30, Jul 2008

Del gran silencio

¡Qué dulces suenan las voces de los amantes en la noche
igual que música suave al oído!

Las palabras de Romeo a Julieta sirven a William Hazlitt para explicar por qué nos deleitan las sensaciones infrecuentes. Durante el día los amantes se ocupan de sus caras, los distrae el movimiento de las cosas, el rumor de la calle. La oscuridad y el reposo dan sólo presencia a la voz. Su sonido, escribe Shakespeare, se vuelve música de plata. La más tierna melodía para el oído atento. El documental de Philip Gröning sobre la vida en una cartuja produce un efecto semejante en el espectador. La esponja de los sentidos se altera por efecto del silencio. “El gran silencio” registra la vida contemplativa en un monasterio enclavado en los Alpes. Pero más que la ausencia de sonido, la marca de la película es la quietud, el reposo, la suavidad de todos los movimientos, la dulce reiteración. La cinta no informa sobre la vida del monasterio: comunica una experiencia. Nada sabemos de los monjes; nada de las razones que los inclinaron a encontrar su vocación; nada aprendemos de la fundación de la orden o de la historia del claustro. No quiero que mi película sea sobre un monasterio, dice el director. Quiero que se transforme en un monasterio.

Into_great_silenceFascinado por la vida de los monjes, Gröning solicitó permiso para vivir con ellos y registrar su mundo. No le cerraron la puerta pero le advirtieron que no estaban preparados para recibirlo. Dieciséis años después llegó la respuesta. Estaban listos para acogerlo. El cineasta suizo vivió durant meses con ellos. Documentó sus pasos, sus rezos, sus caminatas, sus cantos; su párpados cerrados. Grabó 160 horas con dos cámaras que luego se comprimieron en tres horas de cinta. Casi sin palabras, sin narración alguna, la cinta logra un encantamiento. El tiempo se disipa y las cosas fulguran entre sombras. Del silencio brotan bellezas que la bulla sepulta: la voz de la madera, el rumor del viento, el ritmo de las inhalaciones, el canto descalzo. Tejida con repeticiones, el documental proclama el fervor del presente. La fe que aparece en la pantalla no es la religiosidad de la culpa y el pecado sino una espiritualidad de gratitud y de presente. Su Dios no está en el terremoto, en la tormenta, en el trueno. Su Dios está en el susurro del aire: en el gran silencio.

Podría decirse que los monjes cartujos no se apartan del mundo. A su modo, se insertan en él, intensamente. Su refugio resulta implantación, no exilio. Hombres envueltos de mundo. A lo lejos, un avión cruza el cielo para recordarnos que estas imágenes no provienen del pasado sino que suceden ahora, mientras vemos la película. El director se cuida bien de retratar la computadora que sirve a la contabilidad del monasterio y las semillas empaquetadas que siembran cuando el tiempo lo permite. El mensaje es claro: ésta no es viñeta de un arcaísmo. El mundo de los monjes es el nuestro.

La viveza del presente acentúa también la corporeidad del mundo: la madera sobada de los muebles; la imponente masa de las montañas; la vida que es carne, piel, pelo; el piso que cruje; las piedras frías del edificio; el agua en todos sus cuerpos; las campanas insistentes; las telas. El universo ritual de los monjes se entreteje así con la cadena de la naturaleza. Los ritos incorporan al hombre a las suaves revoluciones del planeta. Al día sigue la noche; el hielo se vuelve agua, el invierno da paso a la primavera. El planeta parpadea.

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6 Comentarios

  1. El documental me impresionó mucho. Es magnífico.
    Saludos,
    Diego

  2. cbr dice:

    Qué bonito texto. Y qué ganas de ver el documental.
    Salduos,
    cbr

  3. Miguel Angel Osuna Ulloa dice:

    Este texto es una desmesura de belleza y de sentido. Es inquietante. Gracias por la recomendación.

  4. Ana Rosa Pallach dice:

    Disfruté muchísimo la película, pero la reviví hermosamente al leer este excelente artículo, gracias por permitirme volver a vivir esta gran experiencia.

  5. Pablo dice:

    Estupenda reseña, Jesús. No deja de parecerme curioso que de una pluma liberal haya salido una de las mejores descripciones que he leído sobre la vida religiosa contemplativa.
    Saludos,

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