06 Mar, 2019

06, Mar 2019

Sembrar pájaros

Hay tiempo. Hay que darse tiempo. Ese era el consejo que Manuel Álvarez Bravo le daba a Graciela Iturbide, su achichincle. La fotografía llegará cuando sea su momento. No hay manera de planear una sorpresa. La paciencia ritual de la fotografía es cultivo de azar.

De esas sorpresas que el lente capta con esmero está hecha la exposición de Graciela Iturbide que se presenta en el Palacio de Iturbide. “Cuando habla la luz” es el nombre que se le ha dado a esta retrospectiva de más de cuarenta años de constancia artística. La exposición escapa del recorrido cronológico y de la ordenación geográfica para destacar los emblemas de su perseverancia. Juan Rafael Coronel, el curador de la muestra, propone un viajes a través de veinte interrogantes: el autorretrato y el reflejo; la muerte y lo sagrado; las máscaras, los recuerdos y la premonición; los alfabetos y las geometrías.

El espejo es la primera estación del recorrido. No son muchas las fotografías en las que Graciela Iturbide se mira, pero sus autorretratos deberán reconocerse como una de las autoexploraciones más profundas en el arte mexicano contemporáneo. El rostro de la artista con incrustaciones de otras vidas. Dos pájaros muertos sobre sus ojos. Un pescado sobre la boca, brillando en el atardecer del campo. Una familia de caracoles caminando sobre la cara, los hombros y los brazos. Y esas víboras negras que salen de su boca. El misterio del sueño se asienta en cada una de las fotografías de Graciela Iturbide.

Dije espejo y habré dicho mal porque la fotografía no es testimonio, es transfiguración. El mundo es otro tras el lente de la cámara. “La fotografía no es la realidad”, ha dicho ella. La cámara interviene y sublima. Sus series de Juchitán y de la India, sus hombres del desierto y de la playa son apariciones que en nada se acercan al catálogo antropológico. Su mirada no es la del estudioso que mira con respeto tal vez, pero con distancia al otro. La mirada de Graciela Iturbide es la de la identificación, la de la complicidad. Su naturaleza convalece, se duele. Cactus en recuperación, piernas postizas, palmeras en terapia. Son sus pies los que se asoman en la tina de Frida Kahlo.

La cámara también sorprende. Renuente a emplear cámaras digitales, la imagen es un misterio hasta que ha sido revelada. Y aún entonces, el misterio permanece. ¿Qué significa esa luz? ¿Qué esconden las sombras? Una de sus fotografías más famosas, “La mujer ángel”, que tomó en Sonora en 1979, captura a una mujer seri que camina con prisa por el desierto, cargando su radio grabadora en el monte. La vemos de espaldas, ante la inmensidad del desierto. Una imagen poderosísima. Graciela Iturbide no recordaba haber tomado esa imagen. La descubrió hasta que le enseñó los contactos a Pablo Ortiz Monasterio. Regalos del azar. Si el fotógrafo rehace el mundo, la fotografía lo rehace a él.

No recuerda todo el sueño, pero sí una frase que un hombre pronuncia: “En mi tierra sembraré pájaros”. Premonición de una estampa que llegaría después: un hombre como el del sueño, dedicado a cultivar alas y esparcir por la tierra, semillas para el vuelo. Los pájaros aparecen en muchos módulos de la exposición. Son el cuerpo del sacrificio, el anuncio de la muerte, la libertad de los árboles. Graciela Iturbide recuerda una reflexión de San Juan de la Cruz sobre la soledad de las aves y el espíritu contemplativo. “Las condiciones del pájaro solitario son cinco. La primera, que se va a lo más alto; la segunda, que no sufre compañía, aunque sea de su naturaleza; la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene determinado color; la quinta, que canta suavemente. Las cuales ha de tener el alma contemplativa: que se ha de subir sobre las cosas transitorias, no haciendo más caso de ellas que si no fuesen; y ha de ser tan amiga de la soledad y silencio, que no sufra compañía de otra criatura; ha de poner el pico al aire del Espíritu Santo, correspondiendo a sus inspiraciones, para que, haciéndolo así, se haga más digna de su compañía; no ha de tener determinado color, no teniendo determinación en ninguna cosa, sino en lo que es voluntad de Dios; ha de cantar suavemente en la contemplación y amor de su Esposo.”

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