Ene, 2021

27, Ene 2021

Filosofía felina

Hace un poco más de diez años, John Gray, un filósofo político que daba clases en la London School of Economics, decidió retirarse de la docencia y dedicarse a una escritura más libre. Gray, un liberal que ha cuestionado el liberalismo hecho dogma, rema desde hace tiempo contra los grandes consensos. El iconoclasta se ha lanzado contra los dioses del progreso, la modernidad, la globalización. El humanismo, inclusive. El humanismo es la arrogancia de nuestra especie. Es la convicción de que los seres humanos ocupamos un sitio único en el universo, que somos los favoritos de Dios o la culminación de la naturaleza. Un desplante que nos hace imaginar el planeta como un material a nuestro servicio.

Liberado del compromiso de leer las conferencias de sus colegas y de calificar los trabajos de sus alumnos, Gray se ha puesto a pensar en lo que nos enseñan los gatos. A dos hermanas burmesas, Sophie y Sarah, y a dos birmanos muy longevos, Jamie y Julian, les debe la reflexión que alimenta su libro más reciente: Filosofía felina. Los gatos y el sentido de la vida. Gray observa a sus gatos y se dispone a entender sus lecciones. Gray pone a prueba las nociones de los grandes pensadores en los maullidos de sus gatos porque ve en la condición felina al otro más extremo y, al mismo tiempo, más íntimo. Por fortuna, dice, el gato no se ha “humanizado.” El misterio de su ronroneo es el cuestionamiento más profundo porque, a pesar de vivir con nosotros, no tiene la menor intención de obedecernos o de imitarnos.

Es conocida aquella divagación de Montaigne sobre su gato. Cuando juego con él, se preguntaba, ¿seré yo su juguete? A diferencia del perro que terminó siendo casi un reflejo del amo, el gato permanece como un salvaje en nuestra recámara. No vemos en sus saltos y en sus ronquidos el valor, la ternura, la fidelidad que tanto apreciamos en los perros sino otra cosa: elegancia, agilidad, autonomía, pereza, sensualidad. En su deambular por la casa, en su vagabundeo por la calle se esconde una idea de la felicidad, de la ética, del amor y del tiempo. Otro sentido de la vida.

Cuando Gray le contó a un filósofo que estaba trabajando en un ensayo sobre la filosofía gatuna, el colega respingó de inmediato, ¿cómo pretendes hacer algo así? ¡Los gatos no tienen historia! Gray contestó con otra pregunta, ¿Será que eso es una desventaja? No tendrán historia los gatos, tal vez porque no les hace falta, porque no quieren salir de un atraso para proyectarse hacia ningún lado. No necesitan inventarse un cuento, no dependen de un mito que le imprima significado a su existencia. Pasear, acurrucarse, dormir, jugar un poco, acariciarse, volver a dormir les es suficiente.

En un cuento, José Emilio Pacheco veía al gato meditando todo el día en el absurdo y la vacuidad del universo. Porque sabe eso ocupa a plenitud el instante en que vive. Un gato vería los empeños humanos por construir un relato que trace el sentido de su existencia como un absurdo, una contraproducente manera de lidiar con la ansiedad. El gato no nos hace su dios porque no necesita ilusiones. Si está a salvo y tiene comida, no necesita de nada ni de nadie. Si encuentra cariño, lo disfruta sin exigir nada. Los gatos, dice Gray, pueden ser nuestros maestros porque no echan de menos la vida que no tienen, porque no creen que la felicidad sea un proyecto, porque no viven de recuerdos, porque no se aferran al dolor, porque se liberan con facilidad de la desgracia, porque no conocen los celos, porque quieren sin dependencia, porque no temen la oscuridad. Porque se entregan envidiablemente al placer.

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25, Ene 2021

Biden, el doliente

Después del fanfarrón, llega el doliente. Donald Trump fue eso: un hombre que hace alarde de lo que no es. Que es un gran empresario, que usa las mejores palabras, que es el más estable de los genios, que es experto en todo y que comprende de inmediato lo más complejo. Joe Biden, su sucesor, está en el extremo opuesto de este farol. Un político católico que habla desde la humildad o, más bien, desde el duelo.

En el libro que escribió tras la muerte de su hijo Beau, identificaba uno de sus mayores orgullos: ser capaz de acompañar el dolor de lo otros. “A lo largo de los años he descubierto que mi presencia casi siempre consuela a quienes han sufrido pérdidas repentinas e inesperadas. No es que yo tenga un poder especial, es que mi historia me precede.” Esa vida hecha de pérdidas más que de hazañas es la que conforma la biografía política de Biden. Puede ser, curiosamente, su prenda política más valiosa para estos tiempos. Puede hablarse del centrista que busca diálogo, del legislador experimentado que conoce las entrañas del poder, de la preparación de décadas para llegar a la oficina presidencial, pero quizá lo más importante que aporta Biden para un tiempo desgarrado por el encono y la muerte es, más que una idea o una propuesta, una sensibilidad.

Nadie tan opuesto a Trump como su sucesor. El contraste tal vez ilustre el sentido de las disyuntivas contemporáneas. Más allá de la oposición de ideas, el contraste de las emociones que se cultivan y se explotan políticamente. El millonario furioso fue el vehículo perfecto para la política del odio, de la mentira y el desprecio. Sus discursos eran soflamas de ira, salpicadas de burlas e insultos. Por eso había en ellos constantemente, una insinuación de violencia. El enemigo estaba siempre presente en sus intervenciones: los invasores del sur, los chinos, los explotadores del pantano, los musulmanes, los medios. Tomar la palabra era, para él lanzarse al pleito. El péndulo ha puesto en Biden el poder que hace una semana tenía el patán. Su apuesta ha sido siempre la negociación, el diálogo, la unidad. Tal vez hace unos años esa prédica habría parecido insustancial; retórica vacía. Hoy captura la urgencia, mejor de lo que lo podría hacer el más razonable proyecto técnico.

El discurso de toma de posesión de Biden es una pieza valiosa por esas mismas razones. No se encuentra ahí un bosquejo de sus prioridades legislativas, ni los principios básicos de su estrategia económica. No hay una idea de Estados Unidos en el mundo, ni una reflexión relevante sobre las maneras de encarar el reto ambiental. En esos términos el discurso es francamente superficial. Pero hay algo quizá más importante que una propuesta precisa y detallada de políticas públicas. Algo que captura la miga de la circunstancia: el abrazo del consuelo y la empatía, el llamado al entendimiento. Lo que se escucha en su discurso es, en el fondo, la propuesta de cambiar el tono. El presidente Biden no grita como su antecesor. No insulta. Si habla de una lucha es contra abstracciones: el odio, la mentira, el extremismo, no contra quienes odian, los mentirosos o los extremistas. Sabe que la fragilidad constituye a la democracia y que las palabras también pueden romperla. Y para cuidarla es necesario empezar por respetar la verdad y respetar al otro.

San Agustín apareció en el discurso del segundo presidente católico de los Estados Unidos para sostener que la política no es asunto de fuerza sino de moralidad. Por eso aludió Biden indirectamente al lema de su antecesor, quien llamaba a recuperar la grandeza perdida de los Estados Unidos. La historia norteamericana, planteó el nuevo presidente no puede ser contada solamente en términos de poderío. La grandeza de un país no puede separarse de su bondad.

La filósofa Martha Nussbaum ha hablado del analfabetismo emocional del liberalismo contemporáneo. El liberalismo, ha sostenido en múltiples ensayos, ha dejado a sus adversarios la explotación de la ira, el miedo, la repulsión. Ha confiado en una racionalidad estricta que expulsa de la plaza pública la emotividad, como si fuera un asunto que pudiera confinarse al espacio doméstico. El discurso de Biden toma la dimensión afectiva de la política en serio para arrebatársela al populismo polarizante.

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18, Ene 2021

Creced y enriqueceos

No sorprende el desprecio de las leyes (que son para él formalidades huecas) y de la administración (que es vista como una bestia torpe y costosa). Tampoco la arrogancia moral que le permite ignorar la crítica porque proviene de los sótanos de la podredumbre y no merece una respuesta sino muchos insultos. Su antipatía por los órganos autónomos estaba igualmente cantada. Había avisos de su fascinación por la mitología de la historia oficial y su obsesión ideológica con el ogro del neoliberalismo. Su falta de curiosidad por el mundo, su desinterés en las tablas de las magnitudes y en las sumas era también previsible. Los datos propios le han bastado para evaluar la realidad y fundar sus decisiones. Lo sabíamos: para él los cuentos cuentan más que las cuentas. El mundo tiene en su cabeza la coherencia de una conspiración y así gobierna: enfrentando una conjura de los malignos que vienen del pasado. Todo eso, a decir verdad, conforma un panorama alarmante, pero no sorpresivo. Durante algún tiempo pensé que habría una resistencia pragmática y asesores razonables que podrían contener los impulsos más nocivos de esa visión política. Me equivoqué. Ese resorte de sensatez, de diálogo y de moderación que podría haber generado una razonable tensión en la marcha del gobierno apenas y se ha activado y hoy parece menos presente que nunca.

Donde sí ha habido una sorpresa gigantesca ha sido en el giro militarista. El candidato ofreció regresar a los militares a los cuarteles. En campaña denunció los abusos del ejército y su participación en la guerra contra el crimen organizado. Hoy no vemos a los soldados de vuelta a sus campamentos, sino cada vez más presentes en la vida pública del país. El número de nexos de este mes es valiosísimo para aquilatar el impacto de la militarización. No hay forma de rehuir la palabra. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha convocado al Ejército a ocupar un espacio central de la vida política mexicana. En efecto, bajo el gobierno de López Obrador vemos a los militares, “hasta en la sopa.” Se trata de una gravísima regresión histórica, que dejará secuelas en las próximas décadas. En uno de los ensayos centrales de esta edición de nexos, Fernando Escalante lo dice con toda claridad: se está cerrando ante nuestros ojos el paréntesis civilista.

El desprecio que comunica constantemente por la administración contrasta con la idealización de los uniformados. Uno es un animal gordo, distante y torpe; el otro el pueblo mismo: leal, incorruptible, disciplinado, eficiente, ahorrador. No es difícil advertir las razones de su devoción: en la disciplina castrense no hay deliberación ni transparencia: acatamiento ciego y opacidad.

En esta materia, el lopezobradorismo es calderonismo elevado a la enésima potencia. El ejército no solamente es llamado para cubrir el vacío o la captura de las fuerzas policiacas, sino convocado para reemplazar ámbitos cruciales de la administración pública. Los militares controlan nuevas áreas de la administración, han permanecido a salvo de la austeridad que asfixia al resto del gobierno, han colocado a los suyos en puestos relevantes del gobierno federal y aparecen en cada oportunidad como la solución natural para cualquier problema o emergencia. Militares policías, contratistas, empresarios, transportistas, aduaneros, reforestadores, vacunadores, constructores. La república, desde luego, debe recompensar con justicia a los militares. Ha decidido el presidente López Obrador que la Secretaría de la Defensa no solamente construya sino también administre el nuevo aeropuerto para que disfrute de sus ganancias. “Creced y enriqueceos” es el llamado del presidente a los militares.

¿Qué consecuencias tendrá el fin de ese paréntesis civilista del que habla Escalante? Una primera consecuencia es clara: “las fuerzas armadas van a ser uno de los factores del nuevo régimen.” La apuesta militarista golpea a la administración, expande los territorios de la corrupción, multiplica la intimidación y el abuso en el espacio público. Augura tensiones al interior de las corporaciones militares y entre el poder civil y el poder militar. Pocos procesos tan alarmantes en estos tiempos como la regresión militarista.

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13, Ene 2021

Biografía de una amistad

En Sombras en el campus, Malva Flores escrie que “el ensayo es una de las formas más depuradas de la pasión escrita”. En su alegato contra las inquisiciones de la academia defiende, por supuesto, la solidez del argumento y la confiabilidad de las fuentes, pero abraza antes que cualquier otra cosa, la emoción personal, esa combinación de simpatías y antipatías con las que tocamos el mundo. En las palabras del ensayo debe haber un elemento íntimo, una revelación personal, una confesión: “solo si en el tubo de ensayo incluimos la sal y la pimienta de nuestras aversiones, deseos o admiraciones, podremos de allí obtener un elemento cuyo único propósito será compartir una charla por escrito y hacernos pensar.” Esa sal y esa pimienta, ese sazón íntimo es saboreable en la admirable biografía que Malva Flores ha hecho de una amistad crucial en la cultura mexicana del siglo XX.

Estrella de dos puntas, Octavio Paz y Carlos Fuentes: crónica de una amistad, el libro que Malva Flores publicó a fines del año pasado es, por supuesto, una investigación meticulosa en los meandros de la relación entre Octavio Paz y Carlos Fuentes. Flores ha exprimido todas los archivos, las cartas, la referencias veladas que existen en las páginas de ambos, los intercambios con los amigos comunes y ha registrado la admiración mutua, la cercanía, el cariño, la desconfianza, los reencuentros, la ruptura. En el intenso epistolario entre los amigos puede verse una comunicación tan intensa en su furor comunicativo como en el frío de sus largos silencios.

Complejísima relación, la de Paz y Fuentes. Fascinante también. Dos gigantes de las letras mexicanas; dos hombres rodeados de admiración. Dos ambiciones, dos vanidades, dos capillas. Lo reconocía el propio Paz en una de las últimas cartas que le escribió a Fuentes: “La amistad es como las plantas: hay que regarla a diario. A veces, también, hay que podarla: demasiado frondosa deja de dar flores y frutos. Y mucho sol–un acuerdo total–la marchita. Las diferencias–si se dicen–son un agua milagrosa. Por fortuna tú y yo no coincidimos en muchas cosas, aunque sí, creo, en lo esencial.” La relación no se rompió súbitamente con el artículo de Enrique Krauze contra el novelista. Desde el primer momento, fue una amistad compleja.

Durante medio siglo (se conocieron cuando Paz tenía 36 años y Fuentes 21), el poeta y el novelista estuvieron el uno frente al otro. Seguían asociados de alguna manera, aunque la confianza y el afecto se hubiera perdido. Los rompió la política, es cierto. Pero después de leer la crónica de esta amistad fracasada, puede verse que lo que fue abriendo una brecha cada vez más grande entre ellos fue su idea de la literatura y su compromiso con la creación. Son visibles sus diferencias sobre la naturaleza del echeverrismo, por ejemplo, o sobre la revolución sandinista. Pero detrás de esa controversia pública, es la concepción artística lo que en realidad los distancia. La política, en particular el entusiasmo del 68, los acercó. Después esa misma energía los enemistaría hasta la muerte. El arte nunca los llegó a hermanar.

Advierte Flores desde las primeras páginas que esta biografía de amistad no es un trabajo académico de crítica literaria. Es “la lectura de una o varias pasiones, perseguidas con los ojos de mi propia pasión.” No se trata de una crónica imparcial, ni mucho menos distante de esos dos hombres. Flores no pretende oficiar de mediadora para forzar un equilibrio entre los amigos que han terminado en pleito. Sus cercanías no solamente son claras: están bien fundadas.

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12, Ene 2021

Mentiras e intimidaciones

Desde su fundación, Estados Unidos se ha imaginó como una excepción. Un país que guiaría al planeta en la senda de la libertad, un modelo que nadie podría superar. A este pueblo le ha sido reservado el decidir si las sociedades humanas pueden establecer un gobierno basado en la razón, dijo Hamilton en una de las primeras entregas de El federalista. Estados Unidos sería el primer país en el mundo que podría escapar la imposición de los ancestros o la de los violentos. Ni la brutalidad de la fuerza ni los absurdos de la tradición: un gobierno diseñado a través de la razón y sostenido con la voluntad libre de los ciudadanos.

De esa fantasía proviene la idea de que la norteamericana es una política incomparable. Aún en el espacio académico se sigue alimentando ese cuento del excepcionalismo. Para entender sus mecanismos y sus procesos basta su propia historia y sus propias fuentes. El provincianismo de su inteligencia impidió apreciar la amenaza que tuvieron frente a la nariz. Aún los medios más liberales tendían a restarle importancia a la victoria electoral de Trump. Su retórica era estridente, pero, en el fondo, no representaba un peligro serio para la vida democrática de los Estados Unidos. Los partidos, los medios, las instituciones serían lo suficientemente fuertes para domar a la bestia.

Los denunciantes más lúcidos de la amenaza trumpiana salían de la miopía nacionalista que domina la discusión norteamericana. Por su origen o sus curiosidades intelectuales, pudieron ver en Trump un remedo de otros autócratas y, en la circunstancia norteamericana, la reedición de quiebras democráticas en el mundo. Pienso, por ejemplo, en la perspectiva de Masha Gessen advirtiendo de inmediato los paralelos con el déspota de Rusia. Pienso también en el grito de alarma de un historiador como Timothy Snyder, quien vio la sombra del fascismo en el ascenso del patán. Pocos en Estados Unidos se atrevieron a ponerlo tan claro como lo puso Letras Libres en aquella portada memorable: fascista americano.

Fue precisamente Snyder quien advirtió que la postverdad es prefascismo. Abandonar la plataforma de la verdad es cancelar la posibilidad de la ciudadanía, ahogar el espacio del entendimiento, matar la ley. Lo que ocupa el lugar de la verdad en ese contexto es el espectáculo de lo que nos entretiene–mientras nos envenena. Las redes sociales pueden ser un intenso y constante estímulo emocional, pero, insiste el historiador que ha explorado los peores horrores del siglo XX, suelen recrudecer el prejuicio y llevarnos a olvidar la distinción entre lo que nos halaga y lo que es cierto. Las redes sociales podrán ser un extraordinario estímulo emocional, podrán entretenernos las 24 horas del día, pero suelen provocar que confundamos lo que nos halaga con lo que es cierto. La aventura política de Trump no fue solamente un espectáculo de mentiras, sino también un desplante de intimidaciones. La violencia, la demostración de fuerza física fueron su marca indeleble. En sus últimas horas como presidente, esta combinación de farsa y machismo fue más explícita y más dañina que nunca. Fue esa combinación la que condujo al asalto del Capitolio. Por extraordinaria que haya sido la toma del congreso, no puede decirse que haya sido una sorpresa. Desde el 4 de noviembre el presidente Trump empezó a colgarse de las conspiraciones más absurdas para sostener que había habido fraude y que él, no solamente había ganado, sino que había arrasado. Convocó así a los seguidores que estuvieron dispuestos a seguirlo en su patraña a manifestarse con fuerza frente al capitolio para demostrar los arrestos de su movimiento. No seremos unos debiluchos ante el robo, dijo.

Donald Trump habrá reventado en esas horas el liderazgo que aún mantenía en el Partido Republicano. Después de la elección, conservaba un ascendiente crucial en el partido. Tras el asalto, es rentable ya distanciarse de sus locuras. Pero lo que nació ese día no se apagó por la noche. El veneno de mentiras e intimidaciones, desprecio y odio que regó durante años ha cultivado una extrema derecha que seguirá viva durante mucho tiempo. Los hijos de Trump, esos millones de habitantes de la realidad alternativa, esos fanáticos de las conspiraciones que están armados hasta los dientes y que ven con angustia el futuro serán la gran amenaza a la democracia norteamericana.

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04, Ene 2021

Nueces 2020

El 2020 debe ser el año de la humildad, sugiere John Gray en un artículo publicado en The New Statesman. El año nos recordó que habitamos un mundo que nunca podremos entender del todo y que jamás llegaremos a controlar. De la escuela al comercio, de la intimidad a la gran política: todo ha sido alterado por partículas que no podemos ni ver. La lección parece clara, dice el filósofo que acaba de publicar un ensayo sobre filosofía felina. La pandemia, más que un evento históricamente extraordinario, es recordatorio de nuestra fragilidad. El gran impacto de la pandemia es (debería ser, agrego yo con menos confianza de que seamos capaces de aprendizaje) haber pinchado la burbuja de la pretendida supremacía humana.

La vacuna nos puede engañar con la idea de que¿ la humanidad recupera el dominio de la naturaleza. Si el planeta tiene dueño son los microbios.

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Cuando no quede ninguno de nosotros vivo, sospecho que el 2020 apenas será recordado por las muertes o el encierro. La mutación geopolítica de este tiempo será, seguramente, más relevante que la tragedia. El historiador que dentro de unas décadas se asome a este año cruel lo registrará probablemente como el año en que inició el siglo XXI, el año que disparó simbólicamente el ascenso de China y mostró la irreversible decadencia de Estados Unidos. La cuna del virus resultó una de las grandes ganadoras del año. Después del encubrimiento, el gobierno chino fue capaz de contener el contagio y retomar, en buena medida, la normalidad. Frente a ello, Estados Unidos se mostró, en palabras del novelista Dave Eggers como una “mezcla terrorífica de reality show televisivo, república bananera y Estado fallido.”

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En el video de El país que muestra a los caricaturistas del oficialismo (ellos mismos se presentan como orgullosos portadores de la etiqueta) hay un momento extraordinario. Rafael Barajas, “El Fisgón”, no solamente caricaturista de enorme talento, sino también gran historiador del cartonismo mexicano, reflexiona sobre sus reacciones ante lo que dice el presidente. Durante un tiempo sentía el chicote automático de la crítica. Seguramente le incomodaría la mojigatería o la superstición del gobernante. Tal vez la defensa del militarismo que hace constantemente desde Palacio Nacional le provocaría tirria, pero ya ha aprendido a contener esa vanidad de pensar por sí mismo. “Con Andrés Manuel me pasa con mucha frecuencia que no estoy de acuerdo con cosas que dice. Pero ahora, mi reflejo es preguntarme: “¿Qué es lo que no estoy entendiendo?” La confesión es asombrosa: si se asoma una diferencia con el presidente es que yo estoy equivocado. Es una de las más valientes defensas de la renuncia al pensamiento que he escuchado. Que nadie dude de lealtades. Andrés Manuel: te doy mis ojos.

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2020: lo predecible era impensable.

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La pandemia reveló la vacuidad del poder vertical. Lo que dijo el reportero Joshua Yaffa sobre el fracaso de Putin para encarar la crisis sanitaria en Rusia es aplicable a muchos otros regímenes que apuestan al imperio de una máquina de jerarquías. El teatro de la pirámide puede dar apariencia de poder pero ahuyenta el debate auténtico, desatiende la voz de los expertos y convierte a los científicos y a los funcionarios públicos en aduladores. La ilusión de omnipotencia conduce directamente a la ineptitud.

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El populismo, escribió el politólogo búlgaro Ivan Krastev, no se alimenta del miedo sino de la ansiedad. En ¿Ya es mañana?, un librito que escribió durante su encierro en el campo, propone esa distinción. La ansiedad es inquietud ante un peligro difuso y disperso. El miedo es algo más concreto, más inmediato, más punzante. Tengo miedo de morir por covid; siento ansiedad de que mi cultura sea arrasada por los migrantes. El temor abstracto del ansioso puede encontrar eco en la demagogia del antagonismo que lanza la culpa al otro. La cercanía de la muerte pide otra cosa: claridad, coherencia, confiabilidad.

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