21, Mar 2018

El cerebro en el frasco

Nada me resulta tan frustrante, tan humillante como mi incapacidad para comprender el reino luminoso de la “belleza-verdad.,” escribía George Steiner en su Gramáticas de la creación. Se refería a una ceguera que le impedía advertir la elegancia de las fórmulas, el ritmo de las deducciones matemáticas, la cualidad estética de los teoremas. ¿Qué habrá querido decir Leibniz cuando dijo que, cuando Dios se cantaba a sí mismo, cantaba álgebra? Cantar álgebra. La idea es preciosa pero… ¿qué puede significar para quien es incapaz de escuchar esa melodía?

Los sordos a esas músicas nunca podremos hacer justicia al genio matemático. Apenas deleitarnos, quizá, con sus metáforas y con la traducción novelesca de sus ecuaciones. Stephen Hawking no fue solamente un científico extraordinario. Fue también un narrador notable. Su cosmología se sustentaba, por supuesto, en complejísimas operaciones matemáticas que solo un puñado de especialistas es capaz de recorrer. Pero entendía la función pública de la ciencia, la necesidad de comunicar los descubrimiento, de contagiar la curiosidad científica, de defender la ética del razonamiento riguroso. No puedo imaginar ambición científica más alta: comprender integralmente el universo. ¿Qué es? ¿De dónde surgió? ¿Qué reglas lo gobiernan? Su Breve historia del tiempo no es menos que un Libro del Génesis. Y en el principio, fue una singularidad. Entonces, comenzó el tiempo.

Hace años leí su Génesis, como tantísimos otros: pasando páginas, esforzándome por comprender, captando dos o tres imágenes, dándome cuenta que casi todo, que lo verdaderamente importante se resbalaba de mi cabeza. Lo que permanecía era la maravilla de lo inabarcable y la potencia de la razón. En las páginas de Hawking, el universo podía ser descomunal pero, al mismo tiempo parecía comprensible. Las trenzas del tiempo y el espacio eran ininteligibles para mí pero había una inteligencia dedicada a desentrañar sus misterios. Como ha dicho recientemente Brian Cox, un físico al que creo entender un poco mejor, la empresa intelectual de Hawking es una mezcla de asombro y posibilidad. Una vía para admirar el mundo y descifrarlo.

De Hawking, el explorador de inobservables maravillas, conmueve también su historia personal. Un hombre llamado a una muerte temprana que sobrevive medio siglo a su condena. Un científico atado a una silla de ruedas que tiene que comunicarse con pestañeos. Es ese personaje, seguramente, el que brincó los muros de la academia para convertirse en ídolo de la cultura popular. Visitante frecuente de los Simpsons y otros programas de comedia; intelectual que participó en un múltipes debates públicos, presencia frecuente en el cine y la televisión. En algún programa se le pintó como una mente suspendida en un frasco. Un humano comprimido en sus neuronas. Ese es el símbolo que encarnó: una inteligencia paradójicamente liberada de las cargas musculares, un cerebro recluido en sus cálculos, una razón sin carne.

En la estampa popular se pinta el heroísmo del científico. Pero tal vez, la voz robótica con la que lo conocimos sea lo contrario de esa genialidad en el vacío. La antropóloga Hélène Mialet vio en Hawking a un ser humano que habita en varios cuerpos y en muchas máquinas. Si a alguien le estaba prohibida la soledad era a él. La suya fue una razón incorporada en aparatos y asistentes, una inteligencia nutrida por instrumentos y ayudantes. Para entender su proceso intelectual era indispensable verlo, no como un individuo, sino como una red que desbordaba los linderos de su cuerpo. Hawking era, en realidad, una tribu, dice Mailet. Un cerebro en un frasco que vive y que piensa gracias a una compleja red humana y tecnológica. La discapacidad del científico simplemente subraya la condición de nuestro tiempo: ¿seremos ya seres incapaces de pensar sin artefactos? ¿se habrán convertido los juguetes a los que entregamos nuestro tiempo en órganos no celulares de nuestra vida?

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2 Comentarios

  1. ARMANDO AGUIRRE dice:

    Mentes dedicadas a entender y simplificar los misterios..

    Aqui tenemos a Lopez Obrador: su pieza principal es el Ocultismo.

    Oculta sus verdaderas intenciones..y deja correr la posibilidad de creer que es Honesto y sincero….Si acaso le colocan la banda presidencial, sera el rostro igual que el de Salinas en el momento de su investidura…ver Video…donde encontrar un Black Hole..y meternos en el…

  2. Alejandro Ehrenberg dice:

    Hace unos meses yo también me creía sordo a las músicas de las matemáticas. Luego, leí a Euclides en St. John’s College, Anápolis, donde estudio. El libro 1 de sus Elementos es excelente lugar para apreciar esa belleza-verdad. La penúltima proposición de ese libro… una obra de arte.

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