01 Oct, 2018

01, Oct 2018

Mayoría enmarañada

La responsabilidad de ser mayoría es gobernar, pero también es gobernarse. Podría decirse que lo segundo es requisito de lo primero. Imposible conducir una administración reformista, imposible realizar los cambios históricos que se pretenden si no se logra una coordinación eficaz del polo gobernante. Ese es uno de los retos más complejos de la nueva mayoría. Poner en sintonía las muchas fibras de una alianza tan heterogénea como la que consiguió la victoria no será cosa sencilla. Ya hemos visto muestras de esa dificultad. Las señales que se han emitido tras la elección han sido confusas y contradictorias. Las tensiones en el equipo del presidente electo son más que visibles. La desorganización en el espacio parlamentario resulta preocupante.

Los electores votaron decididamente para constituir una nueva mayoría. Quisieron una presidencia respaldada por una fuerza afín en el Congreso. Un triunfo formidable de Morena. Millones de votos para su candidato, amplísima victoria sobre sus competidores, triunfos en todos los rincones del país, mayoría en las cámaras. El poder de hacer la ley sin la obligación de negociar con las oposiciones. La reforma constitucional al alcance de la mano. Se ha dicho muchas veces, pero no debemos olvidarlo: el 1º de julio fuimos testigos de la victoria más clara desde que las elecciones cuentan. Pero hay que tenerlo claro: no se despejaron con esa orden electoral las incógnitas sobre la capacidad del futuro gobierno.

En julio ganó, por supuesto, Andrés Manuel López Obrador. Pero ganó también un partido que, a pesar de su descomunal victoria, no ha terminado de cuajar. Morena sigue siendo una incógnita. Un portentoso movimiento político, una intensa emoción pública y, apenas, una institución. Nació de uno de los saltos más intrépidos de la historia política reciente. Cuando López Obrador rompió con el PRD parecía brincar al vacío. Al final del día, su audacia enviaría al abismo a los tres partidos tradicionales. Morena nació también del pragmatismo más atrevido o, tal vez, del más cínico. Todos los ambiciosos tendrían un espacio ahí. Todas las agendas serían incorporadas. Derecha e izquierda; probidad y pillería bienvenidas. Si se atienden sus documentos básicos, no es fácil ubicarlo en las coordenadas de las ideologías tradicionales. Morena se describe como un partido de izquierda que sueña con la refundación nacional y, al mismo tiempo, es una organización nostálgica que anhela el retorno a los bellos tiempos del preneoliberalismo. Pero, más que en sus declaraciones, el enigma de Morena está en el abanico de sus respaldos. ¿Qué pueden tener en común los dirigentes que han trepado a ese barco en los últimos meses? Hace poco estaban en el PRI, en el PAN, en el PRD. Hoy se llenan la boca con la épica de la Cuarta Transformación. Ahí se encuentran ahora quienes se formaron con Calderón y con Salinas; quienes apostaron por Fox y quienes lo hicieron por Cárdenas. Algunos celebraban hace muy poco el Pacto por México, otros lo denunciaban como la gran traición. Unos provienen del conservadurismo más rancio, otros se formaron en lo peor del autoritarismo priista. Muchos son fieles a una izquierda nacionalista, otros son, simplemente, los decepcionados de la transición. Hay ahí quienes apuestan a la ruptura y al nuevo comienzo, otros desean simplemente decencia en el gobierno.

Absurdo pensar en la intrascendencia de tanto oportunismo. Es cierto que Morena se convirtió en la plataforma de las reconciliaciones políticas. Como tal, fue una coalición electoral exitosísima. No hay duda de ello, pero, ¿lo será como coalición gobernante? Esa es una de las incógnitas del futuro inmediato. Por lo pronto, en el plano legislativo, Morena ha dado sus primeros pasos como una mayoría enmarañada. En la Cámara de Diputados hemos visto a una mayoría torpe, impulsiva, descoordinada. Una mayoría errática que no logra los entendimientos elementales y que no se vincula eficazmente con el equipo del presidente electo. Lo cierto es que Morena no actúa como una organización de ciega disciplina. La complejísima heterogeneidad de ese movimiento irrumpe con arrebatos, sin encontrar mecanismos eficaces de actuación. La mayoría ha de gobernar. ¿Podrá gobernarse?

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