Jun, 2020

29, Jun 2020

Contra la balsa y el foro

El gran fracaso de la democracia mexicana ha sido el fracaso de la convivencia. No saber discrepar ni cuidar lo indispensable. Doble fracaso: no hemos sabido defender la tabla común ni perfilamos, con razón y apertura, el sentido de nuestras divergencias. México violento y enconado. Confundimos lo común, es decir, aquello de lo que depende la vida de todos, con lo parcial, esa opinión que es naturalmente debatible. No sabemos tampoco argumentar escuchando el otro argumento. Por eso nos carcomen los dos fuegos: el crimen y odio. La democracia, es en efecto, una forma de diálogo y no solamente una aritmética de papeles. No se reduce al juego de los poderes ni a la elección de los representantes. Es una manera de vivir juntos. Un delicado equilibrio entre la balsa de todos y los deseos de cada quien. No tenemos por qué estar todos de acuerdo en el rumbo, ni en el reparto de las cargas. Pero nos corresponde a todos cuidar que la tabla no se hunda.

El atentado de hace unos días contra el jefe de la policía de la capital no es un mensaje de intimidación al gobierno de la Ciudad de México ni una amenaza al gobierno federal. Es una amenaza a todos. En la capital diplomática de la capital política del país, una escena de guerra. La ostentación de la fuerza destructiva de los criminales, el alarde de su arsenal y de sus recursos de inteligencia, son una intimidación al país entero. Este no es un asunto del lopezobradorismo. No es una amenaza que puedan ver con indiferencia o hasta con cierta complacencia los adversarios del nuevo régimen. Se trata de un desafío de Estado. ¿Podríamos finalmente verlo en esos términos y dejar la politiquería para asuntos en los que no nos va la vida en ello? Este no es asunto ideológico, sino existencial. No es un frente más de la batalla entre el nuevo régimen y lo que había antes. Es la tabla de la sobrevivencia. Despolitizar la lucha contra los criminales es el primer paso. El reto tiene que unir a los partidos y a los gobiernos, aún en estos tiempos de extrema polarización. Para enfrentar a los delincuentes la política de estado debe elevarse por encima del encono de los últimos lustros. La unidad del país frente a los criminales no puede ser una simple sucesión de mensajes solidarios a quien sobrevivió la atrocidad. Debe ser la puesta en práctica de un pacto de Estado que el país no se ha atrevido a cumplir.

El atentado de hace unos días, la violencia que parece dispararse en muchas regiones del país, la provocación que escala aquí y allá deberían también motivar una reflexión sobre la seguridad del presidente de la república, su familia, su equipo. Fue un error haber desintegrado el estado mayor presidencial. Tal vez requería una reforma sustancial. Seguramente podría haberse reducido de manera importante. No lo sé. Lo que parece evidente es que el ejecutivo necesita de un equipo profesional que lo cuide. La seguridad del presidente no es un lujo ni una fantochería, como le gusta decir a él. La seguridad del presidente de la república no puede dejarse a la demagogia de la conciencia limpia y del pueblo que lo protege.

Además de cuidar lo común, respetar la parcialidad. Es inaceptable la criminalización de la crítica. Hace unos días, la secretaria de la función pública respondió a una denuncia periodística llamando sicarios mediáticos a sus críticos. Eso fue lo dijo una integrante del gabinete presidencial. ¡Sicarios! Gatilleros. Asesinos a sueldo. Usar esa metáfora en el México de hoy no es solamente grotesco, es peligroso. Es llamar matones a los periodistas. En ese mismo tono han escrito propagandistas del régimen en las últimas horas para hacer el paralelo entre los críticos del gobierno y los criminales que matan por encargo. Como si escribir un reportaje equivaliera a un atentado. Quienes ejercen la crítica son, en realidad, golpistas. Debemos reconocer que la secretaria es buena alumna de su jefe. No hay duda de que el tono de intolerancia lo ha marcado el propio presidente de la república cuando describe una y otra vez a sus críticos como golpistas que anhelan el regreso de la corrupción. El presidente se deleita al recordar el martirio de Madero para describir a sus opositores como zopilotes y para trazar, con poca sutileza, el paralelo entre la crítica y el magnicidio.

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24, Jun 2020

El debate de las estatuas

Hace unos días, una protesta en la ciudad de Bristol en respaldo a las movilizaciones de Blacks Live Matter, se reunió alrededor de la estatua de Edward Colston. Los manifestantes lazaron el cuello del bronce y jalaron de la cuerda hasta tumbarlo. Ya en el piso, lo pintarrajearon y lo arrastraron hasta tirarlo al río. El personaje al que se rendía homenaje como uno de los hijos más sabios y virtuosos de la ciudad fue un negrero. Su gran hazaña fue convertir al puerto de Bristol en la capital inglesa del comercio de esclavos. Dirigió la Compañía Real Africana, empresa que disfrutó del monopolio de ese tráfico. Durante su encargo, la empresa transportó más de ochenta mil esclavos al Caribe y a Norteamérica. Se calcula que, en el viaje, cerca de veinte mil de ellos habrán muerto.

Apenas unas horas después de que la estatua fue derribada, Vanessa Kisuule, poeta de Bristol, escribió un poema que puede verse en youtube. Qué facil fue derribarte. Los victoriosos imaginan la historia estática e inodora, pero es una amante de poco fiar. La sorpresa de la escritora es la ligereza de la estatua al caer. Cuántas veces pasé por tu pedestal y contemplé esa pesada amenaza de metal y mármol. Pero cuando caíste, un pedazo se desprendió de ti… y dentro, nada. Puro aire. Todo este tiempo, estuviste hueco.

La escena de Bristol se ha repetido en muchos lados y amenaza con repetirse muchas veces más. En Estados Unidos se han tirado efigies de Jefferson, de Colón, de Fray Junípero. En Londres, la estatua de Churchill frente al Parlamento está resguardada por policías después de que la placa del pedestal fue grafiteada para decir “Churchill fue un racista.” La pregunta que brinca de inmediato es: si juzgamos a todos los personajes de la estatuaria pública de acuerdo al juicio ético contemporáneo, ¿cuántas pasarían la prueba? ¿Tendríamos que tumbar, en la Ciudad de México, por ejemplo, la estatua de Gandhi, un líder que expresó un profundo desprecio por los africanos?

Simon Schama, un historiador tan agudo para el relato del pasado como para la apreciación del arte, nos recuerda que las monumentos no son historia, sino que su opuesto. “La historia es argumento; las estatuas no permiten ninguno.” Tirar estatuas no es borrar la historia, dice. Los monumentos, enseñoreándose en nuestras plazas públicas, cancelan el debate al reclamarnos reverencia. Los bronces, que aspiran a la perpetuidad, son irremediablemente vulnerables a los cambios en la sensibilidad pública. Es natural que nuestra sana intolerancia a los horrores del pasado transforme el paisaje urbano. Así ha sido siempre. Mary Beard, en un artículo que ha traducido oportunamente Letras Libres, nos recuerda las muchas formas en que los romanos trataban las estatuas de quienes ya no querían honrar. Las destruían, las derribaban para ser pisoteadas, las tiraban al río como se hizo hace unas semanas en Bristol. Pero también las reciclaban imaginativamente. A una escultura ecuestre se le podía cambiar la cabeza del héroe barbado para honrar al héroe del momento y no tirar a la basura el caballo. Se decapita simbólicamente al héroe antipático y se embona el busto de quien tiene el favor del presente. También, de manear más austera, se podía cambiar la placa de la escultura de un dios para celebrar a otro. Después de todo, nadie reclamaría al escultor por el poco parecido con el original.

¿Tirarlas al río? ¿Llevarlas al bosque? ¿Dejar que la hierba de la ciudad las envuelva? ¿Dejar que la caca de los pájaros las cubra? ¿Apilarlas en un museo? Tal vez la mejor propuesta para el trato de las estatuas incómodas es la que ha hecho Banksy, el artista anónimo. Darle otro sentido al homenaje. Sacar la estatua de Colston del río, ponerla de nuevo en su pedestal y comisionar una intervención que registre el derribo del esclavista. Celebrar la protesta.

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23, Jun 2020

Del lopezobradorismo

Encuentro razón en las voces del oficialismo cuando advierten que los críticos del gobierno hablamos demasiado del presidente. Ustedes (dejo los adjetivos que suelen usar) denuncian la concentración del poder y no hacen más que hablar de López Obrador. Su entretenimiento es dedicarse a comentar lo que hace y lo que dice. Si alguien encumbra al presidente son sus críticos al convertirlo en obsesión. Pueden tener razón: lo más fácil para la crítica es tomar cualquier fragmento del circo matinal para exponer el absurdo. Criticando la restauración del hiperpresidencialismo, reproducimos tal vez la vieja cultura presidencialista que reduce la política a las señales que emite el Ejecutivo. La crítica es válida y me parece buena invitación para hablar del lopezobradorismo, más allá del caudillo. ¿Dónde está el lopezobradorismo? ¿Qué es?

Podríamos decir, en primer lugar, que no está en el gobierno. Hablar del lopezobradorismo no es hablar de ese gabinete de fachada que lo acompaña en las ceremonias y que tiene que capotear sus ocurrencias. Ese equipo de nulidades, del que apenas puede rescatarse al canciller que resuelve todas las emergencias, no representa más que el remanente de una estrategia de campaña. El gabinete se conformó para proyectar una imagen de moderación que no corresponde en lo más mínimo al perfil del gobierno y su proyecto de transformación. Para dar confianza a quienes veían en el candidato de Morena a un radical, se apostó por rodearlo de figuras francamente centristas. La fotografía del equipo del candidato parecía una selección de gobiernos previos. Una ministra de la Suprema Corte, algún foxista, colaboradores de Vicente Fox y de Ernesto Zedillo. Perfiles, en su mayoría, técnicos y negociadores. Más allá de la cartera de Energía y de la Función Pública, se perfilaba un equipo reformista y pragmático que ha quedado totalmente nulificado. La permanencia de estos funcionarios en su oficina no es señal de respaldo sino de desprecio.

El lopezobradorismo está en otra parte. Puede ser una fuerza electoralmente menguante, pero es la entidad política más sólida en el país. No hay nada que se le acerque en este momento. Su centro de unidad no es un proyecto, sino una persona. Sus defensores no se cansan de reiterarlo. En el bochornoso culto de la personalidad se muestra este carácter. Se trata de una singularidad inquietante. No hablo solamente del desagradable espectáculo de la adulación, del indigno acomodo de las convicciones para justificar cualquier dicho o acto presidencial. Me refiero a la restauración del personalismo como criterio de identificación política. El lopezobradorismo carece, precisamente por eso, de esqueleto ideológico. Una definición intelectual, a fin de cuentas, fija un rumbo y limita el capricho del dirigente. No busquemos en el lopezobradorismo un proyecto ideológico, un proyecto económico, una visión de la cultura. Ahí, francamente, no hay nada. Las frases que repite mil veces son eso: tonaditas que tal vez en algún momento sonaron bien y que hoy nada dicen. No hay un programa político que salga de la fraseología del mitin. La prédica económica tira a la basura la rica tradición intelectual que en la izquierda ha explorado durante décadas las condiciones materiales de la desigualdad, se desentiende de la discusión económica contemporánea y recurre a un moralismo bobo y cursi que confía en la trasmisión osmótica de la pureza. No necesita hacer una sola suma para repetir, convencido, que la austeridad multiplicará los panes. Un thatcherismo mocho.

Quiero decir que el lopezobradorismo no es un gobierno, ni es un partido ni una ideología. El lopezobradorismo es una fuerza política innegable porque encarna la emoción antioligárquica. Esa emoción, poderosísima y auténtica, conduce la vida pública mexicana. Estoy convencido de que carece de las políticas y de las ideas que harían falta para darle cauce a esa pasión, pero tiendo a pensar que, más allá de los resultados de la administración y del previsible fracaso de su estrategia, quedará como una energía protagónica en la vida política de México para las próximas décadas. El lopezobradorismo no terminará en el sexenio de López Obrador.

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15, Jun 2020

El sermón y la bravata

Cuando un político pierde el sentido del ridículo es que ha perdido contacto con la realidad. No encuentro otra palabra para describir la nueva perla de sabiduría presidencial. Para tiempos de extremo apremio, una ridiculez. Un mensaje que mueve a risa, a burla. Una involuntaria parodia a las patrañas de la autoayuda y el pensamiento mágico. Ante el virus que ha detenido al mundo, el presidente de México recomienda que seamos alegres. En la hora de mayor peligro sanitario en nuestro país, un llamado a sonreír y a ser optimistas. Comer verduritas, ser buenos y rezarle a algún santo. Ante la crisis económica más severa en varias generaciones, una oración de desapego.

Lo llama así, “decálogo,” no solamente porque sean diez propuestas. Es un decálogo porque al predicador del palacio, le parece digno de ser memorizado. La confianza con la que lee las sentencias, el tono sacerdotal del mensaje, incluso la repetición de algunas frases que le parecen especialmente profundas e imaginativas, revelan que, en efecto, piensa que su escrito es un versículo para el presente. La sabiduría de la emergencia, comprimida en diez cápsulas inmortales. Como cuando improvisó aquel ofensivo decálogo contra la violencia de las mujeres, sus subordinados se apresuraron a publicitarlo con ilustraciones. Hay manitas que rezan, caras sonrientes, relojes que nos despiertan para madrugar alegremente. Ante la revelación de los diez preceptos, los leales aplauden en simulación de entusiasmo por la nueva epístola. La comisaria del nacionalismo científico resolvió velozmente que la reflexión que generosamente ha compartido el presidente está libre de cualquier contagio neoliberal y que la Ciencia Nuestra lo respalda plenamente.

Igualmente ridículo, aunque mucho más dañino, fue el documento que se leyó en una matiné reciente. La presidencia no sabe de dónde viene, ni quién lo escribió, pero lo da a conocer. No da pistas sobre la confiabilidad del escrito, pero, de cualquier manera, lo expone. El evento es francamente ominoso. Desde el palacio de gobierno, se da lectura a un documento como si fuera la exhibición de una terrible conjura y se señala puntualmente a los sospechosos. Desde la sede del poder político, se nombran periodistas e intelectuales críticos, se alude a instituciones académicas, a organismos empresariales, a medios de comunicación e, incluso, a órganos de estado como parte de una conspiración. Ninguna ilegalidad se descubre, pero no importa. El apócrifo sirve para lanzar basura. No vale detenerse en la bobería del documento. Lo que cuenta es que la presidencia de la república emplee su tribuna para lanzar acusaciones vagas, para insinuar que sus críticos son desleales a la democracia, para insistir en el cuento de que sus opositores son, en realidad, golpistas.

Ningún periódico serio, ningún noticiero habría dado espacio a ese papel que el presidente pide que sea leído ante la prensa como si fuera relevante para la discusión nacional en tiempos de emergencia. Al presidente le divierte. Confiesa el placer que la causa la provocación. Le alegra la mañana imaginar el efecto que el chisme tendrá en quienes son nombrados como sus enemigos. Nadie puede creer que la lectura del documento sea de un acto de transparencia. Se trata, sencillamente, de una ostentación de poder. El presidente lee un documento que no merece la menor confianza porque puede hacerlo. Ese es el crudo mensaje que proyecta: el Palacio Nacional puede ser empleado para decretar la enemistad.

Ayer domingo, muy en contra de lo que sostiene el subsecretario de salud y lo que aconsejarían los propios datos oficiales, el presidente dio un mensaje en el que implícitamente desentendió a su gobierno de la crisis sanitaria. Cada quien a cuidarse por su cuenta. Esto ya no es un asunto de política pública, es cuestión de responsabilidad individual. Ya aprendimos a cuidarnos. ¡Es tiempo de salir y recuperar la libertad! Y cada quien, que asuma su riesgo. Sorprende el papel que el presidente imagina para sí mismo en la emergencia. No es un presidente que decide, que organiza, que dirige. Es un presidente que, al tiempo que evade las responsabilidades de gobierno, sermonea e intimida. Necesitamos un presidente y tenemos un párroco.

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10, Jun 2020

La máquina, el número y la vida

México obsequia a la ONU cuadro de Manuel Felguérez

Manuel Felguérez estuvo enamorado de la inteligencia de los círculos y los triángulos; de la belleza de los desechos, de la imaginación de las máquinas. Porque sabía que el arte muere cuando el artista se repite, buscó siempre. Se mantuvo en guardia para seguir creando y no convertirse en “artesano de sí mismo.” Pero en esa búsqueda se desplazó siempre en el vasto territorio de la abstracción. Desde que su escultura se liberó de las alusiones al cuerpo humano, siguió experimentando en el arte que cierra los ojos para mirar las formas sin modelo. Huyendo de la retórica nacionalista, encontró refugio en la abstracción. Una de sus últimas obras públicas, el enorme mural que México regaló a Naciones Unidas, resume tal vez su filosofía de la abstracción. El inmenso lienzo es el remate del pasillo de las banderas que conduce al salón plenario de la Asamblea General. Su título es una fecha: 2030. Se trata de una arena de oros, salpicaduras negras y atisbos de blanco. Frente al nacionalismo que apela a las parcialidades enemigas, frente al tatuaje de los agravios ancestrales, el mensaje de un arte sin fábulas. La superación de las identidades. El color y la forma, la densidad y la ligereza; la hondura y la levedad. El cálculo de la razón y la libertad de lo azaroso. Ahí se encuentra el mensaje sin palabras. Al no decir nada concreto, decía Juan García Ponce, la abstracción de Felguérez habla un lenguaje comprensible para cualquiera. No alimenta nuestro prejuicio, lo disuelve. Por eso, a través de sus tintas, formas y texturas, invita al silencio.

Fue un estudioso de escarabajos, de esqueletos y de caracoles. Un admirador, pues, del equilibrio. Esa es, tal vez, la batalla de toda su obra: la conquista del equilibrio. Digo batalla porque en esos términos describió su pasión creativa. El lienzo, la pieza escultórica, el mural son, de algún modo, campos de una batalla íntima que se resuelve en trazos, transparencias, goteos. Será eso lo que les otorga de inmediato la espesura del tiempo. Rastros de una obsesiva refutación. Corregir mil veces el tono, aligerar la oquedad con algún rizo, sujetar con hilos lo que se dispara al aire. En la abstracción de Felguérez hay poco gesto y mucho cálculo: la fricción del hallazgo y del remiendo.

La obra de Felguérez se mueve entre el envase y el desbordamiento. Colores encapsulados y formas escurridizas. La contención y el chapoteo. Apenas en diciembre pasado, para celebrar sus noventa años, el MUAC inauguró su exposición “Trayectorias.” Se muestran ahí tres exploraciones. La primera es industrial, la segunda geométrica y la tercera, orgánica. Estos fueron sus tres dominios. En el primer tiempo el artista auscultó el poder estético de lo mecánico. Los motores de las fábricas, las piezas de los coches, la pedacería de la industria encuentra en sus murales otro sentido: un arte de la máquina. El segundo tiempo es un examen del espacio. El pintor escucha la música de los números, la armonía de los cuerpos esenciales, el diálogo de los colores. Triángulos, círculos rectángulos suspendidos en el tiempo: el arte de la exactitud. El tercer momento de Felguérez es el hallazgo de la vida. Entre el caos de las hendiduras y discontinuidades, aparece una prodigalidad celular. Las frialdades cerebrales de las tuercas y el cuadrado perfecto, son ahora partes de un caos vivo, en sorprendente equilibrio. La máquina, el número y la vida.

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09, Jun 2020

Hobbes y la peste

Leviathan by Thomas Hobbes.jpg

El pensamiento es imposible sin imagen. Lo sostiene Aristóteles en su tratado sobre la memoria. Si un filósofo de la política entendió a cabalidad esta divisa fue su más radical enemigo: Thomas Hobbes. El pensador que quiso hacer del Estado una consecuencia del razonamiento geométrico sabía que el entendimiento y, sobre todo, la persuasión requerían de “estrategias visuales”. La cruda razón era inerte. Demostrar la verdad no bastaba. Era necesario cautivar a los ojos para hacerse oír. Hacer visible la razón.

Su primer biógrafo lo recuerda maravillado como estudiante en Oxford contemplando los grabados y mapas que coleccionaban los encuadernadores. En todos sus libros resalta la importancia del diseño del que fue, por lo menos, coautor. Su traducción de La guerra del Peloponeso, su primer libro, expone ya la miga del relato en la portada. Insatisfecho por los mapas disponibles, traza él mismo el dibujo de Grecia y lo firma para la edición. Hay correspondencia que advierte la importancia que daba a la presentación visual del texto y la intensidad con la que discutía sobre asuntos tipográficos: el tamaño y la fuente empleada le parecían cruciales en el trabajo de edición.

The Plague Doctors

El artículo completo puede leerse en nexos de este mes.

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08, Jun 2020

Exigencia a las alternativas

La incompetencia y la arrogancia del gobierno federal no otorgan pase automático a las oposiciones. Que el gobierno de López Obrador se haya convertido en una amenaza abierta a la salud pública, que sus políticas le aseguren al país una crisis económica profunda y larga, que su discurso hostigue constantemente a sus críticos, que su práctica corroa el tejido institucional del pluralismo no regala títulos de representatividad a quien lo cuestiona. Toda alternativa debe probarse en el debate público y en el ejercicio de la responsabilidad. No basta con ponerse del lado opuesto al poder presidencial. La tarea de la crítica es compleja y lo es aún más la construcción de alternativas políticas. Hay que ofrecer razones, hay que cultivar confianza, hay que conducirse con apego a las reglas que se pretenden cuidar. La severidad con la que hemos de juzgar al presidente debemos aplicarla también a quienes se ofrecen como alternativas a su proyecto.

A muchos nubla el ansia de encontrar, cuanto antes, antagonistas. Es entendible: al país le urgen equilibrios. Es tal el vacío de las oposiciones formales, es tan profundo el silencio del congreso, que cualquier liderazgo emergente es alabado por algunos como si fuera el descubrimiento de un salvador. Al primer atrevido que brinca a la plaza lo encumbran de inmediato como el héroe de la resistencia. Pero no basta levantar la voz y colocarse en el polo opuesto a la presidencia ¿Será que es ese el peligro profundo del discurso populista? ¿Que la simplificación de su retórica nos intoxica de tal modo que anhelamos una respuesta que sea, en el fondo, un remedo de aquello que se busca combatir? Me temo que la urgencia por ese paladín nos puede costar muy cara. Si actuamos con ese ímpetu, estaremos coronando charlatanes.

Diría lo mismo de nuestros medios. Para defenderlos hay que renovar la exigencia. Que sean espacios de crítica, que preserven autonomía, a pesar de los embates no los certifica como las entidades profesionalmente rigurosas que necesitamos en este momento para comprender lo que sucede. Nos hacen falta medios independientes que confronten al poder, que lo exhiban, que lo cuestionen, que lo ridiculicen. No hay otra forma que el rigor, la seriedad profesional, la acidez del juicio independiente. Precisamente por eso debemos reconocer sus rezagos. El espíritu de cuerpo que la agresión presidencial activa es también un impulso para desconocer las fallas propias. Mal haríamos respondiendo con esa ceguera. El hostigamiento diario desde el palacio es testimonio de la importancia del periodismo independiente. Precisamente por ese papel, nos toca exigir información sólidamente fundada, confiabilidad en los datos, atención a las distintas versiones. Veo en la verdadera crítica una incompatibilidad con el activismo militante y me preocupa que hacia allá caminemos. Mal haríamos al morder el anzuelo que el poder nos lanza. México no puede partirse en las mitades que corresponden al capricho presidencial.

Habrá, desde luego, quien piense que ante la brutal simplificación populista y frente a la entidad de la amenaza, requerimos de simplezas paralelas. Solamente hay que encontrar al antagonista y apostar a su victoria. No hay que ser quisquillosos, dirán. Es lo que hay. Creo exactamente en lo contrario. A las oposiciones, a los medios hay que curtirlos con exigencia y no con mimos. La única manera de salir del maniqueísmo oficial, la única forma de plantear alternativa es construyendo plataformas políticas y de comunicación que tengan un argumento más allá del anti. El antilopezobradorismo sigue siendo hoy un reflejo sin rumbo.

Por ello no cabe la condescendencia ante la política del gobernador de Jalisco, aunque represente al momento la única oposición franca desde un gobierno subnacional. No me parece que hasta ahora signifique una alternativa confiable porque, si puede decirse que fue un gestor responsable de la respuesta sanitaria, ha sido incapaz de atajar la crisis política que se ha desatado en su entidad. Sus desplantes y las balandronadas hacen ruido, pero no sirven para construir opciones políticas serias. No podemos dar pase automático a los ambiciosos que se apresuran para saltar al ruedo con la única bandera de ser el antagonista de Andrés Manuel López Obrador.

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01, Jun 2020

El romanticismo reaccionario de AMLO

La emergencia sanitaria ha acelerado la radicalización. Nada queda del pragmático alcalde de la capital. Nada queda del candidato que hizo campaña como un reformista moderado. El presidente no tiene ya interés en mantener diálogo con grupos independientes. Sin haber llegado al segundo año de gobierno, han quedado en ruinas los puentes del diálogo. La pandemia ha persuadido al presidente de que no los necesita y que hablar con ellos es una pérdida de tiempo. Le basta la fantasía que ha construido para evitar el fastidioso trato con la realidad y el aliento de los aduladores que lo envuelven.

Su desprecio del reformismo es antiguo. La historia a la que alude constantemente se escribe con fuego: grandes conflagraciones, batallas memorables de las que brota, luminoso, el futuro. Por eso ha creído el presidente desde siempre que en todo negociador se esconde un traidor y que todo moderado es un cobarde, un tibio que colabora para mantener en movimiento la rueca de la opresión. Durante algún tiempo, el político equilibraba ese radicalismo con gestos de inteligencia práctica. Ya no. El aliento revolucionario es cada vez más nítido y más enfático. Los más cercanos en su corte de halagadores lo celebran. Creo que hay tomar en serio este vuelco al radicalismo, aunque su inspiración sea profundamente reaccionaria. Y no lo digo simplemente porque su política sea, en términos mecánicos, una reacción al tiempo neoliberal, sino porque expresa un impulso antimoderno. Lo que el presidente imagina como el cuarto nacimiento de la patria encuentra fuente en el romanticismo reaccionario.

Quien quiera entender el perfil intelectual de este proyecto, debería leer los textos de Isaiah Berlin sobre el romanticismo político, antes que los cuadernos de la cárcel de Gramsci. El discurso oficial tiene, sin duda, tinte igualitario. Pero el horizonte imaginario de esa política es arcaico. Mucha nostalgia y poca imaginación.  Pensemos, por ejemplo, en lo que Berlin llama la “apoteosis de la voluntad.” El temperamento romántico es precisamente la afirmación de un deseo sin restricciones que enaltece al héroe. La política romántica es la epopeya de los grandes hombres que han roto las ataduras de la tradición y de las reglas y que así  inventan naciones cobijados por el amor de su pueblo. Todo lo pueden porque lo quieren de veras, porque no se desvían de la ruta que trazaron, porque son auténticos. No necesitan programa, ni estrategia: tarde o temprano, en esta vida o la siguiente, el mundo se rendirá a su deseo. En el indómito imperio de la voluntad política, reinan las intenciones. Para qué perder el tiempo midiendo el impacto de una política, para qué asomarse a las experiencias de fuera, por qué leer la ley, si mis intenciones son hermosas. Quien dude de ellas, es un traidor.

Identifica también Isaiah Berlin una economía romántica que rechaza cualquier idea de ley objetiva del intercambio por encima del control humano. Si el comercio y la producción tienen algún sentido no es la satisfacción de necesidades sino la elevación espiritual. Bajo la probidad, los panes se multiplican al infinito y es por ello innecesario, contar. Cuando hay recato, cuando se rechaza el lujo, todo alcanza para todos. La economía moral es eso: la evaporación de la economía.

El presidente elogia la estrechez del monasterio como vía de elevación moral de los ciudadanos. ¿Para qué tener más de un par de zapatos? En el interés está ya un impulso podrido que hay que rechazar en nombre de la felicidad del corazón. Y no deja pasar oportunidad para mostrar su desprecio al mundo profesional. Para el político romántico, la ignorancia es una recomendación y todo conocimiento sospechoso. Para ser de veras valiosos, el arte y la ciencia han de demostrar compromiso.

Esta semana, el embate del presidente llegó a extremos tan ridículos como alarmantes. A los científicos que han protestado por el sectarismo de su política científica y los brutales recortes thatcherianos, los acusó de porfiristas. El argumento es, en verdad, risible. Que a los abogados y financieros de aquel régimen les hayan puesto el mote de científicos, no significa que lo hayan sido. Pero en la fantasía conspiratoria del presidente, los matraces y las cápsulas de petri son arsenal para los golpistas.

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