08, Ago 2018

Semillas de inconformismo

Somos lo que la educación hace de nosotros. Lo dijo Immanuel Kant en un ensayo sobre la pedagogía que publicó en 1803. “El hombre sólo puede ser hombre por la educación. No es nada más que lo que la educación hace de él.” La idea la rescata Emilio Lledó en su libro más reciente. Sobre la educación. La necesidad de la literatura y la vigencia de la filosofía (Taurus, 2018) es una especie de autobiografía en clave pedagógica. Más que como filósofo, el sevillano se ha descrito como un profesor de filosofía. Profesor no por trasmitir conocimiento sino por guiar en la curiosidad, por alentar la imaginación, por cultivar en otros las posibilidades que se extinguen si no se inquietan. “Un maestro no es aquel que explica, con mayor o menor claridad, conceptos estereotipados que siempre se podrán conocer mejor en un buen manual, sino aquel que trasmite en la disciplina que profesa algo de sí mismo, de su personalidad intelectual, de su concepción del mundo y de la ciencia, escribe Lledó en este libro. Ser maestro quiere decir abrir caminos, señalar rutas que el estudiante ha de caminar ya solo con su trabajo personal, animar proyectos, evitar pasos inútiles y, sobre todo, contagiar entusiasmo intelectual.”

Educar es provocar inteligencia. Por ello es necesariamente trasmisión de inconformismo. La rebelión empieza con las palabras: “Si nos acostumbramos a ser inconformistas con las palabras, acabaremos siendo inconformistas con los hechos. Ambas actitudes son, sin embargo, formas de libertad. Y la libertad no admite conformismo alguno.” De ahí viene la necesidad de la literatura como incubadora de indocilidad. La vida es sucesión de hábitos, rutinas, sumisiones. Aceptamos las palabras heredadas, preservamos los ritos, seguimos al rebaño. En cada adhesión hay un sacrificio, un abandono de uno mismo: “conformarse es perder, en parte, la forma propia, para sumirse, liquidarse en la ajena.” La educación se convierte así, en una forma de resistencia contra las máquinas de alienación que pretenden aniquilar el vigor del pensamiento individual, la chispa misma de la libertad.

Lledó encuentra en los libros el “más asombroso principio de libertad y fraternidad.” Quien toma un libro escapa de inmediato de su tiempo y su sitio. Lee un párrafo y piensa otra cosa, vive otra vida, ve otro paisaje. Y en el diálogo con la letra impresa, el lector se descubre a sí mismo. Reconoce su emoción, da nombre a sus pasiones, aclara sus ideas. Sin lectura no podría verse. La perpetua distracción de nuestro tiempo, los juguetes que nos esclavizan, las ambiciones que nos han sido implantadas oscurecen nuestra conciencia. Todo conspira para alimentar el miedo, la rivalidad, el prejuicio, la obsesión. La lectura es luz que permite ver lo que somos, lo que podríamos ser.

Enemigo de lo que llama educación “asignaturesca”, esa que está obsesionada con la memorización de las lecciones y el examen, Lledó entiende que la educación es entrenar para la creatividad. ¿No decía Alfonso Reyes que educar era preparar improvisadores? Por eso Lledó defiende también ese saber inútil de la filosofía. Más que las respuestas, nos suministra interrogantes. Preguntas preferibles a la más enfática de las respuestas. Es precisamente lo insatisfactorio de las respuestas filosóficas lo que hace indispensable a la filosofía. Esas preguntas sin respuesta enriquecen nuestra imaginación, burlándose de la estúpida satisfacción de los dogmáticos. ¨

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
08, Ago 2018

Arrogancia en la victoria

La contundencia de la victoria de Andrés Manuel López Obrador no lo coloca por encima del cuestionamiento. La legitimidad es un título para ejercer el poder, no un certificado de infalibilidad. Mucho menos una orden de aquiescencia. La crítica a quienes se preparan para asumir el poder no se alimenta necesariamente de la nostalgia ni es un alegato para la preservación de las cosas. Quienes nos critican no han entendido el veredicto de las urnas. No han aceptado la derrota dicen, como si fuera nuestro deber callarnos la boca y celebrar todo lo que provenga de los ganadores. Siempre habrá más de un camino para el cambio. Advertir incongruencias, anticipar costos o percibir retrocesos en los anuncios del presidente electo no significa, en modo alguno, respaldar lo que se ha hecho recientemente. La crítica de López Obrador no es elogio a Peña Nieto. Criticar a los futuros funcionarios no es celebrar a los que hoy tenemos.

El voto confiere poder pero no otorga razón. La discusión pública no termina con el voto. ¿Se ha vuelto una buena idea la redacción de una “constitución moral” por el hecho de que Andrés Manuel López Obrador ganó la elección? La idea de un constituyente que perfile una guía para la plenitud me parece no solamente absurda sino amenazante y creo inaceptable que en un Estado laico se pretenda codificar la moral abriendo el espacio para que líderes religiosos decreten el bien con el respaldo de las instituciones públicas. La política debe mantenerse al margen de cualquier tipo de cruzada espiritual. La suerte del alma no es asunto para la política. Quienes se preocupen por ella deben buscar consejo en otra parte. Que millones de mexicanos hayan votado por Morena no modifica ni en un ápice mi convicción. ¿Debemos suponer que las propuestas del candidato se han convertido en irrebatibles por el caudal de votos que recibió? De ninguna manera. El voto es un permiso, no una comprobación.

Quiero decir que no es antidemocrático criticar al poder democrático. Decirlo parecería innecesario pero es urgente expresarlo hoy cuando se escuchan tantas voces que sugieren que la discrepancia es una forma de deslealtad; que oponerse a las iniciativas del futuro gobierno es casi como oponerse a la victoria que le dieron los votos. Muchas y contradictorias habrán sido las razones de quienes votaron por López Obrador. Muchas y contradictorias fueron las propuestas del propio López Obrador. De la elección no deriva la obligación de implementar un programa concreto. La única instrucción que surge del voto es que a él le corresponde ocupar la presidencia de la república y ejercer las facultades que corresponden al encargo. Las elecciones no revelan el sentido correcto de la historia.

Uno de los peligros que encierra una victoria tan contundente como la de julio es el fomentar la arrogancia de los triunfadores. Tratar con infinito desdén a esos críticos que, a su juicio, fueron vapuleados por los electores. Creer que la votación implica respaldo a cualquier cosa que diga o proponga el nuevo grupo gobernante. Suponer que los votos son una celebración de todas las propuestas de campaña. Confiar en que la gente mantendrá su respaldo.

Hay muchas señales inquietantes y deben ser señaladas. Apunto una que es muy grave y ostensible. Proviene de una arrogancia que se cree inmune a la crítica. López Obrador parece entender el conflicto de interés tan mal como lo hizo Peña Nieto. Piensa que, si él no se beneficia directamente, puede invitar a quien quiera a colaborar con él, sin tomar en cuenta que con ello altera el juego de las inversiones y las ganancias. El presidente electo ha anunciado que un empresario prominente será su jefe de gabinete. Como si fuera un acto inocente, en estos días, el presidente electo visitó una empresa de su futuro colaborador anunciando una asociación para la siembra de miles de árboles. La nobleza de la causa no puede esconder la aberración. Lo notable es que el futuro presidente ni siquiera se percataba del escándalo de su anuncio. A unos días de recibir la constancia de su triunfo, el presidente electo publicitaba la empresa de un colaborador y anticipaba proyectos con su gobierno. ¿Así piensa separar el poder político del poder económico?

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
02, Ago 2018

Entre la tecnocracia y el populismo

Si hacemos caso a cierta literatura, las democracias liberales están tocadas de muerte. Los títulos que aparecen en estos días compiten en gravedad apocalíptica. Parece haber un consenso funerario en los trabajos académicos, en los panfletos políticos y en las crónicas de lo reciente. Algo agoniza. Algo ha muerto. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt buscan lecciones en la historia para entender cómo mueren las democracias y encontrar advertencias para nuestro tiempo. David Runciman no se deja engañar por los falsos paralelos, subraya las novedades del presente pero coincide en el peligro existencial. Esta no es una crisis más. La amenaza que vivimos es inédita y mucho más grave que todas las anteriores. Es revelador que el título de estos dos libros sea casi el mismo. Uno recela cómo mueren las democracias y el otro cómo terminan. How Democracies DieHow Democracy Ends. En ambos se advierte la sombra trágica del final. La misma alarma se activa en la portada del libro reciente de Yascha Mounk: la libertad corre peligro: el pueblo le ha declarado la guerra a la democracia. Para William A. Galston la amenaza es el antipluralismo. Para Timothy Snyder es algo mucho peor. El enemigo que puede derrotar a la democracia es, ni más ni menos, la tiranía. Hannah Arendt nos advertiría que la renuncia al pensamiento nos hace cómplices y víctimas de un nuevo despotismo. Masha Gessen, en su admirable mosaico de la Rusia contemporánea, advierte la sombra viejo totalitarismo. Y Nadia Urbinati, en el trabajo intelectualmente más fino de esta legión, advierte una democracia deforme hasta la monstruosidad. Una democracia que ha mutado hasta volverse irreconocible.1

El manifiesto político liberal para estas fechas exige llorar la muerte inminente de la democracia y ligar el futuro con alguna abominación despótica. No debe hablarse de la crisis de las democracias sino de su agonía. Llama la atención el cambio de tono. En una generación hemos ido del triunfalismo más ingenuo al pesimismo más delirante. Hoy se lamenta una hecatombe pero ayer se cantaba la gloria eterna de la democracia parlamentaria y la promesa de su reinado universal. No había alternativa imaginable. El enemigo había sido derrotado definitivamente en 1989 y no era previsible su resurrección. La política se perfilaba finalmente a la gran convergencia universal: en todos los rincones del planeta habría competencia de votos, parlamentos representativos, Estado de derecho, libertades, debate público, controles al poder.

El artículo completo puede leerse en nexos de agosto. 

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
27, Jul 2018

El símbolo y la consecuencia

La política no puede darse el lujo de renunciar a los símbolos. Los necesita para convocar adhesión, para hacer comprensible el sentido a su acción, para articular un relato persuasivo y medianamente coherente. Requiere de símbolos también para ocultar lo insoportable. Por eso se empeña en la ceremonia, en los mensajes, en la cuidada envoltura de las decisiones. La política es representación, es decir, puesta en escena. Pero no hay política que viva de signos solamente. Será teatro pero es más que teatro. La política es decisión y toda decisión política provoca efectos. Alguien gana y alguien pierde. La política empieza a contar cuando seduce la imaginación pero adquiere seriedad cuando se hace cargo de sus consecuencias.

La tensión entre el símbolo y la consecuencia se percibe con claridad en las señales del grupo que se prepara para asumir el poder en diciembre. ¿Representar el cambio o producirlo? Desde luego, la disyuntiva, así planteada, es absurda: hay que cambiar y mostrar el cambio; hay que hacer y significar. Como decía arriba, la política ha de atender el símbolo y la consecuencia. Pero, ¿no es claro que estamos ante el peligro de que el cambio sea sacrificado en el altar de su representación simbólica? El teatro aplastando al instrumento. Cuando se escucha a los voceros del próximo gobierno, cuando se oye al presidente electo da la impresión de que, efectivamente, se cree que importa más la señal que se trasmite que el efecto que se provocará con la decisión. Fe en el símbolo como productor automático de consecuencias virtuosas. La idea de que el cambio en las señales basta; que la novedad del emblema demuestra la autenticidad de la transformación.

Desde sus tiempos como alcalde de la Ciudad de México y en su larga marcha en la oposición, Andrés Manuel López Obrador ha sido talentoso en el manejo de los símbolos. Ha proyectado un mensaje simple, persuasivo y, finalmente, exitoso. Logró colocarse como el crítico tenaz de un arreglo político y de una ideología económica. Diestro como pocos en la producción de señales públicas, logró identificarse con una política austera y sensible que lo situó en el lado opuesto del derroche y la arrogancia. Hoy que se perfila para asumir la jefatura del gobierno, esos símbolos no bastan para producir los efectos que promete. A la elocuencia del símbolo hay que agregarle sentido de responsabilidad: hacerse cargo de los efectos de la acción. El futuro presidente de México parece haberse convencido de que el cambio es, ante todo, simbólico. Romper con el orden visual del antiguo régimen, separarse de las representaciones habituales, disociarse de los viejos artefactos, romper con las ceremonias rutinarias, abandonar las antiguas residencias del poder. Dicen que Napoleón alguna vez dijo que mandar era gobernar la mirada. El Estado aparece de esta manera como un productor de lo visible, un escenógrafo de lo público. En ello parece coincidir el futuro presidente de México, preocupado como está por la producción de imágenes y símbolos de cambio, descuidado como se muestra en la anticipación de las consecuencias de su dirección de escena.

Pensemos, por ejemplo, en la austeridad, uno de los llamados más atractivos del futuro gobierno porque coincide con una enfática exigencia pública. Que el gobierno nos cueste menos. Que termine el derroche, que acabe el dispendio. El símbolo de la austeridad es, claramente la reducción de los salarios de la alta burocracia. La decisión es, desde luego, recibida con entusiasmo por la gente. Pocas decisiones tan populares como esa. Pero… ¿es compatible ese gesto de ahorro con el gigantesco derroche que significaría la dispersión del gobierno federal? ¿Hay algo más ofensivo que el desaprovechamiento de los recursos que ya tiene la administración? ¿Cuánto ha invertido el país en la infraestructura de la Secretaría de Salud, de la SEP, de Pemex? Todo al basurero porque habrá que escenificar la bienaventurada siembra de la nueva burocracia nacional. Bien caro nos puede salir el teatro de la austeridad. Las refinerías, esos templos del nuevo nacionalismo económico pueden resultar terriblemente dispendiosos. El símbolo desentendiéndose de las consecuencias.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
26, Jul 2018

El consultorio de Szymborska

En un ensayito gracioso, Umberto Eco hacía de editor que recibía el manuscrito de obras clásicas para dictaminarlas impublicables. Al autor de la Biblia que se había negado a dar su nombre le decía, por ejemplo, que el texto era interesante y con pasajes verdaderamente admirables pero demasiado largo y violento para ser publicado sin un laborioso trabajo de edición. El protagonista no resultaba muy verosímil y parecía del todo incomprensible el cambio de su personalidad en la segunda parte del libro. ¿No eran en realidad muchos libros y muchos autores reunidos arbitrariamente?

Cuatro años después de que ganara el Nobel, en el 2000, una editorial polaca desenterró los desaires de Wislawa Szymborska. No le contestaba a Shakespeare ni a Dante sino a quien salía de la preparatoria y acababa de escribirle un poema a su novia. Szymborska era entonces editora en una revista de Cracovia y se daba a la tarea de leer manuscritos para ver si alguno merecía ser publicado. A cada envío le respondía con una notita. La editorial Nordica acaba de traducir el libro que recoge sus desalentadores juicios. Lleva por título Correo literario o cómo llegar a ser (o no llegar a ser) escritor. Quien haya leído las maravillosas Lecturas no obligatorias de la poeta polaca reconocerá de inmediato ese tono que rehuye la grandilocuencia, la solemnidad, la ostentación. Como en esa compilación, Szymborska aborda lo aparentemente trivial para deslizar, casi sin querer, lo más valioso.

La editora no ejerce de crítica literaria. Pide lo elemental: que se cuide la letra y la ortografía, que se respeten las reglas básicas de la expresión. Sugiere escapar de las frases hechas. Exige observar, mirar con atención lo que nos rodea. Para ser poeta hay que empezar poniendo atención. Invita, sobre todo, a leer.  A uno le escribe: “Le pedimos…, no, no, no le pedimos, le rogamos…, no, no tampoco…, le imploramos que nos envíe textos escritos de manera legible.” Lo que recibía la redacción era un manuscrito con letra microscópica, llena de borrones y tachaduras. No podemos hacerle justicia a su texto, le respondía Szymborska porque los artistas de la impresión no han inventado aún caracteres tipográficos ilegibles. En cuanto esto ocurra, seguro juzgaremos con justicia sus textos.

No se toca el corazón con los cursis. A una estudiante de 19 años le pregunta si los versos cortesanos que ha escrito no provienen del álbum de recuerdos de su bisabuela.  Hay que escribir con las palabras vivas. A otra le dice que, por los poemas que ha enviado, ha llegado a la conclusión de que está enamorada. “Alguien dijo que todos los enamorados son poetas. Pero probablemente era una exageración. Le deseamos todo tipo de éxitos en su vida personal.”

No cae nunca en la tentación de dar aliento: la experiencia literaria no tiene por qué conminar a la escritura. A quien busca consuelo después de haber sido rechazado, Szymborska le anticipa una larga y dichosa vida de lector desinteresado. Una existencia que debería darse el lujo de jamás pensar en la propia escritura. Otra le advierte que su novio la critica diciéndole que es demasiado guapa para escribir buena poesía. ¿Qué piensan de estos poemas que les mando? Creemos, le responde Szymborska a vuelta de correo, que usted es, efectivamente, guapísima. Alguien le pregunta cómo se llega a ser escritor. Así responde ella: “La pregunta que nos hace usted es muy delicada. Es como cuando un niño le pregunta a su madre cómo se hacen los niños y la madre le dice que se lo explicará más tarde, que está muy ocupada, y el niño empieza a insistir: ‘Entonces explícame, aunque solo sea cómo se hace la cabeza…’ A ver, intentemos también nosotros explicar, al menos, la cabeza: pues bien, hay que tener algo de talento.”

En esto reside seguramente el deleite de leer la poesía o la escritura casual de Szymborska: es tan exigente con la literatura como desconfiada de su superioridad. A mi hermana, dijo en algún poema, no le interesa la poesía. Pero cuando viaja me manda postales en las que me cuenta que, cuando regrese, me lo contará todo, todo…¨

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
23, Jul 2018

El patrimonialismo del cartujo

Sigue dibujándose el cambio más profundo y más acelarado de la política mexicana del que tengamos memoria. El sistema de partidos está hecho añicos y se va conformando un poder hegemónico capaz de dictar la ley y tal vez de rehacer la constitución sin tener que negociar con adversarios. Pero ahí no termina el cambio. Tan importante como la ruptura del arreglo tripartita es la sacudida que se anuncia en la estructura burocrática y la amenaza que pende sobre nuestro precario sistema federal.

Algo he hablado del cambio en los partidos y espero hablar pronto del cambio en el sistema federal. Aquí me gustaría intentar una interpretación del cambio administrativo. Se anunciaba ya en los discursos del candidato presidencial. El gobierno no estaba del lado del pueblo porque estaba desconectado del pueblo. La alta burocracia ha vivido en una burbuja de privilegios y lujos. Puede advertirse una sensata sensibilidad republicana en esta crítica de López Obrador pero sus propuestas pueden resultar peor medicina que la enfermedad. Por lo pronto, no se anuncia una transición tersa en el ámbito de la administración. No es para menos. El futuro presidente anuncia una draconiana reducción del salario de los altos funcionarios y la cancelación de prestaciones relevantes. Al mismo tiempo, declara que el 70% de los trabajadores de confianza son desechables. Y, al mismo tiempo, ha decidido la mudanza obligatoria de miles de servidores públicos que, apartir de diciembre, tendrán que rehacer su vida en otra ciudad si es que quieren conservar su trabajo.

Se ha hablado de las efectos de esta fricción y de estos anuncios. Me gustaría detenerme en el proceso de toma de decisiones. La dispersión del gobierno puede ser uno de los cambios más radicales en la historia reciente de la administración pública federal. Sacar secretarías y dependencias de la capital es un asunto extraordinariamente complejo y costoso. Dudo que el cambio produzca las bondades prometidas y, por el contrario, imagino la mudanza como una distracción mayúscula para un gobierno cargado de proyectos y exigencias. Un derroche que desaprovecharía un patrimonio de generaciones. De llevarse a cabo la reubicación, las secretarías tendrían que prestar tanta atención al traslado como a los asuntos de su despacho. Complejo asunto, sin duda, pero lo relevante aquí es examinar cómo llega la futura administración a la persuasión de que se trata de una buena idea. Es sencillo: se escucha al caudillo y se ponen en práctica sus deseos. A fin de cuentas es su gobierno. La convicción del futuro presidente basta. No hace falta nada más. La SEP a Puebla, Comunicaciones a San Luis, Pemex a  Ciudad del Carmen. Él y sólo él clavó los alfileres en el mapa. ¿Para qué perder el tiempo con nimiedades prospectivas? ¿Para qué arrastrar el lápiz analizando el costo de la ocurrencia si ésta es, en realidad, una iluminación?

Detrás del llamado a la austeridad se revela una convicción patrimonialiasta que no puede ser anticipo de  buena gestión. El presidente decide qué hacer con la casa presidencial como si ésta le perteneciera. El presidente decide vender el avión presidencial sin examinar si esa operación es una forma razonable de cuidar los recursos comunes o, más bien, un despilfarro. El presidente decide a dónde enviar las oficinas públicas como si fueran piezas de su ajedrez. Estamos en presencia de un nuevo experimento patrimonialista. Por sus primeros gestos, López Obrador se acerca a la administración pública como un hacendado se relaciona con sus peones. Puede tronar los dedos y reducirles el salario. Puede deshacerse de ellos si le da la gana. Puede cambiarles el horario del trabajo de un día para otro sin que importe mucho lo que dice la ley. Moviendo un dedo ordenará a sus criados que empaquen sus cosas y se trasladen a la otra punta del país. Si rompen sus familias, si pierden oportunidades de educación para sus hijos, si las mujeres tienen una desventaja adicional, si el cambio significa una merma económica para el servidor público le tiene sin cuidado. El peón debe, ante todo, demostrar su lealtad. Aunque se dé ínfulas de cartujo, López Obrador ejerce un liderazgo patrimonialista que, seguramente, terminará siendo una nueva fuente de derroche, ineficiencia y corrupción.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
17, Jul 2018

La conferencia de Timothy Garton Ash

Puede escucharse aquí:

Puede verse aquí pero el video pero esta versión se come los primeros minutos de la conferencia …

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
16, Jul 2018

¿Dónde falló el liberalismo?

No es extraño ver a muchos liberales de estos tiempos reaccionando como los viejos comunistas ante las sorpresas y las decepciones. Nuestro libro es infalible pero hay personas que se equivocan.  No hemos logrado llevar las reformas a su realización plena y por eso enfrentamos a quienes se resisten a aceptar el dictado de la historia. Han fallado los hombres pero la ruta que seguimos es la única posible. Es la arrogante ceguera de los ideólogos incapaces someter a crítica su creencia. Por eso es muy valioso prestar atención a lo que ha dicho recientemente Timothy Garton Ash. Convocado por The Political Quarterly, el historiador de lo inmediato, pronunció una conferencia hace casi un mes en Londres. “¿Qué salió mal con el liberalismo y qué deben hacer los liberales al respecto?” podría ser la traducción de la ponencia. ¿Cómo podemos interpretar los votos en Gran Bretaña y en Estados Unidos, el ascenso del populismo y del nacionalismo? El punto de partida de su reflexión es la ética orwelliana: no hay movimiento que uno deba examinar con mayor severidad que el propio. Criticar a los nuestros es el primer deber de un escritor político. El cuestionamiento debe empezar con los de casa.

Parte de un hecho: el liberalismo se convirtió en doctrina de poder y dejó de ser una filosofía para cuestionar al poder. Más aún, se convirtió en la filosofía de las élites. Michael Ignatieff reconoce esta mancha cuando habla del discurso de la moderación liberal como una especie de canto de apareamiento de las élites cosmopolitas. La victoria de los liberales agudizó el conflicto entre el liberalismo y la democracia que viene de muy atrás. Un explícito discurso antidemocrático se ha abierto paso reviviendo los viejos tópicos de la ignorancia de los muchos, del peligro del voto, de las amenazantes mayorías. Nadie lo ha dicho de manera más clara que Hillary Clinton cuando se refirió a los votantes de su adversario como la “canasta de los detestables.” La expresión, que bien pudo haberle costado la victoria a la candidata demócrata, captura el desprecio profundo de las élites liberales a una sociedad que no tiene siquiera interés por entender.

Los liberales han permitido también el secuestro y la reducción de un ideario rico y complejo. La  economía se convirtió en un saber apabullante. Una versión particularmente ideologizada de la triste ciencia fue tomada como el único modelo para la comprensión de lo social. De la mano del neoliberalismo la historia parecía cerrarse triunfalmente. El futuro, recordemos, se había resuelto. Todos llegaríamos, tarde o temprano al mismo sitio: economías abiertas y democracias liberales. Se pervirtió así esa doctrina de la sospecha que es el liberalismo para convertirse en un pontificado tan severo como miope. Ese liberalismo jactancioso ha dejado de ver, en primer lugar, el efecto sus prescripciones. Ha cerrado los ojos a las desigualdades que ha promovido, no solamente en términos económicos sino también de lo que Garton Ash describe como la igualdad del reconocimiento y del respeto. Debemos reconocer que hemos traicionado, dice, la promesa del trato igualitario para todos que es uno de los ladrillos fundamentales del proyecto liberal.

Puede escucharse a los liberales invocar la razón como si fuera patrimonio exclusivo de su tribu. Nosotros exponemos argumentos mientras nuestros enemigos lloran, gritan e insultan. La razón es nuestra y sólo nuestra. Ellos sólo expresan emociones. El historiador vuelve a recurrir a Orwell para enfatizar la importancia del lenguaje, de las palabras y la comunicación. Un proyecto político que no es capaz de encender entusiasmo carece de futuro. El liberalismo necesita ser más afectivo para ser efectivo.

Timothy Garton Ash recuerda en su plática a Pierre Hassner, gran teórico de las relacioneas internacionales y discípulo de Raymond Aron, quien poco después del derribo del Muro de Berlín advirtió que la historia estaba lejos de llegar a su final. “La humanidad no vive para la libertad y la universalidad solamente. Debemos recordar las aspiraciones que dieron lugar al nacionalismo por una parte y al socialismo por la otra. Regresarán.” Tuvo razón: si el liberalismo quiere encarar inteligentemente esta crisis deberá reconocer el deseo de comunidad y la aspiración de igualdad. En otras palabras, si el liberalismo quiere reinventarse, tendrá que ser como liberalismo igualitario.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
04, Jul 2018

Montaigne y los letraheridos

Montaigne sabía que era posible volverse docto e idiota por la misma ruta. Saberlo todo sin entender nada; haber leído todos los libros sin comprender un párrafo. La lectura es inservible o dañina si no metaboliza en experiencia. “¿De qué sirve tener la barriga llena de alimento si no lo digerimos, si no se transforma en nosotros, si no nos aumenta ni fortalece?”. El saber de los otros es inservible hasta que se integra plenamente a nuestro organismo. Lo confiesa Montaigne: lo que sé de Séneca lo pude haber aprendido de mí mismo si tan sólo me habría ejercitado en el empeño. No hay saber que no esté, en semilla, en nosotros mismos.

Por eso nos fascinan los Ensayos: nada nos dicen que no hayamos podido advertir confusamente en nosotros. Nada ahí que no hayamos vivido, pensado, sentido. Los Ensayos nos tutean acariciando lo que entrevemos en nuestras inclinaciones naturales, en el trato con otros, en el sentido de nuestros temores y disfrutes. De ahí que el género sea, ante todo, escritura antiprofesoral. Montaigne habrá escrito desde una torre pero no nos mira desde arriba. No es el profesor que dicta la lección. No aspira a la autoridad de un venerable, no pretende orden ni coherencia en lo que expone, jamás se imagina poseedor de una verdad que ha de ser memorizada. La única instructora en la que confía Montaigne es en la vida misma.

El artículo completo puede leerse en Nexos de este mes…

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
04, Jul 2018

Apuntes apresurados

La victoria de Andrés Manuel López Obrador es, al mismo tiempo, la peor condena y el mayor elogio de la democracia mexicana. Un castigo democrático a la incautación de la democracia. Se trata, obviamente, un rechazo a la administración saliente pero es más que eso. Es el repudio a la clase política que se hizo del poder con la alternancia. Un rechazo a la corrupción de Peña Nieto pero también a la violencia desatada en tiempos de Calderón y a la frivolidad de Vicente Fox. Tras las traiciones, las decepciones y los agravios, un acto de confianza en el proceso democrático. El radicalismo de López Obrador, esa clausura a cualquier negociación, nos parecía a muchos un gesto intolerante, una ceguera a reconocer el mínimo mérito del adversario. Terminó siendo una estrategia ganadora por el desplome de las opciones predominantes. Solamente quien se mantuvo al margen de las decisiones políticas de los últimos doce años pudo presentarse como una opción confiable.

El chicote del castigo ha funcionado. Los ciudadanos han usado su voto para forzar el relevo político más radical de las últimas décadas. Por lo que puede verse en los primeros reportes electorales, los priistas no solamente han perdido la Presidencia, ahora han perdido también el poder. No tendrán, como tuvieron en 2000 y en 2006 la fuerza para someter al gobierno. Los panistas han sido igualmente castigados. Su estrategia de alianza con el partido moribundo fue un disparo en el pie. Así, los opositores al nuevo gobierno no solamente han quedado debilitados sino descabezados. La batalla por el control de los restos, por la reorientación de los partidos será cruenta y dificultará la definición frente al nuevo gobierno. Deberán recomponerse cuanto antes para cumplir una labor crucial en todo régimen democrático: ejercer como oposición.

No se puede pasar por alto la paradoja. El hombre al que hemos descrito como el populista paradigmático ha refrescado en esta elección la legitimidad del orden institucional. Hemos hablado mucho de su desprecio a las instituciones, su terca denuncia de las asambleas representativas (que no representan al pueblo) y de los tribunales (que no han hecho nada por el pueblo). Pero, frente a la crisis de los partidos, López Obrador ha creado una organización que ha logrado implantarse ya en casi todo el territorio nacional y ha recibido respaldo a través del voto. Su intervención ha reanimado la confianza en la capacidad de la democracia para encauzar el cambio.

La elección de ayer es un gran paso de inclusión. La izquierda adquiere, finalmente, responsabilidad federal. Ocupará la Presidencia y tendrá seguramente una posición de mando en la legislatura. No se trata de un respaldo tímido sino de un respaldo franco y aun entusiasta. Por primera vez en 78 años México tiene un Presidente de izquierda que coloca la agenda de la igualdad en el centro de su proyecto. La marginación de este flanco de la vida pública mexicana era una anomalía en la historia de la región. Desde la Presidencia de Lázaro Cárdenas, México ha oscilado entre derechas: derechas tradicionalistas y modernizadoras, derechas estatistas y neoliberales. Andrés Manuel López Obrador será el primer Presidente de izquierda desde el cardenismo. Puede ser en muchos aspectos un conservador pero es un conservador de izquierda, es un nacionalista pero es un nacionalista de izquierda. Esta alternancia ideológica normaliza nuestra vida pública.

La jornada concluye como un reencuentro nacional. Las reacciones de los candidatos perdedores, el mensaje de la autoridad electoral, los discursos del Presidente y del candidato ganador son alentadores. En las reglas y en los votos podemos reconocernos todos.

Me preocupa, por supuesto, la fragilidad de los contrapesos. Morena ha arrasado. El votante de ayer fue más entusiasta que cauto. No solamente quiso propinar un castigo sino que quiso también dar elementos al nuevo gobierno para echar a andar cambios sustanciales. Las preguntas que emergen son cómo leerá su victoria la nueva mayoría y cómo se reconstituirán los adversarios. El futuro inmediato de México dependerá en buena medida de que seamos capaces de entender bien el significado del voto de ayer. Honrar el deseo de cambio y cuidar las precauciones.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
27, Jun 2018

Los sueños de la serpiente

Es muy poco razonable pensar que el ser humano es un animal razonable, escribió Edgar Morin. Homo es también demens: una criatura que muestra una afectividad extrema, convulsiva, un ser apasionado y colérico. Un animal que grita y que cambia de humor de un instante al otro. El hombre, dice Morin, “lleva en sí mismo una fuente permanente de delirio; cree en la bondad de los sacrificios sangrientos; confiere cuerpo, existencia, poder a mitos y dioses de su imaginación. Hay en el ser humano un foco permanente deubris, el exceso de los griegos.” De nuestra locura, dice el sabio francés, provienen la crueldad y la barbarie pero de ahí también la creación, el invento, el amor y la poesía.

Nadie ha logrado entre nosotros retratar los extremos de esa demencia dulce y horrorosa como Alberto Ruy Sánchez. Lo hemos leído, sobre todo, como un prosista del deseo. Un novelista que erotiza el universo a través de lo que él mismo llama prosa de intensidades. Sus novelas son una composición musical que encuentra ritmo, respiración y textura en una sucesión de imágenes implacables. Novelas que podrían ser poemas extensos si sirviera para algo la manía clasificatoria. En Los nombres del aire que Alfaguara ha publicado recientemente dentro del Quinteto de Mogador pueden leerse líneas como ésta: “Sus dedos suben y bajan todas las espirales de su cuerpo coincidiendo a cada momento con los otros dedos que la recorren por dentro. Ambos se reconocen a través de la piel como dos puntas de alfileres encendidos que recorren la superificie de una tela y donde se encuentran queman.” Son esos dedos del aire que producen el otro clima de los días, escribe Ruy Sánchez.

Pero en la obra del exquisito editor puede encontrarse también una exploración de la otra demencia. No el desvarío del amor sino ese impulso del poder que pretende someterlo todo. Decía Octavio Paz que el erotismo era el deseo transfigurado por la imaginación. Era un anhelo convertido en ceremonia. Bien podría decirse que la ideología es, igualmente, transformación imaginativa del ímpetu de mando (o de servidumbre). Ideas que se ofrecen para una ceremonia de comunión a través del fuego; doctrinas que prometen la redención comunitaria a través del sacrificio y la carnicería. A fines de 1991 Alberto Ruy Sánchez publicó un ensayo extraordinario sobre el viaje de André Gide a Rusia. El intelectual que había llegado a la Unión Soviética convencido de que ahí nacía la sociedad fraterna, regresaba desencantado ante el espectáculo de la tiranía. Gide tuvo el valor de abrir los ojos. Al hacerlo descubría la “tristeza de la verdad”, esa que aparece cuando tus amigos de siempre deciden lincharte antes que permitir “que tus dudas dialoguen con sus certezas.”

“Yo escribo la noche”, escribió Alejandra Pizarnik en un poema. “Los ausentes soplan / y la noche es densa.” La novela más reciente de Ruy Sanchez regresa a la noche del siglo XX, esa noche regida por la ilusión política. El novelista teje historias o, más bien, imágenes. No va al punto. Captura escenas, retrata personajes, borda ideas, se sumerge en cuadros, explora arquitecturas, descifra jeroglíficos. Los sueños de la serpiente es una brillante defensa de la digresión: mucho aprendemos en las distracciones del viaje. Esta novela sobre el mal se acerca y se aleja de su meta, se dispersa y, al perderse, encuentra sentido.

Los crímenes de nuestro siglo han adquirido coartada filosófica, decía Camus. Aparece aquí la muerte de quienes obstaculizan la Historia, asesinatos trenzados por el deseo y la ilusión. Criminales poseídos por las dos utopías. De eso y de Oliver Sacks y las piritas; de Sylvia Ageloff y el cráneo abierto Trotsky; de Coyoacán y unas fascinantes hormigas apestosas; del arte verdadero que aparece en los lugares más insospechados; de la secreta hermandad de Henry Ford y Lenin; de los collages de la prisión de Santa Martha y de los crímenes de guerra en Bosnia trata el libro de Ruy Sánchez. Y de aquel juez que escapaba de las atrocidades que examinaba en su tribunal acudiendo a la pintura de Vermeer. “Mis ámbitos, dijo al recibir el Premio Nacional de Artes y Literatura, son o quisieran ser, en la noche de los tiempos, entre las páginas del inevitable memorial de los agravios, islas de luz. (…) Ámbitos de luz compartible, contagiosa, lúcida si se quiere y, si se puede, ámbitos del deseo.”

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
27, Jun 2018

La tenacidad de López Obrador

Su teología fue la conspiración. Un poder invisible y absoluto le arrebataba una y otra vez la victoria que merecía. La mafia-del-poder dictaba su capricho en todos los ámbitos. Controlando medios, mercados, encuestas y votos, los poderosos se empecinaban en obstruirlo. Hoy México contempla una sintonía de acontecimientos que perfilan a Andrés Manuel López Obrador para ganar la presidencia. Los planetas y los mosquitos se coordinan para darle al candidato de Morena no solamente un triunfo arrollador sino para rehacer el mapa político del país. Hay una conspiración lopezobradorista en el sentido que Cornelius Castoriadis recordaba: todos respiran el mismo aire y al mismo compás, todo sopla en una dirección.

La inminente victoria de López Obrador es testimonio de una tenacidad asombrosa. Durante décadas ha estado en el centro de la atención nacional. Sus frases, su acento, sus dardos y sus tics se han vuelto parte de nuestra comida diaria. Hecha de más derrotas que de victorias, el hombre que vino del trópico ha creído siempre en su causa y, sobre todo, en sí mismo. Ha sido político el más temido y el más amado. Un factor de polarización y, al mismo tiempo, una antorcha de esperanza. Lo hemos dado por muerto varias veces y está más vivo que nunca. ñSe creyó que su radicalización tras perder las elecciones en el 2006 sería su fin. Tuvo una segunda oportunidad en el 2012 y volvió a perder la presidencia, ahora con un margen claro. Pocos creyeron que tenía futuro por delante. Al cerrársele las puertas en su partido, emprendió la marcha para formar una nueva organización política. Parecía un salto al vacío, la obstinación de un hombre que no admite su ocaso, el capricho que volvía a dividir a la izquierda. Su apuesta terminó siendo acertada: aquella aventura quijotesca se perfila a conquistar la mayoría. López Obrador es un hombre de fe porque ha visto más allá de lo razonable, porque es un creyente en lo inaccesible.

El artículo completo puede leerse en El país

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
25, Jun 2018

Consejos de un florentino

Valdría alejarse de nuestro ruido, de nuestras frases hechas, de nuestro prejuicio. Podríamos pedir consejo a Nicolás Maquiavelo, que algo sabía de la historia y del poder, y que soñó con un gobierno popular. Al florentino muchos lo verán como asesor de tiranos o como profesor del mal pero deberíamos recordarlo como el gran teórico del republicanismo, el defensor de una libertad exigente, el historiador que sabía que la gente entiende mejor su circunstancia que el más ilustrado de los príncipes. A eso dedica Maurizio Viroli un libro reciente. El biógrafo de Maquiavelo ha publicado un ensayito que identifica sus consejos electorales. (How to Choose a Leader. Machiavelli’s Advice to Citizens, Princeton University Press, 2016). Lo retomo aquí porque parecen lecciones pertinentes para la elección y, sobre todo, para después del voto. Si algo buscó el autor de El príncipe fue entender las cualidades del liderazgo. Lo hizo, como bien dice Viroli, con extraordinaria honestidad. ¿En qué debemos pensar al votar? Aquí unas sugerencias.

Duda de tus ojos y de sus palabras. Solemos juzgar por la vista dice Maquiavelo, es decir, por la apariencia. Nos disponemos a morder el anzuelo si es el gancho es brillante y atractivo. Los políticos han de ser juzgados por lo que son, por lo que hacen, no por lo que dicen que harán ni por lo que aparentan ser. La sospecha debe ser, por tanto, el punto de arranque de cualquier evaluación política. ¿Qué han hecho los candidatos? ¿Para qué han usado el poder? ¿Han contribuido a hacer del país un lugar más próspero, más justo? ¿Se han rodeado de personas juiciosas e íntegras? ¿Celebran la adulación de sus allegados? ¿Aceptan la crítica?

Aprecia la adaptación. La historia está escrita con sorpresas. Por eso el tiempo defrauda a los dogmáticos. Quienes siguen instructivos, quienes se aferran a un dogma, quienes creen que la política supone acatar los dictados de algún dios o de una ciencia terminarán enfrentados a la realidad. La coherencia en política es menos importante que la pertinencia. Cambiar de ideas, de lealtades, reconocer el cambio de los vientos no debe considerarse como una traición sino como un signo de flexibilidad. Hay ocasiones en que es mejor incumplir una promesa que cumplirla. Un político ha de estar abierto a escuchar malas noticias, a calibrar el efecto de sus decisiones a cambiar de planes, a redirigir sus acciones. Y si los líderes (o las políticas) no cambian, los ciudadanos han de poder cambiar de líderes (y de políticas), dice Viroli.

Castiga a los corruptos. Maquiavelo sabía bien que el peor de los males en una república era la corrupción, el secuestro privado del interés común. No era posible para él una república sin una idea común de virtud. Eso implicaba un respeto a las leyes, un cuidado escrupuloso de los fondos comunes. Cuando un país era presa de la corrupción, era imposible preservar el orden y la libertad. El florentino identificaba una causa para este mal: la injusticia. “La corrupción y la incapacidad de mantener instituciones libres proviene de una desigualdad muy grande.” El combatir efectivo a la desigualdad es el rasero más importante en la vida pública.

Recuerda que las políticas cuestan. Los votantes deben considerar el interés colectivo antes que el propio. Debe entenderse que en esa búqueda, no hay obra gratuita. El florentino no era economista pero algo entendía de los requisitos fiscales del orden político. Sabía que no puede haber obra pública cuando no hay recursos públicos para financiarla. Las repúblicas bien establecidas cuentan con finanzas sólidas. Por eso entendía que el Estado debía ser, antes que cualquier otra cosa, solvente. Si las arcas del Estado están vacías, no habrá Estado y no habrá, por tanto, derechos que cuenten ni obras que se ejecuten.

No temas al cambio. Las órdenes prolongadas, escribió Maquiavelo, llevaron a Roma a la servidumbre. Es entendible el temor que los ciudadanos pueden sentir ante los cambios. Tendemos a aferrarnos a lo conocido y temer lo que no ha sido estrenado pero siempre será peligroso mantener a los mismos en posiciones de poder. Cuando el gobierno permanece fijo durante largos periodos se cierra a los cambios, genera lealtades perversas, se ciega a la realidad. La alternancia es el oxígeno de la vida pública.

Al entender la fuerza y las limitaciones de la política, Maquiavelo es vacuna conra el conformismo y también contra la ilusión.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
18, Jun 2018

Sobre un volcán

El  27 de enero de 1848 el diputado Alexis de Tocqueville tomó la tribuna de la Asamblea para dirigir un mensaje urgente a Francia. Veía una profundísima crisis moral que terminaría por cambiar la historia. Lo que temía desde su viaje a Estados Unidos se volvía una amenaza palpable. Sentía la formación de una energía popular en condiciones de desbordar el baluarte de los derechos. Reconocía la legitimidad de la indignación pero temía las consecuencias del encono. No olfateaba una revolución política sino una auténtica revolución social. Advertía que la democracia liberal, ese compuesto tan delicado, esa frágil mezcla que estudió en el nuevo continente, se escindía. Esto no es un simple cambio de gobierno, se aproxima un sacudimiento telúrico. Hablaba un observador convertido en político. Hablaba también un político que no dejaba de meditar sobre la “fisonomía indecisa” del presente. Se detenía en los orígenes del furor y no dudaba en identificar la causa histórica. Más allá de las personalidades en pugna y de las dificultades del momento, había una causa que hermanaba esta revolución naciente con todas las previas. Era más política que económica y más moral que política. “Cuando trato de ver, en los diferentes tiempos, en las diferentes épocas, en los diferentes pueblos, cuál ha sido la causa eficiente que ha provocado la ruina de las clases que gobernaban, veo perfectamente tal acontecimiento, tal hombre, tal causa accidental o superficial, pero podéis creer que la causa real, la causa eficiente que hace que los hombres pierdan el poder es que se han hecho indignos de ejercerlo”. Los cambios abruptos de la política, los grandes saltos de la historia no se originan en la miserias sino en el agravio. Las revoluciones no son súbitos estallidos justicieros, son efecto del poder vuelto indecencia.

Si la monarquía cayó, dice el moralista, fue porque, al aparecer la rebelión, estaba ya podrida. Nadie puede dudar de que conservaba fuerza y riqueza. Nadie ha negado el apoyo que tenía en las costumbres y en las creencias más antiguas. Era imponente… y se convirtió en polvo. ¿Por qué? Para responder su pregunta, Tocqueville no busca en las tablas de impuestos y de gastos del Estado. No trata de identificar el genio del revolucionario que rehizo la historia a su medida, ni se empeña en ubicar el error catastrófico. Es la corrupción lo que hace insostenible cualquier arreglo de gobierno. La corrupción carcome lo elemental. “Por su indiferencia, por su egoísmo, por sus vicios, la clase que entonces gobernaba se volvió indigna e incapaz de gobernar”.

El artículo completo puede leerse en nexos de junio…

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
18, Jun 2018

Corrupción y lealtad

Andrés Manuel López Obrador está convencido de que México padece un solo problema. Un problema del que surgen todos. Los más antiguos y los más complejos comparten raíz. La corrupción es causa de la desigualdad, de la falta de crecimiento, de la delincuencia, de la contaminación, de la baja calidad educativa, de lo que sea… Resolver la corrupción es solucionarlo todo. El primer lopezobradorista de la nación no tenía que escuchar las preguntas que se le formulaban en el último debate porque tenía la misma respuesta para hablar de cualquier reto del país. Terminar con la corrupción es la medicina que lo cura todo. Lo curioso es que la medicina de Andrés Manuel López Obrador para combatir la corrupción es Andrés Manuel López Obrador. Si soy presidente acabará la corrupción. La frase no ha sido un desliz de vanidad. La ha repetido muchas veces y seguramente se la cree. Si el presidente es honesto todos serán honestos: los secretarios, subsecretarios y directores; los gobernadores, los alcaldes, los policías y los inspectores. La omnipotencia del aura.

La voluntad política, el ejemplo público son, desde luego, valiosos en la lucha contra la corrupción. Pero creer que el hálito de santidad basta para terminar con la corrupción es un engaño. El gobierno de López Obrador en la capital no fue ajeno a los escándalos de corrupción. Tampoco dan mucha confianza muchos de los conversos a su causa. Que se engañen quienes quieran dejarse engañar. Que se tapen los ojos quienes quieran ignorar las evidencias de la corrupción que también rodea a quien será seguramente presidente de México.

En buen momento se ha hecho público el uso que la senadora Layda Sansores daba a la partida destinada a apoyar su labor legislativa. El reportaje de Denise Maerker de hace unos días, exhibió que la candidata de MORENA a la alcaldía de Álvaro Obregón empleó esos recursos para comprar, entre otras cosas, maquillaje y tintes de pelo; bacalao noruego y jamón serrano, joyas y juguetes de precio exorbitante. Nada que tenga, ni remotamente, relación con sus gestiones legislativas. Lo advertía bien Maerker en el reportaje: el problema no es solamente el abuso de la campechana que emplea esos recursos como le da la gana sino de la institución que avala esas prácticas. ¿Hay algún oficio que pidiera a la senadora justificar el vínculo entre la muñeca de $4,940.00 y sus actividades parlamentarias?

Decía que llega en buen momento el reportaje de Televisa porque anticipa una tentación en el futuro gobierno: creer que la lucha contra la corrupción es una lucha contra sus adversarios de siempre; negar que tendría que ser, también, una lucha contra muchos de sus aliados. Lo exhibido no deja lugar a dudas. Nadie puede negar que se trata de un abuso grotesco. Así tenga la complicidad de la administración, así sea práctica habitual en el Senado se trata de un acto elemental de corrupción: emplear recursos que tienen un propósito público para beneficio privado. Ridícula ha sido la defensa que intentó la candidata en un comunicado en el que disfrazaba su abuso como un acto de beneficencia y en el que se retrata como víctima de los malos. Si de algo soy culpable es de ser una mujer generosa, escribía, con otras palabras.

Nadie puede ser elocuente cuando lo pillan con las manos en la masa. Era imposible que la candidata Sansores expusiera un alegato atendible. Sus aliados, en cambio, tenían la oportunidad de mostrar su compromiso con la probidad y con la ley. Todos, o casi todos, fallaron. Andrés Manuel López Obrador reaccionó como lo hace habitualmente: descalificando la crítica. Es parte de la guerra sucia, dijo el candidato presidencial. La candidata al gobierno de la Ciudad de México siguió la misma pauta. Para Sheinbaum los documentos (cuya autenticidad no ha sido cuestionada por nadie) eran calumnias. Lo más preocupante es lo dicho por Irma Eréndira Sandoval porque ha sido propuesta por López Obrador para ocupar la Secretaría de la Función Pública. Las revelaciones exigían a su juicio cerrar filas contra los enemigos: “Mi solidaridad y apoyo con (sic) nuestra senadora y próxima alcaldesa en Álvaro Obregón, Layda Sansores.” ¿Puede una mujer que reacciona de esa manera ocupar una posición clave en la lucha contra la corrupción?

Lo que retratan los reflejos de López Obrador, Sheinbaum y Sandoval es que en su lucha contra la corrupción importa más la lealtad que la probidad. Serán pillos pero son nuestros pillos.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook