07 Abr, 2021

07, Abr 2021

Búsqueda del resplandor

Muere el poeta polaco Adam Zagajewski a los 75 años

En su discurso al recibir el Princesa de Asturias hace unos años el poeta polaco Adam Zagajewski hablaba de las novelas policiacas que están de moda, las biografías de tiranos que están de moda, las series británicas que están de moda; las bicicletas, las patinetas y los maratones que están de moda. Lo que no está de moda es detenerse por unos minutos. No hacer ejercicio, no tener prisa. Nos dicen que la falta de movimiento es mala para la salud. Que tomarse un momentito para la reflexión puede enfermarnos. Esa es la instrucción de nuestro tiempo: hay que correr, escapar de uno mismo.

El poeta que acaba de morir en Cracovia se detenía a recibir los regalos de la musa de la lentitud. Advertía también la dualidad del mundo que se columpia entre la realidad y la imaginación. Durante un tiempo, le contaba a los asistentes de la ceremonia en Oviedo, no sabía si era más importante la realidad de los árboles y el ruido de las calles o el misterio de las cosas escondidas: la pintura de los grandes artistas, la música, las ciudades que han desaparecido. Y necesité muchos años para darme cuenta que hay que considerar ambas caras. “No podemos olvidarnos del mal, de la injusticia, pero tampoco de la felicidad, de las experiencias extáticas que los gruesos manuales de teoría política o de sociología no han llegado a prever.” Dualidad: tal vez Heráclito y Parménides tienen razón, escribe en un poema: lado al lado existen los dos mundos: uno plácido, otro frenético. Una ola que se mueve y se detiene.

En un poema que se publicó en el New Yorker la semana posterior al ataque a las torres gemelas, se advierte precisamente ese contraste que aparece con tanta frecuencia en la poesía de Zagajewski.

Viste a los refugiados con rumbo a ninguna parte,
oíste a verdugos que cantaban con gozo.

Celebra el mundo mutilado,
y la pluma gris que un tordo ha perdido,
y la luz delicada que yerra y desaparece
y regresa.

La poesía de Zagajewski es epifánica, como ha dicho su traductor Xavier Farré. Una ”mística para principiantes”, el polo opuesto a los sermones y a la ideología. Iluminaciones entre el polvo. Pensaba que la imaginación debía luchar contra el dragón del tiempo. Registrar el paso leve de lo extraordinario, la brevedad de lo único. En su poesía, en sus diarios, en sus brillantes ensayos se registra la intimidad que traban lo poético y lo trivial. Lo escribe en un poema admirable. En un museo italiano los guardias piden insistentemente: “¡las fotos sin flash!” pero sucederá, tal vez, que ante un cuadro de Piero della Francesca, se agite el corazón, se haga el silencio y aparezca el chispazo. Siguiendo la pista de ese galería, se miró como un turista distraído que ama la luz. La poesía es “búsqueda de resplandor” en la hora gris, en el camión al lado del viejo cura que dormita. A Czeslaw Milosz le escribió un poema que puede leerse como otro de sus autorretrato:

A veces habla usted con tal tono
que, de verdad, el lector cree
por un instante
que cada día es sagrado.

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07, Abr 2021

Deconstitucionalización

Soy como Napoleón, pero más alto, dijo alguna vez Silvio Berlusconi. Lo que Napoleón hizo por Francia lo hago yo, todos los días, por Italia. El paralelo con el emperador que conquistó media Europa le habrá parecido un tropiezo de modestia, porque unos días después trazó un paralelo más cercano a su megalomanía. “Soy el Jesucristo de la política,” dijo entonces. “Soy una víctima paciente, me sacrifico por el mundo.” Berlusconi, el magnate de los mil escándalos que fue tres veces primer ministro de Italia era un aviso del populismo que inundaría al mundo. Su dominio de la política italiana no era una extravagancia sino un anticipo de lo que vendría por derecha y por izquierda. En su cinismo y su arrogancia, en su habilidad para conectar con la indignación colectiva y para expandir los límites de lo aceptable estaban las notas de ese impulso antiliberal que ha marcado los últimos lustros y que ha puesto en jaque a las democracias más sólidas. Delirio de grandeza que corroe cualquier instrumento de moderación. En la tierra de Maquiavelo no tardaron en aparecer las descripciones de la aberración. Kakistocracia, dijo muy pronto Michelangelo Bovero. Es la peor mezcla imaginable de todos los experimentos: rasgos de tiranía, de oligarquía y de demagogia. Giovanni Sartori lo retrató como un sultán que convirtió al país en harén para sus excesos. Maurizio Viroli coincidió: el berlusconismo es un señorío que transformó la sociedad de ciudadanos en una corte de siervos y aduladores.

El jurista italiano Luigi Ferrajoli examinó su efecto institucional. La devastación que provocaba el demagogo representaba un proceso de “deconstitucionalización” del sistema político italiano. No era simplemente un rechazo de la constitución de 1948 sino un rechazo al principio fundante del constitucionalismo como mecanismo de equilibrios. Era un rechazo al régimen de leyes que coloca los derechos por encima de cualquier coartada del poder. El magnate atacaba el complejo sistema de normas, de separaciones y contrapesos que sostiene a la democracia constitucional. Se escudaba, por supuesto, en la idea de que la mayoría que lo respaldaba era incuestionable y que, por tanto, nada debía obstruir su mando. “Así, advertía el discípulo de Norberto Bobbio, el edificio de la democracia constitucional resulta minado de raíz en su totalidad: porque no se soporta el pluralismo político y constitucional, por la desvalorización de las reglas, por los ataques a la separación de poderes, a las instituciones de garantía, a la oposición parlamentaria, a la crítica y a la prensa libre; en definitiva, por el rechazo del paradigma del estado constitucional de derecho como sistema de vínculos legales impuestos a cualquier poder.”

Ese es el impacto de la transformación lopezobradorista: la deconsitucionalización de la república. Ataque sistemático a las reglas que ponen un límite al poder de la mayoría, una embestida contra los árbitros que cumplen con su deber y a los particulares que defienden su derecho. Cada una de las características que advertía con horror Ferrajoli en el berlusconismo está presente en la política del régimen. No hay ojo para la pluralidad, ni respeto a los órganos que aplican las reglas. Ataque vehemente y constante a quien se aparte de la versión oficial. Se agrede, se somete o se intimida a las instancias de garantía, se ignoran los límites que imponen las reglas. Lo que vemos es una batalla contra el constitucionalismo, ese régimen que instala la prudencia en reglas y que se asienta en baluartes de neutralidad.

El proyecto de la deconstitucionalización tiene en la mira hoy al árbitro electoral. Sin tomarse la molestia de analizar la controversia, el presidente se ha lanzado contra el INE dando pie para que el oportunista que dirige Morena amenace al órgano electoral con el exterminio. Ese es el lenguaje que usa el presidente del partido gubernamental. Como marca el estilo del Palacio, no se trata de debatir sino de insultar y de amenazar. Lo que el oficialismo pide abiertamente es que el INE viole normas constitucionales y legales. Regreso a la advertencia que hacía el prestigiado politólogo polaco Adam Przeworski: la sobrevivencia de la democracia depende de los baluartes del equilibrio. Para el caso mexicano, no le cabía la menor duda de que la autonomía del instituto electoral era la clave. Si la “exterminan” habrá que ser muy pesimistas sobre el futuro de la democracia mexicana, dijo.

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