03, may 2017

Jardinosofía

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Tenemos que cultivar nuestro jardín. Esas son las últimas palabras que pronuncia el Cándido de Voltaire. Tras la larga cadena de sus desventuras, tras la destrucción de todas sus ilusiones, se aferra a la esperanza de sus huerto. No hay otra utopía que la de las fragancias y los olores cultivados por la mano paciente del jardinero. Santiago Beruete ha escrito una historia de ese espacio de cariño donde han sembrado, durante milenios, la razón y la sensibilidad humana. Se trata de Jardinosofía. Una historia filosófica de los jardines, que ha publicado Turner en su estupenda colección Noema. El artificio y la naturaleza, la paciencia y el azar, la la paciente espera y el gozo súbito de un vivero alimentan placeres y reflexiones. Se nos cuenta que fuimos echados de un jardín y que habremos de regresar a otro. Que las primeras meditaciones sobre la belleza, la justicia y la verdad nacieron recorriendo huertos y vergeles. Que el jardín puede ser instrumento de propaganda estatal o espacio de reclusión.

Se le ha descrito como “fiesta de lo efímero” pero es también una imagen de la felicidad perdurable. Un proverbio chino lo dice así:

Si quieres ser feliz una hora,
bebe un vaso de vino;
si quieres ser feliz un día, cásate;
si quieres ser feliz toda tu vida,
házte jardinero.

La utopía tiene forma de jardín. En los jardines se expresa una idea del mundo, de la sociedad, del hombre. Ahí se insinúa un proyecto de convivencia, una noción del bien, una imagen de la vida bien vivida. Representación de lo divino y de lo terrenal, domesticación de la naturaleza, lugar para el cortejo, espacio de la conversación. Luis Barragán, al recorrer el patio de los arrayanes en la Alhambra, descubrió que lo que debe contener un jardín bien logrado: “nada menos que el universo entero.” El universo exterior y también el interno. El cosmos y el alma: “salir al jardín, dice Beruete, supone siempre entrar en nosotros mismos.”

El tiempo ha transformado las formas y las metáforas del jardín, su sitio en casas y ciudades. Pero, más allá de los vericuetos de su diseño, el jardín es fruto de un oficio venerable. Una tarea con una clara enseñanza moral. La escuela de la jardinería nos enseña tesón, paciencia, generosidad, previsión, humildad, gratitud. Por eso decía Bertrand Russell que una conversación con su jardinero le permitía recuperar el optimismo que perdía al hablar con profesores universitarios. En el brote de una orquídea adquiere sentido la esperanza. Agrega Beruete que la jardinería puede verse hoy casi como rebeldía contra la cultura de la prisa, el ruido, la gratificación inmediata, la mercancía, la fuerza. Será la insumisión de la paciencia, el silencio, la contemplación, la calma.

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3 Comentarios

  1. José Luis dice:

    He tenido la fortuna de visitar la Alhambra y creo que hay una equivocación al citar al patio de los arrayanes, en lugar de El Generalife, como un referente de los jardines de ese incomparable y bellísimo lugar. El patio de los arrayanes era un espacio al que tenían acceso los distinguidos invitados del sultán y lo más impresionante del sitio es el enorme espejo de agua del estanque en el que se refleja una parte del palacio. Los arrayanes, de no más de 1 mt de altura y recortados perfectamente como bardas que rodean y enmarcan el estanque central y una fuente en el extremo. El Generalife, en cambio, era un sitio reservado sólo para el sultán y su harem; se ubica en uno de los extremos de la ciudad amurallada y es un conjunto de jardines y fuentes que quitan el aliento.

    Me declaro fan de tu Blog y de tu trabajo y te envío un saludo desde AGS.

  2. José Tito Rojo dice:

    Cierto que los dos jardines son muy diferentes, pero ambos son jardines. Y creo que el relato de Barragán concuerda con el Patio de los Arrayanes. Paradójico patio, al mismo tiempo igual a sí mismo, con escasísimos cambios desde su inicio medieval, y al mismo tiempo de una insólita modernidad, casi el sueño de un paisajista minimalista: dos rectángulos verdes de mirto, un rectángulo verde de agua tintada por las algas, enmarcados en un rectángulo de mármol blanco. No extraña que esa geometría esencial impactara a Barragán y esa impronta es la que puede rastrearse en tantas de sus propuestas jardineras. Asombra que durante siglos el patio no haya cambiado, ha perdido algún elemento secundario: los arbolitos que salían entre la mesa de mirto recortado, alguna fuente… pero lo esencial permanece, exactamente igual a como lo describieron los primeros visitantes que nos dejaron su testimonio, allá en las primeras décadas del siglo XVI. Un milagro de continuidad de imagen y forma. Ningún otro jardín del mundo ha cambiado tan poco en tantísimo tiempo.
    Enhorabuena por el blog. jtr.

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