06 Nov, 2018

06, Nov 2018

La calca y el pellizco

Graham Sutherland, el admirable pintor inglés, llegó tarde al retrato. El primero que hizo fue de Somerset Maugham. Le advirtió que se trataba de un experimento. El cuadro resultó potentísimo. Frente a su modelo, el vanguardista pensaba en dos formas de entender el arte en el que incursionaba: fidelidad o juicio. Registrar lo que uno tiene delante de sí o evaluar lo que se tiene en frente. El verdadero retratista logra las dos cosas: es fiel porque es punzante. Sutherland supo mejor que nadie lo que dolía el pellizco de la tela. Simon Schama cuenta la historia en su fascinante historia del retrato británico. La fama que pronto adquirió Sutherland como retratista llevó al Parlamento a considerarlo para una encomienda extraordinaria. Los parlamentarios querían ofrecerle un regalo a Winston Churchill que cumplía 80 años y pensaron en un retrato del primer ministro para que viviera por siempre en las galerías de Westminster. El retratista sería Sutherland. Posaría para él durante varios días. Fue, al parecer, un modelo incómodo. No estaba quieto. Hablaba demasiado. El mayor trabajo lo hizo el pintor en su estudio, con base en una serie de fotografías que le tomó. Al ver su retrato Churchill se mostró indignado. Le pareció espantoso. Llegó a escribirle al pintor que no creía correcto que se exhibiera públicamente. A pesar de ello, el parlamento lo mostró en el homenaje. El lienzo se descubriría en la ceremonia pública que trasmitía en vivo la BBC. Al recorrerse la cortina y admirarse el enorme cuadro, Churchill solamente acertó a decir: este retrato es un ejemplo notable del arte moderno. El mensaje era claro. El óleo era moderno porque era horripilante. La galería estalló en una carcajada. El pintor era humillado públicamente. El hombre de poder se vengaba de su retratista. Correría por parte de su esposa la venganza del retrato. Lo escondió en la bodega de su casa, pero poco después decidió destruirlo. Pasaría por el fuego para que no quedara rastro de la ofensiva tela.

El artículo completo puede leerse en nexos.

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06, Nov 2018

El rito de la destrucción

El poder elige sus rituales. Emite su mensaje con ceremonias. Quien se imagina como el Cuarto Padre de la Patria ha elegido la destrucción como el símbolo de su poder. Ha resuelto abandonar una importante obra en curso para plantar su autoridad frente al pasado y para mostrar su poder frente a sus adversarios. No soy adorno, dijo, festejando la demolición. La primera señal de su mandato es un aviso: convertirá en polvo lo que se le dé la gana. Dirá que obedece al pueblo. Por eso la consulta y los anuncios sobre el aeropuerto son, más que una decisión, una ceremonia. La puesta en escena de un nuevo entendimiento de la política.

Sabemos que las solemnidades del Congreso le son fastidiosas. Era necesaria otra ceremonia para inaugurarse. Eligió un emblema de la política como trituradora de símbolos. Aunque se pretenda hazañosa, ésta es la visión más pedestre de la política, la más infantil. El niño se descubre poderoso cuando rompe su juguete. Es solo entonces que se siente dueño de algo. Al ver el muñeco hecho pedazos sonríe satisfecho porque sabe que él ha provocado el destrozo. El primer poder: ser autor de la ruina. El niño se emociona al descubrir que puede alterar la realidad. El poder más elemental, el más primitivo es ese: destrozar. Andrés Manuel López Obrador ha elegido esa ceremonia para inaugurarse como presidente. Invocó al pueblo sabio con una consulta risible y activó de nuevo el antagonismo. Así, encarnando al pueblo en su batalla, dictó su primera orden: abandónese.

Algún capítulo de Elias Canetti podría registrar una ceremonia tan rica en alusiones como la que hemos presenciado en estos días. Un rito de algún reino donde, para iniciar el mando era necesario un incendio. El Nuevo Jefe debía incinerar las joyas del Viejo. Solo así el mundo reconocería que había nuevo mandamás. Todos los vecinos se reunían para contemplar el espectáculo. Su presencia en la ceremonia los convertía en creadores del fuego que habría de consumir los símbolos más preciados del viejo jefe. Con una hoguera debía inaugurarse el nuevo día. Por las llamas pasaban monumentos, palacios, ciudades enteras. Todo lo que el Viejo Jefe hubiera levantado tendría que ser convertido en ceniza para que el nuevo mando asumiera forma. El humo alejaba a los malos espíritus. Pasado por las llamas, el viejo reino quedaba convertido en un tapete de escombros que el Nuevo Jefe pisaría al terminar la ceremonia. Destruido el símbolo, amanecía. Nuevo poder, nuevo tiempo.

El senador Germán Martínez intentó una defensa de esta ceremonia. Me detengo en ella. A juicio del expanista, la dignidad de la política ha triunfado sobre la mezquindad de la economía. Pero, ¿qué política defiende el senador? La política del desplante, no la política de la responsabilidad. La política que hace alarde de arrojo pero que olvida el elemental llamado de la prudencia. En la destemplada voz del senador no se escucha el furor del converso sino, más bien, el patetismo del oportunista. Por eso defiende sin convicción una política que es puro ademán. El calderonista sabe bien que abandonar el nuevo aeropuerto no combate la corrupción, la consolida. No hay tampoco en la decisión un esfuerzo por cuidar los recursos públicos, sino un derroche imperdonable. Millones para pagar nada. ¿Preocupación por la ecología? El legislador sabe bien que ni siquiera hay estudios del impacto que la nueva obra tendría en el medio ambiente. Defiende así una política que, por su respaldo popular, no necesita ofrecer argumentos. El voto como coartada del capricho.

Una línea del discurso del futuro director del IMSS me parece relevante. La debilidad de los argumentos técnicos del nuevo gobierno le parece, en el fondo, su máxima virtud. Siendo una decisión política resulta inapelable. No hagan cuentas, no ofrezcan estudios, no presenten dictámenes: acaten la voluntad del poder. No es la técnica un valor fundamental del nuevo gobierno, advirtió. Martínez le escupe al fundador del PAN quien defendió el sentido ético del rigor. El rechazo a la técnica por repudio a la tecnocracia es voluntad de ignorancia. Desconocer el vínculo entre el instrumento y la consecuencia nos llevará a cosechar lo contrario de lo que deseamos. No digan, por favor, que esa ceguera voluntaria es la política. Eso tiene otro nombre: demagogia.

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