Feb, 2020

24, Feb 2020

Narciso en el velorio

Llega de mala gana. Está convencido de que el velorio es, en realidad, una distracción de lo que importa. Desviarse de sus temas es una pérdida tiempo. Eso es, además, lo que quieren los malos: que hablemos de sus temas y no del mío. ¿Qué sentido tiene hablar del dolor de los otros, qué valor tendría hablar de las vidas segadas si podemos seguir trasmitiendo la buena nueva? Lo que de veras importa es su ocurrencia más reciente, su último sermón, la edificante lección de esta mañana. Lo que importa es el recordatorio de las desgracias que padecíamos antes de su llegada. Si acude al velatorio es para pedirnos que no nos fijemos en la mujer o en la niña de la caja. ¿Por qué hablar de ellas si podemos seguir hablando de mí?

A los dolientes pide que dejen de hablar del árbol y vean el bosque. No hablemos de la mujer golpeada, no nos desviemos con las historias de la agonía, no divaguemos con los relatos del crimen. Hablemos de cosas trascendentes, como mi sitio en el altar de la historia. Está convencido de que los asistentes a la funeraria carecen de perspectiva y quiere ofrecerles, no consuelo, sino razón histórica y lecciones de moral. En el gran lienzo de nuestra historia esa niña que ustedes lloran no es nada. Ustedes lloran a una niña torturada, se lamentan de la impunidad, exponen el miedo que las asfixia, denuncian la ausencia y la complicidad de los poderes, pero no se percatan de lo felices que somos porque existo. Sí, es triste lo que ha pasado, concede brevemente. Pero estén tranquilos: ya no sucederán estas tragedias porque yo soy bondadoso. Soy único. No me parezco a nadie. No se repetirán estos horrores porque yo deseo el amor para todos.

No son tiempos para estar tristes. No son tiempos para permitir el miedo, nos dice en la casa funeraria. Debemos darnos cuenta de lo dichosos que somos, a pesar de que se acumulen los ataúdes. Dejemos las anécdotas luctuosas a un lado. Aquí estoy y ustedes pueden verme. Son tiempos para la alegría. ¿No se percatan del privilegio que significa compartir el siglo conmigo? Ustedes pueden darse el lujo de despertar en la misma mañana que yo amanezco. No lo olviden: son mis contemporáneos. ¡Disfrútenlo! Son escasos los momentos en que la humanidad encuentra a alguien como yo que no soy siquiera propietario de mi mismo, sino simplemente el humilde vehículo que ustedes han encontrado para ser felices.

Se irrita el visitante cuando los afligidos regresan a su dolor y lo buscan con la esperanza de encontrar alivio o guía. Se siente ofendido cuando alguien se atreve a pedirle algo más que la enésima repetición de su empalagosa homilía. Yo no voy a cambiar mis convicciones por unas cuantas muertas, dice de pronto. No he caminado hasta este lugar para dejarme llevar por una queja de mis enemigos. No sería el héroe que soy y que ustedes tanto admiran si escuchara las voces de los perversos o si me dejara influenciar por el grito de quienes son manipulados. ¡Cuánto egoísmo, cuánta miopía en los dolientes! No son capaces de reconocer que el país está ya en camino de la gloria y que estos inconvenientes funerarios son vestigios de la era podrida. Son muy pocos y no son buenos quienes quieren empañar nuestra fiesta con lamentos. Y así repite su convicción esencial: porque existo, porque soy bueno, porque quiero el bien el mal desaparecerá. ¿Contentos?

Llama la atención de los deudos el que el visitante no pronuncie una sola vez el nombre de la persona que ha muerto. Quizá se deba a que no debemos hablar del árbol sino del bosque. Por eso no hay que hablar de la vida concreta que ha sido liquidada por el crimen, sino de la lucha del bien contra el mal, de los horrores del pasado reciente y del esplendor actual. Si todos en ese espacio de llanto repiten el nombre de la víctima, si tratan de rendir homenaje a la vida irrepetible terminada por la violencia atroz, resulta revelador que él no pronuncie las sílabas de sus nombres. Nada dice de sus vidas. Son “esa mujer;” es “la niña.” Fórmulas genéricas que le sirven para tomar distancia y repetir las cantaletas de su monomanía. Es que no acude al velorio para expresar su pena o para anticipar respuesta, sino para aprovechar la oportunidad de encontrarse de nuevo con el espejo y bordar sobre un tema importante: él mismo y su grandiosa epopeya.

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19, Feb 2020

El lente de las nubes

El poeta se asoma por la ventana del avión y encuentra un país de ceniza.

Desde el avión

¿qué observas?

Sólo costras

Pesadas cicatrices

de un desastre

Sólo montañas de aridez

arrugas

de una tierra antiquísima

En aquel poema, José Emilio Pacheco veía México como una isla de aridez, el reino del polvo. Desde lo alto veía una hoguera muerta, sepulcros naturales, cordilleras que nos rompen. Registraba también ese pero tan presente en su agudeza. Cenizas, cicatrices, sepulcros y, sin embargo, “la tierra permanece.” Como si emprendiera la tarea de documentar el paisaje de esa mirilla, Santiago Arau ha recorrido México para verlo como lo contemplan las nubes. El año pasado publicó en una coedición de Sexto Piso y la Fundación Bancomer uno de los libros mexicanos de fotografía más notables de los últimos años.

Acompañado con estupendos ensayos de Diego Rabasa, Luigi Amara, Pablo Soler Frost, Juan José Kochen, Sergio Rodríguez Blanco, Julia Carabias y Vivian Abenshushan, Territorios recoge la bitácora de la extensa travesía de Arau por los aires del país. 32,306 km por las cuatro puntas de México. Cuatro años desde el primer viaje hasta el último. 452 días fuera de casa. Durante años los mirones de tuiter y de instagram hemos podido asomarnos por a las postales de sus viajes. En el libro se recogen todas ellas. Estampas de la prodigalidad mexicana: cerros, desiertos, mercados, volcanes, costas, calles, islas, plazas, ríos, pirámides, bahías vistas casi siempre por encima de las nubes.

La fotografía de Arau, dice Pablo Soler Frost, nos permite ver lo que no vemos: lo extraordinario. Al elevarse del suelo, Arau rompe el cerco de lo inmediato. Nos ofrece así, otra retina para vislumbrar la anchura del mundo y sus dos inmensidades. Ciudades monstruosas y selvas infinitas. Laberintos los ríos y las calles. El ojo del dron captura geometrías y caprichos, reporta exclusiones e hibridaciones, bellezas y horrores. Encuentro en estas fotografías de Arau curiosas correspondencias artísticas: se asoman de pronto los microscopios de Felguérez o el horizonte turquesa de Joy Laville; la transparencia de José María Velasco y aquella vendedora de frutas que retrató Olga Costa.

Lo más sorprendente del trabajo de Arau es que la elevación de su lente no enfría la mirada. Se observa en él la secreta geometría de ciudades y bosques, la exactitud de lo inerte, el capricho de lo vivo. Este no es el reporte de un orógrafo. Los drones de Arau van más allá de la cartografía y escapan ese lugar común en que se ha convertido la fotografía desde los cielos en documentales y en libros de decoración. El clic del pájaro es registro artístico: en simultáneo, creación y crítica. Ejercicios de admiración y de denuncia que hacen íntimo lo inmenso.

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17, Feb 2020

El clima cortesano

La reinvención de México nos ofrece lecciones diariamente. Hay oligarcas buenos. Los empresarios que hace unos días eran el emblema de la podrida relación entre poder y negocios son ahora amigos del pueblo. El presidente los llama “empresarios con vocación social” porque se han puesto a su servicio. Hacen lo mismo que antes, se conducen como siempre, pero ahora, dice él, sirven a las buenas causas. Digo que se conducen como siempre porque aprecian, antes que cualquier otra cosa, la relación con el poder político. No hay mejor inversión en México que la amistad con el poder. Al Señorpresidente hay que acompañarlo sonrientemente aunque nos invite al precipicio. El Consejo Coordinador Empresarial se ha prestado para constituir la rama empresarial de la nueva hegemonía. Carlos Salazar, su dirigente, es el representante de un nuevo actor social y político. Pejeburguesía, la podríamos llamar. Empresarios entregados al nuevo poder, dispuestos a cualquier indignidad con tal de no arriesgar una fricción con el caprichoso que nos gobierna. Bailar al son que toquen en Palacio. Inversionistas prestos a convertirse en favoritos del nuevo régimen. Empresariado servil y acomodaticio, incapaz incluso de emplear las fuentes de su independencia para cuidar su propio decoro. No sé si en los asistentes a la cena infame haya alguna reserva cívica. Lo que llama la atención es su incapacidad para registrar y emplear su poder frente al poder. Su temor de marcar una distancia frente al absurdo al que se les convoca. Su disposición a montar espectáculo de su sumisión voluntaria, de su calculada servidumbre.

Aparecerán en las listas de los más acaudalados del mundo, pero en su encogimiento se muestran como empresarios bananeros. ¿Qué son unos milloncitos que nos pide el presidente para salir de un enredo en el que se metió, si no nos van a subir los impuestos? Mejor mostrarle lealtad y acompañarlo en sus estrafalarias ocurrencias. Se engaña quien sugiere que el bochornoso evento haya sido una expresión de libre voluntad. Al invitarlos, el presidente advirtió públicamente que en la asistencia, se vería quién era quién. Ya veremos qué empresarios están con nosotros y quiénes deciden apartarse. Tomaremos nota. Son libres de venir, pero, por supuesto, quedará registro de asistencia.

La charola pone de relieve una marca del régimen: la ausencia de quien plante cara al presidente. En el entorno presidencial hay un serio vacío de verdad. Es la victoria de los cortesanos que celebran cualquier tontería presidencial como si fuera una descarga de sabiduría infinita. El presidente puede decir, como dijo la semana pasada, una gran estupidez y su gobierno la enmarca para la historia. El decálogo que el presidente improvisó en su letanía reciente es casi una provocación de tan absurdo y de tan bobo. Inanidad propia de un concurso de belleza: estoy en contra de la violencia, se tiene que respetar a las mujeres, no a las agresiones a las mujeres, no a los crímenes contra las mujeres. El presidente hilaba sus sentencias como si estuviera taladrado el mármol de la conciencia humana y de su boca aparecieran súbitamente las tablas de la convivencia. Uno, dos tres… Al llegar a la frasecita número diez, preguntó fastidiado: ¿ya?

Mal momento, podríamos decir. Todos podemos reaccionar con torpeza ante un tema difícil y trataremos de cambiar pronto la página. Pero no… el gobierno actúa como si, desde el Palacio, se hubiera hecho la luz. Abraza de inmediato la lista y la define, sin ironía, como “decálogo.” En carteles que difunde en los espacios oficiales, se publicita la honda sabiduría moral del presidente. Supongo que habrá que aprenderse que el Quinto Mandamiento ordena: “Se tiene que respetar a las mujeres”. Y nunca confundir el Tercer Mandamiento, que ya todos sabemos a estas alturas que indica que es una cobardía agredir a la mujer, con el Cuarto que nos recuerda que el machismo estaba bien antes, pero ahora ya no tanto: “El machismo es un anacronismo.”

No parece haber nadie a su alrededor, nadie en su círculo inmediato, nadie a quien consulte que se atreva a advertir al presidente la magnitud de sus despropósitos. Se pasea encuerado y recibe de su entorno aplausos por la belleza de su ropa. Ese es el clima cortesano: indignidad y mentira.

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11, Feb 2020

El imperativo del placer

Al cumplir veintiún años, Virginia Woolf recibió un regalo de su hermano Thoby: una traducción de los ensayos de Montaigne. Llevaba años buscando esa versión. Le confiesa que ya estaba desesperada por llevársela a la cama. La admiración de Woolf por Montaigne no pudo haber sido mayor. Con su marido hizo tres veces la peregrinación a la torre. A su amiga, la poeta Vita Sackville-West, le escribía extasiada: “Te lo juro: es la misma puerta que él abría. Subí por los escalones gastados en ondas profundas que él pisó. Me asomé por las tres ventanas por las que contemplaba su viñedo. Ahí está su escritorio, las vigas, la silla, los perros. Todo exactamente como era en vida de Montaigne. Bueno, tal vez los perros no”.

La novelista llegó a sugerir que el género al que Montaigne había dado nombre podría ser considerado como el máximo invento literario. El artefacto, más que un vehículo, era una sustancia: una forma que expresa lo que no puede ser dicho de otra manera. La fundición del ojo y lo mirado. La autora de Las olas lo entendía como un arte de riesgos: “Un baile sobre la cuerda floja”. Es que en el ensayo aparece irremediablemente la palabra yo, que en inglés es una línea solitaria y vertical. La valentía del ensayista radica en la confrontación con sí mismo. Ahí se basa también el peligro del género. Virginia Woolf era muy consciente de ello. El ensayo podía volverse una plaga. La literatura de la inteligencia distraída puede encallar en la exhibición narcisista o en ornamento banal. Si el ensayo se nutre de perspectiva y de forma, ante ese doble embrujo (el espejo y la elegancia) puede sucumbir.

El artículo completo puede leerse aquí.

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10, Feb 2020

Cuidar al árbitro

Tenemos todavía la elección del 2006 atorada en la garganta. Si no fuera una imagen tan gastada, habría que decir que es una herida que no ha cerrado. Han pasado casi quince años y aquellos recuerdos siguen dividiéndonos intensamente. La del 2006 es una elección que, de alguna manera, sigue sin resolverse. Parece imposible encontrar una memoria común, una evaluación compartida. En el caldo se mezclan los hechos que bombardearon el consenso de la transición. Lo recuerdo como una conspiración de deslealtades. Un embate a dos frentes contra las reglas básicas de la democracia. En la historia de esa conjura habría que registrar, entre otros hechos, el abusivo desafuero del alcalde del Distrito Federal; la ventaja que el candidato puntero se empeñó en dilapidar durante su campaña; la intervención ilegal del presidente y de las organizaciones empresariales más importantes del país; el larguísimo silencio de la autoridad en la noche del voto; la confusión y la competencia de las mentiras; la sentencia del tribunal electoral que identificaba la ilegalidad de la intervención del Consejo Coordinador Empresarial y los atentados del presidente Fox que, a juicio de los magistrados, puso en riesgo la validez misma de la elección; la protesta, la ocupación de la calle, la pedestre argumentación de los perdedores que nunca aportaron pruebas para fundar la pretensión de su victoria; aquel grito que mandaba al diablo a “sus” instituciones y el teatro de la autoproclamación.

La traumática elección del 2006 es el origen de una condena injusta del órgano electoral y de una persuasión torcida: las instituciones tienen dueño. Les sirven a ellos, los protegen a ellos, los benefician a ellos. De ahí que el programa alternativo implique explícitamente una ocupación institucional. No la búsqueda de nuevos equilibrios sino una conquista territorial. Si las instituciones fueron de nuestros enemigos, ahora serán nuestras. Los defensores del abordaje nos dicen que el voto que recibieron en el 18 no solamente lo justifica sino lo ordena: la nueva mayoría ha de imponerse en todos los ámbitos del Estado. El árbitro electoral habría de convertirse entonces en representante de la nueva mayoría. Así lo dice abiertamente una secretaria de estado: ninguno de los consejeros del instituto electoral nos representa. Solamente uno es nuestro y como es nuestro proyecta la voz de todos los mexicanos. No hay intento por disimular la intención: vamos por un instituto electoral que esté integrado por delegados gubernamentales. Eso es, a su juicio, un órgano democrático. En otras palabras: buscamos restaurar una comisión electoral que haga la voluntad del presidente.

La claridad con la que se expresa la secretaria de la función pública es una prueba más del peligro que corre la vida democrática cuando una fuerza política pretende someter al árbitro electoral. Ahí están, desde luego, las iniciativas presentadas formalmente que pretenden supeditar la actividad del árbitro al ritmo y la voluntad de la legislatura. Como toda institución, el órgano electoral está lejos de ser inmaculado. Pero es un patrimonio común. Una institución profesional y confiable que se convirtió, adentro y afuera, en modelo. Mucho perderíamos si fuera convertido, como algunos quieren, en palanca del presidente y su partido. Las amenazas son claras y la responsabilidad de la nueva mayoría es inmensa. En asuntos como éste advertimos la gravedad de mantener inactiva la Secretaría de Gobernación, esa dependencia que habría de contribuir al fortalecimiento de las instituciones democráticas.

Cuando se dice que la captura del árbitro es una amenaza al juego democrático no se advierte que el peligro lo corran solamente las oposiciones. Un árbitro sin vocación de neutralidad, un árbitro que se asume delegado del poder (por legítimo o popular que sea) es un árbitro para todos temible. Los integrantes de la mayoría deberían sentirse tan amenazados como los miembros de la oposición. Un árbitro respetable y distante de las fuerzas en pugna; un árbitro dotado de sólidos contrapesos interiores, un árbitro capaz de argumentar con solidez sus resoluciones es la única garantía para que la competencia entre y dentro de los partidos se ajuste a reglas. Las facciones que hoy se disputan el gobierno de MORENA, deberían saberlo bien: solamente una autoridad independiente podría poner fin a las controversias. Si el árbitro es órgano de facción, el pluralismo habrá sido secuestrado.

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05, Feb 2020

Steiner y las manos de Moore

Fallece el crítico literario judío George Steiner

Recordaba George Steiner que, en la universidad en la que trabajaba se aparecía a veces el gran escultor Henry Moore. La plática, tarde o temprano, encallaba en la política y los comensales escuchaban al artista revelar su simpleza. ¡Cuánta inocencia, cuánta ingenuidad en ese desfile de lugares comunes! De que el escultor era un idiota en política, no lo quedaba la menor duda. Pero de repente Steiner se fijaba en sus manos y se daba cuenta de lo que podía hacer con ellas. Detenerse en sus ideas se volvía absurdo. Su genio estaba ahí, en sus manos. Viendo el contraste entre el discurso de Moore y el movimiento de sus manos advertía la inocencia que hay en los grandes creadores.

Creyó que esa inocencia le había sido negada. Que no tenía esa mano del artista y que tenía que conformarse con la celebración del arte de los otros. No soy un creador, confesaba Steiner, el crítico que acaba de morir, poco antes de cumplir los 90. Estaba convencido de que, a pesar de haber escrito poesía, de haber incursionado en la ficción, no era un creador. Era un crítico. Solamente un profesor. Y por ello se sentía a años luz del artista.  “Si soy lo que soy, se debe a que no he sido un creador.” Ahí se escondía su tristeza, su profunda y sabia tristeza.

Por eso se describió como un cartero, alguien que trasmite los avisos de la inteligencia y la imaginación. Un hombre que no se deja intimidar por las inclemencias del tiempo y coloca todos los días las postales de Shakespeare, de Stravinsky, de Borges en el buzón correcto. Por supuesto, la correa de esos mensajes no es ciega. Para merecer trasmisión deben pasar por la severa aduana del crítico. Es ahí donde puede verse a Steiner como un subversivo. Un rebelde que se enfundó en la tradición para increpar al presente. Sí: ese hombre tachado por muchos como un elitista por la intransigencia de sus pasiones, ese profesor que insistía en el mérito de los grandes libros eternos, ubicaba en el recuerdo y la reelaboración de nuestros clásicos la mejor resistencia frente al “fascismo de la vulgaridad.”

Pero, ¿es cierto que no tenía las manos de Moore? ¿Aceptamos su juicio de que era solamente un profesor, un crítico, un comentarista desprovisto de genio creativo? No lo creo. Si alguien ha demostrado que la crítica es un arte es precisamente Steiner. Me refiero, sobre todo, al Steiner viejo, al hombre que en las últimas horas de su “largo sábado” pudo despojarse de la jerga académica que enturbió sus primeros libros para dedicarse a escribir su bellísimo testamento. Me refiero al escritor que se revela desde Errata, su luminoso ensayo de memorias. A partir de entonces los libros empezaron a volverse más breves, más airosos. No desaparece en ellos la erudición, pero se envuelve en vida. Se leen como una celebración, una despedida. Las ideas en sus últimos libros adquieren cuerpo de experiencia, las lecturas alientan los juegos más íntimos, la imaginación seduce a la filosofía. Su bellísimo libro sobre los libros que no se atrevió a escribir, por ejemplo, es un ensayo sobre el camino no recorrido, una pintura de la vida que se asomó y que el temor ahogó.

A pesar de todas las advertencias que dejó en su obra para señalar la distancia entre el creador y el intérprete, sabía también que hay críticos que rozan la creación: Proust en el Contra Sainte-Beuve, los ensayos de Eliot, la lectura que Mandelstam hace de Dante. En esa compañía, la del crítico que acaricia la creación habremos de ubicar a George Steiner.

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03, Feb 2020

Cometer verdad

El acoso judicial que ha padecido Sergio Aguayo amenaza a todos. A todos, y no solamente a quien escribe porque callar a uno implica tapar los oídos de todos. La víctima de la persecución no es solamente quien pudiera ser silenciado por el poder, sino todo aquel que deja de recibir la información, la denuncia, la reflexión independiente. El tapabocas a un crítico es un tapaojos a México.

Un artículo de opinión que no cae en ninguna falsedad es considerado por un juez como un transgresión que merece castigo. En efecto: una opinión ilegal. Quien lea el artículo que Reforma publicó el 20 de enero de 2016 encontrará un texto severo, pero ninguna calumnia. Las líneas que un juez ha decretado contrarias a la ley constituyen la materia misma del debate en una sociedad democrática. Un crítico no debe callar para cuidar la imagen personal de los poderosos, como quisiera el juez de la censura. La severidad con la que Aguayo denuncia al político coahuilense y a su red de protección corresponde a la abominable actuación pública del priista y al régimen que lo prohijó.  Un régimen democrático no solamente debe tolerar estas “ofensas” a la actuación de sus políticos. Debe celebrarlas. Si la prensa no tiene el permiso de ofender, no tiene derecho a existir. El debate público es irremediablemente rasposo. Un estado democrático debe proteger al máximo la libertad crítica. Si debe honrar la verdad y respetar los refugios de la intimidad, necesita liberar a la crítica política del chantaje de los sensibles.

Después de haber padecido durante años el suplicio de los tribunales, después de haber sido condenado por el delito de opinar, parece que, en este caso tan sonoro, el fin de la persecución se acerca. La Suprema Corte de Justicia intervendrá en el asunto y puede confiarse que pondrá las cosas en su sitio para defender la libertad de expresión. Pero ese uso de la ley para limitar la expresión, esa manipulación de los tribunales para proteger a los poderosos e intimidar a los críticos, sigue firme. La ley misma abre la puerta de la intimidación: causar deshonra a quien la merece puede configurar una conducta ilegal. La verdad importa poco, la libertad menos.

No soy de quienes creen que en la persecución de Aguayo está el aviso del despotismo presidencial. No veo la mano del Ejecutivo en la aberrante protección judicial al exgobernador priista. Encuentro en este caso una nueva evidencia de la podredumbre de nuestro sistema de justicia. Pero de que hay enemigos de la crítica en el gobierno de López Obrador, no cabe la menor duda. Y no me refiero al cotidiano hostigamiento presidencial al golpismo que, a su juicio, se esconde en toda crítica. Quisiera referirme a expresiones públicas de altos funcionarios que corresponden a un afán grotescamente inquisitorial.

Conserva su puesto un subsecretario de gobernación que sugiere afilar cuchillos ante la discrepancia. “A chillidos de marrano, oídos de chicharronero.” No hay que escuchar la crítica, ni responder a ella: hay que ir calentando el aceite para los lloricones. Son enseñanzas, dice él, de la sabiduría popular que deben guiar la actuación de un gobierno. Bonita imagen: freír en aceite a los “moralmente derrotados.” Podría decirse que la frase pudiera interpretarse de manera menos literal, pero de la convicción del funcionario de que la crítica al gobierno merece castigo hay pruebas igualmente ridículas, pero mucho más ominosas. En un artículo publicado el año pasado por Excélsior el alto funcionario pide considerar terroristas a quienes difundan notas hirientes que dividan equipos de trabajo. Sí: terroristas. Lo cito para que no se crea que interpreto injustamente al señor subsecretario: “Crear ambientes de duda entre colaboradores, difundir notas hirientes para dividir equipos de trabajo y hasta contar con toda una infraestructura mediática y de redes para genera noticias falsas se puede configurar como terrorismo.” Si alguien tuitea algo que genere distancia entre el subsecretario y la secretaria de gobernación, debe ir de inmediato a la cárcel por sospecha de terrorismo. El subsecretario querría imponernos a todos los mexicanos un alto deber patriótico: cuidar la armonía entre burócratas. Nada de crear ambientes de duda entre los servidores de la nación. Jamás escribir algo hiriente. Y sí: el subsecretario conserva su puesto. Qué alivio saber que ya no es como antes.

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