27, May 2020

De museos

“El museo puede ser una casa, un templo o una fábrica en quiebra,” escribe Sergio Raúl Arroyo en Un lugar bajo el sol, el libro que recoge sus apuntes sobre arte y espacio público. El museo también puede ser un parque de juegos, un salón de clase, un teatro, un laboratorio, el sillón de una terapia, una bodega de recuerdos, un espacio para el consuelo o la perturbación. Un altar, un jarrón que rompe en mil pedazos, el relato de la vanidad estatal y la intimidad de obsesiones personales. Es sitio para la contemplación y la agitación. Una caja de curiosidades que despierta asociaciones, un espacio que fija y disuelve sentido.

En estos tiempos en que viven, a juicio de Cuauhtémoc Medina, una especie de coma inducido, los museos de todo el mundo abren sus galerías a los clics de internet, proponen recorridos virtuales, van a la caza de materiales que documenten para el futuro la experiencia del confinamiento planetario. Pero nada puede remplazar la presencia de los visitantes cotidianos. Y el panorama que contemplan para el futuro cercano no es nada tranquilizador. El pasado 18 de mayo, fecha en que se celebra el Día internacional de los museos, la Unesco dio a conocer un estudio que advertía que cerca un 13% de los museos que han tenido que suspender sus actividades normales durante la pandemia, no volverán a abrir sus puertas. Es necesario echarle una mano a estas instituciones que promueven el acceso a la cultura, ha dicho el Director general de ese organismo internacional. Muy pocos museos en el mundo podrán sobrevivir por sí mismos.

La crisis en México es especialmente grave. Nuestro extraordinario abanico de museos no solamente enfrenta la ausencia de sus visitantes cotidianos sino la enfática desatención gubernamental. Más allá de los proyectos predilectos que llevan el sello de la administración, no hay consideración alguna por la suerte de esos espacios. Por eso resulta tan oportuno y atendible el llamado del Frente Promuseos. Es urgente, como han planteado estos profesionales en una carta al presidente López Obrador, un programa de rescate y apoyo a los museos del país. El riesgo que corremos con el olvido (si no es que la hostilidad) gubernamental es inmenso. El país puede perder en esta crisis un patrimonio valiosísimo que ha construido a lo largo de muchas generaciones y que nutre la memoria y la imaginación del país. Lo que pide Promuseos es un plan de emergencia cultural. Si se impone la inflexibilidad del nuevo dogma franciscano veremos en pocos meses el angostamiento de nuestra sensibilidad, de nuestra memoria, de nuestra imaginación. También en este terreno es tiempo de abandonar los caprichos y concentrarse en lo vital. Es mucho lo que el país puede perder sin consentimos la extinción de nuestros gabinetes de curiosidad.

Cuidar a los museos es ayudar a tejer y a destejer comunidad; a celebrar la creación y estimular su crítica. El país se mira en sus museos y ahí también se desconoce. Alimenta su orgullo y también su rabia. Al recorrer sus galerías, el visitante puede deleitarse en la belleza y también confrontar el horror. Cuánta falta hace esa pólvora contra la indiferencia.

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