19, Sep 2018

Adiós a casi todo

Salvador Pániker no logró ver su último diario publicado. Había escogido la fotografía que llevaría la portada: un atardecer en el Ampurdán: un ciprés solitario, una parvada y un camino de tierra. Murió un par de días después de que los ejemplares salían de la imprenta. Adiós a casi todo (Random House, 2018) es el quinto dietario del pensador hindocatalán. Nació en 1927 y se dedicó durante toda su vida a reconciliar civilizaciones y sensibilidades. Buscó darle sentido a un misticismo ateo, una perspectiva de vida abierta a la razón y al misterio. Fue un elocuente defensor de la muerte elegida. La última libertad, la que desdramatiza la muerte

En sus dietarios debe estar lo mejor de su obra. Más que en sus ensayos filosóficos, el registro cotidiano de sus días contiene su sabiduría. La serie está formada por el Cuaderno amarillo, Variaciones 95, Diario de otoño y Diario del anciano averiado.  Cada uno es el capítulo admirable de una vida. Un registro del arte de vivir y, en las últimas entregas, del arte de ir muriendo. La escritura se entrevera con la vida, el pensamiento se inserta en la experiencia, las lecturas se enroscan con las vivencias. Escribir es como respirar, dice Pániker. ¿Escribir para respirar? Si no escribo, insiste, se resiente mi metabolismo. Si no verbalizo mis achaques resultan más siniestros. “La escritura le da ventilación a la jaula de mi vivir disminuido.”

Acercándose a los noventa años, intuía que ese diario podía ser el último. En una nota preliminar advierte a sus lectores: “Ignoro si éste va a ser el último diario que publico. En el momento de entregar estas líneas a la imprenta mi edad es muy avanzada. Así que ya veremos. O no veremos.” Adiós es eso: una despedida. Un desprendimiento de placeres, de vigores, de afectos. Murió de repente. Murió en su casa. Murió sin sufrir. Murió dando un grito terrible. Murió sin miedo. Murió tras el ataque. Dejó de respirar. Murió mi amigo. El registro de los días como un largo y doloroso obituario. Compañeros, parientes, amigos, amantes, colegas que van desapareciendo. Entre flemas, catarros, insomnios y convalecencias, la muerte del entorno como anticipo de la muerte propia.

En esta libreta se consigna la muerte de su hermano Raimon, sacerdote católico que también buscó (aunque por caminos muy distintos) el encuentro de tradiciones religiosas, pero con quien tuvo una relación difícil, en muchos momentos tirante. Discreparon hasta en el modo de escribir su apellido. Salvador Pániker, Raimon Panikkar. En todas sus libretas Salvador se muestra atento a lo que escribe su hermano, a lo que responde en entrevistas, a lo que dicen de él. Una observación me parece especialmente lúcida. Advierte en su hermano el pecado del intelectual: identificarse con sus ideas. Creer que en lo pensado está su propia identidad. Por eso, dice en la libreta previa, mi hermano no dialoga: polemiza. Esa es una de las enseñanzas de sus diarios. Es necesario reventar el hermetismo de las certezas para aventurarse al diálogo. Tomarse menos en serio lo que se piensa. ¨

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18, Sep 2018

La pista y las agujetas

Los aprietos de la decisión han dejado de estar en el puente entre los poderes. Ahí ya no habrá obstáculos. Los votantes decidieron poner la legislatura al servicio del presidente. Intuyo que su coalición será menos dócil de lo que algunos suponen, pero, al final del día, trabajará para el proyecto del presidente. Así lo quisieron los electores. Los aprietos de la política presidencial estarán en otra parte.

En primer lugar, en la forma misma en que el presidente electo analiza la información y toma decisiones. Es cierto que el tono del presidente electo es muy distinto al del candidato en campaña. Naturalmente, en esta nueva etapa, se le escucha conciliador, prudente. Pero sigue siendo quien es: un hombre que cree en su instinto por encima de cualquier otra cosa. Una inversión importante puede anunciarse sin contar con los estudios técnicos que la justifiquen. El símbolo de la obra basta. La reorganización administrativa más radical de la historia de México (dispersar el gobierno federal a lo largo de todo el territorio nacional) puede lanzarse al aire sin analizar seriamente sus consecuencias o sus costos, y sin considerar las lecciones de experiencias semejantes. En el reflejo del candidato había una capacidad para conectar con las emociones del electorado. Confiar ciegamente en los instintos del presidente puede ser una ruta al desastre.

El hombre que venera su olfato desprecia el trabajo de las instituciones independientes, de los órganos constitucionales autónomos, de eso que llama con desprecio la “llamada sociedad civil.” Su reacción ante las acusaciones a Rosario Robles es reveladora. Que medios y entidades sociales que considera adversas a su causa hayan hecho público el presunto desvío de la secretaria lo lleva a descalificar de plano la denuncia como un circo, una simulación. El presidente electo parece no percatarse que las denuncias se fundamentan en reportes oficiales de la Auditoría Superior de la Federación y que, con su declaración, obstruye a las propias dependencias a su cargo. Habrá que acostumbrarse, es cierto, a un presidente dispuesto a la polémica. No me preocupa que discrepe públicamente de sus críticos. Pero, ¿queremos un presidente que siga estigmatizando a las instituciones constitucionales que mantienen autonomía y que realizan un trabajo profesional? No creo que sea saludable para la democracia ni útil a su gobierno.

Las complicaciones del futuro gobierno estarán, sobre todo, en la órbita administrativa. La épica de la reinvención nacional confrontará un reto que poco tiene que ver con su grandilocuencia retórica: la gestión pública. Si efectivamente se abre un nuevo capítulo en la historia de México tendrá que superar esa prueba. El peligro, decía Claudio Lomnitz en un artículo del mes pasado en nexos, es que el gobierno de López Obrador gaste su enorme bono de legitimidad en infiernitos. En lugar de concentrarse en lo esencial, perder foco. Si una dependencia debe coordinar una mudanza titánica, difícilmente podrá dedicarse a lo suyo. De distracciones administrativas puede morir la Cuarta Transformación.

¿Es el equipo que ha nombrado el presidente electo, el equipo idóneo para el logro de los objetivos que el propio presidente electo ha trazado? Lo dudo. En primer lugar, la misma oficina presidencial ha quedado marcada por un ostentoso conflicto de interés. La presencia del Alfonso Romo en la oficina del presidente—que el propio empresario reconocía como inviable por el amplísimo abanico de sus negocios—mancha a una administración que pretende ser ejemplo de rectitud. El resto del equipo responde claramente a la orden de cambio. No podían integrarse al nuevo gobierno, los mismos que han ocupado las oficinas públicas en los últimos veinte años. Será el relevo más radical en el gobierno del que tengamos memoria. Se asoman, por ello mismo, serios problemas de coordinación y un empinado proceso de aprendizaje. Es entendible. Lo preocupante es que, bajo el rechazo a la arrogancia tecnocrática subyace un desprecio a la técnica, a la experiencia, a la preparación y a la contemporaneidad.

Que los partidos se hayan convertido en espectadores no despeja el camino de la futuro administración. Las dificultades estarán dentro. El corredor tiene la pista libre pero las agujetas desamarradas.

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11, Sep 2018

Arte del tacto

A finales de enero de 1801 Charles Lamb le escribía una carta a William Wordsworth. Rechazaba una invitación a pasar una temporada en el campo con él. Lo mío es la ciudad sucia y ruidosa. Prefiero las calles polvorientas de Londres, las sorpresas y amenazas de la noche, la sordidez de algunos barrios a esa naturaleza repetitiva, silenciosa, muerta a la que dedicas tantos poemas. Mis únicos amantes son mi silla, la mesa en la que como y el librero que me sigue como un perro fiel (pero un poco más inteligente). También discrepa del tono que domina su literatura. En la carta le agradece el envío de sus baladas líricas y las elogia. Pero tras el piropo suelta las razones de una discrepancia esencial. En tus poemas encuentro una falla: hablan imperativamente. Tu voz instruye, como si estuviera dictando cátedra. Tus ideas no se resbalan en el oído, se imponen. “Un lector inteligente —dice Lamb— sentiría como un insulto que le digan qué pensar”. ¿Escribir con la ambición de que el lector piense como uno? ¡Qué indigno!

Lamb defendía la evasiva. Escondía su propia pluma. Los dos volúmenes que publicó en vida son atribuidos a un autor imaginario. En los Ensayos de Elia Lamb escribe de las brujas y de la galantería moderna; de las orejas y del préstamo de libros; del cerdo rostizado y de sus borracheras. Habrá cedido la autoría de sus divagaciones a Elia, pero como bien dijo con admiración Tito Monterroso, “es probable que después de Montaigne nadie se haya desnudado ante el público en otro libro de tan buena fe”. Lamb no se maquillaba. En el estreno de una obra suya se unió a la rechifla. Llegó a la conclusión de que era malísima. Así lo retrató Monterroso: “Charles Lamb era un hombre bajito, tímido y sarcástico, cosas que, si uno se fija, tienden siempre a juntarse; y es el autor de los Ensayos de Elia, a través de los cuales dejó un testimonio de cómo, pase lo que pase, después de todo el mundo puede ser visto con una sonrisa”.

El artículo completo puede leerse en nexos de este mes.

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05, Sep 2018

Leonora Carrington y el 68

José de la Colina cuenta una anécdota maravillosa de Leonora Carrington. Un día recibe una visita en su casa. Quien llega es un crítico de arte, un defensor del realismo socialista. Imaginándola aleccionable, le habla del compromiso social del arte, de la deuda que el creador ha de pagar al pueblo. La invita entonces a dejar las tonterías del surrealismo para entregarse a la causa socialista. La pintora no le responde pero, acariciando la mano de visitante, le pregunta si ha cenado. Al saber que no, le ofrece un “sandwich carringtoniano”. El crítico acepta de inmediato, curioso por la delicia gastronómica que descubrirá muy pronto. Leonora va a la cocina. Luego va al cuarto de su hijo pequeño. Vuelve a la cocina y entrega después el sandwich al grandilocuente promotor del arte comprometido. El sandwich carringtoniano era un sandwich de jamón con caca de bebé en lugar de mostaza. El crítico saborea el plato y hace algún comentario sobre el toque exótico de sus sabores. Un sabor intenso… pero exquisito, le dice agradecido.

Ahí está, en una cápsula, la idea que Leonora Carrington tenía del arte político. ¿Usted me pide arte comprometido? Yo le preparo un sandwichito. La rebeldía de su imaginación no tocaba las coordenadas de la ideología. Quien contemplaba las maravillas de los astros y las moléculas, quien injertaba plantas en los venados, quien rompía la tiranía de la gravitación, la cuidadora e inventora de mitos habitaba otra historia. La política no tenía sitio en sus lienzos. Su rebeldía, esa marca de todas sus artes, se expresaba de otro modo.

La admirable muestra que el Museo de Arte Moderno ha organizado para celebrar sus 101 años es el mejor registro de su creatividad inabarcable. La curaduría de Tere Arcq y Stefan van Raay logra capturar ese infinito que fue su imaginación. La exposición “Cuentos mágicos” tiene el gran acierto de rescatar no solamente la obra plástica, sino también su incursión en el teatro y el cine, sus maravillosas cartas, esas admirables piezas literarias que son sus cuentos y sus memorias. Su arte, escribió Carlos Fuentes, “es una batalla alegre, diabólica y persistente, contra la ortodoxia.” Subversión de cuerpos y de reinos; revuelta contra la razón y la fe. Apuesta por la magia, lealtad al mito. Una burla y también una denuncia. Esto último adopta, excepcionalmente, forma francamente política. En la muestra que todavía puede visitarse se asoma un cuadro que llama la atención de inmediato. No solamente resalta por abordar políticamente la coyuntura sino porque parece realizado en un arranque, de prisa, bajo el influjo de otros demonios. No se encuentra ahí la sutileza sobre la tela. Es un cuadro con trazos toscos sobre un comprimido de madera. La firma resalta la fecha: 13 de agosto de 1968. Es la contribución artística de Carrington al movimiento estudiantil. Con dos hijos universitarios involucrados en la protesta, Leonora no podía permanecer indiferente. La represión se dejaba sentir. La hechicera sentía el deber de apoyar al movimiento y donaba un cuadro a los jóvenes para que lo subastaran y obtuvieron dinero para comprar mantas, comida, papel. El cuadro que regaló muestra a un tigre con cabeza de ave y jirafa que sostiene figuras adorando a una mariposa y a una espora gigante. En ambos lados, textos manuscritos. El cuadro pinta, en realidad, lo que no es. En una columna a la izquierda, puede leerse: “No es el retrato de un político, no tampoco de un granadero, no está en el ejército. No maltrata ni asesina a nadie. Es un dibujo libre, quiero guardar mi libertad.” Y a la derecha, un poema de John Donne.

A decir verdad, no puede ser apolítico el arte de esta “feminista natural”, como la llama Tere Arcq. Nunca dejó de pintar libertad. Nunca dejó de picar nuestra imaginación. Se rompe por doquier el catálogo de las especies. Humanos y animales se fecundan y mestizan. El universo, una fraternidad en el misterio. ¨

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22, Ago 2018

Las sillas de Hagerman

Seguramente estás sentado mientras lees esto. No sé si estés en tu casa, en el trabajo o yendo de un lado a otro, pero lo más probable es que estés sentado. A un observador que descubriera de pronto a nuestra especie jamás se le ocurriría decir que somos animales verticales. Somos criaturas sedentes. Nuestro trazo es una hache minúscula. Si alguna vez fuimos homo erectus, nos hemos convertido en homo sedens. Animales que viven sentados en objetos que fabricamos. Comemos sentados, conversamos sentados, nos desplazamos sentados de un lugar a otro, en nuestro trabajo pasamos horas sentados. Ir a la escuela es ir a sentarse, acudir al teatro o al cine es disponerse a pasar un par de horas sentados. Y gobernar, decía Ortega es asunto de asentaderas: para mandar hay que sentarse. Nuestras rutinas son la peregrinación de una silla a un asiento, de una butaca a un banco y de un banco a un sofá. ¿Qué mueble, qué objeto puede ser tan valioso, tan entrañable, tan complejo, tan cargado de símbolos?

La complejidad del diseño proviene tal vez del hecho de que la cultura sedente es hostil a nuestra anatomía. Una agresión a los huesos, a los músculos, al corazón. No resulta fácil por ello permanecer cómodo mucho tiempo sentado. Lograr una silla amigable es una hazaña. No es fácil diseñar una silla, decía Mies Van der Rohe. Casi es más fácil diseñar un rascacielos silla. Witold Rybcynski publicó hace un par de años una historia natural de esa herramienta para sentarse. Sugiere que en la silla hay una casa en miniatura y algo más: la insinuación de una ciudad. Las sillas configuran cómo nos situamos frente a otros, qué actitud tenemos frente a los demás, qué idea de la jerarquía y de la igualdad ponemos en práctica. Con las sillas se esculpe una sociedad tanto como con las plazas, las avenidas, los parques.

Es palpable ese sentido cívico de la silla cuando se visita la exposición de Óscar Hagerman en la galería Kurimanzutto. Sus asientos son un prodigio de la ergonomía, el resultado de años de estudio, observación. Piezas impecables de ingeniería. Expresan también el poder estético de lo primordial. Ese largo viaje que debe emprenderse hasta alcanzar lo elemental. Pero en esa solidez, en esa elegancia hay también una invitación. El arquitecto no busca la originalidad. Bebe de la tradición comunitaria para proponer espacios y objetos que puedan incorporarse a esa misma tradición. La riqueza del diseño “está en crear un universo que le pertenezca a la gente y lograr que ellos mismos lo sientan propio.” La silla Arrullo que diseñó hace medio siglo se inspira en la tradicional silla de palo. Hoy, con alteraciones de artesanos michoacanos, tiene otra forma… y es la misma.

“La arquitectura, ha dicho Hagerman, debe ser un canto a la vida, el canto de los que la habitan, porque lo más hermoso es que el proyecto salga de la gente.” Nada más ajeno a la vanidad del monumento que estas piezas ejemplares de la arquitectura mexicana. Aprendizajes que son lecciones que son aprendizajes. El arquitecto se despoja de la suntuosa autoridad. Es sabio porque nada inventa. La arquitectura se vuelve una celebración de lo que nos envuelve: la naturaleza y la historia. Una fiesta de lo que somos. “Si tu casa no tiene que ver contigo es nada. En la escuela debería haber una materia que nos enseñara cómo relacionarnos, cómo comprender lo que la gente necesita, y para eso hay que aprender a escuchar.” Las sillas expuestas en Kurimanzutto nos invitan a sentarnos, pero sobre todo, a escucharnos.

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20, Ago 2018

La felicidad del PAN

Es difícil exagerar el desastre electoral del PAN en la elección reciente. En una jornada retrocedió décadas. El peor resultado desde que hay elecciones competidas en el país. El candidato del PAN logró el segundo lugar, pero quedó treinta puntos debajo de López Obrador. Lo peor no fue lo que le sucedió en esa pista sino en las legislativas. La voz del PAN quedó severamente debilitada. En el Congreso tendrá una representación mínima. En la Cámara de Diputados, Acción Nacional tendrá menos representantes que los que tuvo en 86, cuando creció la cámara para incluir a 200 legisladores plurinominales. En el Senado, tendrá menor presencia que la que tuvo tras la elección del 97. Aún podría decirse que esas dos derrotas palidecen frente a la tercera, la más profunda, la más compleja. Acción Nacional perdió en estas elecciones su identidad. Un partido molido por los votos y extraviado.

La derrota panista es, en un sentido, más penosa que la del PRI. El PRI no tenía posibilidades de competir en esta elección. Hizo lo que pudo. Su desprestigio lo anulaba irremediablemente. En cambio, la batalla del PAN no estaba perdida de antemano. Acción Nacional carga hoy el peso de haberse marginado de una elección en la que pudo haber participado con éxito o, por lo menos, con dignidad. Ocupaba el lugar ideal para enfrentarse al partido en el gobierno. Llegó a tener una candidata situada por encima del dirigente de MORENA. Cínicamente, los dirigentes del PAN usan la goliza que recibieron como excusa. Nadie habría podido evitar la debacle. Esto era inevitable, dicen. MORENA era imparable. Nada podíamos hacer. El argumento es inaceptable. No puede pensarse la responsabilidad política sin imaginar lo que pudo haber sido. Si Acción Nacional hubiera resuelto democráticamente sus diferencias internas, si hubiera sido capaz de construir una candidatura creíble en una competencia abierta, si la izquierda hubiera presentado más de un candidato, el cuento de la elección del 2018 habría sido muy distinto. Y aún en el caso de que López Obrador se hubiera impuesto finalmente, habríamos tenido un partido entero en la oposición. Los estrategas de la derrota deben asumir su responsabilidad.

La derrota del PAN estuvo en el olvido del PAN. No creo, por supuesto, que ese extravío sea reciente. La crisis panista es tan vieja como la victoria del 2000. Desde entonces, el PAN no sabe qué lugar ocupar en el escenario nacional: ¿oposición a su gobierno, como lo fue con Fox?, ¿instrumento del presidente, como fue con Calderón?, ¿aliado del PRI, como lo fue con Peña Nieto? En cada ocasión, un partido subordinado, sin ideas propias, sin liderazgos auténticos.

Frente a la crisis que desata la catástrofe de julio, se pensaría que las alarmas del principal partido de oposición se habrían activado de inmediato. Se pensaría que, por elemental sentido de responsabilidad, los dirigentes que condujeron al desastre se hicieran a un lado para facilitar la renovación. Uno se imaginaría en ese espacio tan importante de la política mexicana un debate franco que analizara las razones del fracaso y que ofreciera pistas para el cambio. Nada de eso. Su reunión reciente parecía un festejo. El peor resultado de la historia reciente y el panismo oficial feliz. El antiguo candidato recibido como héroe. Porras, aplausos y apapachos. Sobre la elección reciente, apenas se escucharon críticas superficiales en las que nadie asume responsabilidad alguna. El anuncio de una comisión y algo más que no merece recordarse. Roberto Gil, panista que ha decidido ver las cosas en su partido desde una butaca distante, describía la actitud de sus compañeros como “negación psicótica”: una incapacidad para captar la realidad. Un trastorno psicótico colectivo, una actitud casi demencial de negar la verdad incómoda. Nada pasó el 1º de julio. Perdimos una elección, hay que seguir haciendo lo mismo… y con los mismos.

La pregunta que queda es si el PAN podrá sobrevivir con este panismo.

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15, Ago 2018

Sobre los delegados

Con súbita arrogancia, el presubsecretario de hacienda respondía a las críticas que ha recibido la propuesta de formar 32 superdelegados en las entidades federativas. Los críticos son ignorantes. No tiene sentido perder el tiempo con ellos. Pónganse a estudiar… y luego hablamos.

Muy distinto y muy apreciable es el texto que Gibrán Ramírez Reyes escribe en defensa de la propuesta. Su artículo es una aportación valiosa no solamente al debate sobre la controvertida figura de los delegados sino también a la reflexión sobre la naturaleza política del proyecto triunfante y el sentido del cambio que viene. GRR defiende la propuesta como una decisión propiamente política. Lejos de quienes pretenden dorar la decisión como una inocente medida de austeridad, lo entiende como parte necesaria del “mandato” electoral. Asumir el poder para crear una nueva hegemonía. Una ocupación , aunque el término le parezca impreciso. Le resulta por eso natural que el criterio para el reclutamiento de los delegados sea la lealtad a un partido político. Ganamos y ejerceremos el poder. Le parece ingenuo—o hipócrita—activar alarmas frente a la entrega de estas posiciones a dirigentes locales de Morena. Se agradece la franqueza. Creo que eso es precisamente lo que está en el centro de la controversia. A su juicio, la victoria es una orden para edificar un nuevo régimen. Qué lástima que a algunos les moleste, pero eso es la democracia. Para GRR la instrucción de los electores es, en consecuencia, ocupar el Estado para consolidar una base electoral. El voto de julio como instrucción de reconstituir un partido de Estado. Un partido bueno, por supuesto.

Lo que él celebra como arrojo histórico es precisamente lo que me resulta ominoso como restauración. Son atendibles las críticas que hace al vocabulario que hemos empleados los críticos de la medida. Usamos el lenguaje por aproximación, empleamos metáforas que, al colorear una cara del fenómeno, pueden oscurecer otra. Pero más allá de los términos, la iniciativa de López Obrador parece una mala solución a un problema real. Tiene razón Ramírez Reyes cuando nos exige observar el federalismo realmente existente y dejar atrás las entelequias, pero advertir los peligros de lo que se propone no es nostalgia. Él está convencido de que lo que viene es mejor que lo que tenemos. Yo lo dudo. Lo que GRR aplaude como la necesaria tracción de grandes reformas lo veo yo como una amenazante rehabilitación autoritaria. Seguramente, como él sugiere, no logro advertir la profundidad del cambio histórico. Sólo insisto en que el esfuerzo por comprender no supone asentimiento con las razones y los proyectos de la nueva mayoría.

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13, Ago 2018

32 maximatos

El terremoto de julio zarandeó todas las relaciones políticas que imaginábamos firmes. Tan enfático fue el deseo de cambio de los electores que muy poco de lo anterior queda en pie. Emerge una nueva presidencia, un nuevo sistema de partidos, una nueva dinámica legislativa. Novedades en las que, sin duda, aparecen sombras del pasado y atisbos de lo inédito. La política regional no podría mantenerse al margen de esa orden de cambio.

Se prepara una ocupación federal como no habíamos visto en décadas. Se ha resuelto la creación de jefaturas políticas en cada uno de los estados que pondrá en jaque el poder de los gobernadores. Más que embajadores serán procónsules: delegados del poder central que ejercerán tanto o más poder que quienes formalmente gobiernan. Por decisión del presidente electo se habrá formado en cada una de las entidades federativas una diarquía: dos poderes en un solo territorio. Uno tendrá el respaldo económico y político de un presidente de fuerza inusitada. Será el embudo por el que pasarán todos los apoyos del gobierno federal, dispensará todas las ayudas, será el único trasmisor de las peticiones locales. La atención pública del estado se desplazará naturalmente del palacio del ejecutivo local a la oficina del Jefe Político. El gobernador quedará, de inmediato, eclipsado por la aparición de este superdelegado presidencial. Conservará, naturalmente sus facultades y permanecerá en la misma oficina pero muy pronto será ridiculizado por la prensa. Los eventos del gobernador no despertarán interés. Los actores políticos harán fila para ser recibidos por el Jefe Político. Muy pronto aparecerá la burla. Será gobernador entre comillas. El personaje del poder verdadero mandará en frente.

Andrés Manuel López Obrador ha diseñado 32 maximatos. Lo ha hecho introduciendo una lógica particularmente perversa. Todos los procónsules que ha convocado son miembros de su partido. Todos son militantes destacados de Morena. Esa es la credencial que ha contado para convertirse en Delegado del Gran Poder. No ha importado la vocación económica del estado para escoger al representante idóneo, no se ha buscado empatar la experiencia profesional con los desafíos peculiares de la entidad. Lo que importa es la militancia. La ambición electoral en cada uno de ellos es obvia, inocultable. Se dedicarán a cultivar lealtades y a formar partido. ¿Es aceptable ese criterio como lógica de reclutamiento administrativo? ¿No conocemos bien cuáles son los capítulos siguientes de ese cuento?

Con el sometimiento de los poderes locales, el presidente López Obrador no solamente fortalecerá su poder, sino que habrá instaurado un principio de confusión y de irresponsabilidad muy peligroso para la marcha de la gestión pública. ¿Quién rendirá cuentas cuando las cosas vayan mal? Habrá dado también un golpe severísimo al sistema federal al someter a las autoridades electas al imperio de un delegado que solamente responde al presidente de la república. Ya hicimos el experimento. Durante este sexenio se ocuparon las instituciones de Michoacán a través de un comisionado federal con amplios poderes y abundantes recursos. Fue un desastre. Hoy se busca repetir ese experimento en todos y cada uno de los estados. Si el anuncio de López Obrador no ha causado un escándalo es porque no hay defensores del federalismo. No puede haberlos. ¿Quién asomaría la cara para defender la satrapía de nuestros gobernadores? Solamente el gobernador electo de Jalisco ha alzado la voz para denunciar la amenaza. Los grandes escándalos de los últimos años han incubado ahí, en la licencia de las autonomías. No hay duda: urge modificar el arreglo federal pero no parece que la opción lopezobradorista vaya en el camino correcto.

Es importante denunciar también la reacción de quienes en los gobiernos locales se resisten a aceptar la derrota. Imponen nombramientos transexenales que pretenden mantenerlos a salvo de cualquier rendición de cuentas. Debilitan, como en Sonora, a la legislatura y congelan el texto de la constitución para que la nueva mayoría no ejerza a plenitud sus responsabilidades constitucionales. Los perdedores tienen también una responsabilidad. Aceptar que los votantes decidieron el castigo, gobernar desde la minoría.¨

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08, Ago 2018

Semillas de inconformismo

Somos lo que la educación hace de nosotros. Lo dijo Immanuel Kant en un ensayo sobre la pedagogía que publicó en 1803. “El hombre sólo puede ser hombre por la educación. No es nada más que lo que la educación hace de él.” La idea la rescata Emilio Lledó en su libro más reciente. Sobre la educación. La necesidad de la literatura y la vigencia de la filosofía (Taurus, 2018) es una especie de autobiografía en clave pedagógica. Más que como filósofo, el sevillano se ha descrito como un profesor de filosofía. Profesor no por trasmitir conocimiento sino por guiar en la curiosidad, por alentar la imaginación, por cultivar en otros las posibilidades que se extinguen si no se inquietan. “Un maestro no es aquel que explica, con mayor o menor claridad, conceptos estereotipados que siempre se podrán conocer mejor en un buen manual, sino aquel que trasmite en la disciplina que profesa algo de sí mismo, de su personalidad intelectual, de su concepción del mundo y de la ciencia, escribe Lledó en este libro. Ser maestro quiere decir abrir caminos, señalar rutas que el estudiante ha de caminar ya solo con su trabajo personal, animar proyectos, evitar pasos inútiles y, sobre todo, contagiar entusiasmo intelectual.”

Educar es provocar inteligencia. Por ello es necesariamente trasmisión de inconformismo. La rebelión empieza con las palabras: “Si nos acostumbramos a ser inconformistas con las palabras, acabaremos siendo inconformistas con los hechos. Ambas actitudes son, sin embargo, formas de libertad. Y la libertad no admite conformismo alguno.” De ahí viene la necesidad de la literatura como incubadora de indocilidad. La vida es sucesión de hábitos, rutinas, sumisiones. Aceptamos las palabras heredadas, preservamos los ritos, seguimos al rebaño. En cada adhesión hay un sacrificio, un abandono de uno mismo: “conformarse es perder, en parte, la forma propia, para sumirse, liquidarse en la ajena.” La educación se convierte así, en una forma de resistencia contra las máquinas de alienación que pretenden aniquilar el vigor del pensamiento individual, la chispa misma de la libertad.

Lledó encuentra en los libros el “más asombroso principio de libertad y fraternidad.” Quien toma un libro escapa de inmediato de su tiempo y su sitio. Lee un párrafo y piensa otra cosa, vive otra vida, ve otro paisaje. Y en el diálogo con la letra impresa, el lector se descubre a sí mismo. Reconoce su emoción, da nombre a sus pasiones, aclara sus ideas. Sin lectura no podría verse. La perpetua distracción de nuestro tiempo, los juguetes que nos esclavizan, las ambiciones que nos han sido implantadas oscurecen nuestra conciencia. Todo conspira para alimentar el miedo, la rivalidad, el prejuicio, la obsesión. La lectura es luz que permite ver lo que somos, lo que podríamos ser.

Enemigo de lo que llama educación “asignaturesca”, esa que está obsesionada con la memorización de las lecciones y el examen, Lledó entiende que la educación es entrenar para la creatividad. ¿No decía Alfonso Reyes que educar era preparar improvisadores? Por eso Lledó defiende también ese saber inútil de la filosofía. Más que las respuestas, nos suministra interrogantes. Preguntas preferibles a la más enfática de las respuestas. Es precisamente lo insatisfactorio de las respuestas filosóficas lo que hace indispensable a la filosofía. Esas preguntas sin respuesta enriquecen nuestra imaginación, burlándose de la estúpida satisfacción de los dogmáticos. ¨

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08, Ago 2018

Arrogancia en la victoria

La contundencia de la victoria de Andrés Manuel López Obrador no lo coloca por encima del cuestionamiento. La legitimidad es un título para ejercer el poder, no un certificado de infalibilidad. Mucho menos una orden de aquiescencia. La crítica a quienes se preparan para asumir el poder no se alimenta necesariamente de la nostalgia ni es un alegato para la preservación de las cosas. Quienes nos critican no han entendido el veredicto de las urnas. No han aceptado la derrota dicen, como si fuera nuestro deber callarnos la boca y celebrar todo lo que provenga de los ganadores. Siempre habrá más de un camino para el cambio. Advertir incongruencias, anticipar costos o percibir retrocesos en los anuncios del presidente electo no significa, en modo alguno, respaldar lo que se ha hecho recientemente. La crítica de López Obrador no es elogio a Peña Nieto. Criticar a los futuros funcionarios no es celebrar a los que hoy tenemos.

El voto confiere poder pero no otorga razón. La discusión pública no termina con el voto. ¿Se ha vuelto una buena idea la redacción de una “constitución moral” por el hecho de que Andrés Manuel López Obrador ganó la elección? La idea de un constituyente que perfile una guía para la plenitud me parece no solamente absurda sino amenazante y creo inaceptable que en un Estado laico se pretenda codificar la moral abriendo el espacio para que líderes religiosos decreten el bien con el respaldo de las instituciones públicas. La política debe mantenerse al margen de cualquier tipo de cruzada espiritual. La suerte del alma no es asunto para la política. Quienes se preocupen por ella deben buscar consejo en otra parte. Que millones de mexicanos hayan votado por Morena no modifica ni en un ápice mi convicción. ¿Debemos suponer que las propuestas del candidato se han convertido en irrebatibles por el caudal de votos que recibió? De ninguna manera. El voto es un permiso, no una comprobación.

Quiero decir que no es antidemocrático criticar al poder democrático. Decirlo parecería innecesario pero es urgente expresarlo hoy cuando se escuchan tantas voces que sugieren que la discrepancia es una forma de deslealtad; que oponerse a las iniciativas del futuro gobierno es casi como oponerse a la victoria que le dieron los votos. Muchas y contradictorias habrán sido las razones de quienes votaron por López Obrador. Muchas y contradictorias fueron las propuestas del propio López Obrador. De la elección no deriva la obligación de implementar un programa concreto. La única instrucción que surge del voto es que a él le corresponde ocupar la presidencia de la república y ejercer las facultades que corresponden al encargo. Las elecciones no revelan el sentido correcto de la historia.

Uno de los peligros que encierra una victoria tan contundente como la de julio es el fomentar la arrogancia de los triunfadores. Tratar con infinito desdén a esos críticos que, a su juicio, fueron vapuleados por los electores. Creer que la votación implica respaldo a cualquier cosa que diga o proponga el nuevo grupo gobernante. Suponer que los votos son una celebración de todas las propuestas de campaña. Confiar en que la gente mantendrá su respaldo.

Hay muchas señales inquietantes y deben ser señaladas. Apunto una que es muy grave y ostensible. Proviene de una arrogancia que se cree inmune a la crítica. López Obrador parece entender el conflicto de interés tan mal como lo hizo Peña Nieto. Piensa que, si él no se beneficia directamente, puede invitar a quien quiera a colaborar con él, sin tomar en cuenta que con ello altera el juego de las inversiones y las ganancias. El presidente electo ha anunciado que un empresario prominente será su jefe de gabinete. Como si fuera un acto inocente, en estos días, el presidente electo visitó una empresa de su futuro colaborador anunciando una asociación para la siembra de miles de árboles. La nobleza de la causa no puede esconder la aberración. Lo notable es que el futuro presidente ni siquiera se percataba del escándalo de su anuncio. A unos días de recibir la constancia de su triunfo, el presidente electo publicitaba la empresa de un colaborador y anticipaba proyectos con su gobierno. ¿Así piensa separar el poder político del poder económico?

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02, Ago 2018

Entre la tecnocracia y el populismo

Si hacemos caso a cierta literatura, las democracias liberales están tocadas de muerte. Los títulos que aparecen en estos días compiten en gravedad apocalíptica. Parece haber un consenso funerario en los trabajos académicos, en los panfletos políticos y en las crónicas de lo reciente. Algo agoniza. Algo ha muerto. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt buscan lecciones en la historia para entender cómo mueren las democracias y encontrar advertencias para nuestro tiempo. David Runciman no se deja engañar por los falsos paralelos, subraya las novedades del presente pero coincide en el peligro existencial. Esta no es una crisis más. La amenaza que vivimos es inédita y mucho más grave que todas las anteriores. Es revelador que el título de estos dos libros sea casi el mismo. Uno recela cómo mueren las democracias y el otro cómo terminan. How Democracies DieHow Democracy Ends. En ambos se advierte la sombra trágica del final. La misma alarma se activa en la portada del libro reciente de Yascha Mounk: la libertad corre peligro: el pueblo le ha declarado la guerra a la democracia. Para William A. Galston la amenaza es el antipluralismo. Para Timothy Snyder es algo mucho peor. El enemigo que puede derrotar a la democracia es, ni más ni menos, la tiranía. Hannah Arendt nos advertiría que la renuncia al pensamiento nos hace cómplices y víctimas de un nuevo despotismo. Masha Gessen, en su admirable mosaico de la Rusia contemporánea, advierte la sombra viejo totalitarismo. Y Nadia Urbinati, en el trabajo intelectualmente más fino de esta legión, advierte una democracia deforme hasta la monstruosidad. Una democracia que ha mutado hasta volverse irreconocible.1

El manifiesto político liberal para estas fechas exige llorar la muerte inminente de la democracia y ligar el futuro con alguna abominación despótica. No debe hablarse de la crisis de las democracias sino de su agonía. Llama la atención el cambio de tono. En una generación hemos ido del triunfalismo más ingenuo al pesimismo más delirante. Hoy se lamenta una hecatombe pero ayer se cantaba la gloria eterna de la democracia parlamentaria y la promesa de su reinado universal. No había alternativa imaginable. El enemigo había sido derrotado definitivamente en 1989 y no era previsible su resurrección. La política se perfilaba finalmente a la gran convergencia universal: en todos los rincones del planeta habría competencia de votos, parlamentos representativos, Estado de derecho, libertades, debate público, controles al poder.

El artículo completo puede leerse en nexos de agosto. 

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27, Jul 2018

El símbolo y la consecuencia

La política no puede darse el lujo de renunciar a los símbolos. Los necesita para convocar adhesión, para hacer comprensible el sentido a su acción, para articular un relato persuasivo y medianamente coherente. Requiere de símbolos también para ocultar lo insoportable. Por eso se empeña en la ceremonia, en los mensajes, en la cuidada envoltura de las decisiones. La política es representación, es decir, puesta en escena. Pero no hay política que viva de signos solamente. Será teatro pero es más que teatro. La política es decisión y toda decisión política provoca efectos. Alguien gana y alguien pierde. La política empieza a contar cuando seduce la imaginación pero adquiere seriedad cuando se hace cargo de sus consecuencias.

La tensión entre el símbolo y la consecuencia se percibe con claridad en las señales del grupo que se prepara para asumir el poder en diciembre. ¿Representar el cambio o producirlo? Desde luego, la disyuntiva, así planteada, es absurda: hay que cambiar y mostrar el cambio; hay que hacer y significar. Como decía arriba, la política ha de atender el símbolo y la consecuencia. Pero, ¿no es claro que estamos ante el peligro de que el cambio sea sacrificado en el altar de su representación simbólica? El teatro aplastando al instrumento. Cuando se escucha a los voceros del próximo gobierno, cuando se oye al presidente electo da la impresión de que, efectivamente, se cree que importa más la señal que se trasmite que el efecto que se provocará con la decisión. Fe en el símbolo como productor automático de consecuencias virtuosas. La idea de que el cambio en las señales basta; que la novedad del emblema demuestra la autenticidad de la transformación.

Desde sus tiempos como alcalde de la Ciudad de México y en su larga marcha en la oposición, Andrés Manuel López Obrador ha sido talentoso en el manejo de los símbolos. Ha proyectado un mensaje simple, persuasivo y, finalmente, exitoso. Logró colocarse como el crítico tenaz de un arreglo político y de una ideología económica. Diestro como pocos en la producción de señales públicas, logró identificarse con una política austera y sensible que lo situó en el lado opuesto del derroche y la arrogancia. Hoy que se perfila para asumir la jefatura del gobierno, esos símbolos no bastan para producir los efectos que promete. A la elocuencia del símbolo hay que agregarle sentido de responsabilidad: hacerse cargo de los efectos de la acción. El futuro presidente de México parece haberse convencido de que el cambio es, ante todo, simbólico. Romper con el orden visual del antiguo régimen, separarse de las representaciones habituales, disociarse de los viejos artefactos, romper con las ceremonias rutinarias, abandonar las antiguas residencias del poder. Dicen que Napoleón alguna vez dijo que mandar era gobernar la mirada. El Estado aparece de esta manera como un productor de lo visible, un escenógrafo de lo público. En ello parece coincidir el futuro presidente de México, preocupado como está por la producción de imágenes y símbolos de cambio, descuidado como se muestra en la anticipación de las consecuencias de su dirección de escena.

Pensemos, por ejemplo, en la austeridad, uno de los llamados más atractivos del futuro gobierno porque coincide con una enfática exigencia pública. Que el gobierno nos cueste menos. Que termine el derroche, que acabe el dispendio. El símbolo de la austeridad es, claramente la reducción de los salarios de la alta burocracia. La decisión es, desde luego, recibida con entusiasmo por la gente. Pocas decisiones tan populares como esa. Pero… ¿es compatible ese gesto de ahorro con el gigantesco derroche que significaría la dispersión del gobierno federal? ¿Hay algo más ofensivo que el desaprovechamiento de los recursos que ya tiene la administración? ¿Cuánto ha invertido el país en la infraestructura de la Secretaría de Salud, de la SEP, de Pemex? Todo al basurero porque habrá que escenificar la bienaventurada siembra de la nueva burocracia nacional. Bien caro nos puede salir el teatro de la austeridad. Las refinerías, esos templos del nuevo nacionalismo económico pueden resultar terriblemente dispendiosos. El símbolo desentendiéndose de las consecuencias.

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26, Jul 2018

El consultorio de Szymborska

En un ensayito gracioso, Umberto Eco hacía de editor que recibía el manuscrito de obras clásicas para dictaminarlas impublicables. Al autor de la Biblia que se había negado a dar su nombre le decía, por ejemplo, que el texto era interesante y con pasajes verdaderamente admirables pero demasiado largo y violento para ser publicado sin un laborioso trabajo de edición. El protagonista no resultaba muy verosímil y parecía del todo incomprensible el cambio de su personalidad en la segunda parte del libro. ¿No eran en realidad muchos libros y muchos autores reunidos arbitrariamente?

Cuatro años después de que ganara el Nobel, en el 2000, una editorial polaca desenterró los desaires de Wislawa Szymborska. No le contestaba a Shakespeare ni a Dante sino a quien salía de la preparatoria y acababa de escribirle un poema a su novia. Szymborska era entonces editora en una revista de Cracovia y se daba a la tarea de leer manuscritos para ver si alguno merecía ser publicado. A cada envío le respondía con una notita. La editorial Nordica acaba de traducir el libro que recoge sus desalentadores juicios. Lleva por título Correo literario o cómo llegar a ser (o no llegar a ser) escritor. Quien haya leído las maravillosas Lecturas no obligatorias de la poeta polaca reconocerá de inmediato ese tono que rehuye la grandilocuencia, la solemnidad, la ostentación. Como en esa compilación, Szymborska aborda lo aparentemente trivial para deslizar, casi sin querer, lo más valioso.

La editora no ejerce de crítica literaria. Pide lo elemental: que se cuide la letra y la ortografía, que se respeten las reglas básicas de la expresión. Sugiere escapar de las frases hechas. Exige observar, mirar con atención lo que nos rodea. Para ser poeta hay que empezar poniendo atención. Invita, sobre todo, a leer.  A uno le escribe: “Le pedimos…, no, no, no le pedimos, le rogamos…, no, no tampoco…, le imploramos que nos envíe textos escritos de manera legible.” Lo que recibía la redacción era un manuscrito con letra microscópica, llena de borrones y tachaduras. No podemos hacerle justicia a su texto, le respondía Szymborska porque los artistas de la impresión no han inventado aún caracteres tipográficos ilegibles. En cuanto esto ocurra, seguro juzgaremos con justicia sus textos.

No se toca el corazón con los cursis. A una estudiante de 19 años le pregunta si los versos cortesanos que ha escrito no provienen del álbum de recuerdos de su bisabuela.  Hay que escribir con las palabras vivas. A otra le dice que, por los poemas que ha enviado, ha llegado a la conclusión de que está enamorada. “Alguien dijo que todos los enamorados son poetas. Pero probablemente era una exageración. Le deseamos todo tipo de éxitos en su vida personal.”

No cae nunca en la tentación de dar aliento: la experiencia literaria no tiene por qué conminar a la escritura. A quien busca consuelo después de haber sido rechazado, Szymborska le anticipa una larga y dichosa vida de lector desinteresado. Una existencia que debería darse el lujo de jamás pensar en la propia escritura. Otra le advierte que su novio la critica diciéndole que es demasiado guapa para escribir buena poesía. ¿Qué piensan de estos poemas que les mando? Creemos, le responde Szymborska a vuelta de correo, que usted es, efectivamente, guapísima. Alguien le pregunta cómo se llega a ser escritor. Así responde ella: “La pregunta que nos hace usted es muy delicada. Es como cuando un niño le pregunta a su madre cómo se hacen los niños y la madre le dice que se lo explicará más tarde, que está muy ocupada, y el niño empieza a insistir: ‘Entonces explícame, aunque solo sea cómo se hace la cabeza…’ A ver, intentemos también nosotros explicar, al menos, la cabeza: pues bien, hay que tener algo de talento.”

En esto reside seguramente el deleite de leer la poesía o la escritura casual de Szymborska: es tan exigente con la literatura como desconfiada de su superioridad. A mi hermana, dijo en algún poema, no le interesa la poesía. Pero cuando viaja me manda postales en las que me cuenta que, cuando regrese, me lo contará todo, todo…¨

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23, Jul 2018

El patrimonialismo del cartujo

Sigue dibujándose el cambio más profundo y más acelarado de la política mexicana del que tengamos memoria. El sistema de partidos está hecho añicos y se va conformando un poder hegemónico capaz de dictar la ley y tal vez de rehacer la constitución sin tener que negociar con adversarios. Pero ahí no termina el cambio. Tan importante como la ruptura del arreglo tripartita es la sacudida que se anuncia en la estructura burocrática y la amenaza que pende sobre nuestro precario sistema federal.

Algo he hablado del cambio en los partidos y espero hablar pronto del cambio en el sistema federal. Aquí me gustaría intentar una interpretación del cambio administrativo. Se anunciaba ya en los discursos del candidato presidencial. El gobierno no estaba del lado del pueblo porque estaba desconectado del pueblo. La alta burocracia ha vivido en una burbuja de privilegios y lujos. Puede advertirse una sensata sensibilidad republicana en esta crítica de López Obrador pero sus propuestas pueden resultar peor medicina que la enfermedad. Por lo pronto, no se anuncia una transición tersa en el ámbito de la administración. No es para menos. El futuro presidente anuncia una draconiana reducción del salario de los altos funcionarios y la cancelación de prestaciones relevantes. Al mismo tiempo, declara que el 70% de los trabajadores de confianza son desechables. Y, al mismo tiempo, ha decidido la mudanza obligatoria de miles de servidores públicos que, apartir de diciembre, tendrán que rehacer su vida en otra ciudad si es que quieren conservar su trabajo.

Se ha hablado de las efectos de esta fricción y de estos anuncios. Me gustaría detenerme en el proceso de toma de decisiones. La dispersión del gobierno puede ser uno de los cambios más radicales en la historia reciente de la administración pública federal. Sacar secretarías y dependencias de la capital es un asunto extraordinariamente complejo y costoso. Dudo que el cambio produzca las bondades prometidas y, por el contrario, imagino la mudanza como una distracción mayúscula para un gobierno cargado de proyectos y exigencias. Un derroche que desaprovecharía un patrimonio de generaciones. De llevarse a cabo la reubicación, las secretarías tendrían que prestar tanta atención al traslado como a los asuntos de su despacho. Complejo asunto, sin duda, pero lo relevante aquí es examinar cómo llega la futura administración a la persuasión de que se trata de una buena idea. Es sencillo: se escucha al caudillo y se ponen en práctica sus deseos. A fin de cuentas es su gobierno. La convicción del futuro presidente basta. No hace falta nada más. La SEP a Puebla, Comunicaciones a San Luis, Pemex a  Ciudad del Carmen. Él y sólo él clavó los alfileres en el mapa. ¿Para qué perder el tiempo con nimiedades prospectivas? ¿Para qué arrastrar el lápiz analizando el costo de la ocurrencia si ésta es, en realidad, una iluminación?

Detrás del llamado a la austeridad se revela una convicción patrimonialiasta que no puede ser anticipo de  buena gestión. El presidente decide qué hacer con la casa presidencial como si ésta le perteneciera. El presidente decide vender el avión presidencial sin examinar si esa operación es una forma razonable de cuidar los recursos comunes o, más bien, un despilfarro. El presidente decide a dónde enviar las oficinas públicas como si fueran piezas de su ajedrez. Estamos en presencia de un nuevo experimento patrimonialista. Por sus primeros gestos, López Obrador se acerca a la administración pública como un hacendado se relaciona con sus peones. Puede tronar los dedos y reducirles el salario. Puede deshacerse de ellos si le da la gana. Puede cambiarles el horario del trabajo de un día para otro sin que importe mucho lo que dice la ley. Moviendo un dedo ordenará a sus criados que empaquen sus cosas y se trasladen a la otra punta del país. Si rompen sus familias, si pierden oportunidades de educación para sus hijos, si las mujeres tienen una desventaja adicional, si el cambio significa una merma económica para el servidor público le tiene sin cuidado. El peón debe, ante todo, demostrar su lealtad. Aunque se dé ínfulas de cartujo, López Obrador ejerce un liderazgo patrimonialista que, seguramente, terminará siendo una nueva fuente de derroche, ineficiencia y corrupción.

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17, Jul 2018

La conferencia de Timothy Garton Ash

Puede escucharse aquí:

Puede verse aquí pero el video pero esta versión se come los primeros minutos de la conferencia …

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