Jun, 2019

26, Jun 2019

Animalia

Wislawa Szymborska mira un escarabajo muerto. Lo mira a lo lejos, desde las alturas, como si volara en un avión. La imagen no le espanta. Si hay duelo en el deceso, es imperceptible a la mirada humana. Nadie desvía su camino. Nadie cancela sus citas. Es que los animales no fallecen, solamente mueren, escribe en un poema. Los animales muertos ni siquiera tienen el poder de asustarnos, como fantasmas, por la noche. Pero la poeta se detiene y observa la manera en que han quedado dobladas las patas del escarabajo, sobre su vientre. No sabe nada del bicho, pero redacta su epitafio:

Y aquí está sobre el sendero el escarabajo muerto,
sin que nadie lo llore, brillando bajo el sol.
Un vistazo es suficiente:
no parece que le haya sucedido nada.
Lo importante está reservado a nosotros.
Sólo a nuestra vida, sólo a nuestra muerte,
una muerte que exige primacía.

El poema toca, en la agonía del escarabajo, la muerte que nos hermana. El misterio que reside en la vida de los otros, sean cucarachas, pulpos, terroristas o poetas. El poema de Szymborska podría ayudar a entender las dos claves de la preciosa animalia que Isabel Zapata acaba de publicar bajo el sello de Almadía. Acercarse a la otra percepción y acariciar lo que se ha ido. El asombro y la nostalgia.

En Alberca vacía, el libro de ensayos que apareció casi al mismo tiempo, Zapata recuerda la pregunta del filósofo Thomas Nagel: ¿qué se siente ser murciélago? Esa pregunta sin respuesta se extiende a todo aquello que está fuera de nuestra envoltura: ¿qué se siente ser bebé? ¿cómo se siente la muerte? ¿Qué escuchan los peces?, ¿qué colores advierten los insectos? Por más que lo intentemos, no podremos insertarnos bajo escamas o caparazones. No podremos pensar desde el tentáculo, ni oler con el pistilo. Es la imaginación del ensayo y de la poesía la que nos permite jugar a la conjetura. Sabiamente desconfiada de quienes proveen respuestas, Isabel Zapata absorbe crónicas, reportes científicos, leyendas, reportajes y novelas para bordar la imposibilidad de comprender qué es lo que nos hace humanos. El instrumento más pulido en su compendio de vidas es la observación meticulosa y afectiva. Un ver sintiendo. La devoción, aprendemos de una línea de Mary Oliver que aparece como epígrafe de uno de sus poemas, nace de una mirada atenta.

“El poema no es un artefacto, es un espacio al que se entra,” En la casa de este poemario conviven microbios y rinocerontes imaginarios; Laika, la perra cosmonauta, y el último tigre de Tasmania; tiburones, gelatinas fosforescentes, Koko, el gorila con sentido del humor, una perra muy querida que sale como mancha en las fotos. Y las ballenas que flotan a la mitad del océano como islas de piedra. Fueron animales de tierra, pero algo escucharon en el fondo del mar que los sedujo. Regresaron al agua y ahí cantan. Su inmensidad no anula su delicadeza.

Las ballenas se parecen a nosotros.

Lloran cuando secuestran a sus hijos,
son 97% agua,
cada familia habla su propio lenguaje,
tienen caries, son polígamas,
permanecen horas suspendidas en diagonal,
acurrucadas unas sobre otras.
Cuando sueñan las ballenas
son delicadas flores de pétalos de carne.

Las ballenas no se parecen a nosotros.

Cada familia habla su propio lenguaje,
pero no cantan para lastimar.
Son polígamas, pero no saben mentir.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
24, Jun 2019

Hechizo de palabras

Andrés Manuel López Obrador se habituó a producir realidad con las palabras. Como tenaz dirigente opositor fue capaz de definir la naturaleza del presente y configurar el antagonismo políticamente relevante. Lo hizo hablando. En el decir estaba su acción. Su relato daba cuerpo a una identidad pública. En el indignado recuento del pasado inmediato y en la nostalgia de lo remoto construyó un alegato persuasivo y eficaz que cambió la política mexicana. Mientras predominaban las coincidencias entre los partidos de la transición, él mantuvo, casi a solas, la voz de la discrepancia. Pero, con el paso de los años, su relato fue empatando con una emoción colectiva en expansión. El país fue hablando el lenguaje del opositor. Su vocabulario se convirtió en el vocabulario común. Nos hicimos de sus palabras, repetimos sus ocurrencias, empleamos el chicote de sus insultos, absorbimos el léxico de su epopeya. Ningún político ha tenido el éxito de López Obrador para colonizar nuestra expresión e insertarse en el seno de nuestra racionalidad. Hablamos pejeñol. Este videojuego “no lo tiene ni Obama,” decían hasta hace poco los niños, apropiándose de un dicho de campaña. La “mafia del poder” dejó de ser solamente referencia de un grupo político más o menos compacto, para convertirse en el malvado imaginario de todos. El diablo personal era “el innombrable” y el salvador era “ya sabes quién.” “Fifí,” una expresión en desuso, se convirtió, de pronto, en la voz de moda. Hasta los enemigos del presidente se describen como “fifís a mucha honra.” Y el absurdo de la “Cuarta Transformación”, pronunciada así con reverencia de mayúsculas, es una fórmula que emplean hasta los críticos del gobierno, como si existiera tal cosa, como si pudiera el presente fijar su sitio histórico.

Difícilmente puede haber crítica cuando el poder presidencial ha colonizado no solamente las instituciones sino, sobre todo, el lenguaje. No es exageración decir que López Obrador está en boca de todos. Lo está porque se infiltró en nuestro idioma. Porque estamos hablando como si él fuera el autor del nuevo diccionario nacional. No niego el misterioso talento expresivo que hay en ese “poeta del insulto” como lo llamara Gabriel Zaid. Advierto las consecuencias de ese embrujo. No puede decirse que sea un gran orador. No hay ritmo en su discurso, sus recursos retóricos son muy limitados, sus repeticiones son insufribles. Todo, soporíferamente predecible. Pero nadie en la historia contemporánea de México ha hechizado nuestro lenguaje como el presidente López Obrador.

El vocabulario que López Obrador ha acuñado ha rehecho el mapa imaginario de México. Son las palabras las que, al fin y al cabo, nos permiten comunicarnos y entendernos. Son los instrumentos insustituibles de la comprensión. Quien, sin darse cuenta, emplea ese lenguaje lleno de insulto y descalificación, de simplificaciones maniqueas, de grandiosas epopeyas que parten la historia en dos ha mordido el anzuelo. Quienes se enganchan al cebo son, por igual, los fieles y los opositores. De los fieles se entiende que hagan eco de la tonada. Son los críticos quienes desertan de su deber al absorber la cosmovisión presidencial mimetizando, en negativo, su retórica binaria.

La primera tarea de la crítica es, quizá, recuperar el lenguaje. Hablar con ese idioma común que registra la complejidad, que practica el respeto en la descripción del otro, que advierte la modestia de la voz. Restablecer la paleta de los claroscuros. Respetar el dato. Escuchar el razonamiento técnico, sin creer que la suya es la única o la última palabra. Rehabilitar el vocabulario moral. Apreciar la pluralidad de razones válidas e intereses legítimos. Cuidar el hilo de los argumentos. Exhibir la demagogia de quien da categoría de inapelable decisión del pueblo, a la respuesta de un grupo de simpatizantes a la pregunta de su caudillo. Escapar, con los gerundios, de la trampa del tiempo muerto. El pasado no está sellado, como pretende el oficialismo. Sigue siendo. Para superarlo no basta decretar su abolición y cantar el himno del nuevo amanecer.

Quiero decir que para comprender lo que sucede, hay que luchar contra ese contagio de simplezas y desprecios que nos apesta. Rechazar, por ejemplo, la idea de la reinvención patria desde el propio apelativo es indispensable para repeler la idea de que todo lo existente merece abolición; de que todo lo nuevo exige respaldo. Eso que el oficialismo llama “cuarta transformación” no es más que eso: un lema para enaltecer al poder. Nuestra expresión no puede ser tributo a la megalomanía presidencial.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
17, Jun 2019

De caricaturas

Hace un par de meses, la edición internacional del New York Times publicó un cartón del caricaturista portugués Antonio Moreira Antunes sobre la relación entre Donald Trump y Benjamin Netanyahu. El primer ministro de Israel aparecía como un perro guía, al que le colgaba un collar con la estrella de David. Seguía sus pasos el presidente de Estados Unidos, un ciego con kipá. El dibujo, que había sido publicado antes en el Expresso de Portugal, generó indignación entre los lectores del periódico. Muchos lo consideraron una inaceptable burla antisemita. Los editores del diario neoyorquino le dieron la razón a los ofendidos y se disculparon de inmediato. La caricatura es indefendible, dijeron. Cometimos un error al publicarla. Pero no se detuvieron en esa rectificación. Para evitar problemas futuros, decidieron eliminar definitivamente la publicación de caricaturas políticas en su versión internacional.

Resulta revelador que la caricatura haya ocupado el centro de tantas polémicas contemporáneas. Han sido dibujos los que han provocado algunas de las controversias más apasionadas y más violentas de estos tiempos. Algo tienen los monos que provocan la ira de los fanáticos y prestan justificación a los censores. Será su veneno, la imposibilidad de rebatirlas con palabras, la verdad que encierra su simpleza. Lo cierto es que en la caricatura se vive la disputa sobre lo permisible y lo democráticamente indispensable. En las burlas del lápiz se debaten los contornos de la tolerancia, las mesuras de la convivencia, la naturaleza del desacuerdo, el tono del debate.

Toda caricatura es ofensiva. Si no es hiriente es una ilustración. Tras aquella polémica de los cartones de Mahoma, el caricaturista Michael Shaw, escribió en su entrega del New Yorker un aviso a sus lectores: “Disfruta esta caricatura cultural, étnica, religiosa y políticamente correcta con responsabilidad. Gracias.” El cartón era un cuadro en blanco.

 

El caricaturista encuentra una deformidad y la explota a placer. Su trabajo es desfigurar a sus personajes, pero, al hacerlo, descubre una facción más profunda que la aparente. En la exageración del perfil se descubre el distintivo único, la personalidad auténtica del sujeto. Su arte es, por ello, el de la desmesura. Y más que ser para él un recurso, esta exageración plástica es una ética porque nos recuerda que todos—empezando por los que se imaginan nuestros salvadores—somos incongruentes, fachosos, ridículos.

¿Qué tipo de debate público puede haber si suprimimos el permiso de la burla? ¿Qué discusión podríamos tener si renunciamos a la claridad del humor? Patrick Chappatte, uno de los cartonistas que publicaba regularmente en la versión internacional del New York Times, escribió en su página personal un lamento que vale la pena atender. Eliminar la sátira gráfica de nuestros diarios dice mucho del rumbo del periodismo contemporáneo. Con el pretexto de la sensibilidad y la prudencia, estamos rehuyendo el debate franco e intenso. Las redes sociales han impuestos el reino de un moralismo intimidante. Muchos editores están dispuestos a ceder ante la amenaza de los furiosos que, muchas veces, tienen el respaldo de los patrocinadores. De esa manera, la indignación más vehemente define el tono de nuestra conversación y proscribe las voces que incomodan. Si las caricaturas son ahora el blanco del ataque es porque son atajos visuales de la crítica, opiniones condensadas que hacen reír. Ahí está su fuerza y ahí también su debilidad. “En este tiempo demencial, concluía el caricaturista, el arte del comentario visual es más necesario que nunca. Y también el humor.”

Ian Buruma, el gran ensayista holandés ha escrito sobre el progresivo encogimiento del debate público. El autor de Asesinato en Amsterdam, admirable crónica y reflexión sobre los límites de la tolerancia, fue obligado a renunciar a la dirección del New York Review of Books por publicar el testimonio de un hombre acusado de cometer abusos sexuales. Buruma reconoce que la pieza era polémica y que había buenas razones para no publicarlo. Y, sin embargo, considera que el deber de un editor es ser riguroso y asumir riesgos. Su propósito no es la conformidad, sino colocar en la conversación pública asuntos incómodos que estimulen el debate.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
12, Jun 2019

Chernóbil, la serie

No es ciencia ficción. Cada uno de los cinco capítulos de la serie se vive como una película de terror. Es una historia apocalíptica que se ubica en un pasado que algunos podríamos reconocer como propio. Hace poco más de treinta años, el 26 de abril de 1986, ocurrió el peor desastre nuclear de la historia. HBO ha trasmitido la historia de la catástrofe de Chernóbil que es menos una falla de la ingeniería que una consecuencia del despotismo. La serie no es una condena de la arrogancia científica, de esa transgresión que supone el juego de las partículas. Es, más bien, la denuncia de un régimen basado en el ocultamiento y en la supresión de la crítica. El totalitarismo no es solamente la abolición de la libertad, es también una tecnología del desastre. El uranio puede ser domesticado. Pero cuando el miedo y la mentira se filtran al cerebro de un rector nuclear, se cocina una tragedia.

La serie es desigual. Por una parte, es admirable en su retrato de los horrores que provoca esa bomba desbocada que nadie sabe cómo calmar. Sus imágenes capturan el veneno mortal e imperceptible que esparce la muerte como si fuera una nevada apacible y, al mismo tiempo, nos muestra la ferocidad de esas radiaciones que despellejan. La serie escrita por Craig Mazin y dirigida por Johan Renck es eficaz para trasmitir el pánico ante una hecatombe que perfora la piel. Muerte a dos ritmos: la instantánea calcinación y la paciente degeneración celular.

La conmovedora fotografía y la estrujante cinta musical contrasta con la torpeza de un libreto que rinde homenaje a todos los lugares comunes. Se entiende que una representación necesita tomarse sus licencias, pero en el caso de esta serie, los permisos atentan, no solamente contra con la verosimilitud del relato, sino contra el mensaje mismo que se pretende trasmitir. Chernóbil está repleta de escenas y diálogos que hemos visto mil veces. La heroína que vence el miedo para desafiar al poder. El paladín que vence mil obstáculos para colocarse en el epicentro de la historia. El científico que ama la verdad y lo arriesga todo por defenderla. El jurado que escucha sorprendido la valentía de quien rompe todos los instructivos de la conveniencia. El suicida que trasmite su mensaje después de la muerte. Un evento único en la historia de la humanidad se convierte en un relato trillado.

La mejor lectura que he visto sobre la serie es la de Masha Gessen, en el New Yorker.  Gessen reconoce la recreación de la “cultura material” de la Unión Soviética en la producción de HBO. La ropa, los teléfonos, la decoración de hoteles y apartamentos viene directamente de esos tiempos. El problema es que los personajes y sus diálogos no corresponden al régimen en el que actúan. Incapaz de retratar la cultura de la sumisión y de la lealtad, el libretista de ¿Qué pasó ayer? Partes 2 y 3, sigue las pistas de una película de desastre: un puñado de héroes sabios y valientes salvan al mundo de la perversidad de unos cuantos ambiciosos. La película sucumbe ante el lugar común porque no encuentra la imagen ni el estatuto verbal de un régimen que impone culto a la mentira, premia al dócil y extirpa cualquier resorte de individualidad.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
10, Jun 2019

Sobre el convenio

Habríamos despertado en condición crítica. De haberse impuesto la amenaza del presidente Trump, el país estaría cayendo por la cascada del pánico. A las malas decisiones internas y a los preocupantes reportes que han llegado de todos lados, se habrían agregado esta mañana las hostilidades comerciales. Se habría activado un descrédito feroz e ingobernable. El escenario de lo inmediato habría cambiado de color. Lo cautelosos no tendrían más remedio que volverse pesimistas, los pesimistas, se volverían catastróficos. Por supuesto, los dogmáticos de ambos extremos, seguirían fijos, cómodamente, en sus expectativas. Por eso puede decirse que se evitó el mal mayor. En condiciones en extremo complejas, se logró un acuerdo.

Vale reconocer el asomo en este capítulo de un presidente pragmático y disciplinado. López Obrador lo fue, sin duda, en esta negociación. No se salió del libreto que se impuso, dio espacio amplísimo a los negociadores, no antagonizó con bravatas. Frente a Estados Unidos ha sido un presidente moderado, dispuesto a escuchar y empeñado en conjurar cualquier conflicto. Sabe lo que importa la relación y la maneja con delicadeza extrema. Se deja entrever, así, un presidente que, al reconocer los límites de su propia voluntad, podría cultivar un nuevo sentido de responsabilidad. Independientemente de los méritos del acuerdo obtenido, me parece importante registrar ese brote de cautela y orden porque puede ser una enseñanza para encarar las crisis que se avecinan.

El acuerdo firmado en Washington es caro para México. Es la proclamación oficial del patio trasero. México será la sala de espera de quienes buscan asilo en Estados Unidos. Quienes lo intenten serán retornados a México “sin demora.” Y aquí deberán esperar. Frente a este compromiso, lo que México gana es blablá. Logramos insertar una alusión a la “fraternidad universal” en el texto del convenio. Estados Unidos dice cooperará para que México y Centroamérica sean zonas de prosperidad, pero, desde luego, no se obliga ni a un centavo. Algunos dirán que no solamente es un acuerdo caro sino indigno, un convenio que convierte al país en el muro de Trump, que pone al Estado mexicano al servicio de la política migratoria de Estados Unidos. Así lo promoverá seguramente el candidato Trump, festinando su victoria sobre los mexicanos. Otros dirán que el realismo y la responsabilidad obligaban a pagar cualquier precio. Dirán que, ante la amenaza de una guerra comercial, no hay lugar para pudores nacionalistas o decoros humanitarios.

El mayor problema del acuerdo es que es incumplible. Si hoy sirve al gobierno mexicano para celebrar la operación diplomática que evitó el apocalipsis, mañana será convertido por Trump en látigo para la intimidación mañanera. El convenio es, en realidad, un dulce para la retórica trumpiana. Un documento tan impreciso que permitirá en cualquier momento reanimar la amenaza. Sin definiciones, sin compromisos concretos, sin instrumentos de medición no puede ser considerada como una herramienta confiable de cooperación. El documento que firmó el canciller Ebrard es, sin duda, un respiro. También es un instrumento que prolonga la extorsión y que, tal vez, haga más caro el siguiente episodio. ¿Qué significa incrementar “significativamente” un esfuerzo de aplicación de nuestra ley migratoria? A eso se ató México. Para decirlo técnicamente, nos comprometimos formalmente a echarle ganas. La interpretación del convenio cuelga de los humores del presidente Trump, ese hombre al que López Obrador ha llamado “visionario”. Y aunque el pueblo norteamericano como decía el presidente en algún sermón reciente, sea noble por haber sido fundado sobre valores cristianos, dudo que alguien pueda creer en la buena fe del demagogo de la Casa Blanca. Cuando le dé la gana, el candidato Trump, gritará traición. Cuando sirva a sus intereses, cuando le permita distraer la atención de la opinión pública acusará a México de burlarse de ellos. La amenaza sigue aquí. No ha pasado una semana y el Secretario del Tesoro ya lanzó la advertencia: si México no se porta bien, impondremos aranceles. La pregunta no es si se denunciará el incumplimiento de México, sino cuándo hará Trump esa denuncia. Y qué estaremos dispuestos a darle.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook
07, Jun 2019

Contra la tersura

La tragedia, dice la poeta Anne Carson, evoca ese olor a tocino caliente que hay en la contradicción pura. Desde siempre, la nariz de la filosofía le ha hecho ascos a ese aroma quemado. Su tragedia fue, precisamente, el rehuir la experiencia de lo trágico. Desde su primer monumento ha pretendido enviar al exilio la experiencia del dolor y del lamento. Desde aquella república, la filosofía se comprometió con el ideal de la tersura. Conquistar la armonía, pulir la existencia hasta liberarla de cualquier astilla, amaestrar las emociones; venerar la verdad única y entregarse a ella.

La tragedia es una invitación para entendernos de otra manera. Una propuesta para albergar con sabiduría la viva fricción de lo contradictorio. No es una la verdad, no es una la justicia. Nunca es claro el recuerdo y siempre habrá algo de indómito en nosotros. A defender la tragedia frente a su censora ha dedicado Simon Critchley un buen número de cursos, conferencias, seminarios, y su libro más reciente. La tragedia, los griegos y nosotros es el título del libro que apareció este año bajo el sello de Pantheon Books. No es del infortunio de lo que hablamos cuando hablamos de tragedia. No es trágico un huracán que arrasa una ciudad. Lo trágico no proviene de una agresión de la naturaleza, sino de una conspiración en la que activamente nos coludimos para obrar nuestra propia ruina. La tragedia, dice el filósofo inglés, exige de nosotros cierta complicidad. Una inconsciente colaboración con la catástrofe. En esa involuntaria colaboración despunta una advertencia: porque alojamos a los fantasmas de nuestra desgracia no seremos nunca los amos de nuestra existencia. Absurda es la ilusión de nuestro señorío psicológico. Más que agentes autónomos, somos juguetes, tuercas, trapos.

El artículo completo, aquí.
Compartir en Twitter Compartir en Facebook
03, Jun 2019

La devastación institucional

Escribo para hacer eco del artículo de José Antonio Aguilar Rivera publicado en la revista nexos de este mes. Es una denuncia, más triste que rabiosa, de la agresión que sufre una ejemplar institución pública de educación superior. El Centro de Investigación y Docencia Económicas ha sido, sin duda, uno de los espacios académicos en ciencias sociales más valiosos del país. Una escuela que ha formado generaciones brillantes de politólogos, internacionalistas, economistas y abogados. Una institución que ha tenido el tino de atraer a los mejores académicos en estas ramas. Un centro universitario que se ha convertido en un foro de discusiones rigurosas y socialmente pertinentes. Un espacio público discreto que ha hecho enormes aportaciones a la comprensión de nuestra realidad, sin dejar de ofrecer alternativas para el cambio. Bajo ningún concepto puede decirse que es una institución monocolor. Sería absurdo tildarla de neoliberal. Su planta de profesores, sus publicaciones, sus actividades académicas dan cuenta de la diversidad de enfoques, perspectivas y orientaciones. Ideológicamente diverso, lo que lo ha cohesionado es su rigor académico. Una escuela exigente con sus alumnos y sus profesores que, al mismo tiempo, ha sido innovadora en sus criterios de inclusión. Un ejemplo para las instituciones de educación superior en el país.

Era también una muestra exitosa de la vieja y admirable vocación cultural del Estado mexicano. No un órgano del adoctrinamiento, sino escuela con vocación de contemporaneidad que apuesta para México por una educación rigurosa, abierta a la pluralidad y decida a la inclusión. “Por años, dice Aguilar Rivera, (el CIDE) había sido la envidia de propios y extraños, que veían en él una muestra de lo que una institución pública podía ser si contaba con la voluntad del Estado. Es un inusual caso de éxito de lo público.” Su facultad, sus egresados, sus publicaciones, sus foros son muestra de ello. El hostigamiento presupuestario puede ser el golpe de muerte de esta valiosa institución educativa. No podrán emprenderse los proyectos que, en estos últimos años, lo colocaron en el centro del debate público. No podrá ofrecer una educación de calidad a los jóvenes que, de todas partes del país, llegan ahí para tener una oportunidad que difícilmente podrían encontrar en otro lado. Será incapaz de atraer a los profesores con ideas frescas que se forman en las mejores instituciones del mundo. Dejará escapar a sus investigadores, perderá el talento que lo ha hecho brillar.

La agonía del CIDE no es, por supuesto, un caso aislado. Es muestra de una amplia devastación institucional que está golpeando con especial severidad a la ciencia, a los servicios médicos y a la cultura. Más de tres mil investigadores de los Centros Públicos de Investigación han advertido las consecuencias de las crueles y absurdas medidas de austeridad del gobierno federal. Un investigador necesitará la autorización ¡del presidente de la república! para asistir a un congreso académico que se celebre en el extranjero. De acuerdo a una orden del CONACYT, estará prohibido cargar los celulares en los centros de trabajo y usar cafeteras eléctricas. Desde luego, nada de aire acondicionado, aunque se trabaje en Veracruz. Según se advierte en la carta de los científicos de las más diversas especialidades, antes del fin de año pueden colapsarse un número importante de estos centros de investigación dedicados al estudio de enfermedades, a la mitigación de los efectos del cambio climático, a la generación de energías limpias. El impacto no se ha hecho esperar. El doctor José Sarukhán decía en una entrevista radiofónica reciente que la CONABIO, la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad, reportaba los incendios en el país desde 1998, pero hace un mes llegaron los recortes. La CONABIO perdió el internet de alta velocidad. Estamos perdiendo ojos.

Regreso al texto de Aguilar Rivera de nexos. Lo que el país pierde con el abandono y el hostigamiento de las instituciones académicas y científicas es enorme. Las secuelas serán terribles y duraderas. “Las instituciones públicas son frágiles. Son árboles sujetos a los azares de los incendios y las sequías, a los vaivenes e inconstancias de la política. Un árbol centenario puede ser talado en minutos.”

Compartir en Twitter Compartir en Facebook