Oct, 2018

31, Oct 2018

La poesía entra en acción

“Ya te imaginarás mi estado de ánimo”, le escribe Octavio Paz a Carlos Fuentes. La carta del embajador viaja de Dehli a Londres para compartir una emoción y la perplejidad. Paz tiene poca información sobre lo que sucede en París pero siente que la épica de la historia se reenciende. Tiene que desplazarse diariamente al centro de la capital india para conseguir periódicos ingleses y norteamericanos. Paz le pregunta a Fuentes y se pregunta a sí mismo: ¿Qué pasa? ¿Estamos realmente frente a lo increíble: una resurrección espontánea de la clase obrera francesa, preludio del renacimiento del socialismo revolucionario europeo? Si es así, es maravilloso.”

Con anteojos de marxista heterodoxo siente que la revolución da sus primeros pasos. Le entusiasma. Discurre sobre la conciencia de la clase obrera y las dificultades que tiene para asumir su “función histórica.” Se conmueve con los estudiantes parisinos y anticipa que el futuro del mundo y de los intelectuales se decide en las barricadas. Le cuenta que puede sentir simpatía por Fidel Castro pero tacha dos palabras. Borra que “puede tener” simpatía y escribe que tiene simpatía por él. Le advierte, eso sí, que esa afinidad no supone coincidencia con la ruta trazada en La Habana. La carta del 22 y 23 de mayo de 1968 aparece en la valiosísima antología de textos pacianos sobre el 68. La compilación y el prefacio son de Ángel Gilberto Adame y el prólogo de Enrique Krauze. Octavio Paz en 1968: el año axial es publicado por Taurus y es un material valiosísimo para pensar en el cincuentenario. Reflexiones y cartas que retratan el impacto del año de la rebelión en el poeta, el diplomático, el pensador político. En sus cartas a Fuentes, a Arnaldo Orfila, a Vicente Rojo, a Carrillo Flores, a Dore Ashton se puede palpar la exaltación de un hombre obsesionado por la historia y la marcha de la libertad y que, al paso de los acontecimientos, piensa y reconsidera lo pensado.

Las primeras cartas son, en efecto, las de un hombre que intuye que el anuncio de Marx se hace, finalmente, realidad. Tenía que ser en Francia, no en Rusia donde pudiera escenificarse la última liberación. Pero, antes que la profecía de Marx, en las rebeliones se insinuaba la visión de los poetas. A su amigo, el poeta inglés Charles Tomlinson, le escribe en junio que se tambolea el viejo mundo moderno y reaparece la chispa de los anarquistas. “Y con ellos, el regreso de los videntes poéticos: Blake, Rimbaud, esa gran tradición que va del romanticismo alemán e inglés al surrealismo. Es mi tradición. Charles: la poesía entra en acción.

Su interés naturalmente se desplaza hacia mediados del año a México. El desenlace parisino aploma al romántico. Advierte y celebra una diferencia del movimiento estudiantil mexicano: no quiere la revolución quieren una reforma. El poeta aprendew de los estuidantes que quieren democracia. Paz no piensa en votos, por supuesto. Piensa en libertad para ejercer la crítica, en el derecho a la discrepancia, en la apertura al placer. El 68 fue también para Paz un año axial. Un año en que se asomó la historia y su tragedia, un año de desengaños y decepciones, el encuentro de su soledad.

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30, Oct 2018

Golpismo fifí

El presidente electo ofrece disculpas por anticipado. Acto seguido avisa que persistirá en el insulto. Lo escuchamos en una entrevista improvisada sentado en la ventanilla de la fila de emergencia que frecuenta. Seguiré describiendo a la prensa que me cuestiona como prensa fifí, dice. Lo siento mucho, pero no tengo alternativa. Tengo que llamarlos como lo que son. En seguida, el presidente electo expone las razones del insulto. Los fifís de hoy son herederos de los golpistas que contribuyeron a la caída y muerte de Francisco I. Madero.  ¡Eso es lo que piensa el presidente electo! La crítica es golpismo. El cuestionamiento al poder que despunta es, en realidad, deslealtad democrática.

El paralelo que traza entre sus críticos y la decena trágica es preocupante. Es una nueva cápsula de su entendimiento del debate público. Importa citarlo en extenso para juzgar si mi interpretación es excesiva. El presidente electo brinda lecciones de historia como advertencias para el presente. “Si ustedes revisan la historia, los que le hicieron más daño al movimiento revolucionario maderista, fueron los fifí. Ayudaron a los golpistas, y hubo una prensa—en ese entonces—,   El Debate y otros periódicos que se dedicaron a denostar al presidente Madero. Bueno, esa prensa y los fifís, quemaron la casa de la familia Madero. Cuando detienen al hermano de Francisco I. Madero y asesinan cobardemente a Gustavo A. Madero, los fifís hacen caravanas con sus carros y festejan. Y luego esa prensa siempre apostó a apoyar la militarización, el golpe de Estado, y tiene que ver mucho con el conservadurismo, venían del régimen porfirista, eran serviles, era una prensa sometida y cuando triunfa el momento revolucionario, triunfa Madero, él garantiza libertades plenas, y se portaron muy mal, no sólo con Madero, sino el país, le hicieron mucho daño a México, fueron los que atizaron el fuego para que se volviese cruenta la revolución mexicana y se perdieran muchas vidas humanas. Entonces, lo del fifi viene de eso, para darle una ubicación histórica, entonces eso si se los voy a seguir diciendo, porque son herederos de ese pensamiento y desde el proceder.”

Si les digo fifís es porque, en realidad, quiero llamarlos golpistas. Esa es la advertencia del presidente electo en un arranque de sinceridad. Hay periodistas que se portan bien y periodistas que se portan muy mal. Hay periodistas que merecen besitos y otros a los que no queda más alternativa que describirlos como cómplices de la dictadura. Quienes me cuestionan, quienes dudan de las maravillas de la Cuarta Transformación, quienes critican las decisiones que se están tomando, quienes denuncian los efectos de las políticas que se pondrán en marcha muy pronto, conspiran contra la democracia. No son mis enemigos, son los enemigos del pueblo. Son, en realidad, descendientes directos de quienes conspiraron contra Madero. No hay aquí ambigüedad alguna en las palabras del presidente electo. El argumento es delirante, pero claro: si me criticas, en realidad sueñas con el magnicidio.

El presidente electo defiende, y con razón, su derecho a polemizar. Sería, en efecto, benéfico escucharlo debatir. Nadie quiere un presidente amordazado. Lamentablemente, lo que escuchamos de su boca no son argumentos que desbaraten el fundamento de otros argumentos sino algo muy distinto: un intento de destruir moralmente a sus críticos. Huertistas, los fifís. Quien advertía hace unos días por los probables costos de la consulta recibió de inmediato la feroz invectiva del presidente electo. Ningún alma limpia puede dudar de él. Quienes lo critican, quienes anticipan costos y perjuicios son personajes deshonestos. Vendidos. El futuro presidente se asume así como difamador en jefe. Mis críticos lo son porque han sido comprados por los enemigos del cambio verdadero.  Muy delgado resultó el barniz conciliatorio del presidente electo. Al primer raspón desaparece.

Advierto que el reflejo de la descalificación, esa imaginación que lo lleva a dividir el mundo en patriotas y traidores me preocupa menos por lo que pueda influir en la prensa que por lo que pueda provocar en su gobierno. ¿Cuál puede ser el espacio de razonabilidad bajo el imperio de la ideología? ¿Quién se atrevería a confrontarlo con malas noticias? ¿Quién osaría reconocer ante él un error de cálculo? Un fanático de sí mismo prefiere ser engañado a ser contrariado.

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17, Oct 2018

Una historia de la mirada

Mary Beard ve una fotografía de Rihanna en instagram. Es una imagen de la cantante en un cuarto de planchado. Lleva lentes oscuros y la pierna descubierta. La estampa con millones de likes lleva de inmediato a Beard a pensar … en Livia Drusilla, esposa del emperador Augusto, sobrina de Julio César tejiendo en la sala de su casa. Imposible para ella ver sin recordar los siglos, sin repasar instintivamente piezas de mil archivos, pasajes de historia y literatura. Ambas imágenes, dice, producen el mismo desconcierto. Dos mujeres poderosas simulando intervenciones ordinarias. Ni Rihanna plancha su ropa ni Livia teje la suya. ¿Se acercan a nosotros con esas poses o se ríen a costa nuestra? ¿Cómo vemos estas imágenes? ¿Qué nos provocan? ¿En qué las traducimos? ¿Cómo nos transforman?

Al ver instagram o la cerámica de la Grecia Antigua, la clasicista no se detiene en examinar las intenciones del creador. Le intriga la forma en que, a lo largo del tiempo, nos hemos acercado al arte. ¿Que han significado las representaciones de la humanidad y lo divino para las sociedades que han convivido con ellas? ¿Qué significan para quienes las han convertido en utensilio o en objeto de devoción? Su punto de partida es la idea de que la historia del arte es la historia de la mirada. Su libro más reciente aborda el asunto. Cómo miramos. El cuerpo, lo divino y la cuestión de la civilización, es el título del libro publicado este año por Norton. Se trata de las notas de su participación en la serie televisiva Civilizaciones que, junto con Simon Schama y David Olusoga, condujo para la BBC. La serie, que enfatiza explícitamente el plural en el título y el plural en los conductores, es una propuesta de repensar lo que se difundía en aquella serie de fines de los setenta conducida por Kenneth Clark y que asumía, sin asomo de duda, la superioridad espiritual de Occidente.

Mary Beard contempla mármoles romanos, tumbas egipcias, vasijas griegas, estatuas chinas, templos en Camboya. Pasea por Sevilla en Semana Santa, entra en mezquitas en Estambul, acaricia relieves. Su recorrido inicia en Tabasco, frente a las cabezas olmecas.  Le intriga el tamaño, el peso, la expresión de esos rostros imponentes. Los olmecas, advierte, nos dieron pocas claves para descifrar a quién pertenece el rostro, qué hace ahí, qué significaba para quienes lo encontraban día a día en su recorrido habitual. A decir verdad, la pregunta no puede tener respuesta. Es imposible ver como otros vieron. Imposible insertarse los ojos de otras culturas, de otras civilizaciones. Si la historiadora no puede desentenderse de su erudición, nadie puede desprenderse de la membrana cultural y política que constriñe nuestra observación.

No hay mirada inocente. El ojo acata un código. A descifrar ese estatuto estético y, sobre todo, político, se dedica Beard en este ensayo que aborda el sitio del cuerpo y de la fe en las representaciones artísticas. Se trata una biografía parcial y emocionada del deseo, de la virtud y de la devoción. También de la opresión, el abuso, el desprecio. La barbarie, nos dice Mary Beard no está afuera de la civilización. Suele estar tan adentro, que ni siquiera se percibe. Si en su ensayo previo nos invitó a oír la voz de la mujer, ahora nos convoca a pensar en la mirada femenina.

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16, Oct 2018

Esto no es populismo

Cuando en abril del 2016 se votó en el Congreso brasileño por la destitución de la presidenta Dilma Roussef, el diputado Jair Bolsonaro dedicó su voto al coronel que la torturó cuando tenía 19 años. En esa hora solemne, el militar convertido en político quiso dejar en claro la fuente su inspiración. El coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, muerto en 2015, fue responsabilizado de la tortura, desaparición y muerte de cientos de disidentes en tiempos de la dictadura. Con su voto, el legislador le rendía un homenaje. Esa devoción por el torturador es reveladora. El ideal de quien se convertirá muy probablemente en presidente de Brasil no es la democratización de la democracia, no es la inclusión popular, no es la lucha contra las élites, es la militarización de la sociedad.

La prensa insiste en describirlo como un populista de derecha. No lo es, es un fascista y es importante hacer el distingo. Populistas y fascistas coinciden en su rechazo al dispositivo liberal pero, mientras el populista propone medidas y símbolos de inclusión popular para corregir los vicios del elitismo, el fascista propone la violencia como mecanismo para terminar con la cobardía liberal y su siniestra tolerancia. La violencia ocupa el núcleo del discurso de Bolsonaro. Para evitar la homosexualidad, hay que golpear a los hijos que muestran esas peligrosas tendencias. Hay que aplicar ejemplarmente la pena de muerte. Y revivir el edificante espectáculo del fusilamiento. Bolsonaro lo ha dicho: hay que fusilar a los opositores del Partido del Trabajo, hay que fusilar a los delincuentes, hay que fusilar a los inmorales. Los héroes matan, ha declarado su compañero de fórmula, El matadero es la fantasía política del fascismo.

Bolsonaro se ha percatado que en nuestro tiempo no hay nada más eficaz que la defensa enfática de lo aberrante. Decir con soltura las peores barbaridades garantiza atención de los medios, sean viejos o nuevos. Conlleva además una extraña bendición: el patán presume que es el único auténtico entre la legión de los hipócritas. Dice las cosas tal cual, expresa sus puntos de vista sin hacer concesiones a lo políticamente correcto. El discurso del brasileño es sorprendentemente agresivo, incluso para los niveles de violencia retórica de nuestros tiempos. La agresión es para él la expresión natural de una masculinidad resuelta. Con su voz grita el orgullo del macho. Padre de cuatro hijos y una hija, declaró hace poco en un evento en Río de Janeiro que engendró a la niña en un penoso momento de debilidad. Por eso no puede decirse que su antifeminismo o que su homofobia sean rasgos secundarios de su personalidad. El fascismo tiene un fuerte componente sexual. Transfiere la voluntad de poder a los dominios de la sexualidad, como dijo Umberto Eco en un viejo artículo sobre el fascismo eterno. El fascismo expresa una masculinidad predadora.

Bolsonaro busca una revolución del orden. El ejército ha de ejercer el poder nuevamente como símbolo de jerarquía, eficacia y patriotismo. “El periodo militar fue un tiempo de gloria para Brasil, declaró Bolsonaro. Los criminales eran criminales; el que trabajaba era recompensado y, hasta en el futbol pasábamos menos vergüenzas.” Pero la dictadura en la que sueña el fascista brasileño es una dictadura más enérgica, más decidida, más letal. Una dictadura que no tenga los miedos de la previa: que no solo torture sino que también mate. No hay aquí la ilusión de un gobierno del hombre común que se hace cargo de su destino, como pregonan los populistas. Lo que hay aquí es el mito de la mano dura. El mito de la eficacia militar… y tecnocrática. La restauración que imagina Bolsonario pretende restablecer el antiguo matrimonio entre la dictadura y los economistas ultraliberales.

La crisis de las democracias liberales ha alimentado a sus adversarios. Mal haríamos colocando a todos en el mismo saco. Siendo complejo el reto que nos lanza el populismo, debemos reconocer que es muy distinto el que provoca el nuevo fascismo: un polo que propone la militarización, el rechazo a los derechos humanos y la politización del machismo. El modelo político de Bolsonaro no es la política corrosiva de Trump o Berlusconi, dos populistas de derecha. Su modelo es la política criminal de Duterte.

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08, Oct 2018

Discreción y austeridad

El moralismo de la nueva administración apuesta al recato, no al castigo. El presidente electo lo ha dicho en muchas ocasiones: no tiene la menor intención de examinar el pasado ni deseo de aplicar la fuerza de la ley contra quienes hayan cometido tropelías. Por algún extraño reflejo asocia el castigo con la venganza. Encarcelar corruptos y violentos es visto como un desahogo contraproducente. Por eso rechaza esa vía. Imagina la asunción del poder como una navaja que cortará el tiempo. El amanecer del 1º de diciembre será el primer segundo de la Cuarta Invención de México. Terminará un modelo económico, un arreglo político y la indecencia.

Esta última terminará con la austeridad gubernamental y la discreción de los funcionarios públicos. El compromiso es terminar con el derroche y la ostentación. Dispendios que en nada ayudan a la gente; alardes que ofenden. La promesa de cambio no se detiene en el escrupuloso manejo de los recursos públicos. Exige también un tipo de conducta en la órbita de lo privado. Si algo nos ha ofrecido el nuevo gobierno es que se conducirá con sensibilidad, prudencia y modestia. Un cercano asesor del presidente electo ha fallado precisamente por eso. Todos tenemos el derecho de usar nuestro dinero como nos plazca. Pero quien se dispone a asumir una responsabilidad pública debe ser congruente con la promesa que simboliza.

En la crítica al desplante del colaborador—más a la publicidad de la boda que a su fastuosidad—se muestran las divisiones de México. Por una parte, la crítica es un reflejo saludable que pudo percibirse en amplios sectores de la opinión pública, incluso en simpatizantes cercanos del movimiento lopezobradorista. Es la simple exigencia de que se cumpla con lo prometido. El reclamo de mantener el sentido del cambio. Es decepción frente a una temprana separación del compromiso. Los críticos entienden bien que la boda es un acto privado y que no se usaron recursos públicos para los adornos o el menú. Pero se trató de un alarde que imaginábamos propio de la política rechazada por los electores. Por otra parte, en la crítica a este escandalillo se ha revelado otra pulsión. No una exigencia de modestia, sino la rabia por el ascenso de los otros. El elitismo más pedestre se dio permiso en estos días para mostrar su indignación ante los arribistas. Salvador Camarena lo apuntó certeramente en el artículo que publicó en El financiero el pasado 5 de octubre. Su lectura es indispensable: A nosotros y a nadie más nos pertenecen las portadas rosas. Las hemos heredado. Nosotros merecemos esas páginas en donde mostramos nuestros viajes y nuestros trapos, nuestros brindis y nuestros postres. Ustedes habrán ganado el poder, pero sepan bien que no tienen derecho al lujo. Ése es solo nuestro.

La austeridad es un deber, pero puede ser también una trampa. La discreción es un compromiso, pero puede alimentar la demagogia. No tengo duda de que cuidar los recursos públicos, afanarse para que no se pierdan en lo inútil, que no se desvíen de su propósito, que se administren escrupulosamente es el principal deber del servidor público. Pero, en todo caso, debe encontrarse el punto de equilibro entre la austeridad y la eficiencia. Es fiel al compromiso de austeridad el que la renacida Secretaría de Seguridad Pública no reciba un aumento en el presupuesto destinado a esas tareas. ¿Es sensato? Segar la burocracia con machete significará, desde luego, un ahorro: ¿nos dará una buena administración?

Y también hemos de cuidar que la discreción pública no alimente la vanidad de la modestia. La circunspección de Andrés Manuel López Obrador es la roca de su prestigio. Hoy, que se dispone a ocupar las dos jefaturas, debe pensarse en las condiciones que le permitan cumplir de mejor manera su responsabilidad y, sobre todo, en las medidas que se requieren para garantizar su seguridad. La tranquilidad del país depende de ella. Cuidar al presidente no es fantochería y lo es menos en las condiciones del país. Decir que el pueblo bueno lo cuida no es una simple inocentada demagógica. Es una irresponsabilidad gigantesca.

Que haya austeridad y discreción, sí. Pero que también haya eficacia y seguridad.

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05, Oct 2018

Música a la vida

En una de las páginas de su Cuaderno amarillo Salvador Pániker, el meditador hindocatalán muerto hace poco más de un año, hace la crónica de las celebraciones por los 25 años de la editorial Anagrama. Brindis, fotos, encuentros con escritores famosos. Abrazos, saludos a Enzensberger, conversación con el alcalde, intercambio de cortesías con los colegas. Pániker, entonces de 67 años, describe lo guapa que está NV, lo sexy que encuentra a MJV. Ha bebido algunas copas de cava y “tiende a la verdad”. Hacia el final de la noche, Carmen Ros le sonríe y le dice: “Sin discusión eres el más guapo de la fiesta”. Pániker responde: “Caray, Carmen, si sólo soy un anciano que conserva el falo en buen estado”.

La anécdota capta la sustancia de la que están hechos sus admirables dietarios: una crónica que es alarde y también confesión. Una mezcla de relato de sociales, meditación filosófica y desfile de seducciones. Sus diarios están muy lejos de ser anotaciones de una agenda. Son, como bien dice José Antonio Marina, una “novela con cláusula de verdad”. Así deben leerse: como la cautivadora historia de un hombre culto que envejece y sujeta el presente con todas las pinzas de su vitalidad. Autonovela de un filósofo coqueto y vanidoso intrigado por los misterios de la trascendencia y del cuerpo. “¿La próstata? La próstata bien, gracias”. Lo mejor de la obra de Pániker no está en sus ensayos retroprogresivos sino en esas páginas salpicadas de trivialidad y sabiduría. La complejidad de Edgar Morin expone de manera más clara el proyecto obsesivo de Pániker por conciliarlo todo: ciencia y filosofía, Oriente y Occidente, tú y yo. Es en el registro del día a día, en la lectura del diario, en el encuentro amoroso, en los distanciamientos y nostalgias, en los achaques, en los sabores de la comida de hoy, en las sorpresas y repeticiones de la política donde aparece la lucidez filosófica. Lucidez que puede venir de la vela de Montaigne: un vivir sin miedo, a la intemperie. Pero, sobre todo, una claridad que abreva de la experiencia. “Días de sexo y comunicación, mucho sexo y mucha comunicación, clarificación de equívocos, querer la verdad, decir la verdad, asomarse a los confines del placer, el indispensable toque romántico sobre un fondo no menos indispensable de realismo. Ella está mucho más guapa, tostada por el sol del sur, abierta y desinhibida”.

El artículo completo puede leerse en nexos…

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03, Oct 2018

Nuestro tiempo

Carlos Reygadas ha saltado al ruedo de la actuación acompañado de su familia. Su esposa y sus dos hijos pequeños actúan como su esposa y sus hijos en la cinta que él escribió y dirigió. El protagonista de “Nuestro tiempo” es un creador que deja la ciudad para irse al campo. Todas estas coincidencias han llevado a muchos a imaginar más conexiones entre la cinta y la vida de Reygadas. Los componentes autobiográficos de esta película que acaba de estrenarse en México, son lo de menos. Lo que importa, dice él, es la materia fílmica, no el parentesco de los actores.

Reygadas es nuestro cineasta más incómodo, ha dicho Fernanda Solórzano. El más arriesgado, el más polémico. Tiene razón. Hace unos años una película suya fue recibida entre abucheos y premios. Sus películas están escritas en un lenguaje que escapa de las convenciones narrativas. El director no siente el deber de justificar cada escena, de explicar cada evento, de redondear psicológicamente a sus personajes. El mundo de Reygadas es como el otro: enigmático y borroso. Hasta en lo más familiar hay misterio. Y lo íntimo será quizá lo más incomprensible. La tarea del cineasta parece ser no la explicación sino la contemplación; no el entendimiento sino el asombro. No el cuento: el lienzo. Ir al cine para ver a una vaca, para ver las olas del mar, una caricia, una mirada, el cielo, la rabia, una sonrisa, las nubes. No tengo intenciones específicas, le dijo a Ernesto Diezmartínez. “Me basta con compartir presentando. Como los árboles que se presentan nada más, sin decirte cuándo reír o tener miedo. Hago continentes y dejo espacio al espectador par depositar en ellos su propio contenido. Dejarlos vacíos, incluso, si prefieren.”

El matrimonio que se deshace en “Nuestro tiempo” es apenas el hilo perceptible de la cinta. Un hilo que muestra los juegos del poder que se cuelan en las relaciones amorosas, las trampas del hábito, el estrangulamiento con palabras, la imposibilidad de sujetar la primera llama. Pero debajo de la espiral de separación, se asoma todo. En los largos planos de Reygadas está la ambición de abrazar el horizonte. Toda la experiencia de estar vivo, de existir bajo la lluvia, entre perros y tazas de café. Las divagaciones son tan importantes como la línea central de la película. El amor de un padre y sus muchas vanidades. El abismo que separa al patrón del ranchero. La pulsión que anhela apropiarse de lo amado. Y el abrazo del mundo, de la naturaleza.

Como en todas sus cintas, el quinto largometraje de Reygadas se pasma ante el inmenso poder del escenario. Es dudoso que los protagonistas sean, en realidad, los humanos que se enamoran y se pelean. Diminutos parecen siempre estos muñecos, frente a la inmensidad de lo sobrehumano. El cineasta nos invita a ver de otro modo el planeta que habitamos. Seguir sin prisa el trote de los animales, el meneo de los árboles, el goteo de la lluvia, la corpulencia de los cerros. Las secuencias que los admiran no son bisagras entre escenas. No son pestañeos que permiten cambiar de tiempo. Reygadas ha dicho que, en su retrato de montes y animales, en el registro sonoro de truenos y ladridos no hay pretensión alegórica. Me parece imposible dejar de pensarlas como pistas o, tal vez, como un argumento involuntario. En esas escenas se capta, creo yo, el supremo imperio de las pasiones, el inescapable ciclo de la vida. ¨

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01, Oct 2018

Mayoría enmarañada

La responsabilidad de ser mayoría es gobernar, pero también es gobernarse. Podría decirse que lo segundo es requisito de lo primero. Imposible conducir una administración reformista, imposible realizar los cambios históricos que se pretenden si no se logra una coordinación eficaz del polo gobernante. Ese es uno de los retos más complejos de la nueva mayoría. Poner en sintonía las muchas fibras de una alianza tan heterogénea como la que consiguió la victoria no será cosa sencilla. Ya hemos visto muestras de esa dificultad. Las señales que se han emitido tras la elección han sido confusas y contradictorias. Las tensiones en el equipo del presidente electo son más que visibles. La desorganización en el espacio parlamentario resulta preocupante.

Los electores votaron decididamente para constituir una nueva mayoría. Quisieron una presidencia respaldada por una fuerza afín en el Congreso. Un triunfo formidable de Morena. Millones de votos para su candidato, amplísima victoria sobre sus competidores, triunfos en todos los rincones del país, mayoría en las cámaras. El poder de hacer la ley sin la obligación de negociar con las oposiciones. La reforma constitucional al alcance de la mano. Se ha dicho muchas veces, pero no debemos olvidarlo: el 1º de julio fuimos testigos de la victoria más clara desde que las elecciones cuentan. Pero hay que tenerlo claro: no se despejaron con esa orden electoral las incógnitas sobre la capacidad del futuro gobierno.

En julio ganó, por supuesto, Andrés Manuel López Obrador. Pero ganó también un partido que, a pesar de su descomunal victoria, no ha terminado de cuajar. Morena sigue siendo una incógnita. Un portentoso movimiento político, una intensa emoción pública y, apenas, una institución. Nació de uno de los saltos más intrépidos de la historia política reciente. Cuando López Obrador rompió con el PRD parecía brincar al vacío. Al final del día, su audacia enviaría al abismo a los tres partidos tradicionales. Morena nació también del pragmatismo más atrevido o, tal vez, del más cínico. Todos los ambiciosos tendrían un espacio ahí. Todas las agendas serían incorporadas. Derecha e izquierda; probidad y pillería bienvenidas. Si se atienden sus documentos básicos, no es fácil ubicarlo en las coordenadas de las ideologías tradicionales. Morena se describe como un partido de izquierda que sueña con la refundación nacional y, al mismo tiempo, es una organización nostálgica que anhela el retorno a los bellos tiempos del preneoliberalismo. Pero, más que en sus declaraciones, el enigma de Morena está en el abanico de sus respaldos. ¿Qué pueden tener en común los dirigentes que han trepado a ese barco en los últimos meses? Hace poco estaban en el PRI, en el PAN, en el PRD. Hoy se llenan la boca con la épica de la Cuarta Transformación. Ahí se encuentran ahora quienes se formaron con Calderón y con Salinas; quienes apostaron por Fox y quienes lo hicieron por Cárdenas. Algunos celebraban hace muy poco el Pacto por México, otros lo denunciaban como la gran traición. Unos provienen del conservadurismo más rancio, otros se formaron en lo peor del autoritarismo priista. Muchos son fieles a una izquierda nacionalista, otros son, simplemente, los decepcionados de la transición. Hay ahí quienes apuestan a la ruptura y al nuevo comienzo, otros desean simplemente decencia en el gobierno.

Absurdo pensar en la intrascendencia de tanto oportunismo. Es cierto que Morena se convirtió en la plataforma de las reconciliaciones políticas. Como tal, fue una coalición electoral exitosísima. No hay duda de ello, pero, ¿lo será como coalición gobernante? Esa es una de las incógnitas del futuro inmediato. Por lo pronto, en el plano legislativo, Morena ha dado sus primeros pasos como una mayoría enmarañada. En la Cámara de Diputados hemos visto a una mayoría torpe, impulsiva, descoordinada. Una mayoría errática que no logra los entendimientos elementales y que no se vincula eficazmente con el equipo del presidente electo. Lo cierto es que Morena no actúa como una organización de ciega disciplina. La complejísima heterogeneidad de ese movimiento irrumpe con arrebatos, sin encontrar mecanismos eficaces de actuación. La mayoría ha de gobernar. ¿Podrá gobernarse?

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