25 May, 2020

25, May 2020

La ceguera de la impaciencia

La pandemia nos ha inundado con profetas. Los vaticinios llegan de todos lados. Los adivinos, al parecer, desayunan con el futuro y nos cuentan con gran soltura como será el mundo dentro de unos años. Nos adelantan el perfil de la nueva escuela y el color de la política del futuro. Saben quién ganará las elecciones y cómo se transformará el cortejo. Anticipan con plena certeza los entretenimientos y los rituales del mañana. Con buen juicio, Mark Lilla, el polémico crítico liberal, ha levantado la voz contra esos tecnólogos, políticos o chateadores que nos propinan futurismo. Tal vez habría que aprender a guardar silencio. Si todos saben cómo será el mundo después de la pandemia, hay que atreverse a ignorar. Cuando a mí me preguntan cómo serán las cosas cuando reabra el mundo, dice Lilla, yo respondo que no tengo la menor idea.

A los periodistas que van a la caza de una declaración enfática que quepa en un titular, les resulta terriblemente decepcionante la negativa del profesor de Columbia. Pensaban recoger una declaración fulminante de un intelectual connotado y quedan con las manos vacías. Creían que podrían pescar una frase contundente. Algo así como: “la desconfianza biológica estrangulará a la democracia.” O “el capitalismo sanitario inaugurará un fascismo antipolítico.” Algo digno de un hashtag. A ello se resiste Lilla. No sabe cómo será el futuro, porque eso no existe. Tiene sentido expresar cómo nos gustaría que fuera ese tiempo, pero no anticipar cómo será. El. futuro no es un tiempo del que provienen órdenes. La respuesta del autor de un brillante ensayo sobre la religión y la política en Occidente es un rechazo a la racionalidad profética que, en tiempos de confusión, reemerge. Como no sabemos qué pasa, nos consolamos con la ilusión de saber qué sucederá. Si el futuro está en manos de Dios, habrá que atender las revelaciones de los oráculos. Hagamos lo que hagamos, el destino ha sido nombrado por ellos. Esa es la tentación del momento. Nos entretenemos con los vaticinios de los científicos o de los filósofos para imaginar que el futuro existe y que hay alguien que es capaz de conocerlo. Si nuestro destino ha sido revelado ya por los signos de un dios, por los cálculos algún economista o por las meditaciones de un filósofo, nos corresponde aceptar el dictado del futuro. No nos vendría mal un poco de humildad, dice Lilla. Aceptar que vivimos bajo la incertidumbre radical.

Lilla hace otra advertencia sugerente. No nos basta apuntar al mañana, es necesario acelerar su llegada. “La historia de la humanidad es la historia de la impaciencia.” La fórmula me parece un acierto. Porque la impaciencia, como energía histórica se desdobla en dos posibilidades: puede ser el principio de la audacia y de la alucinación. La primera invitación de la impaciencia es la acción. Porque no se acepta que la justicia llegue dentro de cien años, porque lo que se quiere se quiere hoy, se interviene en política. La impaciencia es el origen de la indocilidad, de la insumisión. Pero la impaciencia puede ser también ceguera, temeridad, irresponsabilidad. Lo pienso cuando escucho en México el llamado a acceder, lo más pronto posible, a la “nueva normalidad.”

¿Estamos caminando hacia allá con los ojos abiertos? No parece. Los datos oficiales han sido cuestionados seriamente por los expertos mexicanos. La prensa de aquí y la de fuera ha expresado las razones de esta desconfianza. Especialmente grave me parece lo que plantean Antonio Lazcano y José Ramón Cossío en un artículo publicado en el mismo diario: “El modelo por el que optó la Secretaría de Salud no fue sometido desde un principio a un proceso de discusión y crítica abierta a la comunidad científica del país, lo que impidió una evaluación experta–e independiente–de las premisas científicas que lo sustentan.”

Democracia y ciencia encuentran paralelo en la transparencia y el cuestionamiento. A pesar de la omnipresencia del vocero de Salud, a pesar de su menguada elocuencia, la estrategia gubernamental es tan opaca como dogmática. Cerrada a la discusión con la comunidad científica y obsesionada con la receta del primer día. Así nos encaminamos a una reapertura a ciegas, escuchando todavía recomendaciones que han sido desacreditadas, sin las pruebas indispensables y con datos que ni las autoridades consideran confiables.

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