08 Jul, 2019

08, Jul 2019

Apetito de oposición

México cumple un año sin uno de los dos motores de la democracia. Tras la elección del 18 nos quedamos sin turbina opositora. Todo lo que se mueve es por impulso del gobierno y sus aliados. Todo lo que avanza, lo que se detiene o lo que retrocede es por determinación de un grupo compacto. No hay resistencia ni argumento crítico en las máquinas que tienen a su cargo la responsabilidad del antagonismo. Más que disminuidas, las oposiciones siguen atarantadas por la paliza de hace un año. Siguen sin entender lo que sucedió, siguen sin comprender lo que está pasando.

Al parecer, el PAN cambió de dirigencia después de las elecciones, pero no se ha sabido nada de esa nueva directiva. Tal vez es un rumor y permanece la misma cúpula invisible. Si en efecto hubo nombramientos en esa organización, si hay un nuevo jefe de partido es algo que desconoce la opinión pública. De la existencia de esa jefatura no tenemos absolutamente ninguna evidencia. El PAN, al parecer, sigue de vacaciones. Es cierto que hay algunos legisladores panistas que aparecen de pronto para intervenir en el debate público, pero Acción Nacional, como partido, no existe. Del PRI tenemos noticias aún más escasas. Son penosas. Hace poco un priista veterano descubrió que en el PRI no había democracia. Quería presidir al PRI. Tal vez imaginaba que ahí había elegantes discusiones y que lograría el triunfo quien mejores argumentos expusiera a los militantes. De pronto se dio cuenta de que, en ese partido, la democracia ni siquiera es un árbol frutal. Sacudido por el triste descubrimiento, decidió renunciar a su partido. Las noticias que llegan de esa organización dejan en claro que camina con buen paso a la irrelevancia. Se acumulan los indicios de que se dispone a convertirse en subordinado de la nueva hegemonía.

Los brotes de oposición regional duraron un instante. Las discrepancias que se ventilaron hace unos meses en defensa del federalismo han desaparecido. El centro se impuso para someter a los críticos regionales que se atrevían a cuestionar la centralización. Si llegamos a hablar por un momento de las alternativas que se perfilaban en Jalisco o en Chihuahua, hoy no podemos más que registrar su aquiescencia y sus silencios. Esas semillas de oposición, esos bosquejos de antagonismo institucional se desvanecieron muy pronto.

El vacío de las oposiciones es el mayor problema democrático de México. Tanto o más que la política del avasallamiento, preocupa la fuga, la indolencia y la confusión de los opositores. Nada puede sustituir a esos órganos de la discrepancia. A los medios, a las organizaciones sociales, a los núcleos de interés no les corresponde suplir a los ausentes.

Lo cierto es que hay apetito de oposición. Algo nos dijeron las elecciones locales de hace un mes. La ola morenista sigue imponiéndose para obtener los triunfos más importantes. Pero un partido en fuga como el PAN logró una cantidad de votos que no puede ser menospreciada. El partido de López Obrador obtuvo en la elección de junio 1 millón 900 mil votos. Acción Nacional logró 1 millón 700 mil. Las alianzas de Morena, por supuesto, le agregan una carreta importante de votos y marcan una diferencia que puede ser determinante. Lo notable, como lo anotaba hace poco Héctor Aguilar Camín es que, en solitario, los dos partidos compiten al tú por tú. Si apenas tenemos partidos de oposición, hay una reserva de electores de oposición.

El presidente, popular como sigue siendo, ha multiplicado los frentes de inconformidad. Las torpezas de una administración que no se toma en serio, los efectos de las purgas irresponsables y precipitadas, ese estilo de mando que pende más de la inspiración que de la reflexión tendrán efectos en la vida cotidiana de millones de personas. Necesitarán alternativas. Hace falta un antagonismo lúcido, inteligente, fresco que se desprenda de su ostentosa carga reaccionaria. Debe partir, a mi juicio, de una crítica que asuma como propia la agenda igualitaria que el presidente ha puesto en el centro del debate público, pero que la entienda no como desahogo retórico, ni como prédica moral, sino como un complejo desafío de la responsabilidad política. Y si pretende defender las instituciones liberales, habrá de hacerlo partiendo de sus promesas incumplidas.

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