Jul, 2020

28, Jul 2020

La tarea de la Fiscalía

La fiscalía federal tiene una responsabilidad enorme en la conducción del proceso contra el exdirector de Petróleos Mexicanos. Las acusaciones tocan el núcleo del viejo poder. La manera de competir en elecciones; el uso de los recursos públicos y el modo de lidiar con las oposiciones. Dinero ilegal para financiar una campaña; recursos públicos para beneficio privado y, de acuerdo a la revelación reciente, compra de votos en el Congreso. Corrupción electoral, administrativa y política. Sucio el acceso al poder, sucia la gestión pública, sucio el trato con los legisladores. No es fácil encontrar un caso semejante en la historia reciente. No solamente por la gravedad de los cargos y la vastedad de su impacto, sino también por la disposición del acusado para colaborar con la fiscalía y aportar elementos que muestren la red de corrupción del gobierno de Enrique Peña Nieto. La oportunidad es extraordinaria. Los riesgos también son enormes: la investigación puede pervertirse políticamente, puede ensuciarse con revelaciones indebidas, puede usarse más para el estigma genérico del pasado que para la severa aplicación de la ley. El país merece una investigación y un proceso ejemplares.

La lucha contra la corrupción, bandera fundamental del gobierno de López Obrador, tiene en este caso su prueba definitiva. Esa política no puede quedar en la prédica cotidiana del presidente ni en sus invitaciones a portarnos bien. La lucha contra la corrupción no avanza con parábolas y sermones. No camina con soplos y filtraciones a conveniencia del poder. La lucha contra la corrupción necesita verdad y castigos. ¿Marcará el caso del antiguo director de PEMEX un cambio histórico?

Me parece promisorio, por una parte, que el caso de Lozoya permita terminar con las purgas que se convirtieron casi en un rito de inauguración presidencial. Cazar a una figura relevante para mostrar determinación política, pero detenerse en el símbolo sin abordar el complejo arraigo de la corrupción. El caso que tenemos en frente anuncia otra cosa. Mi cliente no se mandaba solo, decía el abogado que lo representó hasta hace poco. No es absurdo anticipar por ello que las acusaciones desemboquen tarde o temprano en el expresidente de la república y alguno de sus colaboradores más cercanos. Lo importante del caso es que puede ser el hilo que descubre y prueba la intrincada madeja de corrupción. Romper el tabú de la presidencia intocable, terminar el cuento del pillo solitario sería, sin duda, un cambio histórico para México. A la Fiscalía le corresponde fundar una acusación sólida que explore todas las conexiones y complicidades del caso.

Por otra parte, hay también elementos inquietantes en la manera en que se ha conducido el proceso. Poca transparencia, filtraciones, comentarios indebidos del presidente de la república. Las filtraciones que han trascendido parecen la redacción de un libreto por encargo. Un golpe dirigido a los enemigos del anfitrión que recibe generosamente a un invitado. Habrá que ver si aparecen efectivamente pruebas de las acusaciones que se han hecho públicas, pero hasta el momento, resultan, por decir lo menos, extrañas. Me llama la atención, por ejemplo, que los legisladores del partido “verde”, esos cínicos que han bailado siempre al compás del ganador y que ahora son aliados del gobierno, no son acusados por el delator de ninguna conducta impropia en las negociaciones del pacto por México y que el golpe de las filtraciones se dirija casi en exclusiva a los enemigos sobrevivientes: el PAN de ayer y de antier.

La captura de un funcionario no es justicia Tampoco lo son la nube de acusaciones y filtraciones que hemos conocidos en las últimas horas. Todo eso puede ser buena munición política. Para el gobierno es una bolsa de oxígeno ante la catástrofe sanitaria, económica y de seguridad que enfrentamos. Un arsenal invaluable para la batalla electoral que está a la vuelta de la esquina. Para las oposiciones, si es que todavía puede hablarse de que existen, es un nuevo golpe a su imagen pública. Pero más allá del uso político del caso, es necesario exigir un proceso irreprochable que llegue al fondo de la cuestión: que nos acerque a la verdad y que castigue a los abusivos. No se necesita ninguna consulta para exigir que la ley se aplique a todos por igual.

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22, Jul 2020

Nox

Acostado es una caja, pero si se levanta parece una lápida. Así lo describe la propia creadora: una lápida. Nox, el cuaderno que Anne Carson hizo a la muerte de su hermano es un epitafio en forma de libro. Un abanico hecho de poemas, citas, fotografías, papeles manchados, timbres postales, garabatos, párrafos tijereteados. Este libro puede ser una de las mejores puertas de entrada al universo poético de Carson, quien hace unas semanas ganó el Premio Princesa de Asturias. El mundo de la poeta canadiense es una recámara de imágenes, voces antiguas, brillos y ecos. Papeles del día, recibos, fotos, flores que van secándose. Ensayos y divagaciones, exploraciones filológicas, lecturas. Una arqueología de lo más íntimo que se ilumina con destellos de poesía. Una vasija rota envuelta en hiedra. Nox es más que escritura: piezas que unaa doliente recaba para sujetar de algún modo lo que se ha ido.

Cuando Michael murió en Copenhagen, la noticia tardó semanas en llegar a su hermana. Su viuda no tenía su número telefónico. Hacía veinte años que los hermanos no se veían. Habrían hablado por teléfono, si acaso, unas seis veces en todo ese tiempo. Michael había huido de casa en 1978, al parecer, para evitar la cárcel. Su paradero era un misterio. Usaba pasaportes falsos, se inventaba nombres. Vivió en la calle. De repente llegaba a casa de la familia una postal sin dirección de remitente y con un sello de la India o de Francia. Y con separación de años, una llamada breve y absurda.

La primera inscripción del abanico es un poema de Cátulo a su hermano muerto. Vengo a “hablar inútilmente a tu muda ceniza.” El poema en latín mecanografiado por Carson aparece pegado a la hoja. Se perciben en el facsímil las arrugas de un papel delgado y un color amarillento que le viene de una noche sumergido en una taza de té. Las páginas que se despliegan a la izquierda componen un diccionario personal que recoge el vocabulario de la pérdida. Tocar la pérdida es dialogar con el poeta romano, reescribir sus letras. El libro-lápida es, en algún sentido, una versión, un diálogo, una ampliación de la elegía de Cátulo. Después de trabajar durante años en ese poema, dice ella, llegué a la idea de que la traducción es buscar el interruptor en un cuarto oscuro.

Hubiera querido llenar esta elegía con luces de todo tipo. Pero la muerte nos vuelve avaros. No perdamos más tiempo en ello, él está muerto. El amor nada puede cambiar. Las palabras nada pueden añadir.

La poesía de Carson recurre más la yuxtaposición que a la imagen. Costura de muchos paños: la tinta de la carta y la cátedra de la erudita; la voz de un subsuelo milenario y el sonsonete de las pantallas de esta mañana. La elegía a su hermano es la invocación de un desconocido. Doble irrealidad: el vacío de la muerte y la incógnita de la vida. Megan O’Rourke, en su reseña del Newyorker, dice bien que el acordeón de esta elegía explora el significado de no entender.

Anne Carson escribió también un poema al que tituló “Epitafio”. Esta es la versión de Jordi Doce:

Para obtener el sonido toma cuanto no sea el sonido déjalo caer
Por un pozo, escucha.
Luego deja caer el sonido. Escucha la diferencia
Estallar.

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20, Jul 2020

La realidad y el relato

La realidad no cabe en el relato oficial. Ese es el drama del lopezobradorismo: su épica no corresponde a la circunstancia. Insiste en el cuento de la historia de bronce, ese cuento del pueblo bueno contra las élites podridas, pero lo que marca el presente no tiene nada que ver con esa fábula. Nos mata un microbio que no es un hijo de Salinas de Gortari. Nos amenazan criminales que no cometieron la traición de estudiar fuera de México. Y sin embargo, el presidente sigue empeñado en fustigar a esos enemigos. El país tiene urgencia de una política pública y recibe sermones. El Estado es amenazado públicamente y el presidente de la república dirige su furia contra los intelectuales que firman un desplegado en su contra.

El populista termina secuestrado por su cuento. Renuncia a abrir los ojos y le entrega su inteligencia a una fábula. En su imaginación no hay más que un drama que se repite siempre en el tiempo. Liberales contra conservadores en eterna pugna, dice el presidente. Los siglos pasan, pero el conflicto sigue siendo el mismo: el Pueblo bueno buenísimo enfrenta a los malos malísimos. Hidalgo es Juárez es Madero soy yo. El ejército realista fue a buscar a Maximiliano para apoyar luego Porfirio Díaz, sostener el neoliberalismo y a combatirme a mi.

El cuento puede servir, tal vez, para un mural de escuela y para sostener el discurso de una campaña pero no funciona para lidiar con la realidad desde el gobierno. El vocero de la estrategia sanitaria ha hecho malabares para dar satisfacción al jefe. La ideología está cada vez más presente el discurso de quien alguna vez se presentó como técnico. Es el veneno de los neoliberales el que nos ha hecho vulnerables al virus. La respuesta al peligro sanitario se contamina muy pronto del litigio político. Los críticos no son personas con perspectivas distintas sino calumniadores con intenciones perversas. Así lo dice una y otra vez el vocero gubernamental siguiendo la orientación del presidente. Quienes cuestionan nuestros datos, quienes critican la estrategia lo hacen por motivos inmorales.

Lo que me parece notable es que precisamente el espacio que se ofreció originalmente como centro de decisión científica ha terminado como otra plataforma ideológica. Lo podríamos constatar comparando el tono de las primeras conferencias del subsecretario de salud y las presentaciones recientes. Si en un primer momento parecía una plomada de razonabilidad científica, hoy es otro jilguero más de propaganda oficial.

Igualmente grave es la incapacidad para entender el desafío de la violencia. Esta semana, ante un cuestionamiento claro sobre la violencia de género, el presidente de la república se fugó al cuento de hadas en el que ha decidido instalarse. Las cosas ya no son como antes, hemos resuelto las condiciones que provocaban la violencia, vivimos ya en el México de la fraternidad. La desconexión entre el cuestionamiento de una periodista insistente y la quimera presidencial es asombrosa. Los hechos son ignorados porque lo que cuenta para el presidente es la fábula del renacimiento de México y no la fastidiosa realidad. El país es ya otro y en consecuencia, ya no hay motivos para la violencia.

Andrés Manuel López Obrador dejó Los Pinos para residir, no en el Palacio Nacional, sino en el mural de Diego Rivera. En esa historia cree, esa política ve. Y por eso no puede vero lo que no cabe en la reducción pictórica del ideólogo. No puede entender que para combatir un contagio mortal hay que poner de veras la ideología afuera, hay que proyectar un mensaje coherente, hay que orientar con el ejemplo. No entiende tampoco que el crimen organizado es indiferente a las bondadosas intenciones de un presidente y el supuesto fin del neoliberalismo.

Pero el presidente que no se usa cubrebocas insiste en llevar tapaojos.

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18, Jul 2020

El conflicto conjurado

La crítica no puede darse el lujo de ignorar la circunstancia que comprime el espacio de la decisión. Tiene sentido comparar la acción con el ideal, pero es necesario también advertir el peso de las restricciones reales e imaginar el escenario contrario. Pienso en la visita del presidente López Obrador a Washington. No parece haber sido la mejor ocasión para visitar a un candidato que busca la reelección. No es convincente el motivo que se ha expuesto para justificar el viaje y mucho menos el propósito de expresar gratitud al antimexicano. Pero la catástrofe que algunos temimos no se materializó. Puede decirse que la visita fue exitosa. Tendrá costos y beneficios que seguramente habrán de apreciarse a fines de año, tras la elección presidencial, pero la ceremonia de cordialidad que contemplamos tiene, por lo pronto, consecuencias benéficas. Las tiene, sobre todo, si consideramos el viaje como el emblema de una relación que, a pesar de todo, se preserva y se cuida.

La reunión reciente, carente de acuerdos sustanciosos, pero cargada de simbolismo nos invita a imaginar el escenario distinto. La cordialidad, habría que decirlo, no estaba asegurada. Ambos son conocidos por su mecha corta, por la naturalidad con la que convierten el micrófono en instrumento de combate. Pero, lejos de haber entrado en pleito, se han entregado al cortejo y se llaman amigos. Si en algo ha ejercitado autocontención el presidente mexicano ha sido precisamente en relación a su contraparte. Subsisten sin duda tensiones y desacuerdos, hay agravios y desconfianzas. Pero con todo, el trato entre ambos facilita el entendimiento y es una de las poquísimas señales de certidumbre en el escenario mexicano.

Podemos hacer la crítica del viaje, de lo que se dijo y de lo que se calló; de las personas a las que vio el presidente y a las que ignoró. No creo que, habiéndose hecho el viaje, se haya logrado enviar el mensaje mexicano en los frentes en los que es importante proyectarlo. ¿En verdad debemos agradecer que el presidente Trump no nos dé trato de colonia? Las discrepancias con el viaje y sus eventos pueden ser muy amplias. Pero el argumento que me interesa plantear está en otro lado. Es el presente que se ha conjurado. ¿Dónde estaríamos si al caldo de los gravísimos problemas que tenemos, le agregáramos en estos momentos tensiones en el frente bilateral? Hagamos el ejercicio de imaginación para calibrar nuestra crítica. ¿Cómo estaríamos hoy si la relación entre los ejecutivos de las dos naciones fuera tensa y pendenciera? ¿Qué clima se respiraría en el país si la furia de los tuits trumpianos cayera en un presidente mexicano que lo rebate constantemente? ¿Qué efectos tendría el escuchar al presidente de México ejercitando el resentimiento nacionalista en contra de los yanquis de hoy y no en contra de los conquistadores españoles de hace quinientos años? ¿Qué efecto tendría una carta semejante a la que envió al rey de España, dirigida al presidente norteamericano recordando, quizá, el año de 1847? ¿Cuál sería la perspectiva económica de México si, a todos los contratiempos, agregáramos ahora la muerte del acuerdo comercial con los vecinos del norte? Pensar la política es siempre imaginar el escenario posible que no se materializa. La amenaza que no se concretó, la desgracia que se evitó. No es absurdo imaginar que, bajo el otro escenario, la campaña de reelección del presidente Trump sería el trofeo de un documento hecho trizas. Casi puede escucharse el grito del demagogo diciéndole a sus huestes: hace cuatro años les prometí terminar con el peor acuerdo comercial en la historia de la humanidad. He cumplido. Aquí lo tienen, diría mientras tira a la basura un gordo volumen con las letras “NAFTA.” Tampoco es difícil imaginar la respuesta de celebración: la muerte del TLC nos libera del último vestigio neoliberal: no tenemos por qué pensar en importaciones si en México lo tenemos todo. El cura Hidalgo nunca perdió el tiempo pensando en las cadenas de valor.

En el enjambre de tormentas, hay un terreno razonablemente despejado para México. Lo abre una prudente hipocresía diplomática: el desagradable entendimiento entre Trump y López Obrador.

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08, Jul 2020

La bicicleta de Julio Torri

En un ensayo sobre Julio Torri, Margo Glantz preguntaba por qué ese artista de la brevedad castigaba la prosa como si estuviera flagelando su cuerpo, como si lo estuviera sometiendo a una dieta cruel. Veía en el cuerpo del aforista un anticipo de su inusual literatura: “El estilo de Torri es como su propio cuerpo, un cuerpo anguloso, delgado, rígidamente detenido en los huesos, en el esqueleto, en aquello que le permite estar en pie, aquello que le proporciona un armazón, la capacidad de ser de cierta manera un cuerpo erguido, sin nada que sobre y quizá, eso sí, con ciertas carencias.”

La marca de ese personaje excéntrico en el panorama de nuestras letras es la renuencia a la letra impresa. Sus obras son, en realidad, más un trabajo de editor que desentierra la página secreta que la del autor que va en busca de la imprenta. Si termina publicando eso que consideraba pedacería y cascajo fue solamente por amistad. Era un escritor rarísimo, dice Guillermo Sheridan: “ejemplarmente desprovisto de vanidad.”

Quizá ese régimen austeridad provenía del impulso del “contradictor sistemático” que fue. El traductor de Pascal sabía que la verdad es equilibrio de contradicciones. Solo en la inteligencia que aquilata el pero está la verdadera sabiduría. No padeció como tantos otros, el deseo de tener razón siempre. Sabía que no hay que exprimir la última gota del limón; que hay que hacer, de la escritura, más insinuación que sentencia. Quiso escapar de la mirada, rechazó la atención del público. Lo dejó dicho en un aforismo que lo retrata: “El gozo irresistible de perderse, de no ser conocido, de huir.”

La levedad, la precisión, la sensación de que sus letras se elevan de un hilo, el silencio apenas distraído remite tal vez a su objeto más entrañable: la bicicleta. ¿Hay otro artefacto que sea, como ése, el equilibrio en la pugna? Julio Torri escribió una declaración de amor a la bicicleta. Agradece que es comprensiva con el solitario, que avanza a nuestro ritmo y no nos impone una velocidad excesiva. Que nos hace flotar, como suspendidos por el aire, que es un riesgo delicioso y que para montarla hay que vencer la amenaza de los coches, de los perros y de los policías. Admiraba su discreción y su silencio. La eficiencia de un transporte libre de la ostentación de los coches y del agresivo trueno de las motos.

Tal parece que el misógino reservaba el amor para su bicicleta. El ciclista se compenetra a tal punto con su máquina que adivina el más insignificante contratiempo. “Un leve chirrido en la biela o en el buje ilustra suficientemente nuestra solícita atención de hombres sensibles, comedidos, bien educados. Sé de quienes han extremado estos miramientos por su máquina, incurriendo en afecciones que sólo suelen despertar seres humanos.”

Margo Glantz conserva una imagen de Julio Torri, feliz montado en su bicicleta. No era común que un profesor de la Facultad de Filosofía llegara a dar clase vestido así, con tenis y gorrita. Tenía “la expresión más feliz y deportista que pueda encontrarse en un hombre tan alejado de la realidad y tan adepto a la vida retirada de la torre de marfil de una biblioteca exquisita.” Trepado en las dos ruedas tocaba la realidad, pero seguía flotando en discreto equilibrio.

*

(Tomado de Obras completas, Fondo de Cultura Económica)

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06, Jul 2020

La cumbre de la saliva desparramada

Las voces que se han alzado para advertir los inconvenientes de la visita del presidente de México a los Estados Unidos son elocuentes. En todos los tonos imaginables se ha recomendado la cancelación de ese viaje inoportuno. La carta del embajador Bernardo Sepúlveda al canciller Ebrard es impecable. El festejo del nuevo acuerdo comercial es una ceremonia “irrelevante” que no puede dejar de considerarse como una intervención mexicana en apoyo de la reelección de Trump. Nadie puede imaginar inocencia en ese gesto. Absurda y costosísima apuesta del presidente mexicano. Absurda porque el residente actual de la Casa Blanca ha sido uno de los más furiosos antimexicanos que haya dormido ahí. Absurda también porque parece una apuesta abierta por un candidato que tiene pocas probabilidades de triunfo. Sepúlveda cita las encuestas recientes: todas coinciden en advertir que la reelección de Trump es improbable. Su conducción de la crisis sanitaria, su respuesta a las movilizaciones antirracistas no ha hecho más que profundizar el repudio de sectores cada vez más amplios. Costosísima apuesta porque asume el riesgo de la enemistad de los demócratas. Distanciamiento no solamente con el candidato Biden, sino también con el partido que seguramente controlará el Congreso.

No deja de ser un misterio el que el presidente mexicano insista en que el propósito de su primer viaje al extranjero sea mostrar su gratitud al presidente que más nos ha insultado. Ese es abiertamente el propósito: voy a agradecer el trato respetuoso de Trump hacia nosotros. El nosotros al que se refiere no es, desde luego, el país. Tal vez los presidentes hayan tenido conversaciones razonablemente cordiales por teléfono. Es cierto que el magnate ha elogiado al presidente de México y que éste, a su vez, ha trazado un curioso paralelo. Usted, el opulento, yo, el humilde, hemos derrotado a las estructuras del poder tradicional para defender la causa de nuestros pueblos. Pero, más allá de la “química” entre los populistas que en tanto se parecen, el trato público de Trump hacia México ha sido siempre el insulto. Su propia carrera política despega con el antimexicanismo más pedestre

La visita de López Obrador no tiene, hasta el momento, otro propósito que la reunión con el presidente Trump. Se ha rechazado explícitamente la reunión con el otro candidato a la presidencia y no parece que haya encuentros programados con legisladores o medios, esos a quien Trump denomina los “enemigos del pueblo”. El motivo de la visita, insiste en su carta Bernardo Sepúlveda, es absurdo. ¿Cómo celebrar la entrada en vigor de un tratado trilateral sin la presencia de los tres mandatarios? ¿Para qué hacerlo si ya entró en vigor? Aunque el primer ministro canadiense no viaje a Washington, el presidente mexicano irá. Elige ignorar también el presidente mexicano la deriva abiertamente autoritaria, si no es que fascista del mandatario norteamericano. Cuando los representantes de las democracias en el mundo hacen ascos al estilo de liderazgo militarista y a su provocación racial, el presidente de México se apresura a un encuentro sin cubrebocas. Aparecerán en algún jardín de la Casa Blanca escenificando para el mundo la cumbre de la saliva desparramada.

La conclusión de Sepúlveda es clara: “esa visita afectará negativamente al interés nacional”. No encuentro en ningún lugar argumentos para justificar la visita. No encuentro tampoco el reportaje en nuestra prensa que identifique el camino de una decisión tan claramente inconveniente. ¿Qué ruta siguió la ocurrencia mañanera hasta concretarse en la reservación del vuelo? ¿Hay espacios de auténtica reflexión en el círculo presidencial? ¿Hay ámbitos en los que se pondere con rigor la oportunidad y el riesgo que derivan de un lance presidencial? Me temo que, ante la ocurrencia de una mañana, no hay reflexión que cuente. Es imposible el diálogo profesional, la seriedad administrativa cuando toda deliberación es, para el presidente, una prueba de lealtad a su proyecto. ¿Quién es el valiente que se atreve a cuestionar el atinadísimo instinto del presidente? Por eso, más allá del riesgo que corremos en la acción de gracias de López Obrador, contemplamos al gobierno como la servidumbre de sus ocurrencias.

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06, Jul 2020

La bota y los patines

La pandemia ha sido, para la política, un reto epistemológico y no solo epidemiológico. Lo plantea de ese modo el filósofo vasco Daniel Innerarity en un veloz ensayo que subraya la torpeza con que la política contemporánea gestiona la complejidad. No solamente carecemos de una vacuna, nos hacen falta asideros conceptuales. ¿Cómo enmarcar el desafío de una pandemia?, ¿con qué palabras nombrarlo?, ¿de qué forma envolver la convocatoria a la reclusión? La peste del 2020 no es, políticamente, como las previas. No es una calamidad que se sufre a solas, en familia y, tal vez, en algún centro de beneficencia. La gripe española, a pesar de su terrible estela de muerte, no concentró los titulares de los grandes diarios europeos. En el parlamento británico, por ejemplo, apenas se escuchó del contagio en un par de ocasiones. Pero lo que atendían los representantes no era el problema sanitario, sino la amenaza que significaba para la actividad industrial. No era considerado propiamente como un problema de salud pública que hubieran de encarar los gobiernos. Nadie se atreve hoy a negar el desafío político del coronavirus. Pero, para asumir esa naturaleza, es necesario darle nombre. ¿Qué es? ¿A qué se parece? ¿Qué llamado puede hacerse desde el poder?

El artículo completo puede leerse en nexos de julio.

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