Abr, 2020

29, Abr 2020

La trastienda de Montaigne

La peste marcó la vida de Michel de Montaigne. Se llevó a su amigo Éttiene de la Boétie, asoló a su pueblo. Lo arrancó definitivamente de la política cuando, siendo alcalde la ciudad de Burdeos, mató casi a la mitad de la población. Estaba a punto de concluir su segundo periodo cuando la peste empezó a cobrarse las primeras víctimas. El regente que se había empeñado en dictar medidas preventivas de sanidad, no encaró la emergencia y adelantó la conclusión de su encargo por unas semanas. Entre la muerte y el pillaje, huyó de la ciudad que debía gobernar. No le perdonaron la cobardía. La peste terminó de vacunarlo contra la política.

En las epidemias, apunta en su ensayo sobre la fisonomía, puede distinguirse al principio entre el cuerpo de los sanos del de los enfermos. Pero, cuando se prolongan, la enfermedad se difunde por el aire y lo penetra todo. Entrenó su olfato para volverlo un detector de pestilencias. Reconocía en su nariz una inteligencia protectora que los médicos debían recuperar. Se sentía en eso, cerca de Sócrates quien sobrevivió las pestes atenienses gracias a su olfato. Porque sabemos oler, somos poco proclives a las epidemias que se contraen con el trato.

La ronda de la enfermedad y de la guerra, del fanatismo y el odio son el sustrato de la prudencia de Montaigne. Hay que emplear los tiempos tranquilos como preparación de la adversidad. Sobre todo, hay que abastecer el ánimo para los años oscuros, para los tiempos enfermos. Más que el acopio de alimentos para el encierro o la fortificación de un refugio a salvo del pillaje, Montaigne sugiere anticipar la inevitabilidad de las pérdidas. Hay que prepararnos para el quebranto. La clave de esta prevención se encuentra en su ensayo sobre la soledad.

A vivir sin ataduras nos invita: “Es preciso tener mujer, hijos, bienes, y sobre todo salud, si se puede, pero sin atarse hasta el extremo que nuestra felicidad dependa de todo ello. Debemos reservarnos una trastienda del todo nuestra, del todo libre, donde fijar nuestra verdadera libertad y nuestro principal retiro y soledad. En ella debemos mantener nuestra habitual conversación con nosotros mismos, y tan privada que no tenga cabida ninguna relación o comunicación con cosa ajena; discurrir y reír como si no tuviésemos mujer, hijos ni bienes, ni séquito ni criados, para que cuando llegue la hora de perderlos, no nos resulte nuevo arreglárnoslas sin ellos.”

Gozar de lo que amamos sin la ansiedad de perderlo. Cada quien puede ser fiesta para sí mismo. Para ponernos a salvo hay que aprender a ocultarnos, a replegarnos en nosotros mismos. Aprender a vivir sin necesidad de ser vistos y abrazar la compañía de la soledad. No aspiraba al ascetismo; necesitaba pausas de silencio, espacios para la reclusión. Le parecía indispensable tomar distancia Levantarle un muro a los ruidos y a las miradas; huir de toda tentación de hazaña. En esa trastienda íntima podemos sumergirnos en las dichas del ocio. La pereza es buena amiga de la libertad. Cuenta Montaigne, citando a Séneca, que hubo un viajero que regresó tan tonto de su viaje como había salido. Claro, le creo, “se había llevado consigo.”

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29, Abr 2020

Dos fracasos de la palabra

La pandemia ha convertido al mundo en un laboratorio. No uno, miles: por todos lados se ponen a prueba teorías y se disparan hipótesis sobre el significado de la emergencia. No solamente se trata de entender el comportamiento del bicho mortífero y producir cuanto antes la vacuna o el remedio, sino también de aventurar conjeturas sobre el futuro y someterlas a prueba. Intuimos que la normalidad no será lo que fue, que este paréntesis en la marcha del mundo dejará una marca profunda.

Lo inesperado confabula con lo precedente. Toda crisis es revelación: la excepción muestra de pronto y de manera brutal lo que habitualmente se esconde. Entre nosotros, la emergencia incuba en un caldo de desconfianza y polarización. Nos espera, seguramente, una política aún más renuente al entendimiento. Cada quien tiene su mundo, sus números y, de acuerdo al gobierno, cada quien su ciencia. Ustedes tendrán la suya, nosotros defendemos la nuestra. Lo que hemos escuchado en voz de la directora del consejo de ciencia del gobierno federal es una perorata fascistoide. No puede llamársele de otra manera. Hablar de una ciencia degenerada de los neoliberales y contrastarla con la promesa de una purificación científica evoca los tiempos más siniestros del siglo XX. Maldita ciencia de los judíos, maldita ciencia de los burgueses, maldita ciencia de los neoliberales. Arriba la ciencia aria, la ciencia proletaria, la ciencia nacional. Todos esos delirios ideológicos fueron anuncios de persecuciones e imposturas. Ya han comenzado en México. La batalla de la ciencia y de la cultura anuncia algo más: ante la ubicuidad de la guerra no hay armisticio intelectual posible.

Lo que me temo es que la epidemia, lejos de alentar coincidencias para encarar al enemigo, ahondará el abismo del entendimiento. Si el diálogo ha sido difícil, se volverá imposible. El discurso del régimen se radicaliza y se fomenta el reflejo de secta. Ya no se trata ya de convencer a nadie más, no se busca atraer nuevos conversos. Se trata de intensificar las convicciones de los adeptos. Por eso la crisis cae como anillo al dedo a los sectarios: la fe se pone a prueba. Aunque resulte indefendible, hay que defender lo propio hasta el absurdo. No se trata ya de convencer a nadie, se trata de amurallarse en defensa de lo propio. Ante el desafío, lo que cuenta es la demostración de lealtad. Para dejarlo en claro, el presidente entrega medallitas a sus fieles, mientras fustiga obsesivamente a sus críticos de la prensa, como si esa fuera la urgencia del momento. Los puentes que existían entre empresa y gobierno han ido cayendo uno tras otro y crece la impresión en cada bando de que hablar con el otro es una pérdida de tiempo. La brecha es aún más preocupante porque la oposición carece de voces institucionales. No hay partidos y el Congreso está prácticamente muerto.

Preocupa también el abandono de la ley. Se publicó esta semana un decreto que imprime sello oficial al capricho. La obcecación continúa. La única medicina que el presidente conoce es la austeridad. Ante cualquier enfermedad: la amputación. No hay que hacer muchas preguntas al paciente: hay que pasarlo por la navaja de inmediato. Con furor thatcheriano, López Obrador vuelve a lo mismo: cortar brazos y piernas de la administración, desprenderse de oficinas, bajar salarios. Lo hace ahora con un documento de antología. No es fácil encontrar una aberración parecida que haya llegado a las páginas del Diario oficial de la Federación. Soflama de vaguedades y consignas ideológicas, ilegalidades flagrantes, promesas ridículas convertidos en orden presidencial. Hágase mi voluntad, aunque la constitución me lo prohíba y la lógica suelte la carcajada. Suprimo derechos laborales mediante este decreto. Ordeno que por obra de mi deseo sean creados dos millones de empleos. Elimino diez oficinas, pero no sé cuáles. El dictado presidencial no encuentra filtro a su capricho. Nueva muestra de que la Secretaría de Gobernación permanece vacante.

Algunos han recordado en estos días a Tucídides, el historiador ateniense que describió los horrores de la peste. La epidemia, dijo en su crónica, no solamente carcomía los cuerpos, también degradaba las palabras. El contagio arruina el lenguaje. Tal vez el coronavirus ha dado en México el último golpe a la palabra. No es puente ni es orden. No permite el entendimiento ni ofrece claridad de mando.

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20, Abr 2020

Polémicas por venir

Es tiempo de pensar lo impensable, decía Emmanuel Macron en una entrevista reciente con el Financial Times. Más aún: “todos estamos embarcados en lo impensable.” Las tradicionales coordenadas ideológicas ya bastante borrosas a estas alturas, terminarán siendo irrelevantes.

Las categorías políticas del populismo que definieron el debate público en el mundo tras la crisis financiera del 2008 enfrentan una nueva realidad. De muchas maneras simplificaron la disyuntiva como la alternativa entre nosotros, el pueblo, y ellos, la élite de los expertos. El país profundo y verdadero contra la globalización que lo ensucia y desnaturaliza todo. La voluntad auténtica de la gente contra el distante juego de las instituciones. Planteado en esos términos, el populismo llevó la voz cantante. Ese relato captó el descontento y la imaginación. Fue extraordinariamente eficaz, pero, tras la pandemia, ¿lo seguirá siendo? ¿De qué manera el miedo planetario reelaborará el debate público? Su feroz antipatía por los expertos choca con la urgencia de contar con técnicos confiables. Su frontera de buenos y malos, de Pueblo y Antipueblo, difícilmente puede ordenar la polémica por venir. La ola de vulnerabilidad cambiará las coordenadas del debate público. Ojalá asiente la responsabilidad por lo complejo.

El desenlace, por supuesto, no está cantado. Las preguntas de hoy se irán respondiendo en las décadas por venir. La naturaleza de la globalización es, quizá la más evidente. Un ciclo concluye y está por abrirse uno nuevo. ¿Qué carácter tendrá?

Chocan desde ya los reflejos nacionalistas con los llamados de una cooperación más efectiva. ¿Es esta crisis resultado del demasiado mundo? ¿La ferocidad y la rapidez del contagio son producto de un “exceso” de globalización? Así lo creen quienes llaman a reforzar nuestras fortificaciones y evitar así los contagios que vienen de fuera. Pero el discurso localista encuentra nuevos asideros. No es solamente el temor por lo extraño, sino también en una sensata valoración de las cercanías. El llamado de la desglobalización encontrará, seguramente, nuevos argumentos y no serán necesariamente xenófobos. La salud y el medio ambiente nos invitan a repensar la teología globalizadora. Al mismo tiempo, nunca como ahora se ha percibido la mutua dependencia y, por lo tanto, la necesidad de cooperar. La globalización–recurro nuevamente al sociólogo Ulrich Beck–debe ser entendida como una “sociedad mundial del riesgo.” Lo es porque vivimos en un tiempo que ha disuelto los refugios. No hay rincón que esté a salvo. Para el virus no hay lugar remoto. Las fallas del sistema de salud en un país son, por lo tanto, amenazas a todos. Los secretos en un rincón del planeta nos tapan los ojos a todos. Al tiempo que se piden murallas y el regreso a lo local, urgen instituciones globales eficaces.

En el combate al contagio se pone a prueba también el modelo político interno. No me refiero al golpe que seguramente recibirán muchos gobiernos y partidos por su gestión de la crisis. Me refiero al desafío de las democracias frente a la seducción autocrática. El discurso antiliberal ha querido presentar la respuesta autocrática como ejemplar. A diferencia de los regímenes vacilantes de Occidente, la determinación política china supo poner orden en casa y ahora envía ayudas a todo el mundo como propaganda de su éxito. No me trago ese discurso, pero es innegable que, bajo un clima de incertidumbre extrema y miedo intenso, la autocracia resulta atractiva. Las democracias más sólidas han activado resortes dictatoriales: poderes de excepción y restricción de derechos. ¿Qué rastros dejará en las democracias este súbito régimen sanitario? ¿Cuántos sacrificios momentáneos se harán permanentes? ¿Cuántos derechos estaremos dispuestos a ceder? ¿Cómo se alterará el espacio de la privacía si se prolonga la vigilancia de los protectores?

El paternalismo sanitario es un desafío serio y complejo para las democracias liberales. No puede ignorarse la razón que la causa ni la amenaza que implica. En todo caso, debe entenderse que la emergencia no debe conducir a un extravío irreparable. La restricción a los derechos debe ser el último recurso, limitada a la atención de la emergencia, basada en criterios técnicos que hayan mostrado eficacia y abierta a la crítica pública y a la revisión cuando pase la emergencia. La eficacia democrática se pone a prueba en tiempos de crisis.

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15, Abr 2020

Auden y los virus

W. H. Auden | Poetry Foundation

En un ensayo de 1969, W. H. Auden describe el poema como una sociedad verbal. Aquello que tiene solo un vínculo aritmético se transforma en una sociedad o, más bien, en una comunidad. A la poesía animaría una noción agustiniana del mundo: lo que el poeta intenta es transformar el agregado de elementos que conforman la experiencia en un organismo vivo, en una ciudad que aspira a la trascendencia. Ahí mismo, en ese ensayo sobre la libertad y la necesidad en la poesía, apunta que el interés del poeta es la persona en lo que tiene de irrepetible. El registro de lo único. Ese único que se mira en el espejo es un ecosistema, un planeta que alberga millones de huéspedes invisibles. Anfitrión de incontables virus, bacterias, hongos y demás bichos.

El artista aprendía de su padre, un médico que sabía que lo importante no era la enfermedad sino el enfermo. Un doctor, como cualquier persona que ha de tratar con seres humanos no puede ser un científico. Será un artesano si usa el bisturí, será un artista si prescribe la justa receta. Y advertía: los médicos que más insisten en recordarnos que son “científicos” son los que menos dispuestos están para considerar los nuevos descubrimientos de la ciencia.

Auden, el neoyorquino que empezaba su lectura del New York Times en la página de los obituarios, estaba suscrito a dos revistas únicamente. Eran Nature y Scientific American. En alguna edición de esta última, se maravilló al descubrir en un artículo de Mary J. Marples la convivencia de especies dentro de nuestro propio cuerpo. Escribió entonces, como respuesta, un poema. La piel humana era un bosque de larvas, plantas, hongos, bacterias. Les concede a todos ellos libre tránsito: instálense ustedes donde mejor se acomoden. Pueden bañarse en las lagunas de mis poros, pueden encontrar refugio en la selva de mi entrepierna, o asolearse en los desiertos de mi antebrazo. Porque no les desea tristeza alguna, los invita a formar colonias y ciudades, pero implora comprensión: compórtense. No me provoquen acné ni piel de atleta.

Ese complejísimo ecosistema de microscópica fauna y flora es abrazado por Auden. Se trata de un entorno rico y a la vez frágil. El simple hábito de vestirse y desvestirse acarreaba la devastación de millones de bacterias. El jabón era una inclemente bomba química. Lo aprendía de aquel artículo del Scientific American. Rascarse provocaba una hecatombe. Por eso se lamentaba que no era el paraíso de esos Adanes y esas Evas. Sé que mis juegos son catástrofes para ustedes. Un regaderazo inunda sus ciudades y extingue seguramente a millones de inocentes. Y se pregunta el poeta: ¿qué mitos explicarán en su mundo mis huracanes? ¿qué parábolas usarán sus predicadores para darle sentido a estos diluvios? Mi muerte, les advierte, anunciará también su juicio. La sábana de mi piel se enfriará y se volverá demasiado rancia para su paladar. Me volveré apetecible para predadores menos generosos.

El poema de Auden fue publicado la edición de mayo de 1969 en el Scientific American y convertida en, diciembre de ese año, en su postal de año nuevo.

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13, Abr 2020

Fracaso de la imaginación

Algunos dirigentes en el mundo se han montado en la crisis sanitaria para impulsar la autocratización. Hacerse en esta emergencia de poderes extraordinarios para asumir un mando sin restricciones. La crisis es el parque de los autócratas. Cuando la normalidad se rompe, los poderosos asumen el permiso de hacer cualquier cosa con tal de salvarnos. Se imaginan capitanes de un barco a la deriva que deciden echar por la borda a quien estorba. Recibir trofeos por sacrificar a algunos. Las restricciones que serían inimaginables en tiempos normales son aceptadas y aún agradecidas en tiempos de temor. La amenaza, la incertidumbre, el miedo llaman a un poder decidido y enérgico que no pierda el tiempo en discusiones, que no se tiente el corazón con los pudores habituales y que intervenga con arrojo para derrotar al enemigo. Al crítico que es irrelevante tiempos ordinarios se le ve ahora con sospecha y al opositor se le cataloga abiertamente como un traidor. El primer ministro de Hungría es, quizá el más adelantado en este impulso autocratizador. Viktor Orbán ha conseguido el permiso de su parlamento para gobernar por decreto. Cualquier ley que le estorbe podrá ser anulada de inmediato. Él primer ministro podrá legislar sin intervención parlamentaria. Los procesos electorales quedan suspendidos y se podrá castigar con cárcel a los periodistas que se alejen de su versión de la verdad. Hay que agregar que la dictadura recién fundada en Hungría no tiene plazo límite. El proyecto del populista húngaro de abanderar una democracia iliberal ha recibido del virus el impulso definitivo.

No veo, ante la crisis de salud, ese impulso en México. El gobierno federal ha insistido en que la emergencia sanitaria no supone una suspensión de garantías. No ha asumido el Ejecutivo facultades extraordinarias, ni se percibe la crisis como una oportunidad para instalar una dictadura salvadora. La mayoría congresional que respalda al presidente no ha sido convocada para entregarle permisos adicionales. De hecho, lo que ha sorprendido a muchos es precisamente lo contrario: no un ansia de poder en la emergencia sino una renuencia a la decisión.

Si la crisis sanitaria ha tenido un efecto político en México, éste se ha dejado sentir en otra órbita. No en la autocratización, sino en la ideologización del gobierno. Más que liberarse de los límites, el gobierno se desentiende del diálogo con la realidad y se aferra a sus prejuicios. El virus ha precipitado al gobierno de López Obrador a una intensificación de su visión ideológica del mundo, a una radicalización de su hostilidad discursiva, a una endurecida clausura intelectual. Por eso ve el desafío de salud como una prueba de fe, como una ocasión para verificar lealtades y desechar la tentación de reconsiderar. Más que a un autócrata, tenemos en frente a un ideócrata, al esclavo de un manojo de frases.

Se trata de un fenómeno extraordinariamente preocupante: el fracaso de la imaginación. La falta de realismo político, eso que Isaiah Berlin llamaba “sentido de realidad” es, aunque parezca extraño, resultado de una imaginación seca. El ideócrata o, para ser más precisos en el caso del mexicano, el fraseócrata es incapaz de pensar algo que contradiga su preconcepción. Si durante años ha repetido el mismo cuento, no puede imaginar un relato que se separe del mural. Si ha pintado el mundo con los mismos colores elementales, es incapaz de aceptar que haya otros pigmentos, otros tonos, algún claroscuro. Si ha enviado al infierno a unos y si a otros los ha elevado al paraíso, no puede admitir en ningún momento que los condenados sorprendan con alguna virtud o que los santos tropiecen. El prejuicio sofoca la imaginación y por eso cancela el trato saludable con la realidad. Un permiso le está vedado al ideólogo: dudar del credo. La fidelidad ideológica, el hermetismo de las convicciones cancela como impensables todos los hechos, todos los datos, todos los argumentos y las voces que se han descartado previamente. No puede verse lo que se tiene delante de la nariz porque el cerebro ya ha condenado a una parte de la realidad a la categoría de lo impensable.

La imaginación es la perdición del ideólogo porque lo tienta a dudar.¨

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10, Abr 2020

La tortura del genio

Cuando Victoria Ocampo recibió en París un ejemplar de Una habitación propia, el gran ensayo de Virginia Woolf sobre la mujer y la escritura, quedó deslumbrada. Ahí estaba lo que ella quería decir sobre las dificultades de la expresión en un mundo masculino. Era 1929, muy poco tiempo después de haber sido publicadas las conferencias de las que proviene el libro. De inmediato, Ocampo busca a la novelista, le escribe cartas, le regala orquídeas, le envía cajas repletas de mariposas, la visita en su casa en Londres. Woolf se siente acosada por la adinerada sudamericana de “ojos de huevo de bacalao fosforescente”, pero permite que un argentino traduzca, para SurLa habitación y también Orlando. Se llamaba Jorge Luis Borges.

Muchos años después, Borges confesó a Osvaldo Ferrari que, en realidad, había sido su madre la verdadera traductora del ensayo y que él solamente hizo la revisión. Tomaba distancia porque no le parecía un ensayo de gran valor. Lo veía como un alegato elemental por el feminismo y como tal, innecesario. “No necesito alegatos para convencerme del feminismo”, le dijo al entrevistador. Virginia Woolf aparece ahí como misionera y como comparto su propósito, me resulta prescindible. El poeta ponía la novela por encima del ensayo. Admiración por el arte, desprecio de la idea.

El artículo completo puede leerse en nexos de abril.

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08, Abr 2020

Desde el encierro

Cuando salga de su encierro, el mundo no volverá a ser el mismo. Esta no es una crisis pasajera. Pocas cosas volverán a su sitio. El mundo no se detiene durante semanas para reactivarse mágicamente de inmediato, como si nada hubiera pasado. El secretario general de Naciones Unidas ha descrito el desafío sanitario como el reto más serio que ha enfrentado ese organismo en toda su historia. Lo es porque ningún desastre natural, ningún estallido bélico, ninguna tensión política ha exigido, como lo hace el contagio, tal coordinación y celeridad de respuesta. Lo es porque ninguna crisis pone en jaque nuestras ideas, nuestras reglas, nuestros reflejos.

La humanidad no existe, decía Carl Schmitt, el teórico del nacionalsocialismo tan querido por los populistas de hoy. Quien pronuncia esa palabra solamente quiere engañar. No existe tal cosa. El abogado alemán lo sostenía para resaltar que la experiencia humana sólo encuentra sentido en alguna parcialidad en conflicto. Nosotros contra ellos. La tribu, el credo, la clase, la raza nos marcan y nos enardecen porque nos ponen en conflicto con alguien más. Por ello la idea de la especie humana era para él una ilusión que en nada correspondía con la historia real. La historia:  infinitos episodios de enemistad. Que la humanidad existe más allá del dato cromosómico es, tal vez, la revelación del momento. El virus que, al parecer, incubó en el plato de una sopa de un mercado en Wuhan nos ha hermanado súbitamente porque nos lanza a todos la misma amenaza. Esta es la primera crisis sin espectadores. Nadie está lejos porque nadie está a salvo.

Los reflejos de nuestra política son de otro tiempo. El primer impulso en todas partes fue levantar los muros, como si hubiera aduanas capaces de detener el paso del enemigo. El contagio no respeta los linderos nacionales, pero los gobernantes siguen imaginando que su palabra es magia suprema en sus confines. Levantaré mi muralla y quedaremos todos limpios de la contaminación de los otros. La fatuidad nacionalista es el resorte más absurdo en estos tiempos y, sin embargo, es el recurso más frecuente. El virus chino, lo sigue llamando el demagogo de la Casa Blanca, el mismo que denunciaba la invasión del sur. Para los xenófobos, todos los males vienen de fuera y toda la cura es siempre propia: nuestra historia, nuestra cultura, nuestro dios, nuestras familias.

La crisis ha puesto a los expertos en el centro. Los mismos líderes populistas que hasta hace poco llamaban a desoír sus consejos, que limitaban sus recursos, que se burlaban de su vocabulario y que apelaban a la sensibilidad del pueblo por encima de la fría razón de los científicos, han recurrido a ellos. Tardaron en reconocerlo. Esto es un catarrito dijeron muchos demagogos. En esa negación han intervenido filósofos, ideólogos, predicadores y empresarios. Un filósofo reconocido como Giorgio Agamben sostuvo que el virus era una invención, una treta para decretar un estado de excepción. Un devoto del presidente mexicano, el padre Solalinde, pide castigo para el culpable del invento y recomienda a sus feligreses que se tomen unos tecitos para curarse. El gobernador de Puebla celebra que el contagio sea una avanzada de la lucha de clases. Por la “justicia divina” que se invoca en estos días, morirán los ricos y se salvarán los pobres. Y un empresario como Ricardo Salinas, llamando cobardes a los gobiernos de todo el mundo, apuesta a la racionalidad de la codicia: aceptemos que morirán algunos, pero no detengamos nunca la bendita máquina económica. Ni modo. Que mueran los que deban morir, pero no dejemos de comprar. Esa es, a su juicio, la racionalidad que no se intimida por el miedo. Frente a los barbosas, los solalindes y los ricardosalinas, hay que apostar a la razón y a la decencia. Y al mismo tiempo, podría decirse que la ciencia exhibe también sus limitaciones en esta crisis. No lo digo solamente porque sus respuestas tarden o porque sus conclusiones sean, por definición, debatibles. Lo digo porque la emergencia anhela explicación sobre el proceder del contagio y las vulnerabilidades del virus. Pero también revela un ansia de sentido, un apetito de comunidad, un deseo de expresión, un instinto de arte. No bastan las vacunas. Necesitamos también consuelos.

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01, Abr 2020

Viaje alrededor de un cuarto

Dijo Pascal en alguna línea de sus Pensamientos que todas nuestras desgracias derivan nuestra incapacidad de aislamiento. Nadie puede vivir tranquilo, sentado en un cuarto. Xavier de Maistre escribió una brillante refutación en su Viaje alrededor de mi cuarto. Una aventura entre cuatro paredes escrita por el hermano menor del conde Joseph de Maistre el terrible reaccionario al que Isaiah Berlin vio como precursor del fascismo. Xavier, quien había tomado parte en un duelo prohibido, purgaba un arresto domiciliario de 42 días. “Me han prohibido ir y venir en una ciudad, pero me han dejado el universo entero; la inmensidad y la eternidad están a mis órdenes.”

La crónica de esa cuarentena narra la reclusa aventura que avispa la imaginación. Una crónica de gratitud y de asombro. No hace falta gastar un peso para el turismo que nos lleva de un mueble al otro. No se expone uno a los ladrones de la carretera ni corre peligro de caer en en precipicios. El viaje del aristócrata no se ata a la disciplina del itinerario. No me gustan esas personas que constriñen la vida a sus planes: hoy escribiré dos cartas, visitaré a este amigo, dedicaré tres horas al jardín. Los placeres se esparcen por la vida y sería absurdo, dice, no entregarse a sus seducciones. Cuando aparecen, hay que suspender de inmediato la tarea y abandonarse a sus regalos. “Nada, creo, más atractivo que seguir el rastro de las ideas, cual cazador que persigue a la presa sin atender ruta fija.” Los pasos del confinado son como la ruta absurda de la mosca: de la mesa me dirijo al cuadro que está en la esquina. De ahí camino hasta la puerta, pero de pronto, como si auténticamente fuera una sorpresa, me encuentro un sillón en el camino. No lo dudo y me dejo caer.

Lo importante en cualquier crónica del viaje es el detalle. Hay que describirlo todo y adentrarse en las minucias. De Maistre describe los cuadros que mira, los amores que recuerda, las amistades que perdió. Recorre las novelas de su biblioteca, acaricia a su perra, medita y se pierde en digresiones. Pero también consigna en esta travesía entre cuatro paredes la experiencia de la nada, el peso de la aburrición. Hecho de viñetas y divagaciones breves, el librito incluye también capítulos vacíos. Páginas atravesadas solamente por puntos suspensivos. ¿Qué pasó entre las 6 de la tarde y las 8? Misterios del reloj descompuesto.

El cuarto le ofrece lectura al preso, pero también le motiva con el olvido de las letras. Ese doble placer ofrecen los libros: aprenderlos y olvidarlos. De Maistre lee y escribe, pero goza también con la chimenea que enciende y contempla. “Así las horas transcurren y caen silenciosas en la eternidad, sin dejar entrever sus tristes presagios.” El encierro altera el tiempo y hechiza todas las cosas. Las impregna de otro sentido. No son ya objetos de uso, sino de contemplación. Las cortinas juegan con los rayos del sol, las sombras de los árboles se fragmentan dibujando formas esplendorosas. La cama se convierte en el templo de la imaginación: un mueble delicioso que permite olvidarnos durante la mitad de la vida, las amarguras de la otra mitad. Una recomendación nos ofrece el recluso: las sábanas deben ser rosas y blancas porque son colores consagrados a la felicidad y al placer.

Encadenado a su propia caverna, De Maistre dialoga con Platón e imagina a dos animales combatiendo en el encierro. La bestia prepara el desayuno: tuesta el pan, prepara “espléndidamente” el café y se lo toma. El otro pinta, fantasea, medita. Y concluye, al recuperar la libertad, que la calle, la plaza y el mercado son la verdadera cárcel. Con tristeza lamenta que, al dejar su encierro, volverá a quedar sujeto “al yugo de los negocios.”

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