15, Ene 2009

De alma y genes

Pinker

En una carta a Alfred Douglas, Oscar Wilde identificaba la sabiduría profunda con una ignorancia esencial. El sabio entiende que el alma humana no puede ser descifrada. “El último misterio es uno mismo.” Se podrá medir el sol, calcular con precisión la distancia de la Tierra a la Luna, podrá dibujarse un mapa de la galaxia pero, al final del día está uno. ¿Quién podría medir la órbita de su propia alma,? Preguntaba Wilde. Tal parece que el misterio persiste. La identidad escapa las redes de la ciencia y sus asombrosos instrumentos de medición.

Están a nuestra disposición las placas de nuestra identidad genética pero estamos muy lejos de descifrar sus signos. Hay empresas que emplean una gota de sangre para rastrear nuestros ancestros e identificar la curiosa red de parentescos. Seguramente somos primos de algún narcotraficante y sobrinos de alguna monja portuguesa. Ha aparecido una industria genómica recreativa que, como si fuera una especie de astrología microscópica, nos ofrece una imagen de nosotros mismos, incluyendo las más exóticas propensiones de personalidad. El Proyecto de Genómica Personal es un proyecto del biólogo George Church que ha creado una base pública de datos con información de 100,000 voluntarios. Steven Pinker, el psicólogo evolutivo que se ha dedicado a explorar los laberintos del lenguaje es uno de esos voluntarios y ha narrado en la revista dominical del New York Times su experiencia. Advierte en primer lugar las limitaciones del experimento: una estampa de del genoma humano completo sería una tabla con seis billones de datos. El Proyecto del Genoma Personal registra apenas una porción minúscula de ese mosaico.

Una fascinación asalta al psicólogo. De la frialdad de los datos se asoman parentescos milenarios. Un cromosoma permite rastrear siglos y siglos de historia. Un judío ecuménico y secular como yo, dice Pinker, no puede dejar de sentirse en familia con una vieja tribu al saber que compartimos, sin querer, un achaque. Pero parece que el inmenso pajar de la información genética ofrece menos información sobre el individuo concreto que el informe del espejo. El arete de algún cromosoma puede decirme que tengo 35% de probabilidades de ser calvo: el espejo me dice que lo soy.

Pinker no tiene miedo de las implicaciones políticas o morales de estos escaneos. La curiosidad científica no tiene por qué ser catalogada como actividad peligrosa. La ciencia no reconoce preguntas impronunciables. La genética, por otro lado, no nos condena a vivir en una cárcel de barrotes diminutos. La ciencia de los cromosomas está muy lejos de cancelar los espacios de la libertad individual como fantasean algunos novelistas de ciencia ficción que vaticinan una sociedad de castas científicamente organizada. No hay duda de que lo que somos está definido en buena medida por la cazuela genética. Pero hay mucho en esa olla que no entendemos y mucho fuera de ella que nos marca. Se ha mostrado que un gen ayuda a los corredores de velocidad y otro a los corredores de resistencia. Pero el propio científico que descubrió esta conexión no cree que sea sensato buscar el gen para detectar a los deportistas dotados. Mejor sería poner a unos niños a correr y ver quién corre más rápido. La genómica no es la red que ha capturado los diminutos rizos que definen nuestra esencia. Si quieres saber si tienes riesgo de tener el colesterol alto, no busques tus cromosomas, házte una prueba de colesterol.

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Un comentario

  1. Omar Alí Silva Alvarez dice:

    Igual, Jesús, para un tema tan traído como la dicotomía entre liberalismo-conservadurismo, el liberalismo mismo, ahora resulta que el cerebro, los genes en última instancia, predisponen para ser conservador o liberal.
    http://www.autenticoecuatoriano.com/ciencia/uncategorized/ser-liberal-es-cuestion-de-estructura-mental/

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