22, Ene 2020

Del vicio impune

En un poema publicado en La calle blanca, David Huerta describe una cosa intangible que se despliega con el furor de dragones suspendidos. El poeta descubre que un conglomerado de abstracciones y de ciencia infusa se vuelve esplendorosa en la maraña renacentista de Florencia. Y contempla con ojos insomnes esos esguinces tipográficos que se desdoblan en versos. Habla de sus lecturas para el verano.

libros, cuentos, poemas, lucientes teatros
del vicio impune, Larbaud dixit, pedazos encendidos de la vida vivida
aunque tantos digan lo contrario. Son el mundo conversado y silencioso,
los momentos agridulces de noches y tardes pobladas
por minuciosos cosmos de sonido y sentido

Al vicio impune de la lectura se dedica el nuevo libro de Huerta. Es un impecable librito publicado por Grano de sal, con un prólogo de Felipe Vázquez. El libro publicado para celebrar el Premio FIL del año pasado, recoge las notas que el poeta publicó en Hoja por Hoja entre 2005 y 2008. El título, Correo del otro mundo rinde homenaje a Diego Torres Villarroel, admirador de Francisco de Quevedo que fue, si creemos en su autorretrato, “sucesivamente criado de ermitaño, curandero-bailarín en Coimbra y soldado en Oporto.”

En las postales de Huerta llegan invitaciones para releer a García Márquez y detenerse en la abundancia de sus sustantivos; sugerencias para apreciar la autobiografía involuntaria que hay en las agendas de papel; elogios de esas maravillas que para nosotros los miopes son los anteojos. El libro brinca de la caligrafía que Peter Greenaway diseñó para el libro de Próspero a una cita cuya fuente ha quedado en el misterio: “la actividad poética es una negociación entre el diccionario y el sueño.” Paseos por la poesía, el cine, la política, la novela, la pintura y las nubes. Apuntes de un lector atento a la música de las letras que es, a un tiempo, libérrimo y riguroso: “sonido y sentido”.

De ese otro mundo llegan también recomendaciones por demás pertinentes para éste. Frente a quienes celebran la autenticidad de lo malhecho, frente a los que se fascinan con el arrebato irreflexivo pero apasionado, David Huerta propone a la asamblea: “rescatemos la inteligencia. Convirtámosla de nuevo en algo interesante. Hagámoslo sin la menor concesión al nihilismo sentimental y a sus destructivas operaciones cardiocéntricas. Tres o cuatro estamos hartos del “así lo sentí”, “me salió del alma” y otras zarandajas por el estilo.”

En ese rescate de la inteligencia está la apuesta del poeta. Al sumergirse en los libros, el vicioso da la espalda a los retablos. Por eso entiende la lectura como un acto de subversión: “Siempre he creído en el talante subversivo (antiestatal) de quienes leen libros; mejor dicho: en la índole marginal de esa actividad desinteresada.”

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