

El país no cabe en un solo partido. Aunque arrase en la elección, el ganador deberá reconocer la legitimidad de la desconfianza. Quienes pierdan tendrán el deber de organizar una oposición severa y responsable. Pero hoy hay que cuidar la elección y eso significa respetar la ley, como el único asidero común. Nos obliga a todos, y en materia electoral, no solamente a los partidos. Los particulares no tenemos derecho a comprar espacios en los medios para influir en las preferencias electorales. Podrá incomodarnos pero es el dictado de la ley. Mexicanos Primero ha violado la Constitución y la ley electoral produciendo un anuncio que utiliza niños como títeres, para influir en los votantes. Usar niños para el entretenimiento de los mayores es un atentado a su dignidad. Usarlos como munición en la guerra política es inadmisible.

México se abre a la mayor incertidumbre de su historia reciente. ¿Será demasiado pedir a los nerviosos que respeten la ley?

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18, Abr 2018

La utilidad de lo inútil

En uno de sus ensayos, Montaigne sostiene que el sentido de la caza no es la presa sino su persecución. “El mundo es solo una escuela de indagación. La cuestión no es quién llegará a la meta, sino quien efectuará las más bellas carreras.” La metáfora de la cacería le servía al ensayista para reflexionar sobre el conocimiento que siempre se nos escapa. Buscamos el conocimiento aún sabiendo que no lo encontraremos jamás. Montaigne quizá anticipaba también esa tiranía de la utilidad que niega valor a lo más preciado: el paseo.

El escepticismo de Montaigne es buena vacuna contra la idolatría de lo práctico. El inventor de herramientas no puede volverse esclavo de su invento. Nuccio Ordine publicó un ensayo breve hace unos años precisamente contra ese fanatismo de nuestra era. Lo publicó El acantilado hace un par de años y lleva por título La utilidad de lo inútil. Es más útil, por supuesto, un desarmador que una sinfornía, una taza es más servible que un poema, un taladro nos ahorra tiempo, mientras que un ensayo filosófico puede causarnos una ansiedad interminable. La prédica del momento decreta que un saber sin beneficio es inútil si no es que francamente pernicioso. Lo inútil es un lujo o tal vez una distracción que no tiene cabida en estos tiempos veloces.

Ordine defiende lo inútil del sermón de la rentabilidad. “Si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero cxanto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, solo seremos capaces de produciur una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espírtiu nos haya ya agotado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante homo sapiens pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad.”

El manifiesto de Ordine es, en realidad, una libreta de citas con comentarios al margen. Los enlaza la convicción común de que existen saberes que son fines en sí mismos y que es precisamente su carácter gratuito, su naturaleza desinteresada la que sirve de contraste indispensable en este tiempo dominado por el impulso comercial y el afán práctico. Nikolaus Harnoncourt defendía el derecho al arte. Todos debemos tener acceso a la pintura, a la poesía, a la música. Negarle a un niño ese derecho sería mutilarlo espiritualmente. Alguna utilidad tendrá lo inservible en tanto expande la vitalidad humana. “¿Qué habría pensado Albert Einstein, preguntaba el director, qué habría descubierto, si no hubiera tocado el violín? ¿No son las hipótesis atrevidas, las más fantasiosas, las que sólo alcanza el espíritu imaginativo—para que luego puedan ser demostradas por el pensador lógico?” La música no fue solamente pasatiempo para el físico: era uno de los recursos de su pensamiento. Cuando la lógica se atrancaba, tocaba el violín y encontraba una salida. Einstein sabía entrar en la otra lógica del mundo.

No hay nada más útil que las artes, decía Ovidio … porque no tienen ninguna utilidad.

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16, Abr 2018

El abono

Las instituciones conspiran contra sí mismas. Desde hace años las instituciones que sostienen y encauzan el conflicto se desnaturalizan; los órganos arbitrales se entregan a alguno de los bandos; las autoridades que han de serenar el dramatismo del pleito con sereno apego a las reglas imponen su capricho. Trazar con reglas los límites del conflicto. Sellarlo con arbitrajes honorables. Ese es el empaque, tal vez la ilusión, del liberalismo democrático. El problema llega hasta la bóveda. En las instituciones cúpula, aquellas que pronuncian la voz inapelable del Estado habría que esperar la más firme racionalidad.  Detrás de su palabra no hay nada.

El Tribunal Electoral ha convertido a un forajido en candidato presidencial. El gobernador con licencia empleó los recursos de su estado para engañar al Instituto Nacional Electoral. Reforma hacía hace unos días el recuento de sus trampas. Vale recordarlas. El 58% de las firmas que presentó el “Bronco” fueron apócrifas. Presentó 810,995 firmas de ciudadanos que no existen en la lista nominal. 158,532 firmas fueron simulaciones. Contraviniendo los lineamientos del INE, presentó 205,721 fotocopias de credenciales. El órgano electoral también detectó $17.3 millones de pesos de financiamiento sospechoso y más de un millón y medio de gastos no reportados. Se trata, evidentemente, de una estrategia diseñada para burlarse del Estado.

Vale hacer distinciones: la conducta del Instituto Nacional Electoral ha sido, en todo este proceso, ejemplar. Es falso que no haya permitido defensa a los aspirantes; es falso también que se les haya engañado admitiendo provisionalmente los apoyos que registraban cotidianamente. Precisamente porque se les permitió derecho de audiencia, el “Bronco” pudo recuperar firmas que se habían rechazado. La sentencia que impone la candidatura de este personaje es, por ello, una de las resoluciones judiciales más aberrantes de las últimas décadas. Lo es, sobre todo, cuando se leen los argumentos de los cuatro magistrados que decidieron contravenir la ley para llevarlo a la boleta electoral. La banda de los cuatro jueces que integran mayoría en el tribunal reconoce que el gobernador con licencia no tuvo los apoyos de ley para alcanzar la candidatura y, sin embargo, le imponen al INE el deber de registrarlo como candidato a la presidencia. La sentencia del tribunal es más preocupante aún porque no es, siquiera consistente. A Armando Ríos Piter lo trata con una vara distinta, concediéndole un tiempo adicional para limpiar su muy sucio expediente.

José Woldenberg, quien bien entiende de estos temas sin caer jamás en estridencias, describe la resolución de los cuatro como una “vergüenza”. Lo es y constituye además un signo verdaderamente ominoso para el proceso electoral. Si la última voz en el supremo tribunal electoral recae en estos cuatro jueces no hay razones para tener confianza. No tenemos una institución técnicamente solvente, no contamos con un verdadero jurado imparcial que aporte tranquilidad institucional a la contienda.

La escandalosa imposición del tramposo es parte de un gravísimo proceso de corrupción institucional. Las instituciones de la democracia han terminado por convertirse en órganos de facción y de capricho. Durante años hemos abonado la tierra para el brote del populismo. Si su discurso antiliberal tiene sentido hoy es porque el relato que expone es una descripción elocuente de la deformación oligárquica. Si la economía marchara bien, si ofreciera futuro, si repartiera razonablemente cargas y beneficios, no habría caudillo que encendiera la mecha del cambio radical. Si en el mundo político se activaran eficazmente los controles, si las plataformas tradicionales ventilaran proyectos alternativos, si las instituciones de la imparcialidad fueran efectivamente plataformas de la neutralidad no prendería la mecha de la refundación.

Para defender la democracia liberal deberíamos empezar por la denuncia de su extravío. Bajo los rituales de la competencia se configuró una coalición oligárquica, un régimen político al servicio de unos cuantos. Las instituciones diseñadas para la neutralidad terminaron siendo secuestradas para sujetar las riendas del poder. El problema no nace con el populista que denuncia sino en la democracia que se desfigura.

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