Mar, 2021

29, Mar 2021

El teatro del poder

La clave es el teatro. Valdría entender que se ejerce el poder como una dramatización del presente y no como una de plataforma de decisiones. Mientras los críticos hacen catálogo de pifias, llevan la contabilidad de las mentiras y advierten el impacto de la irresponsabilidad, el dramaturgo celebra que sus adversarios se suben al escenario para representar justamente el personaje que ha delineado en su libreto. Mientras más acudan los otros a la lógica, más enfatizará esa épica que no se detiene en nimiedades racionales. El paladín está construyendo la Nueva Patria y no va a detenerse por la tabla de multiplicar. En algún sentido, la reacción de sus críticos es la mejor recompensa a su estrategia. Su deseo se cumple, no en la modificación de la realidad, sino en el reflejo de los adversarios que siguen puntualmente las indicaciones que ha trazado para la actuación de su antagonista.

El presidente es el autor del guion, el director de escena y el héroe. El resto del país, afiliándose a los bandos de su invención, cumple puntualmente sus instrucciones. ¿Será que todos nos hemos convertido en títeres de su guiñol? El Palacio virreinal es la escenografía. Del gabinete no hay personajes sino piezas de utilería: ahí están los tapetes extasiados por la pisada del ídolo, los trapos que el superhombre usa, ofende y tira, los jarrones decorativos y, desde luego, sus soldaditos. Las marionetas saben perfectamente que son ignoradas, pero les consuela sentirse en el proscenio, como si efectivamente fueran parte de un luminoso capítulo de la historia. En su teatro no hay espectadores. Quienes aplauden y quienes lanzan tomates repiten el parlamento que les fue asignado. Lo mismo los idólatras que babean y los críticos que gritan cumplen con el papel previsto por el dramaturgo.

En un gobierno sin plomada legal, ni prudencia económica, el colaborador más poderoso es el tramoyista que prepara las funciones diarias. Es claro que las iniciativas de ley que aprueba mecánicamente la mayoría no pasan por ninguna inteligencia jurídica. Es evidente también que no hay filtro de razonabilidad económica en las decisiones de la administración, pero sí que hay instinto escénico. Ese olfato teatral ha sido la clave para seguir sujetando la conversación pública y mantener hermetismo ante la crítica. A pesar de la reiteración de frases, parábolas y evasivas, los pleitos que se representan en el espectáculo presidencial tienen ritmo, los embates del protagonista siguen generando asombro por mantener ese crescendo de hostilidad que todos los días desborda algún límite. Ayer dijo que las feministas eran instrumentos al servicio del extranjero, hoy dijo que los abogados que defienden a sus clientes son traidores a la patria, ¿amenazará mañana al árbitro electoral con una votación para removerlo de su puesto? Cuando pensábamos que el protagonista de la obra había llegado a su límite, nos sorprende y escala otro peldaño.

La teatralidad ha inmunizado al gobierno porque ha creado un relato que se fortalece por sus réplicas. Sus “otros datos” son, en realidad, un cuento hermético y es eso, el cuento, lo que debe confrontarse imaginativamente. Si la ficción que el presidente anima todos los días sigue siendo persuasiva para millones de mexicanos es porque no hay, a la vista, un relato alternativo. La batalla contra el relato oficial será inofensiva hasta que no logre desmontar su ridiculez. Sí: ridiculez que se llame “cuarta transformación” y que se escriba con mayúsculas como si fuera un acontecimiento inscrito con oro en los muros de la Historia. Ridícula su incapacidad para ver lo que tiene frente a la nariz, para reconocer tropiezos, para modificar el rumbo. Ridícula también la cursilería de esas lecciones en las que contrasta la belleza sublime de los héroes impolutos frente a la miseria de los enviados del demonio; ridículo el maniqueísmo infantil de su cuento de hadas. Ridícula la megalomanía presidencial y la nauseabunda indignidad de esos devotos dispuestos a obsequiarle el bulto entero de sus neuronas al Benefactor de la Patria. Teatro bufo. La crítica que hace falta es la más ácida: la burla.

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25, Mar 2021

Puntos suspensivos

Quiso el anonimato. Lograr que su obra se integrara a la ciudad, que se vaciara en ella y que perdiera registro de su autoría. Quiso ser un iluminador románico, un tlacuilo que escribiera pintando en amate. Quiso ser también el gato de Paul Klee. Vicente Rojo lo contaba en su discurso de ingreso al Colegio Nacional. En 1918, al terminar la guerra, Klee regresaba a casa. Para celebrar la paz tomó el violín y junto a su mujer que se sentaba frente al piano, tocaron sonatas de Bach y de Mozart. El auditorio lo formaban Félix Klee, el hijo de la pareja, y el “enorme gato Fritzi.” La escena le servía a Rojo para dejar constancia de su admiración por Klee, de la intimidad entre música y pintura y de la envidia por el pintor que sabía tocar el violín. “¡Qué no hubiera dado yo por ser el gato Fritzi.”

Artista de los signos, Vicente Rojo se identificó también con los puntos suspensivos, esa marca de tres puntos que insinúa, que sugiere, que deja el enunciado sin cierre. Así tituló las escenas de su autorretrato. Puntos suspensivos. Es justo de pronto dejar la oración incompleta; hacer silencio para dejar el sentido en suspenso, para detenerse ante el temor o la vacilación. La vacilación se dirige al futuro, pero también se entierra en el pasado. ¿Será que la emoción imprecisa, la sensación sin nombre anteceda los tres puntos? En el diseño editorial, en la escultura y en el lienzo, esos tres puntos del misterio.

Sus diseños seducían por el brillo de sus evocaciones. Puso la claridad de su trazo al servicio del asombro. Capturó así nuestra imaginación estética con cientos de portadas, con el trazo de diarios y revistas, con carteles y logotipos que integran el paisaje de nuestra memoria más entrañable. Nadie hizo tanto por el diseño gráfico en México como Vicente Rojo. Portadas que son una invitación que no delata. En Cien años de soledad, en Las batallas en el desierto, o en El ogro filantrópico, la puerta de entrada se cuela en todas las letras de la obra.

Pintar para él era transcribir el dictado de las preguntas. Escuchar la interrogación y formularla mil veces. ¿Cuántas tes caben en una misma te? ¿Qué diana encontrará el dardo? ¿Qué advertencias hay en la señal? ¿Qué voz pronuncia la letra imposible? ¿Qué mapas traza el estallido de ese monte de lava? Terca exploración de un vocabulario esencial. Sabio desprendimiento de lo superfluo. Punto, raya, círculo y triángulo conforman un universo contenido e inagotable. La diagonal de las lluvias, el indicio de las flechas, la copa del volcán, la indescifrable tipografía. Las geometrías de Vicente Rojo levitan y se conectan con el centro de la tierra; son abstracción pedregosa, juguete y retablo; tolvanera y pentagrama. Por ahí pueden verse los átomos de Seurat y la metafísica de Malevich, las costras de Dubuffet y los brochazos de Tàpies. Y creo que se insinúa también, entre lava y diluvios, el cuerpo de un país como el que José Emilio Pacheco encontró en tres volcanes suyos:

Dicen que dice la verdad el nuevo mapa:
en la visión del satélite
éste es México sin engaño.

Pero no veo
sino montañas como cicatrices.
México sepultado por sus volcanes y nacido de ellos.

Entre tanta aridez muy pocas manchas de agua.
Entre tanto desierto bosques en llamas.
entre tanta desolación una esperanza:
la victoria de los dos mares.

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22, Mar 2021

La legalidad enemiga

Si no es expresión de su voluntad, la ley es injusticia. Si los intérpretes del derecho se separan de su deseo, son traidores. Los opositores, los críticos y hasta los escépticos son enemigos de una nación que tiene el deber de sentirse entusiasmada por su gobierno. Arrancado de la canción clásica de José Alfredo Jiménez, el título del nuevo libro de Carlos Elizondo lo captura perfectamente. Quien se imagina como el esplendor de la historia mexicana no puede reconocer más ley que la que sale de su boca. La ley no es un tejido complejo y abierto que aloja interpretaciones distintas, sino declaración de voluntad única. Solo será legítima la interpretación que coincide con la propia. La ley no restringe al poder, es el testimonio de sus pretensiones.

La controversia de estos días es reveladora porque muestra la hondura de su convicción autocrática. No lo detienen los límites que marca la ley. No reconoce el presidente al derecho como un marco de restricciones, como el cauce necesario de la acción política, como límite al poder. No acepta que las reglas constriñen la voluntad de cualquier política, así sea la política democrática. El presidente nos ha dejado muy claro que entiende la ley como su instrumento, más aún, como su propiedad. Cualquiera que la usa o la invoque para fines que no sean los del presidente, la usurpa. La ley le pertenece porque él se imagina como la encarnación de la legitimidad y ésta es, a su juicio, un permiso sin restricciones.

Un juez recibe el furioso ataque del jefe del Estado desde Palacio Nacional. Más que pedir la revisión de su fallo, el presidente ataca la integridad del juzgador y lo incorpora de inmediato a una conspiración que pretendería descarrilar su gobierno. La andanada del presidente no es solamente un ataque al juez que examina la constitucionalidad de las leyes. El destinatario del hostigamiento es todo el poder judicial. La agresividad retórica es una intimidación a cualquier integrante de la rama judicial. La violencia verbal del presidente, la facilidad con la que descalifica moralmente a cualquier crítico, la vehemencia con la que suelta acusaciones de corrupción a cualquier entidad pública que actúa con independencia de su dictado obstruye la actuación imparcial y libre de la judicatura. El belicismo del presidente destruye la plataforma de la independencia judicial. Más allá del destino de las controversias, el embate lanza a los jueces a un territorio del que no pueden salir bien librados. Si terminan por avenirse al argumento presidencial, serán vistos como sometidos a su dictado. Si, por el contrario, mantienen la invalidez de las decisiones del régimen, seguirán recibiendo golpes que minan su legitimidad.

La más fresca enemistad del gobernante ingobernable trasciende al estamento judicial. No se trata, en realidad, del ataque a una institución constitucional. Es un ataque al régimen mismo de la legalidad. El rodillo del poder decidido a aplastar cualquier precaución jurídica. El hostigamiento a la judicatura se ha acompañado de un hostigamiento a la profesión jurídica. Los abogados que representen intereses contrarios a los de su gobierno deben ser considerados traidores a la patria. Lo ha dicho así el presidente de la república. Acusar de traición es resorte de autócratas. Elisur Arteaga, quien representó a López Obrador cuando recibía los ataques de Vicente Fox advirtió en un artículo reciente publicado en Proceso que el embate reciente es un atentado al estado de derecho. Tiene razón. El mecanismo completo de la legalidad es el enemigo del nuevo régimen. Sus principios fundamentales, su mecanismo y sus agentes son incompatibles con la política de la fe. Las reglas serán válidas solamente si coinciden con la voluntad presidencial; si desde ahí se les declara “injustas” deberán incumplirse heroicamente. Para el régimen, la profesión jurídica merece el respeto que reciben del presidente su ministra del interior y su “consejero” legal. En el espacio oficial, la abogacía es una profesión superflua y sospechosa. Y el arbitraje judicial, una instancia que debe afiliarse a la transformación. En la mirilla de enemistades, la ley.

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15, Mar 2021

El delirio

No son certeros los términos que hemos usado para describir la obsesión y la fuga. Los llamados a que el hombre recapacite para que examine el efecto real de su actuación parecen absurdos. ¿Alguien podría imaginarlo? Después de una conversación, el inflexible finalmente se sienta a examinar los datos y las advertencias. Hace espacio para la reflexión y concede fundamento a alguna crítica. Al día siguiente corrige. ¿Alguien imagina esa metamorfosis? Por eso me parece ingenuo pensar a estas alturas que la intervención de algún consejero podría abrir la mente del enquistado. Tenemos abundante evidencia de que no tiene oído más que para su propia voz y la de quienes le hacen eco. Las crisis, lejos de espabilarlo, han reforzado su hermetismo, lo han encapsulado en su alcázar de espejos, le han dinamitado el discernimiento elemental. Evadiendo sistemáticamente el presente, su discurso es cada vez más destemplado, más vehemente y más grotesco.

El presidente y los suyos envían señales desde un planeta remoto. El 8 de marzo tuvo a bien organizar un homenaje para sí mismo. Esa le pareció la mejor manera de mostrar su compromiso con la causa feminista. Después de describir a las mujeres que protestan contra la violencia machista como títeres del fascismo, como juguetes al servicio de causas antinacionales, hizo que las mujeres que trabajan para su gobierno lo celebraran y culminaran la ofrenda con una porra. ¡Es un honor estar con el promotor de un violador!, era el sentido implícito de esa penosa animación. El presidente tuvo también la generosidad de brindarnos cátedras sucesivas sobre el derecho y la lealtad. La ley que aprueba nuestra mayoría es expresión de una voluntad incuestionable. No es una norma que deba ajustarse al marco de la constitución y que, por ello, debe pasar la prueba de los tribunales. A su juicio, la ley declara el deseo del poder, no restringe su voluntad. Por eso la osadía de cuestionar sus resoluciones es equivalente a una traición. Traidores a la patria los abogados que defiendan derechos contra la voluntad declarada de la nación. Corruptos los jueces que advierten su incongruencia en la ley de la mayoría.

Si algo reiteran y refuerzan estos reflejos es el cerco de una convicción decidida a ignorar cualquier realidad, por monumental que sea si escapa de su fantasía personal. Si la montaña que todos vemos no aparece en paisaje de su programa, la declarará humo, mentira, engaño. El único mundo que viaja por su nervio óptico es el que reitera y refuerza su manía. El revés, el error, el efecto contraproducente de su propia política son, para decirlo con la fórmula que emplea a diario, “moralmente imposibles.”. Para el presidente, solo el halago es honesto. Es así cómo, en la inteligencia del supremo, la realidad queda moralmente desterrada.

Sería un consuelo pensar que su retórica es inocentemente demagógica. Pero su celebración del “éxito” de la política sanitaria, su insistencia en que el halo de su santidad infinita ha borrado la corrupción, su confianza en que la austeridad es la vía mexicana a la justicia social no son simplemente maneras de presentar los desafíos del gobierno bajo la luz favorable. No son expresiones que cuidan la integridad de un relato, que alientan optimismo, que cuidan simpatías. Son la descripción puntual del mundo en el que vive el hombre más poderoso del país. Puede entenderse que el piloto trasmita a los pasajeros una información que los tranquilice cuando se enfrentan problemas durante el vuelo. Podría calmar a los pasajeros con palabras de aliento, siempre y cuando activara al mismo tiempo los procedimientos de emergencia. Lo grave es que el piloto no mira los instrumentos de la cabina, desestima las chicharras de alarma, mira enamorado el espejo y sugiere a los pasajeros que disfruten del privilegio de volar con él mientras miran llamas en las turbinas. Ese es el mensaje del mexicano más poderoso en muchas décadas. Un político que no tiene oposición y apenas crítica. Quiero decir que el problema más grave no sería que el gobernante engañara a otros, lo alarmante es que se ha engañado a sí mismo. No hay hecho, no hay dato, no hay persona que le permita el reencuentro con el mundo. Todo aquello que expone una razón discordante es señalado de inmediato como cómplice de una conspiración que se opone a la felicidad nacional.

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10, Mar 2021

Lecciones del Covid

No son tiempos para ponerse a contar la historia de la humanidad. En este mundo de especialistas, pocos se atreverían a hilar la historia entera de la humanidad; la historia de la humanidad en todo el planeta. Encontrarle sitio y tiempo a cada ser humano que ha puesto oxígeno en sus pulmones.  Ese fue el propósito de Yuval Harari con su Sapiens, una historia en la que cabría todo lo humano. Los genes, el comercio, la guerra, las bacterias, la agricultura, las fábulas, la guerra, las ciudades y el internet. La exitosísima obra de Harari es un cuento de tres episodios que marcan la vida de ese mamífero joven: el cambio en las neuronas de un simio que empezó a contar cuentos y fábulas; la domesticación de las plantas que fijó la residencia de sus tribus; el experimento que puso a prueba la razón para fundar la ciencia. Como buena telenovela, su historia de la humanidad termina en suspenso. El historiador suelta el relato picando al lector con la curiosidad por el capítulo que sigue. Se aproxima una mutación tan importante como las tres anteriores. La ingeniería genética, la inteligencia artificial nos acerca a una nueva “singularidad”. Todas las ideas que nos permitieron, durante siglos, encontrarle sentido al mundo pronto se volverán irrelevantes. Habrá que empezar a despedirnos de nuestra idea del yo, del tú, del nosotros. Aceptar que nuestro concepto de hombre, de mujer, de familia, de amor y miedo cambiará radicalmente. Todo está a punto de ser otra cosa.

Ese historiador que se piensa cada vez más como filósofo y que ha conectado los mitos del neolítico y los algoritmos de facebook se ha puesto a pensar en las lecciones de la pandemia. Desde el satélite por el que se asoma al presente, encuentra razones para estar optimista. Hace unos días publicó un artículo extenso en el Financial Times donde reflexiona sobre las lecciones de la pandemia. (“Lecciones de un año de Covid”, 25 de febrero de 2021).

Las epidemias ya no son desgracias incontrolables de la naturaleza. La ciencia las ha convertido en desafíos manejables. El virus nos puede provocar la sensación de vulnerabilidad, pero, a diferencia del medioevo, hoy sabemos cuál es la causa de las muertes. Ante la peste negra la humanidad estaba totalmente a oscuras ciegas. No tenía la menor idea de qué provocaba la desaparición de pueblos enteros. Hoy la ciencia nos da herramientas de comprensión y también instrumentos de cuidado. En diciembre del 2019 empezaron a activarse las primeras señales de alarma. En enero del 20 se había secuenciado ya el genoma del virus y se había publicado la información. Un consenso se alcanzó muy pronto sobre las medidas que debían tomarse y antes de un año empezaba la producción en serie de la vacuna. No fue un milagro: fue una hazaña de la ciencia.

La pandemia no solamente mostró el poder de la ciencia, sino la existencia de una ciudad que no se conecta por las calles sino en zoom. Si pudimos confinarnos es porque las actividades productivas requieren cada vez menos humanos, muchos pudieron trabajar o estudiar en casa. Si el turismo se desplomó en el 2020, el comercio marítimo apenas y tuvo un descenso, dice. El virus circula en el mundo físico. El virus no viaja en el mundo virtual.

La tragedia de estos días viene de la política, de su demagogia, de su incoherencia, de su ceguera. El menosprecio de la amenaza sanitaria, la sordera ante la voz de los expertos, la comunicación incoherente y contradictoria de los gobiernos, la negligencia de las administraciones ha costado, en todo el mundo, cientos de miles de vidas. Si ha habido tanta muerte es por malas decisiones politicas. El verdadero peligro no ha sido el virus: lo que nos amenaza son nuestras rivalidades, nuestros odios, nuestra ignorancia.

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08, Mar 2021

Ridiculizar la farsa

La respuesta del presidente a las mujeres de su propio partido que exigen el retiro de la candidatura de Félix Salgado Macedonio sigue el mismo libreto de las descalificaciones. Desoyendo la crítica, el presidente se lanza contra las críticas. Su causa no es auténtica. Si critican al presidente por apoyar a un violento son, objetivamente, instrumentos de la reacción. Personas manipuladas por los enemigos de su gobierno. Conservadoras. Al insulto rutinario, se le agrega un reproche político. La indignación de las mujeres ante la candidatura de un hombre acusado de ser un violador reincidente refleja una desconfianza en el pueblo. La rabia de las feministas es, en el fondo, antidemocrática. Que el pueblo decida, dice reiteradamente el presidente. ¿Por qué temer la decisión de la gente? ¿No son capaces los guerrerenses de evaluar al político?

Con aire diazordacista, el presidente López Obrador acusa a las feministas de haberse intoxicado con ideas extranjeras. No es mexicano el reclamo que hacen las mujeres. No corresponde a nuestras formas, a nuestra herencia, a nuestro lenguaje. Las mujeres que nos convocan a “romper el pacto” hablan como si no fueran de esta tierra. Usan expresiones importadas, dice. Tal vez han leído textos escritos en otro idioma. Quizá se hayan envenenado de discusiones que se celebran en universidades del extranjero, esas escuelas donde aprendieron sus mañas los tecnócratas y ahora copian furia las feministas. Para el hombre que, ante este asunto, se revela en cuerpo entero como un ultraconservador, el vocabulario de la protesta feminista es ajeno a nuestra experiencia y una amenaza a la tradición. No hay aquí tal pacto, dice burlonamente el presidente. Aquí la familia es una institución hermosa y cordial: ¡un ejemplo para el mundo! Aquí las mujeres merecen el cielo. Lo nuestro, lo auténtica y profundamente mexicano es la familia dulce y amorosa, la mujer que cuida tiernamente a los mayores y que se expresa siempre con dulzura. Si acaso hubiera motivos para la protesta, ésta debe ser un reparo recatado y discreto. Para el venerador de las tradiciones, para el protector del alma nacional, las feministas son una amenaza porque su discurso y su práctica siguen una moda que se aparta de lo auténticamente nuestro. Son, en ese sentido, contaminación extranjerizante; infiltradas de una ideología extraña que amenaza con pervertir el alma nacional. Es la paranoia del nacionalista acosado por lo que no entiende.

No hay sacudida que libere al presidente de sus prejuicios. Nadie puede imaginar que la rabia de la protesta de hoy, hará reflexionar al hombre del Palacio. Lo que tendría que provocar es reflexión en sus seguidores: el discurso de la infalibilidad popular en el que se escuda para respaldar al violento es el mismo que se esgrime para curtir toda la política presidencial y huir de las exigencias de la deliberación, desbordar los canales de la ley, para respetar los derechos. El discurso que escuda, en una supuesta voz del pueblo, la postulación de un abominable como Salgado Macedonio es el mismo discurso que se esgrime para el derroche y el capricho, para la militarización del país, para la destrucción de los contrapoderes y el desprecio de la razón técnica. Es el mismo discurso que pretende poner a votación el derecho de las mujeres a terminar voluntariamente un embarazo.

El abismo entre la causa feminista y el conservadurismo presidencial puede ser, en ese sentido, valioso para hacer visible la trampa de esa sacralización del Pueblo empleada para hacer irrefutables los deseos del poder. Las feministas han ridiculizado la farsa en la que se fundamenta la soberbia del régimen. Si son la energía opositora más poderosa es porque no reproducen el antagonismo que, en su beneficio, ha fabricado el gobierno. Su causa representa, sin la megalomanía del Cuartotransformador, la más profunda revolución de nuestro tiempo. Su lección desborda su propia causa. Desmonta, como ningún otro movimiento, la política de fe que practica el gobierno. Escudado en la coartada de la voz sabia del pueblo infalible, no solamente ofrece parapeto a violadores también se santifica el capricho y el derroche, el abuso y la militarización.

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