02 Jul, 2019

02, Jul 2019

Aislacionismo

El discurso oficial abraza nuevamente el nacionalismo. Eso que Jorge Cuesta denunciara en su tiempo como una coartada de la mediocridad, ha vuelto a ocupar el centro del discurso público. Mexicanismo: la ilusión de que a México le basta lo propio. Pensar que lo nuestro es, por el hecho ser nuestro, lo mejor, lo más valioso. Ver lo extranjero como algo que, por el hecho de venir de fuera, es despreciable. Para nosotros, lo nuestro y sólo eso. Cerrar los ojos a lo que acontece afuera. Callar cualquier opinión sobre lo que sucede detrás de frontera. No necesitamos de los otros. No tenemos nada que aportarle a los demás. La ciencia de los otros es sospechosa. La cultura de los otros nos amenaza.

El viejo nacionalismo no era aislacionista. De hecho, el nacionalismo postrevolucionario era fundamento de una política internacional activa e intensa. El país tenía una posición en el mundo. Era un actor visible, defendía sus intereses y su visión en el ámbito global. Tuvo una posición frente al fascismo. Plantó cara a las dictaduras. Tuvo voz. Construyó alianzas, defendió causas. En coyunturas críticas asumió riesgos. El nacionalismo de hoy es otra cosa. Su curiosa lectura de la constitución lo lleva a renunciar a la política internacional. Una frívola distracción. La idea de que la mejor política exterior es la política interior significa que la mejor política exterior es aquella que no existe. Lo cierto es que la política internacional le tiene sin cuidado al presidente. Simplemente no le parece relevante. Cree que se trata de un brindis de aristócratas, una pérdida de tiempo. Estos seis meses de gobierno son elocuentes. Medio año de inactividad y de silencio. Frente a la crisis venezolana, México decidió no existir. La única política exterior que le interesa al presidente es la que no le quita el tiempo, la que no lo aleja de sus rutinas, la que no lo saca de su centro.

El hombre convencido de que estudiar fuera de México es contaminarse, aprender malas mañas, siente un profundo desprecio por la política exterior. ¿Para qué mantener una embajada si hay skpe? Fascinando con la comunicación en su pantalla, el presidente cree que ha superado el atavismo de las cumbres y del diálogo directo con sus pares. Una conexión de wifi es suficiente para superar el fastidio de comunicarse con extranjeros. Lo que resulta claro es que el presidente López Obrador no piensa distraerse con el mundo. O, por lo menos, eso ha pensado hasta ahora. El franciscano imagina que salir del país es una ofensa a los mexicanos. ¿Para qué usar traductores si es tan comprensible la indecencia de los cortesanos que lo abordan por las mañanas? ¿Para qué ir a un encuentro de mandatarios, si hay cosas más urgentes en México, como, por ejemplo, organizar un magnífico baile de  de autocelebración? Que sean los subalternos quienes malgasten de esa manera su tiempo. Menos México en el mundo y, por supuesto, menos mundo en México.

El nuevo nacionalismo es más provinciano que el previo. El otro tenía al exterior como referente. El victimismo nacionalista no se cansaba de decir que el origen de nuestro atraso era el imperio. El culpable de todos nuestros males estaba afuera. La codicia de los otros impedía el florecimiento de la nación. Esa denuncia ha desaparecido bajo el lopezobradorismo. Todos los males de México son endógenos, la mafia que nos oprime es de aquí. Por eso llama la atención que el populismo lopezobradorista carezca de dimensión internacional. No denuncia al norte, ni tiene el menor interés en construir alianzas con los países del sur. La penosa carta que el presidente envió al anfitrión de la cumbre de Osaka es la mejor prueba de su desinterés por la política internacional.

Este primer tramo del gobierno de López Obrador debería dejar claro el error del aislacionismo reinante. México no puede darse el lujo de callar en el mundo. El país no puede desentenderse de sus responsabilidades globales, no puede dejar de actuar políticamente fuera de las fronteras. A pesar de que en todos lados se respire nostalgia nacionalista, el mundo está integrado. Si nuestra suerte depende en buena medida de lo que se decida afuera, salir para cuidar el interés nacional no es ninguna frivolidad

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