26, Mar 2014

Deshojar a Paz

Uno de los rasgos más asombrosos de Octavio Paz es el carácter esférico de su magnetismo. En sus páginas se alberga una civilización única: la civilización Octavio Paz. Quien recorra las páginas de sus Obras completas reconocerá en ellas una síntesis del universo. Si el poeta es un “pequeño Dios”, como quería Huidobro, en la obra de Paz se encuentra la familia de todas las cosas creadas. Piedras y flores; sabores y luz; historia y mito. Es una galería, mil paseos y otras tantas preguntas, argumentos, combates y deleites. Una ambición sobrecogedora, una línea vital hecha de tanta constancia como de experimento; de tanta fidelidad como de autocrítica.

A diferencia de las otras obras completas de nuestra tradición, las de Alfonso Reyes, en las de Paz no parece haber página trivial. Reyes se complacía en las líneas perecederas, domésticas, olvidables. Quien sólo canta en do de pecho no sabe cantar, decía, recordando las estrofas que Mallarmé anotaba en los huevos de Pascua y las redondillas que Góngora regalaba a las monjas. No es que falten textos de circunstancia en la obra de Paz, los hay y no son pocos. Pero cada uno de ellos, acierte o falle, está escrito para ese lector al que parece escribirle siempre: la eternidad. Por eso resulta tan deslumbrante la ciudad de su Obra íntegra. ¿Que hay mucho que discutir? Por supuesto. ¿Hay algo que descartar? Muy poco. Más aún, el círculo de su reflexión se cierra felizmente en la lectura que el propio poeta pudo hacer de su obra en sus últimos años. El hombre maduro regresa a cada una de las estaciones de su vida, recorre todo el arco de sus curiosidades y apunta una reflexión final que completa la circunferencia.

En ningún autor de nuestra tradición se comprende la empresa de la “obra completa” como en Octavio Paz. Pero la tarea que ahora tendrá una nueva versión del Fondo de Cultura Económica, tiene sus riesgos. La pesantez de los volúmenes puede ahuyentar lectores. El escritor punzante perece si se le exhibe en mausoleo. Para preservar su vitalidad, hay que deshojarlo, arrancarle fragmentos a los tomos, restaurarle ligereza a su reflexión, ventilar sus piezas, desordenarlo. A Paz hay que poder llevarlo en el bolsillo, leerlo en la cama sin que el brazo se acalambre.

Hay libros esenciales de Paz que las editoriales han dejado morir. Resulta casi imposible encontrar, por ejemplo, su fascinante retrato de la India. Debería estar a la mano, en todas las versiones posibles. No hay un volumen digno, bien ilustrado pero accesible de los escritos sobre arte de Paz. Hace falta. Los privilegios de la vista debería estar presente en todo museo, en toda escuela, en toda librería. Hay que revivir los libros de Paz para resinsertarlos, de la manera más fresca posible, en nuestra conversación. Por eso me parece tan buena noticia que libros como La llama doble (con un nuevo prólogo escrito por Enrique Krauze) y la antología personal El fuego de cada día recuperen su cuerpo original. Esa restitución es el homenaje justo al escritor, no el tributo al personaje. Por eso también es tan valioso que se nos ofrezcan miradas para acercarnos a Paz. Armando González Torres ha publicado una estupenda antología de textos políticos de Paz que enfocan al combatiente intelectual, al polemista lúcido y apasionado. Lo mismo podría imaginarse de sus poemas amorosos, de sus traducciones, de sus poemas extensos, de sus retratos literarios… Para perdurar, el universo de Paz ha ser pulverizado constantemente. Deshojar a Paz.

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