Dic, 2018

31, Dic 2018

Nueces del 2018

El Pueblo contra la democracia, el trabajo de Yascha Mounk sobre el populismo, es seguramente el libro de teoría política más importante del año. El más comentado, el más discutido. Recientemente Paidós lo ha traducido al español. El profesor de Harvard identifica en el texto los orígenes del populismo y las razones de su seducción. Advierte igualmente los peligros que encierra esa pretensión de ejercer el monopolio moral de la representación política al encarnar a un pueblo siempre unido, bueno y sabio. Podría decirse, que el trabajo se queda, sin embargo, en las nubes de la teoría. En un artículo reciente publicado en el Atlantic que ha firmado junto a Jordan Kyle, Mounk intenta analizar objetivamente el desempeño de los gobiernos populistas contemporáneos. ¿Son eficaces? ¿Consiguen lo que prometen?

La pregunta es importante. Después de todo, las cuatro democracias más pobladas del mundo son gobernadas hoy por populistas: Modi en la India; Trump en Estados Unidos, Widodo en Indonesia y Bolsonaro en Brasil. ¿Cuál es en realidad el desempeño de los liderazgos y movimientos populistas en el mundo? ¿De qué manera puede contrastarse con políticas que no lo son? Mounk y Kyle identificaron cuarenta y seis dirigentes populistas en el mundo en treinta y tres países democráticos de 1990 hasta ahora. El primer resultado es claro. Los populistas son eficaces para conservar el poder. Los gobiernos populistas duran en el gobierno más del doble de tiempo que sus rivales. Su permanencia puede ser prueba de su respaldo. Sin embargo, los estudiosos advierten que solo una minoría de esos líderes deja el poder tras el castigo de los votos y que muchos prolongan su mandato tras alterar las reglas de la competencia. Lo más relevante, sin duda, es qué es lo que los populistas hacen con el poder. ¿Provocan efectivamente un deterioro institucional? ¿Aportan legitimidad? ¿Refrescan el pacto entre sociedad y gobierno? Las conclusiones de Mounk y Kyle no son alentadoras. Cerca de la mitad de los gobiernos populistas reescriben las reglas para debilitar los contrapesos y restringir el disenso. Tampoco son particularmente exitosos los gobiernos populistas en la lucha contra la corrupción. Si ofrecen sacar a sus países del pantano de la corrupción, suelen enlodarlo aún más.

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Pregunta John Gray: ¿Por qué será que los liberales siguen leyendo tan mal el presente?

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Los entuertos del presidente Trump atizan la ilusión de que su ascenso es un paréntesis en la historia. Tan sorprendente fue su victoria que se abriga la esperanza de que su presidencia terminará antes de tiempo. Se cerrará así la excepción y volverán las cosas a su sitio. El centro se recompondrá, los partidos recuperarán sus tradiciones y se pondrá fin a la caótica política del mitómano. No parece ser así. El terremoto ha cambiado a tal grado los puntos de referencia que no hay vuelta posible. Lo escribió hace poco el búlgaro Ivan Krastev, uno de los politólogos más lúcidos de nuestro tiempo. El impacto de Trump en la política mundial permanecerá mucho tiempo después de que deje la Casa Blanca. La marca que dejará en la historia será mayor que el que hayan dejado Bush u  Obama. “El mundo post-Trump no será el mundo pre-Trump.”

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Amos Oz recomendaba La vida de Brian en su brillante ensayo contra el fanatismo. En la película de Monty Python, el protagonista le dice a sus discípulos: “Todos ustedes son individuos.” La multitud responde: ¡Todos somos individuos!” Uno disiente. Tímidamente dice: “Yo no.” El montón lo calla de inmediato. La urgencia de pertenecer, la vocación de uniformarse suele ser el primer paso del fanatismo. Muy pronto se transforma en culto a los seductores.

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Tuiter, más que una plataforma de comunicación, es un reality show, escribió el historiador holandés Ian Buruma. El medio perfecto para un farsante narcisista como Donald Trump. “Normalmente no tenemos oportunidad de ver u oír sin filtro los pensamientos de otros (salvo, tal vez, en un bar). Antes los diarios pasaban las cartas al editor por un cuidadoso escrutinio para no dar publicidad a fanáticos y maniáticos; lo privado era privado. Pero con Internet eso cambió: ahora cualquiera puede airear sus pensamientos sin importar lo repelentes o absurdos que sean.” Es el reino de la ocurrencia y el prejuicio.

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24, Dic 2018

De música

Esta noche es Noche Buena y me doy permiso para escribir de música en estas páginas. No tiene mucho sentido hablar hoy de presupuestos y de congresos, del presidente locuaz y de sus fieles, de polémicas leyes o decretos. Para eso hemos tenido todo el año. Las fiestas piden apartarse de las rutinas y cambiar la conversación. Hablar, por ejemplo, de música.

Hablar de música no es hablar de un pasatiempo sino de un lenguaje que, al escapar de las tenazas de la lógica, nos permite interrogar y celebrar la existencia. Lo decía con admirable elocuencia Nikolaus Harnoncourt al recibir el Premio Erasmo en reconocimiento a su contribución a la cultura europea. El violinista y director austriaco hablaba de la música como uno de los pilares fundamentales de la cultura occidental, una columna que ahora se trata como simple entretenimiento, como un pasatiempo, una compañía tan constante como trivial. Nunca hemos estado tan llenos de música como ahora. La música nos envuelve, nos persigue y, tal vez por eso mismo, no ha sido nunca tan irrelevante. Música en el elevador, en el camión, en la calle, en la casa, en el baño, en el mercado. En la palma de la mano podemos escoger de entre millones de canciones, sin detenernos un segundo a festejar su misterio. La música puede ser hermosa, posee al cuerpo, se convierte en una adicción. Pero ahí no está lo importante, dice Harnoncourt. Más allá de la belleza de sus armonías y de lo pegajoso de sus ritmos, es la puerta de lo inefable. Hechizo inquietante, conmovedor, misterioso.

Lo más humano y lo más divino a lo que tenemos acceso. Cantar, ha dicho ese gran melómano que es George Steiner, es “la más carnal y la más espiritual de las realidades. Acopla alma y diafragma.” Idioma intraducible, a fin de cuentas, indescifrable. El oído acoge con deleite el “no se qué,” aquello que no puede ser nombrado, aquello que no se entiende y, sin embargo, otorga sentido. Entre los silencios, el paréntesis de la música. “Una duración encantada, dice el filósofo Vladimir Jankélévitch, una efímera aventura y un breve encuentro que se aísla dentro de la inmensidad del no ser”. Octavio Paz escribe en un poema:

Así como del fondo de la música
brota una nota
que mientras vibra crece y se adelgaza
hasta que en otra música enmudece,
brota del fondo del silencio
otro silencio, aguda torre, espada,
y sube y crece y nos suspende
y mientras sube caen
recuerdos, esperanzas,
las pequeñas mentiras y las grandes,
y queremos gritar y en la garganta
se desvanece el grito:
desembocamos al silencio
en donde los silencios enmudecen.

Todo ser humano, decía Harnoncourt, tiene el derecho a entrar en contacto con el lenguaje de la pintura y de la poesía. Ser capaz de comprender el vocabulario y la gramática de la música. Negarle a un niño este trato con las artes sería tan abusivo como bloquearle el acceso a las letras, los números o la historia. Formarnos en el arte es abrirnos a la posibilidad de ser transformados por el genio de la fantasía, la imaginación. “¿Qué habría pensado Albert Einstein, preguntaba, qué habría descubierto, si no hubiera tocado el violín? ¿No son las hipótesis atrevidas, las más fantasiosas, las que sólo alcanza el espíritu imaginativo—para que luego puedan ser demostradas por el pensador lógico?”

La gran pasión de Einstein fue la música. Era incapaz de pensar sin música. No viajaba sin Lina, su violín preferido. El mayor placer que me ha dado la vida ha venido de sus cuerdas, decía. De Mozart dijo algo interesante: más que creador de su música, fue el descubridor de una armonía universal. Fue el maestro que captó el sonido eterno del universo. El genio de la música escucha el universo, el genio de la física lo deduce. No es que la música fuera para él un pasatiempo, era parte esencial de su proceso intelectual. Lo notaba Elsa, su segunda esposa quien advertía el vaivén de su pensamiento: del escritorio donde trabajaba en sus teorías a la sala donde tocaba el violín, y de regreso. Su hijo Hans Albert coincidía: cada vez que en su trabajo topaba con pared, escapaba a la música. Tarde o temprano, el violín sugería la solución. Pudo haber coincidido con John Keats: la belleza es verdad, la verdad, belleza.

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17, Dic 2018

De autonomías

La democracia se alimenta de la sospecha. También se nutre de esperanzas, por supuesto, pero en el recelo encuentra su equilibrio. Las instituciones que desentonan de la voluntad mayoritaria son tan importantes como aquellas que pretenden expresarla. La democracia está en el voto que constituye gobierno y en las muchas instituciones y prácticas que lo restringen y vigilan. El brillante politólogo francés Pierre Rosanvallon ha propuesto un término para nombrar esa política de desconfianza. “Contrademocracia” llama, no a lo contrario a la democracia, sino al complejo de resistencias que se configuran en un régimen pluralista en contra del poder de los elegidos. Instituciones de vigilancia y de denuncia, instancias arbitrales, medios que develan los secretos, órganos técnicos diseñados para actuar con independencia de la presión popular. La democracia, a pesar de lo que dicen los demagogos, no supone, en modo alguno, confianza en la infalibilidad del pueblo o de institución alguna. En democracia se cree y se duda, se afirma y se refuta.

Arremeter contra los órganos de la desconfianza es debilitar equilibrios esenciales.  Resulta preocupante el embate de la nueva política a esos órganos de la suspicacia. El cambio electoral de julio sería, a juicio de la nueva clase política, una instrucción a todos los órganos del poder para seguir la guía del presidente de la república y para abrazar su proyecto. ¿No se han dado cuenta de que el país ya cambió políticamente?, preguntan insistentemente. Insinúan que todos deben alinearse. Esta visión unitaria de la política desconoce el aporte de quienes no siguen instrucciones del votante. La máquina democrática exige que las piezas estén enfrentadas persiguiendo propósitos distintos, defendiendo intereses contradictorios. No lo entienden así los nuevos jerarcas. Para el presidente, los órganos autónomos no son más que burocracias privilegiadas, estorbos a la clara voluntad del pueblo. Gastos inútiles. A su juicio, estaríamos mejor sin ellos. Tiene razón, sin duda, cuando advierte excesos en salarios y prestaciones de sus titulares. Acierta al denunciar el gigantismo de algunos. Seguramente se pueden encontrar formas para adelgazarlas y hacer más eficiente su actuación. Pero se trata de órganos indispensables que nos proveen de información valiosa, que pueden activar alarmas necesarias, que pueden denunciar desviaciones peligrosas, que pueden corregir errores. Debilitar estos órganos que han aparecido en la última generación es perder reflejos para actuar, es arrancarnos ojos, amputarnos brazos. Insisto: hay espacio para la reforma, para la compactación de instituciones que crecieron desmedidamente. Pero no podemos darnos el lujo de vivir sin ellas.

La primera víctima de esa fobia contra las autonomías será, al parecer, el instituto de evaluación educativa. La propuesta de reforma, diseñada ostensiblemente para congraciarse con los sindicatos, entrega a los dueños de la representación otro obsequio: el cadáver de un órgano que, con independencia de la administración y del gremio, podía presentar reportes oficiales sobre los resultados de la política educativa. Si la funesta iniciativa de reforma constitucional propuesta es aprobada, habremos perdido, además de los mecanismos de mérito para la selección y promoción de los maestros, una instancia oficial confiable que nos permitía medirle el pulso a la educación. La oficina que se creará en sustitución de ese órgano estará supeditada a los cálculos y los intereses del poder. El feo nombre que se propone para designarla anticipa el sentido de sus trabajos: se trata de presentar estudios que ayuden a mejorar la autoestima de los trabajadores y a promover su imagen pública. Se entiende que nada que los ofenda merece salir a la luz. “Jamás otra campaña de desprestigio contra los maestros,” ha dicho enfáticamente el presidente. La instrucción con la que nace el instituto para la revalorización el magisterio es clara, ningún reporte, ningún estudio, ningún registro que vaya en contra de su prestigio. Y si aparece alguna información políticamente contraproducente, habrá, por supuesto, que callarla. Si se descubre una información amarga, a dulcificarla para no incomodar a nadie. Nada que lastime la sensibilidad de los maestros. Perdimos un instituto autónomo. Se nos ofrece, en remplazo, una agencia de publicidad de los sindicatos.

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13, Dic 2018

ROMA

El entusiasmo sólo se expresa en desmesura. Contenerlo es falsificarlo. Roma es una obra de arte como la que no se ha producido en México en este siglo. Más que una cinta, es un acontecimiento que solamente puedo comparar con la publicación de El laberinto de la soledad o de Pedro Páramo, con los murales de Orozco, con Los olvidados. Afirmaciones del arte que nos interpelan de manera radical. Metáforas que rehacen nuestro recuerdo y nuestra presencia. Quiero decir que Roma no es, a mi juicio, solamente la muestra de un artista en la plenitud de su creatividad, el trabajo magistral de un equipo insuperable que logra un concierto único. No es solamente la perfecta ensambladura de actuaciones, libreto, fotografía y evocaciones sonoras. Es algo más que una película técnicamente impecable y emocionalmente devastadora. Es el retrato más acabado del México dulce y cruel, de ese país entrañable y detestable que sigue sin ser una casa para todos.

Roma es muestra del genio, que no del puro talento de Alfonso Cuarón. Una película suya en todos los sentidos. Son sus recuerdos los que aparecen en la pantalla, es su cámara la que retrata la ciudad y el cielo, es su libreto el que fija las palabras y las miradas. Lo primero que maravilla es la fotografía. El blanco y negro encuentra su justificación plena porque armoniza los detalles. Imposible pasar por alto la conmovedora belleza de sus cuadros: la marea del agua que limpia el patio, una cazuela rota, el universo de las azoteas, una ciudad llena de vida, un avión que cruza el cielo. La cámara de Cuarón captura la intimidad de los cajones y el portento del horizonte. Acaricia con luz cada objeto para hacer poesía con esa cotidianidad que se ha ido. Si es una fiesta para la mirada, lo es también para el oído. La admirable recreación del pasado es, sobre todo, resurrección de sus sonidos. Los silbidos del afilador, el rumor de los viejos motores, los anuncios de la radio. Si regresamos a otro tiempo es porque lo escuchamos.

Roma puede verse como una carta de amor a las dos mujeres que marcaron la infancia del director. Su madre y la mujer que trabajaba en su casa no solamente cocinando y limpiando sino también cuidando amorosamente a los niños, despertándolos por la mañana, arrullándolos con canciones al dormir. Retratos de dos mujeres fuertes y solas. Si la película no se desbarranca ante los riesgos retóricos y sentimentales de la historia es por la contención de estas actuaciones magistrales. Cleo, (Yalitza Aparicio) encarna todas las emociones pronunciando apenas unas cuantas palabras. No tiene sitio en la conversación, pero sus silencios lo dicen todo. En sus ojos están la ternura y la sorpresa, el esmero y el cansancio, el miedo y la soledad. Contrastante es la energía masculina. Hombres cobardes que rugen, que amenazan, que matan y que huyen.

Vivir en casa ajena. Ese es el tema de Roma y es también el tema de México.  ¿Qué significa vivir en un país que es, a fin de cuentas, ajeno? ¿Qué significa, para los dos extremos de la casa, crecer con una familia inexistente? El cariño en la desigualdad no es falso, pero es perverso y encierra, a pesar de todas las dulzuras, un abuso. Los niños aprenden a ser, desde que pueden hablar, educadamente, déspotas. Una relación entrañable que, al mismo tiempo, supone la privación de los derechos: no hay vacaciones, no hay privacidad, no hay horarios. Un vivir para servir.

No le han faltado críticos a Cuarón por esta película llena de riesgos. Hay quien la encuentra condescendiente, hay quien advierte cierta intención de ennoblecer la explotación.  No lo veo así, pero creo que esas reacciones prueban la fuerza de una película que no puede sernos indiferente. Ahí está su grandeza: las emociones que despierta son profundas, aunque no sean opuestas.

Dos escenas marginales capturan el mensaje hiriente de la cinta. Dos niños juegan a ser astronautas. Uno de ellos pasea con su familia en el bosque. Su disfraz es impecable. Se imagina descubriendo parajes de la luna. En otra escena aparece otro niño (seguramente de la misma edad) jugando también al astronauta. Camina por los charcos de Netzahualcóyotl. No tiene disfraz de tienda, solamente se ha cubierto la cabeza con una cubeta a la que le ha abierto un hueco. Con idéntica emoción, imagina las mismas aventuras lunares. Esos niños, lo sabemos bien, no pertenecen al mismo país. No habitan la misma casa.

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10, Dic 2018

Nuestras instituciones

Muy generoso fue el presidente con su antecesor. Destrozó en su discurso todas y cada una de sus políticas, pero le agradeció su comportamiento durante el proceso electoral. Ni una palabra al órgano que organizó ejemplarmente la elección. Ni una mención al instituto que dio cauce a la competencia y contó los votos que le dieron la victoria. El silencio es significativo. Andrés Manuel López Obrador mantiene viva su desconfianza del orden institucional. Aun teniendo mayoría en el congreso, busca respaldos y legitimaciones por fuera de la legislatura. Está convencido de que la democracia está en otro lado y que las instituciones necesitan refundarse si es que quieren ser confiables.

Lo que le incomoda, en realidad, es la disonancia del pluralismo. Para él, la democracia no es un régimen de separaciones, sino la afirmación de la única voz legítima. Existiendo una voluntad auténtica del pueblo, todo lo que se aparte de ella, toda duda, toda sospecha, todo freno es un obstáculo maligno. Su ilusión es que los órganos del Estado se alineen con el gobierno mayoritario. Los procedimientos son, para él, frivolidades, los derechos coartadas de quienes pretenden defender privilegios. Esos son los reflejos del político que ocupa la presidencia. La victoria no ha transformado sus convicciones profundas. Si los jueces detienen una decisión, es porque son incapaces de entender el cambio que vivimos en julio.

Desde la perspectiva épica, las instituciones no pueden ser nunca plataformas de la neutralidad, jamás un patrimonio común. No deben siquiera aspirar a serlo. Si ellos tuvieron sus instituciones, ahora serán nuestras. Si antes sirvieron al neoliberalismo, ahora serán instrumentos de la Cuarta Transformación. Si fueron instrumento de ataque en contra nuestra, ahora estarán puestas a nuestro servicio.

En la ocupación morenista de las instituciones no se advierte, si quiera, la intención de guardar las apariencias. Debe ser, para ellos, consecuencia natural de haber conquistado la mayoría. Puede ser, tal vez, su entendimiento del “mandato”: los electores quisieron que lo cambiáramos todo, que barriéramos con todos, que refundáramos todo. Es la lógica de la aplanadora: si tenemos los votos, pasaremos por encima de quien nos venga en gana. El mensaje es claro: no se pretende afirmar a la judicatura como asiento de una imparcialidad deseable sino como respaldo del poder. Así lo muestra la terna que el presidente ha enviado al Senado para cubrir la vacante en la Suprema Corte de Justicia. Las elegidas por el presidente serían impresentables en cualquier país democrático. En cualquier lado se reconocería, por supuesto, su trayectoria académica y profesional, pero su activa militancia en un partido político, su participación reciente en contiendas electorales, su cercanía con el jefe de gobierno las invalidaría definitivamente para ocupar un asiento en el último tribunal de la república. Es a todas luces aberrante brincar de una actividad que llama a la parcialidad vehemente a las tareas de la justicia constitucional.

La denuncia de esta ocupación no es, en modo alguno, nostalgia de lo que tuvimos y que estaríamos a punto de perder. Los gobiernos recientes se encargaron de pervertir estos espacios de neutralidad. En los últimos años fuimos testigos de la captura de los órganos regulatorios, la partidización de instituciones que debían estar por encima de las parcialidades, la distribución por cuotas de los asientos de arbitraje. Pero eran, con todo, posiciones sujetas a negociación. El deseo de uno tenía que vencer el veto del otro. El gobierno no contaba con los votos necesarios para imponer, por sí solo su voluntad. Había que cruzar el puente para lograr los votos del consenso. Eso es lo que ha cambiado. La voluntad de los afines basta. Con ello han desaparecido los recatos. El presidente López Obrador se atreve a lo que ninguno de sus antecesores: proponer a militantes activos de su partido para ocupar el sitio que exigiría la suprema imparcialidad. Ningún presidente, desde la reforma del 95, se había atrevido a tal cosa. Controlando dos poderes del estado, el nuevo gobierno busca el control directo del tercero para eliminar de ese modo, uno de los pocos espacios institucionales de independencia.

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04, Dic 2018

Nueva política

Es una nueva política. Hemos hablado mucho de los números del cambio. La cantidad de votos, los porcentajes, los asientos del congreso, la recomposición del mapa nacional. Todo eso importa, por supuesto, e importa mucho. Es la base institucional de un poder que ha nacido sin antagonistas. Es la primera vez en nuestra historia en que tenemos a un presidente democráticamente legítimo e imponente. La negociación con las oposiciones ha dejado de ser necesaria. Si la nueva coalición mayoritaria actúa coordinadamente, podrá hacer, rehacer y deshacer las leyes que le dé la gana. Podrá rearmar, a su gusto, las instituciones autónomas. Podrá, con un mínimo esfuerzo, cambiar la constitución.

Pero, tal vez, lo más relevante del cambio está en otro lado. No en el ámbito formal de las instituciones sino en el modo de entender y ejercer el poder. En los hilos de la persuasión y en los calderos de la movilización política. Si estamos frente a una nueva política no es porque las viejas instituciones hospeden ahora a una nueva clase gobernante. Es que ese grupo entiende de manera radicalmente distinta la mecánica del poder, el sentido de la representación, el sitio del conflicto y los atributos del liderazgo. Ocupar las instituciones es apenas una forma (y, por cierto, no la más relevante) de ejercer el poder.

Es cierto que la “parafernalia del poder” le incomoda al presidente López Obrador. Lo constatamos nuevamente este sábado: hablar en la plaza pública le es infinitamente más grato que hablar desde la tribuna del Congreso, así sea un Congreso cuya mayoría le es, no sólo afín, sino devota. La sospecha del orden institucional lo ha acompañado siempre. No ha desaparecido. Si desconfía de las instituciones es porque las ve como corruptoras de la voluntad del pueblo. La voz auténtica del pueblo es la que responde a su llamado. Por eso se anuncia, como en tiempos del cardenismo, una intensa política de movilizaciones. Convocar, desde el poder, al respaldo del poder. Mostrar músculo en el espacio público para aviso de los opositores. La política de López Obrador no tiene como propósito la rotativa del Diario Oficial. La imagen que tiene del cambio histórico, ese sueño de gloria que lo anima supone una activación de lo popular. Es poner en movimiento una militancia del entusiasmo. En la formación de las lealtades se medirá, en buena medida, su éxito.

No hay fervor político sin antagonismos. La nueva política es, a todas luces, una política de enemistad. Es una constante activación de rivalidades. Nadie podría decir que se trata de una brecha inventada por la retórica de un hombre. El abismo es, en realidad, la constitución de México. Pero su uso político nos convierte en un país de irreconciliables, renuncia al entendimiento entre los polos y asume que la misión de la política es derrotar—si no es que aniquilar—al otro. Frente a nosotros se agrupan los herederos de los malos de siempre, esos conservadores que son pura hipocresía, esos mimados que no quieren perder privilegios. En ese escenario, no hay otro deber para la política que organizar la batalla contra el antipueblo.

La política también cambia de ambición y de ritmo. La nueva política no es política de reformas. El gradualismo es, para el presidente de México, mala palabra. Nunca se ha quedado corto para acentuar la dimensión épica de su proyecto. Insiste en sugerir que está naciendo un nuevo país con una auténtica democracia, una economía incluyente, una sociedad solidaria y una nueva moralidad pública. Sus propuestas acentúan el filo con el que pretende cortar el pasado. Habla insistentemente de la prisa con la que asume la encomienda. En seis años, gobernar doce. Hay momentos, cree él, en que las sociedades logran desprenderse del pasado. Rechaza por eso el reformismo, como si fuera simple maquillaje, el engaño de esos cambios que nada cambian. Escuchamos así la restauración de la retórica revolucionaria. Nada, o casi nada es importante cuidar del pasado. Hay que barrer con él.

La política mexicana tiene nuevas sedes, otra tracción, tensiones de distinta naturaleza, otras prioridades, otro ritmo, un vocabulario diferente. Debemos hacer esfuerzos por entender esas novedades porque sólo de comprensión puede surgir una estrategia frente a ella. ¨

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03, Dic 2018

La casa de Auden

Si podemos reunirnos frente al pavo en Navidad es porque hay mesa, porque hay techo. Porque hay cocina y alacena. Al prepararse para la noche de Acción de gracias, W. H. Auden pensaba en la arquitectura, en los recovecos de su casa, en sus atmósferas, su luz, su calidez. Es posible invitar a alguien a cenar porque hay un lugar reservado al W.C.  El arquitecto hace realidad un anhelo esencial: crear un espacio común y al mismo tiempo, delimitar un claustro. Un sitio para todos los días y para las fechas de guardar. Un espacio para ti y un espacio para nosotros. En “Acción de gracias por un hábitat”, un poema que escribió en la primavera de 1962, Auden reflexionaba sobre el gozo de la posada. La historia de la humanidad y los secretos de lo más íntimo se entrecruzan en las habitaciones de su casa. En las escaleras y en mi cocina está Notre Dame; en el cuarto de visitas y en mi recámara aparece la sombra de Stonehedge y el blanco de la Acrópolis. En el planeta hay, por supuesto, otras especies arquitectónicas. Abejas, hormigas, pájaros edifican con tierra, con ramas, con cera. Tejen redes maravillosas, esculpen colmenas de admirable simetría, extienden complejísimos laberintos subterráneos. Pero somos, al parecer, la única especie que imprime trascendencia a sus refugios: levantamos recintos para vivir, pero también para morir. Abrigos contra la lluvia y templos para el culto. Deseosa como es de permanencia, la arquitectura nos recuerda mortales. La arquitectura, dice Auden, no es techo, es recordatorio de que necesitamos vivir como si existiera otra vida. La idea esencial de la arquitectura es esa: si acaso…

Auden describe su estudio: la caverna del significado. Una cueva para la soledad, una cápsula que mantiene el mundo a lo lejos, un lugar que convierte el silencio en el instrumento más precioso. Tal vez pensar no sea salir de la cueva, sino dejarse envolver por una gruta. Contemplar ahí las sombras, descifrarlas. El recorrido sigue. El poeta nombra la bodega, ese albergue de lo necesario, y el ático que colecciona desechos. En un sitio nos resistimos a la degeneración de las cosas y combatimos la podredumbre. En otro acumulamos desperdicios. Somos coleccionistas de basura y alimento, de sustento y decorado. El poeta se detiene en el baño y en su trono: esa butaca que todos visitan y que sirvió de asiento a aquel personaje de Rodin ha sido, seguramente, la fuente de las más admirables hazañas. ¡Cuánto se ha pensado ahí! Y la regadera, un edén del canto. Habla, por supuesto, de la sala que es una invitación a la amistad. La más suntuosa de las habitaciones permanece vacía y callada durante buena parte del año porque se prepara a recibirte. Auden mira su recámara y ve una mano que acaricia nuestra desnudez.

El artículo completo puede leerse en nexos de diciembre.

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