20 Mar, 2019

20, Mar 2019

Plantas que juegan

El Noé de la historia bíblica fue en extremo cuidadoso para asegurarse que todas las especies entraran a su barco. Águilas, venados, osos, elefantes, lobos, pericos, abejas. Todos debían subir al arca, naturalmente en parejas, para que la especie sobreviviera el castigo. Un pequeño detalle se le olvidó al autor del cuento: el iracundo que enviaba el diluvio como castigo no ordenó empacar macetas. Quería salvar la vida, pero abandonaba lo que le daba sustento. El barco zarpó y dejó en tierra a las palmeras, a los helechos, a los guayabos. Como resultaba irrelevante trepar piedras al barco, lo era el abandonar a las flores. El olvido de esta historia es, tal vez, la mejor estampa de la ceguera vegetal de Occidente. Ignorar a las plantas. Si se nos presenta una fotografía de la selva en la que se muestra una variedad enorme de árboles, arbustos, hierbas, flores, legumbres y un pájaro en la esquina, notaremos al pájaro y no las muchas plantas en la imagen.

Stefano Mancuso, director del Laboratorio Internacional de Neurobiología Vegetal de la Universidad de Florencia ha combatido esa ceguera. El año pasado publicó un libro sobre la inteligencia de las plantas. (The Evolutionary Genius of Plants. A New Understanding of Plant Intelligence and Behaviour, Atria Books, 2018.) Se trata de un libro fascinante sobre las herramientas que han desarrollado las plantas para sobrevivir. Su inmovilidad no es, en modo alguno, insensibilidad. Su mudez no es incomunicación. Mientras los animales han encontrado en el movimiento la clave de su sobrevivencia, las plantas han tenido que desarrollar otro ingenio. Merece ser llamado inteligencia, dice Mancuso: es una capacidad que permite apreciar las características del entorno, detectar los desafíos y encarar las amenazas. Las plantas, como los insectos o los peces, resuelven problemas. ¿No llamamos a eso inteligencia? Su argumento tiene un ilustre precedente. Charles Darwin al estudiar, junto con su hijo Francis, el movimiento en las plantas, concluyó que en la punta de las raíces había inteligencia.

Hay, en efecto, un comportamiento inteligente en las plantas. Que no provenga de un centro unificador como el cerebro animal no significa que no exista. Hay ingenio sin cerebro. La inteligencia tampoco necesita manifestarse como una agilidad de movimiento que podemos percibir a simple ojo. El tiempo vegetal no es el nuestro. La capacidad sensorial de las plantas no se concentra en órganos especializados pero existe: no tendrán ojos, pero puede decirse que ven; no tienen nariz, pero perciben olores, no tienen boca, pero emiten información a través de un complejo vocabulario de sustancias. La inmovilidad ha llevado a las plantas a desarrollar un discernimiento químico más avanzado que el de nuestro mejor laboratorio.

Mancuso registra las muchas manifestaciones de la inteligencia verde. Hay recuerdos en las plantas, aprendizaje basado en la experiencia. Puede identificarse el cálculo de riesgos y el anticipo de beneficios. Sabemos que se comunican, e incluso, que se entienen mejor las hijas de la misma planta. No es absurdo decir que son capaces de idear argucias militares. Mienten, seducen, se esconden. Cuando una larva ataca a un tomate, sus hojas lanzan una invitación a los emigos de la larva. El enemigo de tu enemigo será tu amigo… Lo más llamativo quizá es el juego de los girasoles. En una conferencia, Mancuso muestra las imágenes aceleradas de unos girasoles tiernos que se arquean de un lado para otro. Giran y dan vueltas; se estiran y se encogen. Uno diría que están bailando. Juegan. Como los cachorros juegan a la cacería, los girasoles juegan a atrapar la luz. Se preparan. Será, desde luego, una metáfora como esa de la neurobiología vegetal, pero ¿qué sería la ciencia sin metáforas?

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