May, 2021

17, May 2021

Gobernar en la mentira

La escena la describe Václav Havel en uno de los ensayos más lúcidos de la disidencia centroeuropea. El tendero en un mercado checo coloca los precios de sus verduras. Arriba del expendio, un letrero que dice, con todo el énfasis posible: “Proletarios del mundo, ¡uníos!” Ese letrero es la marca del régimen post-totalitario, decía el dramaturgo en El poder de los sin poder.” La convocatoria era el tributo a la mentira del régimen, era la señal de esa complicidad que se traba entre el amo y el vasallo, esa servidumbre que requiere asentimiento. ¿Por qué pone el comerciante ese anuncio sobre sus papas y sus lechugas? ¿Convoca a sus clientes a unirse a la marcha universal del proletariado? ¿Siente el deseo irrefrenable de declararle a todo el mundo su ferviente convicción política? Nada de eso, dice Havel. El marchante coloca el letrero porque la cuota de mentira es el impuesto crucial del régimen. El régimen antidemocrático de la Checoslovaquia de los fines de los años setenta se basa en una simulación permanente de lealtad y de entusiasmo político. Llamando a todos los súbditos a la mentira, el régimen no solamente somete, sino también humilla. Esa condición post-totalitaria enreda a todos los miembros en una malla de falsedades. El vendedor comunica la lógica del régimen: yo, comerciante en el mercado, sé lo que debo hacer. Sé lo que se espera de mí y declaro mi obediencia al régimen colocando este letrero para ganar tranquilidad. El letrero no se dirige a los clientes sino a los inspectores que examinan a diario las manifestaciones de lealtad. Vivir bajo ese régimen, decía quien se convertiría años después en presidente de Checoslovaquia, es vivir dentro de la mentira. Todos han de incorporar ese letrero del comerciante a su vida diaria. Ese es el deber político esencial: vivir dentro de la mentira.

Un presidente inventa una conmemoración que todos saben falsa. Busca celebrar un aniversario que le cuadre a su relato y necesita la redondez de una fecha. Inventa así, un evento que ningún conocedor respalda. No importa. ¿Qué mejor muestra de poder que rehacer el pasado para que cuadre con los antojos del supremo? Que los ciclos de la historia se renueven con exactitud astronómica. Que el mensajero sobrehumano de la historia encuentre ratificación en los misterios de los números y la regularidad de los planetas que regresan, con precisión, a su punto de origen. Los ceros de la historia presagiando la Cuarta Transformación de la patria. El águila con hambre de víbora habrá intuido la llegada de la cuarta bienaventuranza de la nación que surgía en ese instante. La astrología, no la historia, parece el norte de la megalomanía presidencial.

Decir que hace setecientos años aconteció la “fundación lunar” de Tenochtitlán no es más que charlatanería new age, ha dicho el historiador Rodrigo Martínez Baracs. No hay especialista que coincida con el malabar de fechas y mitos que ha hecho el oficialismo para que la fecha 1321 redondee su cuento. Si la historia no cuadra con el relato del poder, hay que cambiar el pasado, sin siquiera detenerse en el respeto a las fechas. El festejo de la semana pasada puede haber sido una ceremonia irrelevante, pero es un buen retrato de quien gobierna desde la mentira. Como aquel tendero del mercado de Praga, quienes acompañan al presidente saben que participan de una farsa, pero lo arropan para demostrar lealtad a un régimen que, al exigir lealtad ciega, es, en el fondo, humillante. Ahí, entre sonrisas y abrazos, con aplausos y palabras de falsa emoción, los lopezobradoristas naturalizan la mentira que se propaga cotidianamente. El asentimiento a la mentira en una celebración absurda anticipa el silencio ante la agresión los ciudadanos, la pasividad ante la abierta violación a las normas constitucionales. Los colaboradores del presidente, los aduladores de palacio se empeñan en colocar en lugar visible el letrero de su sumisión. La mentira histórica no es relevante porque cambie el entendimiento de nuestro pasado. Nadie tomará en serio la ocurrencia oficial. Si es relevante es porque pretende demostrar que el poderoso no tiene límite en la ley ni en los hechos. Que no se pretendan inocentes los colaboradores que han consentido tanta mentira.

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10, May 2021

La voz del 88

La reunión de los fundadores de la Corriente Democrática es un buen recordatorio del cambio histórico que inició a fines de los años ochenta del siglo pasado. Un cambio que se asentó en nuevas reglas, en instituciones, en alternancias y en un complejo mecanismo de controles. No imagino una reunión para celebrar acríticamente los frutos del “régimen de la transición.” Por el contrario, la trayectoria de Cuauhtémoc Cárdenas, de Ifigenia Martínez y de Porfirio Muñoz Ledo da cuenta de importantes y profundos desacuerdos con las políticas y los resultados del pluralismo en los últimos veinte años. Pero interpreto su aparición pública como un llamado de alarma frente a la pretensión de barrer con todo lo existente, a partir de la vanidad de que nada de lo anterior tiene mérito.

El nuevo régimen desconoce la transición. Le parece una farsa, un engaño. A su juicio no hubo tal cosa. Lo que hemos vivido desde la alternancia del 2000, no es más que cambio de camisetas para defender las mismas políticas ruinosas. Lo notable de esa lectura es que pasa por alto la profunda transformación del orden político. En muchos sentidos, la transición puede haber sido decepcionante y en algunos casos, incluso, contraproducente, pero no fue una mentira, ni fue un cambio superficial. La transición fue un hecho histórico. Desconocer su impacto en la experiencia de la ciudadanía, en la apertura del debate público, en la proliferación de contrapesos e instancias de neutralidad es cerrar los ojos a lo evidente. Es desconocer la naturaleza de los retos políticos que tenemos por delante. Insisto: reconocer la transición no es celebrarla como un acontecimiento precioso: es advertir que los problemas que enfrentamos derivan, precisamente de ella.

Pero el presidente no conoce gratitudes y no está dispuesto a reconocer que predecesores. No aquilata la contribución de la generación que le antecedió, no aprecia su contribución a la construcción del pluralismo. Andrés Manuel López Obrador se imagina como el fundador solitario de una democracia cuyo único antecedente fue el maderismo. La historia de lo inmediato que el oficialismo nos cuenta cotidianamente es el relato de un horror: el neoliberalismo. De ahí vienen todas las desgracias de la nación. En ese proyecto económico se comprime todo lo acontecido en los últimos años. De acuerdo a esta crónica, la política no ha sido más que el instrumento de los neoliberales para imponer su voluntad. No ha habido en los últimos años, por lo tanto, avance en el pluralismo, ni en la construcción de contrapoderes, ni ha habido avance en la defensa de los derechos. Con una visión que parece provenir de un marxismo muy pedestre, se ha insistido en que la política ha sido el títere de los intereses económicos. Los cambios institucionales que se sucedieron desde el fin del siglo XX no tienen importancia porque han sido, en realidad, engaños de las élites para decorar su imperio. Todas las elecciones, una mentira; todos los órganos del Estado, una farsa, todas las leyes, una artimaña de los poderosos.

La voz de los tres fundadores de la Corriente Democrática es por eso especialmente valiosa en estos días, porque fueron ellos, en buena medida, los arquitectos de una transición decepcionante. Subrayo las dos palabras porque la democratización fue un proceso real que transformó la representación política y el modo de ejercer el poder, porque sembró las semillas de una institucionalidad pluralista. Y también fue decepcionante porque esa transición no aprendió a negociar, no asentó ley, no garantizó paz. El lopezobradorismo pretende resolver los problemas de la transición con culto a la personalidad, destrucción institucional, y exigencias de lealtad ciega. Para defender las instituciones democráticas hay que impulsar su renovación, no su destrucción. Es necesaria la negociación, no la prédica. La experiencia de los impulsores de aquel cambio no es la voz de la nostalgia sino la de la exigencia crítica. Defender el orden constitucional cuando es amenazado desde la presidencia de la república; apreciar el aporte de los órganos autónomos, exigir respeto a la prensa independiente, rechazar los caprichos del personalismo no es buscar el retorno a un tiempo que nunca fue dorado. Por eso parece más fresca y más certera la voz de los mayores que la de los restauradores.

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06, May 2021

Jueves

Nadar es combatir al ahogado que nos estrangula desde dentro. Quien nada en el mar se entrega a dos abismos en movimiento. Al suyo y al del agua. Un poema que respira mal se ahoga escribió Julio Trujillo en un ensayo sobre la natación y la poesía. En Jueves, el extenso poema que acaba de publicar bajo el sello de Trilce, se escucha la respiración de ese hombre que, con brazadas y palabras, lucha consigo mismo, que se interroga y se fustiga. También se oyen ahí los jadeos, los tragos de agua salada, la seducción de los piélagos y el silencio de un repentino remanso. El poeta huye de la ciudad para encarar su naufragio. Escapa del ruido y las prisas para sumergirse en la oscuridad: la noche más negra y el agua más brava de sí mismo.

Te has despertado en plena madrugada
y vas al mar sonámbulo
sonámbulo
en busca de olas negras
de súbitas paredes que te absorban

Este largo soliloquio se incorpora de inmediato a la exquisita tradición que existe en nuestras letras del poema extenso. Está ya, a lado de Muerte sin fin, de Gorostiza, de Piedra de sol, de Paz y, sobre todo, del Incurable de David Huerta, un poema que aparece de pronto como un hermano, como el origen tal vez, del “eco de una kilométrica derrota” que, palmo a palmo, recorre Trujillo. Jueves es el rezo hacia un dios en el que el poeta no cree. Una letanía sin fe que respira sin comas, sin puntos, sin mayúsculas. No las necesita esta poderosa recitación para dejarse llevar por la cadencia de la marea y los pulmones. Jueves, el día previo al encuentro del otro, el día de la soledad absoluta y plena es el tiempo suspendido en un abismo. Un día único y eterno, un día que prolonga una caída. Anotación en la agenda que recuerda que el jueves hay cita con el cuerpo, con la arena, con la iguana y con todos los monstruos.

Un hombre se confiesa frente al horizonte. Es, como su ojo, circular. Con una honestidad brutal, el monólogo del sobreviviente se adentra en todos los personajes de su vida: el que se interroga y el que no responde; el que vive y el que se aniquila. El que da vueltas obsesivamente, el que se hunde en el mundo y el que se desprende de su vida; el que se estrangula, el que se deja fluir y el que encalla. Un inclemente interrogatorio que se enrosca en la vida como un tirabuzón en la conciencia. El acto de entrega de quien se declara terrorista de sí mismo. La herida creció tanto, dice Trujillo, que ya soy ella y desde ahí me hablo. Las preguntas no tienen respuesta.

¿por qué deseabas todo el mar
todo el azul de un solo trago?

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03, May 2021

El adjetivo

Andrés Manuel López Obrador quiere matar al INE. Tiene en la mira a todos los órganos autónomos. Que la voluntad presidencial reine sin estorbos. El presidente ha expuesto su deseo con una vehemencia inusitada. Se ha propuesto extirpar todos los peros que hemos instaurado como cautelas para que se escuche solamente una voz y el silencio de los sumisos. Anular todas las autonomías constitucionales. Convertir la compleja máquina democrática en una palanca elemental que trasmita, de manera implacable, la voluntad de la mayoría, esa que cree que le pertenece a él y que le pertenecerá por siempre al movimiento que lo idolatra. Si gobernamos los virtuosos, ¿por qué habríamos de detenernos ante los estorbos de la constitución? Si por nosotros habla la nación, ¿quién tendría derecho a contradecirnos? Se busca de este modo consolidar legalmente una estrecha cadena de subordinaciones para conectar todos los mecanismos del Estado a esa voluntad que se exhibe por las mañanas. Un procedimiento no debe estorbar la satisfacción de sus antojos. No hay derechos que merezcan respeto si interfieren con su deseo.

La decapitación institucional, al parecer, empieza a ser diseñada. Los propósitos son claros: todos los núcleos de racionalidad técnica, cada espacio de arbitraje imparcial, toda instancia de Estado que trascienda el calendario de las elecciones y que tenga un impulso distinto al de los órganos propiamente políticos, debe ser fagocitado por el Ejecutivo. Los entes de la polifonía constitucional han de ser suprimidos para que se escuche una sola voz. En lugar de reformar estos órganos, de oxigenarlos con prudentes renovaciones, el gobierno propone exterminarlos. En una ocurrencia mucho más absurda de lo que suelen ser sus muy absurdas y muy frecuentes ocurrencias, el presidente ha sugerido que el órgano electoral sea incorporado al poder judicial. ¡Qué los jueces organicen las elecciones y se sienten a dialogar con los partidos! El disparate es tan insensato que debería ser tratado con la burla que merece, pero, ante la presteza de la mayoría por apoyar cualquier dislate que provenga del palacio, hay que temer lo peor. Nos lo han demostrado en estos días: los morenistas están dispuestos a la contradicción más obvia y al atropello más grotesco si el presidente se los solicita con todo respeto.

El aviso es claro: se pretende desmontar la democracia constitucional. Subrayo el adjetivo porque ahí está el núcleo de la amenaza. Para destruir la democracia, hay que invocar a la democracia. Mientras se coloca la dinamita en la base de sus columnas, hay que hablar cosas lindas de la democracia profunda, de la democracia auténtica, de la democracia verdadera. Al tiempo que se pervierten sus reglas y se revientan sus prevenciones, es recomendable glorificar a quien la encarna. La democracia de la que habla el populista es un régimen que no supera las sílabas de su origen. Es una democracia cuya complejidad se reduce a su etimología. El primer politólogo que alcanza la presidencia de México es ciego a la experiencia de los siglos. No se percata de que la democracia no es solamente voluntad sino también freno y contraposición de legitimidades. Desprecia por eso el componente institucional de todo arreglo democrático. Porque se engaña con esa idea de que el pueblo tiene una voluntad y que él la expresa cabalmente, no comprende la aportación de los contrapesos, la prudencia que hay en los contrapoderes, la relevancia de la ley.

La tarea de hoy es defender el adjetivo. Ese adjetivo vital para la democracia es liberal. Es la cualidad que alienta la vitalidad del pluralismo y cuida la vigencia los derechos. Ese adjetivo es producto de una experiencia histórica que no puede ser ignorada. No puede haber voluntad común sin respeto a reglas. No hay poder legítimo si no se abre el diálogo a las muchas voces de la ciudadanía que se alojan en diversos cuerpos institucionales. En ese adjetivo se levantan las cautelas de la prudencia exigiendo respeto a las leyes y a los cauces. Ese adjetivo apunta a la técnica del constitucionalismo como sometimiento del poder a la ley. La simplificación populista podrá cantar a la soberanía del pueblo y repetir mil veces el significado original de aquella palabra griega. Debemos tener muy claro que no levanta el poder del pueblo: justifica la arbitrariedad y el capricho.¨

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