May, 2018

30, May 2018

Una novela criminal

El epígrafe es la clave. Las líneas no son volutas decorativas. Son la llave que permite descifrar un texto. De los cuadernos de Paul Valéry viene el epígrafe de la nueva novela de Jorge Volpi: “La mezcla de lo verdadero y lo falso es mucho más tóxica que lo puramente falso.” No hay ficción en Una novela criminal, advierte Volpi por la sencilla razón de que las mentiras las aporta el poder. El novelista recuenta la historia de Florence Cassez e Israel Vallarta sin imaginar escenas ni diálogos, sin condimentar los expendientes del juzgado y sin volar en especulaciones. Los hechos bastan. La complejidad de los personajes reales es suficiente para hilar una historia que es una cápsula del México que habitamos. Una historia de violencia y crimen, una historia que describe la batalla contra la deshumanización. Una historia que también muestra la pequeñez de esos poderosos que pueden aplastarnos.

El novelista no imagina, registra. Es la policía, al servicio de una cruzada política,  la que inventa narraciones inverosímiles. Entrenado escrutador de lo verosímil, el novelista se percata de inmediato de los absurdos que se ofrecen como coartada. El escritor apenas aparece como personaje secundario de la historia para dejar constancia de su perspectiva. Cuando necesita tomar cierta distancia de lo comprobable, lo apunta rigurosamente: esto imagino. Se trata de una valiosa aportación ética: honrar la verdad es advertir cuando se plantea una hipótesis, cuando se baraja una presunción. Masha Gessen, la brillante crítica de los gemelos que gobiernan en Moscú y en Washington, lo advertía al leer la diatriba de Michael Wolf contra Trump: el chismorreo que es incapaz de distinguir el hecho de la fabulación contribuye a la degeneración del diálogo. Cuando trozos de la verdad son coloreados con inventos, se degrada nuestro sentido de la realidad. Por eso puede decirse que el primer aporte de esta novela es ético: los instrumentos de la literatura le permiten al novelista documentar una causa criminal y explorar los enredos de un desencuentro diplomático pero lo hace bien ceñido a los hechos, a los instrumentos del proceso judicial, a los testimonios de los involucrados. Cuando se atreve a la conjetura, lo advierte; cuando imagina, lo previene. La posverdad, dijo Timothy Snyder en el panfleto que publicó hace unos años es prefascismo.

Novela que es crónica que es periodismo que sociología que es crítica legal que es denuncia política. Mirada que es, de principio a fin, literatura. Las tenazas del sistema de justicia no son la barbarie de Orient Express, dice al autor en alguna página de la novela. La opresión es propia de El proceso de Kafka. Los complejos y vivos personajes que aparecen a lo largo del libro pertenecen efectivamente a ese laberinto de caprichos que convierte una mentira en verdad. Esa es la tesis que asoma: en un mundo sin Estado y sin ley, las instituciones se alojan en un mundo paralelo, ajeno del todo a la realidad. Inermes, los ciudadanos no son solamente víctimas de la injusticia sino de una torpeza narrativa. El cuento más absurdo rompe vidas. La realidad no importa. Solo es real el poder de quien puede de dictar la realidad. Nada tan tóxico como la mentira enredada con verdades, advertía Valéry. ¿Y cuando la mentira se hace enreda con un poder irrefutable?

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28, May 2018

La ambición hegemónica

No hay aduana en Morena. Los ambiciosos pueden venir del PAN o del PRI y alojarse de inmediato en Morena. Pueden haber servido al sindicalismo más corrupto o haber trabajado para las satrapías más siniestras. Para acampar en Morena no se necesita dar explicación. Olga Sánchez Cordero, propuesta por Andrés Manuel López Obrador para ocupar la Secretaría de Gobernación, piensa que esa política muestra el carácter incluyente del partido. Más aún: cree que afiliar sin pedir el mínimo requisito pone en práctica el principio constitucional de no discriminación. Aquí no discriminamos a nadie, parece decir con orgullo. En realidad, esa carencia revela que Morena no se concibe como un partido, sino que tiene la ilusión de encarnar todo el mundo político. ¿Es casualidad que Morena rechace la pe de partido en su nombre?

Un partido es un ángulo no la totalidad del aro. En la tradición democrática, todo partido se reconoce como fragmento, como una porción organizada de la sociedad unida por ideas y proyectos comunes. Desea, por supuesto, la expansión. Quiere crecer, propagar su proyecto, multiplicar su influencia. No puede ser una asociación hermética, pero pierde sentido cuando arrolla los contornos indispensables. Como órganos del pluralismo, los partidos necesitan membranas que los separen de sus adversarios, que den sentido a la pertenencia y que sirvan de orientación a los votantes. La fervorosa convicción antipluralista del fundador de Morena ha sellado a la criatura. En la campaña del 2018, impulsado también por la enorme cargada de oportunistas, Morena pretende presentarse como la síntesis política de México. La voz de la legitimidad histórica.

Temo que la coalición que se ha formado en esta temporada trascienda la estrategia electoral. No se trata solamente de ampliar la base de votantes sino de rehacer el mapa y la dinámica de la política. El partido más joven del escenario nacional se perfila a ganar la presidencia de la república. Pero eso, tal vez, sea lo de menos. Lo que viene no es una simple alternancia como la del 2000. Estamos por presenciar la sacudida más profunda al sistema de partidos que hayamos vivido en nuestra historia moderna. No dedico tiempo a examinar la crisis de sus adversarios. Simplemente digo que bien podemos anticipar que el PRI quedará reducido a la irrelevancia y que el PAN se sumirá en una profunda crisis interior que le dificultará plantar cara a la nueva hegemonía.

Eso es lo que imagino: no una nueva mayoría, sino una nueva hegemonía. No un nuevo partido mayoritario sino un avasallador bloque político. Será un bloque amplio, popular, legítimo. Representará una esperanza de oxigenación. Presumirá mandato. En el tercer intento de López Obrador está puesta la mesa para una sacudida histórica. El profundo desprestigio del proyecto de modernización, la barbarie de la violencia cotidiana, la obscenidad de la corrupción preparan una mudanza sin precedentes. Es de esperarse que el terremoto de julio será acompañado por réplicas sucesivas. Tras el voto, seguirán seguramente las migraciones hacia el campo de los ganadores. La nueva hegemonía, recuerdo de la previa, tendrá satélites. Los ultras serán de gran utilidad para ese proyecto que busca cubrir todo el arco de las posibilidades públicas. La nueva hegemonía podrá definir la ley e irá ocupando poco a poco los órganos del Estado. Y a diferencia de la hegemonía postrevolucionaria, tendrá un carácter marcadamente personal. Una hegemonía al servicio de la Cuarta Estatua.

Aún antes del voto, podemos decir que la vieja brújula está rota. Muy pronto tendremos otro cuadrante y una nueva cartografía. Si cambiará la mecánica del poder no será solamente porque las piezas se reacomodarán, sino porque las ambiciones son de otra naturaleza: el relato de la Cuarta Transformación debe ser tomado en serio. El cuento importa porque, más allá de su dirección, significa un rechazo a las cadencias del reformismo y, sobre todo, a sus exigencias de moderación. El argumento histórico de López Obrador es precisamente que el reformismo es una trampa, una farsa. El cambio auténtico supone abandonar esa ruta de negociaciones que, a su entender, es el camino de las traiciones.

Todos estaremos a prueba.

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21, May 2018

La bomba de la confesión

El individuo es un invento cristiano, sostiene Larry Siedentop en un libro publicado hace unos años. La semilla del liberalismo no está en las especulaciones del estado de naturaleza ni en el inventario de los derechos. Se encuentra en la idea de la igualdad moral de todos los seres humanos, en la hermandad del mensaje cristiano. La naturaleza del mundo antiguo impone jerarquías por todos lados. Estrellas e insectos; amos y esclavos. La desigualdad es tan natural como el aire. Los rangos gobiernan la casa, la vida pública, el conocimiento. La razón, la libertad, el mando eran concebidos como lujos. El gran terremoto moral de la historia, sugiere Siedentop, es el mensaje cristiano, en particular, la concepción de Pablo. En cada ser humano está la vía de la salvación. La dignidad humana no depende del género ni de la condición política, ni de la nacionalidad.

Ese terremoto moral tiene una réplica literaria: la confesión. María Zambrano dedicó al género un ensayo admirable. En la confesión de San Agustín nace el sujeto, el yo que se contempla. La memoria del dolor. Quien se confiesa no observa el mundo ni inventa vidas. No es un fabulador ni filósofo. Es un solitario que se abraza. “La confesión es el lenguaje de alguien que no ha borrado su condición de sujeto; es el lenguaje del sujeto en cuanto tal. No son sus sentimientos, ni sus anhelos siquiera, ni aun sus esperanzas; son sencillamente sus connatos de ser. Es un acto en el que el sujeto se revela a sí mismo, por horror de su ser a medias y en confusión”.

El artículo completo, en nexos de este mes…

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21, May 2018

Nota al debate

Muy positivo fue que el segundo debate presidencial de esta temporada haya permitido la participación del auditorio. La intervención de los asistentes al foro organizado por el INE permitió una discusión más libre, más fresca y más auténtica. Es un avance. El evento de anoche volvió a presentarnos la naturaleza de las alternativas.

La palabra central en el discurso de Andrés Manuel López Obrador es la palabra autoridad. Anoche pronunció la palabra en varias ocasiones. Autoridad moral, dice, es la clave para recuperar el rumbo del país y para dialogar con el mundo. Esta noción es clave para entender su noción de liderazgo y para comprender su inserción en la conversación pública. La autoridad, como primacía en la virtud no tiene razón para debatir. En realidad, no puede decir que ofrezca razones. Expone su verdad con la certeza que es, por sí misma, guía de la acción. La figura de autoridad pretende encarnar un valor que no puede ser cuestionado. La autoridad es un emisario de lo incuestionable. Por eso la voz de la autoridad no tiene el mismo valor que la voz de la nuestra que, a menos de que coincida con aquella, es una voz que ha sido manipulada, que ha sido capturada por la mafia. ¿De dónde viene la torpeza de López Obrador para el debate? De ahí precisamente. Quien está convencido de tener el monopolio de la verdad, quien se considera el único faro de la moral no siente urgencia de debatir. El debate supone una actitud abierta al conocimiento, una disposición a reconocer el error propio, la aceptación de que, en toda controversia, hay valores en conflicto. Sus tres mandamientos, —¿son más?—son su único recurso ante cualquier cuestionamiento. Si algún día fueron ideas ya son frases secas. No hay sutileza alguna en su discurso, no hay detalle en sus propuestas, no hay interés alguno en los pormenores de la gestión pública. Todo es sencillo: basta su voluntad para que un nuevo México nazca. Si su discurso es una maraña de contradicciones es porque se desentiende de la aplicación concreta de sus propuestas. Fue una mala noche para López Obrador. Dudo que afecte su carrera a la presidencia pero se le vio nuevamente torpe, incapaz de escuchar a los otros, incapaz de responder preguntas concretas y de reaccionar con mínima agilidad.

La voz de José Antonio Meade es la del experto. Por eso la palabra central en su discurso es experiencia. Entiende la política como el último peldaño del servicio público. Por eso supone natural su ascenso a la presidencia. Sabe identificar con claridad retos concreto, las herramientas jurídicas que pueden emplearse y reconoce las restricciones presupuestarias. El multisecretario puede exponer un plan detallado para resolver cada problema incorporando en su diseño las mejores prácticas internacionales. Pero ahí se atranca su discurso. El candidato del PRI no alcanza a distinguir la oposición entre el político y el funcionario. Weber lo vio muy claro: nada hay tan distinto a un buen político que un buen funcionario. Los talentos del burócrata son las torpezas del político. No se encontrará en el discurso de Meade esa capacidad que es central en un hombre de Estado: apreciar la naturaleza de la circunstancia, advertir las insinuaciones del presente y pintar las promesas deseables. Meade tuvo anoche un mejor desempeño en el debate. Fue más fresco, más enfático, más persuasivo.

Me parece que quien mejor se desenvuelve en espacios como el de anoche es Ricardo Anaya. Tiene la disposición a escuchar preguntas, a recibir críticas y está atento a lo que sucede en el foro. Tiene un perfecto control de su dicción, no tropieza con la boca, está libre de muletillas. Se muestra preparado y con disciplina. Sabe improvisar. Puede desplazarse de la anécdota que comunica emociones, al dato que refuerza un argumento y al ataque certero. Es el único de los participantes que parece disfrutar del debate, que se crece con el cuestionamiento. Anoche pudo distribuir ataques a sus dos adversarios. En su talento, sin embargo, hay un histrionismo que parece hueco. La suya es una teatralización eficaz pero insustancial. Ninguna idea queda de su participación de anoche. Por eso es poco duradero el impacto de las palabras de Anaya. Lo             que admiramos en su desempeño es la impecable preparación de un locutor de infomercial.

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14, May 2018

Educación: dos mensajes

Este gobierno ha hecho del narcisismo, su principal política pública. Los recursos públicos sirven para celebrarse. El Estado Narciso se adora y pretende que todos nos unamos en el amor a su espejo. Lo triste es que ese cuento romántico no acaba bien: pocos aman a quien tanto ha invertido en su amor propio. La revelación reciente del diario Reforma vuelve a retratar a una administración con prioridades extraviadas. La SEP gasta más en promoverse que en capacitar a los maestros. Si alguien quiere una cápsula de las aberraciones morales de este gobierno puede quedarse con los datos que se han hecho públicos.

Hacer mal lo bueno es peor que hacer lo malo. Lo dijo, de mejor manera, Gómez Morin pero no encuentro su línea para ponerla entre comillas. Tenía razón: la incompetencia, la vanidad, la corrupción pueden contaminar el proyecto más encomiable. Ese es, seguramente, la peor herencia de la actual administración: desprestigiar una agenda razonable de apertura, manchar una sensata apuesta de contemporaneidad. En la manera en que el gobierno ejerce su gasto se exhiben sus verdaderas prioridades. Ahí se advierte igualmente su escasísimo respeto por las normas, su opacidad y las torpezas de su ambición. Los gastos en la SEP ensucian una reforma que, a mi entender, sigue mereciendo defensa. Dime en dónde gastas y te diré qué es lo que te importa. Se nos ha dicho hasta la saciedad que la reforma educativa de esta administración implicaba el poner el interés de los niños y de los jóvenes por encima de las ambiciones de los políticos pero al titular de la SEP le importó menos la capacitación de los profesores que su imagen. El narcisismo de la clase política debilitó la reforma que promovía y contribuyó a su desprestigio. ¿Puede negarse que las prioridades de la Secretaría de Educación Pública siguen estando de cabeza? ¿Puede negarse que el interés de los niños y los profesores sigue estando por debajo de las vanidades de los políticos?

Si el reportaje de Reforma sobre los gastos en la SEP permite identificar la manera en que gobernaron los priistas de la nueva generación, la controversia dentro de Morena sobre la política educativa puede adelantar los problemas que tendría una probable administración de López Obrador. El populista, dice el especialista Jan-Werner Müller vive en un mundo de fantasía: se imagina una oposición radical entre las élites corruptas y un pueblo homogéneo y moralmente puro. (¿Qué es el populismo?, México, Grano de sal, 2017.) La fábula puede tener sentido desde la oposición pero… ¿qué pasa si se conquista el poder? ¿Cómo puede conciliarse la responsabilidad de gobierno con la obsesión conspirativa?

Aún accediendo al poder, el populista necesita de la polarización. La confrontación con los enemigos es un combustible insustituible. Por eso habrá de escenificar espectáculos de proximidad popular, ocupar con los suyos todos los espacios del poder, acusar a los adversarios de ser agentes del antipueblo. Un barranco de ineficacia se abre de inmediato: mientras la gestión gubernativa exige atención al detalle, comprensión de la complejidad y diálogo con los actores relevantes, el liderazgo populista se obstina con la fisura maniquea para calentar el debate con notas bélicas.

Lo advierte el populistólogo Müller: Los populistas en el poder tienden luchar contra las organizaciones de la sociedad civil porque amenazan su aspiración de representar moralmente y en exclusiva al pueblo. Por eso sostienen que la sociedad civil no es realmente la sociedad civil y que cualquier oposición es contraria a la verdadera voluntad del Pueblo. Lo que ha sucedido esta semana en el campo de Morena me parece revelador. Mientras sus asesores formales en materia educativa responden a un requerimiento de organizaciones cívicas para exponer las líneas de su concepción educativa reconociendo algunas virtudes de los cambios recientes, el caudillo reitera su intención de tirar al caño la reforma educativa, se lanza contra los fifís que no entienden al pueblo y coquetea con los líderes de los sindicatos magisteriales. Así ha sido en todas las órbitas durante la campaña: un líder que antagoniza y un equipo que constantemente pretende atemperar la provocación. No es probable que esta tensión desaparezca en el gobierno. Su equipo será, seguramente, su primera víctima.

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08, May 2018

Avisos del capricho

Los panistas se reconcilian en Morena. Mientras Ricardo Anaya celebra el cumpleaños de un PRD moribundo e insignificante, Andrés Manuel López Obrador se hace acompañar de dos expresidentes del PAN. Los oficios del tabasqueño han servido para que la derecha y la ultraderecha se reencuentren en el partido que le pertenece. En la incorporación ayudan tanto el cálculo como el resentimiento. Treparse a ese tren en estos momentos no parece asunto de convicciones ni mucho menos de riesgo. Aliarse a Morena hoy es ponerse la camiseta del equipo que está por ganar el campeonato. Debe resultar también una satisfacción tras el agravio, una manera de reparar una lastimadura personal, disfrazar con la nobleza de una causa, la miseria del resentimiento.

Los expresidentes panistas que han abrazado el lopezobradorismo recibieron premios de inmediato. No tuvieron que hacer ninguna fila. No tuvieron que esperar ni un minuto para obtener la recompensa. Su conversión y las penosas palabras devocionales que han dirigido al Amado Líder han bastado para recibir de Él, inmediatas muestras de su afecto. Uno habló del admirable temple moral del dirigente que cambiará la historia de México. Otro escribió que brincar al bando de los ganadores debería considerarse, en realidad, como ¡un acto de rebeldía! La pirueta les ha sido, sin duda, rentable. Uno será senador. El otro coordinará las relaciones del partido con la sospechosa sociedad civil. El foxista y el calderonista, el yunquista y el libertario adelantaron de inmediato a los fundadores de Morena que, silenciosamente debieron aceptar la resolución del Fundador. Al parecer, nadie disfruta en ese partido de tantos privilegios como los advenedizos.

No condeno el transfuguismo. Cambiar de barco es un ejercicio de libertad. Si el cambio de lealtad merece respeto dependerá de las circunstancias y de los argumentos esgrimidos. Del Elogio de la traición, aquel librito de Denis Jeambar e Yves Roucaute, aprendí que cierta dosis de traición es necesaria en democracia. Lo es porque la lealtad debe justificarse siempre y no entregarse como si fuera compromiso vitalicio. Cambiar los apegos permite el cambio, suaviza el conflicto, oxigena. No se entiende la historia de la política mexicana reciente sin las traiciones que en buen día rompieron aquel partido hegemónico. Bienvenidos los traidores que cambian de casa con buena razón. Lo que me inquieta no es el oportunismo o los rencores de los conversos al lopezobradorismo. Lo que me interesa es el mensaje que el dirigente envía cuando celebra la genuflexión de los conversos, al tiempo que doblega a los suyos. Creo que es una señal preocupante.

López Obrador no oculta su satisfacción al contemplar la indignidad de ese enemigo que ahora se pliega a su poder. Los premios de bienvenida pueden verse como un gesto de apertura. Con un simple acto de reverencia, el partido te gratifica. El agasajo a los advenedizos es, sobre todo, un mensaje a los suyos. Morena tiene dueño y sólo a él corresponde definir los premios y los castigos. Si López Obrador decide integrar a su campaña al priista más corrupto, al evangélico más intolerante, al delincuente más cruel, lo podrá hacer. Solo los fieles más atrevidos dirán que no les gusta el nuevo aliado pero dirán inmediatamente que se trata de un signo de tolerancia en pro de la reconciliación. El resto permanecerá callado.

Las amabilidades son advertencia a quienes creyeron que formaban con él un movimiento político y una institución democrática. Toda la energía de esa organización depende del dedo índice de López Obrador. Germán Martínez pudo haber dicho hace poco tiempo que Lázaro Cárdenas era un cadáver apestoso pero, si el caudillo le concede perdón, lo hará por su voluntad única e infalible, senador de la república. Manuel Espino podrá ser un homófobo cavernario, el representante de la derecha más pedestre pero, si se le antoja al dueño, será el puente de Morena con quien se le ocurra. Las cortesías son provocaciones a los suyos: pruebas de lealtad. Me da la gana hacer esto. Quien se oponga que dé un paso adelante.

López Obrador ha dado prueba de que puede hacer con su partido lo que le da la gana. Se cree también con el derecho de declarar al enemigo. Aquel es un periódico reaccionario, este un periodista burgués, aquel un empresario pernicioso. Cada declaratoria deja en suspenso la siguiente: ¿quién entrará mañana a la lista de los odios?

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02, May 2018

La mujer lila

Joy-Laville-2

Todo es brisa. No viento: brisa, soplo casi imperceptible, caricia de aire. Hay brisa en su mar y en su arena, en sus floreros, en el pelo de sus mujeres y hasta en los muros que aparecen de pronto. Soplan los colores en los cuadros de Joy Laville. Rosas, lilas, mentas, azules, lilas. Los colores contenidos dialogan con la vastedad. Juego de contemplaciones: el mar observa atentamente a la palmera, la colina se arrulla con la costa, la arena y el paseante se admiran en silencio.

Revelación de lo elemental: una mujer en la playa, las flores en su vaso, un avión suspendido en el aire. No hay ciudades ni ruido; no hay artefacto más complejo que un sillón, no hay ingeniería superior a la de un florero. Sobran los zapatos y las telas. Los paisajes de Joy Laville son declaraciones de la simpleza más entrañable: cada quien ante el mundo. No hay misterio en el mar, en la silueta de las colinas, en la copa despeinada de las palmeras. Solo hay belleza. No son paisajes de un intrincado misterio porque la artista no pinta un enigma que el espectador ha de esforzarse en resolver. Sus telas no inquieren, alegran. En el precioso apunte que Jorge Ibargüengoitia hizo de su mujer habla de la ligera melancolía de sus cuadros. Algo hay, desde luego, de ese anhelo por recuperar lo que desvaneció en el tiempo, algo hay de esa dulce añoranza que compone una mitología sosegada. En cada cuadro amanece el mundo. Mañanas limpias, oceanos niños. Todos son la inocencia antes del tiempo. Su pintura, decía Ibargüengoitia capta “el mundo interior de una artista que está en buenas relaciones con la naturaleza.” La de sus cuadros es una naturaleza sin trueno, sin espina y sin colmillo. La placidez.

Sencilla, generosa, elemental, la naturaleza en sus cuadros no es exuberante, no amenaza. Nadie tiene frío, el sol no pica, el viento no tumba a nadie.  Este no es un mundo que deba de ser domesticado pero tampoco, a decir verdad, un mundo para la veneración. Joy Laville nos invita a mirar a un hombre que mira el mar y a un avión a lo lejos. Mirar a alguien que mira. A eso nos invita: a mirar la mirada. A disolvernos en la mirada del arte. El hombre se inserta en el mundo solo con su cuerpo. Es tan majestuoso como un árbol, tan sereno como una piedra, tan sinuoso como una montaña. En un cuadro de 2001 titulado “Cinco personajes caminando en playa de árboles muertos” puede verse eso: los caminantes en la arena, apenas distinguibles de los troncos secos. El oleaje, las dunas de arena, el cielo y las nubes son la casa por la que pasean esos cinco personajes. El horizonte marca el territorio de lo íntimo. Por efecto de la escala y de la desnudez de los cuerpos se proyecta el mundo como una habitación de libertad. Por la gama de sus colores, la naturaleza es un abrazo. Todas las olas de ese mar tranquilo, toda la espuma que se despierta, la sábana extendida de la playa son el paraíso, el hogar imperturbable.

Todas las mujeres de Joy Laville parecen la misma. ¿Es ella? Es ella y todas las mujeres del mundo. No hay, en realidad, facciones claras o señas únicas en sus figuras porque no hay ahí asomo de retrato. Será que el retratista excluye a la humanidad para pintar solamente a un individuo. Lo que le importa a Laville es otra cosa: la silueta común que nos hermana. En esas ventanas de armonía que pintó cada mañana de su vida adulta, todos somos esa mujer, esa palmera, ese avión y ese mar. Seres contemplativos bebiendo apaciblemente la luz del mundo.

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01, May 2018

Aceptabilidad de la derrota

A los demócratas se les conoce por su capacidad para aceptar la derrota. Hemos escuchado la expresión hasta el cansancio. En los últimos años se ha repetido una y otra vez. Si la democracia es incertidumbre, se puede ganar y se puede perder. Competir es arriesgarse y admitir que el desenlace puede sernos desfavorable. Participar en el juego electoral es aventurarse en un territorio comprometido. Si vale recordar aquella frase es porque vuelve a estar en entredicho el compromiso de los jugadores. ¿A qué está dispuesto el grupo gobernante para impedir la victoria de Andrés Manuel López Obrador?

Quedan ya menos de dos meses de campaña. El 27 de junio los candidatos terminarán sus actividades públicas y empezará el periodo de “reflexión.” Es cierto que nos faltan semanas cruciales y un par debates pero el panorama es bastante claro para quien quiera abrir los ojos. El candidato que comenzó como puntero no ha descendido, sus adversarios han sido incapaces de construir una plataforma alternativa. Sus gestos muestran más desesperación que estrategia. Quien lleva ventaja parece dueño de las circunstancias. No puede negarse que hay emoción pública tras él, entusiasmo, esperanza. Si bien se maneja con torpeza en algunos ambientes, domina la conversación pública, se ha convertido en el gran imán las ambiciones, entiende el clima del momento. No veo el camino de la derrota de López Obrador. Si el debate de la semana pasada habrá pintado para algo habrá sido para definir con mayor claridad el segundo lugar. Poco más. El primer sitio sigue reservado para el tabasqueño.

Por supuesto, debemos ser cautos cuando intentamos prever. Si algo se ha repetido en todos los rincones del mundo en los últimos años es la sorpresa. La autoridad de las encuestas ha quedado en entredicho, el juicio de los “expertos” es rebatido una y otra vez por los hechos. El futuro no está escrito pero es importante prepararnos para lo que muy probablemente pasará. En la incredulidad de algunos grupos de poder se muestra más que un deseo, su indisposición a aceptar lo probable. Se trata de un reflejo antidemocrático, un impulso para evitar—¿a todo costa?—un resultado temido. Porque vivimos la agonía de un arreglo político y económico, se percibe la tentación autoritaria de preservarlo. Es algo más que un deseo, algo más que la ilusión de controlar el proceso electoral. La exploración de la vía autoritaria ha empezado. El uso de la Procuraduría General de la República, las resoluciones del Tribunal Electoral son signos en verdad ominosos. Jugar con el proceso electoral es arriesgar el incendio del país.

El reciente coqueteo del Frente con el PRI no solamente destroza las escasísimas credenciales de renovación que podía ofrecer esa opción partidocrática, sino que sugiere también que, en defensa de su poder, el bloque gobernante está dispuesto a cualquier pirueta—así sea la más aberrante—con tal de impedir la victoria de López Obrador. No veo el acercamiento de Anaya como un escarceo inocente y estratégicamente legítimo sino como un asomo de obscenidad. Quien hace poco llamaba al procesamiento del presidente, ahora sueña con entrevistarse con él y pactar el operativo del voto útil. Estar dispuesto a ese pacto es estar dispuesto a cualquier cosa. ¿Qué permisos se piensan otorgar Anaya y los suyos para remontar la desventaja?

El país no cabe en un solo partido. Aunque arrase en la elección, el ganador deberá reconocer la legitimidad de la desconfianza. Quienes pierdan tendrán el deber de organizar una oposición severa y responsable. Pero hoy hay que cuidar la elección y eso significa respetar la ley, como el único asidero común. Nos obliga a todos, y en materia electoral, no solamente a los partidos. Los particulares no tenemos derecho a comprar espacios en los medios para influir en las preferencias electorales. Podrá incomodarnos pero es el dictado de la ley. Mexicanos Primero ha violado la Constitución y la ley electoral produciendo un anuncio que utiliza niños como títeres, para influir en los votantes. Usar niños para el entretenimiento de los mayores es un atentado a su dignidad. Usarlos como munición en la guerra política es inadmisible.

México se abre a la mayor incertidumbre de su historia reciente. ¿Será demasiado pedir a los nerviosos que respeten la ley?

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