11, Feb 2009

El buen odiador

Hazlitt2 Adicto al café fuerte, aficionado al box, irritable e impetuoso, William Hazlitt fue un buen odiador, para seguir su propia fórmula. “Buen odiador.” La expresión aparece en varios ensayos suyos. La usa para describir algún personaje de Shakespeare o para nombrar las limitaciones de un político. Refiriéndose a un parlamentario, decía que le faltaba calor, esa vehemencia sagrada que es indispensable para conquistar la tribuna. No tiene el nervio, no tiene el ímpetu. “No odia bien,” dice. El buen odiador no era para él solamente el que era bueno para odiar, sino quien odiaba para bien. Un auténtico patriota, agregaba en otra parte, debía ser un buen odiador. El admirador de la Revolución Francesa tenía un buen catálogo de tirrias: la injusticia, el prejuicio, servidumbre, el fanatismo, la pedantería, la superstición.

Al odio dedicó Hazlitt su ensayo más conocido: El placer de odiar. La naturaleza no era para él una sinfonía dulce y armónica, era el martilleo de las enemistades. La columna de la vida se sostenía en sus oposiciones: sin el viento contrario, el esqueleto del hombre se volvería flácido, sin consistencia: una rama tendida al piso. La aversión apasionada, la descarga de los contrastes despabilaba al bulto que podemos ser. El puro placer pronto se vuelve insípido y anhela variedad. El dolor, por el contrario, siendo agridulce nunca empalaga. De ahí su invitación a la polémica: cuando algo deja de ser controvertido, deja de ser interesante. Cuando alguien deja de discutir, se deja morir. Una extraña fraternidad en la discordia se asoma en sus ensayos. El verdadero combatiente es quien mejor conoce a su adversario. No habrá mejor retratista del enemigo que el boxeador que examina a su rival desde la esquina contraria. Los puñetazos, si son certeros, son pinceladas de un retrato justo.

“Lector: ¿has visto una pelea? Si no lo has hecho, hay un placer que te espera.” La prosa del narrador describe la emoción del espectador ante este brutal rito de golpes. El jacobino no rehuía el conflicto. A contracorriente enseñaba él mismo los nudillos de su inteligencia crítica, mientras sus contemporáneos levantaban el meñique al tomar la taza del té. No pretendía en ningún momento contemporizar con la política del día. Peleaba sin ignorar que la hormona del odio era tóxica. El odio se cuela a la fe para atizar el fanatismo y la persecución; transforma el patriotismo en ánimo de exterminio y hace de la virtud sermoneo inquisitorial. De ahí el calificativo que aplica al odiador. Si no hay más remedio que odiar lo abominable, hay que odiar bien.

Hazlitt estaba lejos de ser un misántropo. Disparaba veneno pero no se alimentaba de él. Puede encontrarse, en su malevolencia, una vitalidad contagiosa, una energía que por alguna razón conforta. Tiraba dardos a sus enemigos, mientras aconsejaba a su hijo aprender latín, francés y a bailar. Sobre todo, aprender a bailar. Destrozaba reputaciones sin perder el tiempo cuidando la suya. Un radical condenado por las hipocresías de su tiempo que se atrevía a cantar al amor ilícito. Hazlitt se resistió a admitir que la sabiduría política equivale a la complacencia. Lo notable en esta pasión beligerante es su grandeza. Hazlitt fue un admirador de sus adversarios. Sintió devoción por un hombre que representaba todo lo que políticamente aborrecía. Edmund Burke, el gran crítico del radicalismo revolucionario, defendía, en efecto, la moral de la tradición, la inteligencia del prejuicio, la nobleza de la jerarquía. Hazlitt, convencido de las bondades de la promesa revolucionaria, no dejó nunca de leer y discutir con el conservador. Escribía en su ensayo sobre los libros viejos, que era raro entender a un adversario, pero era más infrecuente admirarlo. El conoció y admiró a Burke, su contrincante intelectual. El autor lo deslumbró pero sus ideas nunca lo “contagiaron.” El buen odiador rebate el argumento principal de Burke sin desconocer que el camino hacia la conclusión está sembrado de cien verdades parciales y que el estilo, la fuerza, la inteligencia de su adversario llevan el sello del genio. Hazlitt sabía que polemizar era, en realidad, una manera de convivir.

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6 Comentarios

  1. El Oso Bruno dice:

    Es por eso que alguien dijo: “Quiero una juventud que sepa odiar”

  2. Guillermo BA dice:

    Magistral el post, como otros más estimado JSHM.
    Estos minutos que dediqué para esta primera lectura de tu anotación, fueron transcurriendo bajo sorbos de café -fuerte y sin azúcar-. Algunos post saben mejor acompañados del frío que se cuela por mi ventana, una taza de café humeante y desconectarnos del mundo por los minutos necesarios para leerlo con la atención requerida.
    Me sirvió leerlo pues en cierta forma me justifica mi actuar en muchas ocasiones, son inconformista, detesto la falta de sentido de urgencia cuando este se requiere, detesto que la gente se quede cruzada de manos cuando no debe y sabe que no debe.
    Cómo le hacen falta unos buenos William Hazlitt a este país, recuerdo vagamente que Carlos Castillo Peraza tenía días así.
    Buen día…

  3. S. Bucay dice:

    Al traer a colación a dos luminarias que fascinan por distintas razones (Shakespeare y Hazlitt), es imposible sustraerse de ese otro goce del que casi nunca hablamos: el placer de coincidir con quien se admira. Lo digo no sólo por el arrobamiento que sentía Hazlitt al leer al bardo o por el estímulo de una inteligencia discrepante. Este “post” es, sencillamente, un deleite.

  4. Omar Alí Silva Alvarez dice:

    ¿Nada más estrujante que un odio indemne no? Si a todos se les da “poder” odiar, no todos “saben” de odiar. Así como difícil es delimitar el amor-uno, siendo que siempre torna a amores, en amores, singularizándose, pluralizándose, igual complicado resulta aducir el odio-uno, sabiendo de todas las facetas del odio.
    Creo que amor y odio son como llamas civilizatorias, especie de fuego prometeico, que si no se saben modular, esta vez sí vueltos contra el ‘uno’ –el hombre— arderán.
    Por ahí vi hace poco, lo leí en algún libro, que era mejor tener buenos enemigos, adversarios. Que eligiese uno bien a sus amigos y mejor a sus enemigos –siendo los enemigos asequibles entre los amigos.
    En fin, es interesante también un ensayo de Héctor Subirats, publicado en Letras Libres de septiembre del año pasado http://www.letraslibres.com/index.php?art=13222. Personalmente discrepo de la idea del odio como placer. Siendo vicio, mera compulsión, bajeza, por ello se encuentra delicioso, sin ser pues de forma exacta gozo. Para ponerlo en términos freudianos: Se diría que nadie, nadie “goza” odiar, aunque seduce, seduzca.

  5. Lazarus dice:

    Un pasaje de la pelicula Brave Heart: Te oido Padre (Rey), es abominable lo que has hecho(traicionar a Wallace), el padre(Rey) le contesta; ahora si puedes ser Rey, ya sabes odiar, ya me puedo morir sabiendo eso. Esta cuota me pareció algo muy relevante en cuanto a loa dote que se necesita para entender nuestro mundo en las grandes esferas.

  6. Omar Alí Silva Alvarez dice:

    Según Nietzsche “sólo debéis tener enemigos dignos de odio, pero no enemigos dignos de desprecio. Tenéis que estar orgullosos de vuestro enemigo.” Lo que liquidaría la interpretación freudiana de no poder considerar como placer o gozo odiar. O bien, sin dichas anteojeras, la justifica. Evidencia al odio –en su intimidad— sucumbiendo ante una emoción primaria que no se admite, que permanece oculta, que sería el placer de contraponer alguien o algo a uno, a una y mil escalas posibles de valores.
    Según tal lógica, se puede inferir que habría algo así como un odio mejor que otro, que el desprecio anula la “mejor intención de odiar”: que ‘mejor odiar’ es admirar y reconocer algo o alguien por dado atributo. Ergo, otorgar la calidad de enemigo, de adversario, no sería despreciarlo, sino ponerle u oponerle como igual, tete à tete.
    A mayor abundamiento, la admiración, comedimiento, el reconocimiento vis a vis de otro, de la otredad, no degradaría ni despreciaría. El mejor odio, a diferencia del que desprecia, es entonces aquel que inconsecuentemente o consecuentemente admira. Lo que para los políticos es casi nada eh.
    Sucede –todos los caminos llevan a Roma— el adversario como acicate, punto de partida o encuentro amigables. Imperativo político aquello de Reyes Heroles, que lo que resiste, lo que se opone, apoya.

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