Oct, 2020

28, Oct 2020

La chispa de las lluvias

megustaleer - El origen eléctrico de todas las lluvias - Alejandro García Abreu

“Ningún escritor sensato cree en las entrevistas,” escribió Enrique Vila-Matas, en un artículo sobre el género que publicó hace casi diez años en El país. Como las preguntas que hacen los periodistas son casi siempre las mismas, la única manera que tiene el escritor para no morir de aburrición en los interrogatorios es inventar siempre una respuesta distinta a la misma pregunta. Por eso pedía que no se tomara muy en serio el género. Citaba a John Updike quien advertía ahí un fraude inevitable: en una entrevista uno dice algo de más o algo de menos a lo que quiere decir. Sugería algo más: el escritor que se deja entrevistar traiciona su propio oficio. Deja su terreno, que es el de la escritura, y se convierte en un charlatán cualquiera. Lo que el escritor dice está en sus novelas, en sus relatos, en sus poemas. De esa desconfianza viene aquella admirable carta-poema de José Emilio Pacheco a George B. Moore para negarle una entrevista: “importa el texto y no el autor del texto”, le dice. Nada tengo que agregar a lo que escribo:

Si le gustaron mis versos
¿qué más da que sean míos / de otros / de nadie?
En realidad los poemas que leyó son de usted:
Usted, su autor, que los inventa al leerlos.

Y sin embargo, la entrevista, cuando escapa de la trivialidad periodística, es un admirable género literario. La obra de Borges, por ejemplo, no está completa sin esos diálogos que capturan la chispa de sus reflejos, su humor, su erudición perfectamente metabolizada. Como bien dice Alejandro García Abreu, para ser literatura, la entrevista  debe encontrar “un equilibrio de perspicacia e imaginación entre las partes, un gesto de complicidad, a la vez que deviene en un reto. Cuando el entrevistador sobrepasa los estándares del mero periodismo logra que el entrevistado ensaye oralmente, que elabore un texto inmediato.” Esa literatura que ha ido cultivando García Abreu durante años es recogida en su libro más reciente: El origen eléctrico de todas las lluvias. El libro publicado por Taurus salió de la imprenta en los días más severos del encierro. Quizá por ello no tuvo la recepción que merecía en las librerías ni en la crítica. Se trata de una colección de entrevistas que el crítico ha hecho durante una década con escritores, pensadores y artistas como Roberto Calasso, Jorge Edwards, Emmanuel Carrére, Claudio Magris, Norman Manea, Charles Simic o Monika Zgustova.

Salvador Pániker, el brillante dietarista catalán que publicó un par de libros de conversaciones, formuló una tesis que se conoce como el “teorema de Pániker”: “Todo entrevistado acaba reducido a los límites mentales del entrevistador”. Algo así dice Claudio Magris en el prólogo de la compilación: quien cuenta en la entrevista es el que plantea las preguntas. Frente a una pregunta insignificante, no hay quien pueda dar respuesta con sentido.

En las entrevistas de García Abreu se trazan líneas de una crítica instantánea y una autobiografía intelectual. La compenetración del crítico con la obra del interlocutor le permite adentrarse a la médula, estimulando en el creador una reflexión fresca y muchas veces aguda, sobre el brote de la intuición creativa, las diálogos ocultos, el vínculo íntimo entre una obra y la siguiente. La admiración del crítico le permite detectar la pasión esencial del creador. No encontraremos aquí una charla informal, espontánea, azarosa sino el despliegue de una estrategia sesudamente preparada por el cazador. El libro celebra la fricción de las inteligencias en la conversación. De ahí el título que proviene de una línea de Vila-Matas en Marienbad eléctrico: conjugar la serenidad y rayo repentino: viajar “al origen eléctrico de todas las lluvias.”

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26, Oct 2020

Pluralismo y barbarie


Pluralismo y barbarie han sido los procesos clave del siglo XXI mexicano. El fin de la hegemonía y el desbocamiento del crimen. Un país que se abre a la competencia y se ahoga en sangre. Al lado de la aritmética cívica, la macabra: acostumbrarse a contar votos y muertos.

No resulta fácil comprender la relación entre el país que daba sus primeros pasos en el territorio de la democracia y el que empezó a descubrir, bajo la tierra, cadáveres sin sepultura. Nos ha tentado la explicación sencilla, cómoda y confortante que sostiene que el disparo de la violencia se debe a una decisión catastrófica. Es atractivo pensar que la “guerra de Calderón” terminó con la paz y nos lanzó a una espiral de sangre de la que aún no podemos escapar. Esa tesis que apunta a un único causante puede ser la más popular y la más eficaz políticamente. Es insostenible. La violencia que hemos padecido estos lustros tiene raíces más profundas y causas más complejas. La violencia no puede desprenderse del proceso de democratización y aún puede decirse que es resultado del tipo de transición que desmontó el predominio de un solo partido. Lo muestra así un brillante trabajo que arroja luz sobre la imbricación profunda entre estos dos cambios.

Me refiero al libro que han escrito Guillermo Trejo y Sandra Ley sobre la lógica política de nuestras guerras, uno de los documentos más valiosos para entender la selva que hemos creado. Votos, drogas y violencia es el título de este trabajo publicado recientemente por Cambridge University Press, una de las más prestigiosas editoriales académicas del mundo. La portada captura una escena tristemente común en el México de nuestro tiempo: la estampa de un crimen tiene como escenografía la propaganda electoral. Un coche chamuscado en medio de una avenida de Ciudad Juárez y las enormes fotografías de candidatos que sonríen. En la imagen, cintas de policía y emblemas de partido. Ahí está el argumento de esta admirable investigación: nuestro camino a la democracia nos condujo a la barbarie. El otro fruto de la transición fue la violencia.

El trabajo de Trejo y Ley es ejemplar: conceptualmente claro, abierto a todas las disciplinas y enfoques, riguroso y al mismo tiempo fresco e intelectualmente atrevido. Empleando recursos de la economía y de la teoría política, de la sociología del crimen y la competencia entre partidos, construye una tesis que abre caminos para la comprensión del orden criminal en democracias huecas. Centrado en el caso mexicano será, sin duda, una pieza crucial para comprender procesos semejantes en otras partes del mundo.

Quien quiera entender nuestra barbarie debe remontarse al viejo régimen, a ese orden autoritario que estableció vínculos con el crimen. Es desde entonces el Estado y el delito conviven en eso que los autores llaman una “zona gris” en la que policías y delincuentes colaboran. Ese ecosistema criminal se mantuvo estable durante décadas. El factor que alteró el ecosistema fue la competencia. El pluralismo modificó los términos de la relación entre el crimen organizado y los “especialistas en la violencia estatal.” La incertidumbre democrática trastocó sustancialmente los términos de la interacción entre el Estado y la delincuencia, generando incentivos a las guerras criminales. La declaratoria calderonista no habrá iniciado esta crisis, pero no hay duda de que la magnificó de manera monstruosa. Los datos son incontrovertibles. Lo que exponen los autores también de manera clara es que, bajo el antagonismo de aquellos años, los instrumentos del Estado se emplearon de modo faccioso. El conflicto del gobierno federal con los gobiernos locales, particularmente los de izquierda, agravó la violencia en esos espacios. El federalismo sin unidad de Estado resulta el territorio ideal para la expansión del crimen.

La transición democrática de México se detuvo en la dimensión electoral y no se hizo cargo de las herencias del régimen. Se tragó con ello una ilegalidad sistémica que hizo metástasis en el pluralismo. Los criminales formaron milicias, las elecciones pusieron en venta a los protectores, el negocio empezó a ser el control del territorio y no el simple paso de hierbas prohibidas. Se han ido formando así, a lo largo del territorio, circuitos de gobierno criminal. El libro de Trejo y Ley nos hace ver esta tragedia.

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14, Oct 2020

La venganza de las circunstancias

En “El jardín”, un poema que podría ser sobre la primera pareja, Louise Glück mira a un hombre y a una mujer plantando chícharos como nadie lo había hecho antes. Después de soltar las semillas, ella lo acaricia en la hierba delgada con los dedos humedecidos por la lluvia. Y en ese instante, el anticipo:

incluso aquí, incluso al principio del amor
la mano de ella, al abandonar su cara
traza una imagen de despedida

y ambos se sienten
libres de ignorar
esa tristeza.

Para Louise Glück, la poeta norteamericana que ha recibido el nuevo Nobel de literatura, escribir es buscarle sentido al dolor, una manera de darle forma a la devastación.

“¿Por qué amar lo que has de perder?”, pregunta en un poema extenso. “Porque no hay nada más que amar,” responde directamente. Ninguna experiencia debe malgastarse. Algo debe salir de ella. Por eso ha dicho que es una venganza contra las circunstancias. Venganza contra el dolor, la pérdida, el infortunio. Si le encuentras sentido al dolor, te habrás impuesto un poco a él. Vivimos una cultura que se debate entre el culto fascista al optimismo y la pornografía del sufrimiento. Su poesía rechaza esas dos fugas: la pérdida se rinde ante el arte. El poema nos rescata de una oscuridad sin forma: una puerta, detrás del sufrimiento.

No conoció a su hermana. Nació después de su muerte, pero su ausencia la marcó desde el primer día. Sufrió lo que ella misma ha descrito como la “tragedia de la anorexia”. Se ofreció al hambre para quitarse a su madre de encima y convertirse en un alma pura. Empeñada en deshacerse de la carne, estuvo al borde de la muerte. Lo describe en “Dedicación al hambre”, un poema lacerante. En el sacrificio de la estorbosa carne se busca la misma pureza a la que aspira quien acomoda palabras entendiendo que la muerte es, estrictamente, la secuela.

El psicoanálisis, ha contado, le enseñó a pensar, a ejercitar la duda, a examinar el reflejo de sus palabras, sus evasiones. Ese fue su verdadero taller literario. Esos años de inmersión, le permitieron “transformar la parálisis, esa forma extrema de duda, en visión.” En su poema más reciente, “Noche virtuosa, noche fiel,” que ha traducido admirablemente Pura López Colomé, describe esa luz entre la niebla:

Memorias sueltas
partes de una memoria más amplia.
Puntos de claridad entre la bruma,
intermitentes,
como un faro cuya única tarea
fuera emitir una señal.
Pero en realidad, ¿qué sentido tiene un faro?
Éste es el norte, dice.
No:  soy tu puerto de abrigo.

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12, Oct 2020

El impulso sectario

Sorprende la renuencia a reformar. No se concibe reformista un gobierno que rechaza la negociación como cobardía de moderados. Las urgencias de este gobierno no están para el trabajo laborioso y preciso del diagnóstico y la elaboración de una propuesta técnicamente viable. El empeño, claro, consistente y eficaz, es destruir todo lo anterior y no perder ni un segundo en analizar si algo que viene de antes tiene algún mérito. El diagnóstico es ideológico y la receta, una demolición. El atractivo de la intervención política es la simpleza. Para desaparecer los fideicomisos basta una aplanadora. Para revisar su funcionamiento, para apretar las tuercas que sean necesarias, para castigar los abusos que hubieran existido es necesario algo más que la furia simplificadora. El recurso se ha usado en varios expedientes: desaparecer antes de examinar. Gobernar con dinamita y sin planos. Demoler los edificios malditos sin detenerse a examinar su solidez, sin siquiera calcular sus aportes. Tirarlos al piso sin advertir dónde caerán las paredes derruidas.

La fruición de destruir expresa el sectarismo hecho gobierno. En llamas, todo lo que los impuros apreciaban. En ruinas, los templos de los infieles. Sus gritos, sus protestas nos alientan. Se rechazan de ese modo las complejidades, los ritmos, las fricciones, las imperfecciones de la negociación buscando la pureza de un proyecto al que no distrae la realidad. Vuelvo aquí a la reflexión del filósofo israelí Avishai Margalit sobre el sectarismo porque el gobierno parece comportarse, con todo y su mayoría, de ese modo. El teórico propone dos imágenes contrastantes de la política. Una es la de la política como economía y la otra es la de la política como religión. Tianguis o templo. La primera imagen pinta todo como mercancía; la segunda, al aferrarse a una idea de lo sagrado, lo convierte todo en intocable, innegociable. Lo que se considera sagrado será, para quienes tienen esta visión religiosa de la política, indivisible. No puede transigirse en algún fragmento del libro sagrado, un pedacito de la imagen venerada. Quien no defiende todo no está en realidad con la causa. Mientras la estampa económica puede resultar aburrida, un supermercado en el que se intercambian tiliches, el cuadro religioso dramatiza el presente. Querría Margalit que pudiéramos acercarnos a la política usando los dos ojos: reconocer la importancia de las ceremonias y ser capaces de defender los principios innegociables y, al mismo tiempo, procurar el acuerdo razonable entre posiciones contrarias. Saber pues, qué puede negociarse y qué no.

El sectarismo es el extremo al que nos lleva la idea de que la política es solamente religión. Eso no significa, nos advierte en su ensayo sobre los acuerdos podridos, que los sectarios sean necesariamente religiosos. El sectarismo del que él habla es un modo de entender la política, un estado mental que sacraliza a tal punto su propio proyecto que lo vuelve innegociable. Más aún: siendo sagrada la materia de la política, se desprende del deber de justificarse racionalmente. Los argumentos del sectarismo oficial son cada vez más explícitamente de posturas de fe: Los seguidores del presidente han de confiar en un liderazgo moral y en el sentido de su proyecto.

Las decisiones recientes parecen retos de lealtad. Absurdas, dispendiosas, muchas de ellas aberrantes, sin fundamento técnico prueban la fe de los creyentes. Los aliados han de taparse los oídos para no escuchar la tentación del argumento. Traicionarán su palabra para sujetarse a la instrucción superior. No quebrantarán la orden de la lealtad ciega y respaldarán lo que el guía ordene. Es aquí donde opera con mayor claridad la mecánica sectaria: la intensidad de las adhesiones es, en ese universo, mucho más importante que su extensión. El sectario no busca convencer a nadie fuera de su órbita. Está convencido de que lo rodea la hostilidad y el crimen. Por eso necesita el ardor irreflexivo, la llama del incondicional para enfrentar a los desleales. Si las decisiones implican que se pierde el apoyo de unos cuantos razonadores, ayudará a consolidar la fe de los auténticos. La hoguera en la que se deleita la administración ha causado horror en muchos que antes la respaldaban. Pero los ardientes están ya a prueba de cualquier pudor.

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05, Oct 2020

Sumisa Corte

Las instituciones ayudan a preservar la decencia democrática, dice Timothy Snyder en el lúcido panfleto contra la tiranía que publicó tras la victoria de Donald Trump. Pero esas estructuras no suelen cuidarse a sí mismas. No debemos confiar que quienes hablan en su nombre sean custodios de sus valores y de sus principios. Habría, más bien, que sospechar de ellos en momentos críticos. Pueden ser torpes para apreciar la amenaza de los autócratas populares; tienden a acomodarse al régimen que los intimida creyendo que la sumisión estratégica puede salvarlas; son miopes, se tragan los anzuelos que les ofrece el déspota y muchas veces, simplemente cobardes para encarar al enemigo de los equilibrios.

La discusión sobre la constitucionalidad de la consulta popular para enjuiciar a los expresidentes puso a prueba la independencia, la lucidez y el decoro de la Suprema Corte de Justicia. No salió airosa de ninguna de ellas. Tres fracasos de un tribunal que se muestra sumiso, enredado e indigno. Teniendo frente a sí, un proyecto tan popular como aberrante, la Corte decidió faltar a su responsabilidad y congraciarse con el Ejecutivo. Lo dijo con admirable claridad el ministro Luis María Aguilar quien describió la propuesta como un “concierto de inconstitucionalidades.” Eso era. Ruptura de los principios elementales de un régimen de leyes.

La argumentación del ministro Zaldívar fue una lúcida defensa de la subordinación. La inteligencia puesta al servicio de la obsecuencia. El juez concibe a la Corte como un acompañante del proyecto del presidente López Obrador. Lo dijo con todas sus letras poco después de la elección del 18: los jueces debemos escuchar el mensaje de las urnas. Lo defendió el jueves pasado con su voto. El juez caminando tras la pista del gobernante. Que las formalidades de la ley no estorben la marcha de la Justicia. La Corte debe ser otro agente político y no un mero defensor de la constitucionalidad. Los argumentos del ministro aplican un ligero barniz jurídico a la retórica lopezobradorista. Escuchar ese mimetismo es una desgracia de la república. El ministro presidente actuaría bien si fuera Secretario de Justicia, si fuera ese consejero legal que el presidente no tiene. Escuchar al presidente de la Suprema Corte de Justicia actuar como defensor de las limpias intenciones del Ejecutivo es un espectáculo bochornoso. Cuando el juez constitucional habla con la misma voz que usan los políticos, cuando permite que su lenguaje sea secuestrado por la retórica del palacio y de la plaza, cuando es incapaz de aportar la palabra del derecho, su intervención más que trivial, es nociva. Esa me parece la gran tragedia de la Corte de Arturo Zaldívar.

Para respaldar al Ejecutivo, la mayoría de los ministros decidió servir de intérprete, no de la Constitución, sino de la intención del presidente. ¿Qué habrá querido proponer López Obrador? ¿Cómo podremos servir a su deseo? Transgrediendo abiertamente sus facultades, la Corte propuso una pregunta que no tiene ya nada que ver con lo que recibió del Senado. No es una mejora. No veo habilidad política ni mucho menos inteligencia en la salida política de los jueces. Cuando los jueces hacen grilla, cuando hacen cálculos de simpatías y ventajas producen adefesios como los que nos entregó el máximo tribunal el jueves pasado. «¿Estas de acuerdo o no en que se lleven a cabo las acciones pertinentes, con apego al marco Constitucional y legal, para emprender un proceso de esclarecimiento de las decisiones políticas tomadas en los años pasados por los actores políticos, encaminado a garantizar la justicia y los derechos de las posibles víctimas?»

La pregunta coloca a Cantinflas como teórico del “constitucionalismo transformador” del que habla el lopezobradorista. La pregunta que se sacaron de la manga los jueces (y que, insisto, transgrede su competencia) no solamente es ridícula, es un engaño. Si la pregunta que atienden los votantes no es clara, si la consecuencia de su intervención no es obvia para quien responde, la consulta es una farsa. La consulta es decisión o no es nada. Gracias a la marometa de la Sumisa Corte, el instrumento nacerá como un engaño. Con tal de darle un obsequio al presidente, el tribunal nos convoca a una farsa.

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05, Oct 2020

El arpón de la mirada

Ver / Sobre las cosas vistas, no vistas y mal vistas, de Francisco González  Crussí | Letras Libres

En uno de sus ensayos sobre la ciencia y el arte de ver, el patólogo Francisco González Crussí comenta la existencia de un templo en Mesopotamia dedicado al ojo. En lo que hoy es el noreste de Siria, se levantó, hace miles de años, un santuario de la mirada. A los pies de una construcción de la que quedan sólo ruinas, fueron descubiertas miles de estatuillas que registran el poder de la vista. Las pequeñas esculturas son abstracciones del cuerpo humano que tienen ojos por cabeza. Torsos que culminan en dos elipses vigilantes. Sobre el cuello, dos ojos bien despiertos. Estos mirones no tienen nariz ni boca. No tienen brazos ni orejas ni cachetes. Les bastan los ojos que nos ven. ¿Dioses de la visión? ¿Amuletos para la agudeza? ¿Ofrendas a una deidad que nos regala las formas y los colores?

Lo que resguardan los párpados no son receptores inocentes del paisaje exterior. Así imaginamos, seguramente, a nuestros ojos: la más confiable ventana a la realidad, los órganos puros de la percepción: pantallas que recogen el baño de la luz.

El artículo completo puede leerse en nexos de octubre.

 

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