19 May, 2020

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Por la tangente

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19, May 2020

El reloj y la diosa

La política moderna ha estado cautivada por la imagen del reloj. Desde el primer texto que traza su ambición, ha querido fijar, con un laberinto de resortes y tornillos, la exactitud que ha de gobernar al mundo. La compleja selva de apetitos encontraría modelo en esa admirable máquina de precisión. Implacable jerarquía de horas y de segundos que impone regularidad al día. El orden de la repetición circular. Como un reloj, el Estado pretende ser invento que destierra caprichos y azares. Las manecillas recorren su órbita como espadas insobornables. No se desvían, no se pasman, no se desbocan. Ciegas, insensibles, prosiguen su disciplinada revolución.

Armemos al poder como embonamos las piezas de un reloj. Juntemos una a una todas las partes y echemos a andar el mecanismo que decreta el tiempo. Ésa es la apuesta hobbesiana. El monstruo de su libro puede verse, no solamente como un gigante hecho de miles de hombres o como un diccionario imperativo, sino también como un despiadado reloj. No hay discusión posible frente al dictado de las horas. Acatar la voluntad del poder como se reconocen las pautas del tiempo. Someterse al soberano equivaldría a aceptar el atardecer. Son las 6 y media de la tarde. Ésta es la ley y eres culpable. Quiero decir que ese proyecto de racionalidad radical que marca la era moderna pretende escapar de lo contingente, someterlo a su engranaje hasta volverlo nada. Ocupar todos los confines de lo posible. Someter a la voluntad del supremo o a la última regla todo lo imaginable para no dejar resquicio alguno a la sorpresa.

El artículo completo puede leerse en nexos de mayo.

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