feb, 2017

22, feb 2017

Pensar sin centro

Los seres que nos visitan desde otro planeta en la película “La llegada” son unos pulpos enormes que logran comunicarse con nosotros a través de sus tentáculos. De sus largas extremidades brotan los mensajes que conducen a la protagonista a la experiencia de otra dimensión. Peter Godfrey-Smith, un filósofo que bucea, no ha tenido que salir del planeta para encontrar una inteligencia radicalmente distinta a la nuestra. En los mares del mundo ha estudiado pulpos, calamares y otros cefalópodos y en ellos ha detectado la conciencia más distante.

La inteligencia del pulpo es sorprendente. Es capaz de emplear herramientas, puede resolver problemas complejos, tiene memoria de lo reciente y de lo antiguo, fabrica su propio refugio, es extraordinariamente curioso. Quienes han convivido con pulpos durante largo tiempo, han podido apreciar una personalidad en cada individuo. Algunos son agresivos, otros juguetones. Hay pulpos tímidos y pulpos peleoneros. Parece claro que son capaces de reconocer las diferencias entre los hombres. En un laboratorio, uno solo de los científicos del grupo era recibido con chisguete de agua, cuando llegaba a trabajar. Podemos reconocernos en su afán exploratorio y en su capacidad de aprender; en sus simpatías y repulsiones personales. Pero, como bien advierte Godfrey-Smith en Otras mentes. El pulpo el mar y los orígenes profundos de la conciencia (Farrar, Strauss and Giroux, 2016), representan la otra evolución de la inteligencia. La criatura inteligente más lejana a nosotros. Nuestro ancestro común habrá sido una lombriz plana que vivió hace unos 600 millones de años. De ella partieron dos ramas que evolucionaron por rutas distintas. Una dio lugar a los vertebrados, la otra a los moluscos. El pulpo es, entre ellos, el que tiene el sistema nervioso más complejo. Tiene el cerebro más grande y la mayor cantidad de neuronas en todo el reino de los invertebrados.

Lo más notable, desde el punto de vista anatómico, es que las neuronas no están recluidas en el cerebro. La mayor parte de ellas están sembradas en todo el cuerpo. Los tentáculos están tapizados de células de pensar. Cada tentáculo percibe el mundo de manera independiente y procesa la información que pesca sin necesidad de recibir instrucciones del cerebro. Los bailes del pulpo, sus peleas y exploraciones no son resultado de una instrucción que desciende desde la torre cerebral. Hay, por supuesto una coordinación que proviene del cerebro pero hay una perceptible independencia de las extremidades pensantes. El pulpo, sugiere Godfrey-Smith, es como una banda de jazz. Hay una melodía común pero cada instrumento tiene el deber de improvisar. Un pulpo es un ser y es varios. En uno solo, hay muchos. La unidad de la conciencia, sugiere el autor, es una simple opción evolutiva.

En el pulpo la vieja idea de la separación de la mente y el cuerpo es simplemente absurda. Todo el cuerpo sirve para conocer el mundo. El estudio de Godfrey-Smith es una lectura fascinante: observando a nuestro lejanísimo pariente, el buzo reflexiona sobre la mente y los orígenes más profundos de la conciencia. “La mente, escribe, evolucionó en el mar.” Por supuesto, es imposible adentrarnos en la experiencia de ser pulpo. Podemos simplemente conjeturar: la imagen que esta criatura puede formarse del mundo, el contacto que puede tener consigo mismo y con lo que lo rodea será incomprensible para nosotros pero habrá, en alguna dimensión, sensaciones que nos hermanen.

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02, feb 2017

La nobleza de la crueldad

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Mi abuelo cometió un terrible error al venir a Estados Unidos. Siempre he vivido en el país equivocado, decía H. L. Mencken. Para Borges el periodista norteamericano era tan admirable como irrepetible. Imposible exportar la figura de un crítico dedicado al arte de vituperar al país propio. Cuando le preguntaron por qué vivía ahí, en un país del que tanto se burlaba, respondió con otra pregunta: ¿por qué la gente va a los zoológicos? Estados Unidos era, en efecto, el paraíso del burlón. Solía hablar de las raíces alemanas de su familia pero fue un personaje esencialmente americano. “Por sus virtudes y por sus no en pocas ocasiones colosales defectos, Mencken —dice Christopher Domínguez— es uno de los ejemplos más característicos del genio de los Estados Unidos: audaz, pragmático, inventivo, ingenuo, filisteo, oportuno y oportunista”.

No es extraño encontrar en nuestra prensa alguna frase suya como condimento, pero es poco leído. Reportero infatigable, tenía la precisión del aforista. “Un cínico es el hombre que, al ver una rosa, busca el ataúd”. Si fue el crítico más poderoso de su tiempo fue porque no aspiró a la popularidad, porque despreció la influencia. Era despiadado, temible, implacable. El “Sacro Terror de Baltimore”, lo llamó Walter Lipmann. Mencken sabía que su obituario estaba listo en los archivos de la redacción del Sun, como buitre en espera de su muerte. A quien lo había redactado le hizo solamente una sugerencia: agrégale que, a medida en que fui envejeciendo, me fui haciendo más malo. Escribió que una carcajada puede más que mil silogismos. Era la risotada de quien ha perdido toda ilusión.

El artículo completo puede leerse en nexos de febrero. 

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