Abr, 2019

29, Abr 2019

Una sutil bomba

Es un grueso ladrillo blanco. La investigación que ha puesto en jaque al presidente de los Estados Unidos, en 448 páginas se ha publicado. Finalmente puede leerse el informe del fiscal especial Robert Mueller. Es cierto que no podemos leer la totalidad del escrito. Sus hojas están atravesadas por una infinidad de marcas que ocultan aquello que no puede ser revelado en estos momentos. No podremos leer información relacionada con juicios en curso, con revelaciones privadas, o material que se considera clasificado. El New York Times ha desplegado las hojas del documento para ver las cuartillas a vuelo de pájaro. Casi cada cuartilla está salpicada de manchas negras. Sobre todo el primer volumen del reporte, el referido a la intervención rusa en las elecciones presidenciales, parece un forcejeo entre el blanco de la información y el negro de la censura.

A pesar de los manchones, el informe es un documento extraordinariamente valioso. Sobresale, ante todo, por la solidez de su relato. En tiempo de noticias falsas, es una plomada de información dura, pensada para resistir la prueba de los tribunales y para salir airosa de la reyerta partidista. En tiempo de ardiente opinionismo es un objetivo recuento hechos. En tiempo de vehemencia ideológica representa el más estricto acatamiento de la ley. No es poca cosa el que, en esta era de soplones, los trabajos de la fiscalía permanecieran ocultos durante todo el tiempo de su investigación. Ninguna filtración salió de esa oficina. Los trabajos avanzaron sin que se colara a la opinión pública una gota de información que vulnerara el debido sigilo que debe guardar una comisión de este tipo. Los resultados de las investigaciones son presentados con ese rigor y esa sobriedad.

El informe es devastador para Trump. No es que presente a la opinión pública y al Congreso información sorprendente, sino que la expone de manera inobjetable. No se trata de una versión parcial e interesada sino de un informe frío y ecuánime que hace catálogo de serias transgresiones legales. La conducta de Trump como candidato y aún más como presidente está marcada por un profundo desprecio por la ley. No hay ninguna duda de que intentó activamente descarrilar los trabajos de la comisión investigadora y que ordenó mentir a su equipo. Si algo lo salva es precisamente el desacato de los subordinados que se negaron a seguir sus instrucciones. Gracias al documento de la comisión Mueller, la causa de la destitución presidencial cuenta con fundamento sólido. Lo que el jefe del Departamento de Justicia dijo apresuradamente después de recibir el informe de Mueller está muy lejos de la verdad. William Barr sostuvo que el fiscal autónomo no formuló acusación alguna de obstrucción de justicia y que exoneró definitivamente al presidente de los Estados Unidos. La verdad es otra. Hay abundantes pruebas de que el candidato y el presidente violaron reiteradamente la ley. Puede reconocerse en su conducta un auténtico patrón de ilegalidad. Lo que se dice en el quirúrgico lenguaje del informe es que, a pesar de haber encontrado pruebas convincentes de que Trump intentó obstruir la justicia, no considera tener las facultades legales para formular una acusación directa contra el presidente. En el informe están los hechos, solamente al Congreso corresponderá evaluar su significado legal y político. Sólo al legislativo correspondería proceder formalmente contra del Ejecutivo.

Al leer el informe del fiscal especial podemos claramente advertir que la argumentación jurídica es un arte de sutileza. El reporte de Mueller es un relato cuidadoso, un argumento bien anudado, una fina lectura de la ley. Pero es una bomba. ¿Qué deben hacer los demócratas con la verdad? Hay quienes creen los atropellos son tan graves y tan reiterados que deben proceder cuanto antes a activar los mecanismos de la destitución. Hay otros que consideran que, más que improcedente, sería inconveniente iniciar un proceso contra el presidente de los Estados Unidos que al final del día se estrellaría contra el muro republicano en el Senado. Creo que estos últimos tienen razón. En un clima de tan intensa polarización como el que se vive aquel país, la remoción de un presidente que para millones encarna la victoria sobre la clase política tradicional, sería vista como un golpe de las élites. Una confrontación constitucional alimentaría ese resentimiento que es el más potente combustible del populismo.

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22, Abr 2019

Mentira e ilegalidad

El país empieza a salir del libreto del presidente. Si durante años, el discurso del opositor parecía la más certera denuncia de la realidad, hoy se escucha como retórica escapista: mis números me elogian, los males provienen de otro tiempo, los conspiradores se empeñan en negar nuestros logros. Lo cierto es que el presidente ya no pasea triunfalmente. A pesar de la cortesanía de su entorno, no puede ignorar la multiplicación de la crítica. Sus rituales matutinos se descomponen. La política del chasquido estalla en todas partes con algo que sigue sin aparecer en su imagen de México: la complejidad.

Desde que se anticipaba su triunfo electoral rondaba una pregunta: ¿cómo reaccionará López Obrador ante una crisis? Tarde o temprano aparecería el infortunio, la crisis, el contratiempo que termina definiendo a una administración. Los reflejos de un presidente pueden ser más importantes que sus proyectos. Más que las ambiciones trazadas desde un inicio, cuentan los reflejos ante lo indeseado. La respuesta puede marcar la diferencia entre una crisis que se supera y una crisis que se ahonda. El presidente puede seguir invocando la herencia podrida, la fuerza de su triunfo electoral, el respaldo de sus medidas simbólicas, su innegable popularidad, pero tarde o temprano todo eso se irá desvaneciendo. ¿Qué sucederá cuando la inconformidad se extienda? ¿Cómo lidiará con los obstáculos? ¿Qué hará con la inevitable frustración? La inquietud empieza a aclararse. Y la respuesta que se dibuja no es alentadora. En estos días hemos tenido probaditas de crisis. Si hemos de juzgar por los reflejos ante los desafíos recientes, hay buenos motivos para la preocupación. Andrés Manuel López Obrador no tiene la disposición anímica, la prudencia institucional ni la humildad intelectual para sortear con agilidad una crisis.

Más que aferrarse a una ideología, el presidente se engancha a ese sustituto de pensamiento que son sus frases. Ante cualquier cuestionamiento, ante cualquier percance, ante cualquier sorpresa fastidiosa, acude a la boca del presidente un viejo acervo de frases hechas. Cualquier crítica es tachada como un ataque interesado de sus adversarios que son en realidad conservadores que son en realidad hipócritas. Los otros no tienen autoridad moral porque callaron, porque fueron cómplices, porque pertenecen a una mafia. La moral la encarna él porque no es como los otros. Valdría la pena llevar el conteo de esas frases selladas que el presidente repite mil veces para no atender crítica alguna, para evadir preguntas incómodas, para cerrar los ojos a lo incómodo. George Orwell entendía el significado de esas palabras petrificadas. Las frases hechas exhibían una cabeza que ha dejado de pensar. Un cerebro repite fórmulas secas porque no se aventura a contrastar su prejuicio con la realidad.

Hermética, sorda a las valiosas interpelaciones de la crítica, altanera y displicente, la palabrería presidencial termina celebrando la mentira y la ilegalidad. El presidente tendrá otros números, aunque los fastidiosos datos provengan de su propia administración. Quien ha hecho juramento de verdad, miente cotidianamente. Con desparpajo trumpiano ignora los reportes oficiales, inventa datos, falsea tendencias, engaña. No solamente la verdad es víctima de esa impetuosa palabrería. La ley también sucumbe a la cerrazón. A desconocer la ley vigente, a dejar de cumplir la constitución ha ordenado el presidente López Obrador. Lo ha hecho públicamente con un documento infame, un auténtico decreto por la ilegalidad. El razonamiento presidencial será aberrante pero no es oscuro: la ley ha de incumplirse si es injusta y quien descubre la injusticia de una ley es, por supuesto, el presidente. No me gusta esta ley: ignórese.

Es importante registrar que la secretaria de gobernación, antigua ministra de la Suprema Corte de Justicia, ha guardado silencio después del ignominioso bando. Nada ha dicho y se mantiene, hasta el momento, en su puesto. ¿Significa ese silencio que acatará la instrucción presidencial? Qué penoso sería que esa fuera la coronación de una trayectoria pública. Las lealtades y las intimidaciones de la política suelen poner a prueba la dignidad.

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15, Abr 2019

Engaños del éxito

Andrés Manuel López Obrador conoce su Maquiavelo. Lo conoce, pero no es claro que lo entienda. Lo invoca, pero no puede decirse que haya aprendido lo que es verdaderamente central en su obra: la política como un arte de audacia y de prudencia. A pesar de que el presidente se describe como el moralista empeñado en derrotar al cinismo de la burda ambición, las ideas o, más bien, las expresiones del renacentista maldito aparecen reiteradamente en su discurso. Lo ha mencionado directamente en alguna de sus conferencias de prensa. Celebrando hace poco que la suerte le favorecía, defendió, con el autor de El príncipe, la relevancia del azar. “Decía Maquiavelo que se necesitaba virtud y fortuna para la política.” Es imposible pensar una política a salvo de lo impredecible. No es el político un territorio de regularidad que pueda eliminar la sorpresa. Por eso el conspiratismo que el propio presidente alimenta sea, de tan coherente, absurdo. López Obrador ha invocado también al florentino cuando ha trazado como emblema de su ambición histórica nada menos que la “gloria”. Como lo pensaba Maquiavelo, la política no consiste en la administración del poder, sino en su utilización para refundar la nacionalidad, para rehacer la historia. Nada menos. También puede escucharse un eco maquiavélico cuando se escucha al presidente advertir que en el gobierno hay que elegir entre inconvenientes. No suele presentársele al gobernante el dilema entre un bien nítido y un mal ostentoso. Las fronteras entre ellos son confusas y, en ocasiones, la única posibilidad es evitar el mal mayor. Entender que hay que elegir entre inconvenientes es una buena advertencia al propio López Obrador quien habita el mundo del simplismo moral. El presidente no suele hacerse cargo de esa invitación a la madurez moral que hay en el humanismo maquiaveliano.

López Obrador parece tropezar con una de las piedras más peligrosas en la política: el éxito. Quien ha conquistado el poder llega a la persuasión de que debe continuar el camino que emprendió para lograrlo. Cree que lo que funcionó antes, funcionará después. Tiene lógica y parecería absurdo recomendar otra cosa. Si una estrategia ha funcionado, lo más sensato sería insistir. ¿Por qué habría de ensayarse algo distinto si lo que se ha hecho anteriormente ha funcionado? Quien ha derrotado enemigos poderosos, quien ha remontado mil adversidades, quien ha trepado hasta la cima del poder, pensará que debe ser fiel a su estilo y a su actuar. Si así pudo vencer a los enemigos de antes, vencerá a los de ahora.

El problema es que las circunstancias cambian, que los desafíos se transforman constantemente, que la historia es más azar que rutina. Por eso advierte Maquiavelo que lo que ayer encumbró al ambicioso, mañana arruina al poderoso. Esa es, tal vez, la mayor dificultad que enfrenta el gobernante: ser capaz de soltar los emblemas de su triunfo, desprenderse de las medallas de su orgullo. El político suele esclavizarse a sus prácticas y a sus rutinas. Se convence de que la reiteración es la única política digna y eficaz. Empieza a actuar mecánicamente sin prestar atención al flujo de los acontecimientos y al impacto de sus decisiones. Cree que tarde o temprano la realidad cederá a sus deseos. Se ata a sus manías como si fueran el mármol de su identidad pública. Detenido en los logros de su pasado, cree que la repetición es la única forma de ser auténtico. Quien fuera osado se niega entonces al riesgo de la innovación. El opositor tenaz se convierte en un gobernante obsesionado con sus pleitos de antes, sus diagnósticos de antes, sus recetas de antes. Cualquier intento de repensar la estrategia es sentido como una traición. Remembrar los éxitos del pasado es una forma de cerrar los ojos a los frescos desafíos del presente. Es el engaño del éxito.

El terco es enemigo del ágil. Quien, como Andres Manuel López Obrador, conquistó el poder gracias a una tenacidad extraordinaria corre el riesgo de quedar congelado en un éxito pretérito. Al comenzar su sexenio, su política parece ya entumecida y miope. Una política decidida a repetir sus cantaletas, pero indispuesta a dialogar con las circunstancias.

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08, Abr 2019

El nuevo antiestatismo

El gran enemigo del neoliberalismo le rinde culto. No hay discurso que no incluya alguna embestida contra sus horrores. Tiro por viaje. No es posible imaginar al presidente desayunando sin lamentar el terrible daño que los neoliberales le hicieron a los chilaquiles. El neoliberalismo es el origen de todos los males del país. La única fuente de nuestra desgracia. Todo lo malo nació cuando esos traidores que estudiaron en el extranjero se apartaron de la ruta nacional. Ahí se funda el atraso, la violencia, la desigualdad, la inmoralidad. El nostálgico no deja de lamentar todo lo que perdimos desde el triste día en que los neoliberales impusieron su dominio. Las parejas no se divorciaban, los niños estudiaban con unos libros de texto fantásticos, se respetaban los valores morales, el presidente gobernaba sin el fastidio de una prensa doble cara y los chilaquiles picaban. Qué bonito era el México preneoliberal.

Pero, aunque el presidente vuelva a lanzarse hoy por la mañana, a medio día y en la tarde contra el maldito neoliberalismo, seguirá atrapado por la sospecha originaria de su enemigo. El Estado le parece una máquina fría y distante. Un inmoral concentrado de violencia, cuya actuación es irremediablemente represiva. Un aparato encadenado a procedimientos enredadísimos que entorpecen su actuación; un artefacto sometido a formalismos que retrasan cualquier intervención eficaz y que absorben los recursos que deberían destinarse a otras causas.

Como los neoliberales a los que tanto detesta, López Obrador sigue imaginando al Estado como un obstáculo y a los burócratas como malhechores. De esa persuasión viene el más furioso recorte burocrático en la historia reciente del país. Con furia thatcheriana, el gobierno emprendió la purga de una burocracia que considera mimada y superflua. No se trata, pues, de crear instituciones, de formalizar programas, de supervisar, de estructurar servicios públicos estables sino de becar. Esa es la filosofía del nuevo gobierno: subvenciones directas que eximan al Estado de cualquier responsabilidad de gestión y de vigilancia. Se trata de establecer “apoyos directos” para evadir las perversas intermediaciones burocráticas. Esa es la lógica que hay detrás del abandono de las estancias infantiles. Darle dinero a los padres para que ellos se hagan cargo. Milton Friedman estaría orgulloso de esta política. Los abuelos podrán cuidar amorosamente de los nietos, sugirió el Secretario de Hacienda. Una política más neoliberal que cualquier iniciativa del satánico salinismo. Si Octavio Paz describió al Estado mexicano postrevolucionario como un ogro filantrópico, el lopezobradorismo pretende remplazarlo con un ángel. No un Leviatán sino un príncipe. Esa es la idea que se esconde detrás de la nueva política social: un ángel filantrópico. Frente al Estado benefactor, un presidente benefactor.

Fiscalmente reaganiano, el nuevo gobierno prefiere la amputación administrativa antes que la reforma. Para financiar los programas sociales y la ambiciosa obra pública, el gobierno opta por estrangular a la administración antes que considerar un cambio en los impuestos. Este desprecio a la administración es consecuencia de un vehemente voluntarismo. El deseo presidencial no tiene por qué detenerse ante los peros de los comités, las reglas, los procesos. De ahí que el antiestatismo del día esté más cerca del pensamiento mágico que de las prácticas del Estado planificador. Pedirle permiso a la madre tierra es más importante que concluir un miserable estudio de impacto ambiental. Antiestatismo que no es economicista sino moralino. No se basa en las supuestas bondades del mercado, sino en la superioridad de una voluntad intachable, la del presidente.

El nuevo presidencialismo es, por ello, anticardenista. Lo es porque representa una embestida contra la regularidad institucional del poder, contra las palancas de una eficacia perdurable, contra la racionalidad administrativa, contra la corpulencia fiscal. Porque se empeña en corroer las capacidades del Estado. Porque es voluntarismo como nunca lo habíamos visto. La presidencia para Andrés Manuel López Obrador es el púlpito más la chequera. Lo que el oficialismo llama Cuarta Transformación es eso: una bonita mezcla de sermones y transferencias.

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03, Abr 2019

Las playas de Varda

Cuando nació su segundo hijo, la cineasta Agnès Varda inventó un proyecto para estar cerca del bebé. Saldría a la calle, a su calle para documentar las aventuras cotidianas. Cámara en mano, filmó la vida del íntimo ecosistema de su cuadra. Las tiendas, los cafecitos, la panadería, el taller de acordeones, la ferretería. Los protagonistas son sus vecinos: el que vende perfumes, la pareja recién casada, los ancianos, el peluquero, el sastre. Las conversaciones del clima, la salud, los intercambios más ordinarios. “Cada mañana, decía ella, se levanta el telón del teatro de lo cotidiano” Para no incomodar demasiado, avisó a los vecinos que usaría su propia corriente. No se colgaría de la luz de nadie. De ese modo, un cable de 90 metros definiría el alcance de la expedición diaria. “Daguerrotipos,” aquel proyecto de 1975, captura a la perfección el espíritu creativo de la artista que acaba de morir, a los 90 años. La magia de lo cotidiano.

Su cine es una invitación a contemplar, a adorar quizá, lo desechable. Lo que descartamos sigue teniendo vida. Hay que agacharse para recoger lo abandonado, lo que tendemos a ignorar, lo que olvidamos. Prestemos atención, por ejemplo, a la papa, la más modesta de las verduras. La directora no se escondía tras la cámara en esos documentales que eran mucho más que registro de hechos. En sus documentales, podemos ver el rescate de viejas imágenes, conversaciones y testimonios, pero también podemos apreciar el juego del teatro, el disfraz, la representración. Varda aparece con frecuencia a cuadro. Su presencia era adorable. Una mujer inteligente y fresca; sensible y afectuosa sin ser sentimental, naturalmente profunda y a la vez suave. Al ponerse del otro lado de la cámara y aparecer en pantalla, la directora se burla de la autoridad del director invisible. Como decía A. O. Scott, crítico del New York Times, Varda se nos muestra indicándonos que su cine es una manera de ver juntos. Ahí puede estar el secreto íntimo de su cine: proyectar la emoción de la amistad.

He vuelto a ver “Las playas de Agnès,” la preciosa autobiografía que filmó hace diez años. Se trata de un documental extraordinario en el que no solamente rememora sino recrea su vida. Recordar es revivir imaginando. En la primera escena aparece ella caminando hacia atrás sobre la arena. Soy una anciana gordita y habladora que cuenta su vida. Pero lo que me importa son los otros. Es a ellos a los que quiero filmar: mis amigos, mis amores, mis colegas, mis hijos. Son ellos quienes me motivan, quienes me intrigan, quienes me cuestionan y me desconciertan. Despliega así una centena de espejos para retratar a los otros, no a ella. Si pudiera ver a los otros, vería paisajes, si me pudiera ver a mí, vería una playa.

Esta memoria radiante y también dulcemente triste brinca de un tiempo a otro, de un recuerdo al siguiente. El pasado es caprichoso como el revoloteo de las moscas. El documental pasea entre la música de la infancia, las cartas que escribió enamorada, los mercados de pulgas, el primer coche, sus viajes, sus cariños, las enfermedades, la muerte y, por supuesto, el cine. Una casa que filtra la luz, como puede verse en una de sus escenas. Al cine llegó sin preparación alguna, después de dedicarse a la fotografía. ¿Por qué brincaste de la foto al cine,? le pregunta el artista Chris Marker representado en la película por la caricatura de un gato. “Me recuerdo necesitada de palabras,” responde ella. Las encontró en conversación con la luz y las imágenes.

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01, Abr 2019

Desde el fondo de la tumba

Ante un cuadro de Fragonard, Denis Diderot se dispuso a reescribir la alegoría de la caverna. El crítico no describía el cuadro. Se dejaba seducir por el lienzo para seguir sus indicios. Comenzaba contando con fidelidad el mito platónico: una multitud de hombres, mujeres y niños bajo encierro contemplan la proyección de sombras sobre las paredes. Como en el relato original, la humanidad es presa de la percepción. Pero la fábula de Diderot está impregnada de una carga política adicional. Las sombras eran, en realidad, una tortura de los poderosos. Los reyes, los curas, los ministros, los doctores, los profetas, los apóstoles, los teólogos, los políticos, los charlatanes engendraban las figuras que idolatramos como si fueran la realidad. Los traficantes del temor y la esperanza idiotizaban con leyendas. Provocaban risa y llanto. Y con esas reacciones sometían a la humanidad. La caverna de Diderot no mostraba, como la otra, los defectos de la razón. Denunciaban las trampas de los poderosos.

Desde su primer libro, Diderot supo que el escándalo sería su compañía. Como advertencia a sus lectores pidió a su editor que agregara una leyenda en latín en la portada: “Piscis hic non est omnium”. Este pescado no es para todo mundo. No lo firmó. Pensamientos filosóficos apareció en 1746 como un escrito anónimo. A pesar de su título, no era una meditación propiamente filosófica. Se trataba de la refutación de un escéptico a los Pensamientos de Pascal. Contra su angustiosa metafísica, el sentido común. Frente al Absoluto, la sensualidad. ¿Qué dios buscaría el tormento eterno de sus criaturas?, pregunta en uno de sus párrafos. ¿Encontraría placer ese dios al bañarse en nuestras lágrimas? La infinita crueldad del personaje de la ficción bíblica le resultaba tan absurda como la condena que se hacía de nuestros apetitos. La pasión no es el enemigo, es el motor de todos nuestros placeres, la fuente de lo sublime. La Iglesia, ese patronato de la hipocresía, nos quiere monstruos que no sienten nada, que no aman nada, que no viven nada. A los dogmáticos los combatía con una sencilla invitación a pensar. Lo temible no es la inexistencia de Dios. Lo aterrador es que Dios sea el que nos pintan.

El artículo completo puede leerse en nexos…

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01, Abr 2019

Escribir con tijeras

La historia se escribe con tijeras. No es un tejido de múltiples versiones, una memoria rica en contradicciones y misterios sino un enfrentamiento entre dos sujetos morales. La historia es un relato edificante, una sencilla lección cívica, un cuento de clara moraleja. No podría ser de otra manera si se trata de una lucha de los buenos contra los males. El enfrentamiento de los patriotas contra los traidores. Así parece decírnoslo un presidente obsesionado con el pasado. Todos los días presenta un capítulo de esa historia de estampitas en la que cree fervorosamente. En la historia no encuentra ejemplo de una fascinante complejidad, sino de esa simpleza que alimenta su juicio político. Nada de claroscuros. Los héroes son saludables y rozagantes; son honestos y bondadosos. Los villanos son monstruos viles y deformes. Los liberales podrán cambiar de nombre y de escenario, pero no de causa.  Los conservadores estarán atrapados por siempre en su maldición: conspirar sin éxito contra la patria. Si alguien ha tomado los murales de Diego Rivera en Palacio Nacional como si fueran una auténtica lección de historia ha sido es precisamente quien hoy despacha ahí.

De esa historia de bronce proviene la convicción de que el tiempo puede cortarse a voluntad. Con una navaja puede separarse el hoy de todos los días precedentes. En un instante se pasa de una era a otra. Se puede por eso romper definitivamente con todas las herencias del pasado e iniciar, como en una hoja en blanco, el nuevo capítulo de la nación. Esa ilusión de la cisura expresa una idolatría de la política. Imaginar al poder como una fuerza capaz de romper el tiempo. Terminar súbitamente los hábitos, fundar con fresquísimos materiales, la nueva arquitectura de la nación. Proclamar el primer día.

Así se decretó recientemente. El presidente de la república declaró, con toda solemnidad, la abolición definitiva del neoliberalismo. Tras la abolición de tan perverso credo, el auditorio se entregó a los aplausos. Se pensará que, tal como Hidalgo abolió la esclavitud, López Obrador termina con la servidumbre del presente. A decir verdad, la anulación no parece muy convincente si advertimos que las columnas fundamentales del neoliberalismo se mantienen intocadas y aún apreciadas como sustento de la estabilidad del nuevo gobierno. Si el neoliberalismo concretó dos reformas cruciales durante su reinado, la primera sería la autonomía del banco central y la segunda el acuerdo comercial de Norteamérica. No parece intención del gobierno terminar con la autonomía del Banco de México ni romper el pacto norteamericano. Pero en la imaginación del presidente, la ideología neoliberal ha sido definitivamente eliminada. Los aplaudidores de palacio habrán celebrado la histórica liberación de una doctrina perniciosa, pero, vale preguntar, ¿puede decretarse la abolición de una idea? Aceptemos, si se quiere, que el neoliberalismo es la más perversa de las concepciones económicas en la historia de la humanidad. Pensemos que es, como nos dice el presidente, una ideología demoniaca de la que han surgido todos los males que padece el país. Pero, aún creyendo en el satanismo neoliberal, ¿puede alguien abolirlo? ¿Puede la política invalidar una idea? ¿Puede abolirla?

La ilusión presidencial es reveladora de una ingenuidad disfrazada de omnipotencia. Arrogancia que es, en el fondo, ignorancia. Quien se imagina con el poder de abolir una idea, desconoce que el mundo de las ideas escapa de su control. El poder presidencial, por macizo que sea, no puede anular una fuente de pensamiento. Se trata de la misma soberbia de quien pretende bautizar su propio tiempo y colocarse por adelantado como una de las cuatro estatuas de la historia nacional.

Se cuenta que hace mil años, un rey Canuto en Inglaterra se burló de los aduladores que lo endiosaban mostrándoles el límite de su poder. Eres el más sabio, el más poderoso. Nadie osaría desobedecerte, le decían. Pues bien, si eso es cierto, le ordenaré al mar que retroceda y que cesen ya las olas. Tras la respuesta del mar, los aduladores callaron. Soberanía no es omnipotencia. El presidente podrá decretar la abolición de mil ideas perniciosas, podrá proclamar que despierta el primer día del cuarto nacimiento de México y dirá misa.

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