02 Oct, 2019

02, Oct 2019

Dar forma a lo invisible

 Es curioso que el arte que se escucha sea encarnado frecuentemente por alguien a quien no se puede oír. Un personaje que, al finalizar la función, acepta el aplauso, a pesar de haber permanecido en silencio durante todo el concierto. Abundan los chistes sobre los directores de orquesta. Chistes sobre su inutilidad, como el cartón que muestra que, en lugar de partitura, los directores ven sobre el atril el instructivo de su conducta: mueve el popotito que tienes en la mano hasta que la música se detenga. Luego date la vuelta y da las gracias. O chistes sobre su arrogancia: ¿Cuál es la diferencia entre Dios y un director? Que Dios sabe que no es director de orquesta. De este extraño oficio–y también de los chistes que inspira—trata el libro de Mark Wigglesworth, El músico silencioso. Por qué la dirección importa. Lo publica la Unversidad de Chicago y espera el editor que la traduzca al español.

Cuando Elias Canetti buscaba una imagen para capturar la dinámica del poder, no encontró mejor estampa que lo que ocurría en una sala de conciertos. El director de orquesta era el emblema perfecto: todos observan lo que hace. Dando la espalda al público, elevado por encima del resto de los músicos, da y quita la voz. Obliga a marchar apresuradamente y ordena silencio. Hasta sus cejas se imponen sobre los otros. Quien nada sepa del poder, lo entendería todo con solo verlo atentamente. Wigglesworth, reconocido director inglés, lo ve, ante todo como una figura de autoridad. Un artista que debe cultivar confianza. Si hay leyendas de los muchos déspotas con batuta, la era de esas tiranías ha pasado. Un director debe escuchar para aprovechar el acento que aporta cada uno de los instrumentistas. La imposición sorda atenta contra el propósito mismo del concierto.

Wigglesworth cita a Stravinsky quien pedía, antes que respeto por la música, amor. El respeto puede terminar por ahogar la creatividad del músico. Un director debe sentir lealtad por la pieza que interpreta, pero, al mismo acercarse libremente a su recreación. Por eso es necesario asumir riesgos y cuidarse del peligro de ser secuestrado por el fantasma de versiones previas. Se requiere para ello una mezcla saludable de tradición y espontaneidad. Saber que hay que estudiar la pieza a conciencia, pero también reconocer que la erudición puede ser un despiste para el artista. Que hay que ensayar sabiendo que puede ensayarse demasiado. Aunque se hagan chistes de su arrogancia, el director necesita humildad frente al compositor. Reverencia frente al autor y, al mismo tiempo, soltura y confianza para fundirse con el genio.

Lejos del chisme o del manual, el ensayo de quien fuera director de la National English Orchestra toca el sentido profundo de ese arte paradójico. El director tiene a su cargo descifrar la intención de los sonidos. La música vive en el tiempo, dice Wigglesworth. No hay fuerza en la naturaleza más potente que el tiempo. No se detiene ante nadie. Nadie puede liberarse de su paso terco. Pero el arte puede transfigurar el tiempo. Modificar nuestra percepción. Conseguir que una hora pase como un minuto o que un segundo se sienta como una hora. Ese es el privilegio del músico: jugar con el tiempo. Ahí radica la responsabilidad del director: organizar la música en el tiempo. Enorme el poder del director, concluye: “Vencemos al tiempo. Le damos forma a lo invisible.»

Compartir en Twitter Compartir en Facebook