Ago, 2020

31, Ago 2020

Macartismo

Hay ya mesas en los parques que piden apoyo para encarcelar expresidentes. Se convoca en esos términos: ¿quieres que Salinas, Peña y Calderón vayan a la cárcel? Esa es la pregunta que se hace desde el partido en el gobierno. No se trata, por supuesto, de unos cuantos espontáneos. Siguen todos ellos la insistente invitación del presidente de la república. En algunos otros lugares del país donde se recogen firmas se simula que se pide un juicio, pero nadie duda de que buscan lo mismo: apoyo para una condena. ¿Quieres la hoguera para quienes odias? El espectáculo de estas mesas me parece monstruoso. No porque los expresidentes estén por encima de la ley, sino precisamente porque han de ser tratados de acuerdo a la ley. Ni más ni menos.

Se pone a los expresidentes en el mismo costal como si judicialmente pudiera tratárseles en paquete; no se identifica un delito concreto que motive el juicio; no hay, por supuesto, una prueba que pudiera aquilatar el firmante ni mucho menos posibilidad de que los incriminados en la plaza pública levanten la voz en su defensa. Se pretende esclavizar a una fiscalía que debería estrenar autonomía; se politiza de la manera más pedestre lo que debe ser rigurosamente técnico; se conculcan los derechos más elementales. Esto no es una fiesta democrática. Esto no tiene nada que ver con la democracia participativa. Esto es una escena de la barbarie, la perversión más grotesca del voto: hacer de la impopularidad razón suficiente para la inquisición. Organizar, desde el poder, el linchamiento de los vencidos.

Poner a votación popular el inicio de un proceso judicial es una barbaridad desde donde quiera verse. Si los expresidentes cometieron delitos, no hay obstáculo alguno para que se les procese. No se necesita, para el juicio, permiso de nadie. Es más: solo habrá juicio auténtico si la fiscalía y los jueces miran y ponderan las pruebas, escuchan la defensa y cierran los ojos a las demandas de la plaza y las insinuaciones del palacio. Lo más alarmante es, quizá, que el absurdo haya avanzado hasta este punto sin que haya retenes de racionalidad en el gobierno federal. Nada ha hecho, por lo menos públicamente, la antigua ministra que formalmente encabeza la Secretaría de Gobernación. Ante el delirio, el silencio. Podría confiarse en que la Suprema Corte de Justicia parará este despropósito monumental si el caso llega a sus manos, pero aún si la bóveda resiste la demagogia, el daño será inmenso y muy benéfico para la causa de la polarización y la desinstitucionalización populista.

“No quiero parecer verdugo,” dijo el presidente en aquella lamentable conferencia. ¿Será necesario subrayar la palabra “parecer”?

Votar no es sinónimo de democracia. Una votación que pretenda arrebatar derechos no es más que el encubrimiento popular de la autocracia. La calumnia tampoco es ejercicio de transparencia, como dice el presidente. Hace unos cuantos días volvió a la carga para descalificar al Gobernador del Banco de México con información equivocada y a cuestionar a sus críticos llamándoles desleales. No rebatió sus cuestionamientos. Se lanzó, como acostumbra, a golpear su honorabilidad. ¡Quienes cuestionan mis proyectos reciben dinero de fuera! Lo que escuchamos fue una denuncia de actividades antimexicanas. No se acusaba a ninguna organización de cometer un delito, de violar reglas o de engañar a la gente. Se acusaba a entidades de la sociedad civil de ser agentes extranjeros con la perversidad de quien insinúa sin comprometerse con una denuncia. El presidente, difundiendo un documento que misteriosamente había llegado a sus manos, no señala ninguna ilegalidad, pero atiza la sospecha… y se deleita.

Esto tiene un nombre: es macartismo. Acusar en la plaza pública sin mayor prueba que el rumor, insinuar traiciones a la nación, regocijarse con los soplones, imaginar la conspiración en todas partes. En eso ha caído la hábil manipulación lopezobradorista de la rabia colectiva. Macartismo. El presidente no siente necesidad de probar nada de lo que dice. Quien nada debe, nada teme, dice para rehuir la responsabilidad de sus palabras. Lanza acusaciones y cultiva los efectos. El temible senador McCarthy fue un tirador de bombas, dijo el crítico Louis Menand. Tal vez fue lo único que fue.

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31, Ago 2020

El arte de la huida

El ensayo corto es una expresión de cortesía. Rechaza la vanidad de decir la última palabra. Ahuyenta la tentación de exprimir un tema como si uno pudiera beber completa toda la savia de un asunto. Respeta el tiempo del otro. El guiño de sus puntos suspensivos invita a la imaginación de quien lee. Nadie lo entendió tan claramente entre nosotros como Julio Torri. Ahí radica su arte: el desinterés en el esclarecimiento detallado resalta los aromas de la levedad, afina la silueta de las impresiones fugaces. El esbozo que queda sin desarrollo hormiguea en la inteligencia del lector, como jamás lo lograría el orden de los sistemáticos. “Mientras menos acentuada sea la pauta que se impone a la corriente loca de nuestros pensamientos, más rica y de más vivos colores será la visión que urdan nuestras facultades imaginativas”.

Torri prefiere el salto al puente. Al soporífero profesor no le tienta el desarrollo que lleva al alumno de la a a la zeta. La condescendencia del didactista es, para él, una forma del desprecio. Torri elige el brinco, como lo hace en un aforismo, de una emoción a un tinte. “La melancolía es el color complementario de la ironía”. Torri da la marometa insospechada y saca el conejo del sombrero.

El artículo completo puede leerse aquí.

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24, Ago 2020

La política del estigma

El estigma, no el castigo, es lo que busca el presidente López Obrador. Lo ha dicho muchas veces y no cabe duda de que es congruente en su actuar. Promueve la repulsa, aunque obstruya con ello el camino de las instituciones de justicia. Lo que al presidente indigna en realidad no es la impunidad, es el aplauso que recibe el tramposo, la envidia que genera su botín. La anécdota la cuenta tres o cuatro veces a la semana: antes de su feliz triunfo, los pillos eran visto popularmente como astutos ejemplares. Se paseaban sin encarar el rechazo de la gente. Por eso cree que, para terminar con la corrupción lo que importa en realidad no es llevar a los delincuentes a la cárcel, sino que los cubra la mala fama, que los persiga por siempre el desprecio público. Ese castigo, popular y difuso, es lo que busca activamente el presidente. Piensa en una sanción fulminante que no necesita seguir el engorro de esos procedimientos que suelen controlar los abogados. A cualquier imagen incriminatoria, a cualquier acusación que involucre a sus adversarios da inmediatamente la máxima publicidad para que la opinión aplique sus castigos.

La política del estigma, impropia de un jefe de Estado, aleja la verdad y dinamita el proceso legal. No dudo que, en el corto plazo, esta urgencia de exhibir resulte rentable: tal vez ayude a fortalecer la imagen de un presidente que combate a los corruptos y puede aniquilar a las oposiciones que están ya en condición agónica. Pero, tarde o temprano, esta estrategia atenta contra el propósito declarado de combatir la corrupción. La exhibición de estos materiales, la condena desde el púlpito presidencial pone en riesgo la viabilidad del proceso. Al usar la tribuna de ese modo, el presidente obstruye al tribunal. Lo han advertido muchos abogados en estos días. Si desde la máxima figura del gobierno se viola la presunción de inocencia puede contaminarse irreversiblemente el juicio. La verdad y no solamente la justicia se nos escapa también con este mal periodismo que es peor política. Cuando el presidente acoge como confiables y difunde dichos de un delincuente confeso que no aporta prueba alguna de sus dichos, glorifica el chisme que mezcla verdades con inventos y con ello aleja la esperanza de conocer.

El conocimiento de las trapacerías de los gobiernos anteriores es vital para el país. Castigar a quienes han usado los cargos públicos para beneficio personal es igualmente indispensable. Me temo, sin embargo, que el afán de estigmatización y el desprecio por los rigores de la ley nos conduce al rumbo contrario: impunidad y confusión. Con esta política de la estigmatización se alentará la indignación y la frustración. Las consecuencias de esta estrategia pueden verse a la vuelta de la esquina: rabia y desconfianza. Irritación por los escándalos y decepción por la incapacidad para aplicar con ejemplaridad la ley. Los pillos se reirán de nosotros y seguramente algunos inocentes quedarán tiznados.

La justicia ha de estar por encima de la ley, repite con frecuencia el presidente López Obrador. Lo decía en la oposición y lo sigue diciendo desde Palacio Nacional. Ser la cabeza del Estado mexicano no ha modificado su convicción de que puede alcanzarse la justicia por caminos distintos a los del derecho. Habrá entonces preciosas transgresiones a la ley. La convicción justiciera que se desentiende del respeto por las formas y los procedimientos legales, que ignora derechos y desborda competencias legitima el capricho del más fuerte, quien definirá como justicia su propio interés. No es raro ver, entonces, que el presidente sólo advierta injusticia y delito en la conducta de sus adversarios. Los delitos que cometen los suyos resultan admirables aportaciones a una causa heroica. La causa es justificación plena. El santo se siente tan lejos de las tentaciones mortales que confiesa conductas delictivas públicamente sin el mayor asomo de culpa. Sus pecados son actos de sublime patriotismo.

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19, Ago 2020

Biden y Arendt

El 25 de mayo de 1975, Tom Wicker, columnista del New York Times publicó un artículo que tituló “La mentira y la imagen”. Era una reflexión sobre el bicentenario de los Estados Unidos a partir de una ponencia de Hannah Arendt en Boston. La ponencia a la que se refería Wicker sería publicada unas semanas después en The New York Review of Books. Sería una de las últimas publicaciones de Arendt quien moriría a fines de ese año. La ubico porque en estos días en que el Partido Demócrata escoge a su candidato a la presidencia, ha salido a la luz pública que Joe Biden, al leer el artículo de Wicker, envió una carta a la profesora de la New School for Social Research, pidiéndole el texto que leyó en Boston. He leído que su ponencia fue extraordinaria. Como miembro del comité de Relaciones Exteriores del Senado, le suplico me mande una copia.

Es entendible el interés del joven senador de Delaware. Wicker advertía que era imposible ser justo con el ensayo de Arendt. La profesora miraba las urgencias del día con la inteligencia de los siglos. El macartismo, la derrota en Vietnam, Nixon, las mentiras del poder vistas a la luz del humanismo civico. Arendt, a los ojos del columnista, urgía verdad. Cuando los hechos llegan a casa, lo menos que podemos hacer es recibirlos y darles la bienvenida. “La grandeza de esta república decía Arendt, fue reconocer lo mejor y lo peor en los seres humanos en aras de la libertad.”

No sé si Hannah Arendt haya respondido a la petición del político. Tampoco hay evidencia de que Biden haya leído la conferencia. Lo que resulta fascinante es la anticipación del texto que Biden quería leer. Arendt no celebraba el bicentenario como si pudiera ser una fiesta de congruencia nacional. Por el contrario, advertía una traición y un peligro. Lo que la teórica del totalitarismo había padecido en Alemania y que había estudiado en Rusia estaba más cerca de lo imaginado. La mentira en la que se basaba el despotismo se imponía, por otra vía, en Estados Unidos. Arendt se adentraba en la mentira imperante. Una república bicentenaria se entregaba a la imagen para desentenderse de la realidad. La más profunda observadora del totalitarismo encontraba afinidad entre el estalinismo y el presente. Estados Unidos no era la república inmune. Por el contrario, parece compartir destino trágico con las sociedades que han sido presa del despotismo totalitario. No se aterroriza en la mentira oficial, pero impone una farsa. Los intelectuales, lejos de buscar la verdad, se aferran a una teoría. No van en busca de los hechos porque se ha impuesto el desprecio por la realidad. El totalitarismo está mucho más cerca de lo que imaginamos. No es la tragedia distante sino la amenaza inminente.

En ese texto que sería después recogido en Responsabilidad y juicio, un libro que en español publicó Paidós, se atreve a la comparación. Estados Unidos no es la excepción. En la tierra de Jefferson bien puede imponerse el totalitarismo tras la máscara del mercado. No imaginaba campos de concentración. No eran necesarios. Como Tocqueville, sabía que el individualismo democrático era buen terreno para la anulación de la ciudadanía. El texto que interesaba a Biden habrá sido una de la últimas apariciones públicas de Arendt. Es una profecía brutal, no solamente porque anticipa el declive histórico de los Estados Unidos, sino también porque ubica la mentira como el núcleo de la nueva vida pública. Evadir la realidad, maquillar los hechos inconvenientes, fabricar fantasías convincentes se ha convertido en una forma de vida. Esa mentira que imaginábamos constitutiva del orden totalitario, se ha instaurado como principio rector de nuestra vida pública. La opinión pública, lejos de ser muralla de decencia, será cómplice de las atrocidades más abominables.

Tal vez lo que aquel Biden buscaba en la pieza de Hannah Arendt era un aviso de lo que vemos hoy: que no es necesario el terror para imponer la mentira como el principio de la vida pública, que no hacen falta campos de concentración para corroer el nervio cívico y que el encierro de las imágenes puede destrozar la vida pública. Ojalá Biden lea hoy la conferencia que buscó hace casi medio siglo.

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17, Ago 2020

Esto no es una distracción

Muchos críticos del presidente quieren pintar los juicios a los personajes encumbrados del pasado reciente como un circo que desvía la atención de los verdaderos problemas del país. Dicen que se trata de un espectáculo mediático, una distracción que pretende ocultar los dramas de la economía, la salud, la seguridad. Que los juicios sirvan al relato de la administración no significa que sean maquinaciones para encubrir las desgracias del presente. Se trata de procesos cruciales para la vida pública. Caminos para conocer la verdad y aplicar la ley. Conocer y castigar.

Los dos personajes que se encaminan a juicio son piezas cruciales de las administraciones recientes. Uno está preso en una cárcel de Estados Unidos. El otro recibe trato privilegiado administrando el proceso desde su casa. Las acusaciones que cada uno enfrenta tocan el corazón de aquellos gobiernos. El encargado de la lucha contra la delincuencia en el gobierno de Felipe Calderón, al servicio de una organización criminal. El director de la empresa pública más importante del país, una bisagra de sobornos. Cada uno representa, a su modo, el corazón de los gobiernos a los que sirvieron. El combate a la delincuencia que inauguró la guerra que nos sigue matando y la política energética que simbolizó las llamadas “reformas estructurales” del Pacto por México. ¿Quién puede ignorar la gravedad de las acusaciones contra estos favoritos? ¿Quién desearía que esos juicios se esfumaran de la atención pública? Se trata de dos asuntos fundamentales para la salud pública.

Por el papel que desempeñaron y por la naturaleza de las acusaciones que enfrentan, los casos de García Luna y de Lozoya son juicios a las dos herencias más perniciosas de los gobiernos recientes: la violencia y la corrupción. La barbarie y el cinismo son, en efecto, el legado más perverso de los gobiernos que prepararon la llegada de Andrés Manuel López Obrador. La violencia que se disparó con Calderón y el obsceno desfalco del peñismo. A los jueces, por supuesto, no corresponde la ponderación histórica o la evaluación política de estas administraciones. Solo, y de manera estricta, les toca la evaluación jurídica de los delitos que pudieron haberse cometido desde el poder. Pero en el camino judicial, entre pruebas, alegatos y testimonios, el país podrá confrontar una parte esencial de su pasado reciente.

El ascendiente del lopezobradorismo tiene dos puntales. El primero es la emoción antioligárquica y el segundo es la rabia contra la corrupción. El disco presidencial gira alrededor de esos motivos. Dos indignaciones legítimas y poderosas. Es por ello que las acusaciones a los cercanísmos colaboradores presidenciales caen–aquí sí–como anillo al dedo del relato oficial. Sirven como demostración de que las prioridades de las administraciones previas, la recuperación del orden y la modernización pactada, fueron en el fondo, pantallas de corrupción. El país necesita conocer la verdad que puede surgir de los juicios. Debe exigirse, por supuesto, lo elemental: imparcialidad en el proceso, transparencia, respeto pleno a los derechos de los acusados.

El futuro cercano no es atractivo para el país. No lo es tampoco para el presidente. Más allá de su propensión al autoengaño, debe saber que la promesa de prosperidad equitativa se ha desmoronado. El virus y la demagogia han logrado borrar cualquier posibilidad de crecimiento. Si el presidente retiene en algún rincón íntimo de su cerebro un gramo de sensatez, debe reconocer que en los años que vienen prosperará solamente la fábrica de pobreza. Tampoco parece fácil ser optimista en cuanto a las perspectivas de la pacificación. Por ello el optimismo del gobierno no puede más que refugiarse en el pasado. Lo único que puede ofrecer esta administración como prueba de su novedad es el castigo. No habría que menospreciar el impacto que los encarcelamientos ejemplares pueden tener en la opinión pública y en la imagen presidencial. El combustible del escarmiento no es menor. No lo es porque pone contra la pared a las oposiciones que siguen sin dar pie con bola, y porque corrobora la línea básica del relato oficial. El único complemento concreto a la saliva presidencial pueden ser las rejas.

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10, Ago 2020

La comedia del populismo

Hace unos días el presidente Trump concedió una entrevista al reportero australiano de Axios, Jonathan Swan. Es un retrato invaluable no solamente del patán que ocupa la Casa Blanca, sino de ese estilo argumentativo del populismo que se convierte, involuntariamente, en material cómico. Algunos videos han agregado tonaditas de comedia para subrayar lo risible, pero, a decir verdad, es innecesario. No hay que agregarle nada para registrar el valor cómico de su actuación.

El presidente Trump insistía, contra toda evidencia, que su país ha manejado admirablemente bien la crisis sanitaria y para ello sacó del guante un papelito que pretendió usar como prueba irrefutable. La gráfica que mostraba contrastaba casos y muertes, pero se desentendía de lo crucial: la proporción de muertes que toma en consideración la población. El orgullo de Trump es, por supuesto, absurdo. La clave para valorar la política sanitaria de un país es, en efecto, la cantidad de muertos por habitantes. Pero Trump se aferra al dato insignificante, como si pudiera salirse con la suya. Su cinismo es desorientación extrema. La máxima eficacia cómica aparece cuando el embustero se aferra a la mentira que nadie cree, cuando se desprende de todo estorbo de decencia para insultar al admirable y cuando se glorifica sin pudor alguno.

La entrevista parece, en efecto, entresacada de un programa cómico. El personaje es un sujeto sin ningún respeto por la verdad, un hombre de limitadísimo vocabulario que repite una y otra vez elogios a sí mismo y que miente con la naturalidad con que respira, exhibiendo reiteradamente su incapacidad para procesar la realidad palpable. Se describe como el hombre más valioso del universo, como el mejor jefe del mundo, al tiempo que revela su incompetencia, su ignorancia, su insensibilidad y su vanidad. Las afirmaciones de Trump no son, como las de tantos políticos, maniobras retóricas para encontrar el perfil más ventajoso. No son apuestas al olvido ni promesas que puedan llegar a incumplirse en un futuro próximo. Son mentiras grotescas y rotundas. Al momento que se emiten, son ya insostenibles. Son mentiras de un nuevo tipo, dice Masha Gessen, cuyo libro más reciente comenté hace poco. Son las mentiras que no tienen como propósito esconder o maquillar. Lo que buscan es demostrar que el poder lo tiene él y que por ello puede decir cualquier cosa. Decir, por ejemplo, que Estados Unidos lo ha hecho bien en la lucha contra el contagio, cuando es el país con mayor número de muertes en el mundo.

Digo que la entrevista parece acto de comediante, porque la disonancia entre las expectativas que tenemos de quien dirige un país y lo que expresa ese hombre no podría ser mayor. Negación flagrante de la realidad, utilización de datos absurdos para hilvanar argumentos insostenibles; un brutal desprendimiento afectivo que se aferra a sus limitadas fórmulas verbales. Ante la muerte de un admirado héroe de la lucha por los derechos civiles, el comediante tiene el atrevimiento de decir: ese fulano no vino a mi fiesta.

Las marcas de esa comedia trumpiana son, tal vez, señales del involuntario humorismo populista. Hay ahí riquísimos materiales para la comedia: apelar a una realidad alternativa que nadie más registra; invocar el mismo cuento sea cual sea la circunstancia; aferrarse al extravío denunciando que el resto del mundo está perdido y conspira contra la justicia; emplear un discurso de identidad que se desprende de cualquier consideración lógica; venerar la estatua del caudillo que encarna al Pueblo, la Historia y la Moral. Nuestro standup matinal sigue una pista parecida. La función cotidiana del egocentrismo es el espectáculo de un hombre perdido que no se da cuenta que está perdido. Un hombre que ha dejado de saber qué suelo pisa y que repite, como si fueran hallazgos de su creatividad genial diez frases y cuatro cuentos. En cada función, el protagonista reclama para sí el sitio de la inmortalidad, al tiempo que muestra su inhabilidad para formar un equipo y administrar un presupuesto. Y así pregunta el comediante supremo: ¿de qué se quejan los burócratas si no tienen una computadora? ¿Protestaba Benito Juárez por la calidad del internet? (Las risas que se escuchan no son grabadas porque las aportan sus patiños.)

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05, Ago 2020

La resurrección de los ecos

Se ha hablado mucho en estos días de la antigua catedral bizantina de Estambul. El templo se construyó en 537 y durante casi mil años fue la iglesia cristiana más grande mundo. En 1453, cuando la ciudad fue ocupada por el imperio otomano, se convirtió en mezquita. Entonces se levantaron los minaretes que enmarcan la estructura. Y se ocultaron los símbolos cristianos de las cúpulas y paredes. Permaneció como mezquita hasta 1934, año en que Kemal Ataturk, el fundador de la Turquía moderna, decidió convertirlo en museo. Los mosaicos ortodoxos reaparecieron al lado de la caligrafía musulmana en símbolo de una nacionalidad abierta que recoge todas las capas de su propio pasado.

Hace unos días, el gobierno de Erdogan decidió clausurar el museo para convertir nuevamente al templo de la sagrada sabiduría en mezquita. La controversia ha sido intensa. Para el novelista turco Orhan Pamuk, la decisión del gobierno representa un atentado a la república secular fundada por Ataturk. Un golpe simbólico pero mortal al basamento laico de la democracia. Ece Temelkuran, la periodista que publicó hace un año su instructivo de siete lecciones para perder un país, reaccionó con la misma indignación: la medida es una forma extrema de rehacer el paisaje de la historia, de la ciudad, de la república para servir al relato de la identidad. Por lo pronto, puede decirse que la reapertura de la mezquita ha logrado la ansiada polarización. Los simpatizantes del presidente turco la entienden como una recuperación de la dignidad; sus críticos como una especie de expulsión del espacio público.

Ha sido a propósito de esta polémica que el New York Times dio a conocer hace unos días un proyecto científico y artístico que me parece fascinante. Basserra Pentcheva, profesora de estudios clásicos de la Universidad de Stanford, se ha dedicado desde hace años al estudio de Hagia Sophia y ha explorado, sobre todo, las dimensiones sensoriales que estimulaba ese templo. La joya de la arquitectura bizantina es una imagen de lo divino que se vivía a través de la luz y las sombras; del canto y sus ecos. La iglesia puede escucharse como un gigantesco instrumento por donde se advierte la presencia de Dios. El coro, dice la clasicista, llenaba el interior acuáticamente: ondas que se propagan, rebotan y disipan entre domos, columnas y paredes. El gran tesoro de Santa Sofía, su sabiduría más profunda, sugiere Pentcheva es ser vasija de una sonoridad mística.

Con un grupo de ingenieros y programadores, la historiadora se ha esmerado en reconstruir la arqueología acústica del lugar. Más que acomodar las piedras de un templo milenario, restituir los temblores del sonido, rescatar el timbre de las voces en juego con el templo. Para recuperar esos ecos, los técnicos poncharon un globo en el lugar en donde habría estado el coro y midieron con precisión los rumores que desencadenó el estallido. De esa manera, el equipo técnico pudo capturar la vivacidad sonora de ese gigantesco cántaro de mármol y oro y levantar una réplica de esa arquitectura que se escucha. Haciendo uso de ese modelo acústico, el grupo vocal Capella Romana que se especializa en los cantos bizantinos grabó un disco de las voces perdidas de Hagia Sophia, a miles de kilómetros de Estambul. El resultado es sobrecogedor. La “aurealización” sumerge al cuerpo de quien escucha en un mar de reverberaciones. Es esa la experiencia de la divinidad que surge de Santa Sofía, dice Pentcheva: voz que resuena y que envuelve, como agua.

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03, Ago 2020

Sobrevivir la autocracia


Hace casi cuatro años, el New York Times pidió a una serie de periodistas extranjeros una reflexión sobre la elección de Donald Trump. ¿Cómo se veía ese acontecimiento desde fuera? Una de las miradas que el diario convocaba entonces era la de Masha Gessen. Gessen había vivido entre Rusia y los Estados Unidos, había publicado una biografía de Putin y participado en las luchas de la comunidad LGBT en ambos países. Bajo la amenaza de perder la custodia de su hijo por la legislación homófoba del autócrata ruso, se instaló definitivamente en los Estados Unidos. Pero su refugio pronto empezó a parecerse a su lugar de origen. Con horror vio el ascenso del millonario neoyorquino y anticipó que tendría altas probabilidades de ganar la presidencia. Veía en Trump a un remedo de lo que vio y padeció en Rusia. Trump no era simplemente un demagogo. Un patán oportunista, sin el menor sentido de la decencia. Era el primer hombre que se había postulado abiertamente para ejercer de dictador de los Estados Unidos.

Gessen, quien se define como persona no binaria, escribió el artículo que le había solicitado el New York Times, advirtiendo precisamente eso: Trump es un autócrata y representa un peligro serio para la democracia de los Estados Unidos. El diario consideró que el texto era alarmista y que la mera consideración de que la sacrosanta democracia norteamericana fuera mortal, resultaba indigna de aparecer en las páginas de opinión del diario. Por ello, el periódico dio las gracias a Gessen y rechazó el texto. Lo publicó poco tiempo después el New York Review of Books y se convirtió en uno de los ensayos más leídos de su historia. Millones escucharon en línea su grito de alarma. Se trataba de un instructivo para sobrevivir la autocracia. De su experiencia en Rusia, Gessen extraía deberes cívicos elementales. Había que creerle, en primer lugar, al autócrata. Hay que tomarse en serio sus palabras. Cuando dice que tiene la intención de poner a sus opositores tras las rejas, cuando habla de golpear a los críticos en sus manifestaciones, cuando inventa sus propios datos, hay que escucharlo. Quien no respeta la dignidad de los demás, quien entiende el poder como despliegue de fuerza es un autócrata, aunque use las plataformas de la democracia. Por eso no hay que normalizar el trato con el autócrata y mantener viva la flama de la indignación.

Aquel artículo se ha convertido en un libro crucial para entender nuestra era. Sobreviviendo la autocracia, es el título. El candidato a dictador se exhibe cada día con mayor claridad. Todo autócrata sueña con la crisis que le permita desentenderse de las reglas, los hábitos y los procedimientos democráticos. Una urgencia, un enemigo que permita poner fin a los miramientos liberales. La crisis llegó como una emergencia sanitaria y, al tiempo que ha exhibido la ineptitud del gobierno norteamericano, ha revelado también sus reflejos autoritarios y abiertamente fascistas. En México lo vio muy pronto Letras libres. Temiendo el resultado de la elección inminente, dedicó su edición de octubre de 2016 al “fascista americano.”

La reacción del presidente Trump ante las protestas antirracistas que hace un par de meses recorrieron las ciudades de los Estados Unidos desde fines de mayo fue una “escenificación del fascismo” dijo Gessen. El teatro presidencial se ajusta a la retórica y a la estética fascista. Ver el poder como la fuerza de un ejército que impone orden a golpes y que atemoriza a los manifestantes con el sobrevuelo de los helicópteros militares. Y el jefe del gobierno caminando con un grupo de leales a las puertas de una iglesia para levantar la mano derecha y enseñar una biblia.

En días recientes han sonado desde la Casa Blanca dos amenazas gravísimas. Primero le advirtió a un periodista de la cadena Fox que no puede comprometerse a reconocer los resultados de la elección de noviembre si estos le son desfavorables. El presidente grita todos los días que el correo que usarán millones para votar no merece confianza y amenaza con desconocer los resultados de la elección de noviembre. Esta semana ha dado un paso más sugiriendo que la fecha de las elecciones podría aplazarse. No hay precedente de esas dos amenazas: desconocer los resultados de la elección o posponerla hasta la fecha que al autócrata le convenga.

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