Nov, 2019

25, Nov 2019

Desconfiar de lo pensado

Es necesario desconfiar de lo pensado. Nos tienta la facilidad de la reiteración. La vanidad de pensar que habíamos visto toda la película desde la primera escena. O, más bien, desde su anuncio. Creer que nada nos sorprende, que todo camina de acuerdo a lo anticipado. No importa si la reiteración proviene de los ilusionados o de los que gritan la llegada de la tiranía. El hermetismo es el mismo: incapacidad para modular el halago o el reproche. ¡Está naciendo la democracia auténtica!, suspiran unos. Todo lo que había antes era una farsa. ¡Ha muerto la democracia!, gritan los otros. Se asienta entre nosotros una dictadura feroz. Ninguno aprecia las continuidades, ninguno registra la contradicción. No hay, a su juicio sorpresas. Todo avanza de acuerdo al plan. Ambos sienten la urgencia de una definición, no solamente tajante, sino también vehemente. Exaltación y hermetismo son, por ello, las marcas del debate que no podemos tener sobre nuestra circunstancia. Haberlo descifrado todo ya y solamente esforzarse por gritarlo más fuerte. Ya se los he dicho mil veces, pero no lo he dicho con el ardor necesario: galopamos dichosos a la felicidad o nos precipitamos al abismo.

Nos hemos convertido en marionetas del belicismo presidencial. Sirviendo a los antojos del señor de palacio, hemos llegado a la conclusión de que no hay que perder el tiempo entendiendo lo que pasa: hay que afiliarse. Estar de un lado o de otro. Y demostrar constante, obsesivamente que se está en el campo correcto de la historia. Si en algún lugar se muestra la eficacia del poder presidencial es ahí, en el imaginario del presente. Se nos ha convencido de que hace un año comenzó una nueva era de la historia mexicana y que lo más importante es afirmar una identidad frente a ese giro. Discrepo del megalómano, de sus aduladores y de sus malquerientes: no estamos ante el cuarto tiempo de la patria. Las continuidades son innegables y las sorpresas cuentan.

Me confieso incapaz de pintar el primer año de gobierno de López Obrador con un solo color. Lo encuentro cruzado por la contradicción y, a pesar de su conocida terquedad, dispuesto en ocasiones al viraje. Hay decisiones que me han sorprendido, y algunas para bien. He hablado mucho de su populismo de manual. He hablado también de su hermetismo ideológico, de la ceguera de sus fobias. Creo que es necesario registrar al mismo tiempo los bordes de esa persuasión. El populismo presidencial se aviene de pronto, en ciertos ámbitos, al recato institucional y sofoca el impulso de conflicto. A pesar de la intensidad de sus antipatías, hay órganos que ha respetado como presidente y mal haríamos si lo pasamos por alto. De lunes a domingo escuchamos agresiones e intimidaciones a los órganos autónomos. Pero no a todos. El presidente reconoce hasta el momento la autoridad de la Suprema Corte y del Banco de México, dos institutos cruciales para el país. No hemos visto aquí intento de colonización ni de sometimiento. Si el agravio a la comisión de derechos humanos o a tantas otras instituciones autónomas merece denuncia, también es necesario registrar los territorios del respeto.

El combustible del populista es el conflicto. En su entendimiento, la política muere en el consenso y se reaviva con antagonismo. Por eso asistimos diariamente a una misa de la enemistad. Una ceremonia no para dar la paz sino la guerra. ¿Quién recibirá esta mañana el honor de su insulto? Sólo una relación está para él, por fuera de este hábito: la relación con Estados Unidos. Con notable disciplina el presidente ha rehuido el conflicto con el norte. Puede decirse que su docilidad ha sido demasiado costosa. Que nos hemos convertido en el muro que Trump nunca soñó. Es cierto, pero lo que también debe resaltarse es que el presidente reconoce el peso de la vecindad. Por eso no juega al antiyanquismo y apuesta por la sobrevivencia nuestra zona económica. Estados Unidos representa el aplacamiento del belicista.

Tras un año de gobierno es necesario recordar las razones del vuelco del 2018 y lo necesario que era el castigo a quienes antes ejercieron el poder. No puede entenderse el presente si no imaginamos la sombra de la alternativa.

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18, Nov 2019

El poder impúdico

Los libros de actualidad comparten un tono apocalíptico. Si hacemos caso al anuncio que despliegan las portadas en las mesas de novedades, pensaremos que la democracia se extingue. No es para tanto, dice quien es, probablemente, el politólogo más brillante y más cuidadoso de nuestro tiempo. Un estudioso del máximo rigor que no ha dejado de hacer las preguntas pertinentes. Adam Przeworski, el académico de quien hablo, ha publicado recientemente un libro sobre las crisis de la democracia que sirve para evitar los juicios apresurados que tanto abundan. Para quien se toma la cuestión en serio no es fácil aquilatar el sentido de los desafíos contemporáneos. ¿Cómo entender los nuevos extremismos, el surgimiento del populismo de derecha y de izquierda, la destrucción de los partidos, el prestigio de los autócratas? Con la modestia del verdadero hombre de ciencia, el politólogo simplemente dice: “Algo está pasando.”

No está, en modo alguno, cantada la muerte de la democracia, pero sin lugar a dudas, las transformaciones en el ámbito de la economía, de la sociedad, de la comunicación alteran muy profundamente la mecánica pluralista. Las antiguas certezas se desmoronan. Más que esperar la súbita quiebra, habrá que estar alerta a la erosión. Lo vemos en todos los rincones. Una pasión de antagonismo desborda los cauces institucionales. Los órganos constitucionales se debilitan y se muestran ineptos para procesar las exigencias colectivas; el debate público se envenena con una retórica belicosa. El peligro, dice Przeworski es que “la democracia se deteriore gradual y subrepticiamente. Es el peligro de que quienes ejercen el poder intimiden a los medios hostiles y creen su propia maquinaria de propaganda; que politicen los órganos de la seguridad, que hostiguen a la oposición política, que usen el poder del Estado para beneficiar a los empresarios afines, que apliquen selectivamente la ley, que alienten conflictos internacionales para generar miedo y alterar las elecciones.”

En nombre de la democracia se pervierte la democracia. El argumento que muchos han hecho es que, incluso siguiendo sus procedimientos formales, podría socavarse el pluralismo. Por eso hasta el más voluntarioso de los autócratas busca cuidar las apariencias. Lo sorprendente entre nosotros es que ese cuidado se está perdiendo. El nombramiento de la titular de la comisión de derechos humano se desprendió del recato elemental. Pasó de manera grotesca por encima de la ley sin hacer el mínimo intento por cuidar las formas.

Apenas hay duda del fraude en el Senado. El abierto partidismo de la preferida no solamente hacía imprudente su nombramiento, lo hacía ilegal. Aún así, la mayoría impuso el capricho del caudillo sin tener siquiera los votos requeridos. La trampa se hizo y quedó al descubierto. Una ilegalidad encima de la otra para entregarle un obsequio al presidente. Y para hacer más ominoso el mensaje, la ofensa. A carcajada suelta, acompañado de dos de sus cómplices, el dirigente de Morena en el Senado, celebró el atropello.

Si a esa insolencia está dispuesta la mayoría de Morena, ¿qué nos espera? Si se van a reír de sus embustes, si se burlan de la razón y de la ley, ¿a dónde podrían llegar? Preocupa el destino del árbitro electoral. Cuando en una reunión reciente el politólogo del CIDE José Antonio Aguilar preguntó precisamente a Przeworski por el baluarte democrático que habría que defender por encima de cualquier otro, el académico polaco respondió de inmediato: el órgano electoral. Y pensando concretamente en México, precisó: el IFE. Con sus siglas anteriores recuerda al órgano electoral. Si le meten mano a ese árbitro, habrá que ser muy pesimistas sobre el futuro democrático de México. Eso pretenden, al parecer, los diputados de Morena, quienes tienen ya, bajo la mira, al presidente del instituto electoral y pretenden removerlo de su cargo. Están dispuestos, al parecer, a cambiar la Constitución a fin de tener a un cercano en la presidencia del INE. Podría pensarse que, por absurda y gratuita, la iniciativa carecería de la mínima esperanza de realización. Pero el grotesco espectáculo del Senado es alarmante. Es la revelación de un poder impúdico. Y si la autocracia es algo es eso: un poder que no busca razones ni acata la ley.

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13, Nov 2019

Una nube, un muro, una silla

Para que una mujer entre a un museo es necesario que se desnude y que un hombre la pinte. Lo denunciaba hace años el grupo de activistas Guerrilla Girls, con una intensa campaña de carteles en estaciones de metro, autobuses y paredes de Nueva York que denunciaban la misoginia del aparato cultural. El 3% de los artistas del Museo Metropolitano son mujeres, mientras el 83% de los desnudos son femeninos, se podía leer en las pancartas en las que se asomaba un gorila. Las cosas empiezan a cambiar. El Instituto de Arte de Chicago, que, en las últimas tres décadas apenas había organizado la exposición individual de una sola artista, está viviendo “un momento feminista.” Así lo advierte el Chicago Tribune al recorrer las galerías de su ala moderna. En cada uno de los espacios, una artista: fotografías de Sara Daraedt, una instalación de Diana Thater, una serie de autorretratos de Eleanor Antin.

La exposición que, sin lugar a dudas, destaca en este abanico es la de seis diseñadoras en el México del medio siglo: Clara Porset, Lola Álvarez Bravo, Anni Albers, Ruth Asawa, Cynthia Sargent y Sheila Hicks. Mesas, cestos, collages, telas que dialogan con una tradición y la proyectan.

“En una nube, en un muro, en una silla” el título de la exposición que se presenta hasta enero del 2020 en Chicago, proviene de una de las páginas del catálogo de una muestra insólita en la ciudad de México hace más de setenta años. En aquella exposición se aludía a la presencia del diseño en todo lo que existe. Todas las formas, sean olas u ollas incorporan ideas y afinidades para el deleite de los dioses o las personas. La muestra en el Instituto de Artes revive aquella muestra organizada por la artista cubana Clara Porset a mediados de los años cincuenta del siglo pasado en el Palacio de Bellas Artes. “El arte en la vida diaria. Exposición de objetos de buen diseño hechos en México” era el título de esta exposición que contenía toda una filosofía del diseño. Aprendiendo de la alfarería y la cestería tradicional, de los colores, las técnicas y las formas originales, las creaciones de estas artistas adquirían una dimensión contemporánea. En el máximo recinto de la cultura mexicana se mostraban canastos, jarrones, tortilleros tostadores, sillas y petates. Se pretendía formar un gusto y una exigencia por las cosas que nos cobijan y nos sostienen, por los objetos con que cocinamos, los cacharros que usamos para mil cosas. Era un diseño, al mismo tiempo doméstico y público; era familiar, pero estaba cargada de hondas implicaciones políticas.

Aquella muestra, dice la curadora Zoë Ryan, no solamente fue la primera en su tipo en México, sino que seguramente habrá sido la primera en el mundo por su perspectiva panorámica y por su filosofía. Se conciliaban en esos salones todas las artes del diseño. Lo industrial empalmaba con lo artesanal. No había jerarquías: el jarrón de barro se exhibía frente al refrigerador. Al asociarse orgánicamente lo ancestral con lo moderno, lo propio y lo universal se vislumbraba otro lenguaje estético.

En este nacionalismo moderno y creativo, en este rescate de lo propio se deja sentir el poderoso imán cultural que fue México en aquel tiempo. De todos rincones llegaban pintores, escritores, diseñadores para ser testigos y quizá partícipes de lo que Anita Brenner llamó el “Renacimiento mexicano.” Los muralistas seguían a la mitad del siglo con enorme presencia pública, Barragán estaba en la plenitud de su creatividad, la arqueología mexicana hacía descubrimientos extraordinarios, se trazaban grandes proyectos urbanísticos y arquitectónicos.  México, un territorio de creatividad efervescente seducía a los grandes artistas. En esta muestra puede verse su impacto en la obra de las seis creadoras. Collages, vasijas de hilo, esculturas de alambre, modernísimas sillas prehispánicas, arte textil. La fotógrafa, las diseñadoras de muebles, de telas, de alambres descubren en las grecas y en las plantas mexicanas, en la cerámica y en los telares de estas tierras los mejores estímulos para el hacer flotar nubes, para colorear los muros, para reinventar las sillas.

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12, Nov 2019

El horror

El siglo XXI ha sido para México una transición a la barbarie. El estrangulamiento de los espacios de convivencia, una renuncia a la comprensión del otro. Y la violencia en el centro. No cualquier violencia. Una violencia horrenda, brutal, casi inconcebible. La crueldad se ha convertido en un espectáculo, en un rito, en un mensaje. Aquí se escribe con cadáveres. Esa es la siniestra caligrafía de nuestro tiempo. Los avisos aparecen en huesos dispersos y en cenizas; en cuerpos colgados, en muertos sin cabeza, en las sombras de los desaparecidos, en las fosas escondidas. La violencia es más que un instrumento. No se trata simplemente de eliminar al otro, se trata de convertir un cuerpo triturado en símbolo de un reino. Más que un rudo medio para lograr un fin, la violencia mexicana de este tiempo impone su locura como lógica. Lo atroz no se subordina a lo rentabilidad. Por eso no se avanza mucho si se piensa en la mecánica empresarial de los violentos que utilizan las armas para desarrollar un negocio. La violencia ha dejado de ser un medio para convertirse en la afirmación misma.

Vivimos en el país de la atrocidad cotidiana. Presente todo el tiempo, somos capaces de cerrar los ojos a ella y convertirla en ruido de fondo. Aquel tiroteo, ese hallazgo macabro, la “ejecución” de tal o cual personaje, pasa por nuestra cabeza y se aleja velozmente, como si creyéramos poder ahuyentar la presencia de la barbarie con alguna distracción. Pero, de repente, la atrocidad se hace más visible, más intimidante, más cercana o más escalofriante y no tenemos más remedio que mirarla de frente. En uno de esos asaltos de la barbarie, el poeta David Huerta describió a México como el país de los niños en llamas, el país de las mujeres martirizadas. El país de las fosas:

Mordemos la sombra
Y en la sombra
Aparecen los muertos
Como luces y frutos
Como vasos de sangre
Como piedras de abismo
Como ramas y frondas
De dulces vísceras

Los muertos tienen manos

Empapadas de angustia
Y gestos inclinados
En el sudario del viento
Los muertos llevan consigo
Un dolor insaciable

Esto es el país de las fosas
Señoras y señores
Este es el país de los aullidos
Este es el país de los niños en llamas
Este es el país de las mujeres martirizadas
Este es el país que ayer apenas existía
Y ahora no se sabe dónde quedó

El lamento se duele por la extinción de un país. La nación, si es el lugar de convivencia, ha de registrarse como una más de las víctimas de desaparición.

Imposible nombrar lo inconcebible. ¿Hay palabras para describir a quien acribilla niños? ¿Cómo nombrar el fuego sobre los más indefensos? En Dolerse. Textos desde un país herido (Sur + ediciones, 2011), un ensayo crucial de nuestro tiempo, Cristina Rivera Garza recupera la noción del “horrorismo” que emplea la feminista italiana Adriana Cavarero para describir los extremos de la violencia contemporánea. El horror va más allá del miedo. No es advertencia que alerta sino estupor que engarrota. “Más que vulnerables—una condición que compartimos todos como parte de la condición humana—desarmados. Más que frágiles, inermes.” Eso es lo que los mexicanos de este siglo hemos sido obligados a ver. Uno de los “espectáculos más escalofriantes del horrorismo contemporáneo.” Un horror, advierte Rivera Garza, que nos recuerda las atrocidades de Armenia, Auschwitz o Kosovo. Tiene razón y no podemos dejar de preguntarnos si en este horror no se asoma nuestro holocausto.

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04, Nov 2019

La ceguera del conspiratista

En el reflejo ante la crisis se juega el destino de los gobiernos. Más que la coherencia del plan o la disciplina para ejecutar lo programado, importa el modo en que se encara lo imprevisto. Importa, sobre todo, la reacción ante lo indeseado. ¿De qué modo responde el gobernante al contratiempo? ¿Qué oídos presta a la información desfavorable? En ese reflejo se decide la posibilidad de enmienda o la obstinación en el error. Ahí se define, a fin de cuentas, el trato del político con la realidad.

No son alentadoras las señales. El presidente está curtido para la tenacidad, para la perseverancia, pero no tiene la ligereza para soltar sus preconcepciones, no tiene la agilidad para adaptarse a lo inesperado. Es entendible: así ha hecho política toda su vida. Pero las herramientas de ayer no sirven para la tarea de hoy. Solo puede terminar mal el gobierno que se niega reconocer existencia de lo que le disgusta. No pido autocrítica al gobierno. No es tarea de un gobierno el realizar la denuncia pública de sí mismo. De lo que hablo es de otra cosa, necesariamente discreta y políticamente crucial. Valentía para someter cotidianamente su prejuicio a prueba. Honestidad para recoger los fragmentos de realidad en donde quiera que se encuentren. Si de un enemigo viene ese aviso de verdad, habrá que aceptarlo con tanta o mayor disposición que si viene de un adepto. Pero lo que se aprecia en estos meses de gobierno es un hermetismo que pone en riesgo la comunicación con la realidad. No parece buena idea el responder cada crítica con la misma respuesta: vamos bien, tengo otros datos y estoy de buenas. Al descartar cualquier amonestación, el gobierno se fuga al confortable territorio de sus fantasías para escuchar la melodía de sus aduladores. De ellos, no de sus críticos, debería cuidarse el presidente.

El reflejo que se activa con toda naturalidad en el presidente es el de la conspiración. Lo vemos cotidianamente en sus intercambios con la prensa. Ante el más discreto asomo de cuestionamiento, la reacción es cuestionar la afiliación de quien pregunta y el impacto de la sospecha. Quiéranlo o no, quienes ofrecen una versión distinta de la presidencial, sirven a las peores causas. Son títeres de esas fuerzas del mal que han estado presentes a lo largo de la historia de México. Bajo esta lógica, hacer una pregunta es preparar el terreno para un golpe de estado. Como lo vio con admirable perspicacia Elias Canetti, la paranoia es la enfermedad del poder. Imaginar que el mundo entero conspira contra el redentor, estar convencido de que todos aquellos que no se unen con entusiasmo a la causa, son conjurados que pretenden destruirlo. Así actúa el presidente López Obrador. Así ha sido durante toda su vida pública. y no ha cambiado ni un milímetro durante su presidencia. Cuando alguien le formula una pregunta auténtica, escucha una amenaza; donde aparece un dato desfavorable, advierte intriga; cuando enfrenta una postura independiente, percibe deslealtad.

No hay porcentaje inocente. Ese dato sirve al viejo régimen y por lo tanto carece de realidad. La paranoia termina dándole chanclazos a la estadística, como si fuera un bicho molesto al que se puede aplastar. Ese es el efecto intelectual del maniqueísmo épico. Funda en una pretendida superioridad moral, su ceguera. Descarta, de ese modo, cualquier responsabilidad. En la piedra monolítica de las convicciones no puede haber grieta. El problema no puede estar en su gobierno. Esa posibilidad está definitivamente descartada. El problema está donde ha estado siempre: en los enemigos de la patria que conspiran contra la justicia. Es por eso que llega al extremo de insinuar golpismo. Por eso dice, sin mucha sutileza, una barbaridad: la prensa que hoy nos critica es la misma que mató a Madero. Debían darme las gracias por haberlos liberado y se atreven, ingratos, a cuestionarme.

El conspiratismo presidencial es la razón petrificada. Es la historia convertida, no en enseñanza de prudencia, sino en embrujo. La historia de México entendida como la puesta en escena de un solo y grande conflicto entre los buenos y los malvados: los patriotas liberales y los traidores. En ese teatro que le da la espalda a la realidad ha decidido residir el presidente de México.

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