19, May 2010

De intelectuales y cosas peores

Intelectuales Tal vez sea cierto que los intelectuales se han extinguido, pero están de moda. Hace un poco más de veinte años, un agente literario le advirtió a Russell Jacoby: si pones la palabra “intelectual” en la portada de tu libro, despídete de las ventas. Nadie compra un libro sobre intelectuales. Jacoby no le hizo caso al consejo y publicó Los últimos intelectuales. Al libro le fue bien: se ha reeditado varias veces y se ha convertido en una especie de clásico. La autopsia que hacía del cadáver indicaba que la aburrición había sido la causa de la muerte. La monotonía de la vida universitaria produjo la asfixia. El ecosistema de cafés, revistas y conversaciones que lo alimentaban había desaparecido. Su lugar lo ocupó una fábrica de títulos académicos y revistas de claustro. Pierre Bourdieu encontraba otras huellas en el cuello del muerto. No era la universidad, sino la televisión la culpable del deceso. El intelectual nace de un público que lee. Necesitó del instrumento de la imprenta para formar una comunidad de lectores a la que se le puede exigir atención. El intelectual del que habla Bourdieu en su ensayo contra la televisión es capaz de definir el tema del que habla, el tono en el que escribe, la extensión de su alegato. Pero cuando es capturado en la pecera mediática, el pensador se convierte en otro profesional del entretenimiento. La televisión, decía Bourdieu, no puede ser transporte del pensamiento. Al delimitar el tema, al demandar concisión y velocidad, al empuñar constantemente la amenaza del reloj, la televisión impone superficialidad. 

Roger Bartra ha publicado en el número más reciente de Letras libres una reflexión sobre la curiosa suerte de los intelectuales mexicanos en tiempos democráticos. Nunca como ahora ha habido en el país tantos espacios para hacerse leer, para hacerse oír, para hacerse ver. La caída del régimen autoritario ha provocado una expansión extraordinaria de los espacios intelectuales. Una variada corte ocupa esos territorios: “escapados de la academia, periodistas con ínfulas, prófugos de la literatura, ideólogos desahuciados, tecnócratas desempleados, políticos insensatos, burócratas exquisitos.” No los identifica una exigencia común, sino un ánimo melancólico: el desprecio a la madre (democrática) que los parió. El opinionismo es ubicuo pero, sobre todo, quejumbroso. Lo que Jorge Castañeda llama “comentocracia” es un pozo que bombea amargura al país. 

Bartra inserta esa dinámica en las coordenadas tradicionales de la política: el embrujo del poder se tragó en 2006 a buena parte de la intelectualidad mexicana. “La dificultad de entender la derrota, combinada con el descubrimiento de que los había deslumbrado el populismo rancio de un cacique, ha asumido a muchos intelectuales en una desesperada tristeza política.” La clave de la amargura puede estar, sin embargo, en otro sitio. Quizá pueda ubicarse en la confluencia de amenazas que detectaban Jacoby y Bourdieu, cada quien por su rumbo: la burocratización del conocimiento y sus tributos a la industria del espectáculo. El lenguaje del opinionismo dominante acostumbra vestirse con credenciales de autoridad académica, pero suele olvidar sus rigores. Bastan un dato de aquí y una cita de allá, envueltos en la prosa del lugar común. La serenidad, la profundidad y la escritura, sacrificados por el reflejo del comentario rotundo. La comprensión queda sepultada en la perorata. El sermón moral y la receta tecnocrática machacan obsesivamente las contrahechuras mexicanas para subrayar al lustre del Santo Opinador. El opinionismo mexicano no es sólo amargo; también tiene mala letra. 

He opinado.

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6 Comentarios

  1. Va una referencia a lo que Gabriel Zaid dice que NO es un un intelectual. Trae paja alrededor, favor de ignorarla.
    http://jeliviano.wordpress.com/2010/03/13/twitter-trends-esnaquisimo/

  2. Andres Terán dice:

    ¿Qué opina de las nuevas intelectuales, es decir aquellas mujeres que se aventuran a llamarse intelectuales respaldadas por algún medio de comunicación?

  3. Leo CP dice:

    Yo creo que se conjuntaron dos coyunturas felices para esta comentocracia: la emergencia de nuevos medios de comunicacion (Milenio TV, Foro TV) y la apertura de espacios para la opinión en canales que podríamos considerar tradicionales (pienso en la barra de opinión del TV Azteca).
    Con el fin del priísmo, en el afán de ganarse credenciales democráticas, los manejadores de estos canales se abocaron a la tarea de buscar opiniones; opiniones polémicas, de personajes que estuvieran listos para emitirlas en el momento que se les requiriera, fuera lo mismo para diseccionar un terremoto que para comentar el dislate político de la semana.
    Académicos en busca de un dinero extra, articulistas oscuros pero causantes de buenas polémicas, hijos bastardos de la industria del espectáculo y cualquier diletante con barniz intelectual (y las debidas conexiones en las gerencias de medios adecuadas) son el perfil requerido para cubrir el puesto de opinócrata.
    Y me supongo que es buen negocio. Tales opinócratas ganan dinero e invitaciones (pagadas y con viáticos) a emitir más de sus opiniones en foros de todo el país mientras que televisoras y radiodifusoras se llenan de palabras que brillan mucho pero no trascienden los clichés probados y sobados entre el respetable (los políticos son una basura, el país necesita liberalizarse y todo lo que señaló el Dr. Roger Bartra en su texto).
    Por si fuera poco, este sistema es barato de hacer. Nada de nómina de periodistas, nada de lidiar con descubrimientos incómodos, nada de conflictos de interés con anunciantes o proteger a los reporteros en asignaciones arriesgadas. A lo mucho es preciso cubrir algunos recibos de honorarios que hacen saltar los bolsillos de quienes nunca han visto otra cosa que salarios mendicantes entre pupitres y el cierre de edición.
    Y lo mejor de todo. Esta opinocracia se torna en arma arrojadiza. Como ahora el opinador se puede poner la casaca de periodista desde un foro televisivo, sus patrones pueden hacerse de sus servicios para presentar filtraciones, arrojar trascendidos y reventar puertas, airados y soberbios.
    Si no fuera porque así están las cosas, sería cosa de risa ver cómo muchos de estos opinadores se inflan y anchurosos intimidan y amenazan con cámaras y micrófonos al presidente municipal pueblerino, al subsecretario B de asuntos jurídicos o al diputado Chiringas, cuyo crimen fue empulcarse y orinar en la plaza mayor del pueblo.
    Claro que con los dueños de los anuncios nada. Ni un denuesto, ni una duda siquiera. El que paga manda y manda que se hablen de otras cosas.
    Quizá el único servicio que le están prestando a la patria estas personas es volverse pararrayos de la maledicencia pública en Internet, que por docena los abuchea y los acusa de la parcialidad que promueven cada ocasión que asoman sus cabezas por Internet.

  4. Cruzarzabal dice:

    Andrés, una pregunta curiosa, por qué preguntas sobre las mujeres que se hacen llamar intelectuales. ¿No hay acaso hombres que hagan lo mismo?

  5. Andrés Terán dice:

    Cruzarzabal, por supuesto que no hay que disociar el género de la intelectualidad, históricamente los (género masculino) intelectuales han sobrepasado a las (femenino) intelectuales. Las cuales se han escudado en todo lo que se discute del género. Mi observación es que en los últimos años, el balance de género en los medios de comunicación ha promovido que muchas comunicadoras ahora se hagan llamar intelectuales. Parece ser que lo postivo o negativo de la intelectualidad, ahora depende del número de uno u otro género.

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