Sep, 2020

30, Sep 2020

Wagnerismo

Hace un poco más de diez años Alex Ross, crítico del New Yorker, publicó una historia sonora del siglo XX. El ruido eterno escuchaba las reverberaciones culturales y políticas de la música que por alguna razón seguimos llamando clásica. Ahora acaba de publicar otro trabajo monumental que aún no tiene traducción al español. Se trata de Wagnerismo. Arte y política a la sombra de la música.

Ross ha integrado una verdadera enciclopedia del universo de Richard Wagner. Más que un análisis de sus composiciones y de sus manifiestos, el libro sigue la pista de su influjo: un libro sobre la influencia de un músico en quienes no lo son. No la música, su eco. Ross advierte que el ascendiente musical de Wagner es importante, pero no extraordinario. No fue mayor al de Monteverdi, Bach o Beethoven. Pero el impacto que tuvo la obra y el personaje en las artes vecinas, el peso que tuvo en la cultura y en la política no tiene comparación. No hay tal cosa como bachismo. Ross sugiere que ningún artista en la historia ha tenido el embrujo de Wagner. Nadie ha hechizado como él la poesía, la arquitectura, la novela, la filosofía, la política.

El embrujo del que habla Ross es, ante todo, ambiguo. El monstruo, sugiere, susurra un secreto distinto al oído de cada oyente. Es cierto que Wagner no solamente escribió para el pentagrama y que quiso construir también una filosofía musical, para dejar en claro su utopía artística. Pero, como bien se detalla en este trabajo colosal, su pauta seduce las causas más contradictorias. La contradicción estaba, tal vez, dentro del mismo personaje. ¿Un genio despreciable? Así lo pensaba Auden. Creía que era el artista más grande que ha vivido jamás, y al mismo tiempo, una mierda absoluta.

Alex Ross recorre meticulosa y casi obsesivamente las huellas que dejó Wagner en la literatura y en el pensamiento; en edificios y en la historia misma. Wagner parece la presencia inescapable: de la poesía de los simbolistas a los helicópteros de Francis Ford Coppola en Apocalipsis. Del belicismo teutón a los monitos de Walt Disney. Ross no se queda con el impacto que su mitología tuvo en Adolfo Hitler, su admirador más siniestro, pinta el vastísimo universo de su seducción. Baudelaire le escribió alguna vez al compositor que su música lo reintegraba. “Me has devuelto a mí mismo,” le dijo en una carta. Tal vez esa inmersión la provocó en muchas audiencias, en muchas culturas: identificación personal y fantasía colectiva. Leyenda medieval para algunos, frontera del mundo para otros; origen y destino, patria y alma.

Nietzsche dijo que no había escapatoria. Uno tiene que ser wagneriano. Sugería que la fuerza del compositor nos llevaba irremediablemente a lo más profundo, lo más temible, lo más íntimo. Woody Allen advertía, quizá por eso mismo, que había que tener mucho cuidado. Cuando él oía Wagner más de lo prudente sentía la urgencia de invadir Polonia. Lo cierto es que la imaginación que enciende su música puede ser melodía de los ideales más contradictorios: la fraternidad y el genocidio; el racismo y el abrazo a los desamparados. Ross identifica así al Wagner comunista y al Wagner nazi, al Wagner feminista y al Wagner gay.

El libro de Alex Ross es, a fin de cuentas, una celebración de la manumisión del arte. La creación que adquiere vida propia. Una criatura que no obedece instrucciones. La música de Wagner no está atada a Wagner. La creación de un racista furioso puede alentar la causa de los derechos civiles y el orgullo negro. Existe, en efecto, lo que Ross identifica como “afrowagnerismo.” Por esa misma insumisión del arte, Theodor Herzl, el padre del sionismo moderno, pudo encontrar inspiración en el arte de un antisemita. El único descanso que tomaba el padre espiritual del estado de Israel, mientras escribía El estado judío, era para ir a la ópera a ver Tannhäuser. Al escucharla avivaba su fe. Sólo en las tardes en que no había función, cayó en la duda.

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28, Sep 2020

El otro insulto

La profesión quejumbrosa ha salido en defensa de los suyos. Ante el embate del presidente ha empleado todos sus recursos: artículos, desplegados, declaraciones, programas de radio y de televisión. Es entendible: cada día el presidente agrede, descalifica, cuelga etiquetas. Habla siempre de su compromiso con la libertad de expresión, pero niega legitimidad a quienes considera golpistas. El gremio agredido pasa por alto el otro blanco de los insultos presidenciales: su propio gobierno. La agresión cotidiana del presidente a sus colaboradores, a los profesionales que todavía quedan en el gobierno es brutal. ¡Y pensar que no tienen siquiera el desahogo de una carta pública!

Detengámonos en el discurso del presidente ante la Asamblea General de la ONU. Su participación fue vergonzosa. Un disparate desde la primera hasta la última palabra. Las divagaciones y obsesiones de un hombre que no tiene la menor idea del auditorio y el valor de la ocasión. Lo de siempre: sus infantiles clases de historia, su fantasía de la cuarta invención, el orgullo que le provocan sus geniales ocurrencias, la grandeza de un prócer que dio nombre al fascista. Lamentable. El presidente no lee un discurso, no tiene unas tarjetas en la mesa que le permitan ordenar sus ideas, ni tiene siquiera frente a sí, el dibujo de un mensaje medianamente coherente. Si los profesionales le prepararon una propuesta para dirigirse con propiedad al foro, la tiró a la basura. Un discurso tan indecoroso no es reflejo solamente de su desinterés por los asuntos que salen del vecindario, sino un acto de desprecio por el trabajo de sus colaboradores. El trato es francamente agraviante. Es un desdén que no parece compatible a mediano plazo con la elemental dignidad profesional. Si no es grato sentir la agresión del presidente, siendo su crítico, no puedo imaginarme lo que debe implicar ese desprecio siendo su colaborador. Para los diplomáticos mexicanos, para los funcionarios de la cancillería, para quienes trabajan en la representación de Naciones Unidas el discurso proferido hace unos días es un insulto. Al jefe de la diplomacia mexicana le tiene sin cuidado lo que hacen los diplomáticos mexicanos. No escucha lo que proponen para promover las causas de México fuera de su territorio. Y así, el presidente de México utilizó la tribuna de la asamblea general de la ONU para decirle al mundo que había un avión que existe todavía, pero ya está en venta; que lo rifamos y lo vamos a vender.

No me atrevo a decir que México se haya convertido en el país de un solo hombre. Pero el presidente sofoca las voces de su propia administración. Ha dicho ya que la lealtad que exige para su proyecto no tiene por qué abrir los ojos. Lo que hace falta es lealtad ciega al proyecto, dijo esta semana. Sí: lealtad ciega. ¿Hay espacio para la colaboración digna dentro de un gobierno que exige ceguera? Las renuncias de la administración son elocuentes. Quienes han dejado el barco han dicho que el presidente no atiende razones, no valora la capacidad técnica, no sigue las reglas y no tiene interés en escuchar. Todo indica que los políticos que están dispuestos a permanecer son fanáticos, indignos o cínicos. Fanáticos son quienes creen que vivimos tiempos maravillosos. Que la violencia que continúa, la catástrofe sanitaria, la devastación institucional y la ruina económica son inventos de los neoliberales que en nada empañan los días gloriosos que vivimos gracias al patriotismo de Andrés Manuel López Obrador. Los indignos saben que las cosas van mal, pero están dispuestos a callar para preservar sus asientos en el gobierno. Reciben del jefe agresiones cotidianas, son ninguneados y desautorizados constantemente, pero ahí siguen, posando para el retrato. No les importa ser objetos decorativos, perder el prestigio de una vida. Son tapetes que se imaginan protagonistas. Finalmente, están los cínicos. Políticos realistas, estos ambiciosos saben que el gobierno pierde contacto con la realidad y promueve políticas ruinosas. Reconocen también que no hay posibilidad de convencer al devoto de sí mismo. Pero, a diferencia de los indignos que aguantan y de los fanáticos que babean, los cínicos perciben oportunidad en la chifladura. Saben que el jefe quiere escuchar una tonada y se la cantan. Le entregan lo que pide y esperan su turno.

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21, Sep 2020

Política del desprecio

¡Ahí están las masacres!
Je je je je je

Andrés Manuel López Obrador,
28 de septiembre de 2020

 

¿Cómo puede provocarle risa la noticia de la muerte? ¿Por qué se activa en él el resorte automático de la burla cuando lee el titular de Reforma que da cuenta de asesinatos que se apilan en México? ¿Qué hay en esa insensibilidad, en ese desprecio tan grotesco de la vida humana? ¿Cómo puede la animadversión apropiarse a tal punto de la cordura de un hombre para llevarlo a reírse de la muerte? Eso hemos visto: un gobernante que se mofa de las matanzas. No ofrece información que contradiga la nota, no pide contexto para el titular, no discute con el medio. El presidente ríe al leer la información de las masacres. Se burla del medio y al hacerlo se burla de los muertos. El caso es relevante porque muestra el lugar a donde puede llevarnos la polarización que se practica como doctrina política. La separación del país en bandos irreconciliables nos lleva a esto. A negarle razón, voz y dignidad a los otros. A abdicar del entendimiento, a cerrarse a la experiencia de quien se fustiga como contrario. Si lo dice Reforma será risible. Si lo dice cualquiera de nuestros enemigos, será ridículo. Si lo padece el otro, será un engaño.

A decir verdad, el reflejo presidencial no sorprende. Durante su larga carrera política ha sabido usar la emoción colectiva, manipular la rabia, aprovechar como nadie la indignación. Toda esa furia que se fue acumulando en los gobiernos de la transición era valiosa para él porque la ponía a su servicio. Por eso no puede decirse que sea un político de la empatía. Si no lo fue en la oposición, no lo es ahora. El megalómano mira el mundo desde el espejo. Por eso no ha sido capaz de entender el reclamo de las mujeres, ni el dolor de las víctimas, ni la penuria de los enfermos, ni el duelo de los sobrevivientes. Cuando aparece una expresión de su sufrimiento, el reflejo inmediato es el desprecio, la agresión, la burla. Nos lo recuerda Javier Sicilia en la carta que le ha dirigido al presidente que no piensa rebajarse y escuchar a los dolientes. A ellos les ha dicho le dan flojera, que no piensa perder el tiempo oyéndolos, que no les permitirá que monten un espectáculo. Sería indigno de un presidente reunirme con ustedes. Tiene razón el poeta: el desprecio es el sello de la presidencia de Andrés Manuel López Obrador. Desprecio por la verdad y los datos. Desprecio por la técnica y la experiencia. Desprecio por el diálogo auténtico. Desprecio por el mundo y los avisos del futuro. Desprecio por el sufrimiento de los otros. Y en la base de todo ese desprecio, la soberbia.

El egócrata, ese hombre que se siente reinventor de México, piensa que solo su sufrimiento cuenta. Todo gira alrededor de él, el perseguido de siempre. A su juicio hay sufrimientos históricamente triviales. La violencia que sufren las mujeres es una anécdota que no alcanza la dignidad de su épica. El único sufrimiento que tiene auténtica relevancia histórica es el suyo: el pobre presidente acosado por los medios conservadores de aquí y del extranjero; el presidente atacado por los representantes del viejo régimen; el presidente criticado por una prensa indigna que cuenta muertos, que hace sumas y preguntas. Después de Madero, el mártir, soy el presidente más perseguido de la historia, ha dicho muchas veces.

La política de la polarización termina siendo una política del desprecio. No merece la mirada del poder aquello que no sirve a su trama. Ni un centavo a lo que no contribuya a la vanidad del patriarca. Ni un segundo a lo que distraiga del camino previsto. Si alguien fuera del cuento quiere abrirse paso para defender sus derechos recibirá el ataque fulminante de quien no admite distracciones malintencionadas. Son extranjeros, son traidores, son pillos. La obsesiva invocación del pueblo es, en realidad, un aviso de exclusiones. Cuando se le nombra constantemente es para descartar a quienes no pertenecen en realidad a él. Es para jactarse de ser su único vocero.

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16, Sep 2020

Nuestra enfermedad

 Tony Judt murió con la tristeza de saber que logramos el propósito en el que nos empeñamos tercamente: desentendernos el pasado reciente. Nos decidimos olvidar las lecciones del siglo XX. Así empezamos el XXI, como si la historia reciente fuera un estorbo. Una de sus últimas empresas intelectuales fue conversar con su colega Timothy Snyder y repasar justamente esa centuria. Judt, quien ya no podía escribir por la parálisis que lo inmobilizaba progresivamente, podía todavía comunicarse con su joven colega y hablar de las guerras y las persecuciones, las disputas intelectuales, las desgarraduras, las grandes alianzas, las conquistas de la convivencia. Desde esa conversación he visto a Snyder como el continuador de la obra de Judt. Su panfleto antitrumpiano es precisamente un rescate de las lecciones de ese siglo olvidado. Para enfrentar a los fascistas había que cuidar las reglas, defender la verdad, involucrarse en política, cuidar la palabra. En aquel librito de Snyder no solamente se escuchaba a Judt sino también el eco de sus influencias más profundas: Arendt, Orwell, Camus, Kolakowski.

Snyder ha publicado en estos días un libro tan breve y tan potente como el anterior. No es solamente un manifiesto, sino también un diario personal, la crónica personalísima de un hombre que se acerca a la muerte. A finales del año, mientras daba alguna conferencia sobre la acechanza de los tiranos en el mundo, cayó enfermo. Durante semanas fue de una ambulancia a otra, de la sala de emergencias a terapia intensiva, del coma a la convalecencia. Pudo haber muerto y de esa experiencia ha escrito un libro valiosísimo sobre la tragedia sanitaria de nuestra era. Nuestra enfermedad: lecciones sobre la libertad desde un diario de hospital, sería la traducción del libro que acaba de publicar.

Si su panfleto contra la tiranía abordaba las amenazas políticas a la libertad: la corrupción de las instituciones, la perversión del debate público, la muerte de la verdad, en este texto aborda las amenazas sanitarias a la democracia: la desigualdad en el acceso y en el trato, la mercantilización de los tratamientos, los engaños. La enfermedad nos resta libertad; la falta de libertad nos enferma. La inmersión en los hospitales, dice Snyder, me ha permitido pensar de manera más profunda sobre los desafíos de la libertad en nuestro tiempo.

Aunque enfatiza que su manifiesto es una denuncia dirigida al desastre sanitario de los Estados Unidos, no podemos dejar de sentirnos identificados con lo que describe. Siguiendo la pista de Judt sobre la gran hazaña de bienestar que emergió de la posguerra, el historiador de Yale advierte, contra el dogmatismo libertario, que “los derechos individuales requieren un esfuerzo colectivo.” El historiador de las peores atrocidades del siglo, el hombre que ha recabado miles de testimonios del holocausto y ha documentado los horrores del gulag, no dejaba de ver sombras de esa inhumanidad en el mercado de la salud. Si no hay un proyecto de exterminio, hay una losa de indiferencia que nos exhibe moralmente enfermos y que, al tiempo que salva a unos, condena a la muerte a muchos otros.

Si la libertad es individualidad, necesita solidaridad. “Ninguno de nosotros es libre sin ayuda.”

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14, Sep 2020

La pedagogía

Hace unos días, Soledad Loaeza describía el pesar que le provocaba la degeneración del lenguaje oficial y el aire de persecución que sopla desde el poder. “Jamás imaginé que llegaría un tiempo en que alguien creyera que podía decirle a otro mexicano que se fuera de México.” A esas hemos llegado en la veloz degeneración del discurso público bajo el gobierno de López Obrador. No es cualquier persona quien sugiere el destierro. Es un funcionario cultural quien invita a los críticos a abandonar el país como si México le perteneciera solamente a los devotos del presidente. Pero en ese país estamos. Es el México en el que un funcionario gubernamental puede decir públicamente que los críticos del gobierno deben callar o largarse del país, y después de decirlo, mantenerse en su puesto. Es el México en el que el mismo comisario niega patriotismo y aún ciudadanía al disidente. Ellos no son mexicanos, dice. Sólo nosotros tenemos patria. Para el perseguidor solo son patriotas los que están con su caudillo. Los otros son traidores que deben ser tirados por la borda. Quien hoy llama al exilio de los críticos entendía la victoria del 18 como una la oportunidad de vejar al otro. El voto por López Obrador era para él un permiso para vejar: “se las metimos doblada,” dijo mientras festejaba que en el México de la revolución lopezobradorista las reglas no tenían por qué entorpecer el capricho presidencial. La procacidad, el machismo estúpido de aquel dicho en la Feria del Libro es lo de menos. Lo abominable de aquel desplante es el entendimiento del triunfo electoral como permiso para ultrajar a los derrotados.

El llamado al destierro lleva al extremo la intolerancia presidencial, es decir, expone su verdadera naturaleza. El director del Fondo de Cultura Económica dice, con todas sus letras, lo que el presidente insinúa. Los dichos repulsivos de Paco Ignacio Taibo II pueden ser un poco más brutales y más pedestres que lo que dice a diario el presidente, pero no se desvían de la ruta que López Obrador ha trazado para definir la batalla de su gobierno. Nos ha dicho de mil formas que los adversarios de su proyecto no son mexicanos con ideas equivocadas o propuestas inconvenientes. Son traidores. Por eso permanece al frente de una gran institución de cultura quien pide el destierro de los críticos.

El asedio presidencial es cada día más alarmante. La tribuna pública se usa cotidianamente para el escarnio, para la calumnia, para la estigmatización de las voces independientes. Por dar cuenta de la corrupción asociada al partido en el gobierno y a la familia política del presidente, Reforma fue descrita hace unos días como un “pasquín inmundo.” El presidente arremetió contra el diario, aunque la información fuera confirmada. Ese es el lenguaje que emplea el presidente de la república para referirse a los medios críticos. Las voces independientes le provocan asco. Decir esto desde el Palacio Nacional no es la expresión de un ciudadano que expresa sus ideas, sino un abuso de poder. Lo es porque invita a la agresión de otros, porque es un mensaje que dificulta las labores profesionales del medio, porque acorrala a socios y anunciantes. Si esto no es censura directa, es una brutal embestida contra las libertades.

Digo que el acoso presidencial es preocupante no solamente por las consecuencias que su agresividad tiene en el clima de la prensa y la actividad de las organizaciones cívicas, sino también porque representa una fuga de sus responsabilidades elementales. Sin palabra para las crisis que enfrentamos, sin otra receta que la terquedad y la fe para encarar el cataclismo económico, obsesionado con proyectos que son cada vez más visiblemente absurdos y costosos, el presidente se aferra a sus antipatías. No sale de ellas y en ellas parece encontrar consuelo. Es ahí, en su pleito con medios e intelectuales, con medios y organizaciones sociales donde encuentra impulso, es ahí donde ha ubicado el sentido de su administración.

No tengo propuestas, nos dice diariamente el presidente, les ofrezco pleitos con historiadores, revistas y periódicos. Pedagogía política, le llama.¨

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07, Sep 2020

¿Por qué murieron los partidos políticos?

Vuelvo a una conversación de Julio Scherer con Octavio Paz en 1977. El periodista invitaba al poeta a reconstruir su itinerario político. Caminaban juntos todas las estaciones de su vida. Al llegar al presente, Paz no encontraba muchos motivos para el optimismo. “No veo el porvenir de México”, decía. La derecha era una clase “acomodaticia y oportunista.“ Y la izquierda, “murmuradora y retobona” pensaba poco y discutía mucho. Paz se hacía entonces una pregunta que no se hacían los politólogos: “¿por qué no hay partidos políticos en México?” Si hubiera partidos en el país, decía, Reyes Heroles no habría tenido necesidad de inventar la reforma política.

Hoy deberíamos hacernos otras preguntas: ¿Por qué desaparecieron los partidos? ¿Por qué tuvieron tan corta vida? ¿Por qué no echaron raíces? ¿Por qué reaparece en el siglo XXI I el personalismo como criterio de identidad política y se esfuman las brújulas de partido? ¿Cómo se atreve la nueva mayoría a ofrecer la lealtad a un caudillo como único criterio de orientación? En el fracaso de nuestros partidos se resume el fracaso de la democracia mexicana.

Hablo del fracaso de los partidos porque registro que una existieron y dieron vida al régimen de la transición. Fueron abrigados por las leyes y mimados con el presupuesto. Ocuparon el espacio de las instituciones, se instalaron en los congresos, se relevaron en las oficinas gubernamentales. Y en la elección del 2018 fueron borrados del mapa. El hecho crucial de la política mexicana es ése: la desaparición de los partidos políticos. La destrucción del régimen de partidos es el dato crucial de nuestra vida democrática. No hay asunto tan relevante para la política mexicana contemporánea como ese: perdimos las brújulas, los contrapesos, las reglas, los cauces y correctivos, las advertencias que se alojan en esas instituciones tan antipáticas. Frente al motor caprichoso y trastornado de la presidencia de la república no hay nada. No hay un partido en el gobierno que construya una nueva institucionalidad, que cultive una identidad fresca, que promueva participación, sino una organización dedicada a un culto de personalidad. A descifrar la infinita sabiduría del “obradorismo”, a recitar su padrenuestro se dedican ahora quienes quieren dirigir esa organización: ¿quién será el más devoto entre todos los candidatos, quién el más fiel, quién el más reverente? Esa parece ser la naturaleza de la contienda en Morena.

En el escenario no hay tampoco oposiciones que vigilen con atención la marcha del gobierno y denuncien sus desvaríos. No hay quien prepare el terreno para las elecciones intermedias ni las que siguen. Y no hablo solamente del debilitamiento numérico de los partidos tradicionales, de su pequeñez en el legislativo, de la pérdida de sus votos. Hablo, sobre todo, de su desorientación, de su incapacidad para entender la sacudida del 18. Acción Nacional no levanta cara porque, desde el triste momento en que ganó la presidencia, no sabe qué quiere. Fue víctima de su victoria y desde el 2000 no encuentra sitio en la política mexicana. Primero fue ignorado por Fox, luego humillado por Calderón. Se subió después al carro del peñismo y quedó tiznado por aquella alianza. Su apuesta del 18 terminó por borrar lo que quedaba de su identidad ideológica. Dudo que alguien que lea este artículo conozca el nombre de su dirigente nacional, que conozca sus posturas sobre la marcha del gobierno o que imagine lo que desea el viejo partido anticardenista. El PAN, ese partido que habría de ejercer naturalmente la oposición, no es nada. El PRI no es siquiera una oposición confundida y callada. Actúa, más bien, como un colaborador del gobierno que pretende disminuir los costos de sus escándalos recientes. Un partido irrelevante en busca de impunidad. Del PRD no creo que valga decir ni esta palabra.

La crisis de los partidos no es de anoche. Ninguno de los partidos del tripié de la transición entendió su responsabilidad en la construcción del pluralismo democrático. Ninguno de ellos asumió su deber desde el gobierno ni desde la oposición. Los partidos no se tomaron en serio como instituciones, no cuidaron sus reglas, no alentaron el debate interior, no cultivaron liderazgos públicos. Fueron presa de las camarillas y los caciques; se dedicaron a la trampa. Y nos hacen falta.

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02, Sep 2020

La orquesta sin batuta

A lo largo de este año desquiciado han surgido un buen número de expresiones culturales. Desde el encierro, teatro en casa, recitales por vía remota, lecturas y presentaciones trasmitidas por facebook, una catarata de diarios, diálogos a distancia. Está, por ejemplo, esa serie de cortos de netflix que se llama “Hecho en casa”, que es francamente menor. Tiene gracia, si acaso, el corto de Sorrentino en el que juega con figuritas del papa y de la reina de Inglaterra y es brillante el corto del chileno Pablo Larraín. Pero la serie es notable porque revela la precariedad de las condiciones y las limitaciones de la imaginación. Por el momento, nada memorable.

Tal vez por eso resalta la Orquesta imposible de Alondra de la Parra que se dio a conocer hace una semana. No es un concierto caserito proyectado por los mosaicos de zoom, sino una producción impecable. La orquesta que toca el Danzón número 2 de Arturo Márquez no se escuda en la bondad de las intenciones y las incomodidades del confinamiento para esconder improvisación y esas fallas de señal con las que nos hemos acostumbrado a vivir. Se trata de un producto redondo en concepción, convocatoria y realización. Una versión nueva y fresca de la pieza, un desfile de talentos de la interpretación, una coreografía asombrosa, brillante fotografía y edición.

Es interesante la elección de la pieza de Márquez. El danzón, que Alondra de la Parra conoce íntimamente, es seguramente una de las piezas del repertorio mexicano contemporáneo más reconocibles. Una pieza que tal vez empieza a correr riesgos de sobreexposición. Pero en la interpretación de esta orquesta quimérica encuentra nuevo cuerpo. Nace del piano de la propia directora que da a los primeros acordes un acento particularmente melancólico. Una voz solitaria que pronto entra en diálogo con el saxofón de Paquito de Rivera para alcanzar una sensualidad única. No el clarinete de la versión original, sino un saxofón que le imprime otra energía: un aire jazzístico que lo acerca a Gershwin, y lo aleja de Moncayo. La notable fotografía, la edición perfecta dan a este encuentro de músicos, coreógrafos, diseñadores y técnicos una intimidad extraordinaria.

La Orquesta imposible solo habría sido posible en el 2020. Solo este año demencial liberó las agendas de los creadores, les dio tiempo para reunirse a distancia y artefactos para hacer bailar la música desde los rincones más apartados del planeta. Escucho la pieza que Alondra de la Parra dirigió sin batuta y percibo en él la otra cuerda del año. 2020 no debe ser solamente el año del virus. Por lo menos para los mexicanos tiene que ser también el año de las mujeres. Nos lo recuerda el danzón con sutileza y elegancia. El vestido de la bailarina Elisa Carrillo es una flor de jacaranda que recuerda las protestas de las mujeres en marzo. El grito de un domingo y el silencio de aquel lunes. La artista no necesita decir nada más. La cadencia del danzón envuelve y abraza. La melodía solitaria y melancólica de los compases iniciales encuentra pronto el jolgorio.

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