09 Sep, 2019

09, Sep 2019

El arte como generosidad

Pocos espacios hay en México tan hermosos, tan vivos, tan acogedores como el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca. A un paso de Santo Domingo, la casona del siglo XVIII que es sede del IAGO es emblema de la obra de Francisco Toledo y de lo mucho que hizo por su ciudad y por su gente. Un modesto espacio de exposiciones, una tiendita, varios cuartos de biblioteca repletos de libros de arte y dos patios esplendorosos presididos por sus plantas sabias. Un refugio de arte, sombra y letras, animado por los jóvenes y viejos que van en busca de un libro, el periódico del día o una conversación alrededor de las mesas de pino. Ese era el lugar perfecto para despedirlo, para agradecer su vida. Lo era porque en sus muros y en sus libreros se mostraba su amor y su compromiso, la hondura de su sentido estético y de su nobleza. El arte hecho generosidad.

Contaba Toledo que, cuando participaba en la Casa de la Cultura en Juchitán, en aquellos tiempos de batalla intensa de la COCEI, Rufino Tamayo le pedía que no se metiera en problemas. Deje esas cosas que no son para usted. Póngase a trabajar. Recuerde que usted es pintor, no es político. Además, con esa voz tan chiquitita que usted tiene no va a lograr gran cosa. Debí de haberlo escuchado, decía años después Toledo, sin mucha convicción: algo me jala para el otro lado. En lugar de estar dedicado solamente a mi pintura, ando tras los drenajes de los pueblos. Estaba condenado a no ser solamente artista. O, más bien, a no ser artista solamente en su arte. En sus causas públicas, residía también la chispa de su creatividad. Ese algo que lo jalaba a ver por los otros, a sembrar árboles y a cuidar lo que puede extinguirse fue parte esencial de su obra. No era desviación de su arte, sino el complemento justo. En su imaginación prodigiosa se percibe una deuda, una gratitud, una lealtad. A los insectos y al tiempo, a todos los animales de la imaginación, a la infinita arena de los colores, al mito y a la lengua, al terruño y al mundo está ligado devotamente el arte de Toledo. Imposible la expresión del artista sin el amor a su fuente.

Todo se desea en el mundo de Toledo. Todos se saborean, se penetran, se devoran. Todo vive en cópula con todo lo demás. Al ver el desfile de sus personajes, observamos una alegre e inocente promiscuidad, una fraternidad orgiástica en la que peces, lagartos, cangrejos, monos y sapos se traspasan y se fecundan para multiplicar la creación o, tal vez, para burlarse de su catálogo disciplinario. Que a nadie se condene por su deseo. Que ningún apetito sea proscrito. Si llegaba a desatender el relato de esa fábula era, tal vez, porque cuidaba el sustrato que lo alimentaba: el mito que vive, la naturaleza que respira, la cultura que despierta.

El imán que lo apartaba del dibujo no era esa política que ha perdido a tantos creadores que sacrificaron su libertad creativa en nombre de alguna causa abstracta. Nada más alejado al artista que puso a Benito Juárez sobre patines, que la ceguera ideológica. No buscó el poder en el sentido pedestre en que lo entendemos hoy. Lo suyo no era imponerse sobre otros ni dar lecciones. Ejercía, desde luego, autoridad, esa influencia que viene de representar con limpieza causas, de no buscar el beneficio personal en la intervención, de estar acompañado de muchos. El suyo era un ascendiente tímido y decidido, al mismo tiempo. El artista del deseo fue el guardián de todas las seducciones: los árboles, las voces, la herencia, los libros, los oficios, las imágenes y los sonidos, el juego, la imaginación. Nadie ha hecho tanto por tantas causas concretas de cultura como Francisco Toledo. Hablar de la orfandad en Oaxaca no es repetir el lugar común. No solamente murió su gran artista. Murió también su cuidador

No deja de ser llamativo el que el artista indómito, el creador inclasificable, haya sido también—aunque suene solemne—creador de admirables instituciones culturales. Jardines, bibliotecas, archivos, cines, revistas, editoriales, talleres, fonotecas, colecciones, museos, galerías, escuelas, traducciones llevan su marca, aunque no lleven su nombre. Cuando donó el IAGO al Instituto de Bellas Artes, recibió, como compensación formal por la transferencia, un peso. Recibí un peso, dijo entonces, y no es deducible de impuestos. ¡Me lo voy a gastar solito!

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