02 nov, 2017

02, nov 2017

De la soledad a la soledad

George Orwell no era todavía George Orwell y ya se sabía escritor. Tendría cinco años, era un niño solitario y tenía claro que quería dedicarse a escribir libros. Se inventaba historias, conversaba con personajes imaginarios. Durante algunos años trató de negar el impulso pero no podía negar que en la escritura estaba su naturaleza. Dejar de escribir era un atentado contra sí mismo.

No era popular en el colegio. Casi no conocía a su padre y vivía en una prisión a la que llamaban escuela. Su crónica de aquellos días es un cuento de horror al que puso, con impecable tino irónico, el título de “Qué alegrías aquellas”. La reclusión del niño parece anticipo del totalitarismo que describiría en su novela clásica: crueldad, humillación, aislamientos prolongados, castigos terribles. Eric Blair se hacía pipí en la cama. El pecado merecía el azote de los mayores. Por las noches, antes de dormir, el niño de ocho años imploraba a Dios que le ayudara a no mojar la cama. A veces amanecía seco, pero a veces, al despertar, descubría las sabanas empapadas. Los tutores lo tundían a palos y lo exhibían públicamente: este muchachito, decía la directora a los visitantes, se orina todas las noches en la cama. Alguna vez los azotes partieron en dos la fusta con la que lo disciplinaban. Entre el dolor y la vergüenza el recluso pensaba que hacerse pipí en la cama estaba mal pero él no podía hacer nada. Cometo pecados sin desearlo; cometo pecados que más que cometer, me suceden. Esa fue la gran lección de la infancia de George Orwell: vivimos en un mundo en el que es imposible ser bueno.

El artículo completo puede leerse en nexos de noviembre.

 

Compartir en Twitter Compartir en Facebook