19, Feb 2020

El lente de las nubes

El poeta se asoma por la ventana del avión y encuentra un país de ceniza.

Desde el avión

¿qué observas?

Sólo costras

Pesadas cicatrices

de un desastre

Sólo montañas de aridez

arrugas

de una tierra antiquísima

En aquel poema, José Emilio Pacheco veía México como una isla de aridez, el reino del polvo. Desde lo alto veía una hoguera muerta, sepulcros naturales, cordilleras que nos rompen. Registraba también ese pero tan presente en su agudeza. Cenizas, cicatrices, sepulcros y, sin embargo, “la tierra permanece.” Como si emprendiera la tarea de documentar el paisaje de esa mirilla, Santiago Arau ha recorrido México para verlo como lo contemplan las nubes. El año pasado publicó en una coedición de Sexto Piso y la Fundación Bancomer uno de los libros mexicanos de fotografía más notables de los últimos años.

Acompañado con estupendos ensayos de Diego Rabasa, Luigi Amara, Pablo Soler Frost, Juan José Kochen, Sergio Rodríguez Blanco, Julia Carabias y Vivian Abenshushan, Territorios recoge la bitácora de la extensa travesía de Arau por los aires del país. 32,306 km por las cuatro puntas de México. Cuatro años desde el primer viaje hasta el último. 452 días fuera de casa. Durante años los mirones de tuiter y de instagram hemos podido asomarnos por a las postales de sus viajes. En el libro se recogen todas ellas. Estampas de la prodigalidad mexicana: cerros, desiertos, mercados, volcanes, costas, calles, islas, plazas, ríos, pirámides, bahías vistas casi siempre por encima de las nubes.

La fotografía de Arau, dice Pablo Soler Frost, nos permite ver lo que no vemos: lo extraordinario. Al elevarse del suelo, Arau rompe el cerco de lo inmediato. Nos ofrece así, otra retina para vislumbrar la anchura del mundo y sus dos inmensidades. Ciudades monstruosas y selvas infinitas. Laberintos los ríos y las calles. El ojo del dron captura geometrías y caprichos, reporta exclusiones e hibridaciones, bellezas y horrores. Encuentro en estas fotografías de Arau curiosas correspondencias artísticas: se asoman de pronto los microscopios de Felguérez o el horizonte turquesa de Joy Laville; la transparencia de José María Velasco y aquella vendedora de frutas que retrató Olga Costa.

Lo más sorprendente del trabajo de Arau es que la elevación de su lente no enfría la mirada. Se observa en él la secreta geometría de ciudades y bosques, la exactitud de lo inerte, el capricho de lo vivo. Este no es el reporte de un orógrafo. Los drones de Arau van más allá de la cartografía y escapan ese lugar común en que se ha convertido la fotografía desde los cielos en documentales y en libros de decoración. El clic del pájaro es registro artístico: en simultáneo, creación y crítica. Ejercicios de admiración y de denuncia que hacen íntimo lo inmenso.

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