20, May 2019

1994


La historia no crece como el pasto. Hay momentos en que el tiempo se acelera, horas que precipitan cambios colosales, instantes que revientan lo que, por décadas o siglos permanecía firme. Entender la historia es aproximarse a sus dos ritmos. Al lento flujo de los días, a las persistencias, a la discreta sedimentación de los cambios y también a los acelerones y a las rupturas súbitas. Ese fue uno de los lentes del historiador húngaro John Lukacs: la historia “microcósmica.” Se refería al análisis de las coyunturas decisivas. En su trabajo como historiador fue poco a poco comprimiendo el tiempo. Si en su primer libro sobre la Segunda Guerra analizó los dos años más intensos del conflicto y en el segundo examinó el duelo entre Hitler y Churchill narrando ochenta días de 1940, su tercer libro sobre la guerra exprime lo sucedido en menos de una semana. Cinco días en Londres es el título del libro. Sus amigos bromeaban que el siguiente trabajo abordaría los quince minutos más dramáticos de la guerra.

1994, el documental de Diego Enrique Osorno producido por Vice que puede verse en Netflix es un ejemplo de esta perspectiva microcósmica. En unos meses se revelan las tensiones enterradas de México, desaparecen los cuentos con los que nos arrulló la retórica oficial, queda hecha polvo la ilusión de cierto futuro. Fue entonces que, a golpe de rebeliones y conspiraciones palaciegas, se descarriló el proyecto más ambicioso de modernidad. Y la sangre, desde entonces, en el centro. 1994 es el año en que todo se rompe en México. Lo vemos en los vertiginosos capítulos del documental. El relevo presidencial se sale del libreto de la disciplina priista. El mito de la paz se rompe con el estallido zapatista. La violencia vuelve a la política e irrumpe también, con enorme fuerza de seducción, la palabra sublevada. Los enredos sucesorios producen una crisis económica brutal. Por supuesto, aquel año no terminó el 1º de enero de 1995. Dormimos en buena medida en las réplicas de aquellos terremotos. La paz rota, el entendimiento imposible.

La historia mexicana se tuerce en 1994. No por un evento supremo que lo hubiera alterado todo, sino por una sucesión de infortunios, azares y tragedias. Si recordamos 1968 fue por el movimiento estudiantil. Si recordamos el 2000 será por la alternancia. 1994 no puede quedar cifrado en un acontecimiento porque fue un torbellino de catástrofes. Osorno no coquetea en ningún momento con la maniobra perversa y todopoderosa que mueve todos los hilos. Esa suele ser la tentación del documentalismo elemental. Revelar el cuartel de las conspiraciones. El periodismo de Osorno, por el contrario, nos permite advertir lo contrario, es decir, la dimensión del caos. Muestra por eso las contradicciones, las incoherencias y los misterios de aquellos días que siguen vivos. Lo que vemos gracias al admirable uso de los archivos y las entrevistas puntuales es que aquellos terremotos en la cúspide y en la base destruyeron las columnas del sentido. ¿Qué demonios pasa en México? No hemos podido dejar de hacer esa pregunta desde entonces. Es la angustia de una política fuera de curso. La vivencia de un momento trágico: el tiempo fuera de quicio.

Quien recuerde aquel año dialogará, discrepará con el documental de Osorno. A ratos, el documental parece el testimonio de Carlos Salinas sobre aquellos días. La versión del presidente impera sobre el resto de las voces. Aparece como un estratega brillante, un estadista imperturbable que es también un amigo sensible. Luis Donaldo Colosio es retratado como un santo al que no permitieron obrar la conversión democrática del régimen. Podemos ver los ejercicios militares de los zapatistas y escuchar la voz de un subcomandante Marcos panzón, pero me parece que no se logra recrear el impacto que sus mensajes tuvieron entonces. México estuvo, en 1994, hipnotizado por unas cartas que venían de la selva.  Y de la incubación de la terrible crisis económica del 95 apenas tenemos algún indicio. Críticas menores. 1994 es un documental ejemplar. Valioso, sobre todo, porque permite encarar esa historia reciente que es historia presente.

Un acontecimiento se le escapa al documental. En 1994 se estrenó Pulp Fiction.

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15, May 2019

Las pestes de Quevedo

Virtud militante contra las cuatro pestes del mundo es el título del discurso que Francisco de Quevedo escribió en 1634 y que fue publicado, tras la muerte del poeta, hasta 1651. Es una descripción de las cuatro perdiciones del hombre: la envidia, la ingratitud, la soberbia y la avaricia. El moralista no se presenta como doctor que ofrece la cura a las calamidades, sino como el enfermo que relata sus propias afecciones. En un diálogo con Séneca, contestaba. Si digo que estoy enfermo digo en realidad que estoy hombre. “Escribo de las cuatro pestes del mundo no como médico, sino como enfermo.” Más ayuda el conocer del malo lo peligroso que es el mal, que del curandero lo confiables que resultan los alivios.

He usado algunas líneas de ese discurso para ilustrar un argumento en un artículo reciente. Apenas tuve espacio ahí para invitar a la lectura de esos discursos del genio madrileño. Por eso me gustaría exprimir la naranja un poco más. No me interesa comentar el texto. Prefiero llenar esta nota de comillas porque en el modo de decir de Quevedo radica su delicia. El genio de la sátira, el procaz sublime no solamente dominó todos los géneros sino que encargó todos los temperamentos. Colérico y burlón, también fue meditador sereno y sentencioso. En contra de lo que dijo Gracián, las hojas de Quevedo no son sólo para reír sino también para aprovechar.

De la “invidia” dice que le sucede lo que al perro flaco que rabia: “no hay cosa buena en que no hinque sus dientes, y ninguna cosa buena le entra de los dientes adentro.” Perro que ladra y no traga. Pero hay fácil remedio a este vicio de la envidia: “Si estás contento con las felicidades de los otros, las haces tuyas; esto logro es. Si las envidias, haces malaventuradas tus dichas; lo que es miseria. Si miserable te alegras de la calamidad ajena, añades al ser miserable, el merecerlo ser por delincuente. Si te apiadas, te acompañas, que es género de consuelo.”

La avaricia es idolatría y disparate. Venerar cacharros y esclavizarse a ellos. Mientras todos quieren cosas para gozarlas, el avaro las quiere para no gozarlas. “Al avaro tanto le falta lo que tiene como lo que no tiene.” Absurda tacañería: buscar el oro para ser pobre. El avaro “no vive para sí ni para nadie. Guarda lo que tiene, tanto de sí como de todos. Junta en sus tesoros deseos de su muerte, no socorros de su vida.”

De la soberbia advierte que sube como el cohete con gran ruido y aplauso, pero desciende muy pronto hecho humo y ceniza. “Y ninguno de los que le aplauden viéndole subir, ignora lo poco que ha de durar y lo breve en que ha de caer; así que ninguna cosa retrata tan vivamente la presunción de los soberbios como las bufonerías del fuego. Solamente la pólvora, invención infernal, pudo ser retrato de tan endiablado vicio.” La soberbia resulta el pecado más perezoso, dice Quevedo. Lo es porque se encuentra ”tullido en el ocio infame del amor propio, de donde no se mueve hacia el prójimo y se olvida de Dios, siempre rellanada en la propia estimación.” El estoico advierte que la soberbia es vicio airado e injurioso, que es embriaguez y una especie de locura. Y que es, ante todo, ignorancia de lo impotente que es cualquier mortal. Dice el soberbio que nadie es como él, que él solo lo es todo. Que es todopoderoso, que es rico y fuerte. Y la muerte le responde al soberbio que es, como todos, un gusano.

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13, May 2019

El soberbio

Se hará su voluntad. La refinería se construirá y no habrá argumento, estudio, advertencia que cuente. Se hará en el lugar que el presidente escogió personalmente. Son incontables las voces que han advertido la insensatez del proyecto. Nada valen frente al capricho presidencial. Las empresas que el propio presidente describió como las mejores del mundo aseguran que el proyecto no puede concluirse satisfactoriamente en los plazos y con las condiciones definidas por el gobierno. Aún así, el presidente sigue con su proyecto y, para que no haya duda, lo hará él mismo.

No hay argumento que valga frente a la obcecación. Los límites legales le son indiferentes. Ya nos ha dicho que la justicia es más importante que la ley y es él, sólo él, quien puede definir el sentido de la justicia. El experto que discrepa de él deja de ser, en ese instante, experto. Será un sujeto sin autoridad moral, un desvergonzado que no merece atención alguna. Lo mismo habría que decir de las instituciones de aquí o de fuera que se atrevan a cuestionar el deseo del líder supremo. Lo único que dice respetar son los mandamientos. Ser honesto para poder ir a la iglesia el domingo, para entrar al templo. Más que los delitos, muchos de los cuales sugiere olvidar, le preocupan los pecados. Quien se dice admirador de Juárez ha usado la tribuna presidencial para amenazar a los pecadores con no ser admitidos en el templo. Quien viola los mandamientos, dijo el presidente de una república laica, comete pecado y por ello no podrá entrar a la iglesia el domingo.

Pues bien, siguiendo la pista del devoto, habría que hablar de pecados y, en específico de uno de ellos, la soberbia para evaluar la política presidencial. Es soberbia y no otra cosa lo que despliega el presidente al desconocer cualquier límite a sus pulsiones. Es soberbia su menosprecio de aquello que merece atención. El soberbio está convencido de su superioridad. Un humano que no se pertenece ya a sí mismo y que, por deberse al pueblo, se lo puede permitir todo. No es extraño que Fernando Savater describa este pecado como el “valor antidemocrático por excelencia.” Ese engreimiento anula, en efecto, la posibilidad del diálogo, cancela las precauciones y da permiso para romper cualquier regla. Andrés Manuel López Obrador no admite palabra a la altura de la propia. Por eso carece de consejeros y se ha rodeado de aduladores que guardan silencio frente al torrente de sus caprichos.

Francisco de Quevedo escribió líneas memorables sobre este pecado en un discurso sobre las cuatro pestes del mundo. En esos párrafos advertía que el soberbio jamás se reconoce. Teniéndose como superior, se imagina como el más humilde de todos. Se encuentra por eso más fuera de sí mismo que un loco. Airado e injurioso, el soberbio queda embriagado con el amor que siente por sí mismo. Ruin arquitecto es la soberbia, escribía Quevedo: “los cimientos pone en lo alto y las tejas en los cimientos.” ¿Qué ingeniero que discrepara de él merecería sus respetos? Si él decide construir su palacio en el agua, es porque ahí debe levantarse, aunque rezonguen los enterados. El augurio es claro: “nada consigue la soberbia menos que lo que pretende.”

El hombre que se imagina como el cuarto padre de la nación, no duda de sí mismo. Dueño de la verdad, del bien y del futuro. No duda de sus proyectos, de sus ideas, de su instinto. Con esa fe se imagina no solamente como el escultor del alma mexicana, sino también como el amo del subsuelo que a fuerza de determinación y honestidad mostrará que todos en el mundo están equivocados. Sólo él tiene razón. Él sabe más que cualquier experto. Él logrará lo que ninguna empresa en el mundo. ¡Y ay de aquél que se atreva a dudar de la hermosura de sus intenciones!

No es grandeza, es una hinchazón lo que vemos en el soberbio, decía San Agustín. “Y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano.” Será por eso que en todo soberbio se esconde el ridículo. Repitiendo siempre las mismas frases como si fueran sublimes hallazgos de sabiduría, vanagloriándose constantemente de su teatral humildad, sermoneando diario a la república sobre el camino de la santa virtud y la verdadera felicidad, insistiendo en que en su voluntad radica un poder mágico que cambiará la historia de la patria, fustigando a los demonios y a los pecadores, el presidente empieza a convertirse en una figura tan cautivadora como un tele-evangelista. 

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06, May 2019

Épicos y apocalípticos

La primera víctima del actual gobierno ha sido el sentido de proporción. Parece imposible medir, en su correcta dimensión, lo que acontece. Cada decisión, cada iniciativa, cada palabra, cada gesto se dispara de inmediato para adquirir proporciones absurdas. Épicos contra apocalípticos. Ese es el espectáculo que contemplamos. Por una parte, el cuento de un heroísmo que está dando vida a una nueva república. Por la otra, el lamento de quienes advierten el aniquilamiento de toda respetabilidad. Difícil aquilatar acciones y discursos. Hasta el silencio adquiere en esta hora dimensiones grandiosas. Si el presidente se tarda unos minutos en escribir un tuit se confirma que su verdadero deseo es dirigirnos al barranco. Si calla ante las provocaciones de Trump es muestra de su altura como estadista responsable. Hasta lo no dicho se sale de proporción.

Los extremos no pueden ver la misma imagen. Un hecho es dos. Por lo menos, dos. De ahí la destemplanza de nuestra polémica. Ahí la fuente de la orgullosa incomprensión que nos envuelve. Y sin embargo, los extremos coinciden en un convencimiento. La historia se acaba de romper. Todo cambió. Promotores y críticos del gobierno están de acuerdo en eso: en diciembre cambió todo. Tras las elecciones y la llegada del nuevo gobierno, el país rompió con sus herencias y empezó un camino radicalmente nuevo. Cuando el presidente dice que se acabó un periodo histórico y que está comenzando un nuevo día para México, sus mayores críticos le dan la razón. Se han tragado entero el cuento de la ruptura. México está a punto de convertirse en un paraíso de fraternidad o de volverse Mexizuela. El amanecer de la república auténtica o de la nueva dictadura. El sentido del cambio puede ser apreciado de manera radicalmente distinta. Lo curioso es que casi todos coinciden en ese juicio: el país rompió definitivamente sus herencias y empezó un camino radicalmente nuevo.

Dominados por esa persuasión común, los antagonistas cierran los ojos a las persistencias. Es mucho lo que se preserva del pasado inmediato. Si hiciéramos caso a la retórica presidencial, México ya cambió. Ya es otro. Nada quedaría del perverso modelo económico, ni un ladrillo de su régimen oligárquico quedaría en pie. La historia, sin embargo, no suele ser piadosa con los arranques de voluntad. No se pliega al deseo de reinvención y se burla de quienes se imaginan adanes.

No minimizo lo que ha pasado en los últimos meses. Murió el sistema de partidos, ha surgido un presidencialismo imponente, las oposiciones han desaparecido. No ignoro tampoco las secuelas de una serie de decisiones concretas: el nuevo impulso al clientelismo, el capricho como motivación irrebatible de la política pública, la sordera ante las advertencias que empiezan a amontonarse, el hostigamiento a la crítica. Todos estos cambios son profundos y serán duraderos. Al mismo tiempo, no podemos ignorar el cauce de las continuidades. López Obrador habrá querido arrancar de tajo la herencia política y económica del neoliberalismo, pero las persistencias son tan relevantes como las discontinuidades. Épicos y apocalípticos cierran los ojos a esas continuidades porque no embonan en el dramatismo de sus relatos, pero una evaluación ponderada de lo que acontece debería hacer recuento no solamente de las rupturas, sino también de las continuidades. En la relación comercial con Norteamérica, en el conservadurismo fiscal, en el respeto al banco central hemos visto a un neoliberal ortodoxo. En el trato con el presidente Trump hemos visto una indignidad pragmática que rinde homenaje a Videgaray y a Peña Nieto. En su pacto con el sindicalismo magisterial y en su apuesta por la opción militar para encarar el drama de la inseguridad vemos una nueva versión del calderonismo.

López Obrador no es solamente un ideólogo vehemente. Es también un político pragmático. Es necesario advertir en su liderazgo la activación de esos dos resortes. El populista hinchado de fe en sí mismo que desoye cualquier advertencia, que desprecia cualquier razón contraria, que ignora cualquier discrepancia y que vive para el conflicto. El político pragmático que advierte en ciertos ámbitos (la relación con Estados Unidos, la lucha contra el crimen, el Banco de México) límites que no tiene más remedio que respetar. La historia no se enfrenta nunca a la hoja en blanco.

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01, May 2019

Restablecer memorias

El 12 de mayo de 2008, a las 2:28 de la tarde, un terremoto golpeó la provincia china de Sichuan. Fue un terremoto de 8 grados que mató a más de 80,000 personas. El movimiento de la tierra sacudió también la carrera de Ai Weiwei. El artista que publicaba constantemente sus apuntes sobre la sociedad, la cultura y la política china en un blog, dejó de postear. Había perdido las palabras que pudieran describir la catástrofe. Ante la magnitud de la tragedia, el gobierno chino reaccionó con el reflejo de todos los regímenes autocráticos: censurar y mentir. Era imposible conocer la dimensión de la tragedia. El poder se empeñaba en ocultar y en silenciar. Un hecho, sin embargo, afloró muy pronto. Los niños y los estudiantes habían muerto en proporciones extraordinarias. Estudiaban en cientos de escuelas mal construidas. Centros de educación levantados sin el mínimo cuidado que se vinieron abajo con el sismo. Los estudiantes muertos no fueron víctimas de una naturaleza desalmada. Murieron por la corrupción gubernamental.

Fue entonces que Ai Weiwei reanudó su blog, transformándolo en un centro de investigación ciudadana. Convocó desde ahí a llenar los vacíos de la información. Lo importante era contrarrestar el silencio y las mentiras del poder. ¿Quiénes eran los estudiantes? ¿Cómo se llamaban? ¿cuándo era su cumpleaños? ¿Qué estudiaban? ¿Dónde vivían? ¿Quiénes formaban su familia? Se formó entonces un equipo que se desplazó a la zona del desastre para entrevistar a las familias de las víctimas y recoger, en sus libretas, los datos. Muchos ayudantes de Ai Weiwei fueron arrestados, muchos archivos destruidos. Sin embargo, esa intervención alumbró verdad, dio nombre y rostro a las víctimas. En una exposición en Munich que hizo poco después, colocó 90,000 mochilas sobre la fachada del museo. En chino podía leerse la frase de una madre que perdió a su hija: “Lo único que quiero es pedirle al mundo que recuerde que ella vivió feliz por siete años.”

No es extraño que la tragedia de México toque tan profundamente al artista chino. Aquí ha encontrado otra expresión de la barbarie de este siglo. La más cruel de las violencias, la más extendida corrupción. Miles de seres humanos que desaparecen. Cadáveres sin nombre. Tumbas clandestinas. Y el olvido como amenaza. El Museo Universitario Arte Contemporáneo aloja en estos días una exposición que nos habla a la cara. “Restablecer memorias” no es un depósito temporal de obras que circulan por el mundo, sino una pieza que toca la herida mexicana. Como lo hizo en su país, Ai Weiwei fue al encuentro de las víctimas para registrar el dolor y la impotencia. Si su intervención no logra alimentar una esperanza, cultiva, por lo menos, el empeño de la memoria. En su conversación con Ai Weiwei, Cuauhtémoc Medina recuerda lo que el artista advirtió a los familiares de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. “Necesitan mantenerse unidos y fuertes, porque estamos hechos de carne, nos cansamos, pero luchamos contra una máquina y las máquinas no se cansan.” El estado es una máquina infatigable. Su apuesta es la desmemoria de aquellos a quienes oprime.

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29, Abr 2019

Una sutil bomba

Es un grueso ladrillo blanco. La investigación que ha puesto en jaque al presidente de los Estados Unidos, en 448 páginas se ha publicado. Finalmente puede leerse el informe del fiscal especial Robert Mueller. Es cierto que no podemos leer la totalidad del escrito. Sus hojas están atravesadas por una infinidad de marcas que ocultan aquello que no puede ser revelado en estos momentos. No podremos leer información relacionada con juicios en curso, con revelaciones privadas, o material que se considera clasificado. El New York Times ha desplegado las hojas del documento para ver las cuartillas a vuelo de pájaro. Casi cada cuartilla está salpicada de manchas negras. Sobre todo el primer volumen del reporte, el referido a la intervención rusa en las elecciones presidenciales, parece un forcejeo entre el blanco de la información y el negro de la censura.

A pesar de los manchones, el informe es un documento extraordinariamente valioso. Sobresale, ante todo, por la solidez de su relato. En tiempo de noticias falsas, es una plomada de información dura, pensada para resistir la prueba de los tribunales y para salir airosa de la reyerta partidista. En tiempo de ardiente opinionismo es un objetivo recuento hechos. En tiempo de vehemencia ideológica representa el más estricto acatamiento de la ley. No es poca cosa el que, en esta era de soplones, los trabajos de la fiscalía permanecieran ocultos durante todo el tiempo de su investigación. Ninguna filtración salió de esa oficina. Los trabajos avanzaron sin que se colara a la opinión pública una gota de información que vulnerara el debido sigilo que debe guardar una comisión de este tipo. Los resultados de las investigaciones son presentados con ese rigor y esa sobriedad.

El informe es devastador para Trump. No es que presente a la opinión pública y al Congreso información sorprendente, sino que la expone de manera inobjetable. No se trata de una versión parcial e interesada sino de un informe frío y ecuánime que hace catálogo de serias transgresiones legales. La conducta de Trump como candidato y aún más como presidente está marcada por un profundo desprecio por la ley. No hay ninguna duda de que intentó activamente descarrilar los trabajos de la comisión investigadora y que ordenó mentir a su equipo. Si algo lo salva es precisamente el desacato de los subordinados que se negaron a seguir sus instrucciones. Gracias al documento de la comisión Mueller, la causa de la destitución presidencial cuenta con fundamento sólido. Lo que el jefe del Departamento de Justicia dijo apresuradamente después de recibir el informe de Mueller está muy lejos de la verdad. William Barr sostuvo que el fiscal autónomo no formuló acusación alguna de obstrucción de justicia y que exoneró definitivamente al presidente de los Estados Unidos. La verdad es otra. Hay abundantes pruebas de que el candidato y el presidente violaron reiteradamente la ley. Puede reconocerse en su conducta un auténtico patrón de ilegalidad. Lo que se dice en el quirúrgico lenguaje del informe es que, a pesar de haber encontrado pruebas convincentes de que Trump intentó obstruir la justicia, no considera tener las facultades legales para formular una acusación directa contra el presidente. En el informe están los hechos, solamente al Congreso corresponderá evaluar su significado legal y político. Sólo al legislativo correspondería proceder formalmente contra del Ejecutivo.

Al leer el informe del fiscal especial podemos claramente advertir que la argumentación jurídica es un arte de sutileza. El reporte de Mueller es un relato cuidadoso, un argumento bien anudado, una fina lectura de la ley. Pero es una bomba. ¿Qué deben hacer los demócratas con la verdad? Hay quienes creen los atropellos son tan graves y tan reiterados que deben proceder cuanto antes a activar los mecanismos de la destitución. Hay otros que consideran que, más que improcedente, sería inconveniente iniciar un proceso contra el presidente de los Estados Unidos que al final del día se estrellaría contra el muro republicano en el Senado. Creo que estos últimos tienen razón. En un clima de tan intensa polarización como el que se vive aquel país, la remoción de un presidente que para millones encarna la victoria sobre la clase política tradicional, sería vista como un golpe de las élites. Una confrontación constitucional alimentaría ese resentimiento que es el más potente combustible del populismo.

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22, Abr 2019

Mentira e ilegalidad

El país empieza a salir del libreto del presidente. Si durante años, el discurso del opositor parecía la más certera denuncia de la realidad, hoy se escucha como retórica escapista: mis números me elogian, los males provienen de otro tiempo, los conspiradores se empeñan en negar nuestros logros. Lo cierto es que el presidente ya no pasea triunfalmente. A pesar de la cortesanía de su entorno, no puede ignorar la multiplicación de la crítica. Sus rituales matutinos se descomponen. La política del chasquido estalla en todas partes con algo que sigue sin aparecer en su imagen de México: la complejidad.

Desde que se anticipaba su triunfo electoral rondaba una pregunta: ¿cómo reaccionará López Obrador ante una crisis? Tarde o temprano aparecería el infortunio, la crisis, el contratiempo que termina definiendo a una administración. Los reflejos de un presidente pueden ser más importantes que sus proyectos. Más que las ambiciones trazadas desde un inicio, cuentan los reflejos ante lo indeseado. La respuesta puede marcar la diferencia entre una crisis que se supera y una crisis que se ahonda. El presidente puede seguir invocando la herencia podrida, la fuerza de su triunfo electoral, el respaldo de sus medidas simbólicas, su innegable popularidad, pero tarde o temprano todo eso se irá desvaneciendo. ¿Qué sucederá cuando la inconformidad se extienda? ¿Cómo lidiará con los obstáculos? ¿Qué hará con la inevitable frustración? La inquietud empieza a aclararse. Y la respuesta que se dibuja no es alentadora. En estos días hemos tenido probaditas de crisis. Si hemos de juzgar por los reflejos ante los desafíos recientes, hay buenos motivos para la preocupación. Andrés Manuel López Obrador no tiene la disposición anímica, la prudencia institucional ni la humildad intelectual para sortear con agilidad una crisis.

Más que aferrarse a una ideología, el presidente se engancha a ese sustituto de pensamiento que son sus frases. Ante cualquier cuestionamiento, ante cualquier percance, ante cualquier sorpresa fastidiosa, acude a la boca del presidente un viejo acervo de frases hechas. Cualquier crítica es tachada como un ataque interesado de sus adversarios que son en realidad conservadores que son en realidad hipócritas. Los otros no tienen autoridad moral porque callaron, porque fueron cómplices, porque pertenecen a una mafia. La moral la encarna él porque no es como los otros. Valdría la pena llevar el conteo de esas frases selladas que el presidente repite mil veces para no atender crítica alguna, para evadir preguntas incómodas, para cerrar los ojos a lo incómodo. George Orwell entendía el significado de esas palabras petrificadas. Las frases hechas exhibían una cabeza que ha dejado de pensar. Un cerebro repite fórmulas secas porque no se aventura a contrastar su prejuicio con la realidad.

Hermética, sorda a las valiosas interpelaciones de la crítica, altanera y displicente, la palabrería presidencial termina celebrando la mentira y la ilegalidad. El presidente tendrá otros números, aunque los fastidiosos datos provengan de su propia administración. Quien ha hecho juramento de verdad, miente cotidianamente. Con desparpajo trumpiano ignora los reportes oficiales, inventa datos, falsea tendencias, engaña. No solamente la verdad es víctima de esa impetuosa palabrería. La ley también sucumbe a la cerrazón. A desconocer la ley vigente, a dejar de cumplir la constitución ha ordenado el presidente López Obrador. Lo ha hecho públicamente con un documento infame, un auténtico decreto por la ilegalidad. El razonamiento presidencial será aberrante pero no es oscuro: la ley ha de incumplirse si es injusta y quien descubre la injusticia de una ley es, por supuesto, el presidente. No me gusta esta ley: ignórese.

Es importante registrar que la secretaria de gobernación, antigua ministra de la Suprema Corte de Justicia, ha guardado silencio después del ignominioso bando. Nada ha dicho y se mantiene, hasta el momento, en su puesto. ¿Significa ese silencio que acatará la instrucción presidencial? Qué penoso sería que esa fuera la coronación de una trayectoria pública. Las lealtades y las intimidaciones de la política suelen poner a prueba la dignidad.

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15, Abr 2019

Engaños del éxito

Andrés Manuel López Obrador conoce su Maquiavelo. Lo conoce, pero no es claro que lo entienda. Lo invoca, pero no puede decirse que haya aprendido lo que es verdaderamente central en su obra: la política como un arte de audacia y de prudencia. A pesar de que el presidente se describe como el moralista empeñado en derrotar al cinismo de la burda ambición, las ideas o, más bien, las expresiones del renacentista maldito aparecen reiteradamente en su discurso. Lo ha mencionado directamente en alguna de sus conferencias de prensa. Celebrando hace poco que la suerte le favorecía, defendió, con el autor de El príncipe, la relevancia del azar. “Decía Maquiavelo que se necesitaba virtud y fortuna para la política.” Es imposible pensar una política a salvo de lo impredecible. No es el político un territorio de regularidad que pueda eliminar la sorpresa. Por eso el conspiratismo que el propio presidente alimenta sea, de tan coherente, absurdo. López Obrador ha invocado también al florentino cuando ha trazado como emblema de su ambición histórica nada menos que la “gloria”. Como lo pensaba Maquiavelo, la política no consiste en la administración del poder, sino en su utilización para refundar la nacionalidad, para rehacer la historia. Nada menos. También puede escucharse un eco maquiavélico cuando se escucha al presidente advertir que en el gobierno hay que elegir entre inconvenientes. No suele presentársele al gobernante el dilema entre un bien nítido y un mal ostentoso. Las fronteras entre ellos son confusas y, en ocasiones, la única posibilidad es evitar el mal mayor. Entender que hay que elegir entre inconvenientes es una buena advertencia al propio López Obrador quien habita el mundo del simplismo moral. El presidente no suele hacerse cargo de esa invitación a la madurez moral que hay en el humanismo maquiaveliano.

López Obrador parece tropezar con una de las piedras más peligrosas en la política: el éxito. Quien ha conquistado el poder llega a la persuasión de que debe continuar el camino que emprendió para lograrlo. Cree que lo que funcionó antes, funcionará después. Tiene lógica y parecería absurdo recomendar otra cosa. Si una estrategia ha funcionado, lo más sensato sería insistir. ¿Por qué habría de ensayarse algo distinto si lo que se ha hecho anteriormente ha funcionado? Quien ha derrotado enemigos poderosos, quien ha remontado mil adversidades, quien ha trepado hasta la cima del poder, pensará que debe ser fiel a su estilo y a su actuar. Si así pudo vencer a los enemigos de antes, vencerá a los de ahora.

El problema es que las circunstancias cambian, que los desafíos se transforman constantemente, que la historia es más azar que rutina. Por eso advierte Maquiavelo que lo que ayer encumbró al ambicioso, mañana arruina al poderoso. Esa es, tal vez, la mayor dificultad que enfrenta el gobernante: ser capaz de soltar los emblemas de su triunfo, desprenderse de las medallas de su orgullo. El político suele esclavizarse a sus prácticas y a sus rutinas. Se convence de que la reiteración es la única política digna y eficaz. Empieza a actuar mecánicamente sin prestar atención al flujo de los acontecimientos y al impacto de sus decisiones. Cree que tarde o temprano la realidad cederá a sus deseos. Se ata a sus manías como si fueran el mármol de su identidad pública. Detenido en los logros de su pasado, cree que la repetición es la única forma de ser auténtico. Quien fuera osado se niega entonces al riesgo de la innovación. El opositor tenaz se convierte en un gobernante obsesionado con sus pleitos de antes, sus diagnósticos de antes, sus recetas de antes. Cualquier intento de repensar la estrategia es sentido como una traición. Remembrar los éxitos del pasado es una forma de cerrar los ojos a los frescos desafíos del presente. Es el engaño del éxito.

El terco es enemigo del ágil. Quien, como Andres Manuel López Obrador, conquistó el poder gracias a una tenacidad extraordinaria corre el riesgo de quedar congelado en un éxito pretérito. Al comenzar su sexenio, su política parece ya entumecida y miope. Una política decidida a repetir sus cantaletas, pero indispuesta a dialogar con las circunstancias.

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08, Abr 2019

El nuevo antiestatismo

El gran enemigo del neoliberalismo le rinde culto. No hay discurso que no incluya alguna embestida contra sus horrores. Tiro por viaje. No es posible imaginar al presidente desayunando sin lamentar el terrible daño que los neoliberales le hicieron a los chilaquiles. El neoliberalismo es el origen de todos los males del país. La única fuente de nuestra desgracia. Todo lo malo nació cuando esos traidores que estudiaron en el extranjero se apartaron de la ruta nacional. Ahí se funda el atraso, la violencia, la desigualdad, la inmoralidad. El nostálgico no deja de lamentar todo lo que perdimos desde el triste día en que los neoliberales impusieron su dominio. Las parejas no se divorciaban, los niños estudiaban con unos libros de texto fantásticos, se respetaban los valores morales, el presidente gobernaba sin el fastidio de una prensa doble cara y los chilaquiles picaban. Qué bonito era el México preneoliberal.

Pero, aunque el presidente vuelva a lanzarse hoy por la mañana, a medio día y en la tarde contra el maldito neoliberalismo, seguirá atrapado por la sospecha originaria de su enemigo. El Estado le parece una máquina fría y distante. Un inmoral concentrado de violencia, cuya actuación es irremediablemente represiva. Un aparato encadenado a procedimientos enredadísimos que entorpecen su actuación; un artefacto sometido a formalismos que retrasan cualquier intervención eficaz y que absorben los recursos que deberían destinarse a otras causas.

Como los neoliberales a los que tanto detesta, López Obrador sigue imaginando al Estado como un obstáculo y a los burócratas como malhechores. De esa persuasión viene el más furioso recorte burocrático en la historia reciente del país. Con furia thatcheriana, el gobierno emprendió la purga de una burocracia que considera mimada y superflua. No se trata, pues, de crear instituciones, de formalizar programas, de supervisar, de estructurar servicios públicos estables sino de becar. Esa es la filosofía del nuevo gobierno: subvenciones directas que eximan al Estado de cualquier responsabilidad de gestión y de vigilancia. Se trata de establecer “apoyos directos” para evadir las perversas intermediaciones burocráticas. Esa es la lógica que hay detrás del abandono de las estancias infantiles. Darle dinero a los padres para que ellos se hagan cargo. Milton Friedman estaría orgulloso de esta política. Los abuelos podrán cuidar amorosamente de los nietos, sugirió el Secretario de Hacienda. Una política más neoliberal que cualquier iniciativa del satánico salinismo. Si Octavio Paz describió al Estado mexicano postrevolucionario como un ogro filantrópico, el lopezobradorismo pretende remplazarlo con un ángel. No un Leviatán sino un príncipe. Esa es la idea que se esconde detrás de la nueva política social: un ángel filantrópico. Frente al Estado benefactor, un presidente benefactor.

Fiscalmente reaganiano, el nuevo gobierno prefiere la amputación administrativa antes que la reforma. Para financiar los programas sociales y la ambiciosa obra pública, el gobierno opta por estrangular a la administración antes que considerar un cambio en los impuestos. Este desprecio a la administración es consecuencia de un vehemente voluntarismo. El deseo presidencial no tiene por qué detenerse ante los peros de los comités, las reglas, los procesos. De ahí que el antiestatismo del día esté más cerca del pensamiento mágico que de las prácticas del Estado planificador. Pedirle permiso a la madre tierra es más importante que concluir un miserable estudio de impacto ambiental. Antiestatismo que no es economicista sino moralino. No se basa en las supuestas bondades del mercado, sino en la superioridad de una voluntad intachable, la del presidente.

El nuevo presidencialismo es, por ello, anticardenista. Lo es porque representa una embestida contra la regularidad institucional del poder, contra las palancas de una eficacia perdurable, contra la racionalidad administrativa, contra la corpulencia fiscal. Porque se empeña en corroer las capacidades del Estado. Porque es voluntarismo como nunca lo habíamos visto. La presidencia para Andrés Manuel López Obrador es el púlpito más la chequera. Lo que el oficialismo llama Cuarta Transformación es eso: una bonita mezcla de sermones y transferencias.

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03, Abr 2019

Las playas de Varda

Cuando nació su segundo hijo, la cineasta Agnès Varda inventó un proyecto para estar cerca del bebé. Saldría a la calle, a su calle para documentar las aventuras cotidianas. Cámara en mano, filmó la vida del íntimo ecosistema de su cuadra. Las tiendas, los cafecitos, la panadería, el taller de acordeones, la ferretería. Los protagonistas son sus vecinos: el que vende perfumes, la pareja recién casada, los ancianos, el peluquero, el sastre. Las conversaciones del clima, la salud, los intercambios más ordinarios. “Cada mañana, decía ella, se levanta el telón del teatro de lo cotidiano” Para no incomodar demasiado, avisó a los vecinos que usaría su propia corriente. No se colgaría de la luz de nadie. De ese modo, un cable de 90 metros definiría el alcance de la expedición diaria. “Daguerrotipos,” aquel proyecto de 1975, captura a la perfección el espíritu creativo de la artista que acaba de morir, a los 90 años. La magia de lo cotidiano.

Su cine es una invitación a contemplar, a adorar quizá, lo desechable. Lo que descartamos sigue teniendo vida. Hay que agacharse para recoger lo abandonado, lo que tendemos a ignorar, lo que olvidamos. Prestemos atención, por ejemplo, a la papa, la más modesta de las verduras. La directora no se escondía tras la cámara en esos documentales que eran mucho más que registro de hechos. En sus documentales, podemos ver el rescate de viejas imágenes, conversaciones y testimonios, pero también podemos apreciar el juego del teatro, el disfraz, la representración. Varda aparece con frecuencia a cuadro. Su presencia era adorable. Una mujer inteligente y fresca; sensible y afectuosa sin ser sentimental, naturalmente profunda y a la vez suave. Al ponerse del otro lado de la cámara y aparecer en pantalla, la directora se burla de la autoridad del director invisible. Como decía A. O. Scott, crítico del New York Times, Varda se nos muestra indicándonos que su cine es una manera de ver juntos. Ahí puede estar el secreto íntimo de su cine: proyectar la emoción de la amistad.

He vuelto a ver “Las playas de Agnès,” la preciosa autobiografía que filmó hace diez años. Se trata de un documental extraordinario en el que no solamente rememora sino recrea su vida. Recordar es revivir imaginando. En la primera escena aparece ella caminando hacia atrás sobre la arena. Soy una anciana gordita y habladora que cuenta su vida. Pero lo que me importa son los otros. Es a ellos a los que quiero filmar: mis amigos, mis amores, mis colegas, mis hijos. Son ellos quienes me motivan, quienes me intrigan, quienes me cuestionan y me desconciertan. Despliega así una centena de espejos para retratar a los otros, no a ella. Si pudiera ver a los otros, vería paisajes, si me pudiera ver a mí, vería una playa.

Esta memoria radiante y también dulcemente triste brinca de un tiempo a otro, de un recuerdo al siguiente. El pasado es caprichoso como el revoloteo de las moscas. El documental pasea entre la música de la infancia, las cartas que escribió enamorada, los mercados de pulgas, el primer coche, sus viajes, sus cariños, las enfermedades, la muerte y, por supuesto, el cine. Una casa que filtra la luz, como puede verse en una de sus escenas. Al cine llegó sin preparación alguna, después de dedicarse a la fotografía. ¿Por qué brincaste de la foto al cine,? le pregunta el artista Chris Marker representado en la película por la caricatura de un gato. “Me recuerdo necesitada de palabras,” responde ella. Las encontró en conversación con la luz y las imágenes.

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01, Abr 2019

Desde el fondo de la tumba

Ante un cuadro de Fragonard, Denis Diderot se dispuso a reescribir la alegoría de la caverna. El crítico no describía el cuadro. Se dejaba seducir por el lienzo para seguir sus indicios. Comenzaba contando con fidelidad el mito platónico: una multitud de hombres, mujeres y niños bajo encierro contemplan la proyección de sombras sobre las paredes. Como en el relato original, la humanidad es presa de la percepción. Pero la fábula de Diderot está impregnada de una carga política adicional. Las sombras eran, en realidad, una tortura de los poderosos. Los reyes, los curas, los ministros, los doctores, los profetas, los apóstoles, los teólogos, los políticos, los charlatanes engendraban las figuras que idolatramos como si fueran la realidad. Los traficantes del temor y la esperanza idiotizaban con leyendas. Provocaban risa y llanto. Y con esas reacciones sometían a la humanidad. La caverna de Diderot no mostraba, como la otra, los defectos de la razón. Denunciaban las trampas de los poderosos.

Desde su primer libro, Diderot supo que el escándalo sería su compañía. Como advertencia a sus lectores pidió a su editor que agregara una leyenda en latín en la portada: “Piscis hic non est omnium”. Este pescado no es para todo mundo. No lo firmó. Pensamientos filosóficos apareció en 1746 como un escrito anónimo. A pesar de su título, no era una meditación propiamente filosófica. Se trataba de la refutación de un escéptico a los Pensamientos de Pascal. Contra su angustiosa metafísica, el sentido común. Frente al Absoluto, la sensualidad. ¿Qué dios buscaría el tormento eterno de sus criaturas?, pregunta en uno de sus párrafos. ¿Encontraría placer ese dios al bañarse en nuestras lágrimas? La infinita crueldad del personaje de la ficción bíblica le resultaba tan absurda como la condena que se hacía de nuestros apetitos. La pasión no es el enemigo, es el motor de todos nuestros placeres, la fuente de lo sublime. La Iglesia, ese patronato de la hipocresía, nos quiere monstruos que no sienten nada, que no aman nada, que no viven nada. A los dogmáticos los combatía con una sencilla invitación a pensar. Lo temible no es la inexistencia de Dios. Lo aterrador es que Dios sea el que nos pintan.

El artículo completo puede leerse en nexos…

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01, Abr 2019

Escribir con tijeras

La historia se escribe con tijeras. No es un tejido de múltiples versiones, una memoria rica en contradicciones y misterios sino un enfrentamiento entre dos sujetos morales. La historia es un relato edificante, una sencilla lección cívica, un cuento de clara moraleja. No podría ser de otra manera si se trata de una lucha de los buenos contra los males. El enfrentamiento de los patriotas contra los traidores. Así parece decírnoslo un presidente obsesionado con el pasado. Todos los días presenta un capítulo de esa historia de estampitas en la que cree fervorosamente. En la historia no encuentra ejemplo de una fascinante complejidad, sino de esa simpleza que alimenta su juicio político. Nada de claroscuros. Los héroes son saludables y rozagantes; son honestos y bondadosos. Los villanos son monstruos viles y deformes. Los liberales podrán cambiar de nombre y de escenario, pero no de causa.  Los conservadores estarán atrapados por siempre en su maldición: conspirar sin éxito contra la patria. Si alguien ha tomado los murales de Diego Rivera en Palacio Nacional como si fueran una auténtica lección de historia ha sido es precisamente quien hoy despacha ahí.

De esa historia de bronce proviene la convicción de que el tiempo puede cortarse a voluntad. Con una navaja puede separarse el hoy de todos los días precedentes. En un instante se pasa de una era a otra. Se puede por eso romper definitivamente con todas las herencias del pasado e iniciar, como en una hoja en blanco, el nuevo capítulo de la nación. Esa ilusión de la cisura expresa una idolatría de la política. Imaginar al poder como una fuerza capaz de romper el tiempo. Terminar súbitamente los hábitos, fundar con fresquísimos materiales, la nueva arquitectura de la nación. Proclamar el primer día.

Así se decretó recientemente. El presidente de la república declaró, con toda solemnidad, la abolición definitiva del neoliberalismo. Tras la abolición de tan perverso credo, el auditorio se entregó a los aplausos. Se pensará que, tal como Hidalgo abolió la esclavitud, López Obrador termina con la servidumbre del presente. A decir verdad, la anulación no parece muy convincente si advertimos que las columnas fundamentales del neoliberalismo se mantienen intocadas y aún apreciadas como sustento de la estabilidad del nuevo gobierno. Si el neoliberalismo concretó dos reformas cruciales durante su reinado, la primera sería la autonomía del banco central y la segunda el acuerdo comercial de Norteamérica. No parece intención del gobierno terminar con la autonomía del Banco de México ni romper el pacto norteamericano. Pero en la imaginación del presidente, la ideología neoliberal ha sido definitivamente eliminada. Los aplaudidores de palacio habrán celebrado la histórica liberación de una doctrina perniciosa, pero, vale preguntar, ¿puede decretarse la abolición de una idea? Aceptemos, si se quiere, que el neoliberalismo es la más perversa de las concepciones económicas en la historia de la humanidad. Pensemos que es, como nos dice el presidente, una ideología demoniaca de la que han surgido todos los males que padece el país. Pero, aún creyendo en el satanismo neoliberal, ¿puede alguien abolirlo? ¿Puede la política invalidar una idea? ¿Puede abolirla?

La ilusión presidencial es reveladora de una ingenuidad disfrazada de omnipotencia. Arrogancia que es, en el fondo, ignorancia. Quien se imagina con el poder de abolir una idea, desconoce que el mundo de las ideas escapa de su control. El poder presidencial, por macizo que sea, no puede anular una fuente de pensamiento. Se trata de la misma soberbia de quien pretende bautizar su propio tiempo y colocarse por adelantado como una de las cuatro estatuas de la historia nacional.

Se cuenta que hace mil años, un rey Canuto en Inglaterra se burló de los aduladores que lo endiosaban mostrándoles el límite de su poder. Eres el más sabio, el más poderoso. Nadie osaría desobedecerte, le decían. Pues bien, si eso es cierto, le ordenaré al mar que retroceda y que cesen ya las olas. Tras la respuesta del mar, los aduladores callaron. Soberanía no es omnipotencia. El presidente podrá decretar la abolición de mil ideas perniciosas, podrá proclamar que despierta el primer día del cuarto nacimiento de México y dirá misa.

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25, Mar 2019

El fin de la (otra) hegemonía

La economía parece negada a la autocrítica. Parece negarse también a discutir con legos, pero su condición de autoridad tiene que ser analizada críticamente. Desde hace décadas ha ocupado un lugar privilegiado en la discusión pública y se ha instalado como la única vía racional de intervención en la realidad. Por eso nos corresponde a todos examinar sus pretensiones de supremacía intelectual. Fernando Escalante publicó en el 2016 un libro breve en el que examina su estatuto. Se supone que es ciencia. Reflexiones sobre la nueva economía, es su título. Lo publicó El Colegio de México. Ahí resalta la arrogancia profesional y el aislamiento de una disciplina. Por esa estrecha altanería ha sido incapaz de percibir sus miopías, sus cegueras, sus obsesiones. Ha resultado incapaz de reconocer, por ejemplo, su responsabilidad en la devastadora crisis del 2008. “La crisis de 2008 tendría que haber tenido consecuencias serias, no sé si catastróficas, para la economía como disciplina académica (para la versión dominante, al menos). No ha tenido prácticamente ninguna.» Poco sucedió después de la crisis. Tal vez algún remordimiento, alguna confesión. Pero la prédica se mantiene intacta: se enseña lo mismo, se publica lo mismo, se hacen las mismas recomendaciones. Como si el 2008 no hubiera pasado. Es que la crisis no fue solamente una crisis económica sino una crisis de la ciencia económica. La crisis de una disciplina académica. Una crisis que apenas algunos reconocieron como tal. Paul Krugman, unos meses después de haber ganado el Premio “Nobel”, se preguntaba en un ensayo en la revista dominical del New York Times, ¿cómo era posible que los economistas se hubieran equivocado tanto? La crisis era oportunidad para repensar los fundamentos de una disciplina. Se trataba del momento propicio para hacer una profunda reflexión intelectual. “Según lo veo, decía ahí, la profesión económica erró el camino porque los economistas, en conjunto, confundieron la belleza—vestida con unas matemáticas impresionantes—con la verdad.”

Fareed Zakaria, el acreditado internacionalista, escribe en la edición más reciente de Foreign Policy que la economía había ejercido una especie de hegemonía intelectual (“The End of Economics?”, invierno de 2019). Si durante la guerra fría las tensiones eran esencialmente ideológicas y geopolíticas, el conocimiento más apreciado era histórico, cultural, político. Eran los diplomáticos con una larga perspectiva histórica quienes ofrecían claves para entender los conflictos del día. Al terminar la guerra fría, esas consideraciones pasaron a un segundo plano. La economía parecía la herramienta racional de la integración. Una ciencia rigurosa abriría los caminos del progreso. De ahí nacía su autoridad pública. Era una hermana de la física. Ahí estaba la llave de la prosperidad. Lo notable es que se presentaba como un conocimiento al que solamente algunos podían acceder. Una ciencia, pues, que no podía ser moneda común. Por ello en la economía se deja entrever una utopía antiilustrada. Su saber nos hará prósperos, pero no todos tendremos acceso a ese saber. Habremos de confiar en los expertos, aquellos iniciados que han podido descifrar sus secretos.

La autoridad indisputada de la disciplina marcó una era. En la cuenta de Zakaria son tres décadas de imperio intelectual. En sus fórmulas y modelos se quiso ver el lente más preciso para observar el mundo. En sus herramientas, el saber más útil y más confiable. Esa hegemonía, dice Zakaria, ha muerto. La voz de la disciplina no es la más atendida ni la más persuasiva. Sobre los asuntos más candentes del mundo (las identidades y las nostalgias, las ansiedades colectivas, la fe política, las pasiones públicas) simplemente, tiene poco que decir. Si seguimos pensando que la lógica económica es la única prueba de racionalidad, seguiremos tachando a medio mundo de imbécil. Hay razones humanas que la razón económica desprecia. Cuando un ministro británico gritó su hartazgo de los expertos quiso ponerle un hasta aquí a esa racionalidad que se pretende única.

Que la economía haya caído del pedestal no significa, desde luego, que resulte irrelevante. Frente a la demagogia, la plomada del economista será siempre valiosa. Lo que advierte el fin de esa hegemonía es que la complejidad requiere de más enfoques y menos encierros.

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20, Mar 2019

Plantas que juegan

El Noé de la historia bíblica fue en extremo cuidadoso para asegurarse que todas las especies entraran a su barco. Águilas, venados, osos, elefantes, lobos, pericos, abejas. Todos debían subir al arca, naturalmente en parejas, para que la especie sobreviviera el castigo. Un pequeño detalle se le olvidó al autor del cuento: el iracundo que enviaba el diluvio como castigo no ordenó empacar macetas. Quería salvar la vida, pero abandonaba lo que le daba sustento. El barco zarpó y dejó en tierra a las palmeras, a los helechos, a los guayabos. Como resultaba irrelevante trepar piedras al barco, lo era el abandonar a las flores. El olvido de esta historia es, tal vez, la mejor estampa de la ceguera vegetal de Occidente. Ignorar a las plantas. Si se nos presenta una fotografía de la selva en la que se muestra una variedad enorme de árboles, arbustos, hierbas, flores, legumbres y un pájaro en la esquina, notaremos al pájaro y no las muchas plantas en la imagen.

Stefano Mancuso, director del Laboratorio Internacional de Neurobiología Vegetal de la Universidad de Florencia ha combatido esa ceguera. El año pasado publicó un libro sobre la inteligencia de las plantas. (The Evolutionary Genius of Plants. A New Understanding of Plant Intelligence and Behaviour, Atria Books, 2018.) Se trata de un libro fascinante sobre las herramientas que han desarrollado las plantas para sobrevivir. Su inmovilidad no es, en modo alguno, insensibilidad. Su mudez no es incomunicación. Mientras los animales han encontrado en el movimiento la clave de su sobrevivencia, las plantas han tenido que desarrollar otro ingenio. Merece ser llamado inteligencia, dice Mancuso: es una capacidad que permite apreciar las características del entorno, detectar los desafíos y encarar las amenazas. Las plantas, como los insectos o los peces, resuelven problemas. ¿No llamamos a eso inteligencia? Su argumento tiene un ilustre precedente. Charles Darwin al estudiar, junto con su hijo Francis, el movimiento en las plantas, concluyó que en la punta de las raíces había inteligencia.

Hay, en efecto, un comportamiento inteligente en las plantas. Que no provenga de un centro unificador como el cerebro animal no significa que no exista. Hay ingenio sin cerebro. La inteligencia tampoco necesita manifestarse como una agilidad de movimiento que podemos percibir a simple ojo. El tiempo vegetal no es el nuestro. La capacidad sensorial de las plantas no se concentra en órganos especializados pero existe: no tendrán ojos, pero puede decirse que ven; no tienen nariz, pero perciben olores, no tienen boca, pero emiten información a través de un complejo vocabulario de sustancias. La inmovilidad ha llevado a las plantas a desarrollar un discernimiento químico más avanzado que el de nuestro mejor laboratorio.

Mancuso registra las muchas manifestaciones de la inteligencia verde. Hay recuerdos en las plantas, aprendizaje basado en la experiencia. Puede identificarse el cálculo de riesgos y el anticipo de beneficios. Sabemos que se comunican, e incluso, que se entienen mejor las hijas de la misma planta. No es absurdo decir que son capaces de idear argucias militares. Mienten, seducen, se esconden. Cuando una larva ataca a un tomate, sus hojas lanzan una invitación a los emigos de la larva. El enemigo de tu enemigo será tu amigo… Lo más llamativo quizá es el juego de los girasoles. En una conferencia, Mancuso muestra las imágenes aceleradas de unos girasoles tiernos que se arquean de un lado para otro. Giran y dan vueltas; se estiran y se encogen. Uno diría que están bailando. Juegan. Como los cachorros juegan a la cacería, los girasoles juegan a atrapar la luz. Se preparan. Será, desde luego, una metáfora como esa de la neurobiología vegetal, pero ¿qué sería la ciencia sin metáforas?

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19, Mar 2019

Dulces envenenados

La política del actual gobierno nos ofrece, mañana tarde y noche, dulces envenenados. El oficialismo celebra el celofán con que envuelve sus decisiones, pero se desentiende de las sustancias tóxicas que oculta bajo el caramelo.

Se celebra, por ejemplo, que se ha aumentado el catálogo de delitos graves. Qué gran cambio, festeja el presidente. Hemos terminado con la permisividad neoliberal que trivializaba el horror de la corrupción, del fraude, del feminicidio. Hemos cambiado la ley para considerarlos delitos graves. Lo que no dice el presidente es que la palabra “grave” no designa, como en el lenguaje común, la dimensión de la ofensa sino el tratamiento procesal del acusado. ¿En algo ayuda esta reforma para combatir la impunidad? En nada. Absolutamente en nada. Lo reconoce incluso la el dictamen de la Cámara de Senadores:  lo que aprobaremos “no resuelve per se el problema de inseguridad ni es en sí una medida dilatoria (sic) de la comisión de delitos”. Aún reconociendo la inutilidad de la medida, la aprobaron. Y no es una mera frivolidad. Siendo inequívocamente ineficaz es una reforma nociva. La reforma dará nuevos permisos para atropellar la presunción de inocencia. Y favorecerá la criminalización de la pobreza. Así lo ha advertido la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Pero, al parecer, no importan las consecuencias de las reformas. Importa su envoltura. Que puedan venderse, por supuesto, como un clavo más sobre el ataúd del neoliberalismo.

Propone la bancada mayoritaria en la Cámara de Diputados una iniciativa para reducir a la mitad el financiamiento a los partidos políticos. ¡Todos a festejar! Finalmente, alguien se decide a quitarle el dinero a las entidades más abominables. ¿Quién podría oponerse a tan magnífica propuesta? La iniciativa tiene apariencia benefactora, pero sería un golpe severísimo, tal vez mortal, al ya agónico sistema de partidos. Con los resultados de la elección reciente, el partido del gobierno sería el único beneficiario de la medida. José Woldenberg ha hecho el cálculo de lo que significaría la aprobación de esta propuesta: Morena aumentaría en un 89% sus recursos, mientras que las oposiciones más importantes perderían entre 50 y 60% de sus ingresos. Si el financiamiento público ha de prevalecer, es importante que aliente razonablemente la equidad. El pluripartidismo no es gratis. Los ahorros que nos quieren vender como medida admirable son, en realidad, un tiro de gracia. ¿De veras queremos vivir sin el fastidio de la pluralidad?

Lo más grave, sin duda, es la reforma constitucional que está en el aire. Se nos ofrece como un paso democrático: poder quitar, mediante el voto a un presidente impopular. El arreglo institucional de la revocación es extraordinariamente delicado. De él depende, no solamente la estabilidad de los gobiernos futuros, sino también su capacidad para poner en marcha reformas y su corpulencia para resistir los embates de los adversarios. Alterar el periodo fijo de gobierno modifica sustancialmente los equilibrios tradicionales del presidencialismo. No digo que ese esquema deba permanecer inalterado. Simplemente advierto que, para modificarlo, hay que examinar cuidadosamente las alternativas. Sin embargo, en la conducta de los diputados se han impuesto tres vicios graves y preocupantes. Por una parte, el sometimiento irreflexivo al deseo presidencial. Si el presidente lo quiere, nosotros se lo daremos. Se trata de una sumisión que, además, actúa como si estuviéramos ante una urgencia. Reformas de ese calado no pueden definirse con prisa. Pero los morenistas en la Cámara de Diputados no quieren perder el tiempo en argumentos. Finalmente, los oficialistas legislan como si su condición fuera perpetua. Legislan para López Obrador y para el presente. Quieren abrir un camino para lo inmediato sin detenerse a considerar lo que puede venir. Olvidan la norma elemental de la prudencia institucional: las reglas que diseñas deben servir para contener a tu peor enemigo. La rueda de la fortuna pondrá en tu sitio a quienes más temes. Al diseñar instituciones hay que imaginarse con la responsabilidad del poder y también en la condición de minoría. La actuación del partido gobernante refleja la convicción contraria: hay que legislar para el instante y para el jefe. Después de Amlo, el diluvio.

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