May, 2019

29, May 2019

¿Apariencia desnuda?

El museo Jumex explora las conexiones entre la obra de Marcel Duchamp y la de Jeff Koons. Llega en buen momento. El casabolsero volvió a imponerse en las subastas como el artista vivo más caro de la historia. Un conejo de acero hecho en los talleres de Koons fue vendido en más de 91 millones de dólares. Esa debería ser la información de las fichas: más que saber cuándo se hizo la pieza, de qué material está hecho o qué museo la tiene, decir cuánto se ha pagado por ella.

Porque la presencia de Duchamp es mínima, puede decirse que es una muestra mayoritariamente repulsiva. Nada hay en el trabajo de Koons que provoque asombro, que interrogue, que aguije una emoción. Nada que maraville por la idea a la que da forma, nada que sorprenda por el prodigio de su realización. Porcelanas acarameladas, carteles publicitarios carentes de cualquier ironía, esculturas torpes y mal pintadas, bobería religiosa, erotismo de chicle, espejitos.

Un inflable gigantesco y empalagoso nos da la bienvenida a la plaza del museo. Es una inmensa bailarina de lladró que se mantiene sentada gracias a una máquina de aire. Ahí está ya el tono de su obra: el brillo de lo vacuo. Habrá muchos, por supuesto, encantados con los globitos, los reflejos y la ñoñería pornográfica. Muchos obtendrán de la visita el ansiado trofeo de la selfie. Lo que resulta irritante es la pretensión de la muestra: sugerir que los absurdamente caros productos de Koons están a la altura de la obra de Duchamp; que existe entre ellos una afinidad artística e intelectual; que hay motivos que los hermanan; que el espíritu de uno sobrevive en la creación del otro. Esa es la fallida propuesta curatorial. Al recorrer las galerías de Jumex cada pieza de Duchamp grita al objeto vecino: ¡impostor! Lejos de servir para registrar un supuesto “régimen de coincidencias,” la muestra permite constatar el abismo entre uno y otro.

Es una banalidad decir que Koons aprendió de Duchamp. Por supuesto: Duchamp es el precedente decisivo, como lo fue de todo el arte de los últimos cien años. Es cierto que en Koons podemos ver el ready made, la transformación del sentido, el desafío a la convención. Pero Koons no sigue ni profundiza la enseñanza, la  pervierte. La obsesión de Koons es el abrillantamiento de las mercancías. Pulir los juguetes que nos entretienen hasta vernos reflejados en ellos. A Koons le parece una idea profunda y ha logrado convencer al mundo del arte de que se trata de un descubrimiento genial. Contemplar a un Michael Jackson dorado sentado sobre una cama de flores doradas sosteniendo a su chango, también dorado, debe ser vivido como una experiencia espiritual. Una Pietá para nuestros tiempos.

Que los organizadores de la exposición se hayan atrevido a bautizar la violencia de este emparejamiento con el título del ensayo de Octavio Paz agrega afrenta. “Apariencia desnuda: el deseo y el objeto en la obra de Marcel Duchamp y Jeff Koons.”  Si alguien pudo anticipar los peligros del arte después de Duchamp fue precisamente Paz. El poeta sabía que sería casi imposible seguir ese camino: “no es fácil jugar con cuchillos,” dijo. Lo que Paz admiraba en Duchamp, la mina de ideas, el desinterés, la búsqueda, la ironía, el humor, la inteligencia crítica, la sutileza erótica es precisamente lo que está ausente en Koons.  Ni pensamiento, ni deseo. Repeticiones estériles. La tragedia del arte devorado por la estupidez del dinero.

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27, May 2019

Llamado a la responsabilidad

En su escrito de renuncia al gabinete de Juan Álvarez, Melchor Ocampo confesaba una sola ambición: ser útil. Habrá quien quiera ser sabio, quien quiera dinero, poder, habilidades o valentía. Yo quería contribuir al destino del país, escribe. Quise influir “directamente en la política interior, y no reducirme a ser un duplicado del ministerio de hacienda (pero sin tesoro).” Reconociendo su inutilidad, anunciaba su salida de la Secretaría de Relaciones Exteriores. “Mis quince días de ministro”, la despedida pública de Ocampo firmada el 18 de noviembre de 1855 es, seguramente la renuncia más célebre de nuestra historia. El documento parte de una convicción: quienes ejercen responsabilidades públicas deben exponer los motivos de su actuar. Si esa práctica se generalizara, la opinión pública extraviaría menos su juicio sobre los hombres y las cosas. Ocampo renunciaba por discrepar de un gobierno que, a su juicio, tomaba el camino de las transacciones. El gobierno que había brotado de un proyecto radical encallaba en el “simulacro” de la moderación. Lo que se promovía como equilibrio de tendencias era, para el puro, una condena de inmovilidad. Así, apenas a un par de semanas de asumir la cartera, tenía ya claro que en el gabinete coexistían métodos irreconciliables. En la administración, abundaba, “los medios son el todo, una vez que se ha conocido y fijado el fin.”

Un eco de aquella renuncia puede escucharse en la carta en la que Germán Martínez hace públicos los motivos de su renuncia al Instituto Mexicano del Seguro Social. Permanecer en un puesto público puede ser connivencia con un simulacro. En ciertos momentos es debido saltar del barco para sonar las alarmas. A pesar de que el presidente siga volando en las nubes del triunfalismo, se acumulan señales preocupantes. El llamado de alerta viene de un aliado, de un destacado integrante del equipo de gobierno. El aviso no es el estribillo de los malquerientes. Es el testimonio de un colaborador que advierte que el proyecto hace agua. La conclusión que puede extraerse de la renuncia es que los medios de la administración no conducen a los fines del gobierno. El instrumento contraviene al propósito. La política de austeridad está estrangulando al Estado para alimentar a las clientelas del presidente. Los recortes presupuestales han ido más allá de lo razonable. No solamente han terminado con los lujos y los abusos, sino que amenazan las tareas esenciales del gobierno. Una austeridad tosca, severa y brutal vacía la ambición distributiva del gobierno. El cuestionamiento no podría ser más serio: la retórica justiciera desconoce los instrumentos elementales de la justicia. El proyecto de la igualdad está hueco.

Discrepo, por supuesto, del blanco de la crítica de Martínez. El renunciante se monta en la consigna ideológica para salvar al dirigente supremo. Los neoliberales, que como todos sabemos son vampiros inhumanos, controlan la Secretaria de Hacienda y amenazan la integridad de un proyecto igualitario. La acusación es insostenible. Es claro que la necedad viene de lo más alto. Es la arbitrariedad patrimonialista la que explica el capricho y la severidad de los recortes. Hacienda hace la voluntad de un presidente convencido de que los recursos deben ir a sus programas, sea cual sea el costo de esa prioridad. La presidencialización del presupuesto es el núcleo de la denuncia.

Por primera vez en la administración lopezobradorista se afronta la responsabilidad del presente. Ese es el mérito de la carta. El expediente de la catástrofe heredada se gasta. Sí… sabemos que los de antes dejaron un cochinero. El nuevo gobierno fue electo para limpiarlo, no para recordarnos a cada instante el mugrero que entregaron. Al gobierno le corresponde asumir la consecuencia de sus decisiones. Germán Martínez no ataca a los gobiernos pasados porque sabe que el primero de diciembre se trasmitió el lazo de responsabilidad. Tampoco sopla burbujas de jabón como las que nos receta a diario el presidente. No: el presupuesto no se vuelve infinito cuando gobiernan los buenos. Tampoco tenemos la felicidad garantizada por la nobleza de un pueblo rico en valores morales, culturales y espirituales. Un gobierno habla con sus decisiones. A hacerse ya responsable de ellas, a poner orden en la administración invita con su renuncia, Germán Martínez.

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20, May 2019

1994


La historia no crece como el pasto. Hay momentos en que el tiempo se acelera, horas que precipitan cambios colosales, instantes que revientan lo que, por décadas o siglos permanecía firme. Entender la historia es aproximarse a sus dos ritmos. Al lento flujo de los días, a las persistencias, a la discreta sedimentación de los cambios y también a los acelerones y a las rupturas súbitas. Ese fue uno de los lentes del historiador húngaro John Lukacs: la historia “microcósmica.” Se refería al análisis de las coyunturas decisivas. En su trabajo como historiador fue poco a poco comprimiendo el tiempo. Si en su primer libro sobre la Segunda Guerra analizó los dos años más intensos del conflicto y en el segundo examinó el duelo entre Hitler y Churchill narrando ochenta días de 1940, su tercer libro sobre la guerra exprime lo sucedido en menos de una semana. Cinco días en Londres es el título del libro. Sus amigos bromeaban que el siguiente trabajo abordaría los quince minutos más dramáticos de la guerra.

1994, el documental de Diego Enrique Osorno producido por Vice que puede verse en Netflix es un ejemplo de esta perspectiva microcósmica. En unos meses se revelan las tensiones enterradas de México, desaparecen los cuentos con los que nos arrulló la retórica oficial, queda hecha polvo la ilusión de cierto futuro. Fue entonces que, a golpe de rebeliones y conspiraciones palaciegas, se descarriló el proyecto más ambicioso de modernidad. Y la sangre, desde entonces, en el centro. 1994 es el año en que todo se rompe en México. Lo vemos en los vertiginosos capítulos del documental. El relevo presidencial se sale del libreto de la disciplina priista. El mito de la paz se rompe con el estallido zapatista. La violencia vuelve a la política e irrumpe también, con enorme fuerza de seducción, la palabra sublevada. Los enredos sucesorios producen una crisis económica brutal. Por supuesto, aquel año no terminó el 1º de enero de 1995. Dormimos en buena medida en las réplicas de aquellos terremotos. La paz rota, el entendimiento imposible.

La historia mexicana se tuerce en 1994. No por un evento supremo que lo hubiera alterado todo, sino por una sucesión de infortunios, azares y tragedias. Si recordamos 1968 fue por el movimiento estudiantil. Si recordamos el 2000 será por la alternancia. 1994 no puede quedar cifrado en un acontecimiento porque fue un torbellino de catástrofes. Osorno no coquetea en ningún momento con la maniobra perversa y todopoderosa que mueve todos los hilos. Esa suele ser la tentación del documentalismo elemental. Revelar el cuartel de las conspiraciones. El periodismo de Osorno, por el contrario, nos permite advertir lo contrario, es decir, la dimensión del caos. Muestra por eso las contradicciones, las incoherencias y los misterios de aquellos días que siguen vivos. Lo que vemos gracias al admirable uso de los archivos y las entrevistas puntuales es que aquellos terremotos en la cúspide y en la base destruyeron las columnas del sentido. ¿Qué demonios pasa en México? No hemos podido dejar de hacer esa pregunta desde entonces. Es la angustia de una política fuera de curso. La vivencia de un momento trágico: el tiempo fuera de quicio.

Quien recuerde aquel año dialogará, discrepará con el documental de Osorno. A ratos, el documental parece el testimonio de Carlos Salinas sobre aquellos días. La versión del presidente impera sobre el resto de las voces. Aparece como un estratega brillante, un estadista imperturbable que es también un amigo sensible. Luis Donaldo Colosio es retratado como un santo al que no permitieron obrar la conversión democrática del régimen. Podemos ver los ejercicios militares de los zapatistas y escuchar la voz de un subcomandante Marcos panzón, pero me parece que no se logra recrear el impacto que sus mensajes tuvieron entonces. México estuvo, en 1994, hipnotizado por unas cartas que venían de la selva.  Y de la incubación de la terrible crisis económica del 95 apenas tenemos algún indicio. Críticas menores. 1994 es un documental ejemplar. Valioso, sobre todo, porque permite encarar esa historia reciente que es historia presente.

Un acontecimiento se le escapa al documental. En 1994 se estrenó Pulp Fiction.

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15, May 2019

Las pestes de Quevedo

Virtud militante contra las cuatro pestes del mundo es el título del discurso que Francisco de Quevedo escribió en 1634 y que fue publicado, tras la muerte del poeta, hasta 1651. Es una descripción de las cuatro perdiciones del hombre: la envidia, la ingratitud, la soberbia y la avaricia. El moralista no se presenta como doctor que ofrece la cura a las calamidades, sino como el enfermo que relata sus propias afecciones. En un diálogo con Séneca, contestaba. Si digo que estoy enfermo digo en realidad que estoy hombre. “Escribo de las cuatro pestes del mundo no como médico, sino como enfermo.” Más ayuda el conocer del malo lo peligroso que es el mal, que del curandero lo confiables que resultan los alivios.

He usado algunas líneas de ese discurso para ilustrar un argumento en un artículo reciente. Apenas tuve espacio ahí para invitar a la lectura de esos discursos del genio madrileño. Por eso me gustaría exprimir la naranja un poco más. No me interesa comentar el texto. Prefiero llenar esta nota de comillas porque en el modo de decir de Quevedo radica su delicia. El genio de la sátira, el procaz sublime no solamente dominó todos los géneros sino que encargó todos los temperamentos. Colérico y burlón, también fue meditador sereno y sentencioso. En contra de lo que dijo Gracián, las hojas de Quevedo no son sólo para reír sino también para aprovechar.

De la “invidia” dice que le sucede lo que al perro flaco que rabia: “no hay cosa buena en que no hinque sus dientes, y ninguna cosa buena le entra de los dientes adentro.” Perro que ladra y no traga. Pero hay fácil remedio a este vicio de la envidia: “Si estás contento con las felicidades de los otros, las haces tuyas; esto logro es. Si las envidias, haces malaventuradas tus dichas; lo que es miseria. Si miserable te alegras de la calamidad ajena, añades al ser miserable, el merecerlo ser por delincuente. Si te apiadas, te acompañas, que es género de consuelo.”

La avaricia es idolatría y disparate. Venerar cacharros y esclavizarse a ellos. Mientras todos quieren cosas para gozarlas, el avaro las quiere para no gozarlas. “Al avaro tanto le falta lo que tiene como lo que no tiene.” Absurda tacañería: buscar el oro para ser pobre. El avaro “no vive para sí ni para nadie. Guarda lo que tiene, tanto de sí como de todos. Junta en sus tesoros deseos de su muerte, no socorros de su vida.”

De la soberbia advierte que sube como el cohete con gran ruido y aplauso, pero desciende muy pronto hecho humo y ceniza. “Y ninguno de los que le aplauden viéndole subir, ignora lo poco que ha de durar y lo breve en que ha de caer; así que ninguna cosa retrata tan vivamente la presunción de los soberbios como las bufonerías del fuego. Solamente la pólvora, invención infernal, pudo ser retrato de tan endiablado vicio.” La soberbia resulta el pecado más perezoso, dice Quevedo. Lo es porque se encuentra ”tullido en el ocio infame del amor propio, de donde no se mueve hacia el prójimo y se olvida de Dios, siempre rellanada en la propia estimación.” El estoico advierte que la soberbia es vicio airado e injurioso, que es embriaguez y una especie de locura. Y que es, ante todo, ignorancia de lo impotente que es cualquier mortal. Dice el soberbio que nadie es como él, que él solo lo es todo. Que es todopoderoso, que es rico y fuerte. Y la muerte le responde al soberbio que es, como todos, un gusano.

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13, May 2019

El soberbio

Se hará su voluntad. La refinería se construirá y no habrá argumento, estudio, advertencia que cuente. Se hará en el lugar que el presidente escogió personalmente. Son incontables las voces que han advertido la insensatez del proyecto. Nada valen frente al capricho presidencial. Las empresas que el propio presidente describió como las mejores del mundo aseguran que el proyecto no puede concluirse satisfactoriamente en los plazos y con las condiciones definidas por el gobierno. Aún así, el presidente sigue con su proyecto y, para que no haya duda, lo hará él mismo.

No hay argumento que valga frente a la obcecación. Los límites legales le son indiferentes. Ya nos ha dicho que la justicia es más importante que la ley y es él, sólo él, quien puede definir el sentido de la justicia. El experto que discrepa de él deja de ser, en ese instante, experto. Será un sujeto sin autoridad moral, un desvergonzado que no merece atención alguna. Lo mismo habría que decir de las instituciones de aquí o de fuera que se atrevan a cuestionar el deseo del líder supremo. Lo único que dice respetar son los mandamientos. Ser honesto para poder ir a la iglesia el domingo, para entrar al templo. Más que los delitos, muchos de los cuales sugiere olvidar, le preocupan los pecados. Quien se dice admirador de Juárez ha usado la tribuna presidencial para amenazar a los pecadores con no ser admitidos en el templo. Quien viola los mandamientos, dijo el presidente de una república laica, comete pecado y por ello no podrá entrar a la iglesia el domingo.

Pues bien, siguiendo la pista del devoto, habría que hablar de pecados y, en específico de uno de ellos, la soberbia para evaluar la política presidencial. Es soberbia y no otra cosa lo que despliega el presidente al desconocer cualquier límite a sus pulsiones. Es soberbia su menosprecio de aquello que merece atención. El soberbio está convencido de su superioridad. Un humano que no se pertenece ya a sí mismo y que, por deberse al pueblo, se lo puede permitir todo. No es extraño que Fernando Savater describa este pecado como el “valor antidemocrático por excelencia.” Ese engreimiento anula, en efecto, la posibilidad del diálogo, cancela las precauciones y da permiso para romper cualquier regla. Andrés Manuel López Obrador no admite palabra a la altura de la propia. Por eso carece de consejeros y se ha rodeado de aduladores que guardan silencio frente al torrente de sus caprichos.

Francisco de Quevedo escribió líneas memorables sobre este pecado en un discurso sobre las cuatro pestes del mundo. En esos párrafos advertía que el soberbio jamás se reconoce. Teniéndose como superior, se imagina como el más humilde de todos. Se encuentra por eso más fuera de sí mismo que un loco. Airado e injurioso, el soberbio queda embriagado con el amor que siente por sí mismo. Ruin arquitecto es la soberbia, escribía Quevedo: “los cimientos pone en lo alto y las tejas en los cimientos.” ¿Qué ingeniero que discrepara de él merecería sus respetos? Si él decide construir su palacio en el agua, es porque ahí debe levantarse, aunque rezonguen los enterados. El augurio es claro: “nada consigue la soberbia menos que lo que pretende.”

El hombre que se imagina como el cuarto padre de la nación, no duda de sí mismo. Dueño de la verdad, del bien y del futuro. No duda de sus proyectos, de sus ideas, de su instinto. Con esa fe se imagina no solamente como el escultor del alma mexicana, sino también como el amo del subsuelo que a fuerza de determinación y honestidad mostrará que todos en el mundo están equivocados. Sólo él tiene razón. Él sabe más que cualquier experto. Él logrará lo que ninguna empresa en el mundo. ¡Y ay de aquél que se atreva a dudar de la hermosura de sus intenciones!

No es grandeza, es una hinchazón lo que vemos en el soberbio, decía San Agustín. “Y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano.” Será por eso que en todo soberbio se esconde el ridículo. Repitiendo siempre las mismas frases como si fueran sublimes hallazgos de sabiduría, vanagloriándose constantemente de su teatral humildad, sermoneando diario a la república sobre el camino de la santa virtud y la verdadera felicidad, insistiendo en que en su voluntad radica un poder mágico que cambiará la historia de la patria, fustigando a los demonios y a los pecadores, el presidente empieza a convertirse en una figura tan cautivadora como un tele-evangelista. 

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06, May 2019

Épicos y apocalípticos

La primera víctima del actual gobierno ha sido el sentido de proporción. Parece imposible medir, en su correcta dimensión, lo que acontece. Cada decisión, cada iniciativa, cada palabra, cada gesto se dispara de inmediato para adquirir proporciones absurdas. Épicos contra apocalípticos. Ese es el espectáculo que contemplamos. Por una parte, el cuento de un heroísmo que está dando vida a una nueva república. Por la otra, el lamento de quienes advierten el aniquilamiento de toda respetabilidad. Difícil aquilatar acciones y discursos. Hasta el silencio adquiere en esta hora dimensiones grandiosas. Si el presidente se tarda unos minutos en escribir un tuit se confirma que su verdadero deseo es dirigirnos al barranco. Si calla ante las provocaciones de Trump es muestra de su altura como estadista responsable. Hasta lo no dicho se sale de proporción.

Los extremos no pueden ver la misma imagen. Un hecho es dos. Por lo menos, dos. De ahí la destemplanza de nuestra polémica. Ahí la fuente de la orgullosa incomprensión que nos envuelve. Y sin embargo, los extremos coinciden en un convencimiento. La historia se acaba de romper. Todo cambió. Promotores y críticos del gobierno están de acuerdo en eso: en diciembre cambió todo. Tras las elecciones y la llegada del nuevo gobierno, el país rompió con sus herencias y empezó un camino radicalmente nuevo. Cuando el presidente dice que se acabó un periodo histórico y que está comenzando un nuevo día para México, sus mayores críticos le dan la razón. Se han tragado entero el cuento de la ruptura. México está a punto de convertirse en un paraíso de fraternidad o de volverse Mexizuela. El amanecer de la república auténtica o de la nueva dictadura. El sentido del cambio puede ser apreciado de manera radicalmente distinta. Lo curioso es que casi todos coinciden en ese juicio: el país rompió definitivamente sus herencias y empezó un camino radicalmente nuevo.

Dominados por esa persuasión común, los antagonistas cierran los ojos a las persistencias. Es mucho lo que se preserva del pasado inmediato. Si hiciéramos caso a la retórica presidencial, México ya cambió. Ya es otro. Nada quedaría del perverso modelo económico, ni un ladrillo de su régimen oligárquico quedaría en pie. La historia, sin embargo, no suele ser piadosa con los arranques de voluntad. No se pliega al deseo de reinvención y se burla de quienes se imaginan adanes.

No minimizo lo que ha pasado en los últimos meses. Murió el sistema de partidos, ha surgido un presidencialismo imponente, las oposiciones han desaparecido. No ignoro tampoco las secuelas de una serie de decisiones concretas: el nuevo impulso al clientelismo, el capricho como motivación irrebatible de la política pública, la sordera ante las advertencias que empiezan a amontonarse, el hostigamiento a la crítica. Todos estos cambios son profundos y serán duraderos. Al mismo tiempo, no podemos ignorar el cauce de las continuidades. López Obrador habrá querido arrancar de tajo la herencia política y económica del neoliberalismo, pero las persistencias son tan relevantes como las discontinuidades. Épicos y apocalípticos cierran los ojos a esas continuidades porque no embonan en el dramatismo de sus relatos, pero una evaluación ponderada de lo que acontece debería hacer recuento no solamente de las rupturas, sino también de las continuidades. En la relación comercial con Norteamérica, en el conservadurismo fiscal, en el respeto al banco central hemos visto a un neoliberal ortodoxo. En el trato con el presidente Trump hemos visto una indignidad pragmática que rinde homenaje a Videgaray y a Peña Nieto. En su pacto con el sindicalismo magisterial y en su apuesta por la opción militar para encarar el drama de la inseguridad vemos una nueva versión del calderonismo.

López Obrador no es solamente un ideólogo vehemente. Es también un político pragmático. Es necesario advertir en su liderazgo la activación de esos dos resortes. El populista hinchado de fe en sí mismo que desoye cualquier advertencia, que desprecia cualquier razón contraria, que ignora cualquier discrepancia y que vive para el conflicto. El político pragmático que advierte en ciertos ámbitos (la relación con Estados Unidos, la lucha contra el crimen, el Banco de México) límites que no tiene más remedio que respetar. La historia no se enfrenta nunca a la hoja en blanco.

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01, May 2019

Restablecer memorias

El 12 de mayo de 2008, a las 2:28 de la tarde, un terremoto golpeó la provincia china de Sichuan. Fue un terremoto de 8 grados que mató a más de 80,000 personas. El movimiento de la tierra sacudió también la carrera de Ai Weiwei. El artista que publicaba constantemente sus apuntes sobre la sociedad, la cultura y la política china en un blog, dejó de postear. Había perdido las palabras que pudieran describir la catástrofe. Ante la magnitud de la tragedia, el gobierno chino reaccionó con el reflejo de todos los regímenes autocráticos: censurar y mentir. Era imposible conocer la dimensión de la tragedia. El poder se empeñaba en ocultar y en silenciar. Un hecho, sin embargo, afloró muy pronto. Los niños y los estudiantes habían muerto en proporciones extraordinarias. Estudiaban en cientos de escuelas mal construidas. Centros de educación levantados sin el mínimo cuidado que se vinieron abajo con el sismo. Los estudiantes muertos no fueron víctimas de una naturaleza desalmada. Murieron por la corrupción gubernamental.

Fue entonces que Ai Weiwei reanudó su blog, transformándolo en un centro de investigación ciudadana. Convocó desde ahí a llenar los vacíos de la información. Lo importante era contrarrestar el silencio y las mentiras del poder. ¿Quiénes eran los estudiantes? ¿Cómo se llamaban? ¿cuándo era su cumpleaños? ¿Qué estudiaban? ¿Dónde vivían? ¿Quiénes formaban su familia? Se formó entonces un equipo que se desplazó a la zona del desastre para entrevistar a las familias de las víctimas y recoger, en sus libretas, los datos. Muchos ayudantes de Ai Weiwei fueron arrestados, muchos archivos destruidos. Sin embargo, esa intervención alumbró verdad, dio nombre y rostro a las víctimas. En una exposición en Munich que hizo poco después, colocó 90,000 mochilas sobre la fachada del museo. En chino podía leerse la frase de una madre que perdió a su hija: “Lo único que quiero es pedirle al mundo que recuerde que ella vivió feliz por siete años.”

No es extraño que la tragedia de México toque tan profundamente al artista chino. Aquí ha encontrado otra expresión de la barbarie de este siglo. La más cruel de las violencias, la más extendida corrupción. Miles de seres humanos que desaparecen. Cadáveres sin nombre. Tumbas clandestinas. Y el olvido como amenaza. El Museo Universitario Arte Contemporáneo aloja en estos días una exposición que nos habla a la cara. “Restablecer memorias” no es un depósito temporal de obras que circulan por el mundo, sino una pieza que toca la herida mexicana. Como lo hizo en su país, Ai Weiwei fue al encuentro de las víctimas para registrar el dolor y la impotencia. Si su intervención no logra alimentar una esperanza, cultiva, por lo menos, el empeño de la memoria. En su conversación con Ai Weiwei, Cuauhtémoc Medina recuerda lo que el artista advirtió a los familiares de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. “Necesitan mantenerse unidos y fuertes, porque estamos hechos de carne, nos cansamos, pero luchamos contra una máquina y las máquinas no se cansan.” El estado es una máquina infatigable. Su apuesta es la desmemoria de aquellos a quienes oprime.

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