may, 2017

31, may 2017

Lizalde y la monstrua

eduardo-lizalde

El poeta nombra con un grito, escribió Eduardo Lizalde en uno de sus poemas tempranos. El poeta habla con un silencio que aúlla la oscura cosa. El mundo que toca su palabra es el de los trastos rotos, roídas: el aserrín de los montes.

El grito
que ha de roer la nube
y destrozar al pájaro
reventado en el aire
cuando empiece a sonar:
será el poema

Biógrafo de su propio fracaso, sabio de la desesperanza. Es de amor ese poema en el que avisa que “algún veneno oscuro de serpiente has inventado para destruir las rocas.” No hay en su poesía asomo de ilusión, de festejo. Celebracion, si acaso, de nuestra condición ruinosa. Asombro ante el desamparo. No necesitamos mapas, no tiene utilidad las brújulas, sobran las palabras. Conocemos la catástrofe. Por eso advirtió a los activistas que el principal deber de un revolucionario es “impedir que las revolciones lleguen a ser como son.”

Las flores no lo son.
Silencio. El tiempo vuela.
La realidad se ha reducido
a este mal sueño.
Sólo el crimen es real.

La pesadilla sola
–nunca el sueño–
conforma el mundo.

La entrega del Premio Carlos Fuentes al poeta Lizalde resalta un parentesco entre ellos: su fascinación por la catástrofe que habitamos. Veo en el Fuentes que se entrega al tigre no al muralista de La región más transparente sino al autor del Cristobal nonato. El escritor que pinta la más pestilente de las urbes, que describe la ciudad del hacinamiento y la polución rinde homenaje al cantor de la Tercera Tenochtitlán. Entre 1982 y el 2000, Eduardo Lizalde escribió ese largo llanto por la ciudad de México. Vale leer el poema hoy, para abrevar del necesario vocabulario del veneno y la destrucción. La ciudad es una araña que nos atropella; una vieja coyota que nos nutre y emponzoña; una rata, un vampiro milenario; una mancha oscura recorrida por ríos que mienten. El poema de Lizalde es deforme, como la ciudad misma. Como ella, un gemido desmesurado y vil.

La ciudad de Lizalde es “nuestra monstrua.” El “cadáver de una vieja laguna corrompida,” un pozo sangriento. Un ogro lleno de “mierda eminentemente histórica” que perfecciona cotidianamente el plan maestro de su demolición. Una mancha que carece de cuerpo y, sin embargo, se expande incesantemente. Pero el poeta lo reconoce: la culebra es nuestra, es nosotros: “soy parte de su ajado, roto cuerpo.” Es nuestra monstrua.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
29, may 2017

Roberto Rébora y la maldita perspectiva

Materia y discurso de fe; Roberto Rebora Giorgio Vasari vio en la perspectiva la maldición que habría de condenar a Paolo Uccello a la mediocridad. Habría sido el más gracioso, el más imaginativo de nuestros genios si no hubiera sido presa de ese embrujo. Si hubiera trabajado en serio en las figuras y formas que aparecen en sus cuadros, no se habría perdido en los detalles de la perspectiva. Pero esa disposición de las formas en el espacio, ese diálogo de las distancias lo cautivó a tal punto que volvió estéril el talento. A la maldita perspectiva le atribuye Vasari también la soledad, la melancolía, la pobreza de Pablo el Pájaro. Advierto en la pintura de Roberto Rébora una obsesión paralela. Una exploración de las dimensiones pero, sobre todo, una reflexión sobre los vínculos entre los cuerpos. La perspectiva escudriña la relación de los objetos en el espacio. La relación entre los hombres y las cosas, entre el hombre y el hombre, entre el hombre y las emociones, la partícula y el todo. En las habitaciones de un cuarto de hotel, en el cruce de los caminos, en una esquina, las mujeres que retrata están solas. Arte de la soledad. Así sea en la maraña de los coches y edificios, sus personajes están solos. Estampas que narran la desolación de la culpa, del arrepentimiento, del deseo, de la cavilación. Cuadros que son historias detenidas. La elocuencia del instante emocional. El vacío es uno de los personajes constantes en la pintura de Rébora. Muros que imponen su corpulencia física como peso del absoluto. Entre el paredón y nosotros, hombres y mujeres (sobre todo mujeres) que nos dan la espalda. Figuras cabizbajas, encorvadas. La ansiedad está en la figura, no en el rostro. Como en las esculturas de Henry Moore, es la flexión de los volúmenes la que transmite ánima.   El artículo completo, en Letras libres…

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
17, may 2017

Esquirlas del Big Bang

acelerador

“Más que nunca tenemos urgente necesidad de un poeta como Lucrecio”, escribió George Steiner al final de En el castillo de Barba Azul. Las humanidades, decía, no solamente han sido arrogantes. También han sido tontas. Se han creído con el derecho de olvidar el genio de la física y el álgebra. Han encerrado las matemáticas y la astronomía en un frasco al que no han de tocar la poesía ni la épica. Esa es la grandeza de Lucrecio: trazar la epopeya del alma y los planetas. Explicar el enjambre de átomos que es el universo. Los espejos y los amores; las invisibles partículas que nos gobiernan, la harina que nos rebela. Porque estamos hechos de moléculas, esas invisibles semillas del ser, compartimos cuerpo con las piedras, las algas, los árboles y las estrellas. Pepitas elementales diminutas e infinitas.

La épica científica de Lucrecio no es mecánica simple. El mecanismo de los átomos es alterado por desviaciones de la rutina, variaciones, leves mudanzas que pueden transformar galaxias. La naturaleza se aburre en la repetición y busca incesantemente el viraje. Los dioses no sujetan a sus criaturas, las han dejado sueltas. De ahí viene la noción de clinamen: nada surge de la nada; todo se separa un poco de su origen. El polvo nos conforma y nos circunda, nos da cuerpo y brisa. Ahí, en esa interacción de las minúsculas semillas del ser, se funda la libertad del mundo.

La bendición de Lucrecio invoca Julio Trujillo en su nuevo libro de poemas. El epígrafe que abre El acelerador de partículas (Almadía, 2017) confiesa una filiación intelectual y poética. Un beso no es un milagro pero lo es. Así lo registra Julio Trujillo en el poema que da título al libro:

pensé también que nuestro beso ahí,
en ese instante,
era como un impacto de partículas
que hubieran circulado muchos años,
y tal vez muchos siglos,
en el imperio de la vastedad.

Y entonces esos labios en los míos,
en esa vuelta velocísima del mundo,
en esa ciega circunvolución,
llegaron,
toparon con un átomo que igual
giraba locamente acelerado.
Duró un instante apenas,
una idea que se construye conforme se fuga.

Una épica del instante, una orografía de las migajas. No hay átomo que descanse en estos poemas: las sombras se expanden, el poeta hierve, el pelícano cae a plomo, las fotos hablan. Cada segundo es una lucha contra el destino. El tiempo, dice Trujillo, es un pintor de prodigios. Si el mundo es un baile de imanes, habrá que enamorarse de ese hierro que nos guía.

y ser un haz
un chorro de partículas que estalla
en la invisible pirotecnia del acontecer.
Dejar de ser para ser todo un poco,
los panes y los peces,
la hélice entre el águila y el sol.

El físico proclama la liberación de sus moléculas. Choque de electrones insumisos. Ser fiel a su auténtica servidumbre, como escribe en “Memorandum” un poema condenado a ser memorizado: “¿Cómo ocurrió que poco a poco se me olvidó desorbitar mis ojos?” Somos astillas sueltas desde el Big Bang.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
03, may 2017

Jardinosofía

Cub Jardinosofia L28,5.indd

Tenemos que cultivar nuestro jardín. Esas son las últimas palabras que pronuncia el Cándido de Voltaire. Tras la larga cadena de sus desventuras, tras la destrucción de todas sus ilusiones, se aferra a la esperanza de sus huerto. No hay otra utopía que la de las fragancias y los olores cultivados por la mano paciente del jardinero. Santiago Beruete ha escrito una historia de ese espacio de cariño donde han sembrado, durante milenios, la razón y la sensibilidad humana. Se trata de Jardinosofía. Una historia filosófica de los jardines, que ha publicado Turner en su estupenda colección Noema. El artificio y la naturaleza, la paciencia y el azar, la la paciente espera y el gozo súbito de un vivero alimentan placeres y reflexiones. Se nos cuenta que fuimos echados de un jardín y que habremos de regresar a otro. Que las primeras meditaciones sobre la belleza, la justicia y la verdad nacieron recorriendo huertos y vergeles. Que el jardín puede ser instrumento de propaganda estatal o espacio de reclusión.

Se le ha descrito como “fiesta de lo efímero” pero es también una imagen de la felicidad perdurable. Un proverbio chino lo dice así:

Si quieres ser feliz una hora,
bebe un vaso de vino;
si quieres ser feliz un día, cásate;
si quieres ser feliz toda tu vida,
házte jardinero.

La utopía tiene forma de jardín. En los jardines se expresa una idea del mundo, de la sociedad, del hombre. Ahí se insinúa un proyecto de convivencia, una noción del bien, una imagen de la vida bien vivida. Representación de lo divino y de lo terrenal, domesticación de la naturaleza, lugar para el cortejo, espacio de la conversación. Luis Barragán, al recorrer el patio de los arrayanes en la Alhambra, descubrió que lo que debe contener un jardín bien logrado: “nada menos que el universo entero.” El universo exterior y también el interno. El cosmos y el alma: “salir al jardín, dice Beruete, supone siempre entrar en nosotros mismos.”

El tiempo ha transformado las formas y las metáforas del jardín, su sitio en casas y ciudades. Pero, más allá de los vericuetos de su diseño, el jardín es fruto de un oficio venerable. Una tarea con una clara enseñanza moral. La escuela de la jardinería nos enseña tesón, paciencia, generosidad, previsión, humildad, gratitud. Por eso decía Bertrand Russell que una conversación con su jardinero le permitía recuperar el optimismo que perdía al hablar con profesores universitarios. En el brote de una orquídea adquiere sentido la esperanza. Agrega Beruete que la jardinería puede verse hoy casi como rebeldía contra la cultura de la prisa, el ruido, la gratificación inmediata, la mercancía, la fuerza. Será la insumisión de la paciencia, el silencio, la contemplación, la calma.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
01, may 2017

El consuelo de la ficción

El hombre es hijo de su imaginación. Nuestra sobrevivencia no es resultado de nuestra capacidad para inventar armas o escudos sino de nuestra disposición a creer en lo indemostrable. No está en la corpulencia de nuestros genes ni en la disposición anatómica del cerebro y de los brazos. Está en nuestra afición a la fábula. Imaginar y hacer creer. La historia de la humanidad que Yuval Noah Harari ha propuesto descansa en esa hipótesis: la palabra es la clave de nuestra identidad en el planeta. No es que seamos la única especie que transmite información sobre el mundo, los únicos que descifran mensajes de sus congéneres. Hasta los seres más elementales comunican la presencia de alimento y advierten la aparición de amenazas. Lo que nos eleva en la selva es la ficción. Nombramos lo que no existe. Con asombroso detalle describimos lo imposible. Nos deleitamos en leyendas y fantasías. Las hazañas de la humanidad son producto de esa disposición a creer. Nuestras atrocidades lo son también. Las catedrales y las masacres necesitan el estímulo de la fantasía. Un chimpancé nunca me entregaría un plátano si yo le ofrezco el paraíso de los plátanos infinitos en la otra vida. El homo sapiens es, en realidad, homo credulus.

El artículo completo puede leerse en nexos de este mes…

Compartir en Twitter Compartir en Facebook