24, Mar 2009

De condimentos y verduritas

Roberto Breña ha enviado una carta a Reforma para cuestionar los argumentos de mi artículo de ayer. Aquí está su texto y, abajo, mi respuesta:

El lunes 23 de marzo, Jesús Silva-Herzog Márquez (JSHM en lo que sigue) abre su editorial “El condimento del insulto” con una afirmación en apariencia contundente: “Una de las razones de nuestra incapacidad para la democracia es nuestra correlativa incapacidad para el insulto.” Como ciudadano, me preocupa que un editorialista tan perspicaz como JSHM escriba lo que intenta ser una apología del insulto. Conviene empezar por la definición del verbo insultar según el DRAE: “Ofender a uno provocándolo e irritándolo con palabras o acciones.” La democracia vive, es cierto, del debate de los asuntos públicos. Sin embargo, JSHM, piensa que corremos el riesgo de intelectualizarla “si creemos que ese debate…es una ponderación de ideas”. Que en nuestro ya de por sí débil (en términos argumentativos) debate democrático se defienda y se fomente el ofender a los interlocutores me parece un acto de irreflexión. Ponderar ideas no significa intelectualizar, significa sopesar argumentos. El propio JSHM escribe que existen “pocas labores más exigentes con la inteligencia que el disparo de un dardo certero a la tontería…”.

Difiero con JSHM en cuanto a su escala para medir la inteligencia; los buenos argumentos (resultado más de la reflexión que de cualquier tipo de disparo) son suficientes para poner al descubierto la tontería (y muchas otras cosas). Me parece muy bien que Gladstone, Disraeli y Churchill hayan sido un dechado de ingenio, elegancia e irreverencia, como lo sugiere JSHM, pero quizás no es irrelevante el hecho de que la vida política de estos tres hombres haya tenido como escenario la democracia más longeva del planeta. En todo caso, no veo en qué sentido el insulto es la “salsa indispensable” del debate político o por qué debamos lamentarnos por la pobreza de “nuestra cultura de insultos”. Al contrario, creo que el insulto empobrece dicho debate. Esto me coloca en ese grupo de personas que, según JSHM, se siguen aferrando a “la pudorosa ceremonia de la deliberación racional” y cuyos potenciales reparos rebate por adelantado, considerándolos “pestañeos de la decencia”. El pudor y la decencia no tienen nada que hacer aquí. El “problema” está en otra parte: con base en una idolatría del ingenio (simplista como lo es toda idolatría y detrás de la cual se esconde, aquí sí, un cierto “intelectualismo”), JSHM plantea que la pobreza de la vida democrática mexicana reside en buena medida en la ausencia de esa “saña” y esa “gracia” que caracterizaría a los grandes políticos. La “falta de grandeza” (la expresión es mía) de los políticos mexicanos tiene muy poco que ver con su incapacidad para ser ingeniosos.

Concluyo: la ausencia de insultos está muy lejos de hacer del debate político nacional el “intercambio de lugares comunes, obviedades y expresiones de buena voluntad” que preocupa a JSHM en su editorial. Contra este tipo de intercambio, los buenos argumentos bastan y, agrego, deben seguir bastando; sobre todo en el ámbito de la vida pública.

Roberto Breña se escandaliza por la irreflexión que supone mi apología del insulto. Tras mi diatriba, parece decir, se anhela un torneo de escupitajos. Nada más absurdo. Nada más distante de lo que digo. El (buen) insulto merece defensa como condimento del debate. Así lo sugiero desde el título. Quien coma algo más que verduritas de hospital sabrá que el condimento es un añadido que sirve para agregar sabor al platillo, no para suplirlo. En ningún caso la pimienta sustituye el pollo. No sugiero tirar el argumento a la basura y bañarnos en ajo. Digo que, además del nutrimento, nos vendría bien algo de acidez. ¿Hay idolatría en esa petición?

Ajo Es evidente que el debate público tiene sus reglas. También hay pautas para usar el clavo o el jengibre. Si vale reivindicar el valor de ciertos insultos es porque pueden llegar a ser filosos y penetrantes, pertinentes y justificables. También pueden ser tontos, chatos, absurdos, triviales. En todo caso, valdría reconocer que la polémica no se cocina al vapor como quisiera nuestro nutriólogo. Una pizca de sal no ha matado a nadie.

Compartir en Twitter Compartir en Facebook

27 Comentarios

  1. El Oso Bruno dice:

    Que bueno que te pusieron en tu lugar.
    Y reitero Chucho, quiero ver más ironías, mas finos sarcasmos en tus artículos.
    Predica con el ejemplo

  2. PZ dice:

    Hola Jesús,
    Para empezar, ¿qué entiendes por “insultos” y cuáles serían “insultos sanos” para enriquecer el debate democrático? ¿En qué estas pensando cuando hablas de buenos insultos? ¿Si hay buenos cuales son los malos y qué criterios usar para descartar unos y otros? ¿Por qué tiene que haber criterios para ello, no crees? En tu artículo comienzas dando por bueno el insulto en una discusión democrática, en la contestación que has dado a aquel lector sigues dándola por buena pero, en el fondo, no das razones para la conveniencia de usar insultos en una discusión democrática …o no me parece verlas.
    ¿no crees que el insulto, como quiera que se entienda, no añade nada a una deliberación sino que al contrario la entorpece? ¿Por qué hacer apología del insulto? ¿Por qué no mejor enfocarse en la baja calidad de la deliberación democrática mexicana?
    por ejemplo, uno puede estar en desacuerdo con Ratzinger y su política en contra del preservativo y el aborto, pero no añado nada al debate si descalifico su postura llamándole retrogradoa, conservador, misógiono o lo que se quiera. Creo que los insultos entran a la mesa cuando los argumentos se acaban. Por el contrario, se gana más con argumentos buenos que con insultos o apelaciones ad hominem que no hacen más que entorpecer la discusión, creo yo…..por lo que dices en la contestación a la carta del lector, me parece que propones algo así como completar las buenas críticas y los buenos argumentos con un poco de sal proveniente de un suculento insulto, pero si esto es así entonces, el insulto sobra, está demás y por tanto, hacer apología del mismo es una trivialidad.
    Un saludo.

  3. cbr dice:

    Creo que el argumento de Roberto Breña es muy razonable si se lee como un cuestionamiento al sentido de las prioridades que hay en tu artículo: ¿de qué sirve criticar la falta de buenos insultos cuando carecemos, para empezar, de buenos debates? ¿Es sensato lamentar que no haya condimento cuando ni siquiera hay platillo que condimentar?
    ¡Saludos!

  4. Manuel dice:

    ¡Más sal y pimienta!
    Que por eso regreso a esta bitácora

  5. Me fascinó el artículo cuando lo leí el lunes, pues justo el día anterior comentábamos en una reunión lo dañino que es para una democracia la falta de confrontación (refiriéndonos a la prohibición de las campañas negativas, a negarle la presencia al Presidente durante su Informe de Gobierno y otros muchos síntomas de esto en la democracia mexicana).
    También por eso me pareció importante leer la respuesta de Breña (a quien, al haberlo tenido como profesor hace ya algunos años, me hizo leerlo con mayor detenimiento), pues la idea no va sin ciertas reservas y peligros. Creo, como puso otro lector en uno de sus comentarios, su argumento es muy razonable, pero también considero que está más lleno de buenos deseos que de un claro entendimiento tanto de lo escrito por Silva-Herzog como del proceso de exposición al público en una democracia.
    Coincido plenamente en la respuesta dada a los comentarios de Breña y también, lleno de buenos deseos, sería fundamental que los “insultos,” (que tal vez llamados “confrontaciones verbales o discursivas” hubieran polemizado menos) elevaran su calidad. El insulto atrae la atención del público a la arena política y despierta la formulación de opiniones y la participación. No creo que sea la base de una democracia, pero como se planteó, es un simple condimento, algunos querrán echarle más y a otros les gustará la verdurita simple.

  6. Entiendo la preocupación de Roberto Breña, pues el insulto siempre es riesgoso, aunque creo que la respuesta que pusiste es espectacular. Nadie pide cambiar el platillo por el condimento. El insulto vale la pena, a veces. No todo platillo necesita condimentos. El mejor insulto no sólo es el que es preciso en su objetivo, sino que es adecuado en su momento. Es decir si vamos a correr el riesgo de insultar tenemos que atinarle a un objetivo que se mueve. Aventarle un zapato al prsidente de Estados Unidos no quiere decir siempre lo mismo. No puedo pensar en nada peor que echarle los condimentos del plato fuerte al postre.
    ¡Saludos!

  7. Omar Alí Silva Alvarez dice:

    Difiero de la tesis central de la que deriva toda la polémica. Aquélla que aduce que por nuestra incapacidad democrática existiría algo así como una correlativa incapacidad para insultar (o para el ‘buen insulto’).
    La cuestión es que si la hay, si ha habido esa capacidad denostadora. La capacidad de insultar prevaleció por mucho por sobre la capacidad argumentativa.
    JSHM se va con la finta de los engolamientos o el amor por las formas, de ayer y aún hoy, que serían supuestamente equiparables a la argumentación en grado sumo en nuestra débil democracia igual de hoy o la simulada de ayer.
    Lo que prevaleció fue precisamente la adjetivación, el calificativo o descalificativo ad hominem. Eran, son, el recurso accesible, barato, la salida fácil con la que comulga la praxis retórica. A lo que todo político con oficio siempre echa mano.
    Pensándolo bien. La capacidad argumentativa a la política mexicana democrática real, de los últimos tiempos, nos viene de hace bien poco si referimos la época moderna o posrevolucionaria. Ello a diferencia del engolamiento o esa profunda profunda polémica no-polémica, puesto al no haber oposición real, que fuese pues en serio competitiva por alcanzar el poder nos viene de hace mucho… por lo menos 40, 45 años… quizá más

  8. Omar dice:

    bastante más, si no dividimos en épocas

  9. Alejandro Borges dice:

    Hunter S. Thompson
    Allen Ginsberg
    William Burroughs
    Y, lo demás, berridos de las señoritas(os) bienconcientes que pretenden que la democracia mane de las paredes.
    Son cuatro cajas las necesarias para la defensa de la libertad (soap, ballot, jury, ammo), a usarse en ese órden, pero ninguna de ellas funciona sin el humano. Las cajas solas son yermas, cosas muertas, no sirven para nada.
    Es necesario un humano para despotricar, votar, demandar y disparar.
    La democracia no se nace diosa inmarcesible y sagrada. Se cocina como el chili con carne: revolviendo guiñapos y cosas de los que, a veces, ni la cocinera conoce su procedencia o composición.
    Y tal vez, al final, la misma Aunt Jemima mire con asco su obra, pero es lo que hay. Y te lo tragas porque, por asquerosa que sea, es lo mejor que tenemos. En caso de que el platillo atente contra la libertad de todos o de muchos irrazonablemente, ya sabes: soap, ballot, jury, ammo; en ese órden. En cualquier otro caso: a tragar la porquería.
    Si tuvieramos al menos un poquito del valor y respeto por la libertad individual que se observa en inglaterra, francia o EEUU, ni siquiera estaríamos teniendo esta discusión.
    Lo penoso, en el fondo, es que en este país valga la pena tenerla, aunque sea sólo para exhibir a los intolerantes y, en el fondo, antidemócratas de mármol.

  10. cbr dice:

    Varios de los comentarios a este post ilustran ejemplarmente el problema en cuestión: caracterizaciones bobas del adversario, exageraciones que descarrilan la posibilidad de un intercambio fructífero, mucha disposición para el pleito pero muy poca sustancia en los argumentos… Y el nulo ingenio, la gracia que brilla por su ausencia.

  11. Alejandro Borges dice:

    Bué…
    Sí que tenemos un problema de comunicación cuando exigimos de un interlocutor ciudadano “ingenio y gracia”. La discusión “democrática” quedaría, entonces, sólo al alcance de una minoría por definición.
    Se observa de inmediato una contradicción, no? No puede, creo yo, llamársele “democrática” a una discusión de la que sólo puede participar una reducida élite. Una, además, a la que sólo podría uno pertenecer si un señor le juzga a uno “ingenioso” o “lleno de gracia” (supongo…).
    O es que se piensa que la mayoría de los mexicanos simplemente no están listos para la “democracia” (o como quieran llamarle a esa cosa que quieren algunos hacer manar de las paredes?).
    Decía Winston Churchill que el mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante promedio. Yo coincido con él, pero el, creo yo, coincide conmigo y con “Aunt Jemima”.
    Qué decía Jesús sobre el “riesgo de intelectualizar el régimen”?
    Ya lo vé, Señor CBR, que la democracia nomás no (manque le pese el grosero, desgraciado y turulato lenguaje) tiene porqué ser cosa sólo de algunos sino, al contrario, debe ser cosa de todos.
    Y en tal carácter, el insulto se torna tan importante en la discusión democrática, como en la coloquial que, creo yo, debieran ser una sola.

  12. Omar Alí Silva Alvarez dice:

    ¿Y los sueños? Hay que ir despacio para llevar prisa
    Celebro de veras todas las aportaciones al post. Me permito retomar de un texto lo siguiente pero intercambio una palabra por ideas… pongo ciertos énfasis.. y
    “[…] parece que desahuciaron ideas y luego te encajaron como una religión ese asunto de la tecnología, del neoliberalismo ortodoxo y de la dictadura de la democracia. Eran compulsivos los panegiristas de los nuevos tiempos, su obsesión los llevó a q u e r e r l l e g a r p r i m e r o y r á p i d o al futuro; no les importó e n t e r r a r l a m e m o r i a, s e p u l t a r l a r e a l i d a d y los sueños”
    Saludos

  13. PZ dice:

    A Borges
    hay ahi en tu comentario una serie de confusiones conceptuales que seguro no las arreglará ni la buena ni la mala poesia

  14. Alejandro Borges dice:

    PZ
    Pos ni modo.
    Tal vez un comentario algo más extenso del señor “vamos a discutirlo” pueda iluminarme un poco.
    Verás, compadre, no soy yo nadie ni me presento como erudito de nada, estoy aquí dando mi opinión como mexicano, en el foro abierto del mejor columnista de México, y nada más.
    Y al que le pese pos… vamos a discutirlo?

  15. PZ dice:

    Precisamente porque se trata de uno de los columnistas más leídos en mexico es necesario discutir, respetuosamente, lo que dice y opina sin otro ánimo que contribuir a enriquecer el debate. En ese debate, la labor de aclaración de términos y conceptos es más que necesaria porque, de lo contrario, sucede que cada quién se termina armando su propia historia y cada quién termina haciendo su propia ensalada de ideas aderezada a su gusto: cada quién termina entendiendo “insultos”, “crítica racional”, “deliberación” “democracia”, “gobierno de todos-gobierno de pocos” ,“gobierno de los mejores-gobierno de los peores” o de los “sabios frente al del vulgo”, libertad de expresión”, etc., como quiere entenderlos y se termina caracterizando la democracia y sus exigencias de un modo que yerra el blanco, en mi opinión…
    el artículo de JSH aparecido el lunes mereció críticas, bastante razonables a mi juicio por parte de Roberto Breña (y después aquí por CBR y por su servidor). En su respuesta a Breña, JSH continúa con la analogía o la metáfora de las verduras, la sal, la pimienta y el ajo; analogía que, si bien es cierto funciona como buen recurso estilístico y es atractiva desde el punto de vista retórico, puede confundir a algunos lectores sobre todo cuando no viene precedida de algunas aclaraciones terminológicas y conceptuales…
    la crítica racional, la polémica y la confrontación ideológica no tiene necesariamente que manifestarse en forma de insultos, al contrario, estos pervierten y desvían la atención: los insultos entran a la discusión cuando se han terminado los argumentos. JSH da por bueno, desde el inicio, el uso de insultos en una discusión democrática y a veces parece que equipara “insultos” con crítica racional sin que uno sepa exactamente qué ejemplos le vienen a la mente cuando usa esas palabras….aún así, recomienda como valioso, incluir en nuestros debates una buena dosis de insultos como medio para evitar “intelectualizar el régimen” cometiendo así una petición de principio.
    En mi opinión el conflicto saludable bien puede darse en el terreno de las ideas, dejemos los insultos para el football, las luchas o el mercado. Si un debate es pobre, pues será por ausencia de ideas consistentes y coherentes y de buenos argumentos y no por la ausencia de insultos. Yo estoy de acuerdo que “El debate democrático es [y no “también”] una representación del pleito y, en buena medida, un enfrentamiento de personas” pero ese enfrentamiento no tiene que darse al nivel de las ofensas los agravios o las injurias. Sí, en efecto, hay pobreza en nuestra cultura deliberativa, pero no creo que la deliberación democrática tenga que incluir el insulto como medio para enriquecer la diversidad de puntos de vista y como mecanismo para la confrontación de ideas.
    Con todo esto no quiero decir que FCH lleve razón en “protegerse” del que atacó su virilidad, para nada; tan risible es su reacción como el comentario inicial. Lo que digo es, simplemente, que no es necesario irse al EXTREMO de hacer apología del insulto para mostrar un punto en el que, posiblemente, todos estamos de acuerdo.
    Un saludo.

  16. Geraldina dice:

    Y en una democracia quién será el juez que determine qué es un insulto y qué no?
    Se pretende discutir bajo una cierta moralidad?
    En México nos autocensuramos a la hora de decir las verdades y los insultos, por eso se dice “pompis” y cuando vamos al cine nos reimos al oír un “puta madre”.
    Qué lenguaje vamos a censurar en la discusión democrática: el que nos asuste o el que nos insulte? Eso, es totalmente subjetivo.
    Lo que JSH pide -creo- es mejorar la calidad del insulto, es decir, que no se rebaje a si el Sr. Presidente tiene o no tiene…eso es bobo y infinitamente infantil.

  17. Alejandro Borges dice:

    PZ
    Estimado amigo (todo el mundo es mi amigo por “default”… hasta que deja de serlo, generalmente, por su propia decisión), a mi siempre se me complica aceptar argumentos de autoridad que pretenden sentar jerarquías y respetos fundamentados en la nada.
    En la red, todos somos iguales. Partamos de ahí, antes que partir de lo que “debemos” hacer o no, por “respeto” a esta u otra cualidad del anfitrión.
    Ya el sabrá qué censura y qué no (y si se anima a censurar, que es lo que suele elevar el calor al asunto).
    Usted nomás póngase flojito y coopere, en esto del debate cibernético tengo algo de experiencia y, le aseguro, es mejor realizarlo sin cortapisas, sin censura alguna, que andarle poniendo reglas al asunto que, cuando el blog se hace popular, se rompen todos los días.

  18. Rulas dice:

    Me sentí como leyendo un pasaje de “Como agua para chocolate” escrito por Maquiavelo
    Salud por el contraste de las ideas!

  19. Omar Alí Silva Alvarez dice:

    regla hoy rota: “opinar un escrito o un comentario, sin necesidad de avergonzar al contrario (con argumentos) es privilegio de las personas”
    corchete mío .)
    Bueno, como no sea, no resulta, no es la democracia un régimen de iguales, ello más en términos prácticos o reales. (Cuestión que no demerita en nada el ideal o formalismo de la sana aspiración a serlo, de atemperar desigualdades sin pretender hacer tabula rasa ni nada parecido.) Quien tenga mínimo de certeza en derecho, sobre la concepción de democracia en su acepción moderna, ya no digamos sentido lato, o bien, en derecho democrático, sabe igual que intenta conciliar relaciones entre personas más que homogeneizarlas o atomizarlas unas a otras. Relaciones éstas entre sujetos o personas desiguales políticamente, desiguales dadas sus subsecuentes relaciones de poder (gobierno/mandatarios & gobernados/mandantes), bien de ingresos (ricos & pobres & pobres extremos), etcétera. Por lo que la afirmación chabacana de que en la red al menos todos somos iguales resulta mero artificio retórico. Igualitarismo ramplón que no engaña a más nadie me parece.
    Razonamiento políticamente incorrecto, pero sucede, es, que en la red nadie es igual. Nadie es igual a nadie pese se comparta el lenguaje escrito. Así como por estrato, estado social, caracteres, se es o todos somos diferentes: chaparr@s, solter@s, soberbi@s, ingenu@s, inteligentes, wannabes y demás etcéteras. Igual, por el particular tono –dúctil, táctil, perceptible— que imprimimos a nuestras expresiones, que imprimimos a nuestras las palabras, resulta que somos todos unos de otros distintos perceptiblemente. La utilización de las palabras es lo que nos diferencia acercándonos, bien distanciándonos, en pareceres, en opiniones diversas, plurales (conformen o no éstas grupos más amplios de opinión). Y no por eso una opinión, en singular, es grial ni verdad revelada. Menos si faltan los argumentos y sobran desmanes fatuos o serios al calificarla así.
    Retomo el punto. Precisamente cómo utilizamos las palabras, la importancia de “cómo” se expresan las ideas, subyace más al “qué” mismo al expresarse. Máxime si sólo ese “qué” expresivo atisba apantallar, querer romper el ritmo o el simple intercambio de ideas. Ya sea con falsa suficiencia, o con adjetivos desautorizados –sin contención, asertividad ni referencia digamos tonal, de ritmo pues, a dado intercambio escrito de las mismas ideas. Acciones de supuesta suficiencia, de adjetivar, las que sí sientan o pretenden dejar por sentado ‘jerarquías’ e imponer ‘respetos’ ambos infundamentados: fundamentados en nada. Cuestión que ronda muchas ocasiones los insultos, inocuas por vacuas irreverencias, gratuitas en sí mismas.
    De cierto, dudo que el Sr. Borges sepa algo de un debate sin cortapisas, sin censura. A diferencia de romper reglas por hit parade o popularidad claro está.
    Si no, vea a Guillermo Sheridan.

  20. Alejandro Borges dice:

    Venga, Don Omar, hay una palabra para lo que quiere expresar. Puede decirlo con total libertad: el Señor Borges, es un Troll (http://www.jargon.net/jargonfile/t/troll.html). O, cuando menos, en el de Sheridan que corre intenta lo mismo que aquí: llamar la atención, cambiar el ritmo (me parece una observación atinada y bien expresada), romper las reglas impunemente por buscar alguna especie de “popularidad” (attention whore, dicen los gringos… uy! pero eso sería un insulto!). Eso sí, me gustaría saber dónde están las escritas esas reglas a las que hace referencia.
    Antes de seguir, tengo que expresar que me resulta penoso que contamine usted esta discusión con aquella, porque la nuestra se está dando al momento en un tono totalmente distinto a aquella a la que usted se refiere. Creo que quiere usted acusarme con mi mamá. En particular, soy de la opinión de que en el asunto del “igualitarismo” del que me acusa, cae en las mismas pifias que pretende señalar: yo no dije, ni quiero decir, que seamos todos entidades idénticas, lo que quiero decir es que todos contamos con las mismas herramientas físicas para comunicarnos y, dado que soy un humanista, tiendo a pensar que tenemos la misma cantidad, más o menos, de neuronas, con independencia de nuestra extracción social, género y cualquier otro factor. Eso no significa que piense yo que todos somos hermanos gemelos, que todos somos “el pueblo” o, siquiera, que usted tenga que pensar igual que yo.
    Simplemente opino que aquí es bien poco lo que podemos conocer unos de otros: de ahí que el ciberespacio sea un lugar maravilloso para exponer los prejuicios ocultos de los demás (me saluda a su romántica amiga) o para desnudar argumentos de autoridad cuyo sustento existen sólo en la mente del interlocutor. Ahí tiene usted mi respuesta a PZ, que suscita de su parte una larga respuesta: ¿no se ha puesto a pensar que quizás usted le conoce y respeta, pero yo no tengo, ni tengo porqué tener, idea de quien sea?
    En fin… a lo que veníamos:
    – Sinceramente creo que en la discusión política mexicana lo más grave es la ausencia de un intercambio público honesto y transparente, no sólo entre los actores, cuya resistencia a la transparencia es de lo más normal en cualquier estado occidental, sino entre medios y políticos, ciudadanos y medios, ciudadanos y políticos.
    Lo que Jesús opina en su columna, a mi, me invita a reflexionar sobre el papel del insulto en la discusión política entre gobierno y gobernados.
    En otra entrada relacionada, había yo comentado que estoy actualmente leyendo la obra del periodista norteamericano Hunter S. Thompson, creador del reportaje “gonzo” y acérrimo crítico, en grado de odio homicida, del Presidente Nixon.
    Les invito a disfrutar la siguiente cita de Thompson, publicada en un reportaje luego de la victoria de Nixon en The New Yorker o Rolling Stone (no me acuerdo):
    …In a nation run by swine, all pigs are upward-mobile and the rest of us are fucked until we can put our acts together: Not necessarily to Win, but mainly to keep from Losing Completely….
    Y lo escribió en un artículo en clarísima, inconfundible y explícita referencia al presidente Nixon y a un grupo de políticos demócratas.
    A mi, en lo personal, a la lectura de esto, me parece que ahí el insulto está cumpliendo una función de comunicación y participación democrática importante y deseable. Creo que a una democracia americana bajo el gobierno de Nixon, en ausencia de Thompson y otros como él, no podríamos admirarla como tal.
    Me dá envidia cuando comparo eso (escrito además en los 70’s, hace ya décadas) con lo que leemos de muchos de nuestros periodistas y columnistas. Me parece que ahí está una parte de la respuesta a la pregunta: ¿Porqué no funcionamos como una democracia moderna?
    De modo que esa es mi opinión: que necesitamos que nuestra cultura cambie para que quepa el insulto, cuando menos, desde la opinión pública hacia los gobernantes o figuras públicas de gobierno. Cuando menos por excepción.
    A lo mejor a usted no y usted, don Omar, es Dr. en Letras Thompsonianas. Le adelanto que me importa un bledo la parte de su opinión que sea “autorizada”, a menos que pueda usted escanear sus credenciales y/o enviármelas por correo, junto con su cédula profesional y diploma de bachillerato, licenciatura, maestrías y doctorados (los que apliquen). No así lo que opine sobre el papel del insulto en la discusión democrática, como ciudadano: eso siempre es bienvenido.

  21. Alejandro Borges dice:

    No no….cometí un error… No encuentro esa cita en ninguna de las dos revistas… lo voy a checar.
    En todo caso, insultó en muchas ocasiones a muchos políticos. Ya pondré un ejemplo más claro si es que no confirmo que la fuente de esta fuera plenamente periodística y no, por ejemplo, la introducción a su libro “The Great Shark Hunt”, que es donde hasta ahora la encuentro.

  22. Omar Alí Silva Alvarez dice:

    Para qué pegar tanto brinco estando este suelo tan parejo Sr. Borges.
    Si usted se fija hay matices si los insultos debieran ser válidos cuando los dirige un ciudadano o un periodista a los políticos, lo que agregaría buenos insultos y demás supuestos ya polemizados aquí si todo fuera ideal. Hay de insultos a insultos, hay insultos bien acidulados, directos y elegantemente imputados, sin que dejen de ser procaces u osados, valientes o hasta viriles pues. Todo eso está muy bien quizá. Aunque conlleva riesgos. Ya queda en cada ciudadano de a pie decir un insulto o palabras mayores –tabúes más bien aun— a un político, o al programa de un político, o a lo que desencadene lo político. A mí se me ocurre insistir mucho en la vertiente del insulto indirecto, dentro del marco de argumentos o palabras bien razonadas, dirigido a cierto aspecto aproximado a lo político o a los políticos (comprimido, algo así como “puta madre, fulano, mengano, porqué no arreglan ustedes dos sus problemas y su pleito y nos dejan a los demás de estar chingando”).
    Pero a todo esto los periodistas no están empoderados en México, los ciudadanos ni se diga, por las más diversas razones. Ya apuntó usted algunas: autocensura, chayote, connivencia, leyes demasiado proclives a amedrentarlos con daño moral o difamaciones, etc.
    Ahora bien, otra cosa es que los políticos, en el plano del debate o trato político, entre ellos o con los que creen sus adversarios, utilicen insultos. Esto me parece otra discusión muy otra y creo que aquí abiertamente no debiéramos jugar con fuego, sin antes habernos chamuscado un poco más en debates con argumentos.
    Celebro cambie el tono en su respuesta. Ignoro qué romántica amiga y qué discusión aparte de esta refiera… no recuerdo polémica alguna antes.
    Cite a Sheridan evidentemente por chiste privado.
    Saludos(chingao).

  23. Alejandro Borges dice:

    Estimado Sr. Omar, una disculpa por la bravata infantil y reciba mi agradecimiento por mostrar paciencia y ecuanimidad ante quien, y tengo que aceptarlo, le cuesta cierto trabajo expresarse de mejor manera y está discutiendo demasiado en demasiados foros y, por ello, abusa de lo coloquial, precísamente, en el que menos debería, como bien dijo por ahí PZ.
    En fin… por otra parte, es bueno el tema este de los insultos. A mi, por ejemplo, me ha puesto a reflexionar también en la forma de calificar o encontrar la escencia de “lo insultante”.
    Ese piso, como ya dijo algún compañero forista por acá, es de lo más movedizo.
    A veces, uno ni cuenta se dá y está profiriendo insultos terribles frente a alguien y esos penosos momentos no surgen a partir de que nos convertimos en adultos: siempre hay en el camping de verano de la primaria, por ejemplo, un escuincle de 9 años que esculca el lugar equivocado de la mamá o hermana equivocada y descubre, de manera cruel, expedita y personalísima, el significado específico del coloquial “ojo morado” y la prontitud con la que un niño de once, que hasta ese punto había sido “su mejor amigo”, olvida una amistad de manera inmediata, vía la violencia física y sin mediar la más mínima conversación entre caballeros!
    A veces, un niño de 13 se vé atrapado y sin salida cuidando a 13 niños de 6 mientras 14 señoras departen a toda máquina en la sala y, bueno, el púber descubre con rapidez que su lenguaje de escuincle carretonero de 13 años provoca en algunos de los chiquillos más despiertillos algarabía en demasía y, en los menos, escandaloso e imparable llanto, tanto como para las madres, que tuvieron que interrumpir el café para atender al agraviado directamente, se vistan la cara de expresiones extraídas de la portada del TVNotas, que hacía esa semana el reportaje de la vida de alguna villana de telenovelas: odio superpuesto, falso, sí, pero ofensivo para el pobre chamaco.
    Ahí quien cobra las ofensa? Quien las profiere y quien las paga? Qué es, pues, la ofensa en sí?

  24. Omar Alí Silva Alvarez dice:

    Hay muchas inconsistencias y cuestiones inconexas en su réplica Sr. Borges. Sólo diré que San Juan Bosco decía y repetía, si no me equívoco del capítulo 8 versículo 32 del evangelio de Juan, “que la verdad os hará libres”. Por razones personales, propias a mi breve paso salesiano, esta cita me es entrañable. Siempre habrá disculpas que quepan por ambos lados o, para el caso, la confidencia al amigo o los amigos de la verdad de las cosas Sr. Borges. Inevitablemente la verdad sale a flote, a ella que mejor que confiar si la verdad misma no es siquiera algo que deba preocupar a uno. La verdad no nos hace más culpables de nada y efectivamente, el odio superpuesto, falso, siempre hará de las suyas… cuesta trabajo ver que alguien una y otra vez traiciona.
    Alguna vez alguien me dijo que en los peores momentos repitiera una frase, era una especie de jaculatoria personal de tal persona, mi madre. Con el tiempo descubrí que esa frase no me acomodaba del todo, pero espontáneamente había habido otra frase que repetía sin querer en momentos clave: esos momentos clave paradójicamente eran los mejores y no los peores: cuando observaba un gran bien según mi personal perspectiva y salía solita, pensada pues. D. e. g. es esa frase.
    Saludos(sinmiedo)

  25. Alejandro Borges dice:

    Bueno. Yo sólo quería decir con todo eso de los niños que quien profiere un insulto no siempre pretende insultar: la ofensa la interpreta el receptor de la comunicación. Cometemos un error al decir que “la recibe”, no es así: meramente interpreta un mensaje como ofensivo, sea esta o no la intención de quien lo emite.
    Eso es todo lo que quería decir: que la ofensa es relativa, que es muy difícil saber a priori si algo que proferimos va o no a ofender a “alguien”, sea este quien sea. Que hay veces que lo más inocente se toma por ofensa, pues y quien “ofende”, a veces, no sabe que lo hizo.
    Pensemos, por ejemplo, en la inconveniencia de apersonarse en una iglesia española de pueblo en minifalda y camisa de manga corta con estampados de Mickey Mouse (problema en el que incurren demasidas americanas adolescentes sin intención alguna de ofender a nadie) o, si queremos llevar esto a un lugar más complejo, entrar a alguna sinagoga en jerusalén sin la cabeza propiamente cubierta… etc.
    No siempre sabemos cómo ni a quien estamos ofendiendo.

  26. Omar dice:

    Sr. Borges, punto aparte sus lecturas y su pretendida cultura, yace esa particular subcultura del mensaje subliminal. Sus demostraciones de suficiencia (esta perla epistolar, otra perla más) en su travesía intelectual hablan por usted. Hablan por sí mismas.

  27. Adrinsilva dice:

    Una pizca de sal no ha matado a nadie. De hecho es más fácil morir por exceso de verduras (cocidas o no) si te caen por toneladas en la cabeza, o si el trailer que las transporta se queda sin frenos.

Deja un comentario para Alejandro Borges