26 Ago, 2019

26, Ago 2019

El populismo como parásito

Acaba de publicarse un libro valiosísimo para comprender nuestro presente. Se trata, a mi juicio del estudio más ambicioso sobre la naturaleza profunda del populismo. Más que un estudio sociológico o económico sobre las causas de su atractivo, o una comparación histórica de experiencias populistas, es un trabajo minucioso de teoría política. Nadia Urbinati, una reconocida filósofa de la política, ha publicado un denso tratado sobre el fenómeno que recorre el mundo. Yo, el pueblo. Cómo el populismo transforma a la democracia es el título del libro ha que ha publicado la editorial de la Universidad de Harvard y que espera aún la casa que ofrezca una versión en español. Vale adelantar un comentario sobre este ensayo académico porque representa una de las mejores herramientas para entender el sentido del cambio en buena parte del mundo. En efecto, el populismo es el desafío más serio que enfrentan las democracias liberales contemporáneas. El libro de Urbinati nos ayuda a comprender la imaginación y el lenguaje populista; aprecia el origen de su astucia y registra también sus peligros.

“Cualquier entendimiento de la política contemporánea que quiera ser tomado en serio, dice la politóloga de la Universidad de Columbia, debe vérselas con el populismo.” En efecto, los gobiernos y los movimientos populistas están rehaciendo la política en todo el mundo. Por eso es indispensable precisar los contornos de esa fórmula, entender su mecánica, comprender las fuentes de su seducción, desarmar sus recursos retóricos y, sobre todo, analizar la complejidad de su vínculo con la democracia. Vale empezar por reconocer que el populismo es hijo de la democracia. No es, como el fascismo, su asesino, sino, si acaso, su amenaza y su desafío más complejo.

El populismo es certero en su denuncia. En efecto, muestra las fallas de las democracias realmente existentes. Su lenguaje dicotómico ayuda a exhibir la crisis de la representación, la distancia de las élites, el secuestro de las instituciones, el efecto de políticas nocivas. Su gran éxito es construir en la imaginación un nosotros vivo y potente. Sin embargo, no se resuelve ahí la decepción democrática. Lo que parece claro es que incuba ahí mismo, en las grietas del régimen democrático. No inventa la crisis: la revela, la explota, la utiliza. Por eso el populismo es una especie de parásito. No derrota desde fuera a la democracia: se inserta en sus órganos vitales y los somete. Un caudal de transformaciones retóricas e institucionales alteran los equilibrios, los derechos, las cautelas de la democracia liberal. Las instituciones no son valoradas ya como procesos que dan cauce a la diversidad y que asientan algún principio de neutralidad. Las reglas dejan de ser ámbitos de lo común para convertirse en propiedad de los ganadores. Si la libertad que garantizan las leyes se usa para obstruir la voluntad popular, se vuelve ilegítima. El pueblo no es el cuerpo completo de los ciudadanos sino aquella parte del pueblo que es la auténtica, la buena, la moral. Esto es importante: a pesar de su discurso de inclusión, a pesar de su invocación constante y obsesiva de El Pueblo, el populismo se regodea en la exclusión: el Pueblo verdadero contra sus enemigos; el Pueblo real contra los impostores. El pueblo no es nunca toda la gente. Por ello, el populismo representa una política estructuralmente facciosa.

El populismo ocupa a juicio de Urbinati un espacio entre la democracia constitucional y el fascismo. Si llevara sus propósitos a su última consecuencia no podría más que terminar en algún tipo de dictadura. Si el antipluralismo triunfa, la democracia muere. Por eso el éxito definitivo del populismo sería su suicidio: su claudicación como forma extrema de la democracia y su conversión en dictadura. De ahí la pertinencia de la imagen del parásito. El enemigo de la democracia liberal necesita la sobrevivencia del huésped para vivir. Requiere la preservación de ciertas formas, de ciertas reglas, de ciertos órganos. El populismo desfigura esos canales, pero no los elimina; los pervierte, pero no los suprime. El populismo, quiere decirnos Urbinati, no matará a la democracia. La desfigurará a tal punto de hacerla irreconocible

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