Mar, 2019

25, Mar 2019

El fin de la (otra) hegemonía

La economía parece negada a la autocrítica. Parece negarse también a discutir con legos, pero su condición de autoridad tiene que ser analizada críticamente. Desde hace décadas ha ocupado un lugar privilegiado en la discusión pública y se ha instalado como la única vía racional de intervención en la realidad. Por eso nos corresponde a todos examinar sus pretensiones de supremacía intelectual. Fernando Escalante publicó en el 2016 un libro breve en el que examina su estatuto. Se supone que es ciencia. Reflexiones sobre la nueva economía, es su título. Lo publicó El Colegio de México. Ahí resalta la arrogancia profesional y el aislamiento de una disciplina. Por esa estrecha altanería ha sido incapaz de percibir sus miopías, sus cegueras, sus obsesiones. Ha resultado incapaz de reconocer, por ejemplo, su responsabilidad en la devastadora crisis del 2008. “La crisis de 2008 tendría que haber tenido consecuencias serias, no sé si catastróficas, para la economía como disciplina académica (para la versión dominante, al menos). No ha tenido prácticamente ninguna.» Poco sucedió después de la crisis. Tal vez algún remordimiento, alguna confesión. Pero la prédica se mantiene intacta: se enseña lo mismo, se publica lo mismo, se hacen las mismas recomendaciones. Como si el 2008 no hubiera pasado. Es que la crisis no fue solamente una crisis económica sino una crisis de la ciencia económica. La crisis de una disciplina académica. Una crisis que apenas algunos reconocieron como tal. Paul Krugman, unos meses después de haber ganado el Premio “Nobel”, se preguntaba en un ensayo en la revista dominical del New York Times, ¿cómo era posible que los economistas se hubieran equivocado tanto? La crisis era oportunidad para repensar los fundamentos de una disciplina. Se trataba del momento propicio para hacer una profunda reflexión intelectual. “Según lo veo, decía ahí, la profesión económica erró el camino porque los economistas, en conjunto, confundieron la belleza—vestida con unas matemáticas impresionantes—con la verdad.”

Fareed Zakaria, el acreditado internacionalista, escribe en la edición más reciente de Foreign Policy que la economía había ejercido una especie de hegemonía intelectual (“The End of Economics?”, invierno de 2019). Si durante la guerra fría las tensiones eran esencialmente ideológicas y geopolíticas, el conocimiento más apreciado era histórico, cultural, político. Eran los diplomáticos con una larga perspectiva histórica quienes ofrecían claves para entender los conflictos del día. Al terminar la guerra fría, esas consideraciones pasaron a un segundo plano. La economía parecía la herramienta racional de la integración. Una ciencia rigurosa abriría los caminos del progreso. De ahí nacía su autoridad pública. Era una hermana de la física. Ahí estaba la llave de la prosperidad. Lo notable es que se presentaba como un conocimiento al que solamente algunos podían acceder. Una ciencia, pues, que no podía ser moneda común. Por ello en la economía se deja entrever una utopía antiilustrada. Su saber nos hará prósperos, pero no todos tendremos acceso a ese saber. Habremos de confiar en los expertos, aquellos iniciados que han podido descifrar sus secretos.

La autoridad indisputada de la disciplina marcó una era. En la cuenta de Zakaria son tres décadas de imperio intelectual. En sus fórmulas y modelos se quiso ver el lente más preciso para observar el mundo. En sus herramientas, el saber más útil y más confiable. Esa hegemonía, dice Zakaria, ha muerto. La voz de la disciplina no es la más atendida ni la más persuasiva. Sobre los asuntos más candentes del mundo (las identidades y las nostalgias, las ansiedades colectivas, la fe política, las pasiones públicas) simplemente, tiene poco que decir. Si seguimos pensando que la lógica económica es la única prueba de racionalidad, seguiremos tachando a medio mundo de imbécil. Hay razones humanas que la razón económica desprecia. Cuando un ministro británico gritó su hartazgo de los expertos quiso ponerle un hasta aquí a esa racionalidad que se pretende única.

Que la economía haya caído del pedestal no significa, desde luego, que resulte irrelevante. Frente a la demagogia, la plomada del economista será siempre valiosa. Lo que advierte el fin de esa hegemonía es que la complejidad requiere de más enfoques y menos encierros.

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20, Mar 2019

Plantas que juegan

El Noé de la historia bíblica fue en extremo cuidadoso para asegurarse que todas las especies entraran a su barco. Águilas, venados, osos, elefantes, lobos, pericos, abejas. Todos debían subir al arca, naturalmente en parejas, para que la especie sobreviviera el castigo. Un pequeño detalle se le olvidó al autor del cuento: el iracundo que enviaba el diluvio como castigo no ordenó empacar macetas. Quería salvar la vida, pero abandonaba lo que le daba sustento. El barco zarpó y dejó en tierra a las palmeras, a los helechos, a los guayabos. Como resultaba irrelevante trepar piedras al barco, lo era el abandonar a las flores. El olvido de esta historia es, tal vez, la mejor estampa de la ceguera vegetal de Occidente. Ignorar a las plantas. Si se nos presenta una fotografía de la selva en la que se muestra una variedad enorme de árboles, arbustos, hierbas, flores, legumbres y un pájaro en la esquina, notaremos al pájaro y no las muchas plantas en la imagen.

Stefano Mancuso, director del Laboratorio Internacional de Neurobiología Vegetal de la Universidad de Florencia ha combatido esa ceguera. El año pasado publicó un libro sobre la inteligencia de las plantas. (The Evolutionary Genius of Plants. A New Understanding of Plant Intelligence and Behaviour, Atria Books, 2018.) Se trata de un libro fascinante sobre las herramientas que han desarrollado las plantas para sobrevivir. Su inmovilidad no es, en modo alguno, insensibilidad. Su mudez no es incomunicación. Mientras los animales han encontrado en el movimiento la clave de su sobrevivencia, las plantas han tenido que desarrollar otro ingenio. Merece ser llamado inteligencia, dice Mancuso: es una capacidad que permite apreciar las características del entorno, detectar los desafíos y encarar las amenazas. Las plantas, como los insectos o los peces, resuelven problemas. ¿No llamamos a eso inteligencia? Su argumento tiene un ilustre precedente. Charles Darwin al estudiar, junto con su hijo Francis, el movimiento en las plantas, concluyó que en la punta de las raíces había inteligencia.

Hay, en efecto, un comportamiento inteligente en las plantas. Que no provenga de un centro unificador como el cerebro animal no significa que no exista. Hay ingenio sin cerebro. La inteligencia tampoco necesita manifestarse como una agilidad de movimiento que podemos percibir a simple ojo. El tiempo vegetal no es el nuestro. La capacidad sensorial de las plantas no se concentra en órganos especializados pero existe: no tendrán ojos, pero puede decirse que ven; no tienen nariz, pero perciben olores, no tienen boca, pero emiten información a través de un complejo vocabulario de sustancias. La inmovilidad ha llevado a las plantas a desarrollar un discernimiento químico más avanzado que el de nuestro mejor laboratorio.

Mancuso registra las muchas manifestaciones de la inteligencia verde. Hay recuerdos en las plantas, aprendizaje basado en la experiencia. Puede identificarse el cálculo de riesgos y el anticipo de beneficios. Sabemos que se comunican, e incluso, que se entienen mejor las hijas de la misma planta. No es absurdo decir que son capaces de idear argucias militares. Mienten, seducen, se esconden. Cuando una larva ataca a un tomate, sus hojas lanzan una invitación a los emigos de la larva. El enemigo de tu enemigo será tu amigo… Lo más llamativo quizá es el juego de los girasoles. En una conferencia, Mancuso muestra las imágenes aceleradas de unos girasoles tiernos que se arquean de un lado para otro. Giran y dan vueltas; se estiran y se encogen. Uno diría que están bailando. Juegan. Como los cachorros juegan a la cacería, los girasoles juegan a atrapar la luz. Se preparan. Será, desde luego, una metáfora como esa de la neurobiología vegetal, pero ¿qué sería la ciencia sin metáforas?

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19, Mar 2019

Dulces envenenados

La política del actual gobierno nos ofrece, mañana tarde y noche, dulces envenenados. El oficialismo celebra el celofán con que envuelve sus decisiones, pero se desentiende de las sustancias tóxicas que oculta bajo el caramelo.

Se celebra, por ejemplo, que se ha aumentado el catálogo de delitos graves. Qué gran cambio, festeja el presidente. Hemos terminado con la permisividad neoliberal que trivializaba el horror de la corrupción, del fraude, del feminicidio. Hemos cambiado la ley para considerarlos delitos graves. Lo que no dice el presidente es que la palabra “grave” no designa, como en el lenguaje común, la dimensión de la ofensa sino el tratamiento procesal del acusado. ¿En algo ayuda esta reforma para combatir la impunidad? En nada. Absolutamente en nada. Lo reconoce incluso la el dictamen de la Cámara de Senadores:  lo que aprobaremos “no resuelve per se el problema de inseguridad ni es en sí una medida dilatoria (sic) de la comisión de delitos”. Aún reconociendo la inutilidad de la medida, la aprobaron. Y no es una mera frivolidad. Siendo inequívocamente ineficaz es una reforma nociva. La reforma dará nuevos permisos para atropellar la presunción de inocencia. Y favorecerá la criminalización de la pobreza. Así lo ha advertido la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Pero, al parecer, no importan las consecuencias de las reformas. Importa su envoltura. Que puedan venderse, por supuesto, como un clavo más sobre el ataúd del neoliberalismo.

Propone la bancada mayoritaria en la Cámara de Diputados una iniciativa para reducir a la mitad el financiamiento a los partidos políticos. ¡Todos a festejar! Finalmente, alguien se decide a quitarle el dinero a las entidades más abominables. ¿Quién podría oponerse a tan magnífica propuesta? La iniciativa tiene apariencia benefactora, pero sería un golpe severísimo, tal vez mortal, al ya agónico sistema de partidos. Con los resultados de la elección reciente, el partido del gobierno sería el único beneficiario de la medida. José Woldenberg ha hecho el cálculo de lo que significaría la aprobación de esta propuesta: Morena aumentaría en un 89% sus recursos, mientras que las oposiciones más importantes perderían entre 50 y 60% de sus ingresos. Si el financiamiento público ha de prevalecer, es importante que aliente razonablemente la equidad. El pluripartidismo no es gratis. Los ahorros que nos quieren vender como medida admirable son, en realidad, un tiro de gracia. ¿De veras queremos vivir sin el fastidio de la pluralidad?

Lo más grave, sin duda, es la reforma constitucional que está en el aire. Se nos ofrece como un paso democrático: poder quitar, mediante el voto a un presidente impopular. El arreglo institucional de la revocación es extraordinariamente delicado. De él depende, no solamente la estabilidad de los gobiernos futuros, sino también su capacidad para poner en marcha reformas y su corpulencia para resistir los embates de los adversarios. Alterar el periodo fijo de gobierno modifica sustancialmente los equilibrios tradicionales del presidencialismo. No digo que ese esquema deba permanecer inalterado. Simplemente advierto que, para modificarlo, hay que examinar cuidadosamente las alternativas. Sin embargo, en la conducta de los diputados se han impuesto tres vicios graves y preocupantes. Por una parte, el sometimiento irreflexivo al deseo presidencial. Si el presidente lo quiere, nosotros se lo daremos. Se trata de una sumisión que, además, actúa como si estuviéramos ante una urgencia. Reformas de ese calado no pueden definirse con prisa. Pero los morenistas en la Cámara de Diputados no quieren perder el tiempo en argumentos. Finalmente, los oficialistas legislan como si su condición fuera perpetua. Legislan para López Obrador y para el presente. Quieren abrir un camino para lo inmediato sin detenerse a considerar lo que puede venir. Olvidan la norma elemental de la prudencia institucional: las reglas que diseñas deben servir para contener a tu peor enemigo. La rueda de la fortuna pondrá en tu sitio a quienes más temes. Al diseñar instituciones hay que imaginarse con la responsabilidad del poder y también en la condición de minoría. La actuación del partido gobernante refleja la convicción contraria: hay que legislar para el instante y para el jefe. Después de Amlo, el diluvio.

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12, Mar 2019

Sentidos de la realidad

Nada es tan valioso en la política como el “sentido de realidad”. Nada es tan valioso como ver, oler, palpar la circunstancia. Esa es una de las grandes lecciones de Isaiah Berlin. Los estadistas de genio no son teóricos que conocen a profundidad una disciplina y que, por fidelidad a ese conocimiento abstracto, imponen sus lecciones al mundo. No son los técnicos que aplican un recetario, sino los habilidosos que perciben la textura del presente. Para incidir en el mundo, para transformar la realidad era menos importante la idea que el tacto. Un político debía ser capaz de palpar el carácter único de la circunstancia, entender las complejidades del momento, percibir el sentido del tiempo, leer el carácter de sus contemporáneos, anticipar aquello que apenas se insinúa, percatarse del peso de las inercias y advertir las primicias. El juicio político, escribía Berlin en un ensayito que publicó Vuelta en noviembre de 1996, es una sabiduría práctica. Una forma de la sensibilidad antes que una expresión de la inteligencia.

Durante los primeros meses de su presidencia, Andrés Manuel López Obrador ha dejado en claro la agudeza de su olfato y, al mismo tiempo, la amplitud de sus cegueras. El sentido de realidad del presidente se muestra, por decirlo de alguna manera, escindido. Por una parte, se advierte una extraordinaria capacidad para abrazar el clima emocional del país y para construir las bases políticas de un nuevo régimen. El presidente habla el lenguaje del momento y planea meticulosamente la fundación de una nueva política. Al mismo tiempo, se desconecta de la realidad, huye del mundo. Pemex vive su mejor momento en décadas, dijo en una de sus frecuentes excursiones al planeta de la fantasía. El presidente se refugia una y otra vez en sus cantaletas para no enfrentar el fastidio de los hechos incómodos. ¿Para qué tomarse la molestia de examinar el documento desafiante, si se le puede ignorar o, mejor, aún, si se puede despedazar el alegato con alguna frase hecha? Sabemos bien que a los críticos los agrede o los ignora. Quizá lo más grave para su propio gobierno, lo más revelador de su estilo político es que a los hechos que se salen de su libreto los lanza, de inmediato, al basurero. No son hechos sino mentiras de los enemigos. El intolerante que es incapaz de reconocer la dignidad moral de quien lo cuestiona, está dispuesto a cerrar los ojos ante lo que le desagrada. Quien se inserta habilidosamente en la coyuntura también se da a la fuga.

El presidente se percata de la fibra esencial de nuestro tiempo: la furia antioligárquica. No es, por cierto, un fenómeno mexicano sino mundial. La rabia contra las élites define la política en todo el planeta y López Obrador entiende a la perfección esos resortes. Por eso su mensaje es tan persuasivo y lo es de modo tan profundo: su distancia de las élites y de sus viejos rituales es real. Representa una política cercana, accesible; radicalmente distinta a la previa. El presidente toca y abraza a los suyos. Se deja querer. Es querendón. Disfruta como nadie el horno de las multitudes. Lo que le resulta inaceptable es la aparición de un hecho que se rebele a sus deseos.

Al político perceptivo y sensible lo niega el político ideológico que ve el mundo como la elemental batalla del pueblo contra sus enemigos, los malditos neoliberales. En ese trazado épico se borra cualquier complejidad. El mundo pierde entonces su riqueza, su variedad, su coloratura para volverse tontamente binario. Una excusa para no pensar. Cuando la etiqueta neoliberal se fija a una persona, una idea, una institución, no hay nada más que hablar. Esa persona, esa idea, esa institución están podridas.

El político del que hablaba Isaiah Berlin comprendía, quizá instintivamente, el misterioso vínculo entre decisión y consecuencia; entendía los complejos resortes que atan al acto y el efecto. Pero el sentido de realidad de López Obrador es otro. Su voluntad lo es todo y el símbolo es lo que verdaderamente importa. La configuración detallada y precisa de las políticas termina siendo irrelevante frente a la seducción de lo imaginario. El voluntarismo, esa religión del deseo, termina siendo una negación de la realidad y de la responsabilidad.

Empapado de realidad, López Obrador, se fuga una y otra vez de ella.

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06, Mar 2019

Sembrar pájaros

Hay tiempo. Hay que darse tiempo. Ese era el consejo que Manuel Álvarez Bravo le daba a Graciela Iturbide, su achichincle. La fotografía llegará cuando sea su momento. No hay manera de planear una sorpresa. La paciencia ritual de la fotografía es cultivo de azar.

De esas sorpresas que el lente capta con esmero está hecha la exposición de Graciela Iturbide que se presenta en el Palacio de Iturbide. “Cuando habla la luz” es el nombre que se le ha dado a esta retrospectiva de más de cuarenta años de constancia artística. La exposición escapa del recorrido cronológico y de la ordenación geográfica para destacar los emblemas de su perseverancia. Juan Rafael Coronel, el curador de la muestra, propone un viajes a través de veinte interrogantes: el autorretrato y el reflejo; la muerte y lo sagrado; las máscaras, los recuerdos y la premonición; los alfabetos y las geometrías.

El espejo es la primera estación del recorrido. No son muchas las fotografías en las que Graciela Iturbide se mira, pero sus autorretratos deberán reconocerse como una de las autoexploraciones más profundas en el arte mexicano contemporáneo. El rostro de la artista con incrustaciones de otras vidas. Dos pájaros muertos sobre sus ojos. Un pescado sobre la boca, brillando en el atardecer del campo. Una familia de caracoles caminando sobre la cara, los hombros y los brazos. Y esas víboras negras que salen de su boca. El misterio del sueño se asienta en cada una de las fotografías de Graciela Iturbide.

Dije espejo y habré dicho mal porque la fotografía no es testimonio, es transfiguración. El mundo es otro tras el lente de la cámara. “La fotografía no es la realidad”, ha dicho ella. La cámara interviene y sublima. Sus series de Juchitán y de la India, sus hombres del desierto y de la playa son apariciones que en nada se acercan al catálogo antropológico. Su mirada no es la del estudioso que mira con respeto tal vez, pero con distancia al otro. La mirada de Graciela Iturbide es la de la identificación, la de la complicidad. Su naturaleza convalece, se duele. Cactus en recuperación, piernas postizas, palmeras en terapia. Son sus pies los que se asoman en la tina de Frida Kahlo.

La cámara también sorprende. Renuente a emplear cámaras digitales, la imagen es un misterio hasta que ha sido revelada. Y aún entonces, el misterio permanece. ¿Qué significa esa luz? ¿Qué esconden las sombras? Una de sus fotografías más famosas, “La mujer ángel”, que tomó en Sonora en 1979, captura a una mujer seri que camina con prisa por el desierto, cargando su radio grabadora en el monte. La vemos de espaldas, ante la inmensidad del desierto. Una imagen poderosísima. Graciela Iturbide no recordaba haber tomado esa imagen. La descubrió hasta que le enseñó los contactos a Pablo Ortiz Monasterio. Regalos del azar. Si el fotógrafo rehace el mundo, la fotografía lo rehace a él.

No recuerda todo el sueño, pero sí una frase que un hombre pronuncia: “En mi tierra sembraré pájaros”. Premonición de una estampa que llegaría después: un hombre como el del sueño, dedicado a cultivar alas y esparcir por la tierra, semillas para el vuelo. Los pájaros aparecen en muchos módulos de la exposición. Son el cuerpo del sacrificio, el anuncio de la muerte, la libertad de los árboles. Graciela Iturbide recuerda una reflexión de San Juan de la Cruz sobre la soledad de las aves y el espíritu contemplativo. “Las condiciones del pájaro solitario son cinco. La primera, que se va a lo más alto; la segunda, que no sufre compañía, aunque sea de su naturaleza; la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene determinado color; la quinta, que canta suavemente. Las cuales ha de tener el alma contemplativa: que se ha de subir sobre las cosas transitorias, no haciendo más caso de ellas que si no fuesen; y ha de ser tan amiga de la soledad y silencio, que no sufra compañía de otra criatura; ha de poner el pico al aire del Espíritu Santo, correspondiendo a sus inspiraciones, para que, haciéndolo así, se haga más digna de su compañía; no ha de tener determinado color, no teniendo determinación en ninguna cosa, sino en lo que es voluntad de Dios; ha de cantar suavemente en la contemplación y amor de su Esposo.”

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04, Mar 2019

El poder ante la nada

No hay más brújula que la presidencial. No hay en el país otro instrumento de orientación pública. Todos nos ubicamos en el espacio a partir de las señales que de ahí surgen. Todos viéndolo a él. Escuchándolo a él. Alabándolo o condenándolo. Reaccionando a lo que él dice y deja de decir. Sus ceremonias son, sin duda, eficaces: el presidente es el único generador de sentido. Ahí el norte y sur, el pro y el contra.

Su presencia es abrumadora. Todos los días se hace sentir su poder. Más que como poder de decisión se presenta como un poder de fabulación: el presidente convertido en el gran narrador que todas las mañanas nos relata el cuento que somos. El poder se ubica en la voz de un hombre que no ha guardado silencio un solo minuto. El presidente habla y parece que solo el presidente tiene voz. Si alguno de los suyos habla es bajo la severa vigilancia del presidente. Al hablar, sus ministros sienten la respiración del jefe en el cuello. Sin descanso, la voz presidencial denuncia los horrores del pasado y celebra las maravillas del futuro inminente. Anuncia programas, aplaude la nueva era de México, señala a los traidores, da consejos de crianza, predica, extrae lecciones de la historia, insulta, se burla de los otros y los consuela. Todos los días, la voz del presidente. Y frente a esa voz, la nada.

De esa nada hay que hablar. De la nada en que se convirtió la oposición desde julio. De la nada que nada ha entendido desde entonces. De esa nada que hoy nada propone. De la nada que se empeña en ser menos.

El vacío de la oposición es la marca más preocupante de la nueva política. El problema que enfrentamos no es la aparición de un gobierno mayoritario. Tener un gobierno que tenga el respaldo de la mayoría de los votantes y el apoyo de la legislatura puede tener sus ventajas: despeja el terreno para las decisiones, aclara la responsabilidad, alienta, en principio, la eficiencia. La formación de un gobierno mayoritario permite escapar de la política de los vetos, esa que con tanta facilidad se convierte en política de atascos, extorsiones y complicidades. Pero aún un gobierno de despejada mayoría necesita una oposición sólida que se prepare para el relevo. Una oposición atenta, capaz de ofrecer alternativa y dispuesta a señalar errores y abusos. Una opción que exponga a la opinión pública otra manera de entender la política, que ofrezca otro relato, que dibuje otra posibilidad.

No se ve por ninguna parte esa alternativa que haga sombra al gobierno, que siga con atención sus pasos para hacer públicos sus tropiezos, que le dispute al gobierno el monopolio del relato público. No hay oposición que vigile, que explique, que cuestione, que destape y que critique. No se escucha la voz de las oposiciones y si aparece de pronto, resulta irrelevante. Las minorías siguen, al parecer, lamiéndose las heridas de julio. Saben bien que, en buena medida, se provocaron su propia desgracia y no se atreven a afrontar su propia crítica. Quisieran pasar página, pero no podrán hacerlo si no encaran la responsabilidad que les corresponde. Por ello no pueden levantar la cabeza. Por ello siguen pasmadas. Despistadas y disminuidas, se esconden en sus sótanos. La única esperanza que tienen es llegar a cosechar el error de los otros. No encuentran más palabra que el lugar común. La frase gastada, el lema hueco. Temen el aire libre, les aterra el futuro. Continúan pagando la cuenta de sus despropósitos y no logran dar el salto al presente. Las oposiciones saben bien que los votos no solamente les quitaron poder. La derrota de julio no fue una derrota ordinaria. El castigo sumió a los partidos tradicionales en la más profunda crisis de identidad de su historia. Se trata de una crisis de sobrevivencia. No exagero. Los interrogantes son complejos: ¿cómo reinventarse en el nuevo régimen? ¿Cómo lidiar con un liderazgo tan potente y tan disruptivo como el de López Obrador? ¿Qué hacer con el pasado propio? ¿Cómo encarar el magnetismo de la nueva hegemonía? ¿Hay espacio para la reforma o es necesario disolverse para inventar algo nuevo?

Lo cierto es que murió el sistema de partidos. Murieron los defectuosos equilibrios de la transición. Tenemos frente a nosotros a una nueva mayoría con ambición hegemónica. Una situación de partidos que, por imbatible que parezca ahora, no podemos dar por consolidada.

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