05, Ago 2020

La resurrección de los ecos

Se ha hablado mucho en estos días de la antigua catedral bizantina de Estambul. El templo se construyó en 537 y durante casi mil años fue la iglesia cristiana más grande mundo. En 1453, cuando la ciudad fue ocupada por el imperio otomano, se convirtió en mezquita. Entonces se levantaron los minaretes que enmarcan la estructura. Y se ocultaron los símbolos cristianos de las cúpulas y paredes. Permaneció como mezquita hasta 1934, año en que Kemal Ataturk, el fundador de la Turquía moderna, decidió convertirlo en museo. Los mosaicos ortodoxos reaparecieron al lado de la caligrafía musulmana en símbolo de una nacionalidad abierta que recoge todas las capas de su propio pasado.

Hace unos días, el gobierno de Erdogan decidió clausurar el museo para convertir nuevamente al templo de la sagrada sabiduría en mezquita. La controversia ha sido intensa. Para el novelista turco Orhan Pamuk, la decisión del gobierno representa un atentado a la república secular fundada por Ataturk. Un golpe simbólico pero mortal al basamento laico de la democracia. Ece Temelkuran, la periodista que publicó hace un año su instructivo de siete lecciones para perder un país, reaccionó con la misma indignación: la medida es una forma extrema de rehacer el paisaje de la historia, de la ciudad, de la república para servir al relato de la identidad. Por lo pronto, puede decirse que la reapertura de la mezquita ha logrado la ansiada polarización. Los simpatizantes del presidente turco la entienden como una recuperación de la dignidad; sus críticos como una especie de expulsión del espacio público.

Ha sido a propósito de esta polémica que el New York Times dio a conocer hace unos días un proyecto científico y artístico que me parece fascinante. Basserra Pentcheva, profesora de estudios clásicos de la Universidad de Stanford, se ha dedicado desde hace años al estudio de Hagia Sophia y ha explorado, sobre todo, las dimensiones sensoriales que estimulaba ese templo. La joya de la arquitectura bizantina es una imagen de lo divino que se vivía a través de la luz y las sombras; del canto y sus ecos. La iglesia puede escucharse como un gigantesco instrumento por donde se advierte la presencia de Dios. El coro, dice la clasicista, llenaba el interior acuáticamente: ondas que se propagan, rebotan y disipan entre domos, columnas y paredes. El gran tesoro de Santa Sofía, su sabiduría más profunda, sugiere Pentcheva es ser vasija de una sonoridad mística.

Con un grupo de ingenieros y programadores, la historiadora se ha esmerado en reconstruir la arqueología acústica del lugar. Más que acomodar las piedras de un templo milenario, restituir los temblores del sonido, rescatar el timbre de las voces en juego con el templo. Para recuperar esos ecos, los técnicos poncharon un globo en el lugar en donde habría estado el coro y midieron con precisión los rumores que desencadenó el estallido. De esa manera, el equipo técnico pudo capturar la vivacidad sonora de ese gigantesco cántaro de mármol y oro y levantar una réplica de esa arquitectura que se escucha. Haciendo uso de ese modelo acústico, el grupo vocal Capella Romana que se especializa en los cantos bizantinos grabó un disco de las voces perdidas de Hagia Sophia, a miles de kilómetros de Estambul. El resultado es sobrecogedor. La “aurealización” sumerge al cuerpo de quien escucha en un mar de reverberaciones. Es esa la experiencia de la divinidad que surge de Santa Sofía, dice Pentcheva: voz que resuena y que envuelve, como agua.

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Un comentario

  1. Gonzalo Robles dice:

    Prodigioso aprender una nueva, para mí, apreciación de Santa Sofía, más ahora con la polémica desatada por el canalla de Erdogan

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