27, Ene 2010

El cuerpo en bulto

Judt - nyu En algún otra nota he hablado de los retratos y los alegatos del historiador Tony Judt, uno de los grandes historiadores de la izquierda liberal angloamericana. Habré celebrado entonces su elegancia combativa, su persuasiva reivindicación de la memoria, su fino pincel de retratista. Ahora me estremece su testimonio. Ha quedado enjaulado en un cuerpo inerte. Padece esclerosis lateral amiotrófica, la enfermedad de Lou Gherig. Se trata, al parecer, de una de las más raras perturbaciones neuromotoras. No es dolorosa ni implica una pérdida de sensibilidad. El cuerpo, poco a poco, se vuelve carne abandonada. La consecuencia es que “uno tiene la posibilidad de contemplar a sus anchas y con mínimas incomodidades el catastrófico avance de su propio deterioro.” Judt conserva lucidez. Hace unas semanas dictó una conferencia sobre el futuro de la socialdemocracia en donde daba muestras no solamente de claridad, sino de humor. Atado a una silla y conectado a una compleja tubería de sobrevivencia, les advertía a sus oyentes: discúlpeme si no aderezo mi charla con gesticulaciones expresivas. Contemplan ustedes a una auténtica cabeza parlante.

Judt ha descrito su prisión en un texto sobrecogedor traducido recientemente por El país. Lo ha podido dictar empleando músculos que pronto lo desertarán también. Su cárcel orgánica se angosta cada día. La petrificación del cuerpo es progresiva. Poco a poco el cuerpo se desprende de su dueño. Primero un dedo se insubordina: no acata la orden superior. Después el brazo desatiende las peticiones del cerebro. Finalmente todas las extremidades se vuelven colguijos inertes. Los músculos se van atrofiando lentamente hasta hacer depender al cuerpo de respiradores externos. “Una prisión progresiva y sin fianza.” Se trata de una condena perpetua. No una sentencia de muerte que, tal vez, resultaría un alivio: una condena de por vida.

La parálisis deja al hombre en incapacidad para lidiar con lo ordinario. Desde luego, Judt no puede vestirse ni alimentarse solo. Pero tampoco puede rascarse cuando tiene comezón. No puede limpiarse la boca si le queda un poco de comida en los labios, no puede acomodarse los anteojos, ni ahuyentar una mosca fastidiosa. Por eso depende de la bondad de los demás. Sólo la ayuda de otros le permite mover las piernas, cambiar la posición de sus brazos, estirarse. La impotencia es desoladora; la dependencia humillante. La inmovilidad no es solamente perniciosa desde el punto de vista físico. Es también psicológicamente insoportable, cuenta Judt. El cuerpo no está hecho para ser bulto. La piel envuelve una inquietud constante. Aunque nos tendamos en la cama para dormir, hormiguea en nosotros una terca necesidad de movimiento: acomodarnos en el colchón hasta encontrar el refugio placentero, rascarnos la espalda, extender las piernas, mover el cuello. La tortura de ese deseo irrealizable parece verdaderamente insoportable. Pero lo que resulta infernal, dice Judt, es la noche. La oscuridad, la ausencia, el silencio, el descanso de los otros magnifica la experiencia de la postración.

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Un comentario

  1. Mario G dice:

    Creo que nos dejas secos… nada que comentar. No lo podrias haber dicho más terrorifico. Ni Alan Poe lo pudo haber descrito más cañon…

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