18 Jun, 2018

18, Jun 2018

Sobre un volcán

El  27 de enero de 1848 el diputado Alexis de Tocqueville tomó la tribuna de la Asamblea para dirigir un mensaje urgente a Francia. Veía una profundísima crisis moral que terminaría por cambiar la historia. Lo que temía desde su viaje a Estados Unidos se volvía una amenaza palpable. Sentía la formación de una energía popular en condiciones de desbordar el baluarte de los derechos. Reconocía la legitimidad de la indignación pero temía las consecuencias del encono. No olfateaba una revolución política sino una auténtica revolución social. Advertía que la democracia liberal, ese compuesto tan delicado, esa frágil mezcla que estudió en el nuevo continente, se escindía. Esto no es un simple cambio de gobierno, se aproxima un sacudimiento telúrico. Hablaba un observador convertido en político. Hablaba también un político que no dejaba de meditar sobre la “fisonomía indecisa” del presente. Se detenía en los orígenes del furor y no dudaba en identificar la causa histórica. Más allá de las personalidades en pugna y de las dificultades del momento, había una causa que hermanaba esta revolución naciente con todas las previas. Era más política que económica y más moral que política. “Cuando trato de ver, en los diferentes tiempos, en las diferentes épocas, en los diferentes pueblos, cuál ha sido la causa eficiente que ha provocado la ruina de las clases que gobernaban, veo perfectamente tal acontecimiento, tal hombre, tal causa accidental o superficial, pero podéis creer que la causa real, la causa eficiente que hace que los hombres pierdan el poder es que se han hecho indignos de ejercerlo”. Los cambios abruptos de la política, los grandes saltos de la historia no se originan en la miserias sino en el agravio. Las revoluciones no son súbitos estallidos justicieros, son efecto del poder vuelto indecencia.

Si la monarquía cayó, dice el moralista, fue porque, al aparecer la rebelión, estaba ya podrida. Nadie puede dudar de que conservaba fuerza y riqueza. Nadie ha negado el apoyo que tenía en las costumbres y en las creencias más antiguas. Era imponente… y se convirtió en polvo. ¿Por qué? Para responder su pregunta, Tocqueville no busca en las tablas de impuestos y de gastos del Estado. No trata de identificar el genio del revolucionario que rehizo la historia a su medida, ni se empeña en ubicar el error catastrófico. Es la corrupción lo que hace insostenible cualquier arreglo de gobierno. La corrupción carcome lo elemental. “Por su indiferencia, por su egoísmo, por sus vicios, la clase que entonces gobernaba se volvió indigna e incapaz de gobernar”.

El artículo completo puede leerse en nexos de junio…

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18, Jun 2018

Corrupción y lealtad

Andrés Manuel López Obrador está convencido de que México padece un solo problema. Un problema del que surgen todos. Los más antiguos y los más complejos comparten raíz. La corrupción es causa de la desigualdad, de la falta de crecimiento, de la delincuencia, de la contaminación, de la baja calidad educativa, de lo que sea… Resolver la corrupción es solucionarlo todo. El primer lopezobradorista de la nación no tenía que escuchar las preguntas que se le formulaban en el último debate porque tenía la misma respuesta para hablar de cualquier reto del país. Terminar con la corrupción es la medicina que lo cura todo. Lo curioso es que la medicina de Andrés Manuel López Obrador para combatir la corrupción es Andrés Manuel López Obrador. Si soy presidente acabará la corrupción. La frase no ha sido un desliz de vanidad. La ha repetido muchas veces y seguramente se la cree. Si el presidente es honesto todos serán honestos: los secretarios, subsecretarios y directores; los gobernadores, los alcaldes, los policías y los inspectores. La omnipotencia del aura.

La voluntad política, el ejemplo público son, desde luego, valiosos en la lucha contra la corrupción. Pero creer que el hálito de santidad basta para terminar con la corrupción es un engaño. El gobierno de López Obrador en la capital no fue ajeno a los escándalos de corrupción. Tampoco dan mucha confianza muchos de los conversos a su causa. Que se engañen quienes quieran dejarse engañar. Que se tapen los ojos quienes quieran ignorar las evidencias de la corrupción que también rodea a quien será seguramente presidente de México.

En buen momento se ha hecho público el uso que la senadora Layda Sansores daba a la partida destinada a apoyar su labor legislativa. El reportaje de Denise Maerker de hace unos días, exhibió que la candidata de MORENA a la alcaldía de Álvaro Obregón empleó esos recursos para comprar, entre otras cosas, maquillaje y tintes de pelo; bacalao noruego y jamón serrano, joyas y juguetes de precio exorbitante. Nada que tenga, ni remotamente, relación con sus gestiones legislativas. Lo advertía bien Maerker en el reportaje: el problema no es solamente el abuso de la campechana que emplea esos recursos como le da la gana sino de la institución que avala esas prácticas. ¿Hay algún oficio que pidiera a la senadora justificar el vínculo entre la muñeca de $4,940.00 y sus actividades parlamentarias?

Decía que llega en buen momento el reportaje de Televisa porque anticipa una tentación en el futuro gobierno: creer que la lucha contra la corrupción es una lucha contra sus adversarios de siempre; negar que tendría que ser, también, una lucha contra muchos de sus aliados. Lo exhibido no deja lugar a dudas. Nadie puede negar que se trata de un abuso grotesco. Así tenga la complicidad de la administración, así sea práctica habitual en el Senado se trata de un acto elemental de corrupción: emplear recursos que tienen un propósito público para beneficio privado. Ridícula ha sido la defensa que intentó la candidata en un comunicado en el que disfrazaba su abuso como un acto de beneficencia y en el que se retrata como víctima de los malos. Si de algo soy culpable es de ser una mujer generosa, escribía, con otras palabras.

Nadie puede ser elocuente cuando lo pillan con las manos en la masa. Era imposible que la candidata Sansores expusiera un alegato atendible. Sus aliados, en cambio, tenían la oportunidad de mostrar su compromiso con la probidad y con la ley. Todos, o casi todos, fallaron. Andrés Manuel López Obrador reaccionó como lo hace habitualmente: descalificando la crítica. Es parte de la guerra sucia, dijo el candidato presidencial. La candidata al gobierno de la Ciudad de México siguió la misma pauta. Para Sheinbaum los documentos (cuya autenticidad no ha sido cuestionada por nadie) eran calumnias. Lo más preocupante es lo dicho por Irma Eréndira Sandoval porque ha sido propuesta por López Obrador para ocupar la Secretaría de la Función Pública. Las revelaciones exigían a su juicio cerrar filas contra los enemigos: “Mi solidaridad y apoyo con (sic) nuestra senadora y próxima alcaldesa en Álvaro Obregón, Layda Sansores.” ¿Puede una mujer que reacciona de esa manera ocupar una posición clave en la lucha contra la corrupción?

Lo que retratan los reflejos de López Obrador, Sheinbaum y Sandoval es que en su lucha contra la corrupción importa más la lealtad que la probidad. Serán pillos pero son nuestros pillos.

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