09 Nov, 2020

09, Nov 2020

Y sin embargo, el centro

El centro no resiste, dijo William Butler Yeats en un poema que suele citarse en malos tiempos. El irlandés escribió “La segunda llegada”·hace un siglo, frente a las secuelas de la Primera Guerra y al calor de las tensiones nacionalistas. Es, seguramente, uno de los poemas más mordisqueados del siglo XX. Sus líneas han pasado a la música, al teatro y al cine. Son incontables los textos que han adoptado su frase central como título. Un crítico literario irlandés lo llegó a proponer como un termómetro de nuestro pesimismo: mientras más se cite ese poema, más oscuro vemos el mundo.

todo se deshace; el centro no puede sostenerse;
la bruta anarquía se suelta sobre el mundo.
Se suelta una marea de sangre y, en todos lados
se ahoga la ceremonia de la inocencia;
los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores
están llenos de apasionada intensidad.

En el poema, la oscuridad se precipita sobre el mundo, mientras una bestia mece nuestra cuna con pesadillas. El centro se desploma. Los radicalismos de un rumbo y del opuesto callan a los moderados, arrinconan a los conciliadores tachándolos de cobardes. El ardor sofoca a la virtud. Por atreverse a mirar desde otro lado, los moderados son denunciados como los cómplices tímidos del enemigo. Y sí, como sugiere ese poema, parece que el boleto para la función del día exige definirse por algún extremo. Simplificar fogosamente. Aplastar con hermética convicción al enemigo. Por eso nos dicen los vehementes de hoy que no es tiempo de vacilaciones, sino de “definiciones”. Que el diálogo no es solamente una pérdida de tiempo sino un riesgo de contaminación. Que los remiendos son engaños y que solo la demolición es cambio.

Ahí está la refrescante lección del norte. Ha ganado un aburrido, un blando, un opaco. Un moderado, un discreto, un paciente. La chispa de la política de Joe Biden, si pudiéramos encontrarla, estaría ahí, en su falta de brillo. Resistió la tentación de la estridencia cuando parecía la única ruta de éxito. Tuvo el valor de ofrecer conciliación y diálogo: reparación. Tras el delirio de la era Trump: Biden ofrece la rebelión del sentido común. Lo elemental: respeto por la verdad, decencia, seriedad, empatía. Tras ganar la elección, ha pedido a los suyos escuchar a los otros y ha convocado a todos a escapar del imán de la enemistad. Biden está tan lejos del show de Trump como de la cátedra de Obama. No es el payaso que se da permiso para decir barbaridades, ni el profesor distante que dicta lecciones de patriotismo constitucional. Biden es un político raro porque es un político modesto. Conoce la responsabilidad y conoce también el fracaso. Ha sufrido pérdidas inimaginables. Fue un parlamentario que supo cruzar el pasillo para negociar con quien hiciera falta.

Frente a los antagonismos que definen esta época, Biden se confiesa buen amigo de sus adversarios. He pecado, dijo alguna vez: “me caen bien los republicanos”. En esa simpatía a contracorriente finca su esperanza: no hay forma de hacer algo si no volvemos a hablar el uno con el otro. Por eso, la tediosa moderación que ofrece para los próximos cuatro años parece promisoria: nada tan tóxico para las simplificaciones de la exaltación populista que la propuesta de diálogo y el repudio de la hostilidad. Frente a las trompetas de la guerra, una invitación a conversar. La estrategia política de Biden pudo haber sido frustrante para muchos, pero parece, hoy por hoy, el mejor camino para superar el trumpismo porque desactiva el fundamento de la polaridad. Esa es, por lo menos, su intención: salir del pleito de los polos. Desde luego, no es claro que su bonhomía pueda frenar la inercia de la confrontación, pero si alguien pudiera hacerlo, sería él.

La apuesta de Biden es la apuesta del centro. ¿Existe espacio para esa opción en estos tiempos? ¿Puede reconstruirse el diálogo en esta era furiosa? ¿Podrá reconstituirse ese centro?

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