Dic, 2020

31, Dic 2020

Migajas 2020

Emily Dickinson describió la silenciosa complicidad entre quien escribe y quien lee:

¡No soy nadie!
¿Quién eres tú?
¿Tampoco eres nadie?
Ya somos dos –¡Pero no lo digas!

A explorar esa secreta intimidad dedicó Louis Glück su conferencia del Nobel. Desde muy niña sentí que Dickinson me había elegido a mí, que me reconocía de alguna manera. Ella y yo formábamos una especie de cofradía: compañeras en la invisibilidad. “En el mundo éramos nadie.” Ese parece el único plural que admite la poesía: la pareja de invisibles que se reconoce en la tinta de una página. Para la poesía, dice Glück, el juicio de lo colectivo es peligroso. ¡Qué distinto sería si aquel poema hablara en plural! No somos nadie. ¿Quién eres tú?

La voz que me llama, dijo Glück en una ceremonia que no pudo celebrarse en Estocolmo, es la voz de la soledad, esa que encuentra forma en el lamento o la añoranza. “Poetas en cuya obra desempeñaba yo, como oyente elegido, un papel crucial. Íntimo, seductor, muchas veces furtivo o clandestino. No poetas de estadio. No poetas hablando consigo mismos.”

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En el festival de este año del New Yorker Emmanuel Ax y Yo-Yo Ma tocaron una pieza para cello y piano de Beethoven. La elección no fue casual, ni un simple tributo de aniversario. En conversación con Alex Ross, quien acababa de publicar su trabajo monumental sobre el wagnerismo, los intérpretes reflexionaron sobre el valor y la pertinencia de la pieza para estos tiempos oscuros. La sonata número 3 está llena de optimismo y belleza, dice el pianista. Es una obra abierta, jovial, esperanzada. Pero Ax advierte que, en el manuscrito de la partitura, el compositor anotó cuatro palabras como dedicatoria al mecenas que había comisionado la pieza. “Entre lágrimas y dolor.” Esa pieza rebosante de alegría deja entreoír la tristeza de la que surge.


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En El reino de lo no lineal, de Elisa Díaz Castelo, Premio Bellas Artes de poesía Aguascalientes, 2020, la escritora roza la muerte, toca la desolación y regresa a este mundo con una sonrisa. Sus poemas entretejen múltiples voces, relatos, refranes, mitos, hallazgos científicos para abordar los límites de la existencia. La extinción de la vida y de la razón encuentran contrapunto en el caldo de lo orgánico: venimos de una lluvia roja, somos el impacto de un meteorito. Tal vez eso, dice: una cicatriz:

“Vida: el reino de lo no lineal: Prigogine: de la autonomía del tiempo: también: la banqueta rota por las raíces de una acacia: la sintáxis inútil del desorden: el agua a contraluz: canto para sobrellevar la espera: Dickinson: teoría de los principios simples: enzimas: esporas: ribozomas: el amor desmedido de Dios por los escarabajos.”

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A cultivar la herencia se ha dedicado Adolfo Castañón, merecedor del Premio de Artes de este año. No escribir libros: leerlos. Escribirlos, si acaso, para pulir lecturas. En su “Epitafio del lector” se advierte aquella intimidad de la que hablaba en Glück en su conferencia Nobel: “Leo un texto que alguien ha escrito para mí. No es diferente de los demás. Todos, en cierto modo, han sido escritos para mí. Esa voz tiene un libro entre manos; ese libro soy yo. En esta página veo reflejado mi rostro como un espejo. Estas líneas, ¿no son mi fisonomía? ¿quién me observa si lo son? ¿Acaso las letras pueden mirar? La voz se hace letra y me habla, mira.”

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28, Dic 2020

Estantería del año

Retomo aquí algunos apuntes de los libros de este año que han reflexionado sobre la naturaleza de nuestros desafíos políticos.

Se han publicado muchos ensayos que sobre la crisis de la democracia liberal en el mundo. Textos teóricos, apuntes sociológicos, crónicas y denuncias. Uno de los apuntes más interesantes que he leído es el libro que publicó Anne Applebaum. Su reflexión se distingue del resto porque apunta al impacto personal de la polarización. La intensificación del conflicto rompe amistades y familias. De eso habla en El crepúsculo de la democracia. La periodista, ganadora de un premio Pulitzer, recuerda el optimismo con el que se recibió el siglo y la animosidad que prevalece hoy. La enemistad no solamente impide el acuerdo entre políticos, rompe familias. ¿Es posible la amistad en esta atmósfera? se pregunta la periodista.

Escapando de Putin, Masha Gessen entendió como nadie a Donald Trump. Cuando éste ganó la elección, advirtió el peligro que significaba el demagogo. Sonó la alarma de inmediato para gritar que Trump ponía en riesgo a la democracia y para pedir que la amenaza se tomara en serio. El artículo que envió al New York Times le pareció desmesurado a la mesa de redacción. No se publicó ahí sino en el New York Review of Books, donde encontró millones de lectores. Trump había ganado no como candidato a presidente sino como candidato a dictador, decía. A finales de su gobierno, un poco antes de la elección, publicó como libro su diagnóstico del fenómeno Trump. Lo ha traducido la editorial Turner al español. Ahí aborda una marca de la comunicación del autócrata: la mentira del poder. Se trata dice Gessen de una mentira que no es ocultamiento ni maquillaje. Es la palabra que se utiliza para demostrar quién manda. Es una afirmación que negando lo ostensible, planta un reto a los aliados y es una amenaza al resto: ¿te atreves a confiar en tus ojos o demuestras lealtad a la palabra del Supremo?

Dos textos importantes sobre el populismo se tradujeron al español este año. El primero es Yo, el pueblo, de Nadia Urbinati, el segundo es El siglo del populismo, de Pierre Rosanvallon. Ambos pretenden esclarecer un fenómeno crucial de nuestra era que sigue escurriéndose al concepto. En Urbinati se advertirá el carácter irremediablemente faccioso del discurso y la práctica populistas y en la Rosanvallon la importancia de ese régimen de pasiones y emociones que no puede seguir siendo menospreciado como irracionalidad.

La pandemia no es solamente un reto epidemiológico, sino un epistemológico, escribió Daniel Innerarity en su Pandemocracia, el librito que aparece como una especie de postfacio a su Democracia compleja. No resulta fácil comprenderlo políticamente; el reflejo de la política tradicional nos empuja a definirlo, por su gravedad, como una guerra. Esto es una guerra contra el enemigo invisible, se dice por todas partes. Será otra cosa muy distinta porque lejos de una política de combate se requiere de una política del cuidado. En esa política reaparece la necesidad de contar con capacidades estatales y la disposición a confiar en los expertos que se conducen con verdad.

El economista francés Thomas Piketty exploró en su nuevo tabique los regímenes de la desigualdad. Capital e ideologia, más que el libro de un economista, es el libro de un historiador de la cultura que desentraña las justificaciones de la desigualdad a lo largo del tiempo. La base de la desigualdad, sostiene, es más ideológica y política que propiamente económica. ¿Qué cuentos nos hemos contado para legitimar la disparidad de cargas y beneficios? El más reciente es seguramente el mérito: quien goza de ventajas se las merece. Por su esfuerzo, por su creatividad, por su talento, se ha ganado lo que disfruta. A derribar ese mito se dedica La tiranía del mérito, de Michael Sandel. La idea de la meritocracia suena bien: el lugar que ocupo es el que me he ganado con el sudor de mi frente. Pero eso que llamamos meritocracia no suele ser recompensa al esfuerzo personal sino, más bien, reflejo de azares, ventajas iniciales y aportaciones colectivas. Es contra la santa autonomía liberal que se planta Sandel. Nadie es el arquitecto solitario de su destino.

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14, Dic 2020

Alianza de espectros

El sistema de partidos recibió dos golpes mortales. El primero fue el Pacto por México. El segundo la elección del 18. Tras esos dos golpes, los tres órganos de la competencia electoral quedaron hechos trizas, sin que hubieran aparecido alternativas. No tenemos partidos porque los tradicionales perdieron hasta el sentido de sí mismos y el que recibió la mayoría está lejos de ser, propiamente, partido.

Vale regresar a los primeros días del gobierno peñista para aquilatar el golpe que recibió entonces la estructura de competencia. El acuerdo evenenó a los tres partidos. Como palanca reformista fue, sin duda, eficaz. Puso en movimiento una máquina que estaba detenida, pero el costo de esas reformas efímeras fue gigantesco. La corrupción del peñismo embarró a todos los firmantes, destruyó su identidad, resquebrajó su cohesión, los convirtió en cómplices de una administración aborrecible. Aquel pacto no fue un acuerdo de Estado, sino una alianza de resentimientos. Para la dirigencia del PAN fue la oportunidad de sacudirse el maltrato del presidente Calderón. Para los perredistas fue el instrumento para marcar distancia de López Obrador.

El pacto por México formalizó lo que un politólogo alemán ha llamado “cartelización” de los partidos políticos. Peter Mair se refiere al entendimiento entre organizaciones que, en lugar de recrear la competencia, se asocian para repartirse las rentas del Estado. Los antagonismos desaparecen, las alarmas se apagan, los desacuerdos no abordan lo crucial. Bajo este esquema, los partidos pueden ser adversarios en el momento electoral, pero después de la elección trabajan por el interés común: su beneficio La democracia pierde sentido cuando los partidos dejan de animar los desacuerdos. Ese fue el impacto de la coalición peñista. Destruyó en la ciudadanía las brújulas de la crítica. Por eso fue imposible para Acción Nacional y para el PRD presentarse como opción confiable.

La elección del 2018 fue el segundo golpe de muerte. Si el primero fue resultado de negociaciones cupulares, el segundo fue una paliza de votos. El rechazo a los partidos tradicionales fue contundente. El apoyo electoral a quien representaba el polo opuesto a esa componenda fue igualmente claro. Pero a la derrota no vino en los partidos una revisión crítica del pasado reciente, una reagrupación para organizar la oposición, no aparecieron liderazgos frescos, no se libraron batallas parlamentarias, no se ocuparon espacios en los medios. Tras la derrota, la nulidad. Lo más grave para las oposiciones no fue la pérdida de asientos, sino la ofuscación. Las oposiciones no tienen, hasta el momento, idea de qué son, dónde están, ni qué quieren.

Producto de esa confusión existencial es la alianza que han anunciado en días recientes. Los partidos que no han sabido cómo plantar cara al gobierno se asocian ahora para competir contra su partido. Han tomado dos años de vacaciones y ahora nos anuncian que han regresado para asociarse. Es cierto que no hay buenas opciones para esas organizaciones y podría parecer una decisión de entendible pragmatismo pactar para colocarse en una plataforma competitiva. Lo dudo. Ya sabemos que las coaliciones no suman los votos de los coaligados, que los pactos desalientan a los simpatizantes y confunden a los votantes. Esta alianza no atrae a nadie porque no fue precedida de la depuración que habría sido de esperar tras una derrota tan severa. Porque no ha sido defendida públicamente con argumentos persuasivos. Porque no tiene figuras confiables. Sin renovación, ésta es una coalición de los peores. La corrupción del peñismo, más los destrozos del panismo, más la arrogancia de los oligarcas. La coalición antimorena enfatiza los peligros de un gobierno tan incompetente y tan voraz como el que padecemos, pero lo hace desde una añoranza que no puede ir muy lejos. La esperanza de este pacto es que el reciclaje de lo que fue derrotado hace tres años avance impulsada por la ineptitud del gobierno actual.

Los arquitectos de esta alianza imaginan la formación de un bloque parlamentario que haga muralla a las ocurrencias presidenciales. Es improbable que eso ocurra. La alianza electoral, si llegara a tener éxito, no será el fundamento de un bloque opositor en el Congreso. El PRI seguirá siendo, como hasta ahora, un partido al servicio del presidente. La alianza no es solamente alimento para la retórica de la polarización. Puede terminar siendo apoyo de la coalición oficialista.

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09, Dic 2020

Loa a la tierra

De pronto, Byung Chul-Han, el filósofo alemán de origen coreano, se convirtió en el filósofo omnipresente. De un día para otro aparecían referencias a su trabajo por todos lados para explicar la coyuntura. Podían leerse en la prensa sus artículos sobre la pandemia y sobre el eros, mientras su libritos compactos, claros y profundos llegaban a las mesas de novedades. El deseo, el poder, el entretenimiento, las redes, la masa, la ansiedad de nuestros días eran esclarecidos a través de esos ensayos que se columpiaban entre el rigor académico y la introspección más íntima. De la vida de Han se sabe poco. Rehúye las cámaras y los micrófonos. Se sabe que nació en Seúl y que, en su país natal, estudió metalurgia. A los 26 años dejó Corea y la ingeniería para establecerse en Alemania y estudiar literatura y teología. Escribió su tesis sobre Heidegger sin contaminarse de ilegibilidad.

Hace un par de años, Han publicó Loa a la tierra, un ensayo sobre el jardín que tradujo, como buena parte de su obra, la editorial Herder. Tras los larguísimos meses del encierro, el librito refresca su sentido. Sostiene el filósofo que el jardín no es solamente un espacio de contemplación, sino una labor, una meditación, un gozo, un descanso, una devoción. Si hubo creación de algún dios, leo entre las letras de Han, fue para que hubiera juego: felicidad inútil, suspensión de las urgencias, sorpresa que alegra.

El trabajo de la jardinería ha sido una meditación para mí, dice Han. Una forma de escapar de esa tiranía de urgencias y réditos, el encuentro con otro tiempo, con otros tiempos. El giro y la vuelta del mundo se viven ahí de manera distinta. Cada hoja sigue su propio minutero. Quien cultiva sabe escuchar el tiempo de su semilla. “El tiempo del jardín es un tiempo de lo distinto.” Es un tiempo que observamos, pero del que no podemos disponer. En cada planta hay una conciencia propia del tiempo. De ahí la lección de humildad: nadie puede acelerar las estaciones.

La mano del jardinero es una mano amorosa, dice Han. Una mano paciente que toca “lo que todavía no existe.” El jardín es un espacio metafísico, el lugar del esplendor y de la muerte. Será, tal vez, el sitio palpable de la resurrección. De esa rama seca brotará en unos meses, una suave rama verde. Y de ahí la raíz, las hojas, las flores. Nada de eso nos es, a nosotros, posible. Nuestro curso es irreversible. Nuestro camino a la muerte no tiene vuelta. Cada día estamos más cerca de la nada. Pero las orquídeas saben lo que es derrotar a la muerte. El jardín es, por eso, un lugar de milagros cotidianos.

El jardín es también al reino de los elementos. Un regreso a la sensatez elemental: nos rigen la luz y el cielo; el sol, la humedad y la tierra. Necesitamos del cuidado. El jardinero percibe el curso del año con su cuerpo. Nota la luz que se adelgaza en invierno y anticipa con la nariz los brotes de primavera. Frente a los abismos de las teclas y las pantallas, el jardín es intimidad de lodo y hierba. El jardín, dice el filósofo, “me devuelve la realidad, incluso la corporalidad, que hoy cada vez se pierde más en el mundo digital bien temperado.” En este mundo del zoom y del uatsap no hay olor, no hay fricción. No hay cuerpo. El jardín es la sensualidad, la materialidad viva.

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07, Dic 2020

El efecto y el encanto

Los encuestados por Reforma no leen Reforma. Esa podría ser la primera conclusión que se extrae de la encuesta publicada la semana pasada por nuestro diario. El cuadro que, en noticias y comentarios, ofrecemos todos los días a los lectores sobre la catástrofe del gobierno de López Obrador no es compartido por la población. El estudio que ha coordinado Lorena Becerra exige reflexión. La percepción de la mayoría no penetra el reportaje ni la crítica. Por eso valdría la pena tomarse unos minutos para examinar el sentido y proporción del respaldo que el presidente mantiene.

La popularidad del presidente repunta. De agosto a diciembre ha ganado cinco puntos. El 61% de los encuestados aprueba al presidente, pero también toma distancia de sus políticas. Difícilmente puede decirse que se le perciba como un presidente eficaz. El 51% de los encuestados piensa, de hecho, que el país se le sale de las manos. Un presidente con buenas notas y un gobierno reprobado. Se reprueba su estrategia de seguridad; se rechaza su conducción económica y se desconfía, incluso, de su política contra la corrupción. La ciudadanía no recoge las críticas que hacemos con mayor insistencia: solamente el 34% lo considera un gobernante autoritario. Si decimos todo el tiempo que su discurso y su política son polarizantes, los encuestados ven otra cosa. El 47% cree que une al país y el 40% piensa que lo divide.

Estos datos no son solamente una prueba del divorcio entre la opinión pública y la publicada, sino pista de una política que nos escurre de la comprensión. El presidente López Obrador no entrega buenas cuentas en materia económica, sanitaria o de seguridad pública. Cualquier registro objetivo lo documenta claramente. Más allá de las intenciones y del discurso, el país no ha caminado a la tranquilidad, no ha cuidado la salud de su gente y no ha alentado la prosperidad económica. Pero los encuestados, al aprobar la gestión presidencial están haciendo una evaluación distinta a la que solemos hacer. Más que calificar los efectos de la política respaldan su fuente. Se ve al presidente como un hombre que se preocupa por los que menos tienen. Así lo afirma el 65% de quienes respondieron al cuestionario de Reforma. La forma en que se plantea la pregunta es relevante: los medidores registran una inclinación, un afecto. No un resultado, un apego. Tengo la impresión de que ahí está la clave de esta popularidad que, hasta el momento, parece a prueba de incompetencia. Una cosa es el efecto de la política, otra su encanto.

El presidente es uno de los nuestros, responden los encuestados. Más que un juicio sobre la administración, expresan una identificación. Sabemos que las cosas no marchan bien, que el presidente no ha dado resultados, pero a fin de cuentas estamos de este lado. Estamos con López Obrador porque no estamos con quienes mandaban antes y no sentimos cerca a quienes lo critican hoy. No tengo duda de que el contraste sigue siendo el basamento de su apoyo. Si el 61% está con él es porque no extraña a Peña Nieto, ni a Calderón, ni a Fox. Si ese porcentaje lo respalda es porque no tiene oídos para sus opositores. Por eso resulta tan significativo el que no sea visto como un agente de división, sino de unidad.

Nos ha salido caro el plomero y no ha reparado las goteras del lavabo. Lo contratamos para arreglar una tubería que terminó destrozando y no asume ninguna responsabilidad por los estropicios. Y sin embargo, es nuestro plomero. Así entiendo la contradicción en el juicio de los encuestados que reprueban al gobierno apoyando al gobernante. La política no es solo un instrumento de poder. Es también símbolo, ceremonia, emoción. Se impuso entre muchos de nosotros una fórmula utilitaria para entender el mecanismo democrático. El gobierno procesa intereses en conflicto y produce decisiones cuyos efectos son evaluados racionalmente por los ciudadanos. De ahí surgen los premios y los castigos. Pero la política no se agota ahí. No solamente es qué obtengo del poder, es cómo me siento frente a él. Entender eso que Pierre Ronsanvallon llama el “régimen de las emociones” es fundamental en nuestro tiempo.

Tarde o temprano caerá la popularidad de un gobierno incompetente dicen los ilusos que no advierten que en este gobierno se ve, más que una máquina, un espejo.

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